El Nacimiento de un Preconciente (a Nivel Fisiológico)

La conciencia es “un conjunto de bucles retroalimentados necesario para crear un modelo de nuestro lugar en el espacio en relación a otros y en relación al tiempo”. Michio Kaku
El empleo incomprendido de la palabra se interpreta como expresión de un proceso extraño.” Wittgenstein
Si el niño no recibe respuestas que sean razonablemente coherentes a la pregunta «¿quién soy yo?» que se expresa a través de su conducta, entonces le resultará muy difícil asumir la responsabilidad de sí mismo.” Berger Peter y Thomas Luckmann

   Título alternativo: la muerte prematura de la inocencia o el nacimiento de un preconciente.

   No quiero alargarme demasiado. Expongo las ideas de forma escueta (explicaré esta “actitud” en un escrito próximo). Los escritos entre paréntesis se han sacado del artículo de la Wikipedia sobre el fascículo uncinado.

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   Dentro del conectoma humano o vías nerviosas, que parece mostrar un mapa muy interconectado, existe una vía asociativa entre el frontal y el temporal llamada fascículo uncinado (uncinate fasciculus) “que conecta partes del sistema límbico como el hipocampo y la amígdala, en el lóbulo temporal, con la corteza frontal, como la corteza orbitofrontal”, que parece estar fuera de esa alta interconexión. Aunque se desconoce con exactitud todas sus funciones, parece tener una relación directa con la memoria autobiográfica (memoria explícita) y por lo tanto con la identidad narrativa. Es una de las rutas que más tardan en terminar su desarrollo, sobre los 30 años -parece una edad adecuada para hacernos pensar que tal circuito es para crear una identidad-. Es muy vulnerable durante su desarrollo, llevando a distintos trastornos: bipolardepresiónansiedad socialdesrealización -que puede implicar tendencia a la despersonalización (“desapego de uno mismo”)-, esquizotipia, y anomalías y patologías del habla.

fibras

   En cuanto he encontrado este haz de fibras y sus funciones he “comprendido” o intuido que es en esta zona donde se produce los “daños” para crear a un preconciente. “En los niños de 10 años que han sufrido una privación socioemocional, el fascículo izquierdo uncinate muestra una anisotropía fraccional reducida en comparación con la de otros niños, y esto podría subyacer en sus dificultades cognitivas, socioemocionales y de comportamiento.” Este haz de fibras, que es posiblemente que fuera uno de los pasos evolutivos importantes que nos llevó hasta el ser humano actual, es asociativa entre el habla y las propias vivencias. Recordar que el asentamiento de la memoria explícita se da en un juego retroalimentativo entre las propias vivencias como datos en bruto, y el cómo contamos a través del lenguaje y las palabras tales vivencias. Esa estructura de hacernos Ser (memoria) a través del lenguaje crea la identidad narrativa. Dicho circuito (amígdala=emociones, hipocampo=memoria episódica y hablar de sí=cortezas prefrontal y temporal) es la que engloba el haz de nervios asociativos de interneuronas llamada fascículo uncinado. Si no se “daña” (por medio de traumas, situaciones complejas durante la infancia o apegos defectuosos o deficientes) es aquella estructura que nos crea una identidad personal, que se expresa a través de la identidad narrativa: aquella que mostramos y construimos a través de lo que contamos de nosotros mismos. En ese sentido crea “seriedad” (termino Sartriano) con respecto a dar fe a que ese ente o identidad narrativa es lo que somos (mala fe en Sartre).

