Contra la Filosofía de la Mente

El hombre reacciona con la mujer, así como el hidrógeno reacciona con el oxígeno.” Ludwing Buchner
Lo que dice una persona no es necesariamente una buena representación de todo lo que siente y piensa, ni de cómo se comportará.” Michael Brownstein

   Imaginemos la siguiente escena: en medio de un pequeño lago más o menos circular hay una pelota de playa de un fuerte y vivo rojo metalizado. De encontrarnos con esta escena la vista seguramente se centrará en la pelota. Es lo que está fuera de contexto. Ahora modifiquemos el escenario: en medio de un jardín hay una piscina portátil, que para hacerla más sólida tiene tableros de madera verticales, al modo de una barrica, y justamente en medio del agua está esa  pelota de playa de un fuerte y vivo rojo metalizado. Un tercer paso a través de un experimento mental: quitar la piscina, y por lo tanto el agua, y ¿qué queda?. La pelota roja flotando, en medio del aire, en el jardín. Esta metáfora es para hacer ver que la filosofía de la mente lo que hace, en la mayoría de los casos, es analizar la pelota en medio del aire, ignorando que para analizarla hay que hacerlo flotando en medio del agua, y dado que el agua está contenida dentro de una piscina. Por extrapolación a la pelota del lago…, la mente o conciencia llama la atención porque es un extraño en un medio natural. A la mente o conciencia se le presupone no física, mientras que todo lo que nos rodea parece muy físico, pero hay que recordar que la propia vida se nos aparece como extraña, en un mundo de materia, y en donde nos parece realmente paradójico que surgiese por sí sola y al azar. Hay límites cerebrales que nos “impiden” comprender todos estos procesos, pues una vida de unos 80 años no es capaz de asimilar los miles de millones de años, de pruebas y errores, que se necesitaron para primero crear la vida y más tarde una mente. Tampoco comprendemos lo infinito, pues una primitiva en nuestro cerebro es la de contenedor, y analizamos todo bajo la comprensión de que ha de tener unos límites, y si se da el caso, estar dentro de un contenedor. De esta forma se nos hace imposible pensar en el universo, pues el cerebro nos “obliga” a que tenga que tener unos límites, algo que lo contenga y un afuera. Incluso si hacemos el esfuerzo, a través de la razón, de entender la mecánica cuántica, nos es contraintuitivo que la materia sea a la vez corpúsculo y onda (ir a lista de otros conceptos contraintuitivos). Cualquier humano, por intuición, por la sensación que tiene cada uno al percibirse a sí mismo, dirá que la mente y el cuerpo son dos cosas distintas. Nadie quiere ser reducido a esa masa gelatinosa que es el cerebro, ninguna prueba derrumbará su “creencia” y sentir de que lo que le hace ser, es esa voz interior que, cual linterna, le ilumina y le conduce por el camino que es la vida.

    Pero volvamos a la filosofía de la mente. Analizar de forma abstracta esa pelota roja en el aire es perder todo enlace con la realidad. La pelota flota en el agua por las cualidades de esos dos tipos de materias, y el agua está contenida en la piscina porque esa es la propiedad de un contenedor. En definitiva, que no se puede comprender la existencia de la pelota sin el agua y sin la piscina. Tratar de conjeturar de forma abstracta la existencia de la pelota por sí misma es en sí mismo partir de un gran error. Desde la ciencia se analiza el cerebro y la conciencia como una parte de ese cerebro. Además analizará, de forma comparativa, otras especies para ver qué tenemos en común y qué nos diferencia. Son más interesantes y profundos los análisis que hacen los científicos adentrándose en la filosofía, que a la inversa: los filósofos incursionando en la ciencia, pues en definitiva no es lo mismo argumentar una cuestión e ir contra la lógica, que argumentar e ir en contra de la ciencia. En el primer caso, el de los filósofos, se podrá sostener tal idea bajo unas nuevas premisas que validen su lógica, pero de ninguna forma se puede crear un argumento que al final la ciencia pueda verificar o falsar bajo el método científico. Así, por ejemplo, el neurocientífico Antonio Damasio propone tres estados evolutivos de la conciencia: 1. la proto-consciencia, 2. la conciencia nuclear y 3. la conciencia ampliada. No quiero redundar en esto, pues ya lo expuse en “lo que no es la conciencia“, pero me interesa volverlo a analizar bajo otras premisas y porque es necesario para el escrito. Cierta vez vi un documental donde el científico en cuestión quería demostrar en qué consiste un animal basado en instintos. Se valió de una avispa alfarera que hace unos nidos en laderas de barro (no recuerdo bien todo, pero lo que importa es el mensaje). Cerraba lo más posible la entrada y para ello usaba barro. El científico la atrapó, le quito el barro y lo colocó en su construcción, como lo hubiera hecho la avispa, pero la avispa lo volvió a coger y lo volvió a colocar, pues ese era su instinto. El proceso digamos que requería tres pasos, y si el científico restaba uno de los pasos, la avispa empezaba desde cero para hacer los tres pasos para los que estaba programada (por cierto, yo he visto comportamientos humanos, por muy inteligente que nos creamos, similares: no me excluyo). Dejo de momento esta anécdota para cuando el escrito esté más desarrollado.

   Uno de los paradigmas de la filosofía de la mente son los estados intencionales, en donde dos de ellos: creer y desear, son los más usados en ejemplos. Pero ¿no se está ignorando lo que nos dice la ciencia? Digamos que hay dos estados extremos, 1. el de la avispa mostrado arriba, y 2. el humano actual. Bajo mi punto de vista el segundo no tiene porqué ser el más evolucionado. En cierta forma la evolución se metió por un camino, que una vez que lo tomó ya no le quedaba otra cosa que seguir por ese mismo camino. Como si un gran camión de gran tonelaje se metiese por una calle estrecha  de dirección única. No tendrá opción de girar, sólo podrá seguir hasta el final de la calle. Tanto la avispa como el humano tiene la programación de sobrevivir y reproducirse. Han de tener comportamientos dirigidos a esos fines. A la avispa no le va mal con sus comportamientos instintivos: están en la tierra antes que el hombre y seguramente nos sobrevivirán. Ciertas especies, entre las que sobresale el humano, trataron de tener un cerebro lo bastante complejo como para adaptarse mejor a ciertas circunstancias cambiantes. Hacia el aprendizaje en definitiva. Pero ¿en qué consiste el aprendizaje sino es en la misma dirección básica de tener comportamientos adaptados al mundo para sobrevivir y reproducirse, como la avispa? Lo que quiero decir es que desde que un humano nace, lo hace bajo la “programación” de aprender del mundo, en la dirección de sobrevivir. Cuanto mejor conozca el mundo más capaz será de sobrevivir. O dicho más directamente, el cerebro, en cada segundo, está creando un mapa mental del mundo, e interiorizándolo en el cerebro por medios de las neuronas y la memoria, con la finalidad de que en algún momento esa información que tenga del mundo sea suficiente para sobrevivir. En esa dirección apunta el refrán de “el hombre es una animal de costumbres”, pues llegados a cierta edad nos solemos atener a lo aprendido, a rutinas. Dicho más directamente: la finalidad del cerebro humano es la de llegar de nuevo a un estado similar al de la avispa, en donde su programación interna sea la que le sirva para vivir. ¡Claro, hoy esto, con todo el nivel cultural, científico y tecnológico humano, parece una meta imposible! Hay que pensar en ese esquema dentro del humano de la prehistoria, que tenía una inteligencia llana y simple que se adaptaba tanto a una sabana, a la montaña, como a un bosque. A los veinte años o así ya podría saber todo lo necesario para sobrevivir.

   Lo que trato de hacer entender es que el cerebro está constantemente prediciendo la realidad, y en cada momento tiene una predicción lo más acertada posible, mientras otra realidad no contradiga su mapa mental. Pero esta realidad llana es más compleja a nivel físico del cerebro. Cuando un animal depredador crea una estrategia de caza pre-activa las neuronas motoras que van a entrar en juego porque eso es lo más óptimo, a nivel físico, dado los límites de dicho componente eléctrico. A tal proceso se le llama cebado. Para el caso es como cuando en pleno invierno, en los coches antiguos, había que encender el motor y dar algunos acelerones parado, para que el motor entrase en calor. Este proceso en un humano es denominado como imaginación. Un tirador de arco ha de pensar en la flecha dando en el blanco; durante ese proceso de preparación el cerebro pre-activa las neuronas implicadas durante ese acto de imaginar toda la acción. Durante el sueño ocurre lo mismo, pero en el cerebro hay un mecanismo, para que eso que son los sueños, no creen el movimiento en el cuerpo (este “bloqueo” está dañado en ciertas personas, como en los sonámbulos). En esa pre-activación lo que ocurre es que el cerebro está tratando de predecir todos los movimientos y acciones necesarias para la acción. Analizado de otra manera: el cerebro de un depredador trata de tener una previsión del mundo antes de cada acción, una predicción de unos segundos o de unos minutos. En el humano actual puede llegar a ser de años: nos hacemos seguros de vida y de pensiones para prever nuestra vida dentro de años o décadas. Visto bajo lo expuesto, cuando la filosofía de la mente dice: una persona o conciencia “cree”, me parece un error de base. Lo que hace el cerebro es tener un mapa mental del mundo, una predicción, lo más ajustada posible en cada momento, porque esa es la base o la ingeniería de la construcción o andamiaje de cualquier cerebro creado para aprender. No es una estado intencionado: es una “tara”. El león no “cree” que la gacela virará a la izquierda en el siguiente paso: su cerebro predice que hay X probabilidades de que vire a la izquierda, por otros antecedentes, en casos similares, que el cerebro tiene dentro de su mapa mental. Hace inferencias bayesianas, probabilísticas; predicciones más probables. Pero para que esto suceda el cerebro ha de tener la mayor cantidad de recuerdos de cazas  posibles, pues es cuando las estadísticas van ha ser más fiables. En definitiva, que la práctica hace al maestro, pues no es otra cosa que la memoria implícita haciendo su trabajo, la no tética o que no está supervisada por el prefrontal. Si un tenista profesional duda o deja que intervenga el prefrontal, en una jugada rápida, seguramente perderá el tanto. Es posible que este sea el papel del cerebelo: tener aprendidos patrones de movimientos motores y coordinarlos, como parece indicar si está dañado o con alguna enfermedad. Por otro lado hay que tener en cuenta que el acto del habla es en gran parte motor y por ello memoria implícita, y en la que interviene el cerebelo. Pienso que los depredadores (los animales oportunistas y aquellas presas más vulnerables) necesitan que su cerebro sea lo más moldeable posible, creado para aprender; mientras las presas, como los animales gregarios, no hacen uso de dicha capacidad o es menor. Los primeros la necesitan para seguir los pasos evolutivos de las presas, pues estas usan comportamientos caóticos o tendentes a no ser predecibles (el ejemplo más claro son los mosquitos). Los animales arbóreos, de los que somos descendientes, son una excepción, pues lo caótico del follaje necesita de mucho aprendizaje para poder moverse con agilidad y rapidez por ellos. Si se me ha seguido hasta aquí, la avispa alfarera no necesita aprendizaje. Nace sabiendo hacer sus elaborados nidos, mientras que el hombre necesita meses o años de aprendizaje para depurar su técnica, meses o años para hacer algo que una avispa hace por instinto y bien desde la primera vez. Por cierto, ¿por qué aquello de ser una persona avispada?

Vías Rápidas del Cerebro  Con esto llegamos a los deseos. Antes que nada he de tratar de asentar un concepto filosófico, para hacerme entender mejor. Una avispa, o un instinto, es acción sin saber que se sabe. Por ejemplo, una acto reflejo suele ser tan rápido que solo tomamos conciencia de él cuando ya ha finalizado. Si un mosquito va directo al ojo, este se cierra (o lo intenta). Esta acción es no tética, sin distancia, sin saber que se sabe. La conciencia humana es tética, es saber que se sabe: veo la taza de café y alargo la mano para dar un sorbo, en cada proceso está la conciencia, que es saber que sabe de esa acción. El problema humano es que tiene tanto el comportamiento no tético, como el tético. Ni somos totalmente instintivos, ni somos totalmente conscientes de todos los procesos. A este propósito venía a colación la metáfora de la piscina. Hay multitud de actos y procesos para los que el ADN nos tiene programados. Tales “constructos” son llamadas primitivas. Cuando una “programación” nos dice y nos hace tener una emoción en concreto, mientras que la conciencia nos dice otra muy contraria, a tal “choque” o interferencias de predicciones (creencias, si es más cómodo este término), se le llama tener un alief, o bajo mi lenguaje: una disonancia implícita (la autora quería haber usado prelief -precreencia-, pero ya está en uso en otros términos, la traducción  al castellano podría ser la deseada por la autora, también podía haber usado antelief). Se diferencia de una disonancia cognitiva en que está última es el choque de dos procesos cognitivos o del prefrontal. En varios ejemplos simples: querer ir al cine, pero si se va al cine te pierdes un programa de la televisión, o dejar un trabajo seguro y confiable, por un trabajo que deseas pero de una empresa que acaba de empezar y no es nada seguro que se mantenga, crean disonancias cognitivas.

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   En los picos de Europa, en León, a unos dos mil metros, tienen una plataforma que se descuelga sobre el vacío, en donde su suelo es de un metal enrejado. Se produce un alief, pues la “programación” nos dice que no salgamos al vació, mientras que el prefrontal verifica que todo el mundo lo hace y no pasa nada. Saco a colación este tipo de hechos porque bajo el lenguaje de la filosofía de la mente una creencia, como en la premisa que S –> P (S=sujeto y P=proposición, en lógica proposicional): Pedro “cree” que la plataforma es segura, crea un estado intencional en Pedro con respecto a la plataforma. Pero en lo profundo del cerebro, posiblemente en la formación reticular, cree que S –> no P: Pedro cree que la plataforma no es segura. Por el principio de no contradicción, P no puede ser a la vez P y no-P (una persona no puede tener los ojos de color azul y no azul a la vez, por ejemplo). Luego, ¿qué es un estado intencional y porqué poner la tilde en el acto tético, frente al no-tético. ¿Es más “válida” la intención y creencia del prefrontal que sus correspondientes de la formación reticular? Pedro es “más Pedro” por su prefrontal que por la formación reticular?, bajo qué baremos que no sean los antropomórficos (el humano como el centro del universo) y humanistas. El humano es en su totalidad. No es esa abstracción de una pelota en el aire: es la suma de todas sus partes, con sus contradicciones y posturas ilógicas y contraintuitivas…, como lo es el tener dos creencias contrarias a la vez y en liza. La mente no es sólo la conciencia: la mente es la totalidad de las estructuras que componen el cerebro, que son los que crean los comportamientos. A decir verdad ni siquiera es el centro de toda la acción. En España, al ser una península y por ello ser más claro, el kilómetro cero de todas las vías de vehículos, se encuentra en la puerta del Sol, en Madrid. Pero tal idea es falsa o sólo pactada en lo social. De cada localización irradian carreteras a todos los pueblos y ciudades vecinas. Incluso del pueblo más pequeño y humilde salen carreteras y caminos a todos los pueblos que tiene en sus cercanías, y este podría ser ese punto cero pactado. En el cerebro la cosa cambia porque todo circuito neuronal puede ser sólo de entrada o salida (fibras nerviosas aferentes y eferentes). Pues bien, en el cerebro sí es inteligible decir que hay un punto cero o central, entre el cuerpo y el resto del cerebro, y ese centro es la formación reticular. Esta estructura es la que podría ser tomada como la proto-conciencia, por Damasio, pues esta estructura es la que activa o desactiva los estados conscientes. Desde allí toda información es llevada al sistema límbico, y sólo si es necesario activa al prefrontal y la atención. Si es este el caso la información toma estas dos vías, en donde el prefrontal se las ha de ver si tiene que “frenar” o acallar sobre lo que “opine” o sienta el sistema límbico. En un principio esta estructura tenía solamente esta función: es a lo que Damasio llama conciencia nuclear y que tienen una gran cantidad de animales (como así lo defienden los amantes de los animales). En el hombre, y por medio de la palabra, se llegó a un nuevo estado emergente, que en el lenguaje de Damasio es la llegada de la conciencia ampliada. Toda división de este tipo, sobre el cerebro, es reduccionista y odiosa. La primera zona se puede extender a los ganglios basales y “fusionarse” o mezclarse con parte del sistema límbico, como la amígdala y el hipotálamo (leer para ver su importancia), donde este último forma parte del sistema endocrino y por ello “ordena” la suelta de hormonas en ciertas situaciones, mientras que la conciencia o sistema ejecutivo extiende sus “ramas” a partes y estructuras del sistema límbico, como el hipocampo; sobre todo a la hora de crear proyectos de futuro, que visto en perspectiva es una “programación” de la memoria para el futuro (recordar una cita con el médico dentro de una semana es así “recordar” el futuro).

    El psicoanálisis es de las pocas ciencias (no positivas) que han tratado de encajar todas las partes del rompecabezas. Las actuales revisiones distan mucho de los términos que dejó asentados Freud ( y que tanto repudian las personas, como el complejo de Edipo). Sartre tenía como base el psicoanálisis y su estudio ontológico sobre el Ser, sobre el hombre, en “el Ser y la nada“, trató de encajar las distintas manifestaciones del cerebro y sus estados. La teoría del espacio global de trabajo no localiza la conciencia en el prefrontal, sino que es un foco que va iluminando distintas partes del cerebro, en cada momento y parte del proceso. Todo acto, todo comportamiento, sigue rutas bien marcadas por la evolución, y ninguna región toma el papel central de todas las acciones. Algunas acciones son muy viscerales, como el acto sexual; y otras son muy “elevadas”, como profundizar en la matemática pura, pero en el día a día (para bien o para mal) todas las partes suelen ir a la par. Constantemente podemos pasar por disonancias cognitivas e implícitas, mientras a la vez, por la programación escrita en el ADN, caemos en unos y otros sesgos y falacias argumentales, sin ser conscientes de la mayoría de ellas.

   Con esto volvemos a los sentimientos y deseos. Entre lo instintivo y la razón, se encuentra el sistema límbico, la amígdala y las emociones (y el hipotálamo que activa hormonas, que activan a la vez a otras partes del sistema endocrino, y por ello comportamientos). Al ver el vació, en la plataforma de los picos de Europa, y antes de dar ese paso sobre ella, la formación reticular activa el miedo, sigue siendo un proceso no tético: el miedo se implanta en el cerebro y el cuerpo tiende a ir un paso atrás. De nuevo a este nivel se produce un nuevo choque entre el deseo de ponerse sobre la plataforma y la emoción del miedo. En ese proceso entra en juego el prefrontal para “resolver” todos los choques. Bajo mi punto de vista la sensación de conciencia es ese último proceso de verificación, de suma de todas las variables dentro del sistema, donde la conciencia es la “solución” o resultado final de dichas variables: el cerebro (la persona) se ve a sí misma en su totalidad téticamente (pero la conciencia no se ve a sí misma, no nos engañemos, o sea es no-tética sobre su Ser; eso sólo ocurre si se cierra los ojos, literalmente o no, y  la conciencia se vuelve sobre sí, durante la autoconciencia, a esto mismo apuntó Sartre al decir: “para ser conciencia no tética (de) sí, la conciencia ha de ser conciencia tética de algo”. Los optimistas dirán que es una “buen arreglo” evolutivo, pero de hecho la conciencia puede intensificar el miedo, en vez de frenarlo. Una  gran mayoría de los trastornos mentales, como las fobias (lista), las compulsiones, las obsesiones y las manías, son debidas a la retroalimentación en las cae el prefrontal con respecto al miedo, el asco o la ansiedad de tales situaciones. Bajo mi punto de vista la conciencia, como ente tético, operaba bien en la naturaleza, en ese enfrentamiento para la que fue creada y en la que operó por cientos de miles de años. Pero dejó de ser efectiva cuando salimos de la naturaleza y en el nuevo entorno “sintético” -o no natural- que son las ciudades. Al igual que las enfermedades autoinmunes están desadaptadas en los nuevos y artificiales habitáculos pulcros y asépticos de las nuevas ciudades y terminar por auto-atacar al propio cuerpo, la conciencia “creó” o redireccionó los miedos hacia uno mismo, en vez de frenarlos. Era preferible tener enemigos reales, como un león o un oso, que enemigos intangibles y por doquier, como sucede en la actualidad, donde fácilmente te hacen sentir un parias por el simple hecho de no conseguir un trabajo, y otros dilemas como el acoso escolar, la exclusión social, el aislamiento…, por sólo nombrar unos pocos de los problemas de las grandes ciudades en la actualidad. No parece que “evolucionemos” hacia el “arreglo” dichos trastornos, sino que da la sensación que van en crescendo, en situaciones cada vez más artificiales y alejadas de lo natural. Es raro encontrar una familia no disfuncional, es cada vez más raro encontrar una persona mentalmente equilibrada y sana. Tal efecto se llama “principio de Anna Karenina“, que determina que cuantos más factores entren en juego para llegar a un equilibrio (felicidad), más complicado será llegar a tal estado. Conviene traer aquí parte de dicho artículo de la Wikipedia:

Vladimir Arnold en su libro “La teoría de la catástrofe” describe “el principio de la fragilidad de las cosas buenas“, que en cierto sentido complementa el principio de Anna Karenina: los buenos sistemas deben cumplir simultáneamente una serie de requisitos; por lo tanto, son más frágiles:
“…para los sistemas que pertenecen a la parte singular del límite de estabilidad, es más probable que un pequeño cambio de los parámetros envíe el sistema a la región inestable que a la región estable. Esta es una manifestación de un principio general que afirma que todas las cosas buenas (por ejemplo, la estabilidad) son más frágiles que las cosas malas. Parece que (para las) buenas situaciones se deben cumplir varios requisitos simultáneamente, mientras que para calificar una situación como mala, incluso una sola falla es suficiente.” 

    Aquí de nuevo se ven las fallas de la filosofía de la mente. En definitiva: el prefrontal no tiene porqué ser tomado como el culmen de la evolución, o la “mejor” región cerebral de una persona, pues está trayendo muchos problemas. En los trastornos no hay claramente una simplificación a un solo estado intencional, con respecto a un medio concreto, sino a varios estados mentales de distintas estructuras, en donde la intención no se resuelve en una dirección, sino que se bifurca en varias vías o intenciones y deseos contrapuestos. En los trastornos la conciencia “consigue” justamente lo contrario de lo que pretende: S–>P, entonces no-P, Pedro quiere calmarse, pero al pensar sobre ello se pone más nervioso, de nuevo hace que la conciencia o la mente caiga en el principio de no contradicción de P y no-P a la vez. Los casos más evidentes de estas “taras” del prefrontal, son los tímidos y los tartamudos, pues se vuelven más tímidos y tartamudos al percatarse, téticamente, de sus comportamientos. Se produce una retroalimentación entre sus actos y el prefrontal que “se juzga” ante tales actos.

   Visto así, ¿qué son los estados intencionales, si no provienen de una sola fuente y pueden llegar a ser contradictorios entre sí? Es más, las personas suelen “creer” ciertas cosas de sí mismas, cuando suelen errar. Las neurociencias nos dicen que todos somos “racistas”, que los impulsos o intenciones implícitas (las primitivas) nos crean unas sensaciones o sentimientos viscerales, pero el prefrontal las “frena” o las contiene. Cuando alguien nos hace daño, la intención originaria puede ser ese hacer daño, pero sin embargo hablando con la persona nos dirá que esa no era su intención. ¿Cómo analizar tal estado de cosas? Las leyes, y la sociedad de forma implícita, “aceptan” que sin conocimiento no hay culpa, que a los que hay que castigar con una mayor condena son a aquellas personas que hacen daño a nivel de conciencia, de saber que estaban causando el daño. A mí esta respuesta/conclusión nunca me ha convencido. El cerebro, al igual que la memoria, que puede ser implícita o explicita, trabaja de dos maneras tanto en sus acciones, como en su percepción del mundo. Una persona me puede decir que es mi amiga, pero de forma implícita “odiarme” (un compañero de trabajo o de clase por ejemplo: a quién no le ha pasado alguna vez). El cerebro implícito capta el odio, indiferentemente que la razón, y que esa persona nos diga que “todo está bien y es normal”. Más tarde esa forma de trabajar del cerebro implícito modificará el cerebro y el comportamiento de esa persona, para ser desconfiada hacia cualquier persona, o interiorizará ese odio soterrado en algún trastorno. Lo que quiero decir es que lo que suceda a plena luz en el escenario, es más fácil de seguirle el rastro que lo que ocurra entre bambalinas y a oscuras. El prefrontal, la razón o la palabra no pueden tratar de reparar algo de lo que no saben, que ha sido enterrado en lo más profundo. La mayoría de las patologías y trastornos de los adultos provienen de daños y traumas de la niñez y la adolescencia. El psicoanálisis trata de llegar a esas “fuentes”, pero no siempre es fácil, y por lo demás, aunque se llegue a esa raíz eso no quiere decir que se solucione, pues el cerebro habrá “construido” su forma de funcionar y de comportarse a partir de dichos daños. Se pueden tardar años e incluso décadas en “aplacar” o cambiar tales rutas cerebrales…, si es que se consigue.

   ¿Qué otros temas quedan? Una discusión que me parece trivial es si el cerebro es representacional o no. Los efectos ópticos (no naturales), de esos que se han vuelto virales en Internet, nos demuestra que el cerebro es representacional, que interpreta el mundo a partir de su propia representación interna. No hacen falta más discusiones sobre el tema. Por lo demás es la idea que más encaja con el concepto de predictibilidad del cerebro. Este trata de tener una representación interiorizada lo más fiel del mundo, pues de esa forma actúa mejor en el cebado; proceso en el cual el cerebro trata de tener una representación mental del mundo algo adelantada a la que proporciona la propia realidad. Todo esto requiere que sea representacional.

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   Por otro lado, en este tipo de efectos, de nuevo, se ve la falta de legitimidad del concepto de creer, frente al de predictibilidad, pues la corteza visual no es capaz de “fijar” una predicción, ya que trata de predecir qué “tubos” son cóncavos o convexos, y el “ingenioso” diseño del gráfico, que además juega con que los “tubos” no son paralelos, provoca a que la corteza cerebral de la visión juegue con varias predicciones (varias regiones de neuronas apostando unas contra otras), de tal manera que la totalidad -de esas varias predicciones- crean el falso efecto de movimiento. El prefrontal aquí nada tiene que hacer: ni es capaz de fijar la atención para entender la falla, ni deja de ver el “bailoteo” de la imagen por mucho que lo intente. No repercute en nada en la percepción visual y sus modos de trabajar. Quitando la disparidad de pares e impares se contrarresta el efecto.

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Un concepto vital dentro de la filosofía de la mente es el de qualia, pero tal estado o proceso no tiene nada de especial. Tal proceso se puede dividir en dos partes: 1. la percepción de la realidad, que no puede ser igual pues todo humano es único en cada uno de sus distintos sentidos, y 2. el cómo esa percepción única repercute en sus sentimientos y sus comportamientos. Los ordenadores, que deberían ser anti-azar, libres de qualias, no lo son. Instala un sistema operativo dos veces, con todos los programas y drivers necesarios, variando qué instalas primero y qué después -y otras muchas variables azarosas durante el proceso- y serán distintos en sus inputs (percepciones) y salidas (comportamientos). A veces una instalación “fallida” requiere volver a reinstalar a las pocas horas. Cuanto más complejo sea el sistema más susceptible será al “efecto mariposa“, a que cualquier variable “rompa” su equilibrio. Pueden decirme que no he entendido el concepto de qualia, pero igualmente puedo contestar que no han entendido los sistemas complejos. Los traumas y los cambios epigenéticos (que puede que sean una y la misma cosa) crean cambios en cadena en el sistema complejo que es un cerebro. Un envenenamiento por mercurio (eretismo) cambia a la persona para que sea tímida; por no hablar de las embolias y daños traumáticos por accidentes. ¿Cómo sostener que hay algo que no sea “mecánico” o físico, y que emerja de la máquina como intangible y espiritual, cuando alguien que en un primer momento podía ser una persona pública, de repente se vuelva tímida y tiende a aislarse debido al eretismo? Ciertos daños cerebrales modifican el estado de la qualia, pudiendo sentir verdadero asco o repugnancia por las cosas más triviales y habituales de la vida. Como un ejemplo sencillo: la sensibilidad al olor de los que dejan de fumar. En mi caso, cuando he pasado por la extirpación de la vesícula, después de cinco días de un fuerte y agudo dolor permanente en las vísceras, he pasado por un estado hipersensible a los olores. A cada paso olía algo distinto de forma profunda y desagradable, con tal intensidad que todo me daba asco y me mareaba. De nuevo la memoria implícita, pues el cerebro trataba de evitar comer o beber cualquier alimento o bebida que me pudiera volver a hacer daño. El cerebro no toma la interpretación que sabe, a nivel de conciencia: la vesícula estaba dañada y ha sido extirpada. La primitiva implantada en el cerebro (en el ADN) es que si algo ha causado cólicos en el sistema digestivo tiene que ser porque ha tomado algo en descomposición o venenoso. Activa la señal de alarma del asco y aumenta la percepción de los olores, para tratar de evitar el volver a ser dañado. El prefrontal y la razón no puede hacer nada para evitar ese mecanismo. La “intención” (alejarme de los malos olores) de nuevo parece diluida en el caldo cerebral y no tiene un foco o no está en la conciencia, que no puede hacer nada contra esa intención (deseo, creencia) profunda.

   Todo lo explicado hasta ahora nos lleva a una suma de varias partes. Las qualias modifican el discurso de la persona, donde en este proceso se crea un circuito de retroalimentación, por el cual la persona tiene cierta capacidad de “modificarse” (reprogramarse) a través del habla y el diálogo interior. Pero, ¿qué tiene de “real” tal proceso? En el cerebro todo es memoria, en donde ciertos tipos de memorias modifican formas de trabajar del cerebro (por ejemplo la multiplicación). Pero además es dado a que la memoria de las vivencias se dividen en la episódica (los datos en bruto) y la memoria autobiográfica, que está vinculada a la memoria semántica, de las palabras, de los lenguajes estructurados humanos. Cuando la filosofía de la mente trata de averiguar qué es una representación u objeto mental ignoran estos hechos. No está claro si la memoria episódica y la autobiográfica “apuntan” a una misma parte de la memoria, para recordar un hecho en concreto, o ambas activan distintas partes del cerebro y sólo se diferencian en el camino que han seguido; la primera por la evocación de un olor por ejemplo, que es memoria implícita; y la segunda a través de estar dialogando con un amigo y la palabra, que es memoria explícita. No creo que al cerebro se le pueda reducir a unas pocas ideas o a un algoritmo sencillo o a un concepto o una sola regla de translación de dicha representación. Tiene varias rutas y formas de trabajar, o dicho de otra forma, tiene posiblemente tres “lenguajes” que puede que compartan estructuras y ciertos procedimientos, pero que en sus tres versiones quizás no se “entiendan” sino a través de “traductores” y con el tiempo. En definitiva, que el prefrontal y la palabra no por decir: “voy a dejar de querer a esa persona”, funciona en cuanto se profiere tal pensamiento, al modo que el personaje Shazam cambia de identidad al pronunciar su nombre. Como parece operar, es que la palabra “planta la semilla”, memoria semántica, y dicha idea queda “solapada” en la memoria autobiográfica, explícita, y con el tiempo, mucho tiempo, y quizás sin que importe esa decisión, la emoción de amor hacia esa persona se minimiza y desaparece (quizás no, como reza el refrán de “donde hubo fuego quedan las brasas”).

   En resumen. La actitud proposicional o intencional es propia de toda vida, pues en definitiva esta podría denominarse, parafraseando a Monod, como un tipo de materia con propósito o finalidades, y por lo tanto no se debería de reducir a una propiedad de la conciencia. No hay una sola actitud o posicionamiento de la mente con respecto al mundo, sino que el cerebro -en distintas partes- tiene distintas actitudes y tiende a distintos comportamientos, que no tienen por qué coincidir. Mi punto de vista está al lado del fisicalismo eliminativo, que viene a decir que las ciencias poco a poco irán resolviendo los problemas planteados y los aparentes misterios. Hacer conjeturas lógicas sobre el modo en el que el cerebro crea representaciones mentales está demás, frente a lo que la ciencia vaya demostrando bajo sus métodos. La mecánica cuántica nos demuestra que la lógica “ingenua” con la que opera el cerebro no siempre coincide y sirve para entender la realidad. ¿Desaparecerá el misterio de la mente?, en realidad no, al igual que un efecto óptico no por saber que lo es, dejamos de verlo. Será uno más de esos conocimientos contraintuitivos o alief, en donde por un lado la razón sabe algo que el resto del cerebro parece negar. El humano no perderá su sensación de presencia dentro del cerebro, pues es un mecanismo más de la evolución, que al final es “útil”, pues procura una sensación de control, en un mundo caótico.

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