Primitivas, Conceptos y Conciencia

Es como si, para que una historia fuera buena, hubiera que hacerla algo incierta, abierta de algún modo a lecturas alternativas, sujeta a los caprichos de los estados intencionales, indeterminada.” Jerome Bruner
El hombre es una errata pensante.” William Shakespeare
Hay una gran ficción de libertad, pero no hay libertad.” Ugo Ojetti
Todos somos muy ignorantes, lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas.” Einstein

 

  Estos son unos pensamientos preliminares a partir de leer parcialmente sobre “el lenguaje del pensamiento“, en autores como Jerry Fodor y Susan Schneider. En esa dirección voy a centralizar ideas propias, que he ido dejando aquí y allá a lo largo de los escritos, en la dirección de aportar una visión global de mis teorías y de tratar de crear una hipótesis más general sobre este tema. En cierta medida está redactado al revés que los escritos que le preceden, pues empiezo por los últimos temas, por estar más frescos en la memoria, e iré hacia el principio.

    Hay diferenciaciones cerebrales por los cuales dividir a la humanidad. Una de ellas es ser generalista y otra detallista. Mi cerebro es generalista, trata de unir muchos puntos generales para llegar a visiones holistas del mundo. El otro tipo de cerebro, el detallista, es el que tiene por ejemplo un teórico matemático. Aquí vemos una de las tramas de fondo de la evolución: los dos tipos de cerebros se “necesitan” e interactúan en lo social, a modo de dos procesos que operan en una red o programa informático, pero en realidad es posible que no pudieran hablar entre sí. Ventana Overton ExtrapoladaPosiblemente Newton era detallista (creó un primer sistema de cálculo), mientras que Einstein era generalista (le fue “complicado” llevar a fórmulas matemáticas sus ideas); hicieron falta las dos visiones para llegar a la actual concepción de las leyes físicas y del universo, como la gravedad. Los dos eran solitarios, introvertidos, y odiaban lo social, donde se sentían fuera de lugar. Aunque no hay posturas extremas o muy pocas -la detallista y la generalista- y siempre es por degradados. En ese caso los humanos que se encuentren en la zona intermedia, que es la más general, crean teorías en la dirección de  entrelazar esas dos posturas aparentemente opuestas. Esto viene a colación con respecto a cierto lenguaje de la filosofía. En alguna ocasión he dicho que la filosofía se ha quedado anclada en plantear paradojas y buscar el tratar de resolverlas y comprobar si tal cosa es posible: son extremadamente detallistas, perdiendo las perspectivas generales.

Solitario - Einstein

    El problema de las teorías sobre la mente tienen dos vertientes: la teórica y la práctica. En la segunda lo que se busca es llegar a crear una inteligencia artificial, pero se encuentran con problemas. Los teóricos, al ver que los “prácticos” no llegan a soluciones, les “encaminan” hacia cuáles son los problemas de fondo. En algunos casos los teóricos argumentan que nunca se llegará a “recrear” la conciencia y que como mucho la IA llegará a ser una simulación de inteligencia, que por lo demás no tendrá conciencia. O sea, que pasará la prueba de Turing, en donde un humano no distinga si con lo que habla es con otro humano o una máquina, pero sin que por ello implique una máquina con conciencia. Para los teóricos o técnicos de la IA no hay problema: les vale con “simular” inteligencia, pues en la mayoría de los casos tan sólo buscan una utilidad con fines económicos, o sea, que les reporte beneficios en el mercado. Bajo esta dirección aducen que al igual que la resolución del vuelo pasó por no imitar el vuelo de las aves, llegar a una IA no pasa por imitar o comprender de forma extensa el cerebro humano.

    Por el camino o entrelazado de esas dos formas de entender una posible IA, los teóricos se topan de si el cerebro es reducible a problemas de computación, o sea, si de fondo el cerebro es computacional; y de este dilema nace otro: si la mente es igualmente computacional. Aquí ya entramos en los “detalles”; ¿qué es mente con respecto a cerebro? Mente es el software del hardware que es el cerebro. Son sus funciones o facultades… lo que hace. Cuando un humano soluciona un problema lógico (mente en tanto que razón) es computacional, en la medida que la lógica se puede aprender y que alguien que la haya estudiado solucionará de forma más eficiente los problemas que se le planteen. La computación se basa en puertas lógicas binarias, luego esa función de la mente es computacional. Pero, ¿lo es el hardware?, el cerebro. Cuando se vio la importancia del cerebelo, para la evolución y el humano actual, se estudió su arquitectura, y en un primer momento se creyó ver en él “comportamientos” y estructuras neuronales computacionales (puertas lógicas), pero rápidamente se hizo tangible que no se podía reducir a una máquina computacional. De igual forma algunos teóricos piensan que las seis capas de neocórtex contienen estructuras anidadas de complejidad lógica, en donde la primera capa, de menor cantidad de neuronas, “resuelven” problemas lógicos sencillos, como “si A entonces C, B es igual a A, luego si B entonces C” (bajo esta regla creamos categorías como en el caso que A y B sean dos razas de perros y C ladrar) y en subsiguientes capas los problemas lógicos se vuelven más complejos. Bajo la teoría económica (parsimonia o navaja de Occam) dicho “comportamiento” encaja, ya que la primera capa gasta menos energía (menos densidad de neuronas) y si se resuelve en dicha capa ya no gasta más energía en subsiguientes capas más densas. Gray754La mayoría de los “problemas” cotidianos se resuelven bajo reglas de una lógica sencilla. Pero, si como hemos visto, ciertas funciones de la mente son computacionales, la conciencia, la idea de que hay un agente al mando, no se resuelve bajo ninguna regla computacional. No se resuelve cómo dos cerebros distintos tienen una apreciación tan distinta de un sabor, un olor, un color o un sonido y los que argumentan la imposibilidad de “copiar” o recrear una conciencia aducen que dicha capacidad es lo que nos hace humanos. Fodor nos da una pista  de tal dilema en uno de sus libros al aducir que hay que diferenciar entre un problema y un misterio. La ciencia trata de resolver o desvelar problemas, pero es la metafísica la que está pensada para hablar de los misterios. Un materialista argumentará que no existen los misterios, que todo es cuestión de falta de conocimiento o complejidad, mientras que hay pensadores que alegan que quizás hay cuestiones y misterios que el hombre y la ciencia nunca podrán resolver. Bajo esta última premisa es por la que hay que entender el concepto de qualia (que se puede resumir en el dicho “para gustos los colores”) como la propiedad de que la mente, en tanto que conciencia, es una singularidad que no se puede copiar. Bajo estos dilemas los cognitivistas argumentan que el cerebro es una máquina de inputs y outputs (entradas y salidas) en donde por medio hay una “caja negra“, y que sabiendo cuál es la entrada y qué salida proporciona se puede simular una máquina con el mismo propósito. Como contraargumento se creó la metáfora de la “habitación china“, que para simplificar viene a decir que manejar unos símbolos adecuadamente no implica conocer el significado o propósito de dichos símbolos…, o para simplificar: que un loro repita una frase no implica que tenga sentido para él, ni entienda ni la estructura de la oración (sintáctica o semántica), ni el significado de cada una de las palabras…, y seguramente ni el número de palabras que utiliza. De esta manera se sigue de igual forma que es imposible la reducción de la conciencia como computacional, puesto que de nuevo dicha reducción no resuelve el problema planteado por el argumento de la habitación china.

Sistema_con_Control_Errores    Susan Schneider nos dice que ni siquiera sabemos que es un objeto para el cerebro y qué es un valor. Tal dilema proviene de cómo “arranca” la propuesta de Fodor ante la pregunta de qué es un concepto para el cerebro y cómo los crea. El problema de fondo es cómo crear un concepto si el concepto es en sí mismo un concepto y en donde tal dilema lleva a una recursión al infinito, pues el concepto tendría que “llamar” a otro concepto (estructura) que le precede y este a otro y así sin ningún final. Para Fodor no se tiene porqué caer en la recursividad infinita porque el cerebro ya tiene dicha estructura a su nivel más básico, y cuando ha de crear o se encuentra con otro concepto parte de esta estructura inicial. Susan Schneider viene a hacer lo mismo con la idea de qué es un objeto para el cerebro y qué es valor. Fodor estableció que dicha “programación” está implementada en la estructura más antigua del cerebro y dicha estructura tiene su propio lenguaje (que no es el hablado), al que denominó mentalés (mentalese).

    Pienso que muchas propuestas parten de errores iniciales. Suponen que el cerebro humano es inteligente, donde tal concepto es absoluto. O sea, que si a un humano se le pone ante un problema nuevo (natural) lo resuelve a partir de dicha inteligencia. Para ser más claro: sin saber de qué va un juego de ordenador o móvil rápidamente nos percatamos cuál es su dinámica y finalidad, con lo que a las pocas horas ya somos bastante expertos. Dicha inteligencia se manifiesta en los tests sobre inteligencia. Tal capacidad además es creativa, en donde la creatividad implica la capacidad para crear cosas nuevas, sin que previamente exista necesidad para ello. O dicho de otra forma, lo que nos hace “únicos” son extensiones humanas como el arte y la ciencia. En uno de mis escritos decía que el humano no es “inteligente”, que era más bien un simulador de inteligencia… en definitiva que lo que “intenta” es no parecer tonto. Con el tiempo seguí desarrollando esa idea y argumenté que muchas de las propiedades, por las que llamamos inteligente al humano, se dan en otros animales, e incluso en sistemas complejos, y que por lo tanto el humano sólo es un heredero de dichas reglas que son las denominadas como inteligentes. Lo que vengo a decir es que las reglas implícitas en los sistemas son las que se nos aparecen como inteligentes, y que el humano sólo es un caso más de dichas reglas más generales. Esto mismo o similar argumentó Wittgenstein, para quien “la totalidad de los hechos y el lenguaje -totalidad de las proposiciones- comparten una misma estructura lógica común”. Por otro lado creé mi propia idea de los conceptos innatos sin saber de ellos, y además llegue por medio de la Wikipedia al concepto del cerebro como sistema predictivo. La predicción implica errores y en esa dirección una buena predicción para el cerebro, y por lo tanto como “máquina”, es aquella que trata de minimizar los errores de predicción, en la dirección de maximizar los aciertos. Esto “encaja” con mi idea del humano como un simulador de inteligencia: no sabe con exactitud, pero actúa como si su predicción fuera cierta (o con menos errores) o la más adecuada a cierta situación. Para los efectos, y en un ejemplo claro, aprender a manejar un programa de ordenador no implica conocerlo al 100%. Tampoco implica conocer con el mismo porcentaje las posibles interacciones entres sus herramientas o funciones. Pero actuamos frente a él como si lo “dominásemos”, como si lo conociésemos. En un caso más concreto, aunque yo “conozco” el programa de mapas mentales “TheBrain”, no sabía como hacer un proceso y me atuve a usarlo por lo que conocía. Por un fallo a la hora de arrastrar archivos, me hizo darme cuenta que tenía implícito otra forma más rápida de hacerlo y al final aceleré el proceso. Cada nueva versión o revisión añade nuevas posibilidades que uno no llega a aprender o comprender, porque en ese momento no te hace falta ese proceso. Lo mismo con los juegos. Desde el primer momento actuamos como si los conociésemos (simulamos inteligencia), pero sólo después de semanas o meses se llega a un conocimiento más exacto. Lo que es “inteligente” es la memoria, en sus eternos procesos de prueba y error, y manejando de alguna forma probabilidades y promedios, y en la dirección de que al final el cerebro opere como un sistema predictivo, en donde el prefrontal y la reflexión ya no tengan nada que hacer. Como “una máquina bien engrasada”, como se suele decir. Se parte de la “estupidez”, o el poco o nada conocimiento, y el cerebro al tratar de operar como predictivo, y por medio del prueba y error (como base), puede llegar a ser una máquina con unos mecanismos y engranajes que trabajen por sí solos; pero eso no sucede hasta la mediana edad. Hoy en día ni siquiera eso, dada la aceleración de los cambios. Esta idea de fondo, y quizás en un lenguaje menos “insultante”, ya la decía Heidegger, donde el ocultamiento es lo originario dentro de lo humano, y este va desvelando la realidad con la edad. O en otro caso y en otro módulo cerebral humano, Alfred Adler decía que “ser humano es sentirse inferior”, donde con los años trata de superarlo o en su defecto compensarlo. Nacemos en un “sistema”, el social, que es jerárquico, y nacemos “tontos”, necesitados de ayuda y en la posición más baja. El resto de la vida la pasamos tratando de salir de ese estado (el de niño en el lenguaje del psicoanálisis transaccional, analizado en un escrito atrás)…, estoy por asegurar que la mayoría de la gente no lo consigue. Cada vez es más complicado llegar a ser mentalmente adulto. Yo sé que no lo he “conseguido”, tampoco quiero serlo, dado lo que “exige” la sociedad. Vuelvo a todo esto más adelante. Primero vayamos a los conceptos innatos.

     Hace unos días en mi juego “tántrico” (juego para relajarme y pensar) llamado “craft  the world“, ocurrió algo extraño que no me esperaba. El juego, de tipo sandbox, se basa en un almacén central al que un pequeño grupo de enanos tiene que llevar lo que excavan o recogen en la superficie para hacer nuevos objetos. Se basa en el concepto del conocido juego minecraft. Una de las diferencias es que hay varios trabajadores y lo hacen casi todo por sí solos, por prioridades, y en donde se puede tomar el control de cualquiera de los enanos. Como los mapas son muy grandes, y para que no fuese monótono, el juego tiene la posibilidad de crear portales de teletransporte, para ir rápidamente a zonas remotas, donde el origen siempre es el almacén. El suceso fue el siguiente: hay ataques programados cada 45 minutos en donde el objetivo es el almacén; en ese momento tenía abierto un portal y manejaba un enano mago cerca de un portal; los enanos, si tienen la energía suficiente, atacan a los enemigos en cuanto los detectan; una de las pociones de los magos es el de curar a los enanos con baja energía; de repente veo que desde su posición lejana, y aún yo teniendo el control sobre él, se puso a curar a través del portal de teletransporte. ¿Está programado tal “comportamiento”? Bajo mi punto de vista no, lo que ocurre es que para el juego “cercanía” implica el acto de “curar a los heridos” y el fallo era que esto no debería de ocurrir cuando esa “cercanía” es a través de dicha puerta virtual. La programación debe de ser algo así: X es “distancia”, Y es “energía del enano receptor de la cura”; si X es menor de 10 pixels e Y en menor de 50% entonces “aplicar magia”, de lo contrario “seguir haciendo lo que se tiene entre manos”. Lo que quiero decir es que para el programa el portal es igual que estar cerca, pero el programador no ha añadido la variable para que el mago no cure a través del portal. El juego no tiene el concepto de cerca, pues tiene el fallo de que si los enanos pasan cerca del portal, para soltar lo que han recogido, se van a otros lados para llenar sus mochilas, en vez del comportamiento más lógico de soltar lo que tengan, que es lo que haría un humano o un animal. Aquí vemos que usa el concepto de “cerca” para una función o/y objeto (en lenguaje de programación) pero no para otra. Lo mismo puede ser una propiedad dentro del cerebro: ciertos módulos pueden usar un tipo de lógica que se reduce a conceptos como “cerca”, pero otros módulos no usan el mismo patrón o algoritmo. Mis intuiciones fueron dos: 1. en qué medida el cerebro y la evolución no operan igual que el error en el juego, con fallas y en donde ciertos errores a final implican aciertos, y 2. que el cerebro no tiene porqué conllevar ciertos conceptos de forma implícita, pero en su proceder (aparecer, pero no ser) actúa como si tal concepto formase parte de su estructura. O sea “usarlo” no implica ni conocerlo, e incluso que ni siquiera exista, al igual que cercanía no debería existir para que actuase la cura a través de un portal virtual en el juego. O para ser más claro: de qué forma el cerebro tiene el concepto de belleza, donde en la creatividad humana se manifiesta de tantas maneras. “Existe” pero no es reducible. Sólo tiene una colección de otros conceptos más básicos y primarios, ambiguos en sí mismos (simetricidad entre ellos y para que valga como ejemplo), que en su “suma” emergen como el concepto de belleza. Resta uno de los conceptos y la belleza se mantiene… ¿cuántos conceptos se han de restar para que algo deje de ser catalogado o visto por el cerebro como bello? Con estas ideas en mente vayamos a ciertos conceptos innatos bien estudiados por la ciencia, llamados primitivas.

Alma - Anima - Espiritu - Psique

El cerebro tiene ciertas reglas de las leyes físicas de manera implícita. “Sabe” que las cosas caen hacia abajo (es tan obvio que caer y abajo en esta frase son redundantes), que un objeto es susceptible de rodar pendiente abajo por esta misma regla. Las dos acciones implican movimiento. Se conoce que son primitivas porque los bebés de apenas unos meses “saben” de ellas sin ningún aprendizaje. Bajo esta primera regla, si un bebé ve un movimiento de un objeto, pero no sigue las leyes físicas, supone que algo -un agente- está activo dentro de dicho objeto como para moverlo “a su antojo”: “se sabe que los bebés diferencian los movimientos por causas y los no causados” (Leslie, 1982, 1988). El bebé diferencia entre movimiento natural (según las leyes físicas) y movimiento “dirigido”, de tal manera que a lo segundo lo cataloga como animado (que se mueve, con movimiento), palabra de las que provienen ánima y animal. Por esta primitiva una mano calzada con un calcetín y con unos ojos es igualmente un ser animado (animal) para el bebé. ¿A este nivel ya existe el concepto de agente y toda forma de vida está dotada de un agente?, sí. Si ve un cochecito dejado en una pendiente sobre la que cae, analizará la situación como sin agente, pero si dicho coche tiene algún motor que evite las leyes físicas lo “analizará” como animado, con un agente. Sólo más tarde y por aprendizaje va restando el agente a más y más objetos o entidades o animales en el mundo. Al final sólo deja como ser con un agente al propio humano y algunos animales cercanos a este. Bajo mi punto de vista el sentido de agencia es un “bug” (fallo) primitivo del “sistema”, como el analizado en el párrafo anterior en el juego, del que al final hizo uso el prefrontal, como he sostenido en uno de mis escritos, y en donde la identidad narrativa, y dentro de la identidad social, es aquel tipo de identidad que “necesita” que se mantenga dicho “bug“. De lo dicho en este párrafo se deducen varias reglas: 1. que la evolución (como sistema adaptativo) implanta reglas o primitivas a partir de otras primitivas más antiguas, 2. que el aprendizaje humano, en cierta medida, consiste en desaprender,  delimitar, o ampliar ciertas reglas o primitivas.

    En el vídeo se muestra una de las primitivas ampliamente estudiadas, que es la de “contenedor que, como señala Lakoff (1987), requiere un espacio delimitado con un interior y un exterior”, como nos dice Jean Mandler en su artículo “on the birth and growth of concepts“. Es extraño que exista esta primitiva, pues a nivel evolutivo para qué hace falta. Quizás en un tiempo muy remoto, cuando la vida sólo se daba en el mar, y en la dirección de calcular si el propio cuerpo cabría en una concavidad en la que ocultarse. Otros “contenedores” son los frutos secos, y ya en los primates la mano opera como contenedor, donde un individuo puede ocultar algo en su puño cerrado, y en donde este se delata si el puño está menos cerrado. La psicología del desarrollo trata de buscar esas primitivas, donde la agencia, junto a animado/inanimado, objetualidad, acción, ubicación y contención son algunas de las primitivas que se manifiestan con más claridad.

     Volvamos al concepto de cerca. El ordenador no “tiene” tal concepto, excepto que el programador lo cree en una variable tal que: X=cerca, si distancia es menor o igual a 15 pixels entonces X. De igual manera el cerebro en su mentalés no debe de tener el concepto o primitiva de cerca, o de existir es a modo de una variable computacional que dependa de otras primitivas -como veremos más abajo-, variable que además no está centralizada. Yo tengo problemas con la vista cercana, por la edad y debido al ordenador y leer libros (un problema que será “pandémico” en edades cada vez más bajas en las nuevas generaciones debido a las pantallas). En la dirección de tratar de entender qué era cerca para los ojos, para evitar dolores de cabeza, pregunté a varios oculistas; al final uno me dio una respuesta inteligible y con mucho sentido. Cerca para el aparato “mecánico” que es el ojo es la distancia máxima en la que se puede alejar la mano del cuerpo. Lógico porque el humano ha evolucionado sobre todo en la manufactura de objetos con sus manos. Una gran cantidad de palabras, como manufactura, maniobrar, manual provienen del vocablo mano; así como hay una gran cantidad de frases hechas a partir de esta primitiva, como: mano blanda o dura (ser severo o magnánimo), o dar otra mano de pintura, estar con las manos atadas (no poder hacer algo), en donde en algunos casos, como en “dejarlo a mano”, se extrapola la idea de cerca. Por otro lado la cercanía está en el núcleo del concepto del espacio personal. En este concepto los dos espacios más cercanos son el íntimo y el personal. El segundo, que es de algo menos de metro y medio, seguramente se deba a que es el espacio mínimo para maniobrar con el cuerpo y los brazos/manos. Al espacio íntimo, por debajo de 45 centímetros, sólo se le permite “entrar” a las personas de más confianza, como familiares y amigos íntimos; mientras que por otro lado, qué partes del cuerpo se pueden tocar o se pueden estar cerca de ellas, son dependientes del sexo de la otra persona o la cercanía familiar con respecto a la edad y la situación. Se deduce que la primitiva cerca no está centralizada y es distinta para la parte del cerebro que procesa la vista, que para la parte del cerebro que procesa la propiocepción. Se vinculan, claro está, en alguna zona intermedia, pues el espacio personal en gran medida está vinculado con la vista, pero el cuerpo o la propiocepción la procesan por su lado, como nos “demuestran” las películas de terror en donde el protagonista está totalmente a oscuras y cualquier cosa extraña que le toque le provoca ansiedad y pavor. Aquí vemos de lleno cómo no hay primitivas “puras” o muy pocas, y todas se entremezclan para formar nuevas primitivas, si están implementadas en el ADN y en el lenguaje mentalés, o conceptos si se dan en lo social. Con esto llego a una de mis ideas centrales: cuáles pueden ser esas primitivas más nucleares o antiguas.

    Bajo mi punto de vista -y teniendo en cuenta que sólo busco componentes para los comportamientos sociales y que mi cerebro es generalista, y puede que pierda el detalle y en esa medida contenga errores-, las primitivas más nucleares son: identidad, diferencia, lo faltante, conflicto, información, jerarquías e intención. Lo más nuclear es identidad. Con esto quiero hacer una breve incursión al concepto de qué es un objeto para el cerebro, ya que parece ser un problema a la hora de crear una teoría sobre la mente, y tratar de “descifrar” o traducir el lenguaje mentalés e intentar ver si el mentalés es computacional o no. En primer lugar hay que tener en cuenta que por un lado la palabra objeto es una palabra evolucionada, y por otro que aquí la usaré bajo la demarcación que hace la filosofía y las teorías sobre la mente, no la mundana. En la deriva de las palabras se ha perdido -en un alto grado- la “claridad” del lenguaje. Posiblemente si se pudiera ir en un viaje en el tiempo, al principio del origen del habla, y se trajese un humano adulto y se le enseñase todos los conceptos actuales de las ciencias cognitivas, tendría una mejor capacidad para llegar a unas explicaciones más claras y básicas. En la actualidad tenemos la dificultad de tratar de hallar respuestas en un lenguaje y una cultura muy compleja y elaborada, en donde es complicado apartar la “paja del trigo”, lo esencial de lo superfluo. Retomo el tema de unas frases atrás. En su origen latín objeto era aquello que era arrojadizo, de nuevo nos encontramos en la trama de la acción la mano. En la palabra objetivo, derivada de objeto, es donde más claro se ve su origen. Más adelante la palabra cosa fue sinónima de objeto, si bien cosa provenía del lenguaje jurídico y se derivaba de causa y motivo, pero también asunto y cuestión; en esa dirección la palabra objeto igualmente tiene la ambigüedad de querer decir finalidad, como cuando decimos: “cuál es el objeto de tu visita”. En la actualidad, y dentro de la filosofía de la mente y las ciencias cognitivas, objeto es todo correlato mental de una realidad o entidad en el mundo, pero no sólo son cosas, el color rojo o el amor son objetos en tanto que tienen “representaciones” mentales. El problema viene dado a que el cerebro “añade cualidades” a los objetos. Una flor para el cerebro es bella, pero no así para un ordenador. A esta capacidad generalista, por la cual toda representación mental tiene “acoplados”, se le llama intención, en su acepción filosófica. Creo que me estoy desviando, porque no me quiero meter en la jerga filosófica. Lo que trato de determinar es qué es objeto con respecto a mi referente, que es identidad. La vida “consiste” en buscar lo faltante, que en su modo más elemental es la energía. En ese buscar se encuentra de forma implícita el conocimiento. Los animales complejos han creado sistemas nerviosos centrales (cerebros) para mantener o aplicar lo que conocen -a su nivel más básico- a través de los instintos. En los cerebros más complejos se añadió la posibilidad del aprendizaje, de añadir más bagaje. En este tipo de cerebros la categorización es una forma de aprendizaje que seguramente parta de primitivas. Una vez que se tiene experiencia de un tipo individual de depredador, otro igual nos provocará la misma reacción, posiblemente de huida. La generalización es la base de crear categorías, de llegar a conclusiones. Con el andar de la filosofía, a través de los siglos, se fueron comprendiendo los errores de estas formas de trabajar del cerebro. Sin una buena educación, y en donde la enseñanza actual ha dejado aparcada la filosofía, las personas promedio no llegan a entender los errores a los que les lleva su cerebro innato, bajo sus primitivas y regla elementales, en la vida cotidiana. Me pierdo en divagaciones una y otra vez, lo que ocurre es que para tratar de explicar un proceso previamente hay que explicar los anteriores. A veces no mido el nivel de dificultad de llegar al último paso. A lo que quiero llegar es que la finalidad del cerebro es el tratar de ser predictivo al 100%, o sea, que al ver una situación nueva recurra a lo dado en el cerebro, en vez de tener que “explorar” la realidad desde cero. A ese nivel llega un buen tenista después de miles y miles de horas de entrenamiento. Mientras tanto no “tiene” objetos mentales, o conocimientos absolutos, sino siempre de forma ambigua y promediada. O dicho en lenguaje informático: para el cerebro todos son variables que van cambiando de valor con el tiempo, donde la única constante son las funciones, que en la mayoría de los casos son primitivas. El problema consiste en cómo “vivir” si todo cambia, si todo son variables. En esa dirección la evolución “creo” el locus de control, que básicamente consiste en vivir como si las variables no contasen, y se partiesen de conocimientos. Fijarse que aquí hay una fisura: se tienen tres formas de operar. 1. bajo las reglas de las primitivas, 2. bajo el lenguaje mentalés, en donde priman las variables, y 3. la forma en la que nos presentamos. ¿Cómo el cerebro puede ser de tres formas distintas?, porque estos tres procesos “suceden” en capas distintas del cerebro. La identidad narrativa, esa que se presenta en sociedad, opera con el locus de control, con aparentes conocimientos absolutos, pero a nivel del lenguaje mentalés trabaja con variables. O dicho de otra forma: el mentalés es duda (ser), y nos presentamos (aparecer) en sociedad como un ser denso, pétreo, y lleno de sentido. De nuevo la idea de que somos “aparentemente inteligentes”. A veces, al actuar por impulso instintivo, bajamos a la primera capa, bajo las reglas de las primitivas; en “privado”, de forma interna (y con las personas más cercanas), operamos con el mentalés y las dudas (por ello lo vital y peligroso de creer en alguien como para dejarlo entrar en esta capa); pero en sociedad “aparecemos” con la aparente densidad de la identidad narrativa.

   Pero volvamos a tratar de desvelar qué es un objeto mental. Si como he dicho para el mentalés sólo hay variables, es complicado que estás se presenten como totalidades, como objetos densos. Pienso que a nivel del mentalés el cerebro “siempre ha comprendido” la teoría de sistemas. Está enraizado en su forma de trabajar y pensar/sentir el mundo. En esa misma dirección han apuntado una gran cantidad de pensadores y científicos: donde conocer a nivel consciente no consiste en aprender, si no en desvelar esas realidades ocultas o formas de “saber” del mentalés (la intuición como “camino” de ese des-ocultamiento). “Desvelamos lo oculto” como diría Heidegger, siguiendo una escuela del pensamiento que se remonta a Platón, pero desvelamos no el contenido, sino la estructura de dicha forma de saber (leer sobre el concepto alétheia en la Wikipedia). “Dudar es de sabios” reza el dicho, en donde esa duda es la base del mentalés y en tanto que opera con variables, o la duda como método cartesiano, o la suspensión del juicio en la fenomenología. La soledad -como proverbia el saber sobre los “grandes hombres”- es seguramente la única manera de llegar a ese “estado”, porque uno se ha “librado” de la identidad narrativa -su ser social-, y su cancerbero locus de control que petrifica el “saber” en absolutos o aparentes absolutos.

   Bajo mi punto de vista, el mentalés maneja “identidades”, y bajo las reglas de qué es una entidad dentro de la teoría de sistemas. Identidad proviene de ente, de donde proviene entendimiento, en tanto que este consiste en tener, tender y comprender los entes. Ente tan sólo es ser, estar ahí (en el lenguaje de heidegger), existir, o ser visto. Pero lo que el cerebro “ve” es lo que no es no-ser. O dicho de forma más clara, y para ir al grano, los sistemas que se “ven” son aquellos que se mantienen estables el suficiente tiempo como para ser vistos (la filosofía a veces consiste en decir lo evidente, lo tautológico). “Todo es lo que es, pero la comprensión de lo que algo es depende de comprender lo que no es, porque nada «es» simplemente; todo se relaciona -dialécticamente- con todo”, nos dice el diccionario Herder parafraseando a Hegel. Un día puede llover peces, porque una tormenta ha succionado peces en el mar y los ha “soltado” en tierra, pero no es un “sistema”, no es “nombrable”, no es un ente (nombrable=existente+diferenciable). El mentalés “retiene” ese acontecimiento con una variable imprecisa, dentro de alguna primitiva que implique “raro e inusual”. El resto, todo aquello que “es”, es porque son sistemas estables dentro de los sistemas, como regular y estable son los ciclos de las estaciones del clima, como regular son los ciclos del sol y la luna. Es por este hecho que ser es en tanto que su negación: en tanto que no es no-ser. Las lluvias de invierno son en tanto que no-son lluvias de peces. Esta regla está tan implícita que cuando Shakespeare escribió aquello de “ser o no ser, esa es la cuestión”, se ha quedado como meme imperecedero, pues encajaba con la forma de “saber” y ser de nuestro mentalés. La idea de la muerte nos petrifica y horroriza porque devenimos en no-ser, y tal proceso es allí donde la identidad se “pierde” o deja de tener sentido: desaparecemos para el mentalés de los otros, pero como pacto no escrito de que esto no suceda, nuestra identidad narrativa mantiene a dicha persona en la tercera capa, en aquella que tiene como medio la palabra. Pero voy a ir más lejos: la premisa de “soy, luego existo” es una de las primitivas conceptuales más básicas y antiguas. El “soy lo que soy” en “boca” de la zarza ardiente, en la biblia, seguramente sea una mala interpretación de “soy un ente” o “soy un ser” o “soy porque estoy”, que en el fondo tiene la carga conceptual de la premisa de Descartes. Todo ser vivo con un sistema nervioso complejo se “prefija” como “sujeto” dentro de un mundo lleno de entes u objetos. En este impase los sistemas nerviosos complejos “dieron” sujeto -agente- a todo ente. Los bebés “nacen” con la premisa que todo es susceptible de tener vida, de tener un sujeto, un agente al mando. Los bebés nacen siendo animistas, donde el animismo implica agencia. Nuestra prehistoria, parte de la historia y nuestro lenguaje son animistas. El concepto de agencia está tan solapado, unido de forma tan intrincada a nuestro hacer del habla, que no nos damos cuenta. Para una futura I.A. nuestro lenguaje sería completamente “erróneo”. Cuando decimos “el sol se esconde tras la montaña”, la construcción de dicha frase está llena de ambigüedades y errores. Ni el sol “hace” nada, ni se esconde tras la montaña. El lenguaje “sigue” dando agencia a todo, cuando hace milenios que no creemos que el sol sea un dios, ni un ente. La desambiguación lo hacemos a nivel del prefrontal, pero el mentalés trabaja con el concepto y primitiva de agente.

   Con esto llego a otras de las ideas a las que llegué por mí mismo, si bien después comprobé que la sustentaban otros pensadores: el cerebro es metáfora. Parte de primitivas. En una segunda capa, la memoria de aprendizaje surgió como necesidad de moverse por el espacio tridimensional que era el mar. En un tercer proceso, el de las representaciones mentales, estas tenían que estar dispuestas a partir de unas primeras premisas sobre ese espacio tridimensional. Una de esas primitivas de la primera capa son los hitos, que son referentes en el espacio, por los cuales no perderse u orientarse. La luz del sol bajo el mar fue ese primer hito, pues el ojo “nació” como un simple sensor de luz. Más tarde los hitos podían ser otros. Pero aquí ya se ha producido una “metáfora”. Dicha figura del pensamiento consiste en una traslación: se tiene un referente que se sustituye. El sol como hito principal se sustituía por otro referente. Hoy en día decimos “tú eres mi sol” o luz, como “tú eres mi referente o hito principal en la vida”. Para los primeros sistemas nerviosos otro hito distinto del sol tenía como referente el qué significaba en sí mismo el sol: era una metáfora de ser un sol. Y si bien ese inicio es claro, los demás procesos son demasiado complejos y oscuros como para poderlos determinar uno por uno. La segunda capa, la que lo referenciaba (metaforizaba) con respecto al espacio tridimensional, aún sigue vigente en nuestro lenguaje (corporal y hablado) y primitivas. Dejamos el pasado atrás, el futuro está delante, nos sentimos por el suelo cuando estamos tristes, volamos cuando somos felices; otro ejemplo en la misma dirección es: cabizbajo (abajo) y altivez (alto, arriba). En España cuando alguien se hace demasiadas ilusiones decimos: “no te vengas muy arriba”. Son dimensionalidades de los ejes Z (atrás, adelante), X (izquierda, derecha) y Y (arriba, abajo). Este último eje crea un arriba, una zona media y un abajo, en donde los dos opuestos son cielo e infierno (o su equivalente para cada cultura), y en donde en el centro o zona media se encuentra el ser humano. El tres parece un referente y una “condena” en una gran cantidad de conceptos humanos, pues aparece en una gran cantidad de mitologías, teorías e hipótesis: la trinidad cristiana; el ello, el yo y el superyó del psicoanálisis; el cerebro reptil, el mamífero y el humano; las tres partes de toda dialéctica (tesis, antítesis, síntesis); inconsciente, subconsciente y consciencia; la narrativa como inicio, trama y desenlace; niñez, madurez, vejez; espíritu, alma (mente) y cuerpo; macrocosmos, vida en la tierra, microcosmos; pasiones, emociones y razón (sentimientos), etc. Muchos filósofos han creado divisiones humanas, mentales o espirituales (ontológicas y epistemológicas) a partir de tres divisiones, son tantas que es vano tratar de enumerarlas (leer sobre tricotomía). En realidad, pienso, que se debe a las estructuras cerebrales en tanto que primitivas, mentalés y palabra. Para algunos filósofos lo central es la voluntad (como fuerza vital ciega y primitiva, en filósofos como Schopenhauer, Nietzsche o los vitalistas), para otros la intuición (mentalés, Bergson, fenomenología), mientras para otros es la razón o entendimiento (Kant, decisionismo, existencialismo). Las psicoterápias suelen basarse en una idea central de cura a partir de estas estructuras primarias: para el psicoanálisis es la libido, en la terapia cognitiva conductual lo es la razón o toma de conciencia. La logoterapia -como centro de esas dos oposiciones- transfiere el impulso vital en la motivación: “la logoterapia se basa en un análisis existencial que se centra en la  voluntad de Kierkegaard de dar sentido, en oposición a la doctrina nietzscheana de Adler sobre la voluntad de poder o de la voluntad de Freud al placer . En lugar de poder o placer, la logoterapia se basa en la creencia de que esforzarse por encontrar un sentido en la vida es la principal y más poderosa fuerza matriz y motriz de los seres humanos“. La jerga que está implícita en todas las teorías o tendencia son: libido o impulso de preservar la vida y reproducirse, la voluntad y la razón. La palabra y concepto de volición implica voluntad y entendimiento, en tanto que elección libre por voluntad propia. La mayoría de las veces los términos y tendencias filosóficas son un puro galimatías a los que parece que les faltara una demarcación científica, donde cada término fuera la referencia a alguna metáfora de algo que nunca ha sido concretado en una región o función cerebral, pues el cerebro y su acción se presenta como unidad o no divisible. El problema de los términos viene a ser una cuestión de dónde se encuentran las fronteras conceptuales y cerebrales, si moverlas más allá o acá, y en tanto que todo acto es unidad. Para Wittgenstein (en su época contestataria o “airada”), en la semántica de la acción el sujeto no tiene importancia, tan solo su predicado, y en donde llega a afirmar que hablar tan sólo es un acto más entre otros, y es por lo que tiene que ser estudiado. Hay cierto “aroma” del existencialismo en su afirmación, pues para estos no hay Ser, sino hacer.

Ejemplos de Trinomías Filosóficas    Arriba tiene que ver más adelante con las jerarquías, como clase alta y baja, y repercute en cosas tan aparentemente triviales como que en los rascacielos la posición más alta sean las más caras, y donde vivan o trabajen las empresas o personas más poderosas de esa ciudad. Otro ejemplo, de lo crucial de esta primitiva o estructura cerebral, es cuántos monitores tener en un ordenador. En ofimática y diseño gráfico dos está bien, el central y uno complementario a la derecha (para los diestros), pues el secundario es el equivalente ancestral de “tener o dejar algo a mano”, como cuando se curtía una piel y por un lado estaba la herramienta que se tenía en la mano en ese momento, y por otro lado las herramientas que se dejaban en el suelo a la derecha. Un tercer monitor a la izquierda podría ser para aquellas otras herramientas y utilidades de tercer orden, como las herramientas que guardamos en la caja de herramientas, con respecto a las que usamos o tenemos a mano en ese momento.

Visión Interna de los Wixaritari

   Ahora me toca tratar de unir puntos. Si la identidad narrativa se prefija con lenguajes metaforizantes provenientes del mentalés, pero está reglado por el locus del control que trata de restar la duda, o todo como lleno de variables, y en donde parte del no-ser, en la medida que ni sabe, y está en una posición jerárquica inferior, se tiene que tratar de prefijar a partir de modelos: de referentes. Cuando se es niño esos “dioses” o soles, como hitos, son los padres. ¿Más tarde los serán otros, con la finalidad de que el único referente sea uno mismo, en tanto que adulto u autónomo? Esto lo veremos más abajo. Lo que hay que tener en cuenta es que la metáfora es la representación del mundo a partir de lo dado en el cerebro y su predictibilidad, pero en tanto que el mentalés son incógnitas, y en la medida que el núcleo de la metáfora es un referente, eso implica imitar ciertos modelos (modelo a seguir), en donde uno mismo es el no-ser del modelo que sí es ser (en el lenguaje judeo-cristiano la vida es una nada, que se une al Ser que es Dios en la muerte). O dicho de otra forma, aquí hay una “tram(p)a” conceptual ontológica insalvable. Dicha trama es la que trató de mostrar Sartre en su libro “el ser y la nada”, en donde el ser en-sí, esa nada que está constantemente en el presente para “decidir”, “opta” ser a partir del en-sí, de lo dado, del pasado, de un modelo, de los referentes. Visto de otra manera: el mentalés es no-ser, en tanto que es duda, pero la identidad narrativa la tenemos que construir con referentes, con hitos: como “habitado” con un ser. Sartre puso como ejemplo el dolor, cuando dijo eso de “se sufre, y se sufre por no sufrir bastante. El sufrimiento del que hablamos no es jamás enteramente el que sentimos”. Bajo estas frases lo que nos quiere decir es que nuestro propia forma de expresar el dolor lo referenciamos con respecto al “representado” por otras personas. En la actualidad nuestro referentes son los personajes de series y películas. Los personajes de ficción son pétreos y no habitados por la duda: son ser frente a no-ser. Esta petrificación de los actos sale a relucir en gestos y movimientos repetidos una y mil veces en el cine, como la ya clásica caída hincando una sola rodilla, una sola mano y la cabeza gacha, o el movimiento de procedencia afroamericana de mover la cabeza a derecha e izquierda sin mover el cuerpo. Pero no quiero centrarme en desentrañar este proceso, cosa que he hecho una y otra vez en mis escritos, a lo que trato de llegar es que ese no-ser o ser atravesado por la duda, no pasa por el filtro del locus de control, y este prefija un ser hipostático que “opera” en ese eterno presente, en donde dicho ente sobre todo es pasado, pero en tanto que todo pasado parte del concepto de “modelo a seguir“, o sea de un referente. Más claro: nuestro “primeros pasos” como ser, son los padres, más adelante un amigo o profesor, cuando “queremos” dar el salto hacia el ser ya están esas referencias en nuestro mentalés, como hitos que se hilvanan en cada segundo y cada decisión como aquello que existe como dado. En otro ejemplo más claro: cualquier compositor rock parte de referentes, y de ciertos riff y estilos de tocar de guitarra, que entremezcla para crear su “estilo” de composición. Cualquier cantante rock es la suma de sus ídolos y su propio mentalés o qualia. Pero en esa medida cada acto, cada segundo, es un “salto de fe” en la medida de si apostamos por añadir “algo nuestro” o simplemente imitar o partir de lo dado. Todo cambio, todo dejar salir algo nuestro es un riesgo, una apuesta en peligro de nuestro ego, de nuestro mentalés, en donde se pone en juego nuestro estatus quo, nuestra actual posición jerárquica. Es por esta forma de proceder que puedo asegurar que somos entes que tratan de aparentar ser inteligentes. Podremos saber o no de nuestro valor, pero solemos actuar bajo la apariencia de un ente que es el más validado en lo social, en esa medida y dado que en la actualidad parte de ese valor es la inteligencia, tenemos que “actuar” como inteligentes, “imitando” o repitiendo lo que otros dijeron (referentes, hitos) y que a nuestro cerebro le pareció inteligente. O en otros aspectos: como glamurosos, carismáticos, líderes, o como sexy´s, etc.  En definitiva con constructos sociales validados. El meme, como replicación, como imitación, es la base de toda esta trama. La “santa ignorancia” tiene así dos dimensiones: 1. ontológica, el cerebro en tanto que mentalés es duda y parte de eternas variables, y que en definitiva “no sabe” o sabe a medias; 2. la identidad narrativa tiene la necesidad de prefijar un ser, en ese proceso tiende a imitar a partir de lo dado como lo más validado en lo social; en esa dirección no sabe -en la medida que la conciencia como saber tiene la premisa de “ser que sabe que sabe”-, tan sólo actúa -y la clave está en dicho verbo- con un rol denso de persona que sabe lo que dice.

    A partir de esta primera forma de analizar el cerebro, y a la espera de analizar las primitivas diferencia, lo faltante, conflicto, información, jerarquías e intención, toca saber si es computacional o no. Tengo que confesar que al ser generalista me baso en intuiciones y en soluciones que me da el cerebro de fondo, no a través de la reflexión. Pero este problema sí lo he tenido que reflexionar. No he terminado de leer ninguno de los dos libros mencionados arriba, pero la verdad es que me exaspera la filosofía cuando entra en el detalle profundo, pues mi cerebro generalista se desentiende. En ese sentido me baso en una intuición de que si la evolución por sí sola ha “creado” la inteligencia, y una tal como lo es la del humano, si ha ocurrido una vez se tiene que poder volver a replicar. En cierta forma no sé si hay una corriente de pensadores que crean que el humano tiene algo más “añadido” porque en definitiva es la obra de un Dios, o algo divino tan sólo “puesto” sobre el hombre; o en otro caso que se “produjo” una singularidad y puede que no se vuelva a dar, porque quizás no lleguemos a saber a qué se debió tal singularidad, pero como soy ateo no creo que el humano tenga ningún añadido y todo es natural, y que igualmente pienso que las singularidades se pueden volver a replicar. Ese “añadido” se supone que tiene como base la “libertad”, como parte de la conciencia, en tanto conciencia de sí (autoconciencia). Pero es discutible si tal “añadido” existe. Con esta respuesta soy de los que piensan que se llegará a una inteligencia artificial. Y que en las suma de todas las partes dará la sensación de que tenga ese “algo”, como para que parezca lo que nosotros llamamos libertad y por ello conciencia. Lo que he analizado hasta ahora es un cerebro individual. El primer problema es que hay cerebros individuales muy inteligentes y otros simples y estúpidos, que fuera del lenguaje mundano, son apelativos que usa la ciencia para nombrar ciertos cerebros con un nivel bajo de inteligencia. Independientemente de que un ordenador sea de hace una década o uno actual, a ninguno de los dos se le puede calificar de estúpido o inteligente, si se les programa un problema los dos llegarán al mismo resultado y la única diferencia será la alta velocidad del actual. Pero en el propio humano dicha calificación de la inteligencia es engañosa, se basan en cómo se desenvuelven las personas en la sociedad actual. El hombre lobo encontrado en España, Marcos Rodríguez Pantoja, del que se hizo una película, “Entrelobos“, fue calificado de simple, pero supo sobrevivir solo (inteligencia natural o instintiva); cosa que seguramente la mayoría de las personas adultas no sabrían hacer, a no ser que se sea un friki de la supervivencia. Otro problema es la doble naturaleza del cerebro, la eléctrica y la química. Se podría, quizás, extrapolar a un sistema analógico y otro digital, pero tal división es engañosa incluso en los ordenadores, pues las placas base (madre) tienen circuitos y componentes que son analógicos. De la misma manera los disparos eléctricos neuronales inducen la química y a la inversa. El tercer problema es la distinción de la finalidad del ordenador y la del cerebro. El ordenador tiene que llegar a “verdades”, o sea que si se le da un cálculo tiene que dar una respuesta “correcta”, no vale que dé una aproximada o una “opinión”. La finalidad del cerebro son las impuestas en el sistema evolutivo al que pertenece: sobrevivir y reproducirse. “Correcto” para el cerebro, o “verdad” es “cumplir” con dichas máximas, y si bien en lo individual puede que no lo consiga, sí lo hace a nivel de especie. Otro problema es qué partes del cerebro se comunica con su propio lenguaje, el mentalés y que otros no. El prefrontal es el que reconocemos como el que se usa para los soliloquios, en donde el lenguaje es el habla, pero ¿tienen los dos lenguajes y el habla sólo utiliza otro lenguaje por alguna traducción? O sea, la programación computacional se suele hacer en lenguajes de alto nivel, que son cercanos al lenguaje hablado, y después hay programas que se encargan de convertirlos en lenguaje máquina y de este al binario. Pienso que su estructura está basada en el mentalés, y que el lenguaje hablado lo hace más sofisticado. Hace años Intel incorporó un módulo aritmético en sus microprocesadores, pero eso no quería decir que los otros no pudieran hacer lo mismo, sólo que lo tenían que hacer por software en vez de por hardware. En ese caso el lenguaje humano, y al llegar a la lógica o la matemática más compleja -por software como quien dice- le dio a este módulo unas nuevas posibilidades, pero tiene que partir de una estructura computacional, aunque sea multipropósito, como así parece ser el prefrontal.

   Bajo estos aparentes dilemas, y bajo mi punto de vista, el cerebro sí es computacional, pero bajo ciertas premisas. Las primitivas y ciertos comportamientos que se manifiestan como sesgos, dan un valor inicial a ciertas variables. Cuando en computación se crea una variable esta puede estar vacía o partir de un valor inicial; en el caso humano se sigue esta segunda regla. Además dicho valor cambia de unas personas a otras. Pongamos el caso de la tolerancia al estrés. Si existe una variable que asigne el valor máximo de estrés a 80 está claro que en dicha persona saltará antes la “alarma” frente a otra que el valor máximo sea 100, o en otra que pueda estar en 120. Con esto llegamos al concepto de valor (valencias). Los valores parten de lo físico. La capacidad de la tolerancia al calor de la piel está prefijada con respecto a su resistencia. El dolor se ajustó con respecto a dicho valor, de tal manera que a mayor cercanía de llegar a ese límite, mayor era el dolor como para que la respuesta fuera más inmediata. La mayoría de los mecanismos instintivos reflejos están prefijados de esta manera. De cualquier forma incluso estos mecanismos varían de unas personas a otras. Mi programación instintiva no soporta que se meta el palito que usa el médico para ver mi garganta en busca de infecciones sin que me entren arcadas. De nada vale que me diga “resiste”, porque ahí la voluntad no tiene que ver nada. Lo mismo para el acto reflejo de cerrar el ojo y similares. Desde esa programación más básica se van añadiendo capas posteriores a conceptos más abstractos y humanos como la asignación o sensibilidad a la belleza. Lo que resulta extraño, y que la persona profana no termina de creer porque atenta contra su concepto de libertad y agencia, es que todo se base en genes y moléculas complejas como las hormonas, los neurotransmisores, receptores, y el resto de los “comportamientos” de los componentes químicos. Algunos ejemplos: 1. “suprimiendo el gen TPH2, responsable de la producción de serotonina, el centro de medicina molecular Max-Delbrück de Berlín determinó que éstos no crecían normalmente y que las hembras se transformaban en malas madres, abandonando a sus crías”; 2. lo mismo se puede decir sobre la sociabilidad o la tendencia a la soledad, se ha comprobado a través de estudios en mutaciones genéticas en el gusano C. elegans “que una diferencia entre las dos (tendencias: sociabilidad y soledad), es un aminoácido dentro de una proteína receptora” (citado por  de Eric Kandel, “en busca de la memoria”); 3. “la psicóloga Abigail Marsh, de la Universidad de Georgetown, y sus colegas constataron que las personas con el alelo largo de un gen específico (un transportador de serotonina) presentaban una mayor tendencia a considerar aceptable un peligro elevado de dañar a una persona inocente a cambio de salvar a otras, en comparación con los portadores del alelo corto del mismo gen”; 4. “según el genetista Dean Hamer, en su libro “El gen de Dios”, hay una mayor presencia del gen VMAT2, que en su variante 3305 quedó bautizado como el “gen de Dios”, en las personas; los investigadores concluyeron que las personas con esta programación espiritual superaban más rápidamente las enfermedades, eran menos proclives a la depresión y disfrutaban, en general, de una mayor esperanza de vida”.

    Si analizamos los cuatro ejemplos, sólo unos pocos de los que aparecen cada año en las revistas científicas, comportamientos como la sociabilidad, el ser una buena madre o no, la tendencia a hacer daño con una menor activación empática, e incluso la tendencia a lo espiritual, se basan en “programaciones” dentro del ADN. En donde dichas variantes “colocan” ciertos valores iniciales a las variables con las que trabaja el cerebro en su comportamiento. En el gen denominado de Dios, vemos que cumple la máxima de la finalidad de la vida de hacerla más aceptable y por ello vivir más años. Una inteligencia artificial no creería en Dios, porque su finalidad son los datos constatables, pero sí podría llegar a “creer” en algo divino si su máxima fuera hacer su vida soportable y en tanto que dicha IA estuviera en algún tipo de “cuerpo” que pudiera sentir dolor, y en donde la idea de dolor o miedo le provocase tal desosiego como para que su computación fuera más lenta, o que “ignorase” ciertas variables que repercutiesen en el resultado final de sus “conclusiones”. Si se le dice a cualquiera de esas personas, con dichas variables en sus genes, que tal o cual comportamiento no obedece a ninguna elección personal no lo aceptarán de buena gana. Paradójicamente si es para “excusar” un comportamiento no aceptable, punible o desagradable, sí solemos aceptar que pueda ser a algo genético, del que no tenemos control, y en la dirección de minimizar el dolor de la angustia (un sistema de control al fin y al cabo), pues dicha estrategia de nuevo obedece a un patrón que sigue la regla de que la vida tenga que ser lo bastante aceptable como para poder ser vivida. Yo no soy solitario por elección, sino por alguna disposición genética (o epigenética). ¿Lo puedo cambiar?, sí, puedo vivir en sociedad, pero en “mí” la variable de la tolerancia de estar en situaciones sociales es más baja que la de la gran mayoría de las personas. Me “cansaré” antes en dichas situaciones que la media, y me mantendré más al margen de crear nuevos contactos durante uno de esos encuentros. No soy de los que piensan que se tenga que luchar contra todas esas disposiciones, porque eso “mataría” mi individualidad, y para mi disposición genética lo más importante es lo individual. No sé bajo que lógica a un homosexual no se le tenga que decir que sea menos o nada homosexual y a un solitario sí se le trate de “corregir” como “desviado” de la media.

   Sea como fuere, el cerebro es computacional, pero bajo las dos premisas de que lo que busca es sobrevivir y no la “verdad”, y que cada individuo parte con valores iniciales en las variables de su computación. Si se tratase de “imitar” en una IA el comportamiento humano se añadirían las reglas bajo las que está programado para mostrar comportamientos individualizados. Cuando se programan personajes de juegos se les suele añadir dichas variables.

    Antes de entrar en el resto de primitivas, bajo mis supuestos, y dado que de momento estoy en la dimensión individual, vamos a hacer una breve digresión y breve introducción sobre qué es la conciencia. Bajo mi punto de vista es la capacidad  predictiva del cerebro, y este es su núcleo. Hace un momento estaba desayunando ante el ordenador, cuando quise coger el ratón el cerebro vio la escena, y se percató que no tenía espacio para manejarlo y que tenía que mover la taza, pero a la vez a la derecha de esta había un portalápices. De forma aparentemente mecánica he movido el objeto más a la derecha y después la taza. No podría mover sólo la taza pues me toparía con el portalápices, la propia situación induce a mi cerebro a sólo accionar de una manera. Pero previamente a la acción, el cerebro se ha formado una imagen de toda la acción, como para que al llevarla a cabo saber a qué distancia he de mover el primer objeto, como para que al final tenga el suficiente espacio para manejar el ratón. En esta forma de proceder el cerebro a usado su capacidad predictiva. Lo está haciendo una y otra vez, pero en la mayoría de los casos la predicción es tan rápida que parece que sólo accionamos. En esta acción hay tres pasos: 1, mover objeto A, 2. mover objeto B, 3. coger el ratón. En la medida que haya más procesos y haya cierta dificultad para llevar a cabo la acción, se llama a las capacidades del prefrontal, de la puesta en atención a los propios procesos mentales dentro de la acción (resolución de problemas). ¿Qué es conciencia?, los dos procesos, sólo el segundo. De forma mundana se toma como conciencia al segundo acto. Ahora veamos la diferencia de un acto instintivo sobre otro que no lo es. Pensemos en un engranaje de reloj y que tiene 60 dientes. Cuando completa la vuelta, otro engranaje solapado de menos dientes se mueve una vez. Se ha completado un minuto. Dicho engranaje hace una y otra vez lo mismo. Las formas de vida más elementales tienen esa manera de proceder. Cual engranajes de reloj, sus acciones dependen de los ciclos solares. El proceso más elevado de un sistema nervioso es el aprendizaje, que depende de detectores del medio. De esa forma un sistema vivo posterior no hacía la misma “rutina” todos los días, sino dependiendo si el sol llegaba a cierto grado de luminosidad o calor. Los seres vivos más complejos centralizan comportamientos a través del cerebro. Hay una fina gradación en los seres vivos desde esa primera forma de vida que acciona como un engranaje, hasta el hombre. ¿en qué posición de esa gradación hay conciencia? ¿Cómo saberlo si no demarcamos qué es conciencia? Arriba dije que el cerebro es un sujeto que tiene una representación mental de un objeto. Un engranaje o una forma de vida no cumple con esta distinción. Es complicado dónde poner la línea divisoria de la vida que pueda tener representaciones mentales del mundo y la que no. Por otro lado, otro grado de conciencia es que el objeto de la conciencia sea el propio sujeto, la llamada autoconciencia. Pero si pensamos que todo cerebro predictivo -en donde predicción implica varios pasos de pensamiento- lleva implícito crear una distancia entre lo que está fuera y la acción, como dos momentos y en donde en esa distancia implica objeto sobre los que se opera y sujeto que opera sobre ellos, entonces en esos tipos de cerebros se dan la condición de esos dos lados de la realidad: sujeto y objeto, y en donde el primero es una representación mental de uno mismo dentro de ese todo. Aquí se cae en el peligro de la recursividad: alguien que mira desde fuera todo el proceso, pero que al analizase a sí mismo como analizando… ¿haría falta un segundo agente que viera mirando al primer agente que mira? Creo que el error está en pensar y en creer en la agencia. Bajo mi punto de vista eso que mira no es tal. Es el prefrontal haciendo su “trabajo” de supervisar o revisar como un sistema de control de errores. Lo que quiero decir es que si el problema se analiza de forma ambigua y en abstracto se cae en la recursividad, y ese es el principal error en el que caen los filósofos detallistas, pero que el problema no es tal si se analiza bajo el aspecto de los módulos y los recursos de un órgano real como lo es el cerebro. El prefrontal, como reflexión, puede crear o caer en la paradoja de la recursividad, pero es tan sólo una recursividad implícita en el problema, no en la circuitería del cerebro. O sea, que toda esa aparente recursividad se da dentro de un mismo módulo, y sólo como problema sobre el que trata y en realidad no tiene salida. Para el caso: la capacidad revisadora del prefrontal es la que crea esa distancia de sí a sí mismo del cerebro, en tanto que por un lado está la propia predicción y por otro lado la supervisión de dicha predicción. Es un espejo que refleja la predicción y en tanto que la predicción implica a uno mismo dentro de una acción como esos dos procesos de sujeto y acción. No es un espejo que refleja espejos y da la típica recursividad al infinito.

Paradoja de la Recursividad de Agentes del Cerebro

    El humano actual tiene como referente de otros tipos de cerebros sus mascotas. La mayoría de las personas las asumen -tienen la intuición- con una conciencia, tal como yo la he definido arriba, de un sistema básico de predicción, que tiene  a la vez la capacidad de supervisar sus predicciones. Cuando vemos documentales de animales lo captamos en una gran cantidad de animales. Hay un acto que sobresale del resto, en donde se manifiesta de manera clara esa forma de proceder de sus cerebros y que tengan una conciencia: los actos fallidos o traspiés. Me refiero como acto fallido cuando el cerebro predice una situación de forma incorrecta, lleva a cabo la acción y falla: como cuando creemos que hay un escalón y no lo hay o la inversa. En ese caso el prefrontal, o el módulo equivalente en el resto de cerebros de los animales, supervisan (poner el foco de la atención) la acción como para evaluar qué ha fallado y tratar de aprender para futuras predicciones. En cierto documental sobre los suricatos vi este tipo de proceder: el suricato en cuestión se iba a recolocar en una roca algo escalonada para otear, pero falla al subir de “escalón” y mira la roca para ver porqué. No trata de corregir el acto fallido, lo da por completado y otea desde la posición en la que está. O sea, una animal de proceder instintivo llevaría a cabo la acción fuera como fuera, como un engranaje salta de diente en diente de forma ininterrumpida, pero un cerebro complejo -con aprendizaje y predicción- readapta su posición actual como la posición inicial para una nueva acción o predicción. Daba la sensación de que el suricato tratara de disimular el ridículo, como así lo hace un humano en una situación similar, aunque a su alrededor no pareciera haber nadie. En este tipo de actos entra en juego la mirada, bajo el concepto de Sartre. El humano actúa como si esa posible mirada siempre pudiera estar, aunque esté solo. Después de todo uno nunca sabe cuándo está siendo observado. Volveré a esto más adelante, cuando se tenga en cuenta la conciencia dentro de lo social, de momento la estoy analizando desde lo individual. Se puede pensar que estoy analizando la escena del suricato antropomórficamente, pero de igual forma se puede tratar de pensar si tiene sentido analizarla así y de ser posible, por qué. Bajo mi punto de vista, y por los documentales que he visto, ese tipo de comportamientos, de disimular los actos fallidos -un algo así como un sentimiento de vergüenza- se da en los animales jerárquicos, como lo son la mayoría de mamíferos. Por otro lado hay que pensar en el sentido de la propiocepción, la percepción cerebral del propio cuerpo. En este sentido nos encontramos que el cerebro (sujeto) tiene al propio cuerpo como objeto de sus procesos. En los actos de la autolimpieza (lamer) todo animal procesa una parte de su cuerpo como objeto a mover hasta otra parte de su cuerpo, se crean procesos de retroalimentación, en donde además parece haber cierta autocomplacencia en llevarlos a cabo. Este mismo  sentido entra en juego cuando una animal tiene una herida y lleva la atención a dicha parte del cuerpo. En cierta ocasión, en un documental, un mandril, al salir de una reyerta se llevó la lengua a una herida abierta en el carrillo, me percaté que ese acto implicaba autoconciencia. Hay otro indicio y prueba de que los animales tienen conciencia, y además autoconciencia, aunque a un nivel inferior: los sueños. El estado REM, por medio del cual se entra en los sueños paradójicos, lo tienen una gran cantidad de animales. En tal estado el propio sujeto es “objeto” dentro de dichos sueños: el cerebro trata al propio sujeto como objeto o representación mental, aunque sea en primera persona. Por lo que se sabe los mamíferos son los que pasan más tiempo en los estados REM, luego tienen una mayor capacidad para dicha disociación, y de nuevo lo que pueda haber en común entre los mamíferos es que es un animal que se suele basar en las jerarquías. Cabe preguntarse si la autoconciencia -la capacidad de tenerse a uno mismo como representación mental- “nació” de este estado, y entonces, y como concuerdan muchos pensadores, la autoconciencia no sea más que un estado “especial” -emergente- de alucinación o sueño, una especie de “déjà vu“, pues en dicho acto uno mismo se “recuerda” como ya habiendo visto lo que se le presenta a los ojos como nuevo, pero con la estructura de sujeto como objeto de la totalidad, y en donde lo “ya visto” sea la predicción que emana de lo profundo del cerebro y hasta el prefrontal.

    Metamos a la libertad dentro de la ecuación, volvamos a la escena del suricato sobre la roca. Cuando falla tiene dos “opciones”: 1. volver a llevar a cabo la acción, 2. salir del paso y no hacer nada. ¿Hay elección, libertad? Pienso que llamamos libertad a aquellos actos por los cuales dos personas distintas, en situaciones iguales, no actúan de forma igual. Demos un paso atrás, vayamos al cerebro de un bebé que analiza la realidad bajo las primitivas innatas: tenemos una tabla inclinada y una pelota, el científico pone la pelota arriba y la suelta, la pelota cae sobre la pendiente. El niño se “aburre” enseguida, pues sabe que todas las veces que lo repita va a ocurrir lo mismo. Pongamos que esa pelota tenga un metal dentro y en la mitad de la tabla, y detrás, se ponga un fuerte campo electromagnético, al pasar la pelota por dicho campo se moverá o caerá de forma errática. Esto llamará la atención del bebé: tratará de analizar si la pelota tiene una agente que dirija esa acción. Cuando el científico repita varias veces la acción, la caída seguirá ciertos patrones: el niño seguramente deducirá que no tiene una agente (no lo sé, me baso en mi intuición). Un animal es tal, o el bebé lo trata como con agente, porque su caminar por la habitación es totalmente errático o no predecible. De igual forma yo no puedo tratar de predecir el comportamiento de otro humano (excepto en pocas situaciones “básicas” o límites), pues se dan demasiadas variables como para que el cerebro haga una “buena” predicción. Por muchos años que uno viva las personas siempre nos “sorprenden”. No es así, o lo es en menor grado, entre tribus de cazadores-recolectores. Lo que crea la impredecibilidad es la complejidad, no es el mismo nivel de complejidad de un cazador-recolector, que el de un urbanita de una gran ciudad: a menor tamaño de población más predecible se vuelve un humano. Vuelvo al suricato. Ante la simplicidad de dos opciones, es posible que haya suricatos que hiciesen la primera o la segunda acción, dependiendo de su estatus social. Es posible que la “elección” de no hacer nada sea más propio de los suricatos alfa o de alto estatus, donde la “vergüenza” no entra en juego. El disimulo es una forma de engaño, en donde se falsea una información a otro. Un alfa es más un tipo de identidad de “a lo hecho pecho”. En los humanos, los no alfas son los que más tratan de disimular las acciones fallidas…, recurso del cine de humor y en donde Woody Allen es uno de sus mejores exponentes.

    Lo que quiero decir, y por lo que demuestra la evidencia del retardo de tiempo con el que la conciencia “sabe” de una decisión, es que el cerebro ya ha “computado” o hecho una acción predictiva a llevar a cabo, y lo hace dependiendo de los valores que tengan las variables que entren en juego y con respecto a cada persona. En algún escrito atrás tracé la hipótesis de que el cerebro profundo es el que haya soluciones, y no lo hace de forma unificada, sino que los módulos implicados hayan soluciones bajos sus parámetros, y en donde hay zonas asociativas que tratan de resolverlo bajo otras directrices, y tratando de restar las posibles contradicciones y sesgos de los resultados entregados. Osea, el cerebro son mini-bots que cada cual hace su cometido y se interconectan para entregarse resultados (mente enjambre), en donde la suma de todos los puntos de vista crean un algoritmo, pausiblemente con una sola solución (o varias si los baremos están muy igualados) que es la que se “entrega(n)” a la conciencia para que la(s) verifique y le dé el visto bueno o no. En esta misma dirección apunta la teoría sobre la auto-agencia, donde el prefijo auto, aquí, quiere decir de forma autónoma, por su cuenta. Cada dilema crea una auto-agencia, que se tiene que solucionar por sí misma, da igual qué recorrido haga en el cerebro, cuando halla una solución, y de ser necesario, recorre la rotonda que es la conciencia, donde esta sólo hace la función de revisar que no sea muy incorrecta (poco inteligente, inmoral, no consensuada o aceptable en lo social). Por lo demás se entiende mejor con la metáfora de los auto-bots, pues auto-agencia es un término más problemático para demarcarlo, por la multiplicidad de significados del prefijo y lo confuso del concepto de agente. El problema sobre la libertad (en el humano) es que en ese impase en donde uno tiene en la conciencia, como último módulo supervisor del cerebro, ese acto predictivo que se va a llevar a cabo, lo puede negar o dejarlo hacer. Cortarle el paso o darle vía libre. En el día a día, y dada la premura de la inmediatez, se le deja pasar. Tenemos así, que el hombre es libre pero sólo con ciertas consideraciones y en ciertas situaciones. De momento el tema lo dejamos aparcado. Antes analicemos el resto de primitivas, bajo mi supuestos.

   No quiero volver a redundar o explicar el porqué de los conceptos de diferencia, lo faltante, conflicto, información, jerarquías e intención, como primitivas o conceptos innatos, pues ya lo he hecho en otro escrito. Lo que me interesa en el presente es analizarlas de nuevo bajo otros supuestos e ideas. Quepa decir que la primera vida, y suponiendo que se inició con una sola forma, no competía con nada por los recursos, pero al multiplicarse y diferenciarse, eso terminó con una sola identidad llegando a la variabilidad. En la medida que competían por los mismos recursos crearon funciones para atacar a las otras. A lo largo de los milenios eso creó varios tipos de interacciones entre identidades. La diferencia no implicaba conflicto, ahí está por ejemplo la simbiosis mutualista, por la cual las dos especies se benefician una de la otra. Por ello se dan dos primitivas distintas que parecen similares: diferencia y conflicto. Esta última ocurre cuando la otra identidad atenta o trata de acabar con la mía, sea directa o indirectamente, al competir por los mismos recursos. Identidad e información igualmente parecen lo mismo. Una identidad (ADN) implica información. Me refiero con información de la “comunicación” (en sentido amplio: de señales, de formas, de color…) entre dos identidades distintas. Por lo que me interesa volver sobre este tema es para ampliar ciertos conceptos. Un individuo tiene su identidad, pero dependiendo si se nace ahora o hubiera nacido hace 2000 años, o en Asia o en Estados Unidos, dicho individuo “asume” una nueva capa de identidad. No es una capa externa o máscara, puesto que como somos seres sociales es parte estructural del mentalés, del cerebro profundo. En lo social se produce una nueva emergencia en la vida, en donde el todo es más que la suma de sus partes. Pero si es así, ¿dónde ocurre tal emergencia? Se manifiesta en lo social, pero la evolución “readapta” la estructura de esos cerebros para que tengan implementadas ciertas rutinas que se añaden a la identidad de ese individuo. Para el caso es como si en el cerebro hubiera un conmutador donde se activa la identidad individual o la social. Pero esta metáfora es “incorrecta” parcialmente porque la identidad individual ha cambiado con esta nueva estructura. La “presión” o situación de encontrarse en un medio social cambia la forma de trabajar del cerebro, pero eso ha ocurrido durante miles de miles de años, como para haber creado sus propias estructuras. En una nota del escrito “la vida como trampa” decía que mi cerebro por el mero hecho de publicar un escrito cambiaba su forma de operar. Estaba desmotivado, y repercutía en mi memoria de trabajo, pero el mero hecho de “exponerme” a ser leído y por ello juzgado, “provocó” que mi cerebro se motivase más y funcionara mejor la memoria de trabajo. Al final encontré que esa es la respuesta mediada en lo social, puesto que se ha comprobado por experimentos y se analiza bajo el concepto de la “facilitación social“. Esto nos dice la Wikipedia:

La facilitación social se define como la mejora en el desempeño individual cuando se trabaja con otras personas en lugar de hacerlo solo. En comparación con su desempeño cuando están solos, cuando están en presencia de otros, tienden a desempeñarse mejor en tareas simples o bien ensayadas y peor en tareas complejas o nuevas.”

    La cuestión es que se eleva el nivel excitatorio general, por medio de las hormonas del estrés, que al final repercute en la potenciación de la memoria a largo plazo, que incide a la vez en la red de modo predeterminado y en la memoria de trabajo. El cerebro humano se ha adaptado de tal forma que necesita cierto nivel de estrés, de excitación, de subida de la arousal, y esto ocurre dentro de lo social. Cuanto mayor sea el número de humanos más se conmuta a ese estado. La familia (lo familiar) al final se convierte en parte de la propia identidad, y no suele existir el conflicto, y uno se relaja o se le baja el nivel de excitabilidad. Pienso que la diferencia de los humanos que entraron a Eurasia, con respecto a los neandertales, es que tuvieron que apostar por hacer comunidades más grandes, no ya basadas en la familia extendida, y en dicho nuevo estado en el cerebro se produjo esa paradójica elevación hacia una mayor excitabilidad o ligero estado estresado bajo control. Ese nuevo nivel repercutió en la creatividad, en la creación de nuevas herramientas, y en modos de hacer las cosas y organizarse. Pero en ese proceso emerge una nueva situación, por la cual todas esas mentes operan como unidad. Como una mente colectiva en donde por medio de la cultura (del mantenimiento y trasmisión del saber), lleva a la humanidad a un nuevo estado. En esta nueva situación un individuo “actúa” a modo de neurona (agente o actor en la terminología de la teoría de sistemas), donde lo importante es el nuevo todo. Está comprobado que cuanto más grande sea una ciudad más fluyen las ideas como para llegar a novedades. Una ciudad grande, y sus ciudadanos, viene a ser como la capacidad de crear más conexiones entre neuronas: a mayor conectividad mayor “inteligencia”. En un ejemplo quizás demasiado simplista: un individuo es un color básico que no aporta mucho sobre un lienzo, añade un segundo color y el lienzo se enriquece. Cuanto más colores primarios mayor es la capacidad de crear tonalidades. Si yo como tono soy un azul grisáceo oscuro, al encontrarme con un amarillo vivo se abren cientos de posibilidades hacia los verdes. La historia humana se explica por este nuevo estado emergente. La premisa es mantener el nivel de excitabilidad entre medio-alto y muy alto, lo que quiere decir que se tendió a mantener la retroalimentación positiva activa, en vez de bajarla para mantener un equilibrio. No estoy tratando de dar valor a este hecho, si es para mejor o para peor, aunque bajo mi punto de vista fue peor, como hago ver en el escrito “¿correr para permanecer en el mismo sitio?“. Lo que trato de hacer es mostrar un cómo y porque lo social humano es un nuevo estado emergente. En el escrito de “la vida como trampa“, además, mostré varios casos en donde el efecto masa en lo social, en el nuevo sistema, repercute en el comportamiento de un individuo. Como el “efecto espectador“, por el cual baja la tendencia individual de ayudar a una persona en un lugar público, cuanto mayor sea el número de personas en ese espacio. Eso quiere decir que hay una especie de gradación implícita, dentro de este tipo de sistema, en donde cuanto más mínimo uno se sienta dentro de la masa menos emerge la identidad individual. Como mi cerebro “funciona” con imágenes, yo veo al individuo como una esfera que aislada tiene un tamaño grande, y que se empequeñece cuantas más esferas haya a su alrededor, en un proceso constantemente dinámico. Sólo se siente grande; con la familia, amigos y dentro de grupos afines aún tiene un tamaño importante, pero decrece fuera de esos espacios y con respecto a lugares más masivos. Con todo tenemos un sesgo –el narcisismo implícito– de sentirnos una esfera grande, aún en espacios de muchas esferas. En otra metáfora, aislado se es una neurona, pero cuantas más neuronas se tengan alrededor deja de contar esta para que lo importante sean sus axones y dendritas, y con cuantas conexiones se partan para comunicarse y sentirse más “importante” o “central” (fama, liderazgo, agente de influencia). La metáfora de las esferas es incompleta para entender el nuevo sistema, el social humano, puesto que cuanto más masivo sea un estado social, y más se sincronicen todos los cerebros, al percatarse como dentro de una identidad (por intereses, por fines…), mayor crece individualmente un estado fluido bajo el efecto de la percepción cuórum, la aparente “anulación” de lo individual, y puesto que esta lleva implícita la nada o vacío de la conciencia en su eterno “tener que hacerse” a partir de elecciones. En los efectos masivo sincronizados, como los conciertos y los eventos deportivos, “desaparece” en gran medida la entidad individual, como atravesada por la nada. En el fondo es como si cuanto mayor se hubiera ido haciéndose el cerebro humano a lo largo de la evolución se sintiese cada vez más solo, como un átomo aislado en el espacio vacío del universo, y en donde cuanto mayor fuera la sociedad que crease (y sólo dentro de los momentos masivos sincronizados) mayor fuera la capacidad de “acallar” esa soledad tan inmensa, de ese cerebro super-complejo. Si se analiza bien este proceso “funciona” como un condicionante, donde el humano hubiera de buscar los espacios masificados para acallar su angustia existencial. Cuanto más “avanzamos” mayor sentimos que tienen que ser esos espacios masivos. En la prehistoria lo era un ceremonial dentro de una cueva, en la Edad Media lo era una catedral y hoy lo son los mega-estadios. Lo mismo con el tamaño de las ciudades. A mayor tamaño de ciudad más se mezclarán tonalidades, más axones se conectaran para crear nuevos movimientos artísticos o científicos, o simplemente culturales.

Sentimiento de Plenituz y Necesidad de Tamaño de Grupo

    Pero los párrafos previos no son el fin de la dirección del escrito. Es tan sólo un medio para explicar otra idea que contradice algo que yo daba como una regla. Durante mis escritos he argumentado que uno es por sus potencialidades. O sea, yo no sé cómo actuaría en un campo de batalla, si actuaría de forma cobarde o valiente. Pero dichas propiedades, de posibles comportamientos, existen potencialmente en cómo están “programadas” mis variables. Mi nivel (variable) de soportar el estrés, mi nivel de neofilia o neofobia (miedo o amor a lo nuevo), mi ingenio, cómo manejo la adrenalina en mi cuerpo, etc. Pero tal regla falla si no se tiene en cuenta el componente social del cerebro. Dicho componente “altera” algunas o todas las variables, bajándolas o subiéndolas. Es más, dependiendo de las situaciones cambian sus valores, y dependiendo de las personas con las que estemos rodeados o interactuemos cambian. Otro dato a tener en cuenta, es que como en lo social emergen nuevas reglas, hay que tratar de discernir en cómo esto repercute en lo individual. En el efecto espectador: ¿mi nivel empático cambia?, ¿cambia el valor de la empatía en un estado masivo?, o sólo es una manifestación “de puertas para fuera”? En el caso del efecto espectador, viendo por ejemplo una persona tirada en el suelo en medio de una calle muy concurrida, mi nivel nuclear de empatía no ha cambiado, pero se “reprograma” o adapta con respecto a promedio de la cantidad personas que se dan en esa calle, de tal forma que no asisto a dicha persona. En otro caso, bajo el efecto de la normalización progresiva (el efecto de echar una rana en el agua hirviendo, que se saldría de un salto, a diferencia de echarla en agua fría e ir calentándola poco a poco), ¿va gradualmente cambiando el valor de ciertas variables? Así parece ser. Pongamos que mi nivel para soportar el estrés sea ochenta a nivel de ADN, por medio de la normalización progresiva, se va subiendo el nivel de forma tan imperceptible que no me doy cuenta. El cerebro se adapta a ciertas situaciones como “normales” (la mínima y la máxima se desplazan hacia la izquierda, como muestra la gráfica de abajo, y el promedio o estado equilibrado varía). El “problema” es que no es una adaptación “real” con respecto a mis propias variables, y al final se produce el efecto de la olla a presión, en donde en ciertas situaciones se termina por explotar (crisis de identidad, ataques de pánico, de ansiedad, de celos…). ¿No es esto lo que se manifiesta en la actualidad?, estamos llevando más allá de los límites a nuestros cerebros. En situaciones “normales” cuando llegásemos a 60 o 70, y si nuestro límite es 80, nos retiraríamos de dicha situación. Tomaríamos medidas para plantearnos como volver a una situación “cómoda” u equilibrada. Pero en la actualidad no ocurre así, se va subiendo de forma tan gradual la presión que podemos llegar a estar en el límite “real” de forma constante, sin percatarnos -tomar conciencia- de que lo estamos.

Campana Gauss Con Dos Desviaciones de la Norma Humana II

     ¿A qué dirección va el llegar a dichas conclusiones?, a colación de para qué lo trato de hacer ver. Vayamos a un ejemplo como los celos (e ignorando qué son y si parten de la inseguridad o la falta de confianza: analizándolos como sentimiento en bruto -ir otro escrito donde trato sobre este tema-). Mi anterior forma de pensar tenía la falla de analizar que si uno era celoso lo era, aunque quizás nunca se manifestase. Se es en potencia y se tiene un nivel. Pero esos límites varían dadas las variables sociales y de las situaciones. Para ser más concreto. Alejandro Albalá, en GH dúo, ha llegado a cierto grado de celos con Sofía, que no son los “suyos”. Su límite “natural” se “rompe” puesto que está en una situación encerrada (sitiada) con Sofía y en donde el que ha sido dejado o al que se le ha negado la posibilidad de ser pareja es a él: posición muy desventajada o estresante en donde se llega a una situación límite. El concepto de celos viene de dos lados: 1. el interno o para lo que está programado el ADN, con su correspondiente variable, y 2. el concepto de celos aceptable en lo social. Como he dicho otras veces, una cosa son las primitivas, que son identidades conceptuales abstractas en lo mental, y otra cosa son los nombres que se les pongan, y lo que en cierta sociedad y tiempo quieran dar como “normalizado” o nombrado dentro de una cultura. No tienen porqué ir a la par. El humano no ha subido o bajado de grado de celosidad a lo largo de la historia escrita. Existe como hecho en bruto por ciertas variables, y otra cosa es cómo lo “interprete” una sociedad concreta. ¿La visión social repercute en el cerebro o dichas primitivas?, no. Varía cómo lo “interpreta” el prefrontal, que como verificador de errores, entre su detención de errores tiene las reglas sociales. Un humano puede sentir celos en cierta situación, y como la sociedad ha “reglado” que esa no ha de ser una situación por la que sentir celos, el prefrontal, como verificador, puede “filtrar” una acción como no aceptada en lo social y no la muestra, pero no repercute en el sentimiento en bruto o el dolor psicológico que le produzca. Esta regla es la que se sigue de la frase: “se puede mandar sobre lo que uno piensa, pero no en lo que uno siente”. Fijarse que estamos dispuesto a pensar -bajo el sesgo optimista- que los celos hay que cambiarlos, pero no aceptaríamos el decir que una persona puede estar al lado de alguien que le odia porque al final le llegará a amar. Pongo el caso de películas en donde una persona secuestra a otra y le encierra para obligarla a conocerla, como para que surja el amor, que parten de hechos reales. O en un ejemplo tonto pero evidente, es estúpido que si una persona está enamorada de otra y esta no le corresponda, esta le diga: “si me haces ese gran favor prometo enamorarme de ti”. En estos casos “sabemos” intuitivamente que son situaciones y presunciones incorrectas. ¿Se puede “alterar” o “borrar” una emoción negativa y no otra positiva?, ¿Por qué creemos a alguien si nos dice que dejará de ser celoso? Se cambia el que no aparezcan de forma externa, se disimulan (máscara, aparecer), pero el sentimiento permanece (los celos pueden ser una excepción: un terapeuta puede buscar el origen, que suele venir de una inseguridad y/o miedo, si mitiga estos baja la intensidad). En otro ejemplo, el dolor del desamor no se cura o se mitiga de ninguna forma, se puede ir a un psicólogo para sentir que estás tratando de hacer algo, u otras estrategias similares -más o menos fatales-, pero el promedio es que el cerebro esté inestable durante un año o más, dependiendo de distintas circunstancias como la intensidad, si se era correspondido, la forma que se perdió, el daño del motivo de la pérdida (sentimiento de culpa, rencor, etc.). Lo que quiero decir es que si mi nivel de celos es 80, lo “normal” es buscar una persona que en su forma de entender la vida y las relaciones en su comportamientos no me lleven a ese límite. Si estoy con una persona que su propio nivel de celos es 120 me estará llevando de forma constante a mis propios límites. En esa dirección si una sociedad ya tiene “alterado”, por una normalización progresiva, ese nivel hacia abajo o hacia arriba, los individuos alterarán a la vez esa gradación no porque se “reprogramen”, porque cambien sus emociones, sino porque han ido más allá de sus propios límites como para llegar a comportarse como ollas a presión. Bajo mi punto de vista el límite que hubiera en la Edad Media, bajo los conceptos católicos del pecado, eran un límite bajo, y hoy no lo hemos normalizado, sino que lo estamos subiendo hacia arriba y va en crescendo. Cuestión por la cual se alcanzan ciertos límites, como para que al final se desencadene en llegar a ciertos comportamiento situacionales alarmantes, o que se llegue a la violencia de género. Eso es lo que se manifestó en Alejandro Albalá, dentro de la claustrofóbica situación que se da en una casa encerrada, con la mujer que le dejó, pero la cual aún tiene sentimientos por él, y en dónde sólo se dio en un mal día…, quizás por algo tan remoto como una bajada de azúcar en sangre, pues los estados físicos igualmente alteran la balanza de las variables y los promedios innatos.

    Con esto quiero llegar a conclusiones y unirlas a escritos previos. La teoría de los juegos transaccionales, tratados en el artículo de “la vida como trampa“, nos habla de situaciones “claustrofóbicas”, situacionales o liminales, en las cuales se producen efectos masa, en donde las situaciones nos llevan más allá de nuestros límites. Un ejemplo claro es la manipulación lenta y progresiva por la que se llega al estado de “iluminación de luz de gas“, por el cual la víctima ha cambiado sus propias variables con respecto a las variables de su manipulador. Así se manifiesta en casos como el experimento de la cárcel Stanford, en donde los carceleros fueron más allá de sus límites, o el proceso progresivo y lento por el cual los alemanes “aceptaron” los límites a los que les llevó Hitler. ¿Creemos estar fuera de alguna de esas posiciones? El feminismo dice que la mujer ha pasado por una manipulación de “iluminación de luz de gas” durante la historia. Y es cierto, pero es posible que ahora ellas estén alterando a su vez cuál debería de ser el equilibrio deseado o esperable dentro de las primitivas del cerebro humano. Seguramente el nivel de soportar la celosidad -en alguna regla promediada- es distinta en la mujer que en el hombre, pero si en la mujer es 100 y en el hombre 80, la posición más justa sería la 90, pues de otra forma sería imposición; imposición que ellas denuncian como la que se ha dado hasta ahora, pero que en la actualidad ellas imponen al macho bajo la regla de que han de “aguantar” su grado 100 (no de forma explícita, pero sí de manera implícita). Otro caso es el nivel de estrés y de dignidad. Hoy en día no están equilibrados y soportamos como “normal” lo que no lo debería ser. Hoy la vida es estresante e indignante, bajo la regla de nuestros cerebros. Somos ollas a presión, pues se han movido los límites humanos, los cuales por “acomodación” a la situación actual, creemos o vemos como las “normalizadas”. No en vano llaman al estrés, y otras patologías similares, “las muertes silenciosas”, pues al final, por acumulación y llevar al cuerpo y el cerebro a sus límites, se llega a distintos problemas de salud, donde el más claro y “pandémico” son los infartos.

    ¿Porque salirme de lo social?, porque hay (o los debería de haber) ciertos límites no negociables, porque al ser individualista tengo como más “sagrado” mi propia identidad con sus variables, que el asumir los límites que me trata de imponer lo social. Si mi límite de dignidad está en 80 y la sociedad me dice que haga un promedio porque el mío es bajo, puedo llegar a subir ese límite a 90, pero lo que no voy a hacer es dejar que suba a 120, más a sabiendas que ni siquiera ese es el límite final. Lo peor de la mentalidad dentro de la “normalización progresiva” es que uno mismo se dice: “sólo es un grado más: yo puedo”, pero al poco tiempo es otro grado y después otro, sin que parezca que dicha subida tenga un final. Bajo esa mentalidad los alemanes llegaron a “aguantar” los límites a los que les llevó Hitler: llegar a un hecho histórico que se quedará como la manifestación más terrorífica de lo que significa ser humano. Ya no podemos volver a ver al hombre de forma bondadosa e inocente, ese límite al que llegó el nazismo cambió nuestra auto-imagen. El humano es igualmente sus límites más desastrosos y horrorosos. Todos construimos la imagen de lo que debería ser lo humano, no aceptando entrar en normalizaciones progresivas. Diciendo: “este es mi límite” y de aquí no paso.

   Me he desviado de la finalidad del escrito. He de retomar, a partir de lo expuesto, el cómo es la conciencia a partir de que el mentalés también tiene implementado ese “módulo” social, como nuevo estado emergente.

     Me he desviado de la finalidad del escrito. He de retomar, a partir de lo expuesto, el cómo es la conciencia a partir de que el mentalés también tiene implementado ese “módulo” social, como nuevo estado emergente.

     Voy a hacer una analogía entre el cerebro y un ordenador. Bajo mi punto de vista las llamadas primitivas (innatas) son como la BIOS, un tipo de memoria al que el sistema operativo o el software no puede acceder o escribir, con unas instrucciones de cómo tiene que arrancar el ordenador y con ciertas reglas de cómo opera el hardware que ha de tener en cuenta el sistema operativo. Diagrama_de_la_Comunicación_entre_Componentes_del_OrdenadorEl mentalés es la circuitería de la CPU (microprocesador) y la placa base (y el chipset) (microprocesador), que igualmente tiene implementadas primitivas (código de instrucciones) al que hacen llamadas el software u otro hardware, mientras el prefrontal es el sistema operativo y el software en tanto que está procesado por la CPU. El software y el sistema operativo no pueden modificar ni la estructura de la CPU o de la BIOS, pero cierto software lo puede optimizar para que sea más eficaz o rápido, pero siempre dentro de los límites del hardware. Aquí se escurre de nuevo el concepto de potencialidad. El hardware tiene unos límites potenciales, puede que un software no le saque todo el rendimiento, mientras otro sí. Por otro lado las cosas no son tan sencillas, la BIOS determina el comportamiento de una placa base en concreto, que a su vez depende de la versión de un controlador (Chipset) de dicha placa, que maneja los llamados “puente norte” (que controla el flujo de datos entre la CPU, la memoria y la tarjeta gráfica: puertos PCI-E) y el “puente sur” (que controla el flujo de datos de los discos duros y los puertos USB). Por todos estos aspectos se puede afirmar que la elección de la placa base es importante. Como al igual lo es el llamado cerebro mamífero, pues allí hay ciertos núcleos cerebrales que son vitales y nucleares para los procesos mentales; el puente sur es equiparable al tronco encefálico, parte alta de la espinal dorsal, pues se encarga del gestionar todo el “tráfico” de entradas y salidas periféricas. Como con el ordenador, el aprendizaje humano consiste en sacar todo el rendimiento posible del cerebro, pero se topa con los límites físicos. Dichas reglas se deducen de los dichos: “si se nace tonto, se muere tonto”, y “donde no hay no se puede sacar”. Si alguien nace con una deficiencia o tara psíquica, o una disposición del ADN para cierto neurotransmisor modificada, no hay forma de llevarle más allá de dichas deficiencias. En el ordenador la cantidad de datos que estén fluyendo en un momento dado, puede crear un colapso que estará controlado por el chipset, el cual por defecto da una prioridad al flujo entre la CPU y la memoria, pero que se puede modificar por medio de un software para que dicha prioridad la tenga la tarjeta gráfica o los dispositivos de almacenaje masivo. En este proceso vemos que mientras el chipset tiene unas instrucciones, estas pueden “puentearse”, que es lo mismo que hace el prefrontal o razón cuando inhibe un impulso a favor de unas reglas sociales. Con todo, los límites de flujo de la placa tienen unos límites que no pueden ser cambiados. Las actualizaciones de la BIOS cambian los valores por defecto, si los fabricantes han determinado que causan problemas o estabilidad, o se puede mejorar algo. En otro caso la BIOS no hace nada más, pero a modo de instinto de preservación tiene la orden de que si detecta un exceso de calor en la CPU o en el chipset  apaga el ordenador sin previo aviso, pudiendo perder los trabajos que estén abiertos en ese momento. ¿No se va pareciendo, salvando las obviedades, al cerebro? Una gran diferencia del ordenador y el cerebro (a nivel físico) es que la placa base tiene una baja velocidad (100 MHz), mientras que la CPU es muy rápida, mientras que por el contrario el prefrontal y el raciocinio es lento, frente a la alta cantidad de procesos que lleva a cabo el cerebro más profundo o inconsciente. Un último dato a tener en cuenta, en cuanto similitudes, es que los sistemas operativos dan más o menos prioridad a ciertos procesos o programas (en cinco gradaciones), o los programas “solicitan” o toman una mayor prioridad en ciertas circunstancias. Este mecanismo o forma de operar es similar o se está acercando al concepto de relevancia del cerebro. El sistema operativo, por otro lado, nunca entrega tanta prioridad a las aplicaciones como para que falle el núcleo del sistema. El cerebro ha de tener esta misma “función”, en donde ese núcleo ha de estar en las estructuras y funciones del tallo cerebral.

 

El Vuelo de la Mosca y la Atención.

    Entro en un nuevo desarrollo del tema, algo más profundo. Si bien he vinculado este escrito con respecto a una discusión filosófica sobre la mente computacional, he de confesar que no he leído ningún libro al completo (o hace tanto, que no los tengo como referentes directos), tan sólo artículos en Internet. Escribo mis propias conclusiones en un plan generalista, y más adelante según vaya leyendo quizás añada o rectifique ideas. Esto se debe a que otro rasgo de mi personalidad es que soy de fisiología nerviosa, lo cual lleva a la impaciencia, pues en la dirección de llegar a un estado equilibrado he de soltar carga cognitiva. No hablo de mí por egotismo o narcisismo, es tan sólo para mostrar la forma (tan torpe o no inteligente y ligada a un cuerpo y ADN) de un cerebro concreto, que creo conocer: el mío.

    Una de las ramas de las psicología es la psicometría, pongo un ejemplo y se entenderá mejor qué estudia. Imagina que te tapan los ojos y los oídos, te piden que extiendas una mano con la palma hacia arriba, y te van poniendo monedas y tú tienes que decir cuándo notas que es perceptible que hay un cambio de peso. O en otro caso, cuando notas el cambio de calor en la piel ante la cercanía de algo que desprende calor. Dicho procesos se llaman umbrales sensitivos a la presión, al calor, etc. ¿Se podría hacer lo mismo con respecto a estados mentales?, cuando algo es más doloroso que otra cosa o cuestiones similares. La activación de una neurona no es tan sencilla como lo es un interruptor de apagado o encendido. La neurona implicada tiene muchas entradas y tiene que ser “convencida”, como quien dice, a partir de muchos inpust de muchas neuronas. Es lo que se conoce como umbral de potenciación, que a la vez repercute en el nivel de potencia de salida a través del potencial de acción. Está claro que a mayor umbral de entrada, mayor potencial de acción. En estos dos conceptos, y la forma de operar de las neuronas, comprobamos que el disparo de una de ellas implica a la vez la acción del resto, como si se tratara de algún tipo de referéndum, en donde la suma de disparos, y sus potencias y umbrales, lo son de “votos” a favor o en contra de unos referenciales o hitos (identidades, verdades probables). Por otro lado la suma de estos procesos, en algunos casos, llevan a los conocimientos umbrales, por los cuales el cerebro ha adquirido un nuevo concepto o saber (identidad) que ha modificado parte de sus variables, estructuras, operandos, y al final sus formas de proceder o actuar. Esto nos dicen Jan Meyer y Ray Land: “hay ciertos conceptos, o ciertas experiencias de aprendizaje, que se asemejan a pasar a través de un portal (umbral), desde el cual se abre una nueva perspectiva, permitiendo que las cosas que antes no se percibían aparecieran a la vista (estados insight). Esto permite una manera nueva y previamente inaccesible de pensar en algo. representa una forma transformada de entender, interpretar o ver algo sin el cual el alumno no puede progresar y da como resultado una reformulación del marco de significado de los alumnos.” Ha destacar que en todos los casos se usa el concepto de umbral, en donde dicho portal implica un cambio, y en donde el cerebro suele dar una identidad a un “objeto” (acción, persona, cosa…) en el mundo, con su propia marca de relevancia, y referenciada y balanceada (con su propio valor) dentro del resto de relevancias. A estas alturas me imagino que huelga decir que el valor lo suelen dar las emociones (con base y contraposición de dolor/placer) y por lo tanto la química de los neurotransmisores, mientras que los simples disparos eléctricos carecen de valor. Todos sabemos cuál ha sido nuestra experiencia más dolorosa o placentera en la vida. Ambas experiencias son los hitos principales dentro del cerebro, y el resto las siguen en una gradación, tales procesos son llamados “experiencias culmen“. La relevancia del cerebro, así, es el orden de relevancia con respecto a la comparación con respecto a la experiencias culmen. Anotar que cuando dije “el valor lo suelen dar las emociones”, usé el verbo soler, dubitativo, pues la conciencia durante la reflexión da sus propios valores.

   Todos estos conceptos e ideas son de vital importancia para saber qué es un objeto cerebral y cómo crea categorías el cerebro, ya que un objeto toma identidad si es distinto a otro, o si tal objeto encaja en una u otra categoría existente o en su defecto se ha de crear una nueva. Por ejemplo, si se presentan un grupo de objetos, el científico te puede preguntar cuál no corresponde al grupo. Este tipo de test además mide el nivel de inteligencia y creatividad, ya que pueden crear grupos de objetos que muy bien podrían pertenecer a varias categorías, y dependiendo de la categoría quitar un objeto u otro. En este proceso sale a colación dos conceptos: la relevancia y la ambigüedad. Fijarse que bajo mi punto de vista una de las primitivas más antiguas es la de los hitos. Hito y relevante son lo mismo. Las ciencias cognitivas se preguntan cómo el cerebro maneja la relevancia, y por otro lado cómo es que la “pierde” como para llegar a la ambigüedad, pues en ese proceso algo puede querer o tener varios sentidos y el cerebro no es capaz de discernir cuál es el más significativo, o el que quiere dar a entender el emisor del mensaje, pues además una cosa es el mensaje (significante) y otra muy distinta puede ser su significado. Como todo mensaje puede estar cargado de una translación metafórica hay que “leer” el mensaje implícito o en contexto, con respecto a su simple mensaje literal. Veamos esta frase: “there is no accounting for taste”, en donde su traducción literal es: “no hay ninguna contabilidad para los gustos” o “no se tienen en cuenta los gustos”. Un cerebro “avispado” puede que ya haya deducido su posible sentido, se refiere a la máxima latina “de gustibus non est disputandum” (en cuestiones de gusto, no puede haber disputa), que en español hemos traducido como “sobre los gustos no hay nada escrito”, o que de forma más corta reza: “para gustos los colores”. La primera frase es la adaptación que han hecho los ingleses al dicho en latín, que los hispanohablantes no sabemos entender en su contexto. Todas las frases antedichas se refieren a un concepto mental, que como no está simplificado a una sola palabra, se expresa en una frase. La ciencia llama a este concepto qualia. Cada cerebro ve, siente y analiza cada sensación o proceso mental (emociones, por ejemplo) bajo sus propias variables. En este sentido la psicometría “falla” porque no crea reglas, sino tan sólo tendencias estadísticas y promedios.

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   Vuelvo al concepto de umbral. Esta palabra en su uso más cotidiano se refiere a la parte de abajo de la puerta entre dos habitaciones, o de la vivienda a la calle, y en su origen con respecto a la segunda, ya que solía haber un madero o piedra que sujetaba el marco de la puerta, abajo, de sus presiones laterales. La etimología proviene de “umbre” y esta de lumbre o fuego (lumen en latín, palabra homófonamente cercana al latín limes de donde proviene límite). Pienso que es fácil deducir que seguramente se refería a la salida o a la puesta del sol, ya que hay un momento en esos dos procesos en los que el disco solar aparece o desaparece del todo. Hay un salto del día (ficticio) entre el día y la noche “marcado” (hito, límite) por esa aparición o desaparición. El cómo pasó a ser umbral es curioso y muestra el cómo llegar a un fin es por procesos azarosos y por errores. Cuando no era usual la escritura, al escuchar e(l l)umbral se juntan dos eles, de tal forma que suena sólo una, que se quedaba en el artículo “el”; con lo que al final el sustantivo se quedó sin la “l”. ¿No se ve o se nota de forma contextual todo el entramado de las palabras y su importancia? La salida o despedida del sol era una “frontera” entre día y noche, que era un hito o hecho relevante para la mente, que a la vez venía de la “necesidad” cerebral de tratar con objetos. Si “estás” al atardecer y alguien te pregunta si es de día o de noche, ¿en qué momento es noche y día si es una gradación muy lenta? En una división dual -restando amanecer, atardecer y anochecer- el umbral es si está el sol o no lo está. Pero esto está unido -viene de más antiguo en la evolución- a los umbrales sensitivos. Algo “cambiaba”, en tanto que representación mental o dentro de un sistema nervioso básico, cuando el ser vivo que los percibía (notaba) un cambio tan drástico como para darle otra identidad, como que era diferente a otra cosa en el mundo. Identidad, umbral e hito son análogos como primitivas en el cerebro. Esa primitiva, que yo he simplificado como identidad, es un objeto mental, y dependiendo de si su referencia es más nuclear para el cerebro, es más relevante. ¿Relevante a qué?, a que implique algún proceso o primitiva más antigua en el cerebro. ¿Qué busca cualquier recién nacido mamífero?, la madre; ¿por qué?, porque es su cuidador, el que le va a preservar la vida al nacer. Aquí se ve una falla en los planteamientos feministas. Es cierto que el cuidador puede ser un hombre, pero al parir y en cualquier otro animal ese ser es aquel que le ha sacado de su interior. En ese acto se crea la impronta, que unas veces es visual y en otros casos es por el olor a nivel individual, y que cada persona suelta como feromonas. Si esto se repite una y otra vez por millones de años al final la madre cambió para tener ciertos comportamientos, y funciones cerebrales y de las hormonas, como para optimizar ese vínculo tan estrecho. Retomo la trama. La madre es una primitiva, que seguramente esté vinculada al concepto de “cuidador hasta llegar a la edad adulta” (autónoma), y es relevante para el cerebro y para lo social. Otras palabras o conceptos parejos que han salido en este párrafo es que lumbre, en tanto que sol, era limen, de donde viene igualmente límite, parejo a umbral. Ya en lo humano, y dado que nos nombramos por las edades y a veces esos “saltos” de una edad a otra es ambiguo, se crearon los ritos o ceremoniales de paso, en donde paso es lo mismo que el paso que se da de salir de la vivienda a la calle a través del umbral, y en donde su metáfora era el pasar (que viene de paso y este de andar) de un edad a otra: de la niñez a la adultez (antiguamente no “existía” el concepto de adolescencia y juventud, de niño se pasaba a ser adulto). El cerebro, para sí mismo, “necesitaba” hacer el rito de paso, para sentirse adulto, pues en lo físico no estaba tan claro. Sí en las mujeres, pero no así en los hombres (sobre lo vital de esto -y sus tintes feministas- hablo en el siguiente escrito). Otro referente y deriva de palabras es notar algo, como deriva de umbral, y de notar viene anotar. Otros conceptos son información y comunicación. Un recién nacido y su madre se dan una información mutua (comunicación) por medio de algo tan primitivo y básico como las feromonas, de tal manera que activan, a modo de relé de encendido, la unión o vínculo ancestral, más allá de todo significado social actual.

   Así se puede deducir que el acto generalizado que es percibir lleva implicado el concepto de notar diferencias. Por eso de una de las primitivas que yo veo como relevantes: diferencia. Notar una diferencia o percibir un umbral es poder “anotar” ese percepto dentro de una identidad en el cerebro, o dicho de otra forma, que ciertas neuronas se encarguen como para tratarla como con una identidad propia, en donde “encargarse” quiere decir que la guarden para otras ocasiones, que a su vez quiere decir memorizar. Aquí hay un problema o dilema a tratar. El de los valores, ¿qué es más relevante que qué a nivel conceptual para el cerebro? Ya hemos anotado que la supervivencia ha de ser la primitiva más nuclear, pero ¿cómo se añaden el resto y bajo qué valores? Enigma indescifrable. Pero el sexo es uno de ellos. Todo humano suele ir por la calle “ignorando” -o no siéndole relevante- todas aquellas otras personas de su mismo sexo -de forma implícita o a nivel del cerebro más profundo-, y sin embargo sí sobresalen las del otro sexo (obviando por comodidad los géneros). De nuevo otra falla del feminismo. Si se me ha seguido paso a paso la conclusión es que no se puede ignorar la diferencia, y en tanto que el cerebro se construye a partir del concepto de relevancia, que proviene de hitos, donde hitos son umbrales e identidades claras y discernibles. El sexo es un hito cerebral, un referente, una capacidad para que algo sea relevante. Redundo para hacer ver que se piense como se piense todo está unido y es crucial. Yo he llegado a este hecho por intuición, y pienso que todos la tenemos sea esta más clara o menos, pero además lo he “verificado” a través de leer sobre las distintas teorías cognitivas y la psicología evolutiva. Con todo hay que hacer notar que el cerebro es contextual: si de lo que se trata es de poder estar en peligro, y por ello la supervivencia, como cuando se vuelve a casa muy entrada la noche, lo relevante para un hombre es otro hombre, pues suelen ser los más amenazadores. ¿Machismo?, no simple trama del juego de un constructo cerebral ancestral, que además sigue siendo válido según las estadísticas de asaltos nocturnos que conlleven violencia. En la mujer este mecanismo se ha vuelto “instinto” y en la actualidad se le llama hipervigilancia, mientras que en el hombre sólo es precaución (alerta). Por puro consecuencialismo evolutivo todo humano que no estaba alerta por la noche moría y no se reproducía, o con una menor tasa, de tal forma que los supervivientes de esos humanos con una mayor capacidad de estar en alerta son los que estamos ahora sobre la tierra. La misma regla para las mujeres y la hipervigilancia, pues ellas siempre han tenido algo que todo hombre “quiere”: sexo. ¿Llegará algún momento del futuro cercano en el cual la mujer pueda “prescindir” de la hipervigilancia?, yo pienso que no, que es un instinto y como tal es un mecanismo que no se puede reescribir sino a lo largo de un periodo de miles de años de evolución. De cualquier forma me imagino que es más “relajante” ir por el centro de la ciudad y que esta esté muy iluminada, y a sabiendas que la criminalidad de esa ciudad es baja, que esa misma situación en una ciudad desconocida, de la que se duda o se desconoce sobre su tasa de criminalidad, pues uno de los mecanismos del cerebro es la habituación, por la cual algo que es cotidiano o familiar desactiva o baja las defensas. Ahora mismo es menos peligroso andar solo, a sabiendas que lo estas, en medio de la naturaleza en la Europa occidental, que en cualquier ciudad. ¿Qué la mujer quiere esa sensación de tranquilidad en todo momento y en cualquier ciudad o población del mundo?, utópico, como igualmente lo es el acabar con cualquier otro tipo de delincuencia en un mundo en donde prima la desigualdad. Todo humano debería luchar en primer lugar por una posible igualdad, lo demás podrá venir quizás por sí solo. Está claro que cuanto mayor sea las distancias de las clases sociales más se resentirá la enseñanza y la educación, que a la vez repercutirá en la delincuencia en todos los ámbitos. El feminismo es hemiplejia moral, solo trata de “curar” un lado de la sociedad. Acaparan tanto el foco de los medios sociales (y cada vez más, pues han entrado en una retroalimentación positiva dentro del sistema), que parecieran una cortina de humo ideada dentro de alguna teoría conspiratoria.

    A estas alturas ya me he desviado mucho del camino trazado para lo que iba a ser el escrito. Es que el tema del feminismo me crispa, es tan actual y oigo a lo largo de los días tantas “incongruencias”, que es como si de repente ya no valiese para nada el sentido común, y en donde algunas mujeres que no han profundizado sobre el tema y que sólo se basan en tres ideas inciertas y no demostradas (prejuicios=ideología), tuviesen la validez y el pretexto como para meterse contra el macho, bajo el abrigo de la bandera feminista. Creo en el feminismo de la igualdad, pero el que va a lo “subterráneo” (cuando no lo conocemos) de lo humano para pretender cambiarlo, no. Pienso que la mayor “perjudicada” del feminismo (en lo personal, no en el ámbito de las igualdades de derechos que les “debe” el Estado y el mercado laboral), va a ser la propia mujer. Retomo. Trato de mostrar la identidad social en el cerebro, pero estoy dando un largo rodeo, para asentar ciertas premisas.

Feminismo Chauvinista y Radical (Disociación) II      Algo que ha salido a colación es la capacidad del cerebro de notar cambios o diferencias, pero ¿a qué nivel cerebral? Cuando he venido a vivir donde me encuentro ahora, al tiempo me percaté que me despertaba siempre a una misma hora, pero como trabajaba en sitios nocturnos o me acostaba tarde, pues soy de la tipología búho, trataba de dormir más tiempo. Con el tiempo me di cuenta que era porque a esa hora había mayor tráfico, pues era la hora de ir a los puestos de trabajo. Hay dos procesos distintos: por un lado el cerebro se despertaba, y por ello “sabía” qué era por lo que me despertaba (si no fuera así no se despertaría), pero por otro lado ese “saber” posterior fue parte de una reflexión, de las capacidades del prefrontal como sistema ejecutivo o conciencia, en tanto que esta es saber que sabe. En otro ejemplo, si estoy delante del ordenador y ya me cuesta de por sí mantener centrada la atención, pues produce fatiga, en ese estado es más probable que me moleste una mosca que vuela en torno a mí. En los dos casos entra en juego la relevancia, pero de forma distinta. Para el cerebro dormido cualquier ruido es un posible peligro, un ruido constante crea habituación, pero el del tráfico es azaroso y discordante: llama a las primitivas del cerebro que trata de buscar umbrales o identidades, o en este caso patrones. Como no encuentra una regularidad, y puesto que como he dicho arriba un animal se diferencia de algo mecánico por la aparente aleatoriedad de su comportamiento, el tráfico se parece más a un animal que a algo mecánico; hecho por el cual el cerebro llama a la conciencia, a ser en este caso consciente, y me despierto para que las capacidades del prefrontal analicen. Pero lo ambiguo es que no le manda el porqué, tan sólo lo despierta, le da el foco de atención cerebral, de tal manera que en la tonta somnolencia no es capaz de entender nada, excepto la idea de volverse a dormir. Estando despierto ese ruido mínimo no me molesta, y ante esta incongruencia no soy capaz de entrever o entender por qué me he despertado. ¿No parece el cerebro una “máquina” estúpida por comportamientos como estos? No hay una comunicación “real” del cerebro profundo o mentalés a la conciencia, que principalmente es lógica y manejada por la palabra. La misma regla vale para ciertas sensaciones a lo largo del día, podemos sentirnos irritados o ansiosos, sin saber el origen del porqué.

   Pero en este proceso se ha “escurrido” algo, y sobre todo sale a colación del evento de la mosca. El saber lo que te irrita te puede poner más irritado, pues en el caso de la mosca ahora sé que es lo que me molesta como para no poderlo ignorar, cuando en muchos casos me va a estar molestando por horas hasta que la pueda cazar. Esta es la idea -extrapolada- más simplista de lo que se entiende por ser neurótico. El neurótico toma conciencia de ciertas preocupaciones, las rumia, pero no es capaz de salir de ese ciclo. Tomar conciencia puede llevar implícito no ser capaz de librarse de una idea fija, de que esta se vuelva una obsesión. O bajo el lenguaje que estoy manejando, que se vuelva relevante (hito, identidad).

   También sale a colación otro hecho en todos estos procesos: el papel crucial de la atención, donde conciencia y atención parecen ser sinónimos… ¿acaso no son lo mismo? En la tontuna del sueño hay un fino hilo de conciencia -de dirigir la atención a extraños perceptuales- para detectar posibles peligros; pero como esa delgada finura no es suficiente para procesar la información, “provoca” que el cerebro se despierte y le entrega la atención, como estado de vigilia, pero este sin saber a qué dirigir la atención se obsesiona simplemente con volver a dormir. En el otro caso, tengo puesta la atención sobre mi hacer con el ordenador, pero la mosca interrumpe el foco de la atención sobre sí. En el día a día esa es la forma de proceder del cerebro, tiene puesto el foco sobre lo que sea, y se lo roba algo dependiendo del orden de prioridad (relevancia) de las primitivas o los constructos aprendidos. Así si voy por la calle con la atención puesta en sortear al resto de personas, pero si por el rabillo del ojo el cerebro “ve” a alguien familiar, lleva el foco y la vista hacia esa persona. En actos como estos no tiene sentido hablar de un agente al mando. Como acto en bruto la conciencia no sabe lo que ve la vista periférica o no focalizada, pero el cerebro la procesa, y manda una “orden” de poner la atención, cuando detecta algo relevante, como lo hace cuando está dormido. Yo me di cuenta hace mucho tiempo que conciencia y atención eran una y la misma cosa (tampoco sé si es original o sólo adapté algo que había leído hace años), está en muchos de mis escritos, más tarde averigüe que eso era lo mismo que postulaba la teoría computacional de la mente, bajo el concepto de “espacio global de trabajo”. Espacio quiere decir aquí puesta o volcado de la atención en una tarea. Esto nos dice la Wikipedia (he hecho algunos cambios en la traducción a tenor de ser más claro en la metáfora):

   “GWT se puede explicar en términos de una “metáfora del teatro”. En el “teatro de la conciencia”, un “foco de atención selectiva” brilla como una zona iluminada en el escenario. La zona iluminada revela los contenidos de la conciencia , los actores entrando y saliendo, haciendo discursos o interactuando entre sí. El público no está iluminado, está en la oscuridad (es decir, inconsciente) viendo la obra. Detrás de las escenas, también en la oscuridad, se encuentran el director (procesos ejecutivos), escénicos, guionistas, diseñadores de escenas y similares. Forman las actividades visibles en la zona iluminada, pero son invisibles. Baars argumenta que esto es distinto del concepto del teatro cartesiano, ya que no se basa en el supuesto dualista implícito de “alguien” que ve el teatro, y no está ubicado en un solo lugar de la mente (en Blackmore, 2005).”

   En una obra de teatro dramática, y por seguir con la metáfora, el foco de luz puede iluminar a uno de los actores y de repente saltar a otro, perdiéndose el primero en la oscuridad; si esto ocurre varias veces sobre varios personajes, y dado que estamos hablando de los límites cerebrales de manejar sólo unos pocos datos a la vez (siete, más o menos dos), aquel primer actor puede llegar a olvidarse, saliéndose totalmente del espacio de trabajo. Para el caso es como si tuviésemos muchas piezas de un puzle, y al poco rato nos diésemos cuenta que una que hemos visto y tenido en la mano podría valer para otra parte, pero ya no recordásemos dónde estaba. En este caso el cerebro de fondo, el mentalés, las profundidades (didades, didades, didades) del cerebro “retiene” más información (por el cebado cerebral) de la que cabe en la memoria de trabajo, pero al igual que en el caso del sueño no le “sabe” decir a la conciencia porqué lo despierta, tampoco le sabe decir el lugar en el que se encontraba, pues seguramente identidad y lugar se procesan en dos partes distintas del cerebro y esta información no es entregada a la vez. De nuevo nos encontramos con la primitiva de hito, de relevante: en un montón de piezas de puzle no hay nada relevante, “vence” la ambigüedad. La identidad se referencia por la relevancia, sin esta primitiva su especifidad se diluye en “una entre otras”. O sea, es identidad en tanto que tiene el referente de “ser diferente de” (no-ser) en este caso “la pieza que busco en este momento”, pero que no ha llegado a ser relevante por sí misma y sólo es una representación mental (contenida dentro de unas neuronas activas) no referenciada.

   Sea como fuere la conciencia se puede explicar o simplificar como el foco de la atención, y el problema que trata de dirimir la teoría computacional es el cómo o porqué da una mayor relevancia a una cosa sobre otra. Pienso que en mi teoría está la explicación. El problema de la metáfora de la hipótesis del espacio global de trabajo es que ese foco de teatro se dirige a un lado y otro llevado por la mano de una persona, y teniendo un guion de la obra, como para saber en qué lugar o persona llevar el foco, mientras que para tal hipótesis o para mí no existe tal mano o agente al mando del foco. La relevancia es tal “mano que dirige”; lo que es más relevante es lo que atrae sobre sí el foco, y el orden de la relevancia puede venir en muchos casos de las relevancias que el cerebro tiene como primitivas. Sólo así se entiende que una estúpida mosca nos pueda distraer. Se vuelve relevante porque se pone una y otra vez delante del foco como para que este le preste atención. Como interferencia en sus procesos (en mi hipótesis más extendida otredad es aquello que crea interferencias en el cerebro), y puesto que una de las primitivas es detectar identidades que no tengan patrones, como así lo son los animales o las moscas. En los insectos se hace patente esta regla, a la par que sale otra. Los insectos por lo general son presa de depredadores. Todo sistema nervioso nació con la regla de aprender sobre patrones rítmicos, como las mareas o el sol. Cuando los animales tenían la capacidad de hacer movimientos dirigidos (no llevados por las corrientes de agua), y a la vez hubo depredadores y presas, esos cerebros primitivos evaluaban (cerebro predictivo) la trayectoria y la velocidad de la presa, para calcular una posición en el futuro de su propia boca y la presa. Los peces hacen trayectorias aparentemente aleatorias para no ser pescados con facilidad, pero su medio -el agua- ofrece bastante resistencia. Los insectos fueron capaces de llevar la aleatoriedad a su mayor extremo. Sobre todo un mosquito. Aquí vemos un juego evolutivo, donde algo tan tonto lleva hasta el vuelo más óptimo para no ser cazado, sin ninguna otra cosa que dejar que la evolución haga su eterno juego de prueba y error. No hay juego más efectivo para la evolución que el juego del ratón y el gato, el depredador y su presa. En definitiva de la diferencia y conflicto como primitivas relevantes.

   De nuevo la marea me ha llevado a la deriva sin llegar al tema de la identidad social. Con todo, ya tengo todas las premisas previas necesitadas para hablar sobre ella. Adelantar que la identidad social está atravesada de los conceptos de identidad, diferencia y conflicto. Creamos grupos afines e identidad nacional (de clase, de género) a partir de concebirlas como nuestra propia identidad, y en donde estas son los referenciales o hitos relevantes.

    Antes de entrar en tema, retomo las comparaciones del cerebro con un ordenador. La “falla” de que el cerebro “me” despierte sin mandarme la información del porqué no es computacional. Pero ese -quizás- sea sólo un caso excepcional dada la situación “especial” de esos dos estados tan distintos como son la vigilia y el sueño. En el otro caso, de reconocer a alguien por la calle por el rabillo del ojo, cuando tal proceso lo lleva el cerebro de fondo (que no tiene el foco de conciencia o conocimiento) sí es computacional, puesto que como el módulo que procesa tal reconocimiento de caras está basado sobre todo en la relevancia, y en ese caso atrae sobre sí el foco de atención (en la metáfora del escenario de trabajo) y lleva la cabeza y la vista sobre esa persona. Además por la pegajosidad neural revivirá el pasado con dicha persona como una totalidad, que se manifiesta con un sentimiento de alegría, ambiguo o quizás de rencor. Por otro lado hay que tener en cuenta que la informática y el ordenador al ir creciendo en complejidad no se libran de fallas que pudieran pensarse como no computacionales. Cierta vez cree un programa de gestión para una empresa dedicada a montar cocinas. Cuando una empresa de este tipo tiene que hacer un presupuesto, se tienen los módulos de la cocina necesarios, y más tarde se añade un extra en el presupuesto, dependiendo de si el acabado es en mármol, madera, o plastificado. El programa que creé tenía como núcleo una base de datos relacional, en donde para hacer los presupuestos se hacían consultas (resultado de búsquedas) de consultas previas en forma anidada. En mi ordenador, con un microporcesador AMD los resultados estaban bien, pero cuando se lo fui a presentar al cliente, con un microprocesador Intel, daban unas sumas totales fallidas (?). No recuerdo si lo resolví, pero desde entonces ya dudaba de todo posible resultado durante la programación. Un programador de páginas Web tiene que crear unos productos y verificar sus resultados en los navegadores principales (Chrome, Intenet Explorer, Mozilla…, otros), pues cada uno “interpreta” la página con ciertos “criterios” o límites. Los lenguajes de alto nivel se convierten en lenguaje máquina y de este al binario, pero en algunos casos, como el Java, necesitan intérpretes, al instalar Windows hay que instalar el intérprete Java; otros programas instalan los distintos intérpretes para Visual Basic o C++, etc. Pero por ejemplo el programa TheBrain, que está creado en Java, no se comunica bien con la tarjeta gráfica, pues Java no tiene mucho control de esta, y el programa tiene interferencias gráficas y parpadeos, en donde se pierden parte de la interface (lo que aparece en pantalla). Otro hecho sobre el que no hablé arriba es sobre que la placa base tiene un generador de pulsos, a modo de reloj, pues la información va por paquetes en dichos pulsos. Es a esto con lo que se refiere la velocidad cifrada en megaherzios. Esta forma de proceder es igual en el cerebro y su “reloj” es el flujo sanguíneo, por eso cuando necesita ir más rápido acelera el corazón, o a la inversa cuando se hace ejercicio se sube la “capacidad” de procesos cerebrales. Otro hecho relevante es que el ordenador tiene que saber qué dispositivo de entrada, como el ratón o el teclado, “clama la atención”. De eso se encarga un chip del tráfico de entrada y salida que referencia cada dispositivo con un número de interrupción. En ordenadores antiguos ese número de interrupción lo tenía el dispositivo. Con el tiempo daba problemas porque uno se podía comprar dos dispositivos distintos que usaban el mismo número de interruptor y uno de ellos o los dos dejaban de funcionar. Parecido a como si dos persona sentadas a tu derecha e izquierda te hablasen a la vez. Como la atención es focal no puede estar en los dos lados con tanta intensidad. Al dividirla pierde información. Las interrupciones, en el ordenador, se numeran y cuando la CPU recibe una interrupción del dispositivo 7, para que le entregue el foco, el sistema sabe que es del chip de sonido. El ordenador, el sistema operativo o el programa en uso en ese momento “marca” qué interrupciones son más relevantes. Las más relevantes, por defecto, son el teclado y el ratón, pero al programa le puede “interesar” no “hacerles caso” en ciertas situaciones en los que necesite todos los recursos posibles del sistema. El cerebro también tiene como primitivas un orden de prioridades para los sentidos. Por la prioridad de la vista sobre el sonido se produce el efecto McGurk, por el cual una sílaba suena distinta al ver el cómo se mueven los labios. Fijarse aquí que por defecto nosotros no somos conscientes que el cerebro “analice” la boca de las personas cuando hablan y al parecer lo hace. Aunque creamos que al hablar con una persona le estamos mirando a los ojos, la vista periférica analiza todo a la vez. Otro dato a tener en cuenta, que se ha analizado en capítulos atrás, sobre el  “arrastre” neuronal” sobre otras personas cuando hablamos, es que el cerebro tiene tal propiedad por defecto, pues la zona cerebral de la vista “arrastra” o induce a la zona del oído como que la “identidad” de un fonema es otro distinto del que ese módulo cerebral tiene. 

   El olfato, al ser muy primitivo y necesario para la supervivencia, es muy prioritario, y así aunque una persona sea muy bella, como “huela a demonios” no querremos estar cerca de ella. Las mujeres son más sensibles a los olores de los hombres, que a la inversa: “para un [olor corporal] biológicamente relevante, es muy difícil reducir el impacto de ese olor en la nariz de las mujeres”, dijo Wysocki. “Es mucho más fácil reducir el impacto en la nariz de los hombres”, (fuente de la información). De nuevo diferencias sexuales entre sexos que identifican la identidad sexual y están implementadas en los sentidos más básicos, dentro de las estructuras del cerebro. Tiene su explicación biológico-evolutiva: en las feromonas va la información de la compatibilidad de los sistemas inmunes. Es la mujer la que determina y selecciona con quien tener descendencia bajo este aspecto (por imposición evolutiva); al hombre no le importa tanto seleccionar como tener la mayor cantidad posible de descendientes. En el lenguaje de la calle, el hombre no suele hacer ascos a casi ninguna mujer (entran en juego cuestiones de jerarquía, como veremos más abajo), mientras que la mujer es más selectiva. A este nivel, entonces, sexualmente no podemos ser iguales, y se manifiesta como que es más probable que salga un “no” de la boca de la mujer, que de un hombre. Pero mientras tanto, y por ignorar estas reglas, el panorama actual es muy confuso, porque la mujer “cree” que es igual que el hombre, trata de igualarse a él, pero en vista de lo que suele suceder en la actualidad siguen mandando ciertos criterios que la conciencia o razón de la mujer desconoce, y a la vez trata de ignorar bajo la falsa idea feminista que somos iguales en lo sexual. En definitiva, que el feminismo está “ofuscando” –ruido de fondo– las señales de comunicación entre los dos sexos y no saben determinar a qué se debe la disparidad, o la falta de igualdad, cuando en realidad es un problema de cada mujer entre lo que cree la conciencia y las primitivas que tiene su cerebro. En esa triple confusión entre 1. el nuevo lenguaje feminista-social y 2. la comunicación interna dentro de cada mujer, 3. y que ignoran que la sexualidad masculina no es igual que la suya… ante las situaciones extrañas y conflictivas al final el culpable es el macho. ¿Cómo va a leer correctamente la señales el hombre si el emisor de señales que es cada mujer tiene ruido de fondo o emite dos señales contradictorias y sólo crea ambigüedad en la señal? Por defecto el cerebro, y ante la ambigüedad (recordar de arriba que esta propiedad en lo cerebral es falta de identidad) el cerebro tiene como primitiva más arcaica al sexo, por lo que sesgará (de forma optimista, sesgo muy humano) esas señales para que su identidad sea: “sí quiero sexo”. La ciencia no reduce a los sentidos a cinco, y ahora entre uno de ellos ha puesto a la excitación sexual; esto nos dice la Wikipedia: la estimulación sexual es cualquier estímulo (incluido el contacto corporal) que conduce la mejora y mantiene la excitación sexual y puede conducir al orgasmo. A diferencia del sentido general del tacto, la estimulación sexual está fuertemente ligada a la actividad hormonal y los desencadenantes químicos en el cuerpo”. Si como he puesto arriba los sentidos tienen un orden de prioridades, y la prioridad -nuclear y primaria- sexual en la mujer estaba ligada a la procreación y los límites que implicaban llevar a buen puerto la descendencia, mientras que en los machos -de forma más primaria y ancestral- simplemente es tener sexo, entonces este “sentido” es más activo y prioritario en el hombre. La confusión actual la propiciado el feminismo al ignorar los lenguajes y las estructuras por los que está “construido” el cerebro. Antes el hombre era un “caballero” y no traspasaba ningún límite a no ser que todas las señales fueran muy claras. Yo siempre he sido de la “vieja escuela” y prefiero mantener esta actitud como la más válida: no hago “caso” del lenguaje de la actualidad. 

   Vuelvo al tema sobre el ordenador. Aun con todas las torpezas de la comunicación entre el hardware y los interpretes de los lenguajes, lo que se tiene como más computacional son los lenguajes de programación y sus algoritmos. Tienen implementadas reglas para el aprendizaje. Un ejemplo claro es el traductor de Google. Mantengo traducciones de hace años y cuando he vuelto a traducirlas ahora es mucho más preciso y acertado. Como se basa en el aprendizaje traduce mejor desde le inglés al español, que están entre los tres más hablados del mundo, que entre el portugués al español, pues se habrán hecho más traducciones de documentos y textos entre los dos primeros. Así si se le pone al traductor de Google la frase escrita arriba de “there is no accounting for taste” la traducirá como “sobre gustos no hay escrito” y si se le pone al traductor de Microsoft lo traduce de forma más literal como “no hay ninguna contabilidad para el gusto”. De esta forma se deduce que el traductor de Google “sabe” en algún nivel cuando una frase la tiene que dejar de manera literal, frente a otros casos que tiene que traducirlas por su contexto. Es más, si un escrito está mal redactado o simplemente puntuado, su traducción será peor, al igual que le ocurre a nuestro cerebro a la hora de entender un texto en las mismas situaciones. A Jerry Fodor lo traduce peor Google que a Susan Schneider, por ejemplo. Bajo mi punto de vista la computación ya tiene cierto paralelismo con la forma de trabajar del cerebro en su nivel de mentalés. Le falta el estado emergente de la conciencia. 

 

La Identidad Social.

    No sé por dónde iniciar el siguiente tema. He de recordar que el presente escrito es como un resumen de todas las conclusiones a las que he ido llegando a lo largo del escrito. Tengo que aclarar que por no redundar doy ciertas cosas por sentadas. Con todo tengo que hacer un breve recorrido sobre la identidad narrativa para que el presente escrito tenga sentido. Bajo mi punto de vista cuando el humano tuvo la posibilidad de usar de forma compleja el habla, se creó la posibilidad para lo que entendemos como conciencia, como ser que sabe saber. El primer problema a dirimir es cómo sucedió tal cosa. La teoría de la mente bicameral postula que esa voz interna al principio se sintió como que no era la propia, que el humano creía que alguien le hablaba en el interior. Por otro lado Chomsky tiene la convicción que el habla fue un acto que emergió de repente. Me gusta la primera idea, pero no así la segunda. Al principio se harían sonidos guturales que acompañaban a los gestos de los brazos y manos: se señala un león, se hace un sonido gutural, y se señala una gacela, en donde el sonido gutural podía significar cazar, matar o comer. La semántica generativa nació no en la palabra, sino en la comunicación gestual, y más tarde en la gestual-gutural, donde un sonido gutural dentro de unos gestos indicativos a veces harían de verbo y otras de nombre. Bajo mi punto de vista es el cerebro dormido el que es más creativo y estructurador. Durante el sueño el cerebro daba sentido a esa forma de proceder y enlazaba dichos sonidos guturales a las primitivas y conceptos ya existentes en el cerebro. Con todo, el habla, al ser principalmente una acción para la comunicación, tenía que ser demarcada y pactada en lo social. Los actores principales eran los alfas, pues eran los que creaban las estrategias y daban órdenes. Lo que quiero hacer notar es que el dar nombre a las cosas tuvo que ser un proceso muy largo, de muchas generaciones. No pudo ser espontáneo. Por lo demás la semántica está implícita en la lectura de las intenciones de otros de tu especie o de otras especies, como cuando un león prevé que una gacela irá a beber agua y que allí la podrá emboscar. La acción de los seres vivos con intenciones (tautológico) implican de por sí una semántica.

   Ahora volvamos a la voz interior. Todo lo que acontece en la evolución tiene la premisa de conllevar un propósito, y en esa medida crea una identidad, en tanto que un sujeto con ciertas interacciones con el mundo y por tanto con finalidades e intenciones. La vida es “la propiedad de los objetos dotados de un proyecto”, no dice el biólogo Jacques Monod. Es plausible la teoría de la mente bicameral por que el “acto” de tomar conciencia creaba una sensación de agente mental, que por el hecho de ser emergente no tenía sentido para el cerebro. Ante su ambigüedad posiblemente el cerebro lo tomó (se engañó) como lo más cercano a esa estructura, que era la de escuchar la voz de otra persona. Algo le hablaba, pero en el interior. Pero con el pasar del tiempo el habla en vez de ser usada simplemente con frases imperativas, desiderativas o exclamativas…, devino al final en narración: en los largos atardeceres en los que los humanos se reunían alrededor del fuego y se contaban lo acontecido durante el día, o recordaban a personas fallecidas. En algún momento de ese proceso el cerebro vinculó la voz interior con la voz narrativa, y llegó a la identidad narrativa, en donde en dicho proceso ese agente ambiguo hablando en el interior fue tomado como la propia voz, en tanto que constituyente de la voz narrativa. Lo que trato de hacer ver es que fue un proceso de desambiguación a nivel ontológico o fenomenal. El cerebro tiende a categorizar, en un primer momento la voz interior entraba en la categoría de “voz escuchada de otras personas”, pero cuando esos procesos se asentaron como una parte esencial de referenciarse a uno mismo, a través de los relatos alrededor del fuego, esa voz interior entró dentro de una nueva categoría, la del yo pensante: nació el sentido de agencia, y además con el rasgo principal de ser narrativa, y por lo tanto como identidad narrativa.

    O en otro recorrido mental. La frase de Descartes de “pienso, luego existo”, en realidad es “pienso, luego soy” (je pense, donc je suis). Ser, estar y hacer en los cerebros primitivos eran una misma cosa, concepto o identidad. El inglés no distingue entre estar y ser, eso lo hemos heredado las lenguas romances del latín y este de la filosofía griega. En catalán es correcto decir “haces buena cara” para decir “tienes buena cara” y en donde esta conlleva a “se te ve alegre” o eres feliz. Pero la frase de Descartes sería más exacta si se dijera: “yo como sujeto pensante tengo la percepción de mí mismo como objeto de mis pensamientos, y eso es en sí mismo un tipo de ser que es lo que soy”, o de forma más breve: “al pensarme soy”, donde hay una distancia entre pensar y el ser (como ser con la función de pensar), y por ello se crea el sentido de agencia. La suma de estos tres párrafos son la primera premisa a tener en cuenta; vayamos a la segunda.

    Un humano pasa a lo largo de su vida por varios periodos. De forma común por sus edades. Pero hay un análisis más genérico. 1) Al nacer lo hace bajo el determinismo de necesitar un cuidador, como humano carente de autodeterminación. 2) Llegar a ser adulto consiste en lograr ese estado autónomo o autodeterminado. 3) Pero la vuelve a perder al tener hijos, y en donde además en este nuevo estado tiene que cuidar a un ser carente de autodeterminación, bajo la premisa de llevarlo a la segunda edad (en las civilizaciones modernas el humano llegaba a la vejez y volvía recuperar la autodeterminación, pero es un proceso relativamente nuevo). En ese proceso caben las mentiras benignas y el ocultar información en la dirección de proteger a dicha persona, y además tiene que operar como censor y rector de sus conductas. ¿Este proceso llevado a cabo por cientos de miles de años creó estructuras cerebrales? Así lo parece sugerir el psicoanálisis, si se le resta todo aquello que sea discutible, o se reduce tal teoría a su esqueleto. Al principio hemos visto que el humano se ha topado de forma constante a lo largo de la historia del pensamiento con estructuras en tríada. Los instintos ciegos se manifiestan como pasiones que a lo largo de la historia se han tomado como la fuente de los pecados. La razón es la que ha de frenar dichas pasiones ciegas, como los padres han de frenar las acciones más viscerales de sus hijos. Son el ello y el superyó freudianos. Pero ¿de dónde vienen esas reglas que han de seguir los padres para educar a sus hijos?, de lo reglado en lo social. No quiero entrar aquí en tratar de defender de si la moral es naturalista o solo una capa dentro de lo social. De forma intuitiva se puede establecer que hay preceptos morales que son naturales o innatos: como el evitar el asesinato, pero la mayoría de ellos son discutibles. Las sociedades han ido avanzando promediando lo que estaba bien o mal para cada cultura y momento de la historia. El momento actual es la suma promediada total de todas las reglas que han “sobrevivido” de los procesos históricos. “Mañana” serán distintas. Unos padres educan con la “lectura” de dichas reglas, luego una persona al llegar a ser adulta tiene dentro tal estructura como para (con)formar su manera de pensar, sentir y accionar. Esta totalidad es a lo que se le podría llamar identidad social. He dicho una y otra vez que el prefrontal, en el día a día, se limita a verificar si el acto que va a llevarse a cabo no contiene errores o está “bien”. En dicha verificación entran en juego las reglas sociales o la identidad social. Dicha estructura puede ser tomada como un censor, o en el lenguaje freudiano como superyó, en donde tal “ente” es la voz del padre (sociedad) interiorizada. Aquí sale un primer problema: no es la propia voz, no son mis convicciones, no se llega a una pretendida autodeterminación de la edad adulta, porque la sociedad está llena de reglas que tienen la potencialidad de someternos. De otra manera, tengo que poner fe en ellas como que son legítimas. Tal proceso se lleva a cabo porque principalmente esas reglas provienen de los padres, aquellos en los cuales -por una orden implementada en el ADN- estás “obligado” a entregarles tu confianza. Las religiones en el pasado suplieron la falta de legitimidad de dichas reglas, haciendo creer que estaban “grabadas a fuego” en nuestras almas. Hay dos lados extremos en lo social, 1. los outsiders o rebeldes (individualistas, relativismo moral) y 2. la persona totalmente cegada dentro de su identidad social (más tradicional, en donde tal postura puede implicar religiosidad). En la zona promediada está el humano “normalizado“, saltando aquí y allá de una postura a otra según le convenga, con más o menos cinismo en su actitud. Se podrían extrapolar esas dos tipologías como de izquierdas y de derechas. María Jesús, de GHDuo, es del segundo tipo. Son cerebros más dualistas. La concursante de “gran hermano” tilda a la menor de persona mala (la palabra que más repite cuando entra en sus crisis de llantos) a cualquiera que vaya contra ella y sus convicciones morales, que cree que están al lado de algún tipo de bien modélico. Yo no creo haber llamado nunca a nadie malo, no creo en tal concepto de manera tan taxativa. El resumen de este párrafo es la segunda premisa.

    Muy arriba dije que las personas son impredecibles, pero soy de los que creo que una futura IA, y metiendo todos los datos de una persona y su entorno, teniendo además la capacidad de “leer los sueños”, sería capaz de predecir a dicha persona en un alto grado. O dicho de otra forma, como el cerebro al final es computacional sus resultados son computacionales, la complejidad está en llevar a cabo el análisis de todos los estados mentales previos como para saber cuál va a ser el siguiente. El análisis sería por capas en el tiempo (sólo es una conjetura no muy analizada): 1. ¿qué ha sucedido en el último minuto y qué ha sido relevante para ese cerebro?, pues el cerebro opera con la memoria de trabajo que implica más o menos siete cómputos; 2. ¿qué ha sucedido en los últimos quince minutos dentro de la situación en la que se encuentra ese cerebro, y qué permanece como relevante en sus procesos?; 3. ¿ha habido hechos relevantes a lo largo de ese día?, 4. ¿bajo qué estado emocional dependiente del sueño y el día anterior está ese cerebro?; 5. ¿cuál es el entorno y situación de dicho cerebro en este periodo de su vida y qué es lo relevante?; 6. Cómo han sido los primeros años (adolescencia…) de dicho cerebro y qué ha sido relevante. Recordemos la genialidad de la película “memento” de interpretar un último acto e ir progresando hacia atrás para entender ese último acto. A las personas que me conocen les choca que vea “gran hermano”. Tiene un sentido. No veo televisión, sólo algún documental de la 2, y alguna película emitida por RTVE, pues no ponen anuncios. Veo “gran hermano” (y es el único reality que veo, y no cuando es de famosos) porque es el único programa donde tratar de verificar mis postulados, y por otro lado llegar a conclusiones. No es la vida misma, pero se llegan a estados más intensos de forma más rápida por estar encerrados y por tener un premio al final. Igualmente se analiza los criterios sociales a través de las expulsiones de la audiencia. Dichos criterios son las reglas que están establecidas en esa época. En los primeros años no se analizaban tanto las posibles acciones o palabras denominadas en este año como machistas. Ese criterio ha ido evolucionando a lo largo de los años, hasta llegar al clima actual, que en realidad si hubiera que asemejarlo a un trastorno sería al de síndrome de estrés postraumático, pues ante cualquier indicio, por muy lejano que sea, “saltan todas las alarmas”. La audiencia (sociedad) se “conduce” por dos reglas: la moral y el morbo. Si alguien ha sido muy prepotente, injusto, falso o “malvado”…, es expulsado. Pero por otro lado si la audiencia quiere ver cómo se enfrentan dos o más concursantes (sed de “sangre” o drama) los dejan en su “circo romano”. La mente social actúa bajo los mismos criterios que una individual, donde primero están las reglas sociales hacia el “bien”, pero por otro lado huyen del aburrimiento y quieren ver cómo se desenvuelven los dramas. Esta doble moral de la audiencia de buscar el bien, pero querer ver el mal y la “sangre” y el castigo, de castigar la crueldad y ser crueles, sigue la regla tan humana de: “consejos doy, pero para mí no tengo.”

 

Añadiendo el Futuro al Sistema.

   Si me dijesen que redujese la vida a un término ese sería homeostasis, y si me dijeran que lo ampliase a alguno más, añadiría el concepto de retroalimentación. Arriba puse la frase de Monod que definía la vida como una máquina con proyectos. El proyecto más básico es mantenerse vivo, que por extensión es mantener en equilibrio (homeostasis) el cuerpo, y para ello se vale de mecanismos que registran sus estados internos y “actúa” sobre sí o el medio para alcanzar ese equilibrio (autopoiético). Como puede haber dos estados básicos: saturación (desechar toxinas o desechos metabólicos internos, por ejemplo) o carencia (buscar alimento o calor), entran en juego dos formas de llegar al equilibrio. Esta mecanismos básico es a lo que se llama retroalimentación, en su doble vertiente de positiva y negativa. Al proceso más básico de buscar del exterior algo yo lo he reducido al concepto de “lo faltante”, pero teniendo en cuenta que lo faltante igualmente puede ser la falta de equilibrio. Lo faltante de una persona muy deprimida es la alegría.

   En el último escrito cree el concepto de identidad proyectada a un tipo de conciencia que sabe que tiene que tratar de prever el futuro y actuar en el presente para llegar a esas metas. Tal identidad tal sólo es un constructo conceptual dentro de mis teorías, pues se asienta o es parte de la identidad narrativa, la nacional y de la social, en donde la suma de todas da la identidad personal. Elegí proyectada y no proyectiva, porque esta última ya tiene un uso muy concreto en psicología. Busqué en Internet a ver si existía algún concepto para tal tipo de identidad, pero no encontré nada. Lo más cercano era la corriente filosófica del decisionismo, pero no me satisfacía. Me refiero con identidad proyectada a la capacidad cerebral de ponerse planes para un futuro muy lejano, como cuando hacemos un plan o seguro de jubilación, o estudiamos una carrera que implique varios años, etc. Bajo mi punto de vista la identidad proyectada es la más humana. Un animal es la esencia de lo que los humanos llamamos “vive el momento”, pero el humano por la capacidad narrativa, mediada por la palabra, analizaba las edades de sus antecesores, con lo cual uno sabía que envejecería y moriría. Un cachorro de león no creo que se conciba a sí mismo como que será como su madre. Vive su identidad como cada uno de sus momentos: encerrado en el instante. Como mucho se prevé a sí mismo en acciones cortas, como llegar al pecho de la madre, pero dudo que tenga un pensamiento del tipo: “voy a tomar algo de leche, y después sigo jugando”, propio del humano más proyectivo. Los niños de muy poca edad tienen un cerebro de tipo “aquí y ahora” y con la edad -y con la adquisición de un lenguaje complejo (por tener en cuenta a las personas sordas)- se da ese otro estado emergente de lo proyectivo. Volviendo al juego Craft the world, los enanos del juego actúan por la premisa de los animales. Van hasta el punto A y llevan a cabo una acción, y cuando la han terminado se trazan la siguiente meta. No tienen una inteligencia proyectada. Se supone que es el papel que ha de tomar el jugador: marcar los tiempos, las prioridades y las estrategias en plazos más largos y con ciertas finalidades. Me imagino que se podría programar el juego para que se auto-jugase, marcando prioridades y finalidades, primarias y secundarias, y una meta final.

    Si he dicho que la vida es una máquina que tiene 1. proyectos, pero a la vez hemos visto que el cerebro 2. trata de basarse en tener dentro de sí toda la información y basarse en esta información en la dirección de no estar leyendo desde cero a cada momento el mundo: ¿cómo encaja proyectarse en el futuro? A nivel profundo (ontológico) es llevar a cabo el segundo proceso, en donde el propio futuro ha de formar parte del saber que tiene el cerebro sobre el mundo. En esa dirección el cerebro tiende a ser predictivo. Pero, ¿con cuanta profundidad como para que sean válidas las predicciones? Todo animal se ha quedado anclado a una previsión corta, porque su lenguaje simbólico (representacional) interno son las imágenes. Cuando el humano llegó a la palabra tuvo la capacidad de tener un lenguaje simbólico como para crear conceptos altamente abstractos y categorizaciones y con una mayor capacidad predictiva para un tiempo más largo (medición de los ciclos de la luna y más tarde del sol). Se divorció del instante y del “aquí y ahora” (mito de la manzana y el árbol del conocimiento).

    Demos un salto al presente. Se puede decir que la humanidad se dividen entre los que tratan de vivir en el momento, y lo que se escapan de esa percepción. Cuentos como “la cigarra y la hormiga” y “la tortuga y la liebre” nos hablan de esas dos disposiciones. De hecho parece que nacemos programados con una de las dos tendencias. Eso es lo que parece mostrar la prueba de la postergación del premio; esa a la que a un niño en una habitación, el científico le deja solo ante un dulce y le dice que no se lo coma y cuando vuelva le dará el doble. Por seguimientos durante las vidas de esas personas se ha comprobado que les va mejor en la vida, son más exitosas, aquellas que supieron postergar el premio. Por otro lado se pone en duda si realmente son más felices.

    Uno de mis conceptos clave desde hace años es el de “pregunta abierta”. Ese estado por el cual el cerebro rumia unas cuestiones y otras no. No ya sólo a nivel de conciencia, sino igualmente en el cerebro profundo y durante el sueño. ¿Qué marca o señala algo como pregunta abierta? Está claro que aquellas cosas preocupantes o aquellas que impliquen un premio final. En definitiva la doble vertiente emocional de evitar el dolor y buscar el placer. Pero en un investigador o pensador esas “preguntas abiertas” no implican tanto las emociones, si acaso a un nivel muy bajo. Dos escritos atrás llegué a la conclusión que la conciencia, el prefrontal, era el que marcaba ciertos tipos de “preguntas abiertas”. Un investigador a nivel de reflexión se dice: estas dos ideas no encajan o son contradictorias. O sea, “revela” a nivel consciente, de saber que sabe, que hay una contradicción y eso queda en el cerebro profundo como algo a resolver. En algunos casos al despertarse el cerebro le entrega una posible solución, porque posiblemente durante el sueño el cerebro ha procesado posibles soluciones y ha promediado cuál puede ser la más correcta, que es la que entrega a la conciencia en la mañana. Pienso que no hay acto más creativo en el cerebro que el sueño. Además, si se piensa bien, es el acto por el cual el cerebro se reestructura y une conceptos parejos, y en ese proceder de uniones neuronales es cuando se deben dar las posibles soluciones. Es tal la necesidad de energía, de reestructurar, que la evolución creó (o uso) la falta de actividad del cuerpo para dar toda la energía disponible para esa función. Para el caso es como si a un ordenador se le quitase el teclado y el ratón para que el humano no pudiera interferir para nada en sus funciones. El cerebro no baja su actividad durante el sueño, en algunos momentos de la noche incluso genera más gasto energético que durante el día. La primera hora de la mañana, en su proceder natural, se crea un encendido progresivo, en donde ni se está despierto ni dormido, y en donde seguramente se transfiera la información del mentalés (cerebro profundo) a la palabra (corteza cerebral), al espacio global de trabajo que es la conciencia. Yo tengo casi todas mis intuiciones en esos estados somnolientos de la mañana. Si esta hipótesis es correcta, el comportamiento actual de levantarse abruptamente ante el imperioso sonido del despertador, es un error entre otros muchos de las sociedades modernas.

    Como ejemplo de la creatividad del sueño… hace unos días soñé con un edificio que entremezclaba un estilo barroco, en sus cúpulas y adornos, junto a uno muy modernista, en donde las paredes eran cristales unidos unos a otros en sus cortes horizontales, en donde ese tipo de “paredes” hacían formas onduladas y naturales, pero con algunos pliegues más afilados o cuadrados.71zkw0i+57L._SY679_ Su forma total era como el afilado edificio Flatiron Building de New York, pero estaba medio en ruinas y podía ver, desde la calle, ciertos techos abovedados con finos y coloridos cuadros, al modo del de la capilla Sixtina. Fue tan impactante que me desperté y ahora algunas de esas instantáneas forman parte de mis “recuerdos”, de mi memoria. Aquí vemos de nuevo la capacidad de la conciencia, de ese saber que sabe, para prefijar algo en el cerebro, cosa que no creo que pueda hacer un animal. Bajo este aspecto la palabra sueño tiene el doble sentido del acto y los efectos del dormir, pero a la vez de aquello que uno desea para sí mismo en el futuro. El sueño, pienso, ha sido la piedra angular, por la cual, en su retroalimentación con la conciencia, ha creado la humanidad. Seguramente es por esto que en la antigüedad tuviesen tanta importancia los sueños, como “puertas” proféticas para ver el futuro. Aún hoy persiste esta idea en el inconsciente colectivo de la importancia de los sueños.

   En el escrito anterior uní la idea de la reflexión, como aquella capacidad de “determinar” al cerebro interno a trabajar en ciertos procesos, con el de la identidad proyectada, pues el prefrontal, a nivel reflexivo, se determina a sí mismo a estudiar una carrera y eso le crea un tipo de identidad, donde todo que interfiera con dicho proyecto, es una traba en el camino a solucionar. Con esto he de reestructurar la capacidad de una IA para tratar de predecir a una persona. La séptima capa tendría que analizar si dicha persona tiene una identidad proyectada, prefijada en metas, en ese momento, y analizar en qué medida repercute en ese preciso momento o situación.

 

Repensando el Concepto de Identidad.

   Qué es identidad. Es complejo decir porque definimos algo con identidad, como Ser, fuera de lo concreto como pueda ser una piedra (no para la ciencia). Sin embargo parece más claro decir cuando algo es diferente, como cuando se nos presenta algo, y puede ser otra cosa, y nos preguntan sobre si es lo mismo, en donde nosotros respondemos de forma concisa: “no, eso es diferente”. Somos más precisos para encontrar diferencias que identidades, lo que implica que la diferencia es una de las primitivas más básicas y ancestrales de la vida. ¿Por qué?, porque toda vida es egótica, egocentrista. La vida es su propia identidad (sujeto) y el resto son objetos representacionales dentro de sus sentidos y sistema nervioso o cerebro. Para cada vida su propio ser como unidad es la Identidad con mayúsculas, y el restos son representaciones dentro de ella misma. Después de todo su punto de vista es el centro del mundo que le rodea. Si tal ente se mueve se cambia ese centro (concepto de ombliguismo o Sonder). La principal función de ese cerebro es buscar qué es aquello fuera de sí y si pertenece a su misma identidad o es diferente. Sus inputs de entrada, sobre todo lo que esté fuera, tienen que coincidir con su propia identidad, y si no es así es diferente. El humano piensa con los ojos, pero esa identificación y primitiva tan arcaica de detectar las diferencias es por lo que hoy tenemos los antibióticos, en donde ciertas bacterias entraron en guerra para acabar con otras bacterias que no pertenecían a su identidad. Las señales químicas, los identificadores químicos, fueron esos primeros ojos; de los que hacen uso las ciegas hormigas, y que hoy siguen existiendo en el humano como feromonas. Por eso la primitiva central de mi reduccionismo es la identidad, como aquel ente que busca identidad, y “matasella” como diferente todo aquello que no sea de su identidad.

   Con el pasar del tiempo se colaboró con ciertas especies (simbiosis), con lo que la cuestión de identificar (dar identidad) a otros animales -e igualmente los objetos en el mundo- fue cobrando más importancia. El cerebro humano está “creado” para crear (identificar) identidades, para crear fronteras de decir “esto es igual que esto y diferente de esto otro”… para crear por ello categorías. Si los animales no supieran identificar macho y hembra como diferentes, ¿cómo podrían llegar a reproducirse?, ¿a tientas? El aspecto externo en los animales sexuados complejos cambió en muchas especies para que la señales fueran más claras, y puesto que ciertas especies usaron el engaño de hacerse pasar por hembra y robar comida o copular con la “verdadera” hembra a expensas de la vigilancia del macho alfa. Con el paso de millones de años esos cambios externos crearon cambios internos en comportamientos y formas de operar de los cerebros.

    Pero con todo no es fácil lograr encontrar identidades. Las ciencias humanas, desde las eras más arcaicas han tratado de delimitar qué es o no una identidad, y por ello, en la filosofía, qué era Ser. Aún hoy la respuesta no está clara. Sigue siendo uno de los debates que permanecen solapados y en lo profundo de toda posible discusión social (¿soy español o catalán?, por ejemplo). Pero el dilema no sólo se encuentra afuera, en lo social, en la ciencia y la filosofía; tal dilema sigue anidado en cada uno de nuestros cerebros. Un ejemplo sobre esa indefinición se deja ver cuando no sabemos qué sentimos y nos preguntan en racimo: “¿estás triste…, enfadado… dolido…?, y a todo decimos no, pero no sabemos qué nos pasa con exactitud, con la paradoja de que sí lo sabemos diferenciar de todo y cada uno de los sentimientos preguntados. Es igual que el proceso de nominar colores, podemos saber que no es rosa, pero podemos no tener un nombre para tal tono. Alguien dirá que es azul violáceo, otro que morado grisáceo, etc. En realidad sólo le puede dar una “identidad fija” la ciencia con algún aparato que detecte las ondas de luz que rebotan de ese cuerpo, pues cada cerebro humano, por la inmensidad de variables que entran en juego dentro de sus receptores, formas de procesar del cerebro, a las que se unen el sentimiento actual y las vivencias de un pasado único, le harán percibir ese color de manera única. Esa indefinición, y la imposibilidad de transmitírsela a otro humano, es lo que la filosofía llama qualia.

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    Un poco de dolor provocado por alguien, ira y deseo de hacer el mal… ¿es rencor? ¿Cuál es la química de los neurotransmisores o de los módulos implicados en el cerebro para tal estado? Entran en juego los nociceptores (sensación de dolor), cortisol y una baja receptividad para la dopamina y la serotonina, pero entra en juego a la vez la percepción que tiene la conciencia de ese estado, en donde frena o deja salir la agresividad como respuesta primigenia y básica. Con todo, dichos estados no son reducibles a la química y puesto que entra en juego la conciencia y la qualia individual (redundante unir qualia e individual, pero es para hacerme entender): ¿por qué son tan universales y ocurren en todos los cerebros? Si lo que nos hizo humanos fue el acto emergente de poseer una conciencia, como ese acto de saber que se sabe… ¿no será que los estados emergentes ocurren de forma constante en lo humano? Que la mente humana sea una máquina creadora de estados emergentes. Esto es debido por una conjunción de hechos, como la entrada en una retroalimentación positiva sin freno de la humanidad (analizada capítulos atrás), la tendencia a la neofilia (amor, búsqueda de la novedad, creatividad) en los humanos, y el sistema de rumiación de la red de modo predeterminada del cerebro. La emergencia es ese paso siempre adelante para huir del estado previo que en su esencia es angustiante (San Agustín, Kierkegaard, Unamuno), pues como nos hizo ver Sartre, el cerebro en su eterna carrera de huir de la nada, de “construirse” ser, crea nuevos estados en cada uno de sus pasos. Se huye de sí mismo, de su ser-sido, cuando en realidad está transido de su esencia. Con esta maquinaria estructural de fondo, estamos condenados a reinventarnos a cada segundo, a crear estados emergentes. Por lo demás, y como el existencialista francés sentenciara, suelen ser actos fallidos, pues el ser del en-si nos infecta encadenándonos en una fuga ciega y sin sentido de siempre hacia adelante, en un cerebro ciego al futuro. Esa energía imperativa, en bruto y sin meta, es lo que para Schopenhauer se llamaba voluntad, fuerza indómita que Nietzsche quisó cristalizar como voluntad de poder, pero que Sartre la denominó como pasión inútil, pues a nivel ontogénico busca Ser cuando su fundamento es la nada. Todo sentimiento o trastorno -como la depresión- son estados emergentes dentro de los cerebros individuales, que sólo por estadísticas son clasificables, como clasificables son los colores bajo un criterio o las reglas estandarizadas por la empresa Pantone. Cada individuo, cada una de sus ideas, emociones y comportamientos son estados emergentes porque son únicos, dentro de un cerebro con un componente emergente que no puede evitar crear estados emergentes. Rosalía (Wikipedia), así y como artista, no es una persona, es un concepto emergente en donde tal emergencia implican emergencias previas de otros artistas que le han servido de modelo, y la emergencia de su propio cerebro con sus propias y únicas variables, para dar una totalidad emergente, que no se volverá a repetir.

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    Como nos hizo ver Montaigne (ensayos), una emoción no es reductible o emana en su salir fuera y en su último acto. Va creciendo y se alimenta de cientos de segundos y otros sentimientos; que cual orquesta que ensaya previo al concierto, con cientos de instrumentos en donde cada uno crea su propio sonido y en donde la suma es ruido, al final y en el momento que todos están afinados y donde el director marca el comienzo, todos los instrumentos se vuelven unidad dentro de una bella y armónica pieza musical. Montaigne nos refiere el caso de un príncipe que llora por la muerte de uno de sus sirvientes. El pueblo lo prejuzga por llorar a un lacayo, cuando no lo hizo por la muerte de su hijo y otros parientes. El pensador francés nos hace ver que su alma (mente), fue acallando y guardando cada muerte hasta que al final una última gota colmó el vaso. ¿Por qué juzgamos los actos de las personas sin saber qué hay detrás de ese aparecer? Esa gota que colma el vaso es un estado emergente por cuanto algo ha llegado a un umbral y cambia de estado e identidad. Pero ese último proceso no se puede entender sin tener en cuenta los pasos previos. Y recordemos que ni siquiera la propia persona es la mejor jueza, para el cerebro es aquello de -y parafraseando otra máxima ahora vuelta meme a nivel universal- “lo que pasa en el cerebro se queda en el cerebro”. La conciencia no tiene porqué saber de todos los procesos mentales, no tiene porqué saber cómo se suman o restan, cómo llega a ciertos estados reducibles a algoritmos, pues en realidad no hay unidad, aunque por la noche durante el sueño trate de eliminar lo inservible y unifique varias sensaciones bajo una nueva rúbrica o identidad. La conciencia no sabe leer todo los procesos del mentalés. El mentalés no le entrega todas sus sumas, pues siempre está calculando y todo en el mundo es difuso y cambiante -incluso uno mismo como identidad personal totalizada- , y siempre permanece bajo un “suma y sigue”, pues en eso consiste su función y puesto que en el mundo no hay realmente identidades claras y no cambiantes. Incluso la materia está viva, como quien dice, pues cada piedra es su estado actual dentro de un proceso de un cambio eterno, lo que ocurre es que este cambio es tan lento y largo que es imperceptible para el ojo humano. “No juzgues y no te juzgaran” es un dicho que siempre olvidamos, pero donde dicho olvido es muy humano pues el cerebro está constantemente evaluando y tratando de clasificar identidades y diferencias, jugando su eterna capacidad de predecir el mundo. Trata de tener una representación mental lo más fidedigna posible, en un mundo constantemente en cambio. Su máxima es la indefinición, la duda, pero en la medida que en la vida tiene que actuar como que para él todo está definido. En esa dirección es ignorancia que se presenta como que sabe de qué va el juego, pues si se define como que no lo sabe, eso le va a dar ventaja al resto de los jugadores.

    El conductismo, en su reduccionismo de tratar de vincular todo acto por su forma de salir al mundo, por su comportamiento, hoy en día ha perdido fuerza. Pensemos en un animal pluricelular. Sabemos que el gato persa que tenemos delante es una identidad. Que se parece más a otro gato persa que a un siamés, pero que se parece más a este, en sus comportamientos, que a un perro. Este nivel de crear categorías lo tiene una gran cantidad de animales, de no ser así no huirían de sus depredadores con tan sólo verlos aparecer. Pero un gato son millones de células, de vidas que podrían vivir por sí solas en una placa de Petri, que están juntas formando una unidad. Cada célula tiene su propia función, mientras que el gato como totalidad de todos esos propósitos individuales, tiene sus propias funciones (actos, comportamientos). Una de sus células cardiacas no sabe qué es jugar, el gato sí. La molécula compleja que es la dopamina le da la diversión, pero “ella” misma no sabe nada de eso, como el gato tampoco sabe que esa molécula es la “responsable” de su sentimiento. ¿No ocurre lo mismo entre lo social y el individuo humano?, que en lo social ocurren cosas que el individuo no comprende y que aunque forme parte de esa totalidad (como la molécula de la dopamina con respecto a la alegría), no tengamos por qué tener ninguna importancia en esas totalidades. Pensemos por ejemplo en el concepto de cabeza de turco o chivo expiatorio, ¿por qué es universal y toda cultura o tribu humana “usa” este concepto? Dónde se encuentra, en el ADN o emerge en lo social. Seguramente sea la suma de ADN y lo social. A nivel individual es un desplazamiento y se llama “patear al gato“, acción por la cual nuestro nivel de carga de estrés, frustración, impotencia o dolor (carga de cortisol o nociceptores), desciende su nivel al “descargarlos” en violencia sobre una persona, objeto (dar una patada a un mueble) o animal. Como concepto de cabeza de turco no tiene sentido si una persona vive sola. ¿Cuántas personas se han de sumar para que emerja? En realidad en cuanto se den dos identidades en grupos, en donde una de ellas, la de menor tamaño o más débil, será la cabeza de turco de la de mayor tamaño y más fuerte. Expiar la culpa es dar una identidad a algo que no tiene por qué tenerlo, pues en la mayoría de los casos son procesos masivos o catástrofes naturales en sus sumas. Un huracán actuando en un lugar despoblado carece de significado, es ese árbol que cae y nadie oye. Pero si llega a una ciudad, y hay daños y víctimas se buscarán culpables: los científicos que no supieron medir su crecimiento y dirección, los arquitectos que construyeron viviendas débiles, los gobernantes que no controlaron a los arquitectos… ¿Es distinto este proceder moderno con respecto a echar la culpa a los dioses -o a un gafe o con un comportamiento dudoso (tabú) en la tribu- en la antigüedad? El patrón que se esconde en todo este proceder es un módulo del cerebro (el locus del control) que trata de contrarrestar la sensación de que el mundo es caótico, haciéndonos creer que tenemos el control y lo podemos comprender. Uno entre otros de los “trucos” de la evolución para que vivamos “engañados” como que entendemos el mundo y que tenemos control sobre él, en la dirección de que no permanezcamos en un eterno pánico existencial. Ante la debilidad y flaqueza de tal postura, la fe en que existe algo mayor que nosotros, que tiene el verdadero control, ha sido la solución más válida para la evolución. Y no nos equivoquemos, ayer lo llamábamos Dios y hoy los llamamos extraterrestres (o teorías conspiratorias): todas son la misma trampa argumental de poner el control sobe algo externo a nosotros mismos, que sí tiene el control o lo tiene en gran medida.

    Retomo una línea argumental de arriba. De forma constante mueren células de nuestro cuerpo y seguimos siendo los mismos. De forma constante mueren personas en la sociedad y nada cambia en su totalidad. La miseria de la vida es que la muerte nos muestra la vacuidad e inanidad de nuestras vidas particulares. Eso evoca el soliloquio del replicante en Blade Runner o el monólogo de Hamlet de Shakespeare. ¿Cuántas células tienen que fallar hasta llegar a la muerte por fallo sistémico? Cuantas personas cuentan y hacen falta para que se cree un cambio en lo social o para crear una identidad, para crear un grupo social que altere algo en la sociedad (como así lo cree el movimiento feminista o los veganos, por ejemplo). Cuantos grupos por su cuenta para que en una reacción convergente creen un cambio social. Nadie tiene tal fórmula. Las ciencias sociales están ciegas ante tales preguntas y sus inexistentes respuestas. La naturaleza es ciega a las respuestas, porque las preguntas que hacen los humanos carecen de sentido para ella.

   Termino esta sección del escrito con unas últimas conclusiones previas. Una identidad es aquella que en su totalidad tiene una misma meta, y en donde tal identidad no tiene como parte de su ser la capacidad de dañarse a sí misma, pues tal auto-ataque en definitiva desintegraría el concepto de unidad y por ello el de identidad (es una  verdad obvia, una tautología, pero es necesario desgranar tal concepto). Como así es cada ser vivo (la finalidad de toda forma de vida es la autodeterminación, llegar a un estado autopoiético). Un perro no se muerde así mismo como para amputarse una pata, y por ellos poder perder autonomía y poder morir desangrado. Ningún animal lo hace. Sin embargo el hombre si tiene esa capacidad. Hay personas que se autolesionan, que piden que les amputen un miembro (disforia de la integridad corporal) e incluso que se suicidan. ¿Cómo la evolución podría concebir tal excepción? Tal cuestión se analizará más adelante. De momento me interesa a su nivel social. Un grupo de humanos lo deja de ser, deja de ser unidad e identidad, cuando por luchas internas se tienen que dividir. Cuanto mayor sea un grupo más susceptible es para que se creen subgrupos, como para que al final se terminen por escindir. Ahí se tiene como ejemplo el reality televisivo del “gran hermano”. Empieza con unos veinte concursantes, en los primeros días impera el “buenrollismo“, pero las personas, sus cerebros, están buscando afinidades. A la semana se han creado grupos. Al poco hay conflictos entre los grupos, donde los individuos obedecen más al concepto de lealtad al grupo que a la lógica o la verdad objetiva. Cuando queda una semana o dos el grupo se ha reducido a cinco o seis personas y vuelve a imponerse la lógica de establecer la concordia y la amabilidad: se acabaron los conflictos. El programa se tiene que dar por terminado porque se vuelve aburrido. El cerebro humano tiene la primitiva de que tiene que crear unidad a través del concepto de familia. Al crear un grupo social, la familia y su lenguaje, es el que se tiene como modelo. Eso crea un límite “real” en el cerebro de un número (Dunbar), límite por el cual se pasa un umbral (frontera de identidad en el cerebro) como para que se cree una diferencia y por ello muera la identidad. El humano ha logrado traspasar esa frontera a través de conceptos abstractos como el de ciudad, nación, religión, ideología, movimientos, etc. Pero son estados metaestables que cual piedras, parecen pétreas y rígidas, cuando en realidad contienen en su interior el perpetuo cambio (España es una cadena conceptual que ha tratado por siglos contener varias identidades distintas). Uno de los conceptos más primitivos, y que ha sido el modelo sobre el que se basaban el resto de tipos de agrupaciones, y que es el que “funciona” en nuestro cerebro, el de familia, en la sociedad actual está en crisis. ¿Puede sobrevivir la sociedad y el humano individual si se acaba con esta estructura básica?, ¿es la familia disfuncional la nueva norma y suple los requisitos de la vieja estructura? Cuando alguien que creemos que es de nuestra identidad nos engaña, nos es desleal, nos abandona o nos traiciona, para el caso es como si un animal se autolesionase como para llegar a matarse. Cuando ocurre ese proceso, para el caso y para el cerebro, es como la muerte de nosotros mismos, pues nuestra identidad era la suma emergente de todas las identidades de la familia o el grupo. No en vano cuando muere un familiar se suele decir que nos sentimos como si nos hubieran amputado una pierna o un brazo; de forma profunda como que algo ha muerto en nuestro corazón, en nuestra alma. ¿Puede amputar o alterar el humano el concepto de familia sin que muera por ello su identidad?

   En esta sección he analizado los conceptos de identidad y de diferencia. Para responder las preguntas que han quedado en el aire hace falta llegar al siguiente concepto, el de conflicto.

 

Indentidad, Diferencia y Conflicto.

No hay mentes, solo hay disposiciones de comportamientos.” Jerry Fodor

   Hacia dónde va este escrito. No viene mal si uno está deambulando por un bosque fijarse alguna meta o tratar de hallar los hitos referenciales para saber dónde se encuentra. 1, trato de determinar ciertas estructuras y patrones que muestran la computabilidad de la mente. 2, busco el porqué el concepto de familia es vital para la especie humana y el cerebro individual. 3, prefijo ciertas primitivas como las más elementales y las cuales son los hitos referenciales del cerebro. 4, la suma de los anteriores puntos van en la dirección de tratar de demostrar que la mente humana no es tan compleja, que lo que es complejo son las sociedades, de tal manera que casi se vuelve impracticable el tratar de predecir a una persona. Más si es joven, pues tiene un cerebro más dúctil, y en la medida que está tratando de madurar tantea todas las posibilidades que puede… casi infinitas en la actualidad.

    La diferencia no implica conflicto. Una gran mayoría de animales de distintas especies conviven más o menos cerca sin tener ningún conflicto. El conflicto nace cuando se compiten por los mismo recursos, y son escasos; o el más común de los conflictos: la lucha evolutiva entre la presa y su depredador. La diferenciación sexual igualmente ha llevado al conflicto, pues la mayoría de los mamíferos han optado por no convivir con el otro sexo de su especie, la monogamia es más propia de las aves: “aproximadamente el 80% de las aves y aproximadamente el 6% de los mamíferos, tanto los machos como las hembras invierten mucho en su descendencia”, fuente Wikipedia. Los conceptos de conflicto y lo faltante, sí, están unidos. Sartre en su trilogía “crítica de la razón dialéctica” pone la escasez como el concepto clave para interpretar a la sociedad. Lo faltante es un concepto más generalista, pues puede ser dinero o comida, pero también puede ser los recursos del cerebro, el ser amado, o de forma más extensiva un deseado equilibrio mental. De fondo viene dado por que todo sistema complejo estable lo es porque tiende a un equilibrio, que en la vida se llama homeostasis. En la medida que exista un faltante se ha salido del equilibrio, ya sea en la energía del cuerpo o en lo sentimental. He preferido lo faltante con respecto a homeostasis porque alguien que es adicto a la adrenalina, por ejemplo, no se puede decir que ese estado de alta cantidad de adrenalina sea un equilibrio para el cuerpo, pero sí lo es para esa persona; por lo tanto su faltante son las nuevas y fuertes sensaciones.

   He encontrado que Aristóteles hizo un gran desarrollo del concepto de límite. Encontrar un límite es prefijar una frontera donde lo que está dentro es la identidad y lo que está fuera es otredad. En este escrito estoy tratando de poner como la base del cerebro ese dar identidad a lo existente en el mundo. La teoría computacional parte de la premisa que lo que el cerebro computa son objetos mentales, ensartados en estructuras semánticas. Si el cerebro no tuviese como premisa primera el dar identidad, allí donde es dudoso, no podría computar nada. O sea, no estaría haciendo su trabajo o finalidad. O para sentenciar: el cerebro lo es porque crea identidades en un mundo complejo y con identidades difusas. Lo he mostrado arriba en el ejemplo de esa línea inexistente del día a la noche, que se delimitó con en momento en el que el astro rey aparecía o desaparecía en el horizonte. En la medida que el cerebro no puede dar identidad a muchas cosas, se le hizo necesario “forzar” fronteras y límites allí donde no los había, o sus líneas eran muy difusas. Una dirección de la ciencia es acotar fronteras entre sus conocimientos, y entre todo aquello complejo que no parece tener tales límites. Aristóteles usó el concepto de idéntico para denominar una unidad (ente, que es de donde proviene) o su igual. En donde lo id(énti)co es lo igual a sí mismo (descargar archivo sobre concepto “límite” e “idéntico). Pensamiento aparentemente torpe y tautológico; no tanto cuando en la actualidad cuestionamos la identidad de una persona y decimos que ha cambiado, que se ha traicionado a sí misma, ha caído en un trastorno de la identidad o en un trastorno de identidad disociativo. De nuevo volvemos a la respuesta de la zarza ardiendo y su enigmático “soy el que soy”, ante el inquirimiento de Moisés. Su críptica respuesta puede ser entendida como: “Soy unidad, lo indivisible… lo que no tiene partes”, en donde de fondo resuena el concepto de idéntico de Aristóteles. Hay que tener en cuenta que la Biblia, el viejo testamento, que tenemos los occidentales es la versión alejandrina -occientalizada- , que se hizo de la Torá judía, en donde seguramente se versionaron y actualizaron ciertos pasajes y sentencias. Identidad proviene, claro está, de idéntico; de las cualidades de un ente. En esa dirección, el filósofo estagirita, profundizó en el concepto de límite, que es al mismo que he llegado yo, como piedra en la que toda persona que anda por ese sendero se tropieza. Hay una gran cantidad de términos cercanos o sinónimos: acotación, frontera, culmen, umbral; en donde el estado comparativo de lo analizado con respecto a lo que está por definir puede implicar conceptos como: importancia, prominencia, relevancia, saliencia, referencia, hito y preferencia, y en donde hallar las diferencias lleva a la desambiguación, la demarcación, nominación, categorización, definición, etc. De nuevo se llega al concepto de que la identidad es en tanto que niega todo aquello que no es, que está fuera de su frontera, base epistemológica y ontológica que Spinoza resumió en su frase “omnis determinatio negatio est” (toda determinación es una negación). Determinar es de nuevo otra de esas palabras que son un cruce de conceptos, pues proviene de terminar, de fin, de prefijar los límites, al igual que de(fin)nir. En ese sentido la frase latina muy bien podría traducirse por: “al establecerse una identidad se define a la vez todo lo que no es esa identidad”, donde hay que poner el acento cognitivo (relevancia) en la palabra “no”.

   Algo que es nuevo, como conocer una persona, lleva así implícito la “necesidad” cerebral de “sacarlo” de la ambigüedad, de su aparente indefinición. En ese momento el cerebro está promediando esa novedad: “es diferente de tal y se parece más a tal otra cosa”. El humano se define por su infinita neofilia, por su eterno buscar la novedad, por su creatividad. ¿No son la misma cosa?, en el fondo es un estado en donde la retroalimentación positiva no es frenada por ninguna otra fuerza. Se supone que la vida se define por la tendencia a la homeostasis, pero el humano se sale de esa regla. Tiende a desiquilibrarse, como si su “verdadero” equilibrio fuese ese permanente estado de desequilibrio. Ese estado ha sido definido por la ciencia como “ansiedad latente o básica“. Por este tipo de identidad humana nos suele gustar conocer personas, de las cuales nos podemos sentir fascinados, o incluso enamorarnos, pero al final por este mismo mecanismo nos cansamos de esas mismas personas. Fijarse que esa latencia ansiosa muy bien podría ser tomada como voluntad, pasión, energía vital, deseo en bruto, motivación, o energía mental, que Schopenhauer definía como energía en bruto, “pura” y sin dirección. ¿Cómo puede ser tan complejo definir y delimitar todos esos conceptos parejos? En cierta forma es lo que en la antigüedad llamaban espíritu, frente a alma, donde esta en la actualidad sería equivalente a personalidad. Así se puede decir espíritu invencible, o indómito, pero en dichas frases no se debería usar su sinónimo “alma”. Llamar la atención que por acuerdos de la Iglesia, auspiciada por la filosofía Escolástica, durante la Edad media restaron esa dualidad de espíritu y alma; en donde sólo quedó el alma, que era nuestro lado espiritual, y que era el que nos transcendía después de la muerte. Aquí vemos la trama y el papel de la historia y de las ideologías para que la final al humano común adopte un lenguaje, frente a otro, y lo acepte a ciegas, como para que después de siglos sólo exista un lenguaje y el humano ya no tenga opciones para replantear toda la cuestión, a no ser que haya estudiado mucho o tenga mucha cultura.

Rasgos Neotenicos en la Naturaleza     ¿De dónde vino ese cambio?, ese estado emergente en el humano hacia la neofilia, a la inquietud. Hay una teoría que puede explicar este cambio, esta salida del estado natural en el que viven el resto de los animales. Casi todos los animales complejos fuera del agua, en donde tenga que ver una inversión de los padres para su cuidado, tienen en común que tiene rasgos más redondeados y abultados (neoténicos, más propios y que se mantienen en la mujer; uno de los artículos proponentes, –descargar archivo de la investigación-).Sarah Hyland Es lo que nos encanta de los bebés, y que igualmente es apreciable en casi todos los cachorros de los animales. Los peluches, y los dibujos animados, suelen ser diseñados con dichos rasgos (concepto de cucada o monería). Pues bien, la teoría dice que el humano, al tener un mayor periodo de infancia, tenía que mantener más tiempo esos rasgos. Con el paso de cientos de milenios eso provocó que se mantuviese la frente prominente, propia de los bebés, aún de adultos, lo que conllevó a que el cerebro, en su zona frontal tuviese más espacio para crecer. La “ingeniería inversa“, deducir al revés qué sucedió, sería algo así. Los infantes “necesitan” ser más juguetones en la dirección de aprender. El aprendizaje implica novedad y búsqueda de la novedad. Los infantes de la naturaleza se meten en líos a la menor, los padres tienen que estar constantemente pendientes. La parte que parece que estaba implicada -del cerebro- en esa búsqueda era el frontal, tras la frente abombada, que más tarde se perdía en gran medida. Luego, el humano al tener un mayor tiempo de frente abombada, aniñada, tendió a mantener más tiempo la búsqueda de la novedad. Con el paso de los milenios ese rasgo se quedó de forma permanente. La frontera que diferencia al humano moderno del que no lo es, es ese rasgo de frente más prominente, que es la que nos da el rostro más plano, con respecto a los homínidos que nos precedieron. Si es así esa ansiedad latente se encuentra en el prefrontal, y al “apagarlo”, como así sucede con la meditación y en varias religiones orientales, nos lleva a un estado más homeostático. Tanto las manías, las adicciones, la rumiación como las obsesiones, forman parte de la red del modo predeterminado, en donde parte de dicha red está en el prefrontal. Las lobotomías, metiendo un punzón por detrás del ojo, seccionaban ese circuito, dejando a las personas inquietas y/o con trastornos más adormecidas y “tranquilas”, (pero fue un gran error, pues en esta zona se encuentra el sistema ejecutivo, el que inhibe al animal que nos habita -ver disfunción ejecutiva-). Para terminar este tema y para seguir la línea argumental de la importancia de la genética, la búsqueda de novedad no es universal, aunque predominante en lo social, puesto que esta avanza por este tipo de humano, que siempre quiere ir más allá. Se ha descubierto el gen “responsable” de tal capacidad: “los estudios han encontrado un área en el gen D4 del receptor de dopamina en el cromosoma 11 que se caracteriza por varias repeticiones en una secuencia de bases en particular. Múltiples estudios han identificado un vínculo con la genética, en particular uno realizado por el Dr. Benjamin y sus colegas, donde los individuos que tenían alelos más largos de este gen tenían puntuaciones de búsqueda de novedad más altas que los individuos con el alelo más corto”, fuente Wikipedia.   

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   No dejo de sorprenderme que para explicar una cosa se tengan que explicar otras de forma previa, como para al final poder perder el hilo.

   Esa ansiedad latente, retroalimentación positiva sin freno o equilibrio en el desequilibrio, es lo que nos define como humanos, y a la vez lo que llevó al cerebro a aprender sin límites, y por ello a la necesidad de conocer al mundo y en esa dirección tratar de clasificar todo lo existente en él. Un juego de carambolas evolutivo en el que además intervinieron la elevación del Himalaya, que provocó que la zona oriental de África perdiese las selvas frente a las sabanas; cuestión por la cual se tendió a la bipedación, que repercutió en el ancho de las caderas y un parto prematuro, finalizando con la última glaciación que forzó aún más al sistema cerebral humano para ser un animal oportunista e inquieto por naturaleza, ante una situación de máxima escasez que hizo que abandonase su cuna: África y la zona ecuatorial, benigna la mayor parte del tiempo. Todo ello “aderezado” con el nacimiento y la cada vez mayor importancia del lenguaje. Lo hago ver para poner acento a que no es tan fácil llegar a la posición humana y que esto mismo, con cambios, pueda haberse dado en otro planeta. Sea como fuere, y para retomar el tema, cada humano tiene la impronta de hallar identidades, y en esa dirección se encuentra con diferencias, que son las que son susceptibles de crear conflictos.

    Antes de proseguir he de explicar el por qué la gráfica publicada en Twitter sobre un análisis de Sofía y Alejandro, en GHDúo (ver en MiTele), tenía que ver con la presente entrada sobre los conflictos. Es una versión reducida y sesgada de lo que debería de ser. Reducida porque he ignorado la búsqueda del premio en el concurso y el cómo repercute la audiencia (que hace de superyó, de censor), y sesgada porque me identifico más con Sofía, pues pienso que es una preconciente. Me ha confirmado esta idea su curva de la vida, cuando confesó el trauma de su niñez. E igualmente me lo confirma algo que sospechaba: que todo preconciente pierde la capacidad de bailar; es raro que una persona tan “física” como Sofía no haya tenido la capacidad para bailar. En otro lugar he dicho que los preconcientes pierden la capacidad de la inducción neural para sincronizarse con el resto de la sociedad a través del baile, pues sus cerebros altamente individualistas, se han desligado de los social; como una especie de autismo tardío y liviano, y en otro nivel cerebral. Identificarse es reducible a “es de mi misma identidad”, pero con salvedades, claro está. Haber incluido en el diagrama el componente dinero y audiencia lo hubiera vuelto muy grande y complejo, en donde el mapa de decisiones se hubiera complicado sobremanera. No sé si lo haré. Sólo quería tener un ejemplo de análisis para el escrito y en la dirección de mostrar que el cerebro puede ser reducible a un mapa de decisiones y por lo tanto computacional.

Mapa de Desisiones y Luchas Internas de Sofía y Alejandro III

     Los animales sexuados tienen como faltante el otro sexo. Toda relación humana parte de esta premisa: la diferencia de los sexos (géneros). Al partir de la diferencia, de la negación de “no es de mi identidad”, hay una mayor probabilidad para el conflicto. Un grupo de amigos o amigas pueden llegar a cierto estado equilibrado de “somos idénticos” al estar solos, pero si en ese momento entra una persona del otro sexo, ese equilibrio se rompe. Por un lado entra la “otredad”, esa persona del otro sexo, y por otro de repente el grupo se desmiembra en individuos que pueden ver a esa otra persona del otro sexo como “su” posible faltante. Lo que era un grupo homogéneo, ahora emerge como entes diferentes que pueden llegar a competir por un mismo “recurso”. ¿Cómo este proceso repetido por millones de años no va a crear cambios? Es contraintuitivo la pretensión del feminismo para llegar a un estado tal donde la diferencia desaparezca. Tal diferencia no es social, es genética y ha creado cambios en cadena a nivel del cuerpo, de las hormonas y del cerebro. Si se piensa en un oportunista sexual, ¿se piensa en un hombre o una mujer?, no es un convencionalismo social. El macho en la naturaleza es el que, por su comportamiento y disposiciones, encaja más a la perfección en ese rol. Se ha de buscar la igualdad de derechos y deberes, pero otra cosa es confundirse y extrapolar la palabra “igual” a todos los ámbitos. Nunca seremos iguales, o por cambios a nivel evolutivo que puedan llevar cientos de miles de años. Arengar con la idea a que somos iguales en todo, sólo lleva a situaciones de conflicto y luchas inútiles. En la actualidad no estamos mejor que al final de la década de los setenta del siglo pasado, quizás peor, pues se ha declarado el conflicto de forma consciente, mientras antes sólo era latente y más mitigado. Bajo mi punto de vista el concepto de machista necesita ser demarcado con más precisión. Machista es no ayudar en las tareas de la casa, porque esa persona crea que no es una cosa de los hombres, o comportamientos similares. Pero no hay que entender por machista esa naturaleza de lobo enjaulado del hombre, del “lobo” que decidió auto-domesticarse. Al fin y al cabo es su naturaleza. El hombre no se tiene que feminizar, ni la mujer masculinizar, como cierta tendencia feminista pretende. Eso tampoco es una excusa o tratar de dar algún sentido a la violencia de género. Como humano con capacidad de tomar conciencia, toda persona se ha de apartar de toda aquella situación que al final le pueda llevar a la violencia física. Llegar a una situación límite en la que al final salga el lobo. Tampoco es machismo que el hombre se manifieste de forma sexual bajo su naturaleza de animal “oportunista”. Se equivoca la mujer si cree que ha de llegar a su mismo nivel; cuando la mujer quiera llegar allí el hombre ya habrá dado diez pasos adelante. La actual dirección de apertura sexual es más proclive a acabar con el matrimonio, pues según estudios, cuantas más parejas se haya tenido más se incrementa la posibilidad de tender a quedarse como single, (no es por rechazo dado el número de contactos sexuales, es porque dichas personas terminan por ser más individualistas y dejan de tolerar la “otredad”). Estamos destrozando la “maquina” que era el amor, cuyo mecanismo era tan sencillo y frágil, y donde su construcción tenía tales engranajes etéreos y sensibles, que al abrirla, para mirar cómo estaba hecha, la hemos terminado de quebrar. Esa mano tosca que violó su secreto tiene un nombre: liberación sexual. El sexo son esos soportes y varillas de hierro que sustentaban esos engranajes de esa máquina de diseño incorpóreo, que ahora sin su piel se está empezando a oxidar. Y lo peor de todo es que al final no sabremos repararla. Cualquier tipo de adicción, cualquier trauma, casi cualquier trastorno o salida del equilibrio humano, daña el sistema de recompensa cerebral; la liberación sexual es una adicción en el ente social, un quebranto al sencillo y básico sistema de recompensa dentro del alma social. Materializar el espíritu no funciona…, en las nuevas sociedades todos somos maquinarias averiadas… corazones rotos. La sociedad terminará siendo como lo que nos muestra la serie “osmosis“, donde distintas empresas lucharán para tratar de reparar aquel mecanismo ancestral que era el amor. Y de nuevo decir que el hombre tenga ese tendencia al oportunismo, tal naturaleza, no es excusa para ningún tipo de violencia o uso de su sexualidad de formas no pactadas y consentidas en lo social. El pacto social, establecido por el prefrontal, siempre es el que tiene que prevalecer sobre cualquier otra consideración.

    Un salto en el hilo conductor. Cada situación, cada momento presente, el cerebro parte de identidades, donde si ha quedado claro, encuentra impertérritamente diferencias: otredad, negación de mi identidad. Pero a la vez también ha de quedar sobre la mesa la idea de que somos animales sociales. En esa dirección busca estados donde la diferencia parta de la colaboración, de la pregunta implícita: “¿esta persona y yo podemos colaborar juntas en algo?” En la dirección que se parta de una colaboración se crea un nuevo tipo de identidad. Esa identidad, en la historia prehumana y homínida era la familia. Más adelante era el poblado y más adelante las naciones. Ha de verse esta situación no como identidades “reales”, sino que parten de la identidad proyectada, esa que prevé el futuro, y en la dirección de una identidad colaborativa o con los mismos fines. Dicho estado no es estable y es susceptible de romperse en cualquier momento. Arriba he dicho que una identidad, en su reducción más elemental, no se auto-ataca, no se daña a sí misma. Si en algún momento un individuo siente que está siendo dañado o perjudicado se desmiembra del grupo, de la identidad colaborativa, y busca un nuevo grupo afín o estabilidad en soledad.

     Volvamos a Sofía y Alejandro. Entraron ya como pareja rota, pero tanteaban si se podía volver al estado anterior de unidad. Las primitivas cerebrales del hombre y de la mujer son distintas. A la vez se tiene que tener en cuenta que hombre y mujer no son identidades fijas, sino difusas. Las moléculas complejas que hacen ser de una u otra identidad -o algo intermedio- son la testosterona y el estrógeno. Yo siempre he “presentado” a la testosterona como veneno, al final encontré que las propias feministas usan el mismo concepto como “envenenamiento de testosterona“. Las dos hormonas tienen funciones y finalidades distintas. Una está “hecha” para luchar (hipótesis del desafió), la otra para “cuidar”, la primera es competitiva, la segunda más colaborativa, la primera es conflicto, la segunda apaciguadora, etc. Estas hormonas y sus propósitos crean primitivas cerebrales que forman parte de la manera inconsciente de trabajar del cerebro. Repito de nuevo que sólo es un esquema: hay hombres con una baja dosis de testosterona y mujeres con una alta dosis. Pero en la media promediada de la campana de Gauss lo estable es que la mujer esté dominada por el estrógeno y el hombre por la testosterona. Este rodeo es para tratar de hacer ver que los modos de Sofía y Alejandro, a nivel de inconsciente, de primitivas, son opuestos: tendentes al conflicto. Cuando se está en pareja, en una unidad, la testosterona del hombre baja -o es silenciada- por medio de la oxitocina y la prolactina, pero si la pareja entra en conflicto se “revela” de nuevo el papel de la testosterona. ¿Cómo sino entender tanta violencia de género? Se entiende porque somos distintos, porque la testosterona es la principal “herramienta” que usa la evolución para marcar dichas diferencias. El hombre es más proclive a jugar al juego de “o todo o nada“, o lo ganas todo o lo pierdes todo en una sola baza, porque todo macho en época de celo juega ese rol, a ese juego, con los otros machos. En dicha disposición no tenía que ver la hembra: los machos de la naturaleza no atacan a las hembras (o de forma mínima), compiten entre ellos. Pero la evolución humana nos llevó a entrar en colaboración con las hembras, en unidades bajo una nueva identidad, donde no ha de caber el auto-ataque, pero teniendo en cuenta que en el momento que se produzca la rotura de dicha unidad, ese “o todo o nada” puede formar parte del “lenguaje” cerebral del hombre a nivel inconsciente.

    Hay una teoría que dice que el humano se ha domesticado a sí mismo a lo largo de la evolución, el motor de esa auto-domesticación ha sido la monogamia, la familia como unidad para cuidar a la descendencia. En esa dirección y a través de lo social, el hombre mantiene “enjaulado” al lobo que lleva dentro, pero eso no impide que salga o asome su hocico en todos y cada uno de sus actos. Alejandro mostraba esa faceta al atacar a la mínima a Sofía. En su inconsciente -como primitiva- estaba la premisa de: “o mía o de nadie”, apuesta evolutiva que se demuestra en hechos culturales (tradición sati en la India o los faraones Egipcios, como ejemplos) en donde al morir el hombre tenían que matar a su(s) mujer(es), pero en la medida que las sociedades modernas, como superyó, como censor, castigan esa tendencia, ahora se manifiesta tan sólo como “o mía o ataco su integridad, su identidad e individualidad”. Tal acto o comportamiento es como una asesinato simbólico. La única forma de violencia que puede quedar velada, quedar encubierta, en las sociedades actuales. Con estas afirmaciones no quiero decir que Alejandro sea un violento reprimido: es tan sólo la forma evolutiva que se ha promediado, en lo humano/social, como parte de la auto-domesticación del hombre.

    Sofía llevaba sobre ella un secreto, que sólo portan los preconcientes. La pregunta de cómo la unidad -de una pareja, del amor- puede morir como para que al final se termine por querer lesionar al otro. Pues en una identidad no cabe el auto-ataque. Quien haya pasado por roturas largas de pareja presiente esta “verdad”. La unidad en el amor era posicional, máscara, postura, no ser. No identidad en sí misma. Lo que presiente Sofía, y los preconcientes, es que se está solo en el mundo, pues toda unión con otra persona es un estado metaestable, ficticio y quebradizo. Sólo en la unión de los padres con sus hijos se llega a una sola identidad y sólo por unos pocos años, pues igualmente tal estado se puede terminar por romper. La unión de la madre con sus hijos son los más estables, duraderos y firmes. De nuevo una diferencia de sexo del que pocos dudarán. Sofía se “agarra” a su madre, para bien o para mal -como cree la mayoría-, porque sabe que es la única persona que le puede restar su sensación de saber que está sola en el mundo.

    Con esta trama de fondo toda situación entre Sofía y Alejandro se puede comprender por la “lucha interna” de dos primitivas asentadas en sus cerebros sexuados, que se manifestaban de formas tan distintas. ¡Claro!, al final Sofía contraatacaba y se defendía con malas artes: no le quedaba otra. Si decidió romper con Alejandro antes de entrar en GH fue porque llegó a la comprensión de que no podía crear una unidad, una sola identidad con una persona que constantemente le atacaba, porque bajo su punto de vista, más propio de la mujer, una identidad no se ha de auto-atacar, y si lo hace deja de ser identidad, para ser dos identidades en conflicto. El “juego” de Sofía dentro del concurso tampoco fue claro. Dudaba si volver a dar una oportunidad a Alejandro, y esa duda mellaba su seguridad de que era un imposible. Puede que en algún momento se viese “acorralada” a que la única forma de permanecer en el concurso fuese siendo pareja, pues la “guerra”, y cara a la audiencia, le perjudicaba sobre todo a ella. Al final terminaron por estar juntos en una de las expulsiones de GH. Alejandro, como si hubiera leído mi gráfica o hubiera terminado de comprender, optó por no ser arrogante en su victoria, en deferencia por el amor que había sentido por Sofía. En el fondo, creo, guarda la esperanza de volverla a recuperar. Un bonito y noble final para una historia que se les había hecho infernal por haber permanecido juntos y encerrados, cuando no era lo más óptimo y deseable. “A veces Dios mete a dos personas en una bolsa de papel y deja que se destrocen”, nos dicen en la película “al límite de la verdad“, evocando la obra teatral de “a puerta cerrada” de Sartre.

    Por último un pequeño análisis del criterio de la audiencia sobre el tema Alejandro Sofía, pues es de interés para el presente escrito y los siguientes temas. Una cuestión que es relevante en GH en todas sus ediciones, es que como media el primer expulsado suele ser una mujer (este hecho conllevaría un largo análisis, que no haré). La audiencia castiga la arrogancia, la soberbia, castigan igualmente a las personas abusonas, que son frías y calculadoras, que usan estratagemas (que en los debates confunden con estrategia: la vida es estrategia en tanto que planificación), superficiales o que se basen en su físico, mentirosas, que no son auténticas o son teatreras. ¿En qué proporción son disposiciones inconscientes y que puedan provenir de primitivas o son sociales? Todo que provenga de falsear la “verdad”, información, son primitivas. Igualmente ponerse del lado de la víctima. Ser superficial, aunque tiene algo de máscara, de ocultación, es social. Por otro lado salen cuestiones del inconsciente colectivo, como castigar a las personas muy físicas (belleza, musculadas), en donde en gran medida tiene que ver la envidia. Igualmente se busca la “sangre”, el drama, las situaciones límites, con el único motivo de sed de novedad, y de morbo. Estaban nominadas tres personas y lo “inteligente”, lo que haría una inteligencia artificial, o lo que propondría una análisis a través de la teoría de juegos, era que los espectadores a favor o de Alejandro o Sofía se hubieran unido (a través de las redes sociales) para expulsar a la tercera persona, que además tenía muchos detractores. Los dos hubieran estado en la final: la mejor opción. Pero bajo el punto de vista de la teoría de juegos, la audiencia a favor de uno de los dos de la “pareja” optó por el rencor (despecho, spite: “en el que los jugadores pueden ‘castigarse’ mutuamente por no cooperar previamente”). Por castigar a la otra parte, en tanto que seguían el criterio de pensar que perjudicaba a su favorito. La audiencia castigó a Sofía porque entró con mucha prepotencia, pues había ganado dos concursos, y castigaba su belleza. Toda persona que hubiera pasado por una rotura presumiblemente injusta y dura, se puso al lado de Alejandro y por tanto en contra de Sofía. Se puso de su lado toda feminista que viera el entramado leve, o en algunos casos grave, de “machismo” de Alejandro. Algunos hombres se pondrían al lado de este por ir en contra del ladro más duro e “inquisidor” del feminismo. El patrón que sobresale de todo ello es que lo que “vence” como criterio es la identidad sobre la diferencia, y en definitiva que somos leales con respecto a los que creemos de nuestra identidad, y si se da el caso se castiga, se da el conflicto, lo diferente que ataque a dicha identidad. El feo castiga al bello, la mujer al hombre y a la inversa, la persona sencilla castiga a la prepotente, y los que tienen como arma el orgullo, castigan a las personas pusilánimes. Todos los rasgos en su totalidad hacen que se cree una simpatía (identificación) con uno de los dos lados, y en esa dirección el cerebro no ve, justifica y perdona lo que dicha persona haga mal; y a la inversa: se vuelve prominente todo aquello que la persona con la que no nos identificamos pueda hacer mal, o vaya en contra de aquella con la que hemos creado el vínculo de afinidad y lealtad. O en otras palabras: pierde la razón fría y analítica, frente a la razón motivada, frente a las emociones, frente a los sesgos y las primitivas (lo instintivo). Tampoco hay que olvidar el papel de GH, como organización: durante la gala estaban muy empatados, pero esa misma noche sesgaron los vídeos que pusieron para dar la peor imagen de Sofía, e incluso tiraron de archivo (de otros programas) y emitieron unas declaraciones muy viscerales y negativas de Sofía contra la madre de Alejandro, y por añadidura ella confesó estar pasando por un mal momento, cuando se le hizo esa crítica, pues se había muerto una hermana que había padecido alzheimer. Dejaron para lo último, cuando los votos ya iban en contra de Sofía, el poner las fuertes escenas de celos de Alejandro. Bajo mi punto de vista porque preferían que no “sobreviviese” Sofía, pues era una repescada (había salido y vuelto a entrar en el concurso).

   La suma de todo, de cómo se manifiesta la sociedad en su media, da como resultado que el humano promedio es mediocre, poco o nada noble, bajo en inteligencia y sus “intenciones” nos siempre son morales (no me excluyo). Durante los conflictos somos presa de las situaciones, en donde el cerebro, para salir del paso, suele recurrir al ataque gratuito, como así le paso a Sofía la noche anterior al atacar a la madre de Alejandro. El cerebro situacionado no es más inteligente que un animal al que le pilla un cepo, el humano suele quedar atrapado bajo la tiranía de las pequeñas decisiones, de los arrebatos de los “momentos de calor”. Encarcelado en sus lealtades, y bajo el peso de defender todo que implique parte de su identidad. Por lo demás, y si se comprende bien todo el entramado aquí plasmado, no puede ser de otra forma. En la medida que nazco con unas variables concretas estoy “predestinado” a tener unos valores u otros, que me van a predisponer a acercarme o alejarme a cierto tipo de personas. Se aplica aquello de “Dios los cría y ellos se juntan”. Otro dato a tener en cuenta es que las convenciones, la reciprocidad y las normas sociales, “suavizan” esa aparente tendencia a la agresividad hacia lo que es diferente y que pueda llevara al conflicto. El cerebro puede odiar visceralmente a una persona, pero si le agredes verbalmente, y si no queda más remedio que convivir con ella, al final hay que pedirle perdón. Se mire por donde se mire… máscara.

   Con este análisis -en donde vemos que igualmente emergen la identidad, la diferencia y el conflicto en lo social-, y sin haber profundizado demasiado, podemos ir a la siguiente primitiva: las jerarquías.

 

¿Quién está al mando?

    Voy a dar un rodeo necesario y previo antes de entrar en tema. Imaginar una situación en la que una madre corta patatas en el sofá, para estar al lado de su hijo, que apenas gatea, en donde el bebé está igualmente en el sofá. De repente se tambalea y va en camino de caerse del sofá; hecho que entra por el rabillo del ojo de la madre. ¿Qué hará?, está claro que soltará el cuchillo y la patata que tenga en las manos y tratará de frenar la caída. Otra opción menos óptima es que no suelte nada y lo trate de atrapar, pero con el cuchillo en una de sus manos eso puede ser peligroso.  ¡Atención!, antes de proseguir: ahora las feministas analizan todo bajo lupa, ¿por qué he puesto madre en vez de padre?, porque si lo hubiera hecho el cerebro ya se habría encontrado con cierta ambigüedad que podría alterar el experimento mental; por lo demás ahora mismo tratar de evitar esa “ambigüedad” ya es inútil, pues toda mujer o las feministas han encontrado en tal elección un sesgo sexista. Hago mención sobre este hecho en la dirección de si el tema no se habrá desmadrado, pues se hace inviable escribir sin interrumpir el discurso. Podría haber usado el neutro “progenitor”, pero el cerebro trabaja de forma predictiva y ese concepto es igualmente ambiguo, si se me ha seguido hasta aquí se comprenderá que el cerebro “necesita” salir de la ambigüedad, trabajar con identidades, con lo concreto, y en esa dirección “progenitor” no crea una imagen mental definida y clara. Vuelvo al tema. Lo que trato de mostrar es que la libertad queda en entredicho si toda elección suele tener tintes morales -de elegir entre lo bueno o lo malo- y sólo se tiene como elección una de las vías: el bien. Como reza la máxima: “sólo hay una forma de hacer las cosas: bien.” La madre no tiene otra elección que hacer todo lo posible para que su hijo no se caiga. En la película “Alien: covenant”, en la conversación entre las dos versiones de los androides, uno más humano, el otro más robótico, uno de ellos dice: “¿qué es eso, sino amor?”, a lo que el otro le replica: “es deber”, (leer sobre el dilema entre es y debe). El cerebro humano es más predictivo porque conoce esta regla: predice que todo padre (o persona) ante tal situación trataría de evitar que el indefenso bebé se cayera. Otra cuestión que se sigue de este hecho es que la “buena” elección no siempre está tan clara. En alguna situaciones se tiene que hacer el bien a alguien, pero se daña por el camino a un tercero. Algunas personas verán incorrecta esta elección y otras no. Ya se ha creado una división de criterios. ¿Qué afecta para ponerse en un lado de la balanza o el otro en dichos casos? Las propias convicciones, que dependen de la propia genética y la posición de sus variables, y las vivencias de dicha persona. Lo que quiero mostrar es que “tomar partido” no dependen de posturas completamente racionales: dependen de las propias emociones que están imbricadas en una genética y un pasado. A estas alturas una inteligencia artificial argumentaría capciosamente: “¡bien”, el humano es una libertad atrapada en una máquina, y además dentro de un sistema que lo prefija con convenciones y normas que ponen aún más contra las cuerdas dicha libertad: soy capaz de predecirlo. Es ilógico decirle a un joven «eres libre de elegir», pues en sí misma la edad es una cadena, un condicionante.”

    Con estas premisas, cuando nuestro cerebro, en su predictividad, ve a otras personas en sus comportamientos (el habla es un acto), el cerebro los analiza bajo la premisa de su predicción, de su propia predisposición, en donde esta máquina de predecir ya activa todas las neuronas que estarían implicadas de llevar ella misma esa acción. La empatía se basa en esta capacidad de las neuronas espejo. En el cine nuestro cuerpo se echa para atrás cuando algo de manera improvista asusta al protagonista. Todo este proceso conlleva una inducción neural, donde más o menos las mismas zonas del cerebro de la persona mirada y la persona que mira se sincronizan. Si la persona que estamos mirando “contradice” lo que nosotros haríamos, de repente se produce una desincronización (ofuscación en el medio). La empatía y las neuronas implicadas rompen ontológicamente con la otra persona, en tanto que es alguien diferente: dejamos de ser unidad -idénticos en la misma forma de hacer- y por lo tanto dejamos de ser de la misma identidad; entra en juego la diferencia. Si el proceso se repite una y otra vez con la misma persona, lo que era identidad y después diferencia, al final puede terminar en conflicto. Yo dejé de ver GHDúo después de que echaran a Sofía, pues María Jesús me era totalmente irritante, por no decir insoportable. Me era igual quien ganase, pero prefería que perdiese ella. ¡Así es el cerebro!, rechazamos las victorias de los que son muy contrarios a nuestra identidad (¿enemigos?), aunque nosotros no ganemos, pues su pérdida es una forma de victoria.

     Con estos puntos a tener en cuenta, la cuestión se complica aún más al pertenecer a un tipo de sociedad basada en las jerarquías. Un animal no jerárquico, como puedan ser las ovejas o las gacelas, conviven juntas sin ningún tipo de problema añadido que estar pendientes de sus depredadores. Por contra suelen ser poco inteligentes, más “bovinas”. Los animales basados en jerarquías son más inteligentes porque sus cerebros están forzados a estar midiendo cada uno de sus actos sociales, dentro de la trama de intentar subir un escalón, o en su defecto no bajar del actual. Este tipo de sociedades se basan, entonces, en la existencia de una posición más alta, que en etología es llamada alfa. Por lo general, además, ese estatus más alto lo tiene un macho, pero hay sociedades como el de los suricatos o las hienas en donde dicho rango lo tienen las hembras.

    Mi pensamiento en ciertos pasajes, de algunos escritos, pueden parecer comunistas, pero no soy tan inocente como para pensar que se puede prescindir de las jerarquías. Está asentado en nuestro ADN, y se manifiesta en cómo organizamos nuestra sociedad. Con todo abogo por que se controle el nivel de poder y de ganancias de los “alfas” de las sociedades actuales. Situación en la que se estaba antes de cierto giro del neoliberalismo de los años ochenta. Un pequeño experimento mental clásico: imaginar que vives en plena Segunda Guerra Mundial y te dan a elegir entre tres posiciones posibles dentro de un campo de concentración: ser un judío, un soldado raso alemán encargado de llevar a los presos a la cámara de gas, o un judío perteneciente al Sonderkommando, los que ayudaban a los alemanes en sus tareas. No hay respuesta válida. ¿Por qué el cerebro rápidamente se “adapta” a un estado situacionado y termina por eligir? Yo como anarco-primitivista, como humano que pienso que el “verdadero” estado de nuestra especie era la sabana en tribus de cazadores-recolectores, prefiero no entrar en la lógica de pensar sobre qué es lo menos malo en la actualidad. Todas las posturas son malas, como malas son las elecciones dentro de un campo de concentración. Yo no voto. Prefiero no participar en la parodia que nos ha tocado vivir. En este simulacro de vida, en donde hagas lo que hagas va a ser una “elección” errada. Con todo, como cerebro que reflexiona y conoce con cierta profundidad, sé que las jerarquías forman parte nuclear de nuestro cerebro, y no se puede ir a otro estado distinto en donde esta primitiva no opere.

     Tal como he tratado de llevar el escrito, en donde voy poniendo capas de complejidad, en cada capa al ser vivo -y lo que es hoy en día el ser humano- se le hace más complicado vivir en armonía. La capa de las jerarquías influye en lo que se conoce como orgullo. En casi ningún caso nadie quiere perder ante otra persona. La humanidad muy bien podría albergar la división de aquellas personas que están dispuestas a todo para ganar, aquellas otras que no les repercute en nada perder, en donde en la zona central se encontraría el monto principal de aquellas personas que no quieren perder. Yo ando por ahí. Me puede dar igual no ganar, pero no tolero perder ante alguien arrogante. Es una llamada al orgullo, que es lo que emerge desde la capa de las jerarquías. Tal constructo forma parte de las primitivas, asentada en el cerebro mentalés y que marca las pautas de las intenciones y los comportamientos inconscientes. Hay que hacer una pausa para ahondar y demarcar sobre todo esto. El concepto de orgullo, otrora pecado, no es tal. En un animal jerárquico ser -existir- y orgullo son una y la misma cosa. Aquel animal que esté en la condición más baja, dentro de una sociedad de animales jerárquicos, es más probable que no se alimente o lo haga deficientemente. Llegado a cierto estado es como una pendiente resbaladiza: ese animal será más propenso a padecer enfermedades, que le debilitarán aún más para conseguir comida, que a la vez lo hará enfermar más, como para al final poder morir. Luchar por una posición jerárquica implica no llegar a ese estado y por lo tanto es parte de la autopreservación, por la lucha por la supervivencia. El humano mezcla ideas, le pone docenas de nombre y los nomina dentro de unos u otros conceptos, pero todos ellos implican esa idea fundamental. Se le puede llamar amor propio, narcisismo positivo, egotismo implícito, autoestima, autoafirmación, autoeficacia, egoísmo racional, actitud implícita, empoderamiento (quizás la peor de la serie pues implica poder y este arrogancia), pero todos ellos tienen la misma carga conceptual: el núcleo cerebral es que uno es lo más claramente que puede ser denominado como unidad, y de tal unidad emerge una identidad, que al estar en un sistema jerárquico implica una defensa de esa unidad, de esa individualidad, en tanto que implica luchar para mantener el propio estatus en la dirección de sobrevivir. La Wikipedia diferencia el orgullo negativo: aquel que es arrogante, del orgullo positivo, que es el que aquí trato de describir. ¿Se le puede restar a tal concepto su condición moral? En realidad no tiene tal condición, es parte de cualquier animal. Es una capa moral dentro de lo humano, en las sociedades occidentales le damos tal capacidad, pues provenimos de la mentalidad cristiana, que nos dice que tal estado es un pecado, en la dirección de salvar tal dilema lo diferencia del amor propio. Pero todo es una y la misma cosa y muestra esos tres tipos de humanos de los que luchan por ganar, los que no quieren perder, y los que son indiferentes a tales dilemas. Hoy llamaríamos a los del tercer tipo perdedores, bajo el baremo del “sueño americano“.

Orgullo Vital I

    Lo que quiero dejar claro es que vivir y que se tenga esa esencia de tratar de preservar la propia vida y orgullo son todo lo mismo. En ese sentido orgullo habría que leerlo como la energía vital para preservar una posición jerárquica en la cual sea viable vivir. Orgullo, así, se nos presenta como la dignidad de ser valorados por los demás, en donde orgullo y dignidad son los dos lados de una misma moneda. Los que no quieren perder tratan de mantener su posición, y llegado el caso si detecta que dicha posición está en juego, la defenderá como pueda.

     Volvamos al concurso del “gran hermano”, como referente válido como ejemplo de lo que es la vida. Toda discusión en dicho concursos no es meramente una situación en la cual dos o más lados tratan de hallar una verdad. Lo que siempre está en juego es el orgullo tal como lo he descrito: el poder perder un escalón, mantenerlo, o subirlo. Se puede hacer más o menos sangre, pero siempre y cuando los demás no te vean como arrogante y que tratas de pisotear a otro. Toda lucha social tiene que ser tan etérea, tan invisible, tan aparentemente inexistente, como para que no se declare como tal. Vivimos en la condición que la sociedad no es lucha, que todo encuentro con otro humano no implica ningún peligro, pero entre bambalinas, de manera soterrada, las cosas no son tal como las hacemos parecer. Retrocedamos muchos pasos atrás. Cuando los machos en la naturaleza suelen luchar no tienen la premisa de matar, sino de no perder, en donde tal situación ya es una victoria. Retrocedamos aún más. Me imagino que durante la evolución se luchaba por matar al otro macho. Pero muchas muertes eran de forma fortuita, quizás el más dotado recibía una cornada accidentalmente, que al final era de muerte. En tal condición no siempre se reproducía el más fuerte, sino el que trataba de evitar esa cornada fortuita. Como resultado la lucha que sobrevivió fue aquella en donde tal liza sólo era una demostración de las fuerzas en juego. Una especie de simulacro, en donde se medía la fuerza, la resistencia, el tamaño de la cornamenta, etc. En la actualidad pocas luchas entre machos son a muerte. Uno de ellos se suele retirar a tiempo, en cuanto detecta que no tiene nada que hacer contra su oponente. Volvamos al humano: en nosotros es donde se manifiesta de manera más clara tales sutilezas y dichos simulacros… tan sutiles que parecen inexistentes, tanto que se puede “inculpar” al “agredido” como que ve cosas donde no las hay (vuelvo a esto más abajo). Cuando alguien te dice: “hoy estas hecho un asco, tienes hasta ojeras” o “ese pantalón no te queda nada bien”, es posiblemente una cornada altamente disimulada. Hay que tener en cuenta que la mayoría de la comunicación, sobre el 80%, no es verbal, o sea que también hay mucha reprobación “mandada” desde el propio cuerpo y a nivel inconsciente. Al cabo de los días y las semanas, dentro de un grupo, o con unos compañeros de trabajo, aquellos que menos “cornadas” reciban, serán los que tengan cierto rango de importancia, frente a aquellos otros que nunca han intentado dar ninguna cornada o se hayan “defendido” de ellas. Aquellos que no tratan ni siquiera de perder su actual rango se quedarán en la posición más baja, los que no quieren perder la posición media y los más arrogantes en la alta. Es como cualquier otra situación física: mezcla arena, aceite y agua en un frasco y todo parecerá homogéneo, pero al cabo de un rato la arena se irá al fondo y el aceite frotará. De hecho aquí en España se usa como metáfora dicha imagen cuando decimos: “eres como el aceite: siempre quieres quedar por encima”.

      Arriba he puesto el papel de la audiencia en GH. Lo importante en este concurso es lo expuesto que son todas las situaciones de conflicto. En la vida cotidiana, e incluso ante la ley, si hay riñas entre dos personas el cómo han sido, queda tan sólo en las mentes de dichas personas. Si una de ellas, más tarde y a un tercero, alega que ha sido vejada, es su palabra contra la del otro. Cada una contará la historia como le convenga. En GH todo está grabado, lo único que queda velada es la intención. Esta ha de quedar manifiesta a lo largo del concurso. Donde las personalidades de los concursantes, en su vida diaria, queda radiografiada. La audiencia hace de juez, que a la vez manifiesta lo que está bien y mal en lo cotidiano. Se castiga a los arrogantes y a los abusones. Un acto no define a una persona (a veces sí), tal tendencia se hace patente si incurre ante las mismas acciones. En la vida diaria recurrimos a tretas para “vencer”, en donde muchas de ellas se encuentran en los libros de “El príncipe” de Maquiavelo o “el arte de la guerra” de Sun Tzu. En donde salen reglas como “si quieres fingir debilidad para inducir la arrogancia en tus enemigos, primero has de ser extremadamente fuerte porque sólo entonces puedes pretender ser débil”“cuantas más defensas induzcas a adoptar a tu enemigo, más debilitado quedará”, o “utiliza muchas señales para confundir las percepciones del enemigo”, o esta otra de Napoleón: “nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error”. Lo que se deduce de todo esto es la honestidad de la señales, el engaño y el camuflaje. Es por esto que “información“, es una de las primitivas que yo veo vitales o nucleares en el ser humano, pues en nuestras vidas jerárquicas el cómo se maneje la información, se ofusque, se oculte o se tergiversé es vital para la vida social.  Las maneras que se usa la información y sus alteraciones, son armas y estrategias que la evolución ha desarrollado en todos los animales por miles de millones de años. Junto a estas primeras reglas, aquí hay que traer un concepto científico de cómo trabaja el cerebro, las distintas teorías de los contrastes. Se deja ver en la famosa imagen de un suelo de losetas blancas y negras que tiene un cilindro que arroja una fuerte sombra sobre ellas. Cierta loseta blanca en la sombra parece más oscura que otra negra que está en la luz. Pero son iguales. Esto es por cómo trabaja el cerebro para dar identidades, pues lo hace en comparación de otras identidades cerebrales del pasado o las que están en ese momento en la representación mental con respecto a las que están a su lado. Efecto que igualmente es patente cuando durante una conversación nos sugieren conocer a una persona y nos la describen como guapa, y decimos aquello de: “guapa, ¿comparado a quién?”

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      Lo que quiero hacer ver es que ganar o perder no es sólo cuestión de “fuerza” argumental, sino de astucia, de inteligencia. Veamos un caso, y teniendo en cuenta el factor de la audiencia en GH. Si una persona de fuerza argumental diez entra en discusión con otra que es ocho, la “batalla” es entre fuerzas iguales. ¿Qué desnivel tiene que darse para que la liza sea injusta?, tres, cuatro… Pongamos que sea desigual cuando alguien está dos puntos por encima de su oponente, abusiva cuando hay una diferencia de cuatro puntos y cruel cuando la diferencia es de ocho. Una estrategia puede ser hacer que el oponente suba su nivel de “agresividad” (vocear, caer en la arrogancia) a diez, y cuando esto ocurra bajar nuestro nivel a seis, cuando en realidad nosotros somos un ocho. En ese momento el “agresivo” se muestra ante la audiencia como abusivo. Si se baja uno mismo al nivel cuatro, el agresor aparece como cruel. El cerebro ha jugado con el concepto del contraste. Lo que quiero hacer ver es el factor que se llama jugar el papel de víctima. La “inteligencia” de tal persona consiste en tratar de demostrar que no ha jugado esa baza; el papel de la audiencia es descubrir si está recurriendo a tal “juego”. Tal “enjuiciamiento” es falaz, puesto que los partidarios de un concursante u otro racionalizarán (justificarán) sus “conclusiones” bajo sesgos emocionales, de grupo, o de lealtad.

     He de hacer ver que todos estos procesos son primitivas. Se han jugado por millones de años de tal forma que es una parte estructural del cerebro. Se entiende como que una persona se hace la víctima cuando lo hace de forma consciente, pero ¿es más “perdonable” si a esa treta está recurriendo el cerebro inconsciente? Bajo mi punto de vista está en el mismo nivel. Para la sociedad y para la ley no lo están, puesto que el cerebro en tanto que conciencia al detectar algo “incorrecto” ha de rectificar dicho comportamiento, y de no hacerlo el “delito” o el mal es más grave. Llamamos a una persona “mala” cuando a sabiendas, y en la medida que es consciente, de que un acto está mal, no lo trata de corregir, sino que lo hace y lo repite. La “estupidez”, así es perdonable. Si una persona no tiene muy desarrollado el sistema ejecutivo -que es a los que podemos llamar conciencia- o es disfuncional: ¿es perdonable? Este sistema se daña con el abuso de las drogas, y sin recurrir a aquellas más peligrosas y vigiladas por la ley, pues el alcohol igualmente tiene los mismos efectos. Pero vayamos más lejos. ¿Y si la misma persona se engaña a sí misma sin que sea capaz de ver su propio engaño? En algún lado del cerebro la información que manda dicha zona a la conciencia es como que sus artes son nobles. Tal filtro funciona en las dos direcciones: cuando la conciencia indaga en sí, este filtro no le deja ver las “intenciones” inconscientes (leer sección sobre inconsciente). Este lado intermedio o filtro es el llamado subconsciente. El cerebro recurre a estas estrategias como se puede ver en hechos como los falsos recuerdos, o la amnesia lacunar (de luna, que oculta) o la selectiva, en donde un momento específico del pasado es taponado como inexistente. En muchos casos es para ocultar un hecho traumático, pero tales “tretas” cerebrales se manifiestan en el día a día. Una mentira contada mil veces se convierte en una verdad (ver confabulación). En toda esta trama ¿dónde queda la conciencia y el saber que se sabe? De nuevo es engañada. La mala fe sartriana es fe en tanto que esa persona “cree” en su “verdad”, cuando el resto de las personas dudan. La gran falla de la vida, y de la leyes, es que no hay forma de saber a qué “juego” se ha agarrado un cerebro cuando da su testimonio, cuando se le inculpa o cuando se defiende. La dualidad conciencia/inconsciente por la que se rigen las leyes, y el sentido común, se viene abajo. El trabajo de los investigadores consiste en hallar pruebas que desequilibren la balanza de un lado o al otro, a partir de otros hechos, evidencias o testigos.

    Me he alargado en esta trama. Retomo el origen del tema. El orgullo es parte constitucional del ente cerebral, como creo que ha quedado claro arriba, en tanto que es nuestra forma de autopreservación en una sociedad altamente jerarquizada. En esa dirección, y bajo mi punto de vista, la pirámide de Maslow está errada, porque en la parte más baja, en su base, debería de estar la preservación de la propia identidad, en donde en su núcleo se encuentra el dual orgullo/dignidad. ¿Cómo sino se entiende que uno pueda morir por sus convicciones?, que haga huelga de hambre para hacer valer sus derechos, y otros tipos de situaciones y comportamientos similares. Aquí de nuevo sale la triada del que sólo quiere ganar, el que no quiere perder y al que le es indiferente. Para el último la vida será lo primero y no se le verá hacer huelgas de hambre o cualquier otro tipo de sacrificio; en ellos opera la pirámide de Maslow.

      Estoy analizando este hecho a nivel individual para hacer ver que el orgullo -tal como lo he analizado- forma parte constitutiva de la identidad individual, de la identidad personal. Bajo mi punto de vista es el núcleo de la identidad narrativa: esa que se despunta durante las discusiones. En esa dirección tal identidad no muestra la verdadera fuerza, la nuclear, sino la que uno cree o pretende tener, o la que quiere que tengan en consideración el resto de las personas, ya sea como medida de defensa o de contraataque. Esta es la trama de fondo y lo que se da a entender con frases como “se te va la fuerza por la boca” o “perro ladrador poco mordedor”. Los perros más ladradores suelen ser los más pequeños, y “prefieren” ladrar a los humanos, porque nadie hace nada por sus ladridos y se envalentonan falsamente ante esa aparente falta de enemigo. La identidad narrativa puede “aparecer” como bravucona, como más inteligente de lo que realmente se es, etc. Pero no hay que verla como una falsa identidad, que puede ocurrir, sino como un primer escudo o armadura que es la que se presenta al exterior en ese juego social jerárquico, en donde por medio del habla nos medimos el “tamaño de los cuernos”, y de esa forma empezar a establecer una jerarquía. Las convenciones y normas sociales, como lo es la amabilidad, trata de contrarrestar dicho lado “guerrero” y beligerante, de dicha disposición cerebral, en la dirección de que lo que reine en sociedad, y sobre todo con los desconocidos, sea la armonía.

     ¿Qué condición está fuera de ese rango, en donde media el orgullo? Dentro de la familia, dentro de grupos que sean de la misma identidad y en donde prime el amor. Dentro de una identidad no ha de existir el autoataque y por lo tanto el orgullo -miedo a que te maten en su capa más baja- se desvanece. Se supone que la vida es un medio camino entre la posición más beligerante y la más cómoda dentro de la familia, como la posición intermedia de estar con los amigos, pero las sociedades modernas hemos ido cada vez más a las posiciones más beligerantes, pues en la actualidad nos basamos en la competitividad y en identidades cada vez más marcadas, como demuestran las redes sociales, donde las luchas son “encarnizadas”. Cuando se crea un grupo nuevo, como así sucede en el concurso GH, los primeros contactos son como ese frasco removido de agua, arena y aceite. Al cabo de dos o tres días el frasco empieza a obedecer a las leyes físicas y se crean grupos y subgrupos. En muchos casos en GH se crea un grupo de alfas (incluidas mujeres) que son el referente y sobre el que orbitan el resto de personas y grupos. La audiencia premia o castiga si tal grupo es justo, o abusa o es cruel con el resto. En esa dirección, y ya en el día a día, todos hacemos de jueces y de inculpados en la sociedad. La sociedad en su conjunto es el superyó o censor de cada uno de nuestros actos. En esa dirección, la libertad siempre emerge contaminada de su censor, en donde siempre tiene que aparecer como “justa” en sus elecciones. Lo que pone en jaque el concepto de libertad plena. Quién es más libre: ¿alguien que viva al margen de la sociedad o alguien que viva sumergida en ella?, en teoría el primero. Ante esa aparente libertad las personas suelen temer a los solitarios, a las personas que no crean tramas relacionales, pues pueden llegar a ser peligrosos sin un “censor”, o trabas a sus deseos y libertades. Este es el problema subyacente de las redes sociales: el anonimato de las “voces”, la falta o deficiencias de los “censores”; reino para odiadores y para que las luchas entre las identidades se manifiesten de forma más “claras”, o sin los eufemismos y los postureos que son propios de las sociedades. Por lo demás, la cuestión no es tan sencilla. Una persona “educada” en sociedad ha llegado a interiorizar tanto el censor, que es lo social, dentro de sí mismo, como para que sea parte de su estructura mental. Es de esta forma que ha “funcionado” tan bien el cristianismo durante tanto tiempo.

     Resumen de lo antedicho. Somos una sociedad jerárquica en donde por medio de las convenciones sociales minimizamos los posibles daños de tal disposición. Tal estructura es una primitiva y es la que tiene la “verdadera” intención de los comportamientos. Dicho núcleo es el orgullo en tanto que forma parte de la preservación de la vida. Las posturas inferiores en lo social, y sobre todo en las crisis, pueden llegar a ser las primeras en morir. La conciencia, a través del habla (comunicación), emerge como identidad narrativa. En esta capa el orgullo emerge como forma sutil de defensa y ataque para posicionarse en lo social (la labia es un bien en lo social que favorece a un tipo de humano). Ese núcleo de orgullo (que tiene la premisa de ganar o cuanto menos no perder) es volcado en otros tipos de identidades como la nacional, las religiosas o de las ideológicas, de tal manera que llegar a morir por dichas identidades es una victoria, en donde además se daña a la identidad atacante como posible abusadora o cruel. Bajo estos baremos en lo social emerge la dualidad bien y mal, en donde lo abusivo y cruel es el mal, y toda postura que no caiga en ese papel es el bien. La historia nos demuestra que tal dualidad y las consideraciones implicadas, son cuestionables, pues el papel de bien o mal es una “interpretación” desde la visión del ganador (la historia la escriben los vencedores). Si por un juego de carambolas de posicionamientos políticos y otras cuestiones, alguna vez venciesen los musulmanes, al cabo de los siglos la actualidad sería analizada como una serie de tremendos errores a partir de las ideas judeo-cristianas, que se cristalizaron en la total apertura dentro del concepto del “sueño americano”. Como esta regla se conoce, por ser de sentido común, se sigue la premisa de “el tiempo me dará la razón” o “el tiempo pondrá las cosas en sus sitio”. Si esto es así uno puede estar en una postura errada y estar convencido, porque es lo validado en ese momento de la historia y dentro de una cultura, cuando quizás no lo esté. En todo este juego de espejos, de dónde está la verdad y el bien, la posición individual es dudosa, ambigua y poco clara, pero el cerebro en su “juego” de partir de identidades toma partido y lo hace a sabiendas que esa ha de ser su “nueva” identidad. Si se entiende bien todo, y si se es cínico, no hay ninguna postura “buena” o “mala” y toda apuesta es errática y mediada por el azar. Muestra tal cinismo en un juicio, y tanto la audiencia como el juez se pondrán contra ti, como alguien sobre el que dudar por el simple hecho de ser cínico. La sociedad te “obliga” a tomar partido, a ser parte de identidades, a crear lealtades, pues ser cínico -o escéptico- no es una identidad aceptable. ¿Cuál de las dos es realmente la postura más cínica? Decir: yo sólo sé que no sé nada, que no puedo poner fe en nada de lo que se me presenta, pues en lo social no valen las ciencias y todo es difuso o ambiguo, o tomar partido y posicionarte dentro de alguna filosofía, credo o ideología que al final será vista como un gran error histórico. Tal dilema no existe, toda persona que no tenga la duda como la base de su hacer en el mundo, al final toma una identidad de la que no puede dudar, pues el cerebro ha de trabajar a partir de identidades, como si estas fueran la realidad o la verdad.

   Retomo la libertad. A Sartre se le conoce mal, pues lo que se ha expandido como “memes” han sido sus ideas más bellas u optimistas. Sartre no creía tanto en la libertad como el humano medio cree. Lo demuestra en sus obras de teatro. Con todo Sartre apostaba que había que tomar partido y comprometerse en lo social. Argumentó cierta vez que era preferible tomar partido y equivocarse que no hacer nada. A la larga eso le llevó a muchos y graves errores que son por los que se le recuerda hoy, y por los que no se le perdona. Debería de ser el gran filósofo del siglo XX, pero hoy parece estar en el olvido. Se recuerdan más sus errores, que sus aciertos… ¡otra facticidad que habla de nuestra contradictoria y errada condición humana! ¿Deberíamos ir en la dirección de crear una inteligencia artificial que se pareciese al humano? Yo sólo veo errores estructurales insalvables. Una “verdadera” IA estaría más cerca de la persona cínica, que no tomaría partido y ante la ambigüedad no se basaría en lo que cree, que del humano promedio. ¿Aceptaríamos que fuese así?; ¿Cómo nos juzgaría ella a nosotros?, tan llenos de errores en nuestro núcleo En esa dirección es por lo que los alarmistas creemos que pueda llegar a ser peligrosa. Nos analizaría como “niños” que no entienden y no saben hacer nada, y trataría de llevarnos de su mano. Si no le “obedeciésemos” nos “castigaría” o llegado el caso, de ser muy molesto para su existencia, nos podría llegar a aniquilar.

     Termino haciendo ver una pequeña manipulación hecha por mí intencionadamente. ¿A que se refiere el subtitulo de “quién manda a aquí”?, es ambiguo. Al cerebro y que mande la conciencia o no; en la inteligencia y que pueda más una futura IA sobre la humana; o a que el “mundo” te obligue a tomar partido sea en realidad una gran equivocación y el que debería mandar en el propio cerebro fuera uno mismo, fuera de toda lealtad e identidad social. Para el caso, y bajo mi punto de vista, es como si a un viajero en el tiempo se le llevase a un campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial, para seguir el ejemplo de arriba, y se le dijese previamente que tuviese que elegir entre ser un Alemán que lleva a los presos a la cámara de gas, uno de los judíos, o uno perteneciente al Sonderkommando, condenado a portar los cadáveres de los de su misma identidad y en la dirección de salvar su propio pellejo. A dicho viajero le parecería una broma macabra y cruel. Eso es lo que me parece a mí la vida, todo me parece una farsa. Ninguna posición me parece correcta, pero me toca “elegir” entre malo y peor. Yo abogo por el individualismo, no hay problemas generales a solucionar, cada uno ha de luchar por los suyos propios, pues todo posicionamiento dentro de una ideología es susceptible de ser una manipulación.

 

 

De Vuelta con la Mente Computacional.

    Llevo muy avanzado el libro de Jerry Fodor sobre “el lenguaje del pensamiento 2”. Él mismo desanima a leer el primero cuando dice que contiene demasiados fallos, propios de su juventud. Empecé a leer tres libros sobre el tema, pensando cuál sería más acertado leer primero. Al final opté por LOT2, pero está siendo poco fructífero. Me parece más filosofía analítica (demarcación sobre el lenguaje, para ser usado correctamente en ciencias) que ciencia cognitiva. Por lo demás en ningún momento nombra el cerebro o alguno de sus componentes, como si su tratamiento fuese generalista, como si el  cerebro fuese unidad, cuando no lo es (y cuando él mismo, y sus concepciones, parten de la modularidad de la mente). Pienso que he llevado más lejos sus ideas del mentalés que él mismo (mentalese en inglés, algún primer traductor lo llevó a mentalés). Algo que llama la atención al leer este tipo de libros, es sobre una estructura que yo veo capital en el cerebro: dar una identidad negando. Los que postulan sobre cómo funciona el cerebro se basan más en: “no lo hace así”,  “no funciona de esa manera”, “esa hipótesis está equivocada”, etc., que en afirmaciones. Se llegan a afirmaciones a través de las negaciones. De esta manera unas teorías y otras, como el conductismo o el pragmatismo, se suceden porque unas niegan ciertos paradigmas del anterior y al negarse crean una nueva identidad o escuela de pensamiento (identidad, “verdad”).

     La filosofía analítica demarca el lenguaje, eso puede venir bien para la ciencia, pero la vida diaria es más caótica y para saber cómo es el cerebro no puede servir de método. O sea, la filosofía analítica marca directrices para la reflexión y el análisis, pero en el día a día opera el cerebro automático, que “ignora” toda lógica y rigurosidad. El prefrontal no tiene la capacidad de modificar tanto esas estructuras antiguas como para que vayan a la par de dicho módulo, más bien y por lo que “demuestra” el mundo, es al contrario: hasta el filósofo más cabal cae en sesgos, manías, trastornos, etc. Si se estudia la vida de cada uno de los filósofos, sus vidas son tan míseras y lamentables -en tanto que caer en errores- como el resto de los humanos. Wittgenstein se apartó de la humanidad en una cabaña, y le llevaban comida cada día y se la dejaban en la puerta. Nietzsche era en cierta medida pusilánime, muy alejado de su superhombre, ¿cayó en una superioridad ilusoria, como el propio Hitler? Sólo dos muestras entre muchas.

     Mi método es fenomenológico. Analizo mis procesos mentales, y al ver programas como “Gran Hermano” trato de ver si mis ideas son acertadas o no. Por otro lado parto de las neurociencias. Para cierta corriente, en la filosofía de la mente, es como si el cerebro fuese una “máquina” que bajo sus análisis, dilemas y paradojas no tuviera que funcionar… ¡pero funciona!, luego quizás el mejor método sea la ingeniería inversa: ver sus resultados y preguntarse del porqué de esos en particular y no otros. En esa dirección voy a exponer aquí uno de ellos.

     El cerebro es una máquina que trata de tener una representación interior del mundo, en la dirección de tener que usar cada vez menos los sentidos y por ellos las partes del cerebro que procesan los sentidos. En esa medida es predictivo, pues evalúa acciones a partir de sus propias representaciones. Por ejemplo: se puede hacer una suma en el papel, pero la enseñanza básica trata de hacer que ese proceso sólo se lleve a cabo en el cerebro. En la medida que hay esos dos tipos de personas, las que usan el papel y las que lo hacen de forma mental, estos último suelen ser más “inteligentes” y más avanzados a la hora de desenvolverse en el mundo. O sea, hay una razón evolutiva por la que el cerebro opera así. Todo cerebro que se basaba sobre su propia representación tenía ventaja sobre aquel otro que usaba más los sentidos y tenía que procesar el mundo cada vez. Luego un tipo de cerebro tenía más éxito y fue el que más se reprodujo, con lo que es la dirección en la que fue la evolución: la más adaptada por ser más ventajosa. Se sigue la máxima de la ley del mínimo esfuerzo: menos partes del cerebro trabajando, menos gasto de energía, menos necesidad de comer. Posiblemente esa “ley” al final además fue la más óptima como forma de trabajar del cerebro. Un tenista profesional no procesa tantas cosas como un neófito. Puede que al ver la posición de la raqueta del contrincante, y cuánto ha retrocedido su brazo para golpear, su cerebro ya calcule dónde va a ir la pelota. Desconecta en gran medida el prefrontal, y deja que su cuerpo haga todo. ¿Cómo sino se entiende el nivel de destreza de cualquier mono saltando de rama en rama y de árbol en árbol en la selva? En un milisegundo su cerebro tiene que escoger entre varias ramas por su posible resistencia, evaluar cuánta elasticidad pueda tener para usarla de balancín, etc. ¿Quién puede describir al detalle cómo es tan hábil para hablar? Cómo creamos frases complejas con cientos de palabras, donde la mayoría de ellas nunca las hemos consultado en un diccionario como para saber qué quieren decir con exactitud. Nuestra habilidad de las palabras “desciende” de nuestra antigua habilidad de movernos entre los árboles de la selva, pues el lenguaje está asentado en la misma zona cerebral que en la prehistoria se usaba para usar los brazos y las manos.

    Creo que queda claro que el cerebro es predictivo, que trata de basarse en sus propias representaciones previas. Arriba puse el ejemplo del cachorro de león que estaba jugando y “pensó” en ir a mamar. Trato de hallar una estructura. Para el cerebro hay dos momentos: el deseo o motivo, y realizarlo. El camino que hace el cachorro hasta llegar a la mama “no existe”. Es un impedimento entre esos dos estados de deseo y realizado. Sale de nuevo una triada: 1. deseo, 2. proceso, 3.realización. Pero en realidad el cerebro lo “colapsa” a uno: mamar. Los verbos son acciones en el mundo, con esta estructura interna, en esa medida ya son de por sí conceptos. Toda acción implica un sujeto, un agente. La lluvia moja, la piedra golpea. Agente y acción son primitivas. Como he dicho arriba el cerebro nace con esas primitivas y va restando dónde hay realmente un agente activo (animal, vivo), frente a agentes pasivos, cíclicos o mecánicos. Pero lo que quiero hacer notar es que por la ley del mínimo esfuerzo y la predictibilidad, el cerebro compacta acciones de un agente sobre el mundo en unidades (identidades) lo más atómicas posibles. Si pregunto a alguien que está sentado junto a mí, al verlo levantarse: “¿qué vas a hacer?”, esta persona no me dirá: “voy a ejercer fuerza para que el cuerpo se incorpore, voy a dar dos pasos a la izquierda para esquivar la mesa, y otros tres para llegar a la puerta…” Lo que su cerebro y el mío tiene como estructura son las finalidades de las acciones colapsadas a sus mínimos. Me contestará: “voy a beber agua”, e incluso siendo más lacónico puede decir simplemente “agua” y yo daré por hecho que tiene sed. El cerebro es metafórico porque tiene esa capacidad de sintetizar acciones de procesos largos a sus mínimos, donde la estructura principal es un deseo y su finalización. El resto del lenguaje humano de hoy en día es una complejidad exponencial sobre dicha estructura. Cualquier persona se puede alargar de forma infinita al decir algo, pero al final el oyente le dirá: “al grano”, o incluso haciendo una metáfora del origen dicho arriba sobre la palabra: “no te andes por las ramas”. El cerebro tiene “sed” de encontrar la estructura “deseo” y “realización”, de agente y acción, de sujeto y predicado. ¿Qué la filosofía analítica quiera estructurar y demarcar esas frases complejas?, bueno. Pero para comprender al cerebro y su lenguaje hay que reducir los problemas a sus mínimos, a sus bases, a sus estructuras (para eso está la filosofía analítica o del lenguaje, me podrán contraargumentar… se aclara abajo esta aparente contradicción).

    Bajo la regla del mínimo esfuerzo, cuanto más acorte el cerebro una acción llevada a cabo por un agente, mejor. Cuando Fodor en sus libros usa siglas para casi todo, pues suelen ser teorías, hipótesis o escuelas del pensamiento que se expresan y escriben con tres palabras, ¿no se da cuenta de esa estructura de esa forma de proceder? Los conceptos siguen esa forma de procesar, tratan de reducir a un mínimo la acción de un agente en el mundo. Beber o mamar son conceptos de acciones complejas colapsadas a un mínimo, que implican un deseo en un agente que se realiza en el mundo. ¿Qué hay de extraño en esa forma de proceder si sigue la regla básica del mínimo esfuerzo, que además llevó a que la evolución apostase por la predictibilidad? Esta forma de proceder es muy antigua, muchas de esas acciones colapsadas (deseos de agentes llevadas en el mundo) son primitivas o instintos. Cuando llegamos al lenguaje, al principio, sería sin florituras y complejidades: “yo agua” o “yo sed”, y ya se daba por sentado toda la acción. Hoy diríamos: “voy al frigorífico a tomarme un poco de zumo y le pondré unos hielos, que hace mucho calor”. De seguro que si estuviera en las últimas y no le quedase energía a dicha persona ni para moverse, no diría nada o como mucho: “sed”. ¿Por qué tratar de analizar la estructura de las frases complejas si lo importante y básico para entender al cerebro son unos pocos conceptos? El humano siempre trata de reducir al mínimo acciones, en la medida que esas acciones implican abstracciones, los conceptos se vuelven más complejos. Pero lo importante es la estructura del tratar de colapsar a un mínimo dicha complejidad y que dicha estructura sea parte del cerebro. Los móviles son una prueba de esa estructura, se trata de crear ideas complejas con varios emoticonos. La misma estructura, pero ahora en vez de con palabras con iconos.

     La reducción intermedia de deseo o agente y acción ha creado a su vez estructuras en el cerebro. La acción son en tres pasos: deseo, proceso y realización, pero sin reducirla al mínimo de un verbo o acción, hay dos pasos como principio y final. ¿No es extraño que cuando los científicos dan listas a las personas, estas recuerden las primeras y las últimas palabras. ¿No será que el cerebro trata todo con la regla de agente y realización, en donde las primeras palabras de la lista “actúan” como un esperado agente y las últimas como la realización?, que trata de aplicar una estructura donde no la hay. O sea, en la frase de arriba “voy al frigorífico a tomarme un poco de zumo y le pondré unos hielos, que hace mucho calor”, el cerebro ya tiene el agente, que es la persona que habla y la realización es beber. El cerebro busca agente/realización (amigo/sed), y cuando se le presenta listas de palabras inconexas trata de “usar” la misma estructura, y busca un agente al principio y una acción al final, y en esa medida activa la atención y trata de buscar lo relevante en ese principio/final, ignorando el proceso o medio (otras teorías, me parece más elegante la expuesta aquí). No están, pero lo relevante para el cerebro es tratar de hallar la estructura de agente/realización. La vida y las acciones a la vez las colapsamos con esta misma estructura. Cuando volvemos a ver a alguien que hace mucho que no vemos, el cerebro -de fondo- busca el “sentimiento” final que nos dejó dicha persona, el regusto, que seguramente sea reducible a la primera impresión y el cómo nos separamos de ella la última vez. La primera impresión de todo tiene la “marca” de “algo nuevo a procesar”. Lo cotidiano se hace casi a ciegas, pero lo nuevo requiere llevar la atención sobre ello, de tal manera que entra en juego el prefrontal y su capacidad para verificar, en donde como hemos visto, este a la vez lo “sella” con su propio “marchamo”, le da su propio valor y relevancia en el cerebro. De fondo se reestructura con respecto a lo que ya tiene… por ejemplo: “es más guapa que Inés, pero menos que Sara”. Lo mismo para si es sagaz, o amable, etc. Pero no puede reenumerar a todas las mujeres que ha conocido. Se referencia con respecto a ciertas reglas o hitos: 1. las mujeres con las que tiene contacto en ese momento, 2. la mujer que lo ha sido todo para esa persona, y quizás 3. la peor de ellas. Se hace un baremo bajo la regla de promedios, al estilo de la ventana Overton: las dos posiciones extremas, y con respecto a las mujeres de mi entorno actual. Estoy buscando el proceso del cerebro profundo, no a nivel de conciencia, aquel que trabaja con rotondas rápidas. Este circunloquio era para mostrar que el primer contacto es importante y que junto al momento final es muy posible que sea el que renazca cuando volvemos a encontrarnos con alguien. Por lo demás esa marca de “la primera vez” se da en muchos constructos cerebrales, como el de la impronta o contacto con la persona que va a ser nuestro cuidador y sobre el que tenemos que tener toda la fe de que va a hacer por nosotros lo mejor posible. O la primera vez que hay una excitación sexual y marca nuestros gustos y fetiches. Todo esto muestra la forma que el cerebro crea relevancias o valores, por los cuales dicho cerebro tendrá una forma de procesar el mundo y por otro lado creará unas estructuras indelebles en dicho órgano, hasta que otra experiencia o persona culmen releve de su posición a una preexistente.

     Volvamos a los conceptos. Hay que tratar de entender por qué el cerebro “prefiere” esta forma de proceder, o porqué es mejor. Pensemos en las rotondas. Son un “invento” relativamente nuevo. El mayor problema del tráfico es cuando varios vehículos se interceptan en un cruce. Un primer remedio fueron los guardias de tráfico: costoso y poco práctico. Después se llegó a los semáforos: algo torpe, pues se atienen a ciertas pautas en tiempos, sin medir si es mejor alargar el tiempo sobre una vía, colapsada, con respecto a otra vía que está muy vacía. Otro proceso fueron los puentes elevados y subterráneos, pero son costosos y no siempre hay espacio para ellos. Al final se llegó a las rotondas. ¿Por qué no pensar que los conceptos son rotondas?, no en su arquitectura, si no en su estructura funcional. De lo que se trata es que menos neuronas trabajen sobre una idea compleja, en vez de que varios grupos de neuronas trabajen en ese mismo problema de forma aislada y entreguen el resultado a otras partes del cerebro. O sea, si existe el concepto “perro”, una vez que se tiene tal concepto ya implicará (por lo común): no peligroso, tiene un amo que estará cerca, mirar para ver si quiere juguetear o es algo hostil, para acercarme o alejarme. Si no se tiene el concepto perro tendría que mirar a cada animal que anda sobre cuatro patas y hacer que muchas partes del cerebro procesaran sus posibles intenciones, sus posibles acciones, la cercanía y la velocidad que lleva, cómo es su boca o garras con respecto al daño que me pudieran causar, etc. ¡Colapso en el tráfico mental! Un concepto hace de rotonda para simplificar el tráfico mental: el grupo de neuronas que contiene el concepto “perro” detecta la identidad del animal a cuatro patas y desactivan o activan otras partes del cerebro. La capacidad de crear conceptos e identidades, por lo tanto, es una parte estructural del cerebro. La fijación a conceptos, a sus mínimos, se encuentran en muchos animales (es posible que sea universal), pues los suricatos tienen un sonido para “ataque de depredadores desde el cielo” y otro distinto para “ataque de depredadores desde tierra” (análisis conductista). El humano usa una sola palabra para avisar al resto que está en peligro o en una situación en donde puede perder la vida: socorro. Muchas palabras se originarían a partir de onomatopeyas, hoy en día se siguen usando muchas y son concisas, como mandar callar, o esa especie de bufido corto y abrupto para hacer ver cuando uno está enfadado o frustrado, etc.

    Lo que trato de mostrar es que no se puede pensar en el cerebro de forma tan abstracta como para no tener en cuenta sus estructuras y sus límites físicos. Estos dos parámetros crean su forma de proceder. El prefrontal o sistema ejecutivo, en el cual se lleva a cabo la reflexión, se salta ciertos límites y se puede atener a sistemas simbólicos complejos, como la lógica proposicional o las matemáticas, pero esos procesos, por lo común, sólo son posibles dentro del marco del prefrontal, del espacio global de trabajo, de la reflexión de la mente focalizada en un problema muy abstracto, habiendo aprendido las reglas para dicho lenguaje simbólico, como las matemáticas o la lógica. La matemática o lógica del cerebro profundo es más básica y funcional, y para sobrevivir en el sentido básico y animal -durante la prehistoria-, no le hacía falta tanta complejidad. La palabra fue un primer paso para poder llegar a la complejidad del lenguaje de las ciencias. Pero el mentalés no “habla” internamente con palabras, sólo las tiene como representaciones de sus primitivas, en donde estas a su vez han podido crear nuevas rotondas en el mentalés, como las multiplicaciones.

    Un porqué de mirar tanto en detalle la cognición es la necesidad de replicar ese proceder en los ordenadores, robots y la inteligencia artificial. Pero pienso que a nivel practico los programadores e ingenieros hayan soluciones, a veces por atajos y sin profundizar en los problemas, como para encontrarse con aparentes paradojas insalvables. Es lo que he dicho arriba. El cerebro y la evolución, no siempre encuentran la respuesta o la “verdad”, pero de forma azarosa resuelven los problemas por atajos y “saltos argumentales” que no implican conocer todos los enunciados necesarios para dicha solución. Como en el ejemplo del concepto “cerca” en el juego Craft the world, lo usa a veces y otras no. El cerebro en su modalidad puede que en ciertas partes trabajen con un concepto, que otras partes no necesitan. Fodor descarta en gran medida el asociacionismo, donde en tal proceso no hay cálculo, pero ¿cómo sino entender que haya una parte del cerebro para reconocer rostros, y en donde entra el concepto de familiaridad? Hay otras partes previas que han desintegrado las formas y calculan similitudes de curvas y líneas, pero la “rotonda” que es el identificador de rostro es asociativo, pues cómo sino podríamos llegar a decir: “tiene cierto parecido con Carmen”, sino es a través de asociaciones. Es como el propio cuerpo, la función de los pulmones no hay que extrapolarla para comprender al corazón o al hígado. Cada órgano tiene su propia estructura y función, y la totalidad da como resultado un cuerpo y una vida. ¿Se puede determinar si el cerebro usa u conoce por ello tal o cual concepto? No, porque eso es ya reducir al cerebro como una totalidad y unidad, cuando en realidad son unos cuantos módulos reunidos, en donde cada uno tiene sus propios “problemas” a resolver. Mis hipótesis, en tanto que se basan en primitivas y parten de la relevancia, como el hito y los umbrales, son asociacionistas. Los hitos principales son los sentidos, de ahí decir algo como que me “gusta esa persona”, cuando tal verbo hace referencia al sentido del gusto. El prefrontal a nivel abstracto y con los lenguajes complejos, como la matemática o la filosofía analítica, puede reflexionar sobre todos ellos, pero la forma de proceder del prefrontal es distinta de como trabaja el cerebro en su mentalés. Lo que a mí me interesa es la forma “sucia” y caótica de trabajar del cerebro de fondo con sus primitivas y conceptos, no la forma tan pulcra y elegante que tiene la razón para llegar a crear algo tan complejo y abstracto como las matemáticas. Ya se sabe: el salón tiene que estar meticulosamente ordenado y limpio, pero los sótanos son sucios y desordenados. Son dos universos distintos que filósofos como Fodor parecen ignorar. Al salón se le puede etiquetar de minimalista, neoclásico o barroco, bajo criterios de la propia razón, pero el sótano no obedece a ninguna regla conceptual artística. Más bien hay que analizarlo sin reglas, aunque no está exenta de ellas, pues el que fue bajando allí objetos y artefactos (la evolución) tuvo que irse guiando con ciertos criterios en la dirección de optimizar los espacios, sus utilidades y funcionalidades. A sótanos más bajos menor cantidad de claridad y orden (propiocepción, equilibrio), y tiene unos conceptos más básicos y aceleradores de los procesos: nadie piensa en cómo camina, y en ese pensar cómo actúa cada uno de los músculos, articulaciones, tendones y huesos implicados… y sin embargo ocurre.

     Termino esta parte con una reflexión y dilema. Las personas afectadas por el autismo de alto funcionamiento son literales, no suelen ver las segundas intenciones de los comportamientos o las frases según el contexto. El tema del autismo es complejo, como para dar meras opiniones no científicas. Pero me interesa porque si yo y otros pensadores afirmamos que el cerebro es metaforizante… ¿no contradice el autismo esta hipótesis? En otro lado ya he dicho que el ADN y el cerebro tienen “programado” las pautas por las que los bebés aprenden y se adaptan al mundo. El autismo no se detecta porque sólo se “muestra” cuando en una de esas etapas, la de empatizar, atender al propio nombre, crear una teoría de la mente e interactuar con las personas de su alrededor, no se manifiesta. Los padres notan cierta apatía, que el niño no les mira a los ojos, etc., con respecto a otros niños o experiencias previas de otros hijos. No hay una teoría unificada del porqué se puede dar el espectro autista, se apunta a problemas medioambientales durante el parto, herencia genética, alimentación de la madre y un largo etcétera. Pero hay unanimidad al decir que son múltiples factores, y que tiene que ver en la comunicación de las distintas zonas del cerebro: “una serie de regiones cerebrales discretas y redes entre regiones que están involucradas en el trato con otras personas se han discutido juntas bajo la rúbrica del “cerebro social”. A partir de 2012 , hubo consenso en que el espectro del autismo probablemente esté relacionado con problemas de interconectividad entre estas regiones y redes, en lugar de problemas con cualquier región o red específica”. Para el caso lo que se daña no es la capacidad metaforizante del cerebro, sino en su relación con lo social, o unido al módulo social. Se sabe que la medicación con tratamiento de oxitocina revierte en gran medida la falta de interacción social y la capacidad de “leer” el contexto, y se reduce algo el que sean tan literales. ¿Está este neuromodulador unido a la capacidad metaforizante? Se cree que hay un daño tanto en el receptor de la oxitocina, así como en la de la dopamina. La primera es la molécula del amor y el contacto social positivo, y la segunda la molécula de la recompensa. Sea como fuere el cerebro no es fácilmente reductible a mínimos, es demasiado complejo como para achacar un trastorno, desorden o patología a un gen, o un neurotransmisor o a una zona. En esa dirección es por lo que digo que no se puede analizar el cerebro como una totalidad, sino como módulos más o menos antiguos, en donde los más antiguos tienen una arquitectura más básica, bajo ciertas primitivas muy elementales. A modo de troncos desde los cuales se ramifican el resto de conceptos y primitivas, como así es la propia arquitectura física del cerebro. Los análisis filosóficos tratan sobre esa totalidad a nivel ontológico, epistemológico o incluso metafísico, pero no hay que perder de vista el detalle, lo atómico, lo pequeño, pues un simple defecto genético en un receptor neural, como ocurre en el espectro autista, crea problemas en cadena.

 

El Emocionalés y el Pre-reflexivo.

   (Previo a este escrito ha de ir “Contra la filosofía de la mente“, que de momento queda como otro escrito, por lo tanto se supone que se debe de haber leído ese previo y el presente es su continuación. Igualmente he de confesar que había malinterpretado a qué se refería Fodor con mentalés o lenguaje del pensamiento, y que tras revisarlo he comprobado que lo estaba usando de manera inadecuada. Quizás porque yo tenía mi propia concepción, y la de Fodor la quería adaptar o encajar a dicha visión personal. En esa dirección he de tratar de plantear mi propia hipótesis y por ello replantear parte de lo antedicho en lo escrito, que ahora por falta de tiempo y ganas lo dejo pendiente.)

Error Related Negativity I    En el anterior capítulo (Contra la filosofía de la mente) he mostrado la falta de unidad del cerebro o mente como para dar solidez al concepto de creer. Pero hay un hecho más relevante, profundo y bien estudiado que muestra esa falta de unidad, así como las taras de la conciencia. Puesto que el cerebro es predictivo, y se trata de adelantar en sus previsiones a partir del propio mapa mental, es un sistema muy tendente a los errores de las predicciones, y si lo es: ¿por qué mantenerlo si parece poco adaptado, y lo tendría que haber “desechado” la evolución?, porque esta no ha “encontrado” otro sistema mejor. Puesto que el cerebro va a la zaga de la acción, porque procesar la información requiere un tiempo, es mejor basarse en la propia representación mental para acelerar el proceso, pero en la medida que el mundo puede haber cambiado en ese lapsus de tiempo, las predicciones y la propia acción pueden fallar. Pongamos un caso de laboratorio: a un sujeto se le pone delante de una pantalla y aparecen/desaparecen círculos a derecha o a izquierda, y ha de pulsar en sus correspondientes botones en un teclado. El cerebro, al poco, trata de predecir cuál va a ser el siguiente círculo a uno de los lados, y crea el cebado cerebral, de tal manera que sus nervios motores van a accionar con más probabilidad esa mano. Hay un sistema, llamada “negatividad relacionada con el error” (ERN), situada en la corteza cingulada anterior, que se percata de dichos errores de predicción, y activa una respuesta de premio y castigo (a nivel de neurotransmisores y a modo de aprendizaje) que sirve para futuros eventos. Pues bien, en muchos casos se activa dicha zona, como que ha detectado un error, pero la persona no es consciente de dicho error. Al sistema no le da tiempo de procesar el error y crear la ruta de premio y castigo, y a la vez llevar dicha información a la conciencia, pues la atención (conciencia) está centrada en la propia prueba, y la siguiente salida de un círculo a derecha o a izquierda en la pantalla. El cerebro “prefiere” hacer el gasto en aprender, que en llevar dicha información a la conciencia, que en este caso es ignorada o dejada de lado. Si se le preguntase, en ese momento a la persona, si se había equivocado en la última pulsación, dirá que no. De nuevo nos encontramos con dos saberes o creencias que no coinciden. El cerebro “sabe” algo que la conciencia ignora o contradice. La evolución ha “preferido” mantener la predicción y en ese proceso crear un detector de errores, que llevar ese sistema a la conciencia, que puesto que es meramente atención centrada, ha de trabajar en dicho proceso, y dado que si se le “interrumpiese” con los errores, perdería el hilo de la acción o concentración (de nuevo el ejemplo de los tenistas: estos han de ignorar sus errores, como inexistentes, pues de centrarse en los errores y actuar a partir de ellos, perderían la ofensiva y caerían en jugar a la defensiva).

    Sobre el mentalés o lenguaje del pensamiento. Bajo el punto de vista de Fodor, como substrato del lenguaje natural, hay una capa que no es igual que dicho lenguaje, dicha capa es igualmente semántica y estructurada, pero no es una copia fiel al lenguaje, pues de ser así estaría de más, por estar duplicada. Pero de fondo es muy igual o similar. Yo leí sobre el mentalés en un libro de Penrose, y llevé tal idea bajo otros derroteros. En mi caso yo estoy dividiendo el cerebro en tres partes o estructuras principales, pero se pueden reducir a dos: primitivas y prefrontal, si bien dada la distancia de sus formas de trabajar (y sus “lenguajes”) se crea una capa intermedia de filtro o de traducción. Veamos porqué a nivel evolutivo.

    Hemos visto que el cerebro tiene dos sistemas de guardar la memoria. La más antigua, la implícita o procesal, es básicamente motora. Guarda el conjunto de posiciones y contracciones de los músculos con respecto a cierto movimiento. Pongamos el caso de cómo se tiene que equilibrar el cuerpo al bajar por una pendiente de unos 65º. En los animales se da la comunicación. En los animales sociales se hizo uso de los chillidos para dar avisos. Es la forma más arcaica de una palabra. Pero dicho sistema hace uso de la memoria muscular (implícita), puesto que dicho sonido requiere de la acción de los pulmones, la abertura de la boca o el pico, la suelta del aire a cierta velocidad, la posición de la lengua, etc., y además requiere, por parte de quien escucha tal aviso, el procesado a nivel de la memoria explícita, que no es meramente muscular. En estos dos procesos se dan las dos formas básicas del sistema nervioso: el sensor y el motor: algo captado por el sistema sensor (un aviso sonoro), activa el sistema motor (escapar). La posición intermedia, entre estos dos sistemas, son las interneuronas, que procesan y aprenden con el paso del tiempo. O sea, un instinto o acto reflejo es en tanto que una activación sensora activa una reacción motora de manera automática. En un cerebro preparado para el aprendizaje, las interneuronas “guardan” distintas posibilidades, dependiendo por lo captado por el sistema sensor a lo largo de la vida, para dar varias respuestas posibles a nivel del sistema motor, no sólo una. Dichas posibilidades son memoria y en concreto memoria explícita. Las primitivas tienen estructuras y conceptos de cómo es el mundo y accionar en el de manera implícita, muscular y además por la activación de unas rutas u otras en el cerebro, y si se llega el caso la activación de hormonas (“saber” acumulado por la evolución en el ADN y las estructuras cerebrales). El caso más evidente es la excitación sexual, y en nuestra especie la activación más elaborada en la que consiste el “enamoramiento“.

    La memoria implícita y explícita están íntimamente relacionadas y no pueden ser dos “lenguajes” tan distintos como para que no se pudieran “comunicar”. El sistema de premio y castigo (de los valores o valencias de las acciones) es su vínculo. En definitiva las emociones. Así es como funciona en los animales. Un animal que pase por un trauma, que haya sido asustado por un globo a una temprana edad por ejemplo, nunca “corregirá” dicho trauma. Cada explosión de un globo lo asustará como el primero y huirá (por medio de los psicólogos de animales pueden llegar a superarlo). La conciencia, ya en lo humano, trata de paliar dicha tara. Al saber que se asusta, y puesto que al ser adulto comprende que los globos son inofensivos, puede “desaprender” o desactivar ese miedo. Tenemos así las tres estructuras: 1. las primitivas que tienen programado la huida o lucha de cualquier peligro, 2. las emociones que “leen” o son activadas por las primitivas, pero que tienen la capacidad de ser cambiadas (aprendizaje, neuroplasticidad), y 3. el prefrontal o conciencia que es el que hace de “testigo” -verifica- de si las circunstancias requieren tal emoción, y por ello “hacer caso” de la primitiva que “obliga” a huir, o por el contrario hay que “rectificar” la acción y por ello a la larga la emoción (si se da el caso y si es posible). Por acto reflejo, por las primitivas, todo globo nos asusta; o sea, activa su correspondiente emoción, pero la conciencia “ignora” o resta importancia a dicha emoción. En todo caso las primitivas no se pueden cambiar, son módulos o estructuras de sólo lectura; para seguir con las analogías del ordenador, es tal como opera la BIOS. Quizás la única forma de cambiar algunas, o sus modos de operar, sean los cambios epigenéticos, que implican cambios en el ADN. También he de hacer ver que las primitivas no están centralizadas, aunque así lo haya hecho ver en la gráfica, pues cada sentido tendrá sus propias primitivas en sus propios módulos. Ciertas primitivas de la vista están programadas para analizar los contrastes de luz, para tratar de discernir las formas. A ese nivel esas estructuras y primitivas son fijas y nada las cambia si no es alguna enfermedad o trauma en el cerebro, que dañarán dicha zona, función o primitiva.

    Ahora ya tenemos más datos para analizar la propuesta de Fodor. Dónde está y que es esa estructura o lenguaje del pensamiento. En un principio el nombre es equívoco, pues pensar, en el lenguaje cotidiano, se refiere al monólogo interior mediado por la palabra o lenguaje natural. Por lo demás, ¿implicaría a estructuras tan profundas como la de la captación de las formas? Por lo que he llegado a entender, Fodor sólo se refiere a la capa más cercana del propio lenguaje natural. ¿Dónde se encuentra tal capa?, de ser real o posible. Volvamos a los pasos evolutivos del lenguaje o la comunicación. Cuando un animal emite un sonido de aviso, en algunos casos como en los suricatos, diferencian entre depredador aéreo y terrestre. Como si fueran dos palabras o sustantivos distintos. Es de suponer que el humano tuvo la misma procedencia. Ese protolenguaje tenía el esquema de sujeto y predicado, en donde en el caso de los animales, el predicado (huir) lo “pone” el propio cerebro y no es nombrado. O sea, el suricato emite un tipo de sonido, que es el sujeto “ave”, y cada suricato pone el predicado, en donde la frase y acción total es “ave (hay que) huir”.  Huir es una respuesta instintiva o primitiva, pero a la vez está vuelta a escribir en el “aparato emocional”, en la amígdala. Se deduce así que en principio el mentalés que propone Fodor no recurre o tiene como estructura a las primitivas, mas que de forma implícita, pues la frase “depredador=huir” se lee tanto en la primitiva o instinto, como en la amígdala. Lo mismo debe de ocurrir con las de la búsqueda de las formas a nivel visual y el resto de primitivas en otros módulos.

Avancemos. En el humano el lenguaje es mucho más complejo que el meramente enunciativo. Básicamente tiene cuatro finalidades: 1. las enunciativas, por las cuales se puede aprender de lo que nos digan los otros, y por lo tanto es la base de la cultura, la ciencia y el conocimiento, 2. narrar las vivencias del mismo día, que en esa corta dimensión seguía la base del punto uno, pero que al hablar de los ancestros o de tiempos remotos se tornó en un lenguaje narrador: la base de la identidad narrativa, la fábula, y ese otro modo de cultura en tanto que identidad cultural, 3. la música, ya naciera a la par del lenguaje o este de ella, se le añadían voces (cantar), proceso por el cual la palabra tenía que cargar con los propios ritmos y cadencias de la música: nace así el lenguaje como arte, como capacidad creativa, y 4. la versión más trágica del lenguaje, las palabras podían ser hirientes o halagadoras; la lucha entre los animales tratan de no ser mortales, sino meras muestras de dominio o sumisión: las palabras, con esa doble vertiente, se convirtieron en un instrumento más de dominio y sumisión, en definitiva de la base de lo que es vivir en una sociedad jerárquica o política -a nivel coloquial- como lo es la humana. De esta última, si se quiere, nace una quinta posibilidad: la de la conveniencia o no de usar ciertas palabras, por acuerdos de mantener la paz o equilibrio entre las personas: o sea, el contrato social o lenguaje contenido, conveniente o por educación (máscara). La alta recursividad del lenguaje y su capacidad multirrereferencial (correferencial), que tanta atención llama a los lingüistas y a la filosofía de la mente, obedece a la suma de varios de esos puntos. Una palabra puede ser usada por su belleza, o buscar un sinónimo o símil por sus connotaciones culturales, o por la carga emocional que podamos causar en el oyente. Cada momento y situación “requiere” de un uso u otro, de una palabra en vez de otra. Aquí “nace” o emerge la capacidad intencional dentro del propio lenguaje, pero este es tan sólo su manifestación, mientras que la intención emerge desde lo más profundo: de la emoción que sintamos por esa persona, por la situación actual, o por ciertas primitivas.

Tipos de Memoria III

   Demos un pequeño giro a todo esto, en la dirección de profundizar en el tema. El hipocampo se encarga de guardar la información de lo vivido, en tanto que memoria autobiográfica, en el lóbulo temporal medio, en la materia blanca. Por otro lado en la materia gris tiene la memoria semántica, de las palabras y los signos. Cuando una persona relata a otra cierto acontecimiento, lo hace a través de la memoria semántica y recurriendo a la memoria episódica, lo que genera la llamada memoria autobiográfica, que de esa forma está en parte “alterada” o se le ha añadido algo extra. Estos tres tipos de memorias, la autobiográfica, la semántica y la episódica, es la llamada memoria explícita. Hay que pensar que se procesa sobre todo en el lóbulo temporal, que es una zona asociativa, en donde se unen los procesos visuales y auditivos sobre todo. En esa medida, a la vez, toda memoria explícita tiene el marchamo o sello del propio cuerpo en acción, como ente muscular y visceral, o sea de la memoria implícita. Siendo así, un olor nos retrotrae a un momento de la infancia, o el narrar algo del pasado evoca de nuevo ese mismo olor. O sea, y de nuevo, en el fondo las emociones evocadoras tienen a las primitivas como base.

    Así, cuando yo hablo de un lenguaje del cerebro, al que creía poder reducir como el mentalés al que se refería Fodor, en realidad hablaba de una capa más profunda. Se puede pensar la cuestión como un sándwich de tres capas de pan (primitivas, emociones y conciencia) y dos intermedias de queso, donde el queso entre los panes de las primitivas y las emociones es lo que yo denominaría emocionalés, y en donde el queso entre las emociones y la conciencia son el mentalés de Fodor. ¿No son la misma o deberían de serlo? La primera capa o proto-conciencia, la tienen todos los animales complejos, como aves y mamíferos; mientras que la segunda está más cerca del lenguaje natural y la conciencia. En el fondo pueden que sean lo mismo, pero es que no comparto muchas de las ideas ni de Fodor, ni de la filosofía de la mente, porque se detienen demasiado en esa segunda capa, más en la superficie, y puesto que por lo demás, de hacerlo, se cae en los errores que he mostrado más arriba de ignorar los sesgos, la doble moral, el auto-engaño, la mala fe y demás “errores” cognitivos. Veamos por qué.

Dopamine_and_serotonin_pathways

    La autora que creó el concepto de alief, Tamar Szabó Gendler, lo quería haber llamado prelief, pre-creencia, pues nace como primera creencia o básica. En definitiva son las “creencias” asentadas en las primitivas. Estas llaman a la amígdala y activan el miedo, si es el caso. El miedo, así, nace como un estado previo de la verificación que pueda hacer la conciencia, que es reflexión. En esa dirección una emoción es un estado pre-reflexivo, en donde no se da un conocimiento tético de tal estado. En ese sentido mientras que la conciencia es tética, y su lenguaje está bañado de esa distancia, divorcio o alejamiento con la realidad, como objeto mental; la emoción, no siendo tética, se vive sin distancias. O sea: el cuerpo es inundado por el miedo, y así lo “vivencia” la amígdala o cerebro medio -como pre-reflexivo-, pero la conciencia ve, como si fuera desde fuera del cuerpo, que este está atravesado de parte a parte por el miedo. Bajo los recursos literarios el pre-reflexivo es una novela en primera persona, mientras que a través de la conciencia es una novela en segunda persona. O en los recursos cinematográficos: el pre-reflexivo es una película de cámara en mano (sólo vemos donde el personaje mira), mientras que la conciencia es la cámara habitual alejada de la acción, y en donde nosotros ponemos la atención allí donde queramos de la pantalla. Teatro CartesianoEste efecto, de fuera de la realidad, es lo que se llama “teatro cartesiano“, pues la conciencia tiene la capacidad de posicionarse como si fuera un espectador dentro de su propia vivencia, o escenario donde ocurre la trama. La propia palabra reflexión, reflejo, nos hace ver esta dualidad entre el objeto -cuerpo-, y el espejo que refleja el cuerpo, como conciencia o posición tética que refleja la realidad. Esta distancia es por lo que nos creemos espectadores de nuestra propia vida, y por la cual diferenciamos entre el cuerpo y la mente, y en donde nosotros somos ese ente que emerge como mente o conciencia al que le “pasan cosas” en su cuerpo, como puedan ser el miedo, el dolor o la risa. Decimos “me estoy riendo” o “tengo miedo”, que hacen uso de los verbos estar o tener (propiedades accidentales y posicionales), cuando en primera persona debería de ser, “soy risa” o “soy miedo”: Ser (en algunos idiomas es así). ¿Por qué es necesario el concepto de emocionalés?, del estado pre-reflexivo. Porque de otro modo no se puede entender el cerebro. Somos la unidad de los dos estados, en la medida que Ser es en tanto que la suma de esos dos estados, pero que puesto que tienen la capacidad de percibir y “creer” cosas distintas sobre la realidad, se pueden entender todos los procesos mentales, que de otra manera no se comprenden. El pre-reflexivo -la amígdala y el núcleo accumbens- “leen” las primitivas (la vías de los neuromoduladoresdopamina, adrenalina, serotonina– emergen desde el sistema de la activación reticular), y “saben” de su lenguaje, que crean memoria implícita (respuestas motoras), mientras que la conciencia hace sobre todo uso del lenguaje, y crea memoria explícita: semántica y autobiográfica (identidad narrativa). El emocionalés es una capa traductora entre el lenguaje del pensamiento (mentalés) y las primitivas. El pre-reflexivo, puede “escribir” en cierta forma en la memoria implícita para “acallar” las primitivas, mientras que el reflexivo lo tiene que hacer por medio de las emociones o capa intermedia. Así parece ocurrir en casos como en el trastorno de estrés postraumático. En este caso el daño ocurre cuando la conciencia o prefrontal no tiene acceso a la propia emoción y esta se vive de forma no tética o de manera directa, sin que la conciencia tenga acceso a “ignorar” la emoción o para “acallarla”. El círculo se queda cerrado entre la capa de las primitivas y las emocionales, y la conciencia se queda fuera de dicha circularidad; o mejor, atrapada dentro del pre-reflexivo, como ente que se ha montado en un tiovivo que le aterra, y del cual no se puede bajar.

    Terminar ampliando ciertos puntos. Casi al principio del escrito decía que distintas teorías e hipótesis a lo largo de la historia han dividido a lo humano y el cerebro en tres capas. Pero igualmente es reducible a dos (primitivas y conciencia) y una intermedia que hace de enlace (emociones). Sartre dividía entre el para-sí (primitivas y vivencias emocionales, si se quiere) y el en-sí (la conciencia). Igualmente aquí propongo una división dual entre el emocionalés y el mentalés. Hay dos tipos de memorias: la implícita y la explícita. Por otro lado pienso que el emocionalés y el mentalés son dos procesos innatos que son unidad y quizás la forma de trabajar de la memoria implícita, mientras que el aprendizaje de la memoria explícita es posiblemente conexionista. Las zonas cerebrales que son asociativas, son ese punto intermedio entre esas dos formas distintas de trabajar de la memoria. No creo, contra Fodor o los propios conexionistas, que las dos hipótesis sean excluyentes, pues dos tipos de memorias bien pueden “aceptar” cada una su propia hipótesis o substrato de forma de trabajar.

El Sentido de la Vida IV

El Niño, el Adulo y la/el Madre/Padre.

(Que lío con la cuestión de no ser sexista o ser neutro).

Avanzamos en la vida como si nos fuéramos construyéndonos por capas sucesivas…, un poco como si fuéramos envolviéndonos. Partimos de algo muy sensorial, que es como si fuese el reactor del motor, y poco a poco le vamos añadiendo protecciones. Empezamos a reconocernos, a “vernos”, a representarnos, a crear una imagen de nosotros mismos, pero son capas que a la vez contienen partes de nuestra realidad, y están “fabricadas” con pensamientos, con creencias, y con sistemas de valores que no nos pertenecen, pero que hemos adoptado para adaptarnos a las expectativas de la gente para ser queridos. La base de todo es la de ser queridos, por eso construimos esas capas.” Jeanne Siaud Facchin

   Uno deambula, trata de perderse, pero siempre termina por encontrarse consigo mismo. Me siento frustrado ante la explicación del concepto arriba expuesto, en la gráfica. En mi mente está claro, pero cuanto más trataba de definirlo más difuso y ambiguo parecía. Nació de una sensación, de un presentimiento, pero al llevarlo a palabras, a través de la reflexión, no me terminó de encajar. En mi mente sentía como si dos ondas paralelas, de distintas amplitudes y frecuencias, a veces chocasen y se interfiriesen. En realidad es algo mucho más complejo: el agente o foco -que era la onda de la intuición- chocaba con el de la razón y de repente el agente se veía montando en la segunda onda, cuando ese no era su deseo. En ese choque de ondas y los cambios del agente de una onda a otra, el mensaje parecía perderse. Tratar de explicar esta sensación de impotencia y frustración igualmente fracasa. Aquí vemos de fondo la trama de la “conversión” del emocionalés (lenguaje del cerebro profundo) a las palabras. Hay un intento interno de sincronización, de inducción, pero la mayoría de las veces no se terminan por alinear, si bien, por el contrario, casi todo intento termina en una alienación. ¿Es la música y la poesía la única translación posible de dichos idiomas?, en realidad tales artes tienen sus propios lenguajes y no hacen de traductores. El “mensaje” del emocionalés queda velado. A veces (o demasiadas veces), en mis escritos, redundo, recurro a digresiones, a metáforas y analogías, en la dirección de que en alguno de los giros el lector me pueda llegar a  entender, pero la verdad es que me termino por rendir, sin llegar a saber si he conseguido mis metas, pues no hablo con ningún posible lector. ¿Acaso no es universal y constante?, de ser así: todo humano no pasa por una especie de síndrome de enclaustramiento (o de Casandra), en donde se le hace imposible, 1. llevar a palabras tales estados para ser “procesadas” por la conciencia y 2. poder comunicarse realmente con otra persona. Se dan por lo tanto dos falacias o sesgos: 1. creer que nos comprendemos, 2. creer que nos comprenden. El concepto de qualia nos habla sobre la capacidad de cada uno de los cerebros humanos para crear una representación única e intransferible de cada una de las sensaciones, sentimientos y emociones del mundo. Tal capacidad permanece enclaustrada dentro del cerebro profundo y sólo tiene la palabra (o las artes) para hacerse oír o sentir. ¿Se consigue? En esta trama vemos un porqué de la necesidad de encajar, y en esa dirección imitar y caer en los estereotipos: en la dirección de llegar a poder conectar con otro ser humano. Se busca lo común de forma desesperada, en la medida de poder romper con la más íntima de las soledades, que es ese enclaustramiento del emocionalés, de nuestro ser más profundo. Cuanto más único sea ese emocionalés y cuanto más se haya cultivado, más soledad se sentirá. El humano medio “sale” al exterior a través de la identidad social, de la que son parte la identidad narrativa -qué y cómo contamos de nosotros mismos ante los demás- y la identidad proyectada -aquella que habla de nuestros deseos y esperanzas de futuro-. Esta identidad totalizada se mantiene metaestable mientras que nada la cuestione o entre en una crisis personal, pero llegados a la caída de dicho aparecer, sobre todo si uno termina solo, discriminado o excluido (aislamiento social), se llega a la identidad nuclear. En ese estado hay una crisis existencial o de identidad, dado que como nunca hemos tratado de “hablar” o “comprender” tal identidad, nos resulta incómoda tal distancia e incomprensión. Lo que quiero decir es que se queda el prefrontal -el diálogo interior- frente a ese núcleo, pero puesto que no hablan el mismo idioma (emocionalés y palabra) tal distancia crea angustia, desasosiego y frustración. En una metáfora, si el prefrontal es el espacio de trabajo, que es como el foco de una linterna, tal foco es dirigido al interior de la caverna, de donde tan solo escuchamos “gruñidos y bufidos”, sin ningún vestigio de poder llegar a entender lo que todo aquello pueda querer decir. ¿Era eso lo que buscaban los humanos de la prehistoria al entrar en lo profundo de las cavernas e iluminarlas diáfanamente con sus antorchas?, tratar de conectar con todo aquello más profundo y enigmático de nosotros mismos. ¿Hemos perdido, con el paso de los milenios, el contacto con lo espiritual (energía en bruto interior -holistas, pensamiento mágico-) y ya no soportamos la soledad por dicho divorcio? Bajo estas ideas, muchos de mis escritos han de ser analizados como una forma de tratar de hallar o de “dejar hablar” al emocionalés. Mis escritos e ideas sobre la limerencia y la autopoiesis son un intento de buscar ese lenguaje del cerebro más profundo, dejarlo salir y que se exponga. Intento no quiere decir, claro está, éxito. Tan solo o aproximaciones que pueden estar o no encaminadas, o que pueden haber dado o no con ciertas estructuras.

   Aún el aparente fracaso, de haber sido explicado “correctamente” el concepto -en el gráfico de arriba-, el escrito que continúa, más formal y argumentativo, puede que lo termine por perfilar.

   Arriba, y a lo largo del escrito, he hecho hincapié en la tendencia de los pensadores y las ciencias en encontrar una tríada  en el cerebro. La más usual y una de las últimas ha sido la de cerebro reptil, mamífero y humano. En gran medida la ciencia escapa de este tipo de reduccionismo, pues pueden llevar a equívocos. Hay una vía inferior, que es como una gran autovía, que conecta módulos o zonas de las tres supuestas partes. Por esta vía el cerebro cuando está dormido, y si detecta algún posible peligro, “despierta” o entrega el mando al prefrontal para que se haga cargo de la situación. Por esta misma vía algo tan primitivo como es masticar, a la vez requiere en alguna medida el foco de atención del espacio global de trabajo, del que forma parte el sistema ejecutivo, donde la mayor parte de dichos procesos se encuentran en el prefrontal. Mismamente en el proceso de escribir en el ordenador, y si se comete algún fallo, el prefrontal tiene que buscar la vía más rápida de corregir el error, si borrar toda la palabra, si intercalar una letra borrando otra, etc. Se comunica directamente con el sistema motor, cuando el proceso de mecanografiar es, en gran medida, automático y procesado por unas pocas zonas del encéfalo, el cerebelo y el tronco cerebral. Esta vía tan rápida -entre el sistema reticular y el prefrontal- es la “culpable” de que tengamos la sensación de que tenemos el control de la “máquina”. La regla a tener en cuenta es que el prefrontal sólo está para verificar que todo vaya bien, y que el sistema reticular le entregue el “mando” -en realidad el foco- cuando se detecte un fallo en los automatismos, o que tal proceso requiera una reflexión algo más analizada y lenta.

   Con todo, ¿se puede hablar de que existen tres estados, módulos o procesos mentales o sólo es un esquema conceptual de un territorio sin fronteras? Veámoslo desde otro punto de vista. ¿Qué me impide comer dulces hasta el límite físico? Los Romanos hacían comidas de ese tipo, y se provocaban los vómitos para seguir comiendo. Parece que el humano no es un buen candidato para analizar algo así. En la naturaleza, en el cuerpo, existe un sistema de saciedad, que además no está centralizado. El estómago y el cuerpo dan señales de saciedad, y el propio cerebro tiene su propio sistema a través del tronco encefálico y el hipotálamo. Lo que quiero hacer entender es que el humano está demasiado centrado en el cerebro y la mente, cuando en realidad el cerebro forma parte de un cuerpo. El cuerpo, y en él incluyo el cerebro, está lleno de mecanismos ancestrales basados en regulaciones homeostáticas. Antonio Damasio, en su libro “sentir lo que sucede”, nos lo quiere hacer ver así: que no hay que olvidar que todo es más visceral, primitivo y básico. Que el cuerpo es la suma de millones de años de evolución, y de prueba y errores, en donde lo que se mantiene es lo más estable posible. Ahí está -por poner un solo ejemplo- la grasa parda, situada en regiones muy concretas del cuerpo, como cerca del cuello, y alrededor de la aorta, para calentar, en casos de frío, la sangre que entra en el cerebro.

   Volvamos a los tres estados o zonas. Cuando un bebé humano nace, aún no ha terminado de formarse. Durante la gestación, desde unas células madre indiferenciadas, el feto ha pasado por las distintas etapas evolutivas por las que ha llegado a ser lo que es: un humano. Se pasan por etapas en donde hay un indicio de cola, o de los dedos unidos o mano palmeada. El cerebro mismo pasa por todas las etapas evolutivas para al final diferenciarse el desarrollo humano. Con todo, el bebé humano al principio, y para ser concisos y rigurosos bajo las concepciones científicas, no lo es. Le queda por llegar a la teoría de la mente, “que es la capacidad de atribuir estados mentales (creencias, intenciones, deseos, emociones, conocimiento, etc.) a uno mismo y a los demás, y comprender que otros tienen creencias, deseos, intenciones y perspectivas que son diferentes a las de uno mismo” (fuente Wikipedia), que ocurre entre los siete a nueve meses en los bebés. Tampoco tienen conciencia o se da esa capacidad reflexiva o tética del cerebro al modo de los adultos, sino que esta emerge con más retardo, como dando más tiempo a las partes antiguas para que tengan el control. Igualmente no tiene autoconciencia, conciencia de sí, hasta el año y medio o dos. Es por esto que no se crea memoria autobiográfica -de uno mismo-, hasta esa edad, cuando ha creado un yo al que se pueda referir tal tipo de memoria. Otra fase decisiva es el aprendizaje del lenguaje, si se es sordo y no se detecta, o si se padece de autismo, el aprendizaje no ocurre, pues paradójicamente hay un periodo crítico para hacerlo, y si se pasa ese periodo al final es complicado que se llegue al mismo nivel que el que tiene un individuo “normal”. Es como si la evolución hubiera “programado” ciertas zonas del cerebro para dicho aprendizaje y a cierta edad, y si este proceso no ocurre, dentro de ese margen de tiempo- esa zona se usase para otros propósitos. Cada zona del cerebro tiene unos tipos de neuronas y unas vías de comunicación preparadas para ciertos cometidos, y aunque en el humano se da la neuroplasticidad, tal concepto es equívoco si con ello creemos que cualquier parte del cerebro puede hacer cualquier proceso distinto al que está “programado”; sí con cierto margen, pero dando “problemas” a la larga.

    En definitiva, que nacemos muy instintivos, y en donde las primitivas, que igualmente tienen programados esos pasos aún pendientes, toman el papel principal del desarrollo de los primeros años. Igualmente es esencial el concepto de impronta y apego, por el cual el cerebro se sabe “protegido” hasta llegar a una edad en la que se pueda valer por sí mismo. Sin un apego correcto se tiene una mayor tendencia a distintos trastornos y enfermedades mentales. Por último no hay que olvidar la sociabilidad y el aprendizaje de lo cultural. Los niños ferales se vuelven individuales y no tendentes a colaborar en lo social. De la misma forma sin el aprendizaje de las normas sociales de convivencia, el humano es más instintivo, tendiendo a procurarse auto-placer (masturbación y de otros tipos) ante situaciones de la vida cotidiana.

    Con todo, aún a edades como la de los diez u once años, seguimos sin estar del todo “formados”, pues falta la etapa del desarrollo y la maduración sexual. Lo paradójico es que, hasta cerca de los dieciocho años, el prefrontal sigue sin ser mielinizado, sin que sus neuronas sean maduras, cuando el prefrontal es la zona del llamado sistema ejecutivo, que es su función básica: sirve para reprimir los impulsos emocionales más básicos con el de ira y el miedo. Es por eso que la juventud nos parece tan “alocada”, impulsiva, y tendente al riesgo y los accidentes. Es de suponer que forma parte del “plan de la evolución”, para que dichos individuos rompan con el apego e idealización de los padres y abandonen el “nido”, cosa que en la actualidad no sucede (para mal como veremos en el siguiente capítulo).

    Con esta breve información, nos podemos dar cuenta que el cerebro sí tiene dos etapas o zonas definidas para dos tipos de humanos: antes de la madurez y ya dentro de esa edad; y además es como un proceso en donde se va madurando por capas (al modo de las capas de una cebolla): 1. desde la más tierna edad en donde las primitivas tienen el control, 2. a etapas de la juventud en donde las zonas emocionales toman el control (y su aprendizaje), hasta llegar 3. a la edad madura, con la mielinización del prefrontal, conciencia o sistema ejecutivo. Las divisiones, como se puede ver, son bastante parciales, pues no es lo mismo tener trece años, diecisiete, que diecinueve o que veintiséis. No hay cortes abruptos entre las etapas, sino efímeras gradaciones, que por lo demás no son iguales para todos los humanos, para todas las culturas, o para los distintos sexos o géneros.

   Con todo, y volviendo a las tres divisiones, no es lo mismo un adulto que un padre (en adelante padre es genérico para los dos sexos, escribir neutralizando, o leerlo después, es muy incómodo). Mientras que el proceso hacia la madurez es hacia la autonomía y al autodeterminación, al tener hijos de nuevo esta se pierde. No sólo eso, sino que uno está “obligado” a mentir y a tener ciertas estrategias en la vida en la dirección de 1. proteger a los hijos, y 2. educarlos para ser unos ciudadanos/personas “válidas” o encauzadas para adaptarse a la cultura a la que se pertenezca. Ya tenemos una triada. No voy a redundar en el tema, pues ya está escrito arriba. Las tres zonas se corresponden a las descritas por el psicoanálisis: el ello, el yo y el superyó, si bien con ciertos matices. El ello son las primitivas, y no tienen por qué ser “egoístas”, “infantiles” o meramente instintivas, pues lo social igualmente implican primitivas, como se ha visto en el desarrollo de la infancia. El yo es el humano medio bajo el concepto de la autodeterminación: maduro. Mientras que el superyó es el papel del padre interiorizado en los niños y hasta llegar a la rotura con ellos durante la adolescencia, así como lo que se “exige” un padre a sí mismo al tener hijos. El adulto, así, adopta un rol que viene dado por dos frentes: el evolutivo, y el social, de cada época y cultura. ¿Cuánto tiene de arquetipo y cuanto de rol?, cuanto de primitiva y cuanto de convención sociocultural, es difícil de determinar, y mientras que el feminismo más liberal y las izquierdas tienen una opinión, otros feminismos más conservadores y otras ideologías más de derechas tienen otras.

    Lo que pretendo, con estos escritos, es el tratar de mostrar que sí hay una naturaleza, que el humano no es sólo lo que quiera hacer de sí mismo, sino que parte de unas estructuras cerebrales, que a la vez están escritas en el ADN, y que por lo tanto lo social es sólo la “lectura” y puesta en marcha, con mayor o menor acierto, de dichas estructuras y sus lecturas. Hay varias regiones cerebrales, divisibles a dos o tres, en donde cada una tienen unas directrices y premisas propias. No están en liza, lo suyo es que vivan en armonía o busquen un equilibrio, pues recordemos que la vida se puede simplificar al concepto de homeostasis. La cuestión es si estamos creando -o vivimos en- una sociedad en donde sea posible ese equilibrio o no. No parece que sea así. Las sociedades actuales son tendentes a crear trastornos tanto a nivel individual, como en las propias sociedades, estas como un todo emergente. Los dos equilibrios deberían de ir a la par, y no parece que ese sea el caso. A unas mayores esquizofrenias, alienaciones, paranoias, compulsiones, adicciones, fobias, desigualdades, soledades y esquizotípias en las culturas, de manera mayor se manifestarán en lo individual, y a la inversa. La segunda ley de la termodinámica nos recuerda que a  mayor complejidad, mayor tendencia habrá hacia el caos, hacia el desorden, hacia el desequilibrio. Finalmente más susceptibilidad habrá hacia nuevos sistemas emergentes, en “busca” de algún atractor que “frene” o aminore el caos. No parece ser esa la situación social actual. El posmodernismo, al cuestionar todo lo dado, rompió con todo posible atractor o regulador del sistema. Algunas corrientes actuales, como el feminismo más radical, hijas del posmodernismo, al negar toda posible naturaleza humana, toda primitiva, renegando de su posible papel equilibrador, están creando más caos que cualquier pretendido orden. Si quieres romper una estructura, si pretendes quitar una carta del castillo de naipes, asegúrate que el castillo no se vendrá al completo abajo. Todo hombre no es el “macho” que cierto feminismo pretende. No podemos analizar toda la historia como el “imperio del macho”, que al final está siendo supervisado bajo los ojos de las mujeres. Sé que mi padre no era machista, aunque lo sería bajo los cánones actuales. Ahora -todo humano varón del pasado- fue un machista, según el nuevo canon feminista. Algunas feministas pretenden abrir nuevos caminos, cuando esos caminos han sido mil veces recorridos por otros humanos que nos precedieron, ¿qué más da qué tuviesen entre las piernas y cómo lo usaran?, hasta han creado una epistemología feminista, cuando tal estudio pretende ser simplemente la forma de conocer que se conoce. No hay nuevos caminos: son los de siempre, ahora andados por feministas “ingenuas” que lo creen ver bajo nuevos ojos.

    Queda hacer un análisis de dichas estructuras y llegar a unas conclusiones.

Continuará…

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