El Niño que Siempre nos Habita

   Voy a dar un paso atrás en mis argumentos. En un escrito anterior he descrito ciertas etapas de la niñez, pero había dejado algo de lado. Se supone que la ontogenia sigue los pasos evolutivos de la especie. De esta forma el niño pasa por el proceso de crear una teoría de la mente (tratar de saber qué piensa el otro) y de la toma de conciencia de sí, para al final llegar al lenguaje. Por estos mismos pasos discurrió la humanidad en su evolución y en ese mismo orden. Dos cosas que llaman la atención de los niños muy pequeños es que no mienten (aunque confabulan) y que tienden ayudar a los extraños. La envidiable inocencia de los niños que tanto nos conmueve. Por otros experimentos se ha comprobado que sí tienden a discriminar a los que les puedan ser ajenos, pues dichas pruebas se basan en llamar a la discriminación que igualmente parece innata. Más adelante los niños se vuelven selectivos y ya no ayudan tanto o son más inclusivos. Eso quiere decir que en cierta forma hubo un momento evolutivo que el humano tenía ese mismo espíritu, que al final se pervirtió o cambió. Puede que esa etapa ni siquiera sea la propiamente humana -o sapiens- y fuese de una etapa anterior, pues igualmente la tienen los chimpancés.

   Quiero pensar que tal concepto existe -el del niño inocente y bueno- y se mantiene en el cerebro como primitiva (y por ello como arquetipo). Si vamos paseando por la calle y vemos por el rabillo del ojo, que alguien tropieza a nuestro lado tendemos a evitar que se caiga: a modo de reflejo nos abalanzamos hacia él. Igualmente cuando algo se le cae al suelo a un extraño. O sea, de forma irreflexiva sale o emerge la primitiva del “niño”, y sólo si estamos lejos y reflexionamos no lo dejamos salir.

Arquetipos, Estereotipos y Roles XI

   En el anterior apartado he puesto que cuando uno se aísla “puentea” el mundo emocional, puesto que las emociones se generan en lo social. Se quedan los dos extremos: el niño de la primitiva y el adulto que lo observa y piensa a través de él. Proceso o estado que es propio de las personas creativas y los artistas. Por otro lado, bajo mi punto de vista, una persona de izquierdas, en la gráfica, sería alguien que se enfoca de la mitad hacia abajo. Por lo tanto tendente a “ignorar” o dejar atrás lo tradicional, frente a buscar alternativas a partir de la reflexión y el módulo de la conciencia, que es sobre todo individualista y libertad. Es sabido que la tipología de los creativos tiende a ser de izquierdas, como bien lo entendieron los estadounidenses durante el Macartismo, en donde el Estado trató de detectar toda posible traición a la patria por parte de los estudios de cine, escritores y demás intelectuales creativos. En otro lado decía que hay humanos que ponen fe a su identidad narrativa, frente a otros que no lo hacen. La mala fe Sartriana consiste en esa primera postura, en poner fe en lo que uno hace, en el rol que representa, en su pasado, e incluso en sus emociones. Frente a esta mala fe, aquellas personas que puentean las identidades (narrativa, social, nacional, religiosa), que suelen ser las personas de izquierdas y sobre todo los artistas (los humoristas como prototipo), son aquellas que se ríen de sí mismas y la “seriedad” de las máscaras, como la acción de sacar la lengua de Einstein, que antes que otra cosa es hacer ver al resto de humanos que no se cree (pone fe) en su propio papel de genio o personaje público respetable, y que ha de guardar unas normas y etiquetas. ¿Cómo sino un actor lo es?, porque sabe que todo son papeles (roles, estereotipos, arquetipos) y sólo hay que tener el credo y la habilidad de saber que son máscaras de quita y pon. Entidades que son de piel para afuera, para la representación social, y que uno se puede quitar al llegar a casa o con aquellas personas de más confianza. Como ya dijera Sartre: “se sufre y se sufre por no sufrir bastante”, tratamos de hacer de nuestro sufrimiento una escultura que quede forjada para siempre y sea visible para los demás, pero ese dolor interno no tiene porqué ser al cien por cien como el dolor interno. La piel, el gesto, son comunicación, no el propio mensaje, es el signo, no el significante…, es la máscara, no el Ser. Honestidad no es tener una máscara lo más representativa del propio Ser, es reírse de las máscaras. Cuestión por la que Sartre se traicionó con su concepto de compromiso. Al comprometerse, con lo social, con la vida, tuvo que dar seriedad a sus compromisos, y al hacerlo cayó en su mala fe, en dar fe a las máscaras, a no poder reírse de ellas. De hecho se habló de un primer y segundo Sartre, pues era imposible encajar las dos posturas dentro de un mismo pensamiento.

   Frente a esta tipología está la persona de derechas, que se enfoca en la gráfica de la mitad hacia arriba. Esta división no es excluyente o maniqueísta, habrá personas de la derecha que igualmente conecten con el “niño”. Por otro lado hay que tener en cuenta una primera división entre las personas de derecha: 1. aquellas que están ligadas a la permanencia de los “bienes” morales propios de las religiones, y 2. aquellas otras a las que le “interesa” mantener el estatus quo, bajo la regla de “lo mío es mío”, propio de los ricos y poderosos. De la primera subclase puede emerger el “niño”, a la segunda le interesa acallarlo e ignorarlo. Los artistas siempre fueron tratados con sospecha. Sobre todo los actores, que en ciertas edades incluso se les llegaba a enterrar fuera de campo santo. En otras épocas se desaconsejaba contraer matrimonio con ellos. Lo que sí “pertenece” a los dos grupos -de derechas e izquierdas- son las primitivas, pero en tanto que una tipología u otra, quizás, tengan un tipo de lectura de ellas, o simplemente es que ya se manifiesten bajo ciertas tendencias escritas en el propio ADN. Siguiendo esta lógica es muy posible que la izquierda “lea” o esté más comunicada con el “niño” que los de derecha. El arquetipo del artista y de la frase “el arte por el arte”, hace llamada de un tipo de persona desprendida y que no da importancia a lo material, como nos lo hace ver Stefan Zweig en su libro “La lucha contra el demonio” sobre los artistas. Igualmente encajaría con el perfil de Jesucristo, fácilmente identificable como alguien de izquierdas. Su enigmática frase: “dejad que los niños se acerquen a mí”, ¿era literal o se trataba de algún simbolismo? Una gran mayoría de humanistas eran personas risueñas y sencillas. Recordar la eterna sonrisa de la Madre Teresa, el Buda sonriente…, como si tales personalidades emergiesen con un alma de niño que nunca muriese.

    La sociedad actual adolece de una excesiva seriedad sobre sí misma, y una indolente falta de respeto a las máscaras del resto de los humanos. Doble moral… sin duda. Ahora el humorista está condenado a no poder hacer chistes personales o de las minorías (sí del blanco, macho, rubio, guapo y de éxito: arquetipo etnocentrista al que todos odian) que en el fondo es un reírse de todo, de las máscaras, bajo la inquisidora mirada de las serias máscaras de los egos ultra-narcisistas de la modernidad, pero todo es chiste en YouTube y resto de redes sociales. Llegamos así a ese ser cínico para el que todo tiene gracia, menos si es un ataque a su persona (ira narcisista) o a una de tantas de sus identidades (género, nación, religión, minoría…) Se dice que el psicópata no siente empatía, pero eso no quiere decir que no sea serio con su propia entidad. No siente dolor por lo ajeno, pero el más mínimo rastro de ataque personal lo hiere de muerte. No hay dobles lecturas de tales hechos, la vida es así de vana, ridícula y sin sentido. El humano que puentea las identidades -y le habita el niño, quién duda del niño que es Berto Romero- no quiere reírse de nadie, se ríe de sí mismo, transgrede sus propias máscaras, con el consiguiente problema que al hacerlo, las de los otros se ponen sobre la mesa. Estamos confundiendo los lenguajes, estamos cayendo en la madriguera del conejo y yendo a un mundo psicopático, narcisista y cínico, en donde todo es risible y no respetable, excepto las máscaras que uno mismo haya “elegido” para sí mismo, o las máscaras que le haya tocado vivir (nación, lengua, género, religión…) ¿No nos damos cuenta que matamos al niño que nos habría que habitar?, ese cómico que hace reír mientras él mismo se ríe de todo. El feminismo, así, tratando de matar los arquetipos, roles y estereotipos de su género, crea unos “nuevos” que todos han de respetar y que no pueden ser atacados y puestos en duda…, mucho menos reírse de ellos. Deviene así en una nueva “beatitud” con el clítoris como seña de identidad. El feminismo, antes que cualquier cosa, debería de ser esa mentalidad de izquierdas que he mostrado arriba y que debería de puentear toda seña, para dejarse habitar solamente por la niña, por la humorista, por la actriz que se quita y se pone máscaras.

 

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