   En un preconciente este ente deja de tener legitimidad. De dónde proviene la “caída”… ¿de afuera, de los otros?, ¿o es interno y de uno mismo? Puede que se deje de legitimar a los otros (por un trauma o daño en donde alguien o algunos nos ha(n) defraudado y nos hemos sentido gravemente -nuclearmente- engañados), de creer en ellos -y por lo tanto de su aparecer- o lo que cuentan de sí mismos y por lo tanto su identidad narrativa; y en la medida que deja de ser legítimo afuera, por “coherencia” (lógica en los procesos mentales), tenga que dejar de ser legítimo para uno mismo. O sea, que si se sabe que lo social es “máscara” y (a)parecer, uno no puede “construir” una identidad narrativa de sí mismo sin caer en la contradicción estructural con tal creencia. Al ser “dañada” la percepción hacia los otros, en la distancia entre su ser y su aparecer, queda “dañada” o tocada la propia estructura de la conciencia autonoética, de la representación que se tiene uno de sí mismo y de sí mismo en el mundo. Incluso se manifiesta en que son menos tendentes al “mero efecto de propiedad“, de ver con “buenos ojos” sus bienes, demostrando su desapego hacia las cosas y lo terrenal. En esa medida uno tiende a mantener un “perfil bajo”, no ser muy público, por no entrar en el mismo juego de máscaras. Puede que las tres últimas premisas sean demasiado autorreferenciales.

   Si se analiza los distintos daños dan indicios sobre estos presupuestos: depresión, introversión, ansiedad social, bipolaridad (que puede manifestarse como una lucha interna entre tratar de “creer” y dejar de “creer” en lo social y las identidades). Se pueden dar distintos daños a nivel del pensamiento o el lenguaje, por una falta de fe (nihilismo esencial del sentido o significado de las palabras), que puede llevar a trastornos del pensamiento (descarrilamiento, ideas y delirios referenciales, tangencialidad, pobreza en el lenguaje, bloqueos del pensamiento, centrarse a hablar de sí mismo, caer en lo ilógico -no tengo claro si ilógico como rebeldía a lo normativo-). O sea, la desconfianza que ha generado una persona o grupo, a través de su aparecer y falta de correspondencia con su ser, se vuelve a la vez una “desconfianza” (ilegitimidad, falta de fe) hacia el propio lenguaje, pues es la base por la que se construye la identidad narrativa y por ello lo social.

   Fijarse que la psicología y las neurociencias construyen el edificio al revés de como lo construyo yo (y fijarse que en esto mi diferencio de los divulgadores científicos, que se atienen exclusivamente a la ciencia -por atenerse a lo legítimo, miedo o falta de imaginación). Para la ciencia ciertos daños físicos causan efectos o trastornos. Bajo mi punto de vista todo es más esencialista y por lo tanto es lo inverso. Un daño vivencial (trauma) crea a partir de ese momento una nueva visión del mundo, que a la vez hará que cambie la fisionomía y el comportamiento del cerebro. Es como si tal proceso estuviese escrito en el ADN: sin daño seguir el curso evolutivo, con un daño “crear” o activar un preconciente. La finalidad es para lo social: para que hagan de “freno” a cierta dirección que está tomando la historia. Para que hagan de dialéctica negativa en lo social. En ese sentido su tendencia a unir mentalmente (pensamiento holista “desorganizado”) todo aquello que no parecería proclive para dichas uniones, o no dentro de los neuronormales, de nuevo hay que verlo por su propósito: buscar soluciones (conclusiones) allí donde nadie las busca… ¡claro, que con el consiguiente peligro de caer en trastornos maniaco-persecutorios y de delirios! Tales ideas pueden sustentarse según el concepto del fenotipo extendido, propuesto por Richard Dawkins, en la medida que hay dos prototipos humanos, que pueden reducirse a optimistas y pesimistas, y en donde cada uno de los fenotipos trata de expandirse y contrarrestar al otro. Bajo mi punto de vista eso tiende a llevar a que se equilibren las “fuerzas”, y que de alguna manera la sociedad “necesite” las dos tipologías.

   Terminar diciendo, y puesto que mantengo mi idea de que los artistas, entre los que se encuentran los actores, son tendentes a ser de izquierdas y que cuestionan las identidades, los preconcientes son seres que lo que “puentean” es ese paso evolutivo por el cual el humano tornó a ser aquello que contaba de sí mismo y por lo tanto su identidad narrativa. En los humoristas se hacen patentes ciertos de sus rasgos, como ese poner en duda el lenguaje, como en las dobles lecturas de las palabras, el uso común y serio que hace de él las personas, y el efímero sentido de sus significados; en esa medida el lenguaje se vuelve un juego del que reírse y hacer reír, y del qué ser irónico e incluso cínico. Se mantienen en entes-niños, o anclados en esa etapa de la muerte prematura de la inocencia, por cuanto no la “superan” de forma natural. Quieren, en definitiva, que la sociedad se “cure” a través de su apuesta como dialéctica negativa, y en ese proceso de mentalidad mágica, que ellos mismos vuelvan al estado no dañado o anterior al daño. Quieren lo imposible, y ese es su sino, su “todo o nada” como ya dijera Stefan Zweig en su libro “La lucha contra el demonio” sobre los artistas. De una forma u otra, los daños o alteraciones en el fascículo uncinado “crean” individualidades, frente aquellas otras que crean su identidad y propósito con respecto a la sociedad. Son entes aislados de la masa, “obligados” a buscar el sentido de la vida no en lo social, sino en ellos mismos. En un cerebro de “desarrollo normal” el sentido nace de lo social (familia, comunidad, religión, país) pues así lo “sienten”, y el sentido y la vida antes que entenderla (entendimiento) hay que comprenderla (sentirla, “empatizarla”); mientras que los preconcientes se ven “expulsados” de ese sentido al poner en duda toda emoción social y mirarla casi exclusivamente desde la razón. Pierden, en definitiva, la conexión o el tacto con la vida (bajo estas conclusiones hay que entender a la drogadición -para dar sentido a que la fotografía de la cabecera del escrito es de la serie “euphoria”- como el acto de “obligar” al cuerpo a sentir, a la vez que se acalla a la razón). El preconciente, así, pone su propia libertad como regla para la vida, al individuo como base de lo social, el humano (individual) como medida de todas las cosas, y eso explica su tendencia a las izquierdas -con todo lo que estas conllevan: libertad de expresión, un individuo un voto-, frente a la rigidez de la identidad social basada en lo permanente y lo establecido. En el preconciente se cumple, así, la máxima de Gehlen al afirmar que “la libertad nació de la alienación y viceversa”.

   Vídeo relacionado sobre el nacimiento de una preconciente: https://www.ok.ru/video/1195885595355


   (Offtopic: para los que me siguen y quizás se pregunten cuál fue mi “daño”, mi herida, no fue algo claro y achacable a nadie. A la edad de entre los 4 y los 5 me llevaron interno -por falta de dinero y al ser gratuita- a una institución (antiguo hospicio) bastante dura en su trato. Me quedé aislado incluso de mis hermanos mayores que estaban dentro, por ser de una edad menor (el mismo proceso para una de mis hermanas). Esa dureza (crueldad en ciertos momentos) y frialdad rompieron con el proceso del apego, que por lo demás ya estaba “mal” por provenir de una familia numerosa -hay ciertas anécdotas, por otro lado, de mi más alejada infancia, que me han recordado todos, que me hacen diferente del resto de hermanos-. No culpo a nadie, ni juego el papel de víctima, simplemente me cambió el cerebro, tal como lo “predice” la teoría del apego: asumo quien soy, estoy conforme con mi “pellejo”.)

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El Niño que Siempre nos Habita

   Voy a dar un paso atrás en mis argumentos. En un escrito anterior he descrito ciertas etapas de la niñez, pero había dejado algo de lado. Se supone que la ontogenia sigue los pasos evolutivos de la especie. De esta forma el niño pasa por el proceso de crear una teoría de la mente (tratar de saber qué piensa el otro) y de la toma de conciencia de sí, para al final llegar al lenguaje. Por estos mismos pasos discurrió la humanidad en su evolución y en ese mismo orden. Dos cosas que llaman la atención de los niños muy pequeños es que no mienten (aunque confabulan) y que tienden ayudar a los extraños. La envidiable inocencia de los niños que tanto nos conmueve. Por otros experimentos se ha comprobado que sí tienden a discriminar a los que les puedan ser ajenos, pues dichas pruebas se basan en llamar a la discriminación que igualmente parece innata. Más adelante los niños se vuelven selectivos y ya no ayudan tanto o son más inclusivos. Eso quiere decir que en cierta forma hubo un momento evolutivo que el humano tenía ese mismo espíritu, que al final se pervirtió o cambió. Puede que esa etapa ni siquiera sea la propiamente humana -o sapiens- y fuese de una etapa anterior, pues igualmente la tienen los chimpancés.

   Quiero pensar que tal concepto existe -el del niño inocente y bueno- y se mantiene en el cerebro como primitiva (y por ello como arquetipo). Si vamos paseando por la calle y vemos por el rabillo del ojo, que alguien tropieza a nuestro lado tendemos a evitar que se caiga: a modo de reflejo nos abalanzamos hacia él. Igualmente cuando algo se le cae al suelo a un extraño. O sea, de forma irreflexiva sale o emerge la primitiva del “niño”, y sólo si estamos lejos y reflexionamos no lo dejamos salir.

Arquetipos, Estereotipos y Roles XI

   En el anterior apartado he puesto que cuando uno se aísla “puentea” el mundo emocional, puesto que las emociones se generan en lo social. Se quedan los dos extremos: el niño de la primitiva y el adulto que lo observa y piensa a través de él. Proceso o estado que es propio de las personas creativas y los artistas. Por otro lado, bajo mi punto de vista, una persona de izquierdas, en la gráfica, sería alguien que se enfoca de la mitad hacia abajo. Por lo tanto tendente a “ignorar” o dejar atrás lo tradicional, frente a buscar alternativas a partir de la reflexión y el módulo de la conciencia, que es sobre todo individualista y libertad. Es sabido que la tipología de los creativos tiende a ser de izquierdas, como bien lo entendieron los estadounidenses durante el Macartismo, en donde el Estado trató de detectar toda posible traición a la patria por parte de los estudios de cine, escritores y demás intelectuales creativos. En otro lado decía que hay humanos que ponen fe a su identidad narrativa, frente a otros que no lo hacen. La mala fe Sartriana consiste en esa primera postura, en poner fe en lo que uno hace, en el rol que representa, en su pasado, e incluso en sus emociones. Frente a esta mala fe, aquellas personas que puentean las identidades (narrativa, social, nacional, religiosa), que suelen ser las personas de izquierdas y sobre todo los artistas (los humoristas como prototipo), son aquellas que se ríen de sí mismas y la “seriedad” de las máscaras, como la acción de sacar la lengua de Einstein, que antes que otra cosa es hacer ver al resto de humanos que no se cree (pone fe) en su propio papel de genio o personaje público respetable, y que ha de guardar unas normas y etiquetas. ¿Cómo sino un actor lo es?, porque sabe que todo son papeles (roles, estereotipos, arquetipos) y sólo hay que tener el credo y la habilidad de saber que son máscaras de quita y pon. Entidades que son de piel para afuera, para la representación social, y que uno se puede quitar al llegar a casa o con aquellas personas de más confianza. Como ya dijera Sartre: “se sufre y se sufre por no sufrir bastante”, tratamos de hacer de nuestro sufrimiento una escultura que quede forjada para siempre y sea visible para los demás, pero ese dolor interno no tiene porqué ser al cien por cien como el dolor interno. La piel, el gesto, son comunicación, no el propio mensaje, es el signo, no el significante…, es la máscara, no el Ser. Honestidad no es tener una máscara lo más representativa del propio Ser, es reírse de las máscaras. Cuestión por la que Sartre se traicionó con su concepto de compromiso. Al comprometerse, con lo social, con la vida, tuvo que dar seriedad a sus compromisos, y al hacerlo cayó en su mala fe, en dar fe a las máscaras, a no poder reírse de ellas. De hecho se habló de un primer y segundo Sartre, pues era imposible encajar las dos posturas dentro de un mismo pensamiento.

   Frente a esta tipología está la persona de derechas, que se enfoca en la gráfica de la mitad hacia arriba. Esta división no es excluyente o maniqueísta, habrá personas de la derecha que igualmente conecten con el “niño”. Por otro lado hay que tener en cuenta una primera división entre las personas de derecha: 1. aquellas que están ligadas a la permanencia de los “bienes” morales propios de las religiones, y 2. aquellas otras a las que le “interesa” mantener el estatus quo, bajo la regla de “lo mío es mío”, propio de los ricos y poderosos. De la primera subclase puede emerger el “niño”, a la segunda le interesa acallarlo e ignorarlo. Los artistas siempre fueron tratados con sospecha. Sobre todo los actores, que en ciertas edades incluso se les llegaba a enterrar fuera de campo santo. En otras épocas se desaconsejaba contraer matrimonio con ellos. Lo que sí “pertenece” a los dos grupos -de derechas e izquierdas- son las primitivas, pero en tanto que una tipología u otra, quizás, tengan un tipo de lectura de ellas, o simplemente es que ya se manifiesten bajo ciertas tendencias escritas en el propio ADN. Siguiendo esta lógica es muy posible que la izquierda “lea” o esté más comunicada con el “niño” que los de derecha. El arquetipo del artista y de la frase “el arte por el arte”, hace llamada de un tipo de persona desprendida y que no da importancia a lo material, como nos lo hace ver Stefan Zweig en su libro “La lucha contra el demonio” sobre los artistas. Igualmente encajaría con el perfil de Jesucristo, fácilmente identificable como alguien de izquierdas. Su enigmática frase: “dejad que los niños se acerquen a mí”, ¿era literal o se trataba de algún simbolismo? Una gran mayoría de humanistas eran personas risueñas y sencillas. Recordar la eterna sonrisa de la Madre Teresa, el Buda sonriente…, como si tales personalidades emergiesen con un alma de niño que nunca muriese.

    La sociedad actual adolece de una excesiva seriedad sobre sí misma, y una indolente falta de respeto a las máscaras del resto de los humanos. Doble moral… sin duda. Ahora el humorista está condenado a no poder hacer chistes personales o de las minorías (sí del blanco, macho, rubio, guapo y de éxito: arquetipo etnocentrista al que todos odian) que en el fondo es un reírse de todo, de las máscaras, bajo la inquisidora mirada de las serias máscaras de los egos ultra-narcisistas de la modernidad, pero todo es chiste en YouTube y resto de redes sociales. Llegamos así a ese ser cínico para el que todo tiene gracia, menos si es un ataque a su persona (ira narcisista) o a una de tantas de sus identidades (género, nación, religión, minoría…) Se dice que el psicópata no siente empatía, pero eso no quiere decir que no sea serio con su propia entidad. No siente dolor por lo ajeno, pero el más mínimo rastro de ataque personal lo hiere de muerte. No hay dobles lecturas de tales hechos, la vida es así de vana, ridícula y sin sentido. El humano que puentea las identidades -y le habita el niño, quién duda del niño que es Berto Romero- no quiere reírse de nadie, se ríe de sí mismo, transgrede sus propias máscaras, con el consiguiente problema que al hacerlo, las de los otros se ponen sobre la mesa. Estamos confundiendo los lenguajes, estamos cayendo en la madriguera del conejo y yendo a un mundo psicopático, narcisista y cínico, en donde todo es risible y no respetable, excepto las máscaras que uno mismo haya “elegido” para sí mismo, o las máscaras que le haya tocado vivir (nación, lengua, género, religión…) ¿No nos damos cuenta que matamos al niño que nos habría que habitar?, ese cómico que hace reír mientras él mismo se ríe de todo. El feminismo, así, tratando de matar los arquetipos, roles y estereotipos de su género, crea unos “nuevos” que todos han de respetar y que no pueden ser atacados y puestos en duda…, mucho menos reírse de ellos. Deviene así en una nueva “beatitud” con el clítoris como seña de identidad. El feminismo, antes que cualquier cosa, debería de ser esa mentalidad de izquierdas que he mostrado arriba y que debería de puentear toda seña, para dejarse habitar solamente por la niña, por la humorista, por la actriz que se quita y se pone máscaras.