¿Correr para Permanecer en el Mismo Sitio?

“-Tu país debe ser algo lento –le indica la Reina Roja- Aquí tienes que correr a toda velocidad para poder permanecer en el mismo lugar.” en “Alicia a través del espejo”
Lo que es difícil en cambio es generar el ‘sin sentido’, dado que el esfuerzo por lograrlo produce sentido” Niklas Luhmann
Estamos inmersos en una carrera entre la educación y el desastre.” Neil Postman (parafraseado a Aldous Huxley y H.G. Wells)
Como dijo alguna vez un psiquiatra, ‘todos construimos castillos en el aire’, el problema surge cuando tratamos de vivir en ellos.” Neil Postman
L
a insatisfacción con lo dado «el divino descontento», es una parte ineludible de la condición humana.” Anthony Storr

 

    Breve introducción. Mis primeros escritos partían desde la filosofía y hacía incursiones en conceptos de la psicología y los sistemas complejos. Por puro azar, por atacar de forma más sistemática y con referencias a las feministas ideé el mapa mental en el programa “TheBrain” para optimizar el mantenimiento de los enlaces a recursos en Internet, a modo de bases de datos. Al final este sistema ha sido tan eficaz como para tener un panorama muy amplio (a vista de pájaro) de todas las ideas generadas en las últimas décadas en campos como las ciencias sociales, la filosofía, la evolución, las neurociencias y la teoría de sistemas. En esa dirección cada vez me he tenido que adentrar más y más en la sociología, cuando en realidad no es de mi interés, pues en principio mi motivación es entender el cerebro humano. Los últimos escritos son el fruto de dicho sistema y mapa mental, sin bien puede que haya perdido frescura e “inocencia”. La flecha intelectiva, por tanto, era desde unos planteamientos meramente fenomenológicos, de explorar mi acontecer mental, sin tener en cuenta casi nada de lo que decía la ciencia, a un final o ahora en donde “comparo” mis propias conclusiones con respecto al saber actual. Uno de esos casos es mi concepto de “pegajosidad neural”, que por lo que veo podría muy bien formar parte de la teoría del enactivismo o la cognición extendida, en tanto que el medio y el yo se “integran” o acoplan como una totalidad desde lo mental. Este concepto lo redujo de forma muy acertada John Muir  cuando dijo: “cuando tratamos de seleccionar algo por sí mismo, lo encontramos enganchado a todo lo demás en el universo“. Actualmente estoy leyendo “la sociedad de la sociedad” de Niklas Luhmann, el presente escrito nació, en parte, de tratar de buscar puntos de unión y diferencias entre mis teorías y las de este pensador, por parecerme muy similares, si bien ha quedado a un lado y sólo lo trato al principio. Si me interesé en él es por lo similar de nuestros pensamientos. Fue a través de sus escritos que conocí el concepto de autopoiesis, que es una de sus bases, si bien diferimos de sus usos. No me parece “cómodo” el concepto de autopoiesis, el propio Luhmann se separa de la acepción de Maturana y Varela, los cuales así lo hacen ver en las nuevas ediciones su libro “Autopoiesis: la auto-organización de lo vivo“. En mi caso lo revisaré muchas veces hasta que al final pueda encontrar uno que me pueda parecer más apropiado, pues no me termina de convencer. Igualmente me he tenido que remitir a dicho libro, de lectura cómoda y sencilla, para tener en cuenta el origen de tal concepto. Maturana y Varela lo aplicaron a un sistema muy restringido y se le está dando un uso inadecuado en muchos casos: “…la dinámica molecular de la autopoiesis ocurre, cuando tiene lugar, como un fenómeno espontáneo, en el que todos los procesos moleculares ocurren en una determinación estructural local sin ninguna referencia a la totalidad que constituyen“. Maturana y Varela “aceptan” que se use el concepto de autopoiesis a modo de metonimia, que es muy posible que sea como yo lo estoy utilizando. De cualquier forma en este escrito fundamentaré mis ideas bajo nuevas premisas que le darán más solidez, pues he encontrado cierto paralelismos entre algunas de sus ideas y las propias. Los autores del libro aducen que el concepto de “teleonomía es prescindible” por inadecuado. Pero es que el sentido y la finalidad emergen de forma rápida en todo sistema, aunque este no esté sustentado por una entelequia o una lógica. En esa dirección todo ser vivo crea funciones, como la respiración, donde tal concepto no tendría sentido sin el concepto teleonómico. En todo caso, como explican Maturana y Varela, en su propio lenguaje, son concepto que no existen en un “ente” autopoiético, sino que son dados por sistemas acoplados y desde el punto de vista de un observador. En unos casos y otros, se me hizo “obligatorio” saber más en profundidad lo que Luhmann dejó escrito. No lo he terminado de leer, por lo tanto el presente escrito será revisado una y otra vez mientras lo vaya leyendo, o al final de su (larga) lectura. Como soy obsesivo tengo que escribir, sino no lo hago me costará dormir y mantenerme dormido. O sea, que mis escritos son “purgas” conceptuales para mantener mi equilibrio mental, la homeostasis personal. Por otro lado abordo el tema de la retroalimentación positiva, ya que tal como la he venido plasmando, y por cómo se “expresa” o “funciona” en la naturaleza parece ser un error en los sistemas, y por lo tanto en lo evolutivo y en el cerebro humano (mente). Me di cuenta de esta falla. Busqué un porqué y la hallé hace tiempo, pero no sabía si incluirla en los escritos anteriores o tratar el tema por separado. De revisar los escritos alteraría sus “mensajes” o intenciones.  Era preferible  tratarlo por separado como una nueva conclusión o cierre de los temas ya tratados. Abordo ambos temas -las conclusiones de Luhmann: la autopoiesis aplicada a lo social y la retroalimentación positiva- de forma entrelazada.

   Si se quiere tener una idea general del pensamiento de Niklas Luhmann, lo mejor es recurrir a la entrada de la Wikipedia. Una cosa que me llamó la atención es que es bastante hermético y complejo de leer. Al parecer lo hizo a propósito, pues pensaba que si “simplificaba” sus postulados podrían ser reducidos a mínimos y por lo tanto malinterpretados. Me pregunto, entonces, si yo al tratar de ser llano no estaré siendo simplificado a ideas erradas. Eso me lleva a pensar en el estilo. ¿Es una premisa que para parecer profundo hay que usar un lenguaje complejo e incluso hermético? En esa falla han caído muchos de los escritores posmodernistas, con la consiguiente consecuencia de haber sido tildados en caer en “imposturas intelectuales” vacías de significado y contenido, entre dichas personas a la feminista Judith Butler. El propio estructuralismo es muy ambiguo. Se puede reducir su idea a que tratan de simplificar los sistemas a sus estructuras, a su esqueleto. De igual forma que todo edificio es reducible a que parten de una estructura de columnas y vigas (esqueleto), todo sistema puede ser analizado bajo ese prisma. El problema es no perderse en esa abstracción en donde a veces se desvanece todo contacto con la realidad. Si un concepto me ha parecido acertado del constructivismo es la máxima que dice que todo sistema, y por lo tanto la vida y lo social humano, es mecanicista y está determinado en su estructura. Pero hay que recordar que es la “piel”, su sensibilidad, su textura y los “usos” que le damos, lo que nos hace ser humanos. La paradoja de la abstracción y circularidad en el lenguaje posmoderno, y otras doctrinas parejas, se puede apreciar en esta página, que genera aleatoriamente un texto por medio de un programa informático o algoritmo -cada vez que se entra se genera uno nuevo- un escrito de “corte” posmodernista, con su consabida jerga y tendencia a la recursividad, la conexión aparentemente sorpresiva y azarosa de conceptos y la abstracción pura, que lo desliga de todo significado y realidad. No deja de ser curioso, pues… ¿no será uno de esos escritos aleatorios los que hallen cierta “verdad” sobre alguna realidad? Lo mismo ocurre con cualquiera de esos escritores o pensadores nominados como “impostores”, no deja de ser paradójico que quizás en sus jergas hallen “verdades” o estructuras de la realidad, o que a su vez sugieran ciertas ideas a sus lectores que al final lleven a cierta verdad o patrón de la naturaleza. Extrapolándolo a la genética y la evolución “funcionan” a modo de mutaciones, y como es sabido a veces una mutación es la que mejor se adapta a un medio, la que termina por “acertar”. Eso ya me lleva de lleno a los temas a tratar. A veces pienso que muchos pensadores hablan de lo mismo, sólo que cada uno pone énfasis en cierto concepto, como clave de su pensamiento, mientras que otros lo hacen en alguno distinto. Las claves en Luhmann son significado y comunicación, pero antes de entrar en este tema prefiero tocar la retroalimentación positiva, pues puede ser la que explique muchos de los conceptos de Luhmann y por lo tanto los míos.

   El concepto evolutivo que da “razón” de un porqué a la retroalimentación positiva es el de la cinta andadora (hipótesis de la reina roja), máquina e imagen que es la mejor que define la idea que se esconde tras dicho concepto. En cinta andadora el cuerpo hace todos los movimientos necesarios para andar o para correr, pero no se avanza: la persona permanece en el mismo sitio. En este sentido se explica la evolución. Para entenderlo es mejor un ejemplo. Una gacela y su depredador mantienen una “lucha” en la optimización de sus carreras. Si el depredador gana algo de velocidad, todas las gacelas más lentas serán cazadas, con lo que sobreviven y se reproducen aquellas que hayan hecho algún cambio a mejor en sus huidas. Esto puede ser por velocidad, por agilidad al driblar, o por ser más perceptivas a la hora de detectar al depredador. En resumen una gacela actual puede seguir siendo igual que una de hace trescientos mil años, sus restos esqueléticos fósiles pueden ser casi exactamente iguales, pero posiblemente la actual sea más ágil o rápida, aunque sea sólo en unos segundos. O sea, se hacen cambios para mantener el ratio de diferencia en velocidad con respecto a su depredador. Avanza, pero sin ganar nada con respecto el animal que le da caza, pues este también está “obligado” a su vez a mantener el mismo ritmo evolutivo. Esta es la idea central del concepto  de la cinta andadora aplicado a la evolución. Esto nos lleva de lleno a un cruce de ideas entre Luhmann y mis pensamientos. Este autor hace una de sus claves al concepto de significado. En mi lenguaje, por creer que va más en la dirección de la teoría de sistemas, esa clave sería información. ¿No son lo mismo?, la diferencia está en que Luhmann trataba sobre temas de sociología, en donde la información cambia su estructura. Como mis ideas parten de los de la superveniencia lo primero es la información. El ADN es información que una célula “lee” para operar o funcionar. No cabe la interpretación, que sería lo propio de un significado, tampoco es comunicación, la célula no le “dice” nada a su vez al ADN: es una “orden” que se ejecuta. ¿Cuándo una orden no hay que seguirla a rajatabla? (raja tabla, ¿tabla quebradiza?, me quedo perplejo con ciertas palabras) ¿Cuándo “introduce” la evolución el tener en cuenta la novedad o el cambio? Luhmann nos dice que “un sistema se define por un límite entre sí y su entorno, dividiéndolo de un exterior infinitamente complejo, o (coloquialmente) caótico” (fuente Wikipedia). En esa medida es “reducción de la complejidad”. Quizás esta idea sea la forma más sencilla de explicar la propia vida. De esta manera la vida es una tendencia a mantener un orden o ir contra de la segunda ley de la termodinámica durante X tiempo (edad promedio de vida del ser vivo). Ese límite a nivel de seres unicelulares es la pared celular, pero dicha pared no se dio desde el principio, luego es un segundo paso al proceso evolutivo. Dicha pared “marcó” una distancia o división no sólo con el medio, sino con otros seres vivos, incluso de su propia especie. Con esto llegamos a otra de las palabras claves de Luhmann, la diferenciación, que al parecer la heredó del pensamiento de Parsons. Yo llegué a esa misma idea bajo el término de otredad, pues es la otredad la que crea una identidad al connotar las diferencias existentes. En ese sentido identidad es la propiedad de un sistema a una de las maneras en la que “reduce la complejidad”, su forma de llevar esa máxima a cabo. ¿Dónde entra la novedad? Cuando el entorno cambia y necesariamente “se impone” una adaptación. A decir verdad, y para comprender la evolución, no es que el sistema -un animal, por ejemplo- se adapte al cambio, sino que en muchos casos es por algo tan sencillo como que sólo sobreviva lo que porta un cambio, como para que no muera o se extinga ante dicho medio. Con esto doy un salto narrativo desde los primeros seres vivos a la mente del hombre, que es lo que nos hace tan distintos a cualquier otro animal. En otros escritos ya he dicho que la evolución tuvo que apostar por hacer “cambios de última hora” (impronta genética, efecto materno, epigenético).  Si por un lado un ser vivo es aquella apuesta en particular que tiene unas premisas programadas para “reducir la complejidad”, por el principio de la retroalimentación positiva, explicada bajo la metáfora de la cinta andadora, “asume” que no ha de poner todas sus bazas al promedio de la especie. O sea, una ameba puede que no se diferencie de otra, e incluso un escarabajo pelotero de otro, pero en los animales más complejos hay diferencias de unos a otros. Es como si la evolución dejase de apostar todas sus bazas a una sola carta. La variación, por medio de la sexualidad, es esa apuesta múltiple a distintas cartas. Ahí es donde nace el concepto de “nuevo” o novedad. Si una gacela nace con una mutación en una molécula que sintetiza el gasto de energía muscular de forma más óptima, correrá más tiempo ante el depredador y sobrevivirá y se reproducirá con más éxito. Se da una primera “comunicación” cuando varios animales de un mismo orden se han de tomar como de la misma identidad, cuando la información que portan es con ciertas variaciones, cuando en realidad el “significado” en el comportamiento puede ser el mismo: en este caso huir del depredador.

    En los sistemas de la superveniencia la categoría de social nace del de vida, en donde lo social está supeditado a la comunicación de los individuos implicados para crear estrategias con fines comunes. Creemos una trama más de complejidad, pues la gacela ya no nos vale. Los búfalos africanos tienen estrategias para auto-protegerse y a la vez proteger a las crías. Una falla en tratar de seguir el rastro de la evolución es que las huellas fósiles no dejan ver cuándo se producen cambios sociales, por lo menos fuera de los humanos, pues nosotros dejábamos rastros en “artefactos” (fogatas) o utensilios. Es muy posible que ese comportamiento de los búfalos no haya existido siempre y que sea algo que ha ido evolucionando hasta llegar a la situación actual, en la que incluso llegan a atacar activamente a sus depredadores. De una manera u otra la identidad social es más que la identidad individual (concepto de emergencia), puesto que un búfalo de forma individual no puede mantener esas estrategias de ataque a los depredadores. Lo mismo ocurre con los lobos: individualmente apenas si pueden cazar presas pequeñas. Si están ante un gran animal retroceden; se “envalentonan” cuando están en manada. Dos comportamientos distintos en un mismo Ser o entidad dependiendo del entorno, dos formas distintas de “reducir la complejidad”, de homeostasis, en un mismo sistema nervioso. Esto implica un sistema nervioso que implemente la adaptabilidad al medio, a la situación y por lo tanto a lo que pueda ser distinto o nuevo.

   De una manera u otra lo que subyace de fondo es cuándo algo mantiene una información o identidad, y cuándo puede ser tan distinto como para que ya no sea la misma identidad en dos dimensiones: la social y la individual, que a la vez están implicadas. En lo individual el lobo es lobo tanto al amilanarse ante un gran animal cuando está solo, como cuando se “envalentona” estando en manada, ya veremos cómo interpretar esta regla en el humano. Pero, ¿cuándo un lobo es susceptible de ser atacado por otro lobo y cuándo no? Vayamos a otra especie más sencilla. Una hormiga tiene una huella química de su hormiguero, cuando dicha hormiga llega a otro hormiguero es “otredad”. No existe una regla general en la vida, cada orden y especie tienen sus propias reglas de dichas “marcas” de la identidad. Dichas reglas están “pactadas” y regladas en instintos. En órdenes, no comunicativas, del ADN. Más de una vez he sostenido que el humano no es el inteligente, no a modo activo, es la evolución la que le ha colocado en esa posición privilegiada, la que tiene los mecanismos “inteligentes”. En la medida en la que el humano incorpora muchos instintos o patrones de comportamiento corporizados, encarnados, cada uno maximizado en todo lo posible, es un buen exponente del proceso evolutivo de optimización, que en el caso humano es hacia la inteligencia. Pero el sentido de agencia, el yo reflexivo, el intérprete del hemisferio izquierdo o ese piloto que parece tener el mando del cerebro y el cuerpo, sin llegar a ser razón, es algo estúpido. A este módulo no le sorprende que un perro chihuahua reconozca como perro a un mastín, aunque se muestre asustadizo, que es muy posible que tenga que ver con el olor como las hormigas, pero el humano no reconoce como humano (incluso sin “alma”) a otras personas por meras apariencias externas como el color de la piel, o por ciertos modos de comportamientos o maneras de pensar bajo el concepto de creencias. En este escrito pretendo mostrar un porqué.

    Ya tengo todo los precedentes para adentrarme en los mecanismos que operan de fondo en estos juegos sobre las identidades, toca adentrarse en los detalles. Es muy posible que los primeros mecanismos, de “ver” el entorno, incorporados a un primer sistema nervioso, fueran los cronológicos. A cierta hora el sol tenía más fuerza y era óptimo estar cerca de la superficie marina. Ya en esta etapa y con dicho mecanismo, se daba algo por lo que al final sería la base de todo sistema vivo complejo, con un sistema nervioso centralizado, prever el medio. En un sistema informático se incorpora dichos sistemas; en muchos casos permanecen latentes. Una rutina abierta de un programa come recursos del sistema a la espera de una condición de “¿se da este caso?”. “Pregunta” que se hace una y otra vez cada vez que el núcleo no tiene ninguna otra función más relevante al que el sistema dé más prioridad. Es un sistema estúpido porque consume recursos y energía. Como regla general cuantos menos programas o utilidades residentes se estén ejecutando mejor. La vida no se puede permitir tal derroche, todos sus procesos y los que han evolucionado han sido porque eran los menos intrusivos, los que menos energía gastaban. Los microprocesadores están siguiendo esta misma regla básica, tratan de optimizar sus recursos con un menor gasto de energía. Hoy en día son más rápidos con un menor gasto de energía que los de hace una década. Cuando un sistema vivo llega a cierto grado de optimización de energía, y si este se apercibe que los recursos en el ambiente son óptimos, puede tender a incorporar un nivel más de complejidad, si en el proceso “gana” algo: retroalimentación positiva. Por esto el derroche de energía de la cola del pavo real, es óptima para ser seleccionada por las hembras.

   En el párrafo anterior ya se ha colado el concepto de prever en lo evolutivo. Dicho sistema es la base de retroalimentación del sistema nervioso en lo que se conoce como “codificación predictiva“. En el humano, en donde es que se da de forma más clara el aprendizaje o neuroplasticidad, es donde se ve más claro dicho mecanismo. Un bebé al principio no tiene los ojos abiertos o incluso aunque los tenga abiertos no ve. Su cerebro está programado para crear en primer lugar los circuitos motores. Hace movimientos esporádicos con sus extremidades en donde hay un primer aprendizaje motor por retroalimentación. Pero para que se vea más claro vayamos a la segunda fase: el “incorporar” la vista a dicho sistema. Hay un objeto delante y el cerebro crea aparentemente movimientos aleatorios para dirigir las manos, y la vista “verifica” lo acertado de dicho circuito neuronal de previsión, si falla no se crea la conexión de forma duradera y si acierta asienta dicho circuito en la memoria a largo plazo. La retroalimentación a este nivel es un circuito verificador al modo de “si X entonces Y, sino volver al principio de esta rutina” en donde el aprendizaje ocurre cuando se sale de dicha circularidad o rutina. ¿Parece un sistema estúpido y tonto por lo simple que es? Puede ser complejo entender dicho concepto de circularidad o retroalimentación, una imagen que ayuda a entender dicho sistema es lo que sucede cuando con un vehículo entramos en una rotonda, en donde si no nos hemos colocado en el carril correcto, cada vez que se llega a la salida deseada al “pre-tender” cogerla (lo inteligente del lenguaje -algunas veces-, en este ejemplo con el prefijo “pre” que nos hace “saber” del sistema pre-dictivo del cerebro), se puede llegar a dar el caso que  tengamos otro vehículo a nuestra derecha, lo que nos “obligará” a volver a dar otra vuelta a la rotonda. Optimizamos el sistema cuando el sistema “comprende” que si desde un primer momento se coloca en el carril adecuado será más óptimo salir de la circularidad… “los comportamientos particulares se explican mediante la apelación a una revisión de errores de predicción específicos de la modalidad, según se calculan mediante módulos cerebrales físicamente localizados y encapsulados, sin especificar una implementación computacional particular” (Fodor 1983). Un sistema vivo no complejo se atiene a unas cuantas rutinas ya aprendidas y asentadas, pero el cerebro humano es el mecanismo más complejo de la naturaleza, luego las cosas no son tan sencillas como el aprendizaje de unas pocas rutinas.

    Al predecir un sistema, cuanto menos información se “lea” del entorno más rápido será el sistema en actuar ante este. Por este hecho la evolución de la vista va desde lo sencillo a lo complejo. ¿Por qué ver tan sólo en blanco y negro?, es lo más óptimo si sólo tratas de captar el movimiento, pues en los contrastes de luces y sombras es donde más rápidamente se capta un cambio en el entorno. Dicho sistema sigue “incorporado” en nuestro cerebro y es el que opera en las situaciones de verdadero peligro que requieran una reacción lo más rápida posible. De hecho no vemos el mundo tal cual, por requerir demasiados procesos. Es el cerebro el que lo recrea en su interior, y en cada momento es un circuito el que busca posibles cambios, los cuales los incorpora a su representación cerebral. Es como el pasatiempo de buscar las diferencias entre dos imágenes, llevado a sus límites. Por este tipo de sistema es por lo que somos tendentes a la ceguera a los cambios, pues el cerebro se atiene a la información relevante y pasa por alto lo que no lo es, y por esto mismo al ver varias veces una película nos percatamos de cosas nuevas. Este efecto o sistema también es “culpable” de que las personas a lo lejos, sobre todo del otro sexo, nos parezcan bellas: el sesgo implícito optimista del cerebro está impelido a ver una posibilidad de emparejamiento y “reconstruye” los pocos datos que en ese momento tiene, hacia reconstruirla como “persona bella”, hacia la posibilidad. En todos los ejemplos sale a relucir que nuestra representación del mundo visual es tan costosa y compleja que hay un retardo cerebral: el cerebro siempre tiene una representación del mundo con unos milisegundos de retraso, y por lo tanto del mundo del “pasado”.

    En unos casos y otros, en lo visual, en lo táctil…, en todos sistema de entrada del estado presente, el sistema tiene sus circuitos de previsión y verificación de lo nuevo, en donde lo que queda patente es que el sistema nervioso es un componente que trata de detectar lo nuevo en el entorno. En un segundo proceso tiene que integrar todos los datos (zonas asociativas e integración multisensorial) y pasan a un tercer sistema de verificación más complejo, el asentado en el prefrontal, en la corteza cingulada anterior, que es en el sistema que yo me he detenido de forma profunda en mis escritos. Dicho sistema es el que nos crea la sensación de que hay un piloto al volante, el sentido de agencia (tener un agente al mando). Y dicho sistema no “decide”, puesto que a él llega todo ya integrado o “resuelto”, su papel es volver a verificar, o sea es de nuevo otra rotonda o circularidad en donde si dicho sistema no ve nada anómalo o nuevo lo deja “pasar” sin más (sin procesar, sin crear un cambio).

    Pero todo esto ya lo he dicho y expuesto una y otra vez: vayamos a la “novedad”… el por qué la retroalimentación positiva. En casi todos los sistemas analizados se da una retroalimentación negativa, el sistema tiene que tender a la estabilidad del sistema, a la homeostasis: no gasta más que la energía necesaria en cada proceso. O dicho de otra forma: si desde el principio uno se coloca en el carril correcto, al entrar en una rotonda, no gasta gasolina de más. La rotonda deja en cierta forma de ser rotonda porque sólo vamos desde la entrada “A” a la salida “B” como si fuera una línea recta, como quien dice. Estos recursos automatizados son procesados sobre todo por el cerebelo, que tiene casi todas las rutas de a “A” a “B” de todos los circuitos motores: es a este al que se refiere la frase de “ir en piloto automático” cuando conducimos o en la mayoría del acontecer diario. Todo que hagamos con rutina queda procesado o tiene como circuito al cerebelo. De hecho el lenguaje es sobre todo motor, por lo que dicha parte del cerebro cada vez ha cogido un mayor protagonismo en las neurociencias. En las últimas décadas incluso se ha creado la hipótesis de que ha sido uno de los precursores de lo que el humano es hoy en día. El habla es otro caso de retroalimentación: necesitamos escuchar nuestra voz, lo que decimos. Es otro proceso que si funciona bien va de “A” a “B” sin problemas, pero que falla en cuanto la situación no es óptima. Un ejemplo es que haya griterío o mucho ruido en el ambiente, nuestros “pensamientos” o locución parecen volverse más torpes. Un ejemplo más claro es cuando nos tratamos de grabar con el ordenador y activamos a la vez escuchar lo grabado, el sonido de entrada del micrófono. Como el ordenador tiene un retardo en todo este proceso de grabar y reproducir, oímos por un lado nuestra propia voz y por otro lado esta misma reproducida por el ordenador con cierto retraso. ¿Resultado?, que de repente nuestra locución se frena por esa doble voz a la que el cerebro no está acostumbrado. Ocurría esto mismo en los antiguos teléfonos fijos, cuando nuestra voz se acoplaba y nos venía devuelta con retraso. En mi caso tengo afasia nominal. La teoría es que es un daño en el lóbulo temporal, que es la zona asociativa del habla y el oído, la que crea ese circuito de retroalimentación de hablado-escuchado. Pasé por una encefalitis (15 o 16 años) muy grave que pudo ser la causante de tal daño. Hoy en día, en mi caso, no tengo claro que sea por este motivo. Es muy posible que tenga que ver con el cerebelo. Este no es el que procesa el movimiento, el sistema motor, pero sí los sincroniza como para que no se produzcan retardos o efectos de “acople”, como así ocurre con el ordenador. O sea, la “magia” del sistema nervioso es que ha de sincronizar todos los datos, que cada cual ha sido sub-procesado en algún módulo o región, como para que no se produzca ningún efecto de retardo, en el segundo nivel del sistema asociativo y mucho menos en el tercer nivel de la integración de todos los procesos, dando como resultado la sensación de estar ahí, en este presente. En parte esta sincronización la lleva a cabo o forma parte el cerebelo. En cuanto algo se desincroniza el sistema “falla” o se ve alterado por completo.  Un caso que es ejemplar sobre este hecho es el trastorno de procesamiento sensorial, por el cual las áreas asociativas del cerebro no regulan y sincronizan los datos procesados por los distintos sentidos o módulos cerebrales; este trastorno puede ser una de las bases de las personas híperactivas, que muestran dificultad en el aprendizaje, y se baraja como idea a que sea parte del problema del autismo.

Hipótesis de la Doble Ruta para Leer

    Yo tengo dificultad con el habla, las palabras largas y con fonemas no tan propios del lenguaje español me resultan complicados. Ocurre con varios de mis hermanos y sobrinos, por lo que se descarta que sea un daño en mi caso, sino debido a algo heredado. Mi hipótesis es que hay un retardo, un acople, en la recuperación nominal puesto que no están bien establecidas o sincronizadas las formas motoras en el cerebelo de cómo crear dichos fonemas y por lo tanto ciertas palabras. No se puede recordar o recuperar de la memoria algo que no ha sucedido, del mismo modo no se puede recuperar o con dificultad algo que en el cerebelo no ha terminado de crear un patrón estable. En la metáfora del coche y la rotonda es como si se entrase en ellas sin haber prefijado cuál es el camino de “A” a “B”, y se diesen varias vueltas para salir de la rotonda, lo que da como resultado ese retardo en recuperar nombres, adjetivos y verbos, y se tenga que recurrir a perífrasis y otros recursos para recuperarlas por asociación. Me alargo en este ejemplo personal porque lo conozco bien y es muy representativo de esa sincronización como totalidad. En el cerebro, en cuanto algo falla en las primeras fases de los procesos, queda alterado algo tan esencial como el hablar y por lo tanto el leer y el escribir…,  y  al final el aprender, pues todos estos patrones parten de la base de la forma fonética y sincronizada del sistema motor (cuerdas bocales, respiración, lengua, mandíbula, labios, etc.) que están sincronizados por el cerebelo. En una metáfora, el cerebro es como una cadena de producción, en donde si una parte de la cadena se enlentece, repercute en la producción final con fallas o errores. Como cuando vemos una etiqueta torcida o un remache fuera de su sitio, o defectos similares. Para el caso, como la “producción” en el cerebro no se puede parar se ignoran los retardos y fallas en los procesos intermedios, con los consiguientes errores como el no haber comprendido lo escuchado o leído, o que el discurso se trabe, o se escojan los adjetivos o nombres de formas desacertadas, o se expresen palabras con errores fonéticos o en su formación. O sea que la afasia nominal puede ser un síntoma aún más de la dislexia, una gravedad más allá de esta, (ante tales papeles del cerebelo pensé si estaría implicado con la dislexia, e investigando encontré que sí). Un daño en el cerebelo no provoca el poder moverse o crear los movimientos, sino que estos sean más erráticos y que el cuerpo no recupere su estado homeostático de quietud, dando como resultado un permanecer con movimientos aleatorios y convulsos (ver vídeo de ejemplo). La emergencia de lo humano se dio con el habla, luego el cerebelo tuvo mucho que ver. Ya en otro lado apuntaba al hecho que el habla está ligado en la zona del manejo de la mano derecha. En un tiempo atrás, cuando aún estábamos en los árboles, la sincronización de esta parte motora era fundamental. Cuando bajamos de los árboles esa potencialidad se aplicó o uso para dar prioridad a lo que las manos podía hacer, como elaborar herramientas. En un segundo paso creamos un lenguaje de signos acompañados por sonidos (se puede ver esa etapa en los chimpancés con sus sonidos guturales rítmicos y repetitivos que acompañan a sus comportamientos sociales), para al final terminar por dar una mayor importancia al habla, que por retroalimentación cada vez se volvió más y más compleja.

Vínculo a Través de la Sincronización

Ver vídeo completo
Ver vídeo de este mismo acto, pero de un seguidor a su líder.

   Vuelvo arriba, a establecer un para qué de la retroalimentación positiva, me he alargado en el párrafo anterior para establecer la importancia de la negativa, que es la tendente a los estados equilibrados u homeostáticos del sistema. De hecho cuando el humano crea máquinas todas siguen las reglas de la retroalimentación negativa. En cibernética, como estudio de los sistemas complejos, es donde… “la cibernética es aplicable cuando un sistema que se analiza incorpora un bucle de señalización cerrado, originalmente conocido como una relación “causal circular”, es decir, donde la acción del sistema genera algún cambio en su entorno y ese cambio se refleja en el sistema de alguna manera, (retroalimentación) que desencadena un cambio de sistema“, en esta dirección se llega a la “teoría del control perceptual“, la cual… “es un modelo de comportamiento basado en los principios de retroalimentación negativa, pero que difiere en aspectos importantes de la teoría del control de ingeniería. Los resultados de los experimentos TCP han demostrado que un organismo no controla su propio comportamiento, ni las variables ambientales externas, sino sus propias percepciones de esas variables. Las acciones no son controladas, son variadas para cancelar los efectos que las perturbaciones ambientales impredecibles tendrían en las percepciones controladas“. En este sentido tratan o son sistemas cerrados, tratando de “escapar” o controlar la entropía. ¿No encaja a un porqué el humano tiende al sesgo optimista? No importa la “verdad”, la realidad, el dato en bruto, importa en qué medida esa dura realidad impacte en el grado de felicidad, bienestar o equilibrio homeostático del “sistema”. El sesgo optimista es un mecanismo de retroalimentación negativa. En definitiva y en una de esas optimizaciones, todo el sistema crea rutas lo más cortas posibles que repercuten en el gasto de energía (automatismos), dichas rutas se activan sobre todo con el glutamato (el 90% de la activación neural) y la acetilcolina (neuronas motoras). A ese nivel (nivel 1) todo proceso se automatiza habiendo hallado las mejores rutas. En el aprendizaje, palabra que lleva implícita el concepto de novedad, en las zonas asociativas, la mayoría de la corteza cerebral anterior, se suele hacer uso de un sistema de recompensa, por medio de la dopamina. Hay que fijarse que en algo tan básico como montar en bicicleta entran módulos como la propiocepción (centro de gravedad, por ejemplo), el equilibrio, la visión y el sistema motor. Cada módulo entra en sus propias circularidades (con este tipo de palabras son con las que tengo problemas: el cerebro se queda dando vueltas en la rotonda de “larida”, sin saber si falta alguna vocal “larieda”, u otro fonema o sílaba o si son los correctos: la escribo mal porque soy incapaz de decirla y espero a que el corrector ortográfico me corrija), que a la vez han de sincronizarse con otros sistemas de zonas asociativas (nivel 2). A los efectos no nos percatamos de que haya varios niveles. El nivel 3, el verificador de novedad del prefrontal, es el que asume la autoría de todos los actos como una totalidad como se puede ver en este vídeo, en donde a un sujeto se le activa una región del cerebro para que sea el sistema motor de la mano izquierda el que haga un movimiento, cuando el resultado  final es que el “verificador” o intérprete del hemisferio izquierdo es el que se asume como el que ha hecho tal acto por “elección”. ¡E ahí la “magia” de la instantaneidad de todo el proceso del sentido de agencia!, por mucho que el científico insista y le diga al sujeto del experimento que ha sido por una estimulación magnética transcraneal, este no dudará, e incluso se empecinará, en que ha sido por su elección.

    La dopamina es el neurotransmisor más claro de un sistema de retroalimentación positiva. Es este sistema, cuando no “funciona” su freno, el que nos lleva a las obsesiones y las adicciones. En su modo de operar “normal” sirve de estímulo al prefrontal para dar sentido a aquello que es nuevo. La novedad suele ser estimulante, si no se padece alguna fobia o trastorno (que implique neofobia), y es más propia de cierta etapa o edad: la juventud. Un breve recorrido evolutivo que explicaría o da más sentido a la dopamina es la adrenalina. Si de lo que se trata la vida es de protegerla, cuando esta se ve en peligro el sistema no puede ser comedido, no puede o debe usar mecanismos de retroalimentación negativa. Se juega todas las bazas a una sola jugada y gasta toda la energía posible para huir o luchar. Más tarde el sistema “ideó”, por procesos de retroalimentación negativa, métodos como el camuflaje para volver a regular la situación a la más homeostática o equilibrada en el gasto de energía, recurriendo, claro está, a una retroalimentación positiva en lo evolutivo (cinta andadora) al crear el gasto para dicho camuflaje. Calamares y pulpos han optimizado al máximo dicho sistema por medio de cromatóforos, -de hecho toda su piel es “ojo”, pues cada una de sus células son sensores de luz-, sistema que el humano es incapaz de imitar por el momento, al igual que tampoco llegamos a una inteligencia artificial. Aquí vemos la ambigüedad y antropomórfico del concepto de inteligencia. La evolución ha hallado por medio de la retroalimentación, en su adaptabilidad, llegar a sistemas realmente complejos e inteligente sin que exista un agente que dirija esa “acción”, intención, ruta o finalidad. El humano no es más que otro de esos casos, en el cual la falsa percepción de agencia es otro sistema de control evolutivo, bajo el pretexto de crear una falsa sensación de control, pues de lo contrario el sistema se viene abajo y cae en los trastornos. Retomo el tema, que me desvío. Ya en lo humano la molécula que da más sentido a lo que realmente somos es la dopamina. El prefrontal y sus funciones requieren de mucha energía, por el principio de inercia económica trata de no ser usada. La dopamina, como gran premio, trata de paliar esa coyuntura. Por medio de la dopamina podemos mantener la atención centrada mucho más tiempo del que sería “recomendado” a nivel de gasto energético. Los actuales sistemas de juegos electrónicos (ordenadores, consolas, móviles) son una prueba de esta regla… con el consiguiente problema de la tendencia a la adicción.

Brain_metabolism_and_drug_addiction

    Ya tenemos todos los antecedentes, es hora de que las zonas asociativas enlacen las ideas. La primera conclusión es que el concepto de autopoiesis, como reconocen Maturana y Varela, no implementa fines o “intencionalidades” (propósitos, actitudes). Se basan en la retroalimentación negativa, en la medida que solo pretende ser un caso muy concreto de un sistema cerrado al que no le “afecte” o le altere el entorno y por lo tanto la entropía: “una célula persiste en virtud de su capacidad para crear y mantener un límite (superficie de la célula), a través del cual interactúa con el entorno, manteniendo así la integridad del límite. Es esta autopoiesis, o autocreación, la que permite al sistema limitar los posibles estados que visita, y así sobrevivir” (Varela et al. 1974) ¿Existe tal sistema realmente o es sólo un concepto o abstracción de una potencialidad?, cuando leí su libro quería ver en qué caso lo empleaban, y temía que llegasen a ser muy técnicos, pero ni una cosa ni la otra. Si la célula se basa a su vez en el ADN, y este le transfiere información (más abajo veremos el dilema información/comunicación), su identidad (forma de comportarse) transmuta a través de cambios epigenéticos, que son debidos a “lecturas” del entorno, de lo que está afuera de la célula. Esto ya implica potencialidades de varias identidades, donde para que se dé una tenga que “morir” otra, concepto que ya se sale fuera de lo autopoiético. Ahí está el meollo de tratar sobre qué o no es identidad y por lo tanto unidad, problema que heredan los siguientes sistemas o estructuras de la superveniencia. Hay cambios cerebrales, por daños o epigenéticos, que hacen que una persona parezca ser otra. Así, por ejemplo, se nace con la potencialidad de padecer esquizofrenia, en donde tal estado ya cambia la identidad de dicha persona. En otro lenguaje, en el filosófico, qué es forma y qué contenido; qué necesario y qué accidental o contingente. Parecen ser preguntas sin solución, o que no funcionan bajo la lógica boolena (dual: verdadero/falso, 0/1, identidad/otredad), sino que requiere de una lógica difusa o probabilista. Quizás sólo sea aplicable a la química orgánica o a un primer momento “ideal” de esa primera célula viva, la cual no “contemplaba”, no portaba, el concepto y la posibilidad del cambio epigenético. De hecho tal concepto se podría reducir a la distinción de un sistema que trata de ser cerrado y basado en la retroalimentación negativa, frente a otro que se las tiene que ver con el entorno y para ello hacer cambios a través de la retroalimentación positiva. La paradoja de esta primera conclusión es que el realismo depresivo tiene como fundamento un sistema que se “sabe” como entrópico, como no cerrado y al que no le vale el sesgo optimista, que es un sistema cerrado de retroalimentación negativa. De una manera u otra en cuanto la evolución “se echó a andar” emergieron los acoplamientos, en el lenguaje de los autores, en donde el sistema pareció volverse teleonómico (con fines e “intenciones”). O de otra forma, lo que emerge de cada pretensión de mantenerse como autopoiético, son las interacciones y “modificaciones” en dichos sistemas en donde nació el concepto de competencia de varias apuestas, dentro de un entorno, donde ambas no podían subsistir sin llegar a acuerdos de qué tipo de acople se trataba (indiferencia, simbiosis, cooperación). En cuanto se dio la depredación se acabó el estado estable basado en la retroalimentación negativa, puesto que entró en juego la cinta andadora de la evolución -de la retroalimentación positiva- para tratar de mantener la distancia de la presa con respecto al depredador. Igualmente el sexo (palabra que no usan en su libro, ahí hay algún tipo de represión, ¡es broma!) como modo de reproducción, según los autores es una “complicación”, cuestión que yo ya había “calculado”. Extraña elección de palabra -complicación-, quiero pensar que la usan en tanto que sinónima y familiar al concepto de complejidad.

    La segunda conclusión, el fundamento del presente escrito, es que el humano, en lo social e individual, es un “animal enfermo” en la medida que mantiene activo el sistema de retroalimentación positiva, sin que en muchos casos hiciera falta, pues ya no tenemos depredadores y tenemos un control bastante exhaustivo del medio. Lo que me lleva a la tercera conclusión, de un porqué, que hay que desmadejar más extensamente.

    Lo que llama la atención, al tener en cuenta que se siguen manteniendo humanos como cazadores-recolectores, es que el humano llegó a un estado homeostático con el medio, de equilibrio, en donde “actuaba” y se mantenía la retroalimentación negativa, de manera más autopoiética. Los humanos tribales cazadores-recolectores controlan incluso su índice de natalidad dependiendo de la abundancia, por medio de la retroalimentación negativa: menos alimentos, menos hijos. O sea, un sistema autopoiético se ve impelido a “funcionar” por medio de lo que el medio le da, por la abundancia o escasez de dicho medio. Por otro lado se sabe que casi todo animal inteligente lo es porque se vio sometido a presiones ambientales, en donde tiene que entrar en juego la retroalimentación positiva: ganar velocidad en la carrera, optimizar la caída en picado en un ave rapaz, etc. De hecho el humano aunque en un principio hacía herramientas, no creaba variaciones: se basaba en una que sabía que funcionaba y ese sistema lo mantuvo por cientos de milenios. Todo indica que fue el principio de la última era de glaciación la que nos “obligó” a meternos en una retroalimentación positiva (carrera contra un medio muy hostil) que aunque acabase nunca hemos abandonado. Se tuvo que salir de África y desde ese momento el freno de la retroalimentación positiva se fue al traste. Nadie ha apuntado (o yo no lo he encontrado) la posibilidad a que el cruce con los neandertales crease algún cambio en el sistema nervioso y/o el cerebro que fue el que terminó de “modelar” lo que somos ahora. Una tendencia al exceso a la creatividad, al exceso del mantenimiento de la retroalimentación positiva -por medio de la dopamina-, o el nacimiento de los individuos creativos (posiblemente los bipolares: que dualizaban quizás los extremos de las dos especies), que fueron los que terminaron por marcar el principio de la competencia en las culturas (hubo un primer cruce entre las dos especies antes de la “gran salida” de África). De hecho el humano no se comprende sin competir (y luchar) contra sí mismo. Nuestra especie se basa en competir contra otro humano, otro país, otra empresa, otra cultura, etc. Una regla evolutiva dice que una gacela no tiene que ser más rápida que su depredador, sino más rápida que otra de las gacelas, que será la seleccionada por el depredador. Igualmente el humano no tiene que ser el más “inteligente”, sino más inteligente que su vecino. Hasta aquí esta simple hipótesis que no por extenderla va a ser más clara, sencilla o más defendible. Queda averiguar sus conclusiones.

   Maturana y Valera me sorprendieron en ciertas de sus ideas, por ser cercanas a las mías. Yo siempre he puesto énfasis en la distinción entre individuo y sociedad. Argumento, en algunos de mis escritos, que el proceso histórico-evolutivo-cultural nos ha llevado a la situación actual donde la individuación se ve más marcada. Como una conclusión dada la lectura de las premisas. En esa dirección, de los autores del concepto de autopoiesis, lo social fue otra “complicación” de los sistemas autopoiéticos, puesto que se vieron impelidos a crear un nosotros, cuando el sistema es solo “yo”, como quien dice. En esa dirección Maturana y Varela nos dice: “la ontogenia y la evolución son fenómenos totalmente distintos, tanto en su operar como en sus consecuencias. En la ontogenia, como historia de la transformación de una unidad, la identidad de la unidad -cualquiera que sea el espacio en que exista- no se interrumpe jamás. En la evolución, como proceso de cambio histórico, hay una sucesión de identidades generadas por reproducción secuencial que forman una red histórica, y lo que varía (evoluciona) -el modelo organizativo de las unidades genera das sucesivamente- existe en un dominio diferente del de las unidades que lo encarnan“. Con estas conclusiones reformulo a qué hay que considerar como autopoiético dentro de mi línea de pensamientos. Maturana y Varela argumentan que se han de mantener en las ciencias positivas, y que ir más allá es entrar en la metafísica, cuestión que está fuera de su libro y sus pretensiones. Yo no tengo (me pongo) esos límites, soy más “filósofo” que científico. Bajo las premisas dadas la autopoiesis y el gen egoísta son una y la misma teoría bajo dos aspectos. Cada ente autopoiético “cree” o se fundamenta en tanto que unidad. Que existan “otros” es accidental o está fuera de su Ser, “esencia” y potencialidad. Cada ser autopoiético se toma como el… no sé qué adjetivo, o concepto dar. ¿Único, principal… elemental? De una manera u otra la identidad, en tanto que unidad, es la que fundamenta la esencia de ese ente autopoiético, pues como los propios Maturana y Varela dicen: “en un sistema viviente la pérdida de su autopoiesis es su desintegración como unidad y la pérdida de su identidad, vale decir, muerte“. En esa medida el que existan otras “unidades” es contingente (complicado) y queda fuera del rango de su Ser en tanto que unidad. Es de destacar que si lo que creó esa tendencia, el mantenimiento de la retroalimentación positiva, fue la presión ambiental, no todo humano fue igual de sensible a ese cambio. Por aquel entonces ya existiría la apuesta humana que hoy expone la baja inhibición latente -este concepto se analizará en detalle más adelante-. No todas las sensibilidades inciden en lo mismo, unas son emocionales, otras físicas, otras emotivas, cognitivas e incluso estéticas como queda expuesto en el síndrome de Stendhal, y de forma más extralimitada en el choque cultural que se manifiesta en el síndrome de París. Tales sensibilidades se manifiestan en trastornos, características o personalidades como “persona altamente sensible“, “baja tolerancia al estrés“, neuroticismo, y la llamada baja inhibición latente.  Fueron ellas las que primero sintieron la presión ambiental, las que llevaban la carga de ajustar el medio a sus sensibilidades, como para llegar a algún equilibrio. Unas tipologías y otras -dentro de este rango híper-sensible- se ven obligadas a tener que centrarse más en sí mismas, puesto que el resto de personas no las entienden, pues no sienten la misma presión ante un mismo medio y situación. En esa medida tienden a ser más individualistas, a buscar los porqués en su interior, puesto que el resto de personas “no ven nada” en el exterior como para tener que “ajustarse”. En esa dirección están impelidas a buscar el equilibrio en su interior, frente al resto de personas que se adaptan mejor al medio pero con el consiguiente “problema”, o dilema, de buscar su equilibrio en los social. Vemos así dos tendencias: alguien que se amolda fácilmente al medio, pero al que el medio a la vez  lo amolda a él. Son más miméticos, si se quiere pensar así, pues lo social son reflejos reflejados de lo que se ha de ser en lo social. El estímulo está afuera y su comportamiento lo adapta a los estímulos, con lo que su identidad es esa adaptación a los estímulos externos: es social, o más simplemente basa su ser en su Ser o identidad social. Esto nos dice la Wikipedia: “más bien, un ‘extravertido’ es simplemente alguien que actúa más extravertido con mayor frecuencia, lo que sugiere que la extraversión tiene más que ver con lo que uno ‘hace’ que con lo que uno ‘tiene’” y “(…) esto significa que los introvertidos ponen conscientemente más esfuerzo en presentar una versión más extravertida y socialmente deseable de sí mismos. De este modo, los individuos pueden regular y modificar el comportamiento en función de sus situaciones ambientales“. Por otro lado esos otros seres híper-sensibles, puesto que están inadaptados, se tienen de referencia a sí mismos. Son menos sociales, más solitarios, más autorreferenciales. Su referencia son ellos mismos. En otro lenguaje, y a grandes rasgos que habría que matizar, si algo está “actualizado” no tiene que depender de su posible potencialidad. El introvertido se sabe. En esa medida conoce sus límites y los tiene como referentes. Lo que es suele ser porque su potencial ya está expresado. Mientras que el ser social siempre “cree” que su potencial no está liberado y aún tiene que seguir buscando y “adaptando” -mimetizándo- su Ser a su hacer social (performatividad). Estas ideas vienen de antiguo, o estaban implícitas, en la idea Aristotélica de actus et potentia, en donde se diferencia “entelequia o entelechia”, en tanto que lo segundo es lo dado o completo, como energía expresada, y lo primero como ente que permanece en movimiento o de forma dinámica. Fijarse lo cercano de entelequia (reducido en la actualidad a “cosa irreal”), a la teoría del yo cristalizado, analizado capítulos atrás. Los extravertidos, por otro lado, son mas tendentes a depender de la imagen social, lo que les suele llevar a tener una auto-estima inflada, que les lleva más al sesgo de autoservicio o egoista, y al de auto-engaño: “se piensa que los individuos con mayor autoestima tienen más que proteger en su imagen de sí mismos y, por lo tanto, exhiben el sesgo egoísta con mayor frecuencia que aquellos individuos con menor autoestima“. Paradójicamente las personas centradas en sí mismas, en ese buscar interior, en esa individuación, pueden hallar su paz, como igualmente queda implícito en la teoría Aristotélica: “las investigaciones demuestran que cuando las personas viven vidas que son diferentes de su verdadera naturaleza y capacidades, es menos probable que sean felices que aquellas cuyas metas y vidas coinciden. Por ejemplo, alguien que tiene un potencial inherente para ser un gran artista o maestro puede que nunca se dé cuenta de su talento si su energía se centra en alcanzar las necesidades básicas de los humanos“, nos dicen en la Wikipedia. No dudo que personas como Buda portaban esa alta sensibilidad en alguna de sus variantes. Igualmente Einstein y otros grandes científicos, pensadores y artistas. Son seres más autopoiéticos, en la medida que son más autorreferenciales, más individuados, más autodeterminados y cerrados en sus mundos. Son esas personas a las que nombra Carl Rogers en su “teoría de la personalidad centrada en la persona”, que en el lenguaje común se referencian como neuróticas. Estado que ya no está catalogado como trastorno, sino como una tipología más dentro de los cincos rasgos de la personalidad. Fijarse que ese tenerse a sí mismo como referente puede ser tomado como narcisista, pero que como he hecho ver en el escrito “narcisismo e identidad”, no lo es en la misma medida que el narcisista social o performativo.(1) De una manera u otra, en otra dimensión y lenguaje, son personas introvertidas (diferente a ambiversión, entre los dos opuestos, que es donde pueden encajar los bipolares), divergentes, en tanto que no tratan de converger a la media social, y que son aquellas que en mi lenguaje denomino como preconcientes (por disposición genética y/o por un daño traumático en la niñez) y que están llamadas a hacer de retroalimentación negativa en el sistema, o son su dialéctica negativa, como trato de defender en el escrito “la dimensión social“. Las personas extrovertidas tienden a necesitar un mayor nivel de excitación del medio a nivel cortical, que bajo mi punto de vista es por el hecho que son más tendentes a la presión de la cinta andadora, que está estructuralmente acoplada a la sociedad humana, a la competición de las culturas, de la retroalimentación positiva, y por ello tienden a mantener el nivel de dopamina por encima de lo que sería “normal”. Así la Wikipedia no recuerda que: “la extraversión se ha relacionado con una mayor sensibilidad del sistema de dopamina mesolímbica a estímulos potencialmente gratificantes” y “un estudio encontró que los introvertidos tienen más flujo de sangre en los lóbulos frontales de su cerebro y en el tálamo anterior o frontal , que son áreas relacionadas con el procesamiento interno, como la planificación y la resolución de problemas. Los extravertidos tienen más flujo de sangre en la circunvolución cingulada anteriorlos lóbulos temporales y el tálamo posterior, que están involucrados en la experiencia sensorial y emocional. Conviene traer aquí el texto de la Wikipedia sobre la introversión, pues reúne los conceptos que yo trato de mostrar:

“La introversión es el estado de estar predominantemente interesado en el propio yo mental. Los introvertidos se perciben como más reservados o reflexivos. Algunos psicólogos populares han caracterizado a los introvertidos como personas cuya energía tiende a expandirse a través de la reflexión y disminuye durante la interacción. Esto es similar a la opinión de Jung, aunque se centró en la energía mental en lugar de la energía física. Pocas concepciones modernas hacen esta distinción.
Los introvertidos a menudo disfrutan de actividades solitarias como leer, escribir, usar computadoras, hacer caminatas o pescar. El artista, escritor, escultor, científico, ingeniero, compositor e inventor arquetípico es altamente introvertido. Es probable que un introvertido disfrute del tiempo que pasa solo y encuentre menos recompensa en el tiempo que pasa con grupos grandes de personas, aunque pueden disfrutar de las interacciones con amigos cercanos. La confianza suele ser un tema de importancia: una virtud de suma importancia para los introvertidos es elegir un compañero digno . Prefieren concentrarse en una sola actividad a la vez y les gusta observar situaciones antes de participar, especialmente en niños y adolescentes en desarrollo. Son más analíticos antes de hablar. Los introvertidos se ven fácilmente abrumados por la excesiva estimulación de las reuniones sociales y el compromiso, incluso algunos han definido la introversión en términos de una preferencia por un entorno externo tranquilo y de estimulación mínima.
Confundir introversión por timidez es un error común. La introversión es una preferencia, mientras que la timidez proviene de la angustia. Los introvertidos prefieren las actividades solitarias a las sociales, pero no necesariamente temen los encuentros sociales como lo hacen las personas tímidas. Susan Cain sostiene que la cultura occidental moderna juzga mal las capacidades de las personas introvertidas, lo que lleva a un desperdicio de talento, energía y felicidad. Caín describe cómo la sociedad está predispuesta en contra de los introvertidos, y eso, dado que a la gente se le enseña desde la infancia que ser sociable es ser feliz, la introversión ahora se considera ‘en algún lugar entre una decepción y una patología’. En contraste, Caín dice que la introversión no es un rasgo de ‘segunda clase’, sino que tanto los introvertidos como los extravertidos enriquecen a la sociedad.” 

   Bajo mi punto de vista, si todo individuo portase esta apuesta “sensible”, introyectada, individual, la sociedad sería más estable, pues pienso que ese mimetismo que trata de basarse en la media, en lo social, es lo que es más tendente a crear problemas sociales. Ese ser altamente moldeable a lo social “cambia de camisa” con tanta facilidad como para que la tendencia política actual en Europa sea la extrema derecha. Esa otra apuesta de los híper-sensibles, con su tendencia a la individuación, son más socialistas y se atienen a mantener esa idea como fija. Casi todo pensador o científico híper-sensible ha tendido a los conceptos humanistas, pese a que no les gustase la masa y el gregarismo. Por el contrario el extravertido tiende a amar lo social, pero como nos dice la Wikipedia: “(…) cierta evidencia sugiere que el rasgo de la extraversión también puede estar relacionado con el de la psicopatía“, y por ello igualmente la sociopatía. A mí nadie me ha podido “vender” nunca el capitalismo, nunca he entrado en la dinámica de tratar de vender nada que nadie quiere, siempre me he resistido al lenguaje comercial, que sobre todo se ve en los agentes inmobiliarios de los Estados Unidos. Aunque esto vaya en mi contra a la hora de poder encontrar o mantener un trabajo. Cuestiones que son lo comunes en los seres sociales. De nuevo estos son unas primeras conclusiones, a las que siguen otras.

   Hay una falla estructural en el párrafo anterior. De fondo estoy afirmando que “si todas las personas fueran como yo, el mundo sería mejor”. Un pensamiento pueril y egotista que todo intelectual tiene que tratar de evitar o no mostrar. Pero, ¿acaso no es eso a lo que se puede reducir todo?, y ¿acaso no es este hecho y pensamiento -que es universal- una demostración de la validez de la teoría del gen “egotista”? Validamos nuestra propia identidad (personalidad, pensamiento, emocionalidad, comportamiento, ideología, religión) como la más acertada, o más humana o la que hubiera de ser la prototípica. Lo hacen los corredores de bolsa, lo hacen los millonarios, los directivos, el trabajador medio, el piadoso, el humilde…; lo hizo Jesucristo, Buda, Immanuel Kant, Steve Jobs, John Lennon…; casi todo filósofo o pensador, o creador de una religión o secta; todo el que quiso reducir la vida a una máxima como “carpe diem”, “el humano es su voluntad de poder”, “visualiza tu futuro”, “el universo conspira para que realices tus sueños”…; todos excepto, paradojicamente, los cerebros dañados y/o con trastornos mentales, que se sienten “inválidados”.  De nuevo el dolor y la carencia total de orgullo como baremo de un patrón, pero bajo la regla de no querer ser universal… ¿o es imposible invalidar esa regla de oro de la evolución?, puesto que al universalizar el dolor y la carencia de orgullo ya gana, ya se impone como lo prominente, como lo “más” y el máximo exponente de una especie. ¿Qué queda como alternativa? Derrocar esa máxima evolutiva del gen egoista. Aceptarse como un ente eusocial. Ser una mera hormiga dentro de un sistema global igualitario y justo, en donde la competencia se haya transcendido; donde todos tengamos trabajo, comida y hogar. Me imagino que suena a comunismo o a la idea “original” de Jesucristo, pensamientos que ya han quedado atrás por inválidos para nuestro tipos de cerebros. Ninguna apuesta “vencerá” o se universalizará jamás, puesto que portamos distintas tipologías humanas que sólo pueden mantenerse en su juego evolutivo de ganar o perder. Sólo nos queda ese “juego” social de tratar de hallar una media “aceptable” para la mayoría. Sólo parece quedar la vacua democracia (teoría del fin de la historia) que no termina de satisfacer a nadie. Donde todos nos tenemos que sacrificar a la voz de una mayoría que no es la más racional, ni la más culta, ni la más inteligente, ni la más excelsa de lo humano, esa mayoría que hoy vota el socialismo y mañana votará a la extrema derecha…, pero que en definitiva es la mayoría.

    Para matenerse en el plano positivo, científico, la pega al gen egoísta (que yo prefiero llamar egotista) es que las expresiones de dichos genes, en algunos casos, son irrelevantes, pues es la suma o totalidad de todos los genes y sus interacciones la que se revela en un ser vivo. O sea que el gen es una parte mínima de un ADN en concreto que es el que crea, por ejemplo, un humano concreto. De nuevo el gen egoísta es una abstracción de un concepto mayor. Cada gen es un empaquetado mínimo que “lucha” dentro del ADN para ser expresado, -sí hay una lucha “evolutiva” dentro del ADN, donde cada gen se replica todas las veces que pueda (el mal llamado código basura) como para llegar a ser expresado en alguna de sus “posiciones”-, idea extensible al meme (el concepto que mantiene las redes socieles sobre qué es un meme es un(a) meme-z). Cada meme “lucha” por sí mismo para “sobrevivir”. Son paquetes de información. Otra cuestión del concepto de autopoiesis es que Maturana y Varela sustentan que no implican información. Que esta emerge en su dimensión histórica y desde el punto de vista de un observador. Lo que Maturana y Varela llaman acoplamientos: “cada vez que el comportamiento de una o más unidades es tal que hay un dominio en el que la conducta de cada una es función de la conducta de las demás, se dice que ellas están acopladas en ese dominio”, yo lo he venido llamando “capas de complejidad” (o de abstracción), de las que nacen o emergen conceptos. ¿Hay algún punto cero en donde no los hubiera?, pienso que no. En los sistemas complejos no-vivos (el clima por ejemplo) ya existían esos “acoplamientos” (estructuras, reglas, patrones, potencialidades…, interactuando), que son por los que se les puede catalogar dentro de dicho concepto, aunque puede que no estén dentro de los límites restringidos conceptualmente que son usados por sus autores. Bajo mi concepto, de las “capas de abstracción”, en cada capa se dan emergencias, en donde una segunda capa ha sumado dos emergencias de la capa anterior. Por ejemplo en el humano el habla y las culturas llevaron a una siguiente capa superior que es la escritura, como para mantener lo aprendido. Los humanos que no llegaron a esa capa de abstracción no pudieron “prosperar”, bajo los parámetros etnocentristas occidentales. En este sentido hay que ver o estructurar qué capas “nacieron” primero o están en la base (pendiente de hacer un gráfico de las capas de abstracción). La identidad nació en el momento que nació la otredad, contra la que se competía por unos recursos o finalidades. Otredad está unida a una segunda capa de identidad -o están en la misma capa- de la que nace la potencialidad de la competencia. Igualmente de la información emerge la comunicación en cuanto hay otro con distinta información.

    Con esto vuelvo al olvidado Luhmann y la identidad de las sociedades y los individuos. Si apunto a que no me gusta la sociología es por el hecho que trata al humano en tanto que social, como un agente social, olvidando que antes que social es individuo. El concepto de significado, por otro lado, no se puede entender sin la intención, que a su vez remite al modo que se expresa la información de una unidad o individuo. Esto nos lleva al problema de qué es o no es comunicación, otro de los conceptos clave de Luhmann. Yo entendería o reduciría la comunicación a una situación tal en donde emisor y receptor son intercambiables, y en donde a partir de dicha interacción uno o los dos pueden haber cambiado sus puntos de vista sobre su primera información, pero siempre dada la posibilidad o potencialidad para ese cambio en los dos lados del sistema. En ese sentido un cartel propagandístico no es comunicación, porque es un emisor que no cambia con respecto a lo que piense o pueda decir o sentir un receptor (un influencer es equiparable a un cartel propagandístico). Es tan sólo información (se me ocurre que el receptor, una persona, haga cambios al cartel, cosa que suele darse, las cosas se complican enseguida). Un meme entra dentro de esta reducción, puesto que ha de mantener su información. Si cambia ya no es el mismo meme, ha mutado, es otro. En ese sentido gana vigencia el concepto de gen egoísta (egotista), puesto que el ADN tiene la potencialidad epigenética de adaptarse a cambios con respecto al entorno (comunicación, por lo tanto), pero el gen “funciona” al modo de meme, si cambia muere, es otro. Recordemos que de lo que trata el presente libro es de la búsqueda del Ser, con respecto a su (a)parecer. Todo humano, así, es tanto su Ser como las potencialidades que están implementadas para hacer cambios a través de la epigenética en su ADN y las potencialidades que puedan no manifestarse, porque no se dan las condiciones en el entorno para ello. Por ejemplo alguien que no viva una guerra o un estallido de violencia social,  no sabrá si mataría o no, y como dijo Wittgenstein “de lo que no se sabe, es mejor no hablar (o callar)“, que igualmente el saber popular de milenios nos lo hace saber bajo el refrán: “nunca digas de este agua no beberé”. De nuevo la lógica boolena no funciona para definir a un ser humano y su identidad, pues puede ser una cosa y su contrario, por cambios epigéneticos, situacionales, o ambientales. A grandes rasgos yo diría que existen dos tipos de humanos: los alfa, que no tienden a cambiar pues nacen bajo ese “designio”, y si cambia de ser alfa muere (en el lenguaje popular son “erre que erre”, empecinados, cabezotas), y el resto de humanos, que mutan en lo social porque en ellos impera la comunicación y por ello la “mutación”. El alfa y el poder es lógica binaria: Ser o no-Ser, sólo información; y el resto de humanos lógica difusa y comunicación. No hay juicios de valor en dicho planteamiento: el primero mantiene su Ser, pero al no adaptarse al entorno es menos “inteligente”, y los segundos lo son en ese aspecto a cambio de no tener Ser (identidad definida). Bajo estas premisas ¿cómo abordar la sociología, y el dilema de la comunicación y el Ser que he planteado? El poder, que hereda la estructura de los alfa, no quiere cambiar, no quiere perder su identidad. No quiere comunicarse, quiere ordenar. En la medida que se llegó a las democracias el poder del Estado se hizo permeable, mutable, dejo de Ser poder o en menor rango. Dicho poder no lo abandonaron los humanos con grandes sumas de dinero, que son los que han provocado que el sistema esté tendiendo hacia la corporatocracia, al poder ladino pero contundente de las grandes corporaciones y compañías. O dicho más sencillamente y como contraargumento a lo que sostiene Luhmann,  la comunicación no existe en lo social en la medida que algunos estamentos no son permeables a cambiar sus posiciones en tanto que eso quiera decir perder el poder. En la estructura de interacciones con un otro, la comunicación está dentro de lo cooperativo o el altruismo, mientras que la estructura del alfa y el poder es egotista y  de despecho o rencor (la aptitud de “ni para ti ni para mí, a la basura”), en donde prefiere morir que dar, si por ello pierde poder. O de otra manera puede ceder algo de poder, si a la larga sabe que va a ser para ganar aún más. De una u otra forma siempre más poder, que es forjar aún más su identidad, y nunca menos.

    En el escrito “Posverdad y percepción de Coúrum” veíamos que los animales individuales, de forma rápida, crearon una comunicación simple a través de la química, de la que son herederas las hormigas. Esas primeras comunicaciones eran para sincronizar procesos, acciones y funciones, que a la larga son la base de las propias células dentro de un animal multicelular o metazoo. Las células nerviosas y al final las neuronas heredan en capas de abstracciones las reglas y los conceptos de esas bases comunicativas basadas en las sincronías de ritmos. De hecho cuando el cerebro trabaja en sus circularidades, lo hace con ritmos sincronizados, en donde si tales ritmos se pierden los procesos se vienen al traste.  La esquizofrenia, en su base, es un retardo en la percepción del soliloquio interior, de tal manera que dicha voz no es tomada como propia (apostaría que el trastorno de miembro ajeno tiene que ver con algo similar, igualmente apuntaría a que el efecto de Déjà vu es una falta de sincronización entre el módulo predictivo y la visión, donde el primero es tomado igualmente como visión, dando como efecto que el segundo nos parezca su repetición). De hecho se apunta a que el sentido de agencia se da en la circularidad del proceso a nivel de todas las capas: “una propuesta influyente sostiene que nuestro sentido consciente de agencia depende de la comparación de los estados reales y esperados. En este sentido, Chris Frith y otros (Frith 2012, 1987; Frith y Done 1989; Synofzik et al. 2008) argumentaron que el sentido de agencia depende de la interacción de dos comparadores de avance, uno comparando los estados deseados y predichos para generar un sentimiento de control, y otro que compara estados predichos y estimados para generar autoascripción“, (¡bonito palabro!, reducible a autoconciencia). Como soy muy gráfico, yo veo tal concepto a que es como si al entrar en una rotonda esta tuviera varios espejos (redondeados para ampliar y amplificar la visión) que reflejan la imagen del espejo anterior, de tal forma que cuando uno mira el espejo que tiene más cerca de adelante, viese su propio automóvil desde atrás, y uno se dijese… “¡ah, pero si soy yo!” y desde ese momento en vez de conducir con la vista puesta a lo que hay delante, lo hiciera a través de los espejos y desde atrás, como un agente externo al coche (la típica cámara desde atrás del coche de los videojuegos que es la más cómoda para manejarlos). Con la salvedad que el coche es un tesla, y que casi siempre va en automático, cuando el “piloto” cree que no es así.

Processing HierarchyAuto-modelo de subjetividad

    Una de las premisas que emergen una y otra vez en lo evolutivo es la información dentro de una identidad. Se mantiene una especie y género preservando una identidad. Esta premisa queda ampliamente explicada en el escrito anterior. En el presente he tratado de mostrar que el humano se ha creado en la base de una retroalimentación positiva en donde la otredad dentro de la propia especie: la otra persona, la otra familia, la otra cultura, el otro idioma, el otro país, el otro sexo… es la que ha exponenciado nuestro crecimiento social-histórico-cultural. Algunas nos vienen dadas al nacer (fácticas), otras las “elegimos” durante la vida. Cuando nos adscribimos (la he usado porque me gustó lo bien que quedaba arriba) a una identidad cultural, o asumimos bajo las que nacemos, renegamos en un alto grado de nuestra individualidad, que está más cercana del concepto de la autopoiesis, de las estructuras de nuestro propio cerebro para llegar al equilibrio, con sus mecanismo de retroalimentación negativa. De otra forma la vida humana deja pocas opciones más: tienes que formar parte de sociedades -de identidades- si quieres vivir medianamente bien (sin contactos es más complicado encontrar trabajo, por ejemplo). Dichas identidades son máscaras, identidades asumidas, impostadas; la única identidad “real” es la individual. Ni siquiera la familiar es “real”, aunque sea la que más validez tenga. Una gran mayoría de familias se terminan por desintegrar -artimaña para evitar la cacofonía- cuando sus integrantes maduran, puesto que con la edad la identidad personal ha crecido tanto, se ha diferenciado tanto del resto, que apenas si existen ya puntos de unión con el resto de la familia y los humanos. La fuerza de la familia es la maternidad, las mujeres, que tienen moléculas (estrógeno, oxitocina, prolactina) más tendentes a crear uniones y empatía, pero el posmodernismo y el feminismo las están “volviendo” individuales al hacerlas relegar de esas condiciones “naturales”. Sin la mujer seguramente no se hubiera dado la sociedad humana, si se acaba con ese arquetipo no sé qué ocurrirá, aunque ya se notan sus efectos. Mis hermanas son las que más luchan contra la desintegración familiar, pero igualmente al final les puede el orgullo individual.

    Retomo el tema de las identidades. Lo que el humano sea lo es en lo bueno y lo malo. No por ser cobarde, neurótico, nervioso, etc., se es más o menos humano; incluso un psicópata es un “hijo” de la humanidad, pues en una sociedad estable (sana) seguramente no se rebelaría su lado más negativo. Ha de primar la neurodiversidad. ¿Se es más humano “si se tira del carro”?, ¿y si es un error mantenerse en la retroalimentación positiva?, que es lo que expresa de fondo tal concepto. Somos entes individualizados, en donde tal entidad es la primera antes que la social. El “ideal” o normalización de lo que es o ha de ser el humano se da en lo social, por “exigencias del guion”, del contrato social. A mí me gustaría pensar que uno puede relegar su individualidad por el bien común, pero tal cuestión… ¿tiene sentido si la sociedad no es justa e igualitaria? Porqué voy a cercenar partes de mi identidad si al final es para que pateen mi dignidad. No quiero que me roben, que haya delincuentes, pero en muchos casos son individuos, que nacieron en el rincón más recóndito, mugriento y sin salidas del laberinto social, y que tratan de preservar su dignidad en una sociedad injusta. Recordando aquella frase icónica de “tú haces que quiera ser mejor persona”, a la sociedad de hoy en día sólo se le podría decir: “tú haces que quiera ser peor persona”. Voy a tratar de asentar una paradoja, la que ha de llamarse la “paradoja del esquizofrénico”. Por lo que se sabe todo inmigrante es susceptible de caer en el “síndrome de Ulises“, en donde la sensación a que debes algo a la sociedad que te acoge, el estrés de no parecer cumplir con esa alta exigencia, y otros factores estresantes como mantener la cabeza gacha y el racismo, hacen que esas personas pierdan todo sentido de identidad, incluso la personal. Por lo que nos dicen los últimos estudios son un colectivo muy tendente a la esquizofrenia. Paradójicamente cuando no se puede tener una identidad social, de pertenencia al lugar en el que te encuentras, se puede llegar a perder la identidad propia (despersonalización). En ese estado el cerebro parece perder su sincronicidad, su fluidez, en donde esta es muy posiblemente que sea debido a una pérdida de la percepción de cuórum, de no poderse “sincronizar” con el resto de las personas de su entorno. La exclusión de cualquier tipo crea esa rotura síncrona de forma externa que al final se vuelve interna. En esa desincronización interna el esquizofrénico cree que su voz interna no es la suya. Volverse ajeno al otro, a un nosotros, vuelve al propio individuo tendente a volverse ajeno a sí mismo, pierde la auto-referencialidad, que es una de las bases de una identidad autopoiética. Bajo la premisa de Maturana y Valera, esa muerte de identidad es en sí misma una muerte física. ¿La esquizofrenia es un suicidio simbólico, transferido, interiorizado? En otra lectura, la sociedad te “exige” que relegues tu identidad a la social, para al final abandonarte a tu suerte en un mundo que ni es igualitario, ni justo, y donde al final pierdes hasta el poderte identificar con tu propia voz interior…, aquella que habría de ser tu única voz e identidad. ¿Cabe mayor mal? En lo personal prefiero morir a manos de un psicópata (una apuesta individual no aceptada), que morir esquizofrénico. Una muerte física a otra espiritual. Morir rebelde a que pisoteen mi dignidad.

    No tiene sentido que la humanidad permanezca eternamente pisando el acelerador del progreso. Hemos de olvidarnos de competir contra otros hombres. Evitar que las culturas y sociedades se basen en sus luchas contra otras. Deberíamos centrarnos en crear una sociedad justa e igualitaria en donde la media de los sueldos y los bienes fuesen lo más parejos posibles. Donde todo humano tuviese como realidad una vivienda y un trabajo, y no como un posible desdibujado y brumoso futuro. Tenemos los medios y las tecnologías para que tal sociedad sea universal. Basta centrarse en ese fin dejando de pisar el pedal del acelerador. Tenemos que dejar atrás la sensación de precariedad que nos provocó la última era de glaciación, que nos metió en una eterna retroalimentación positiva que nunca hemos abandonado. Hoy tenemos abundancia, pero no es repartida de forma equitativa. ¿Acaso todos los avisos que nos está dando la naturaleza no nos sirven de aviso para hacernos ver que no podemos seguir con esta misma dinámica? Podemos crear una sociedad cerrada, autopoiética, basada en la retroalimentación negativa, en la dirección de crear una sociedad igualitaria y justa, en donde uno no tenga que apostar entre su individualidad y su ser social, porque crea a los dos como parte de una misma unidad. Si lo hacemos habremos demostrado que hemos luchado contra nuestras estructuras, como para podernos calificar realmente de inteligentes…, mientras tanto yo seguiré empeñado en pensar que somos un animal estúpido.

 

La Dimensión Individual

    He analizado la dimensión social, toca la individual, la que implica al cerebro. Tengo la teoría de que cuanto más se alargue uno en explicar algo, más susceptible es para que pueda ser falso o cuanto menos que sea más cuestionable. Se sabe y se pilla al mentiroso porque da unas explicaciones que no se le pide: “excusatio non petita, accusatio manifesta” (excusación no pedida, acusación manifiesta). La paradoja es que toda tesis obliga a alargar verdades cortas y sencillas, en la mente de que las expone, pues no sabe el nivel de conocimientos del lector. Espero que la dimensión individual sea más corta, pues ya tengo todos los precedentes.

    Es paradójico que el humano nazca con los ojos cerrados cuando es su principal sentido. Pero también manifiesta una ontogenia epistemológica y ontológica, pues se necesita la vista para actuar y mover un cuerpo -un ente- por el mundo. Una vez que el cerebro ha creado un mapa propioceptivo (interior), sobre todo de los movimientos, sobre su identidad corporizada, abre los ojos para “ajustar” ese primer mapa a la realidad. La novedad es la base de todo conocimiento. El cerebro crea mapas internos, y los va corrigiendo y ampliando según va conociendo cosas nuevas. Hay una teoría del conocimiento que se llama holográfica, que tiene como base esta forma de operar del cerebro (si bien, bajo mi punto de vista, se extralimitan en ciertas de sus conclusiones). Este siempre tiene una representación mental del mundo, de la realidad. Hay que recordar que en cuanto se atiene a lo dado, en la representación mental, eso implica ahorro de energía. Lo nuevo siempre es un gasto de energía, pues supone redibujar y ajustar el mapa interno. “Si un organismo está dotado de la creencia de que maximizará la evidencia de su existencia, entonces actuará de manera consistente con esa creencia. En otras palabras, si la supervivencia es sinónimo de minimizar la sorpresa, es decir, maximizar la evidencia o la auto-evidencia, luego se deduce que la única creencia previa que un agente puede tener en cuenta es que se comportará para minimizar la sorpresa“, (Hohwy 2016). Por otro lado la teoría del control perceptual nos dice que un sistema abierto, y por los resultados de los experimentos, “han demostrado que un organismo no controla su propio comportamiento ni las variables ambientales externas, sino sus propias percepciones de esas variables” Lo cual es extrapolable a que el cerebro no trata tanto de controlar al medio como controlar el cómo lo percibe (o siente). Esto se deja ver en el optimismo y la esperanza, el control del miedo o la ilusión de certidumbre. A la potencialidad entre atenerse al mapa interior o ser sensible a los cambios se le llama “inhibición latente“. La media humana tiende a no buscar o encontrar cambios. Se atiene a mapas representacionales “pobres” o “mediocres”. No estoy haciendo juicios de valor, pero me imagino que es imposible escapar de ellos. Ya he dicho muchas veces que la evolución tiene como media, en una especie, la mediocridad. ¿Si no porqué nos llamarían la atención los casos que se salen de la mediocridad, como los genios y los héroes? Cuando una persona es más sensible a los cambios, creativa, abierta mentalmente o inteligente, lo es porque suele tener una “baja inhibición latente” (ver en el mismo artículo la sección correspondiente). Pienso que ese fue el cambio que nos creó como humanos. Ese cambio que bajo mi opinión se dio por el mestizaje con los neandertales y otros homínidos de Eurasia. Por regla general el mestizaje es bueno en lo evolutivo. Emergen nuevos cambios y potencialidades, se crea una posible nueva capa de complejidad o abstracción.

    En otro lado decía y reducía la inteligencia a la latencia de detectar lo nuevo y acoplarlo dentro del mapa mental. Ahora ya tengo la idea más madurada. La baja inhibición latente, conlleva a ser más sensible a que algo no está dentro de un patrón…, que pueda ser algo que necesita un nuevo patrón, una nueva regla y conclusión. Voy a atacar el tema por otro lado. En otro lado ya he hecho ver la dirección de la información: de arriba hacia abajo, y de abajo hacia arriba (ver sección “Neurociencias y psicología” en dicho artículo). Ese arriba es el mapa interior, el abajo los hechos en bruto. Por norma general, en una latencia inhibitoria normal, el cerebro “encaja” todo abajo o sensación bajo el mapa de arriba, que ya tiene. Lo nuevo es aquello de abajo que de ninguna forma “encaja” dentro del mapa mental u holográfico. De esta manera alguien con baja latencia inhibitoria capta más cosas nuevas que la media y está constantemente redibujando su mapa interior, lo que ya implica el tener un mapa representacional más amplio y por extensión ajustado a la realidad o inteligente. Se deducen más reglas de esta sencilla base. La forma más “normal” o universal de razonamiento es la deducción. De las generalidades se deducen individualidades: 1. todos los hombres son mortales, 2. Sócrates es un hombre, 3. luego se deduce que Sócrates es mortal. De esta manera las generalizaciones (patrones, arquetipos, estereotipos), son la forma más económica que tiene el cerebro de crear una representación del mundo, de “encajar” a los individuos dentro de grupos o conceptos mayores. Este patrón deductivo, junto al de “prueba y error”, no suele requerir del prefrontal. De facto (por “prueba y error” si tal cosa se puede decir en este caso) el sistema tiene que todo hombre muere como para deducir que Sócrates morirá. Construye generalizaciones a partir de la repetición de lo validado, de aquello que ha sido cribado una y otra vez en el “prueba y error”. Todo el cerebro, en tanto que cognitivo y representacional, recrea el mundo a partir de dichos patrones. Es por un lado el modo más económico de gasto de energía (el más propenso a la inhibición latente) y por otro son los más fiables. Son los más “validados” por la evolución, como quien dice, sus “reglas de oro”. Una baja inhibición sin embargo ve cosas nuevas por todos los lados, de tal forma que las generalizaciones dejan de “funcionar”. Se encuentra con una representación interior del mundo que tiene demasiadas individualidades, “entidades” mentales, que no encajan dentro de ninguna de las generalidades. Piezas sobrantes de un gran puzle. Recordemos que cada zona cerebral que se dedica y procesa a un sentido lo hace bajo sus propias reglas. Algunas reglas ya están implementadas a nivel del ADN, puesto que nacemos “sabiendo” de la gravedad, de la resistencia y dureza de los cuerpos, y otras leyes físicas. En esa dirección el cerebro nace con unas valencias y son distintas entre los sexos. Suavidad (que no daña) es un muñeco de peluche. El hombre no tiende a lo suave sino a lo rígido y duro. ¿Dualidad?: suavidad/dureza, mujer/hombre, amor/guerra. Las crías hembras de los chimpancés tienen una mayor preferencia por los muñecos de peluche frente a un camión, no es algo aprendido y que sea social. Recordar que no soy dual; hay hombres “suaves” y mujeres “duras”; es una gradación de esas dos valencias, pero la evolución tiende a la generalización de lo más válido (estándar) y eso nos da las generalidades de los sexos. Vuelvo a las reglas de cada módulo sensorial. Si algo se sale de sus generalidades, lo cataloga como “extraño” o nuevo y se lo pasa a las zonas asociativas del cerebro para ver si en ellas sí existe un patrón o categorización para dicha sensación o percepción. Por el mismo proceso si no “encaja” es llevado al prefrontal, el sistema más costoso a nivel de gasto energético. En el prefrontal está, entre otros módulos, el sistema ejecutivo, que cuenta con la memoria de trabajo y la atención. Es a este módulo al que se le llama volición, o razón, el que está preparado para lo especular y por el que creemos que somos dicha entidad. Identidad que, por lo general en el pensamiento occidental,  está unido a la capacidad volitiva. La que re-elige, la que tiene la capacidad de cuestionar lo dado por las otras partes del cerebro. Por extensión es a lo que se llama “sentido común”, que como dice el refrán es el menos común de los sentidos. Cuanto más extraño y prioritario sea algo nuevo, necesitará de un mayor foco de atención o concentración… un mayor gasto de energía, con la consiguiente resta a otros procesos corporales y por ello con la consabida tendencia al agotamiento. Este mapa es el esencial que maneja las teorías cognitivas, pero yo las estoy analizando desde la inhibición latente, demos un paso atrás.

Terminología Argujmental Usada en Lógica

   Alguien con una baja inhibición latente es más susceptible de tener individualidades que no encajan en su mapa mental, en generalidades. Dicho de otra forma es a alguien al que no le “funciona” la deducción como regla para hallar reglas, pero que a la vez es un tipo de persona que no se conforma a que eso sea así. O sea, no toda persona con baja inhibición latente es inteligente, pero tiene dicha potencialidad. El individuo, con dicho rasgo, está dentro del colectivo denominado como “personas altamente sensibles” que en este caso lo son a los estímulos sensoriales. Son más sensibles al frío, al calor, al dolor, etc. Otro nivel distinto es el cognitivo, aunque este segundo me imagino que implica al primero. O sea, la persona altamente sensible tiene la baja inhibición a nivel de la propiocepción (como la piel, lo térmico) y los sentidos (exceso de luz, de ruido). Pero a las personas de la baja inhibición latente a los que me refiero se basan en los módulos asociativos. Vamos a ver si lo puedes ser tú. Fíjate en esta frase: “no es lo mismo hacer acero, o hacer oes, que hacer operaciones“. Ahora repítela varias veces en voz alta. ¿Has notado algo extraño, lo has identificado?, en las tres frases se oye un mismo patrón: “acero”, “h(acer-o)es” y “h(acer-o)peraciones”. Una inhibición latente “normal” no detecta este tipo de cosas, pues se podría distraer del mensaje central o importante en la comunicación. Se supone que el módulo significativo o intencional ha de estar por encima del sonoro, pero en una persona con baja inhibición latente no ocurre así. ¿No se parece a ciertas formas de proceder del autismo de alto funcionamiento? En este caso puede que la haya detectado incluso personas que no tengan una baja inhibición latente, pues yo he forzado al sistema cerebral a que busque. Se tiene tal rasgo si se detectan dichos patrones sin que nadie te diga nada. Una conclusión rápida es que se parece demasiado al desorden hiperactivo y déficit de atención. Alguien que se distrae con cualquier cosa con facilidad. En mi caso si detecto algún “extraño” me pierdo el trama de un diálogo, de una lectura o de una película. Alguien que tenga una baja inhibición latente tiene que forzar más al prefrontal para mantener la atención. O de otra forma tiene que bajar los estímulos al mínimo. En mi casa estoy totalmente encerrado, sin la luz de la calle y tengo que estar sin ningún ruido externo; esto es propio de las personas altamente sensibles. En mis escritos se ve lo fácil que es que me distraiga mientras escribo con ciertas palabras o uniones que se dan en las frases. Revisando podría restar ciertas cosas y apreciaciones, pero las dejo estar para dar cuenta de cómo soy.

    He vuelto a perder el hilo. Estamos con esas cosas -artefactos- que no encajan dentro de las generalidades. Si se quiere saber si encajan dentro de algún patrón la deducción no vale. Hay que recurrir a la inducción, a tratar de averiguar si varios de esos “extraños” encajan dentro de una posible nueva categoría, patrón o regla que hay que crear para tal fin. Pero tal mecanismo no lo hace el cerebro: se lleva a cabo por medio del prefrontal, de la razón, lo que conlleva su consiguiente gasto y agotamiento, pero que de nuevo implica un extra para la inteligencia. Como mucho el cerebro, por sí solo, crea inferencias bayesianas, probabilísticas, o un tipo de inducción llamada abductiva, que es lo que pudiera llamarse intuición, y se hacen sobre todo en las zonas asociativas, cuando son cogniciones, pero en donde las abductivas han de ser verificadas, y tratadas de nuevo por la razón, para ver si son consistentes. En la dirección de partir desde arriba hacia abajo, de la representación mental, el cerebro tiende a ser predictivo, tratando de adelantar o suplir el retardo que conlleva procesar la información sensorial a través de la codificación predictiva. En su correlato emocional/predictivo se llama “teoría de la emoción construida“. El propio Luhmann se hace eco de dicho saber cuando nos dice que “desde la perspectiva de la función, la cognición no significa copiar o representar dentro del sistema lo que está dado en el entorno; más bien, lo que la cognición procura es producir redundancias que le ahorren al sistema reelaborar información“. Es por este hecho que las frases se pueden terminar con unos puntos suspensivos: “al que al buen árbol se arrima…“. Esta predictibilidad es tendente al error y conlleva varios sesgos cognitivos, pero se va ajustando con los años. Dichos sistemas igualmente están implementados en los módulos sensoriales. Es por la inferencia bayesiana que calculamos las trayectorias de los objetos en el aire, y lo hace a sabiendas de si es una pelota, un bumerán o una bola de hierro. Este proceso demuestra que tenemos una representación mental del mundo, pues a quién no le ha pasado el tratar de levantar algo que cree que es muy pesado y lo hace con una fuerza excesiva, cuando al final es liviano y se ve como un idiota en esos movimientos abruptos y excesivos. Igualmente para los “pasos en falso”, concepto tan sólido en lo cognitivo que lo extrapolamos a nuestras relaciones con otras personas: crear expectativas en falso, ingenuidad.

   De unos modos y otros el cerebro siempre se las tiene que haber con tener una representación lo más exacta del mundo. Y de una manera u otra siempre “contiene” esos “artefactos” que no se atienen a reglas o generalidades. A esto yo lo llamo “preguntas abiertas”, pues esperan ser contestadas, resueltas. Bajo mis premisas todas las teorías sobre la memoria -de trabajo, corto plazo, largo plazo- tienen  la falla de no dar cabida al porqué el cerebro “trabaja” o se ocupa en ciertas cosas. O sea, es memoria toda vivencia, emoción o información que es procesada por el cerebro. Se dan dos pasos: en primer lugar es procesada por la memoria de trabajo por que es la que está en un presente para nosotros, y en un segundo proceso si la información es relevante se guarda en la memoria a largo plazo. Pero lo que trato de hacer ver es que el cerebro no trabaja así, y esto se puede ver mejor en cómo actuamos con el ordenador. En este dispositivo es distinto algo que se deja en el escritorio, porque quiero estar pendiente de ello, o es relevante, que algo que simplemente se almacena en una carpeta. O en un navegador de Internet: es distinto guardar una página entre “mis favoritos”, que mantenerla como pestaña que se abrirá cada vez que abro el navegador. Si actuamos así con el ordenador es porque el cerebro ha de tener la misma estructura. En el cerebro tiene que haber un equivalente a un encabezado en informática o etiqueta, que “diga” al cerebro que siga trabajando en ciertos procesos, ideas o emociones. Ese etiquetado es a lo que yo llamo “pregunta abierta”, pienso que esa etiqueta la “coloca” el prefrontal, pues llega a este sistema un proceso sin resolver y este tampoco le pone la etiqueta de proceso finalizado. De alguna forma lo devuelve al sistema como pendiente de resolver. La cosa sería similar a un sistema de correos donde una cinta transportadora mueve las cartas y en cada puerto el sistema retira de la cinta aquellas cartas que son de tal o cual ciudad. Al final quedan algunas cartas que no han sido retiradas en ningún puerto, y se devuelven a la cinta transportadora por si ha habido alguna falla al catalogarla. En caso que vuelva al final de la cinta por segunda vez se etiqueta como “otra” o para que la revise un funcionario. Ese es el caso de la información que no ha sido “encajada” dentro de algún patrón en el cerebro. La baja inhibición latente es proclive a etiquetar más cosas o dicho de otra forma a no ignorarlas. Dicha etiqueta la pone el prefrontal, destino último de dicha cinta transportadora, luego encaja con mi idea de que los preconcientes, aquellos que han activado y mantienen más activo el prefrontal, sean los que mantengan en el sistema más temas, ideas y conceptos en sus circularidades, como no terminadas de procesar. El sueño es un proceso más lento, y con poca o ninguna carga sensorial, para revisar y unir distintas “preguntas abiertas”; en otros casos los estados fluidos, como correr o hacer una tarea monótona, “agilizan” la búsqueda o uniones de puntos para hallar respuestas. De una u otra forma es el sistema o el cerebro en background (de fondo, subconsciente) el que procesa la información en sus “ratos libres”, o fuera del bombardeo de información que es la vida. Igualmente bajo este aspecto toma una nueva dimensión mi concepto de narrabilidad, que ha terminado de tomar forma en la lectura de “soledad” de Anthony Storr. Este nos dice: “el autobiógrafo se convirtió en un escritor que estaba tratando de construir un relato coherente con su vida y, mientras lo hacía, quizá confiando en descubrir su sentido”, y “el psicoanálisis no necesariamente consigue eliminar los síntomas neuróticos de las personas o modificar la estructura básica de la personalidad; pero cualquier empresa que prometa dar sentido en ese terreno a los elementos caóticos de la vida de un individuo seguirá apelando a la gente en solitario”. Storr llama la atención en el caso de un paciente en donde el terapeuta nunca intervino y en donde este, al cabo de varios años, se sintió “curado”. El prefrontal da coherencia o legitima nuestra propia vida, le da una capacidad o construcción narrativa en donde dicha “explicación” o reconstrucción implica eliminar del relato lo caótico, lo que carezca de sentido. En definitiva le pone la etiqueta de proceso finalizado o le resta la etiqueta de “pregunta abierta”. Esto encaja con dos cosas: 1. que las confesiones religiosas o con un allegado cierren esa circularidad: en este proceso hacemos un relato coherente de un suceso, que el otro en muchos casos nos ayuda a cerrar o a darle un sentido; y 2. que clamar o rezar al cielo cierre esa circularidad,  en la medida que asumimos que hay un desorden (caos, elementos azarosos) que no somos capaces de resolver pero que han de estar en mano de Dios y que por lo tanto nuestro cerebro no tenga porqué resolver. Frases como: “Dios no te dará más de lo que puedes soportar“, llaman a esa posibilidad o esperanza de controlar el caos. En teoría sobre la “identidad narrativa” (narrabilidad en mi lenguaje) se nos dice que un esquizofrénico tiene cierta mejora si hace un discurso narrativo de su vida. ¿En qué medida, entonces, llegó a ese estado porque nadie lo escuchaba o era ignorado en las conversaciones? (ninguneado en España). Por otro lado Howard Gardner tiene la teoría de que las personas se manifiestan desde los pocos años como “conceptuales o narrativos”, que es posible que tenga relación con introvertidos y extrovertidos respectivamente, como así lo cree Anthony Storr y lo manifiesta en su libro “Soledad”. De esta manera encaja con otras tantas ideas presentadas en el presente escrito. Los introvertidos o conceptuales están “actualizados” y no necesitan referenciarse a través de una narración, en donde siempre hace falta alguien que los escuche. Por el contrario el extrovertido necesita “reconstruirse” a través del relato y de las conversaciones: es un ser performativo, que se hace en su acción. En esa medida trata de dar sentido a su vida y a la vez dirigir su forma de proyectarse en el mundo y para el futuro. El introvertido basa su Ser en su ego, en su ser nuclear, mientras que el extrovertido lo hace a través de su yo social, que a la vez lo “ata” más a las modas y las tendencias, y es por esto que es más tendente a la imitación. De esta manera salen dos prototipos humanos: 1. conceptuales, introvertidos y basados en su Ser, y 2. narrativos, extrovertidos y basados en su hacer. Queda otro factor a tener en cuenta. En el libro de Anthony Storr, antes referido, hace mención a Liam Hud­son y sus conceptos de convergentes y divergentes, donde los primeros son los introvertidos. El uso que hace este autor es distinto del que se hace en la actualidad. Según Hud­son los introvertidos tienden a converger sobre sí, y es cierto, pero en cierta forma es como si fuera para al final explosionar, rompiendo las barreras existentes en lo social. Me explico. Hoy en día estos dos adjetivos se usan con respecto a pensamiento convergente y divergente, en donde el segundo es el propio de los científicos, los artistas o toda aquella persona creativa e innovadora. Personalidades que son más propias de los introvertidos. De esta manera un introvertido se cierra sobre sí, converge, y al no tener lo social como referente en su día a día piensa el mundo desde fuera de sus límites, encontrando nuevas ideas. Mientras que el extrovertido tiende a salir al mundo, diverge desde su interior, para interiorizar el mundo como, o prefijado, con unas estructuras y fronteras. La estructura sería: 1. el introvertido converge -interioriza la realidad, movimiento de fuera hacia adentro- para divergir, romper o ver más allá de las fronteras sociales, dentro de su mundo mental, representacional y conceptual, y 2. el extrovertido diverge -abre su yo en movimiento de adentro hacia afuera- para interiorizar el mundo social tal como está estructurado, ateniéndose a la normalización y las convenciones sociales. Si se quiere, los introvertidos son bombas de fisión (crean reacciones en cadena), mientras que los extrovertidos lo son de fusión (crean unidad o moléculas). Visto así se puede pensar que los “culpables” de la retroalimentación positiva son los introvertidos. En un análisis más detallado los introvertidos tienen calculadas las fallas de sus descubrimientos, pero en lo social no se tienen en cuenta y se hace un uso desmedido de sus descubrimientos bajo el sesgo optimista que reina en lo social, que es el que “lee” el extrovertido, y en donde este se niega a escuchar -e incluso a no creer- lo negativo de las innovaciones. Por lo demás son rutas cruzadas. Un innovador o divergente tecnológico crea una novedad social -el móvil, Internet- y sólo un divergente introvertido en ciencias sociales o filosofía -sobre todo en su mediana edad y vejez- será capaz de analizar todas las trayectorias que se producirán en lo social a partir de dicha innovación. Ahí tenemos el caso de la inteligencia artificial, en donde cientos de intelectuales y científicos, entre ellos Stephen Hawking, están avisando sobre los peligros.

    Es posible que los primeros -introvertidos, conceptuales, divergentes y basados en su yo nuclear-, sean alfas y betas (artistas y creativos entre ellos), y los segundos omegas -extrovertidos, narrativos, convergentes, y basados en el yo social-; pues los alfas son más cerrados en su ser y no necesitan verse constantemente en el espejo social. No se referencian a nada, no hablan de sus sentimientos y emociones, no suelen mostrarlos, pues no necesitan de la aprobación de nadie. No necesitan de las pequeñas dosis de dopamina que conlleva la aprobación social, pues su alto nivel de testosterona o estrógeno ya les provee de ese neuromodulador. En mi caso, al ser más conceptual y creativo, mis dosis de dopamina son mis propias conclusiones y esas pequeñas victorias al descubrir las “estructuras” de la vida. Me reconstruyo o creo identidad a través del concepto, no de la narración. Sólo bajo este punto de vista evolutivo tiene sentido un porqué crear dos modos tan contrarios de humanos. Los alfas y creativos no necesitan referencias; los omegas tienden a imitar y seguir la voz de la mayoría o a los alfas y creativos, promoviendo la facilitación social y por ello, al final, las normas de reciprocidad y la normalización. De cualquier forma, y dada la complejidad de la sociedad actual, tal división no está fuertemente dualizada, sino que se dará por gradaciones, y con respecto a las edades, las épocas y situaciones por las que se pase durante la vida. Huelga decir que mi concepto de preconciente no tiene que ver con estas dos tipologías, son almas dolientes que han heredado una genética de ciertas carencias y/o han sufrido daños psicológicos durante la niñez; si bien seguramente habrá más preconcientes entre los de la primera tipología, la de los introvertidos, divergentes y conceptuales, por ser más susceptibles de caer bajo su manto. En su condición son tendentes a mantener el perfil bajo y hacer de retroalimentación negativa en el sistema.

   En unos y otros casos aquí también vemos el porqué el cerebro construyó o creó a los dioses, se “libraba” de una carga ansiosa o de constante estrés al sistema, en donde todo aquello que no tenía una explicación o era susceptible de ser procesado como narrabilidad, era devuelto al sistema para que los siguiese procesando. Si el sistema tiene demasiados subprocesos de este tipo abiertos llega a su colapso. Esto se ve en los ataques de pánico: se  entra en pánico no por ese último proceso, al que otras personas que pasan por la misma situación no sucumben, sino porque el sistema de esa persona ha llegado a su límite. Ese “derrumbe” o llegada a un límite por lo general lleva a la ansiedad y finalmente, como un “tirar la toalla”, a la depresión. Es en estos casos en donde se llegan a las crisis de personalidad -con sus consiguientes trastornos- o los existenciales. Los obsesivos convulsivos son aquellos que en el último proceso de cada acción tratan de que esté perfectamente etiquetado como “finalizado”, pero quedándose “anclados” en ese último proceso al cual le añaden rutinas -bajo premisas del pensamiento mágico- y repeticiones para terminar de ser procesadas y etiquetadas como “finalizadas”. Otro concepto que va en la misma dirección, y tiene la misma base que el ataque de pánico, es el miedo a volverse loco, a “perder los papeles”. Tal concepto no está implementado en las ciencias, si bien el psicoanalista Heinz Kohut usaba el concepto de “angustia de desintegración”, que es el miedo del humano, como miedo primario, de “romperse en pedazos”, de perder la integridad. El prefrontal mantiene la narrabilidad, que es una construcción “negociada”, balanceada, de nuestro yo con lo social, con las normas (súper-yo); el yo, por otro lado, es lo que emerge de lo subconsciente, de la suma de todas las partes cerebrales en sus comportamientos. Cuando se rompen esas dos estructuras se llega a la parte más instintiva y salvaje de lo humano. En cierta forma es miedo a sucumbir al lado más primario y salvaje del animal que llevamos dentro, y de nuevo por miedo a que salga lo más violento, ya sea para agredir salvájemente a otros, o para auto-agredirnos. Este temido proceso es al que suele llegar el hombre durante la violencia de género; o en otros casos lleva a arremeter contra aquello que le ha llevado a esos extremos, como son los casos de agresiones en masa, de los que son un ejemplo los ataques con armas en los colegios de Estados Unidos. Es un estado, propio del pensamiento mágico, que trata de auto-equilibrarse haciendo desaparecer (uno mismo, a un otro, a algo de lo social) aquello que le lleva a ese estado. Demás está decir que es un acto fallido, por esto mismo se siente la angustia, como miedo anticipatorio latente, porque el prefrontal como razón “sabe” que no es una salida válida. Como se puede ver, en este largo desarrollo sobre la “pregunta abierta” y mi concepto de “narrabilidad”, estos eran dos procesos que se han mantenido en “mi” sistema por años y ahora parece que ya he dado por cerrado y “solucionado”. Como he dicho arriba no hay ninguna teoría sobre la memoria que dé una explicación a esta forma de proceder del cerebro. Mi doble teoría, que ahora quedan unidas en una pero en dos partes, sí dan una posible explicación. Queda el trabajo científico de descubrir si ese marcado o encabezado de “pregunta abierta” lo hace un neurotransmisor o el cierre de uno de sus receptores. En todo caso lo que subyace de fondo, y que es algo sobre lo que la ciencia no parece poner como relevante, es que el cerebro trata de ser un sistema cerrado, homeostático, autopoiético. Todo sistema cerrado lo es en la medida que trata de “huir” de la entropía, de la segunda ley de la termodinámica. La identidad, como narración propia de todo una vida, sólo lo puede ser en la medida que el azar o el caos no estén implicados en el sistema. El cerebro humano está impelido a creer que tiene el control del medio. La narrabilidad y el no mantener en el sistema un exceso de “preguntas abiertas” le confieren esa sensación de control. Es más, la identidad narrativa no “funciona”, o lo hace peor, sin cierta estructura. Todo en el universo, todo lo que se nos presenta en la vida, parece tener la estructura de principio, desarrollo y final; o tesis, antítesis y síntesis -o así lo queremos o creemos ver-. Todo sistema teleológico tiene un porqué, en donde para qué y finalidad son lo mismo: su síntesis. La función del sistema respiratorio sigue esa regla o estructura: se creó para la respiración y tiene esa finalidad. En la teoría sobre la identidad narrativa se han percatado que aquellas narraciones que tienen un final con redención o crecimiento personal, con moraleja o con un aprendizaje, son aquellas historias que mejor suplen la finalidad de esta estructura: crean un mayor nivel catártico, de sentir que la vida tiene sentido y que se tiene control sobre ella. Historias como la de la película “en busca de la felicidad“, por poner un ejemplo y cuando hay cientos de este tipo. Estas conclusiones no se dan en la teoría de la identidad narrativa y son mi aportación. Solo bajo este punto de vista este tipo de identidad cobra sentido. Igualmente he de recordar mi análisis pesimista -realista- sobre tal idea. En verdad la vida o narración de ella no sigue ese patrón. (Re)construimos nuestra vida desde el final. Hacemos “trampas”. Yo puedo narrar mi vida como que me llevaba a esta reclusión voluntaria, pero si mi situación actual hubiera sido otra lo haría a partir de ese otro final. O sea, no sigue la lógica narrativa de principio, trama y final, sino que reconstruimos un posible principio y una trama distinta a partir de cada final, tal como lo hace un escritor de ficción. No hay historias de crecimiento, que las puede haber, sino la historia que uno mismo se quiera contar y tenga la capacidad de creer, dependiendo de su sesgo optimista, de autoengaño e inocencia. Así que si uno se ha de narrar su propia historia, para mejor es contarse la mejor y la más positiva posible. Con la edad (o en una vida muy intensa), con tantas tramas y subtramas abiertas e inconexas, es imposible tratar de crear una narración legible y coherente, luego el sesgo de narrabilidad es más propio de la adolescencia y la juventud. Lo que late de fondo, en el credo inconsciente y mitológico de las personas, es la idea de destino. Esto se ve sobretodo al emparejarnos y con frases como “todos mis caminos me llevaban hasta ti”. Da igual quien sea esa persona, es posible que siempre pensemos lo mismo. En definitiva, que es otra de las “estratagemas” que tiene el cerebro para restar ansiedad o que tenemos el control con la única finalidad de mantener el equilibrio -homeostasis- mental. Lo mismo que vale para el individuo lo vale para la sociedad, creemos que toda la historia nos ha llevado hasta aquí, pero sólo es un espejismo del sesgo de narrabilidad. Si soy estadounidense la historia cobra sentido con un final del “triunfo” de mi nación, pero los países de las civilizaciones que han caído por el camino saben que esa narrabilidad no tiene sentido. E igualmente se sigue la misma lógica del humano como especie e incluso planeta del universo. Creemos -o queremos creer- que la finalidad de la evolución es el humano y que la finalidad del universo es la conciencia. De nuevo contamos la historia por lo que creemos que es el final. Si en su momento esa historia la hubiera podido contar un dinosaurio argumentaría que la finalidad de la vida eran ellos, y que la finalidad del universo el crear animales gigantescos.

     Algunos cerebros soportan más “preguntas abiertas” que otros…. lidian mejor con el caos. Otros, los neuro-normales, ignoran la mayoría del caos: tienen implementado un sistema menos sensible al ruido y las interferencias, o tienen mecanismos y sesgos evolutivos, como lo es la religiosidad, mejor implementados como para ignorar y auto-engañarse ante el caos. Los preconcientes, se cierran sobre sí  porque las emociones, sobre todo en la actualidad, con las grandes ciudades y un mundo globalizado, les sobrecargan demasiado. No son capaces de sobrellevar esa alta carga emocional y se centran en procesar todo a nivel cognitivo y reflexivo (tipología neurótica e introvertida). Eso les da ese aspecto o tipología de modo de procesar las cosas sin su componente emocional, de manera “robótica”, como lo estoy haciendo yo, que es similar a como lo hacen las personas con autismo de alto funcionamiento. Esto se da en los frikis, los informáticos, pensadores, escritores, artistas, científicos… Es sintomático, de ser de unas u otras tipologías, en la medida del tipo de películas que uno pueda o no “digerir”; cuestión igualmente ignorada por la ciencia. ¿Se evita ver películas de violencia realista gratuita, o finales no felices…? La escena en la que el alemán mata fría y lentamente a cuchillo a uno de los protagonistas, al que previamente le habían perdonado la vida, en “salvar al soldado Ryan” es una de esas crueles y violentas escenas que muestran lo caótica y carente de sentido que es la vida. Spielberg en el fondo es pesimista, pues “se deja ver” en dicha escena, pero trata de mitigar esa dura concepción realista de la vida en sus películas y sus finales positivos. Aquel tipo de película que se evita o no se “digiere” nos dice de qué tipo es el cerebro. ¡Posible spoiler!: llamo la atención sobre  la serie “fuga en Dannemora“, donde durante cinco capítulos nos hacen simpatizar con dos presos que tratan de escaparse de la cárcel, y sólo en el sexto nos dicen cuáles fueron sus crímenes. Las películas (series, libros) que se prefieren, nos gustan o terminamos de ver, nos proporciona información con respecto a que aspecto o tipología humana pertenecemos. Vemos o leemos -y toleramos- lo que nos confirma. Lo que mantiene nuestra identidad, en tanto que su capacidad de lidiar con el caos y mantener su narrabilidad intacta. En otros casos si se desea mantener ocupado al sistema se mantiene alguna “herida abierta”, sangrando, supurando, para que no dé ninguna pregunta como cerrada. Esa tipología es lo que les confiere su propio sentido y es por lo tanto su identidad o narrabilidad. Eso explica el porque mantenerse sufriendo, pero teniendo en cuenta que se “dosifica” ese dolor; son capaces de “soportar” que la vida es azar y caos, pero no que les repercuta en lo emocional viviendo dentro de ese caos incontrolable: su control lo es en la medida que mantiene un control dosificado del dolor. Es a este estado que yo he llamado en otros escritos, como “dulce melancolía”, pues en el fondo confiere algo de placer, muy distinto de lidiar con la sobrecarga emocional y ruidosa de la vida. Ven películas negativas o realistas porque confirman sus heridas abiertas y por lo tanto confirman su identidad, y en la medida que controlan poder apagarlas. Por lo general si uno es feliz se “olvida” de dichas preguntas abiertas, o mejor dicho el sistema cerebral las ignora. Pues la máxima del cerebro es el ahorro de energía y la finalidad del cerebro es ese estado feliz u homeostático. Quien es feliz nada quiere cambiar. “Es lícito decir que el dichoso nunca fantasea; sólo lo hace el insatisfecho“, nos recuerda Freud, o “el sufrimiento es la única fuente de la conciencia“, en palabras de Dostoievsky; hay cientos de frases, de cientos de pensadores y personalidades, sobre este mismo patrón. Por eso encaja que sea el dolor y la necesidad, las situaciones negativas, las que sean más creativas. El dolor de una herida se mantiene para recordarte que no tienes que hacer excesos con esa parte del cuerpo. La sociedad y la esencia humana están heridas. Sólo nos percatamos de la herida cuando esta nos ha alcanzado y nos está afectando o formamos parte de ella. La cinta andadora de la sociedad, donde apenas si queda algún resquicio de tiempo para la reflexión, se encarga de hacer que no nos demos cuenta que esa es la realidad…, como de igual modo la liberación en el cuerpo de la adrenalina en el torrente sanguíneo, durante los momentos en los que la vida está en juego, nos anestesia de la fatiga y el dolor. Un mundo feliz sería un mundo aborregado, lo que no deja de ser paradójico. En un proceso y vida “normal” el cerebro va ajustando su mapa mental, con su consiguiente ahorro de energía, de tal manera que al llegar a la madurez es cuando ha llegado a su modo más óptimo de conocimiento del mundo y de ahorro de energía. Una cosa y la otra son lo mismo. De lo que se trata es de haber llegado a tal mundo representacional interior, que ya no se “detecte” nada como nuevo y no se recurra al abajo (sentidos, realidad) para saber de este, pues todo será procesado en ese mundo holográfico interior, donde ahora todo “encaja”. En otro ejemplo más claro y representativo. Los elefantes en manada -en realidad son hembras, no aceptan al macho más que durante la infancia-, la elefanta de más edad es la que tiene un mayor conocimiento de dónde hay agua y alimento, en cada momento del año. Ha creado un mapa mental de su hábitat, de tal forma que se atiene a ese mapa. No busca al azar. No existe la novedad, sólo representación mental. El cerebro humano es igual pero en todos los rangos cognitivos, entre los que se incluyen las relaciones humanas: “en casa de viejo no faltará un buen consejo” o “buey viejo mal tira, pero bien guía”. Películas de quedarse atrapado en un bucle temporal, como “al filo del mañana“, dan buena cuenta de esta forma de proceder del cerebro: en cada nuevo ciclo del bucle mantiene los datos de los anteriores, con lo que parte de dichas premisas o mapa mental -desde arriba hacia abajo-, para buscar nuevas soluciones. Así es el cerebro: fallar hasta acertar en un eterno prueba y error, que va acabando al llegar a la edad madura. Por el contrario las personas con una baja inhibición latente nunca tienen un mapa finalizado, siempre se atienen a tratar de dar respuestas a las “preguntas abiertas”. En otro lenguaje se nos tacha de neuróticos, perfeccionistas u obsesivos. A mi edad ya todas esas denominaciones me importan una mierda, la verdad. En esa medida decía arriba que porqué he de cercenar partes de mi identidad. Cuando se llega a cierta edad ya nada es malo, ya no existe el “pecado” o la culpa; si uno se ha terminado por asumir ya no hay posibilidad para la exclusión social, que antes que nada es introyectada como “válida” o verdad por el propio cerebro dentro de su mapa mental, y ahí es cuando nace el “error” que lleva al trastorno mental. “Si a viejo quieres llegar, las cargas has de soltar”. En el lenguaje de Maturana y Varela:  “la variación de una organización autopoiética a través de la autorreproducción sólo puede surgir durante la autopoiesis como modificación de una organización autopoiética preexistente y operante; luego, la variación puede surgir solamente de perturbaciones que requieren nuevas complicaciones homeostáticas para mantener constante la autopoiesis. La historia de los sistemas autopoiéticos conectados autorreproductivamente, sólo puede ser una historia de continua complicación de la autopoiesis“. En definitiva, que lo que ha de prevalecer es la propia identidad a toda costa. Esta regla se aprende tarde, pues son mecanismos cerebrales que están determinados por las edades humanas. La juventud es falta de identidad, su búsqueda, a tratar de adaptarse a otras, porque así está programado en el ADN, pues ha de crear una “nueva tribu”, una nueva familia; al igual que el tener un mapa representacional lo más fiel posible con la edad, pues por norma y en la prehistoria tales personas tenían menos posibilidades para acceder a los recursos y por lo tanto debían de ser más ahorradores de la energía interior. De cualquier forma esa aparente “indeterminación” de los jóvenes da una sensación más vívida del mundo, pues si todo es novedad el neurotransmisor que está en juego es la dopamina. La juventud es más vitalista (ya sé que es un pensamiento obvio). El mundo y la novedad -menor riego de dopamina- se acaba cuando formas una familia. Se entenderá así la coyuntura de la sociedad actual de negarse a crecer, de querer permanecer joven, indeterminada y “narcisista”. De cualquier forma eso no quiere decir que sea porque sean en su generalidad individuos tendentes a la baja inhibición latente. Se da este hecho porque estamos en una sociedad en permanente cambio y con novedades, que “obliga” a cada cerebro a reconstruir su mapa mental de forma constante. O sea, es un estado social, no individual. La baja inhibición latente se da en la mente social, por mantenerse dentro de la retroalimentación positiva, por no definirse de forma conclusiva dentro de un marco o sistema cerrado de autorreferencialidad a nivel global, y ser tan sólo la dinámica de muchas identidades.

Vías Biosintéticas de las Monoaminas en el Cerebro     Resumamos para ir al siguiente desarrollo mental. El cerebro está programado para crear un mundo interior representacional bajo la clave de ahorrar energía y en la interacción con este. La finalidad de la vida, de un sistema autopoiético, es ser cerrado, para serlo ha de depender lo menos posible del medio: el ahorro de energía es una de sus principales metas. Un ejemplo claro es que casi todos los neurotransmisores son monoaminas: cuando una molécula compleja como la dopamina se degrada, vuelve a la base de monoamina para volver a crear otra molécula compleja. ¿Resultado?: reciclaje permanente (extrapolar esta idea con respecto a lo que está haciendo el humano con la naturaleza). Otra cuestión es el uso de la química, de los neurotransmisores, en el cerebro. Este gasta sobre el 25% de la energía del cuerpo: ¡muy caro!, pero sería mayor el gasto si sólo se basase en la activación eléctrica, como así ocurre con los ordenadores, en donde la información en la memoria es a través de mantener las conexiones “encendidas” (posición 1 en las puertas lógicas del silicio). Para bajar costes recurre a mantener la conexión entre las neuronas a través de la química de los neurotransmisores, en vez de mantenerlas activas a través de sus “disparos” eléctricos. Un único disparo después mantiene unidas a ciertas neuronas a través de la química (siento si soy redundante, a “mi” cerebro le cuesta aprender y la repetición dicha de otra forma le ayuda). Los estados negativos o de dolor hacen que estén más latentes las “preguntas abiertas”. Ese estado, en su modo desordenado, es a lo que se llama rumiación o mente errante, el pensar en mil cosas y en ninguna, sin llegar nunca a soluciones. Esta rumiación o estado latente lo lleva a cabo la llamada “red de modo predeterminado“. Es un proceso sobre todo llevado a cabo por el hemisferio derecho (no dominante); mientras que la “red de tareas positivas“, en el izquierdo, trata de frenarla. Pero puesto que dicho hemisferio es más propio para ciertos procesos de alto coste energético, está irrigado por la dopamina, con el consiguiente problema de las adicciones. O sea, en el cerebro y en lo humano es aquello de “Guatemala a Guatepeor”. Es en este sentido que puedo afirmar que el humano es un animal enfermo. El humano es ese ser con pequeñas islas de estabilidad en medio de un inmenso mar de tormentas y tempestades. Es de todo menos autopoiético, pues va del aburrimiento a la ansiedad (dualidad Schopenhaueriana) de la búsqueda del placer (o salida del aburrimiento) fallando en la mayoría de las veces en relaciones frustrantes que le llevan o a la culpa o al dolor, con el consiguiente estado de rumiación. ¿Alguna salida? Hay un estado que se llama fluido o de estar en la zona, que se puede llamar pensamiento o conciencia fluida. Entenderlo es fácil, puesto que ya tengo todas las premisas previas. El pensamiento fluido es cuando el cerebro tiene una representación tan bien procesada y asentada como para trabajar sin tener que recurrir a las zonas altas del cerebro, al prefrontal. En ese estado el prefrontal hace exclusivamente el papel para el que fue creado, como verificador que todo va bien. Quizás no se entienda esto, usaré el ejemplo que pongo en otros casos: el trato de madre (o cuidador) con el niño en crecimiento. Al principio la madre (es incómodo neutralizar el género, lo siento) “no es persona”, todo su tiempo y energía lo dedica al niño. Con el paso de los meses tan sólo le echa un ojo de vez en cuando y le reprende cuando va a hacer algo malo. El resultado final es que la madre puede dedicar su tiempo y energía a sí misma. De vez en cuando mira al hijo y vuelve a lo suyo. Si el niño le reclama se “activa”. El resultado es que al principio es una “esclava”, mientras que al final sólo es un “agente” supervisor de alto grado, en la dualidad hijo/supervisor. Lo mismo para el prefrontal, en el estado fluido no es que esté anulado, pero solo es una pieza más del todo. En la metáfora de la rotonda es como si esta fuera muy grande y el prefrontal fuera un semáforo que se activase sólo si hubiera demasiado tráfico, que en el caso del cerebro sería flujo de información nueva a revisar. En su estado fluido no genera mucho más gasto porque casi nunca trae el foco -atención sostenida- sobre lo que ella aporta al flujo. Hay que percatarse que estar en la zona es similar a la hipofrontalidad transitoria, en donde de nuevo el flujo de sangre al prefrontal disminuye, en este caso por lo general por el exceso de trabajo físico-muscular (carreras de resistencia por ejemplo). En ambos casos lo importante es “evitar” la rumiación y el trabajo de la red de modo predeterminado, por ser incómoda y desasosegadora (¡atención al “sasose” de la palabrita!), hasta poder llegar a ser asfixiante. A mencionar, como anécdota que viene al caso, que la lobotomía cortaba las conexiones del cerebro medio con el prefrontal. En el proceso igualmente se evitaba la rumiación, por contra era una pésima y horrorosa idea, puesto que el sistema ejecutivo, que es el que media en nuestro comportamiento social, moral y de control de nuestros instintos y deseos básicos, era igualmente anulado.

    Este es el estado perfecto de todo deportista, o artista, como lo pueda ser un pianista. Donde se crea un estado fluido en tanto que cerebro y medio (piano) son unidad. En biomusicología llaman a este estado de “arrastre“. Pongo la atención sobre lo musical, pues de entender bien al cerebro, ese estado fluido es uno en el cual todo mantiene un ritmo y una melodía en su estado perfecto o más elevado. Si cada módulo o procesado mental tiene sus propias circularidades, sería un estado como el que se podría dar en una gran ciudad con muchas rotondas y tráfico, y en donde todo fluye sin que en ningún momento se produzca atascos o retenciones. Todo va desde “A” a “B” sin ninguna interrupción, aun habiendo tenido que pasar por múltiples rotondas. Ese estado es el que tiene un mono cuando juguetea saltando de rama en rama, o las cabras montesas en las escarpadas laderas, por pura diversión. En realidad sería en el que deberíamos de haber permanecido y perdimos. Ese es el “hogar”, bajo mis conceptos, del cerebro humano. Cualquier deportista, sobre todo los de riesgo, recuperan ese estado. ¿La pega?, todo tiene que tener una pega. En realidad no hay diferencia, en la actualidad, entre adicción y ese estado fluido. Una persona puede estar en la zona, en ese estado fluido, jugando con el ordenador, una consola o el móvil. La catalogación de “bueno” o “malo” es social. Todo deportista de riesgo, o pianista, busca volver a estar en ese estado. “Necesitan” esos estados, pero si lo hace una persona por un juego está “mal”. Se “justifica” si es un jugador profesional y gana dinero en ello.

   Resumiendo y finalizando. El humano cada vez tiene que dar más uso al prefrontal en situaciones no motivadas que son tomadas como trabajosas y onerosas. Cada vez generamos más caos y complejidad, por lo cual es más complicado crear un mapa interior terminado, situación por la cual la sociedad, las empresas, premian y se alimentan de las mentes jóvenes (las que están por hacer, indeterminadas). Eso lleva a la totalidad de la sociedad a mantenerse en esa edad mental, pues como lleva implícito no terminar de crear una representación internalizada, lleva a la falta de madurez mental que busca eternamente la novedad, pero con sus consiguientes problemas de la tendencia a los trastornos, pues en definitiva es un constante gasto de energía en un sistema que en realidad no está “programado” para que sea operacional y funcionalmente así, sino para acabar por terminar de hacer un uso de energía excesivo. No por el hecho de volverse inactivo, sino por el hecho de que ha logrado optimizar o “rutinizar” todo proceso dentro de ese mapa interior, en donde ya no hace un uso excesivo de las funciones del prefrontal o las zonas asociativas. Seguramente el Alzheimer, de fondo, sea un exponente de esta trama. Todas las potencialidades de nuestros cerebros ya estaban allí cuando éramos simples monos en los árboles. La evolución consistió en dar otras funciones a esas potencialidades. La música es tan especial porque el cerebro es un sistema de ritmos y melodías. La alegría tiene una tonadilla y la tristeza otra, en las que tiene que vez la velocidad de la “canción” interior.  El estado fluido yo lo siento como una de esas canciones épicas orquestadas. Todo artista sabe de ese estado fluido, pues según la hipótesis del cazador contra el agricultor, ciertos tipos de mentes, entre las que están las del artista o cualquiera que sea creativo, es la del cazador, el cual se mantenía en un estado de fluidez cuando estaba de caza. El agricultor por el contrario requería hacer cálculos y previsiones anuales, en trabajos rutinarios y repetitivos: se acabó la fluidez. En mi caso tengo problemas con los movimientos finos, procesos de las manos que requieran destreza. Se me caen las cosas de las manos con facilidad o me resulta complicado llevar el destornillador a la ranura del tornillo. De forma curiosa no me ocurre cuando voy a cierta velocidad, en donde se crea el estado fluido. Lo sé porque he sido camarero y cometía menos errores motores al ir rápido, manteniéndome en la zona, que al ir despacio, donde era más probable que se me cayese algo. Bajo mi punto de vista los Neandertales deberían de tener el mismo “problema”, pues no eran tan buenos como los Sapiens para hacer utensilios precisos. Mantenían su fluidez en la caza, durante la acción, pero en la cueva perdían dicho proceso. Todo esto tiene unos correlatos con ciertos neurotransmisores, entre ellos la dopamina y la producción o no de ciertas proteínas o sus receptores codificadas en el ADN. Hago mención de todo esto para hacer ver que hasta la más mínima particularidad de las personas tienen un porqué. Una explicación que es reducible a algún gen dentro del ADN, y a un origen de algún cambio (mutación, mestizaje, aislamiento de poblaciones) durante la evolución. Como cazadores recolectores a ese estado se llegaba con la edad, habiendo aprendido todos los “trucos”. En la actualidad cada vez se da menos o se da en situaciones proclives a ser tomadas como adicciones. Tal división humana, de las mentes cazadoras o las agricultoras, es muy posible que sea detectable en los test de la demora de la gratificación. La típica de proponer a los niños de “un dulce ahora o varios dentro de cinco minutos”.

   La capacidad de crear estrategias para la demora se debe al sistema ejecutivo, al auto-control, dentro del prefrontal y requiere de mucha energía. Los estudios dicen que aquellos que pasen la prueba de la demora serán personas más prósperas, pero por contra se argumenta que suelen ser más rígidas mentalmente y menos felices (bajo mi punto de vista son mentalidades más de rapiña, pero no puedo verificar si tal cosa es así, no tengo contacto con ese tipo de personas, puede que sólo sea un estereotipo; todo cerebro crea estrategias, el problema es crear estratagemas, pues estas son más fríamente calculadas -mentes maquiavélicas-). Los artistas son impulsivos y por lo tanto por norma “malos” para dicho test de la demora de premio, por eso se suele decir de ellos que “son pobres hasta para pedir”. Muchos grandes pintores apenas si vendían sus pinturas lo justo para ir tirando en su día a día, como así lo hacen los cazadores-recolectores. En otros casos esos ritmos y fluidez se daban en lo social, se crea un ritmo en la manada donde cada miembro es un agente pasivo de dicha “canción”. Como cuando los pingüinos fluyen en un gran círculo para mantener el calor, o como cuando las aves o los peces se aúnan en bandadas o cardúmenes. Una sociedad tal como lo es la actual, donde impera la injusticia y la desigualdad, no puede crear unidad, no puede crear fluidez, armonía. Es un cacofónico ruido de fondo que tan sólo incomoda al flujo de los individuos que la componen. En esa situación la única forma de llegar al estado fluido es aislándote de la sociedad, de su ruido, sus males y complejidad. O sea, se proyecta sobre lo social el mecanismo de la inhibición latente, en donde quien no lo haga es o bien porque él mismo tiene ese rasgo de baja latencia, o porque al final venza el ruido de lo social. A los primeros, si “reclaman” que todo está mal, se les tildará de pesimistas; los segundos, ante la falta de costumbre hacia ese estado, crearan trastornos mentales. Los cuales se están volviendo epidémicos.

    Retomando el final de la primera parte del escrito, hoy en día podríamos vivir bien todos. Haría falta un reseteo total del sistema. Abajo las jerarquías y los desniveles tan pronunciados de acumulación de bienes. Decirnos que ya no hace falta mantener el estado de alarma, de la retroalimentación positiva, del “loco” progreso. En una sociedad armónica uno podría hallar más fácilmente sus estados fluidos, llegar a una madurez estable. Por el contrario todo es ir a distintos ritmos, ni siquiera acompasados, o tratando de crear un contrapunto. Sistema en el cual donde aquellas personas más sensibles y quebradizas, que han heredado la baja inhibición latente, son las primeras víctimas en caer. ¿Es culpa de los jóvenes que traten de equilibrarse mentalmente dejándose puestos los auriculares para escuchar su música y centrándose en sus juegos? Tan sólo buscan encontrar su propio ritmo, su estado fluido, dentro de tanto ruido, de tanta complejidad, de tanta injusticia y desigualdad.

 

Las conclusiones de las conclusiones

    Esta mañana me he despertado con lo que voy a decir a continuación. ¿De quién es el mérito?, desde luego no del prefrontal o conciencia o ese pretendido piloto al que llamamos yo o sentido de agencia.(2) Viene al caso estos argumentos porque trato de buscar a ese agente que me “da” mi identidad o que busca soluciones, esa llamada inteligencia humana. En inteligencia artificial se dan dos paradigmas para su búsqueda: un sistema central como el que ha ganado a los mayores jugadores humanos de ajedrez,  el Go o el Jeopardy. Otra son los minibot, o mente enjambre, donde cada uno aporta una perspectiva al conjunto. En los dos casos subyace una misma regla: parten de una finalidad. De un problema a solucionar. Se sigue así que la finalidad implica intención, pues uno y otro concepto son la misma cosa. Indistintamente que a un alpinista se le pregunte por su finalidad o por su intención, contestará que “llegar al punto más alto de la montaña”. Una regla del lenguaje es su recursividad:(3) propósito, intención, finalidad, sentido, significado, causa, causalidad, plan… son dardos que dan en el mismo punto de la diana. Todos tienen la misma carga significativa. Dicha carga es a lo que se le puede llamar una identidad, que sigue la lógica binaria de ser o no-ser. Si añado la palabra destino, esta no termina de encajar con el grupo anterior (o quizás sí en algunas mentes), ya no porta la misma identidad. Todos nos damos cuenta de qué palabras son sinónimas a otras y cuales son fronterizas, en las cuales la identidad empieza a variar. Fijarse que aquí ya salen dos reglas. ¿Quién se da cuenta?, no lo hacemos a nivel reflexivo, lo hace el cerebro en distintos módulos, al modo de los minibot. Por otro lado se deduce que el cerebro “sabe” qué es identidad, cuando no somos capaces de expresarlo a nivel reflexivo.

   El concepto de Maturana y Varela de autopoiesis es una conclusión de una escena de una larga película. Conclusión que poco dice de la película como totalidad. En realidad desechan lo único acertado: lo teleonómico de Jacques Monod, aunque revisable. En mi escrito “limerencia y autopoiesis” buscaba un origen del porqué escribo. En este caso hay que hacerlo sobre el escrito de Maturana y Varela. Fijarse que dos frases atrás he usado la palabra origen y en ese caso el mensaje lleva implícita que lo que quería buscar era la intención, sin nombrar dicha palabra o concepto. Cuando ocurre algo así se dice que hay un mensaje implícito, en contexto o tácito, que de nuevo nos lleva a intención, significado o identidad: lo que se quería decir. Las ciencias cognitivas se están enfocando cada vez más en esta dirección en la medida que implica un cerebro que trabaja por sí solo y que es el que tiene los mecanismos inteligentes por mera evolución.

Contexto e Implícito

   Si prefiero identidad sobre intención o significado es porque es más cercano a nuestra mente, en el sentido de que el concepto de yo o mi vecino del quinto derecha hablan de una misma cosa: de una identidad. Yo tengo muchas intenciones o significados a lo largo de la vida, pero todos las reconocen bajo mi identidad, para bien o para mal. Pero también uso identidad por la dualidad identidad/otredad (en tanto que Ser/No-Ser), cosa que no está tan claro con los conceptos de intención o significado, pues estos pueden ser múltiples. Así se dice “Pedro padece una esquizofrenia”, accidental, no identidad, por la salvedad que sea un conocido, por ser de nuestra identidad; mientras que de alguien ajeno o desconocido decimos “menganito es un esquizofrénico”. En otro caso uno/as homosexuales se pueden decir “somos distinto/as”, pero no es lo mismo si un/a heterosexual les dice “sois distinto/as”. Lo mismo vale para una mujer si se lo dice un hombre o para una etnia minoritaria en un país. En estos ejemplos vemos esa dualidad identidad/otredad que cambia todo el contexto y el significado en las frases y por lo tanto en cada uno de los cerebros. O sea, identidad es a lo que todo ese juego de palabras y sinónimos remite, y se tenga como patrón en el cerebro seguramente. De igual forma se puede apreciar que uso el concepto de identidad, por extensión, en lo verbal, que se vuelven así en entidades. Una frase mantiene su identidad si mantiene su significado e intención, que en este caso son distintos (alguien puede tener una intención y ser malinterpretado al expresarse mal, porque su expresión adquiere otro significado y al final otra aparente intención), varía una de los dos y ya tiene otra identidad, a veces por cambiar tan sólo una palabra, o en un escrito incluir o excluir una coma, donde posiblemente cambiará su identidad. En otro lenguaje mantiene o varía su esencia: esa es la base de lo que es un meme. Vuelvo arriba, ¿cuál era la intención en el libro sobre la autopoiesis? Yo detecto un ataque al concepto de la teleonomía, por un lado, y por otro -o más de fondo-, ataca el dar un sentido o destino último a la existencia, cuestión que yo comparto. Pero pienso que yerran en los medios para alcanzar ese fin, puesto que bajo mi punto de vista, y como he puesto arriba, no pueden “atacar” o catalogar una película por sólo una de sus escenas, y cuando es distinto teleonómico que teleológico.

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   Lo dicho arriba ha sido un prolegómeno. Lo que sigue ha sido la “respuesta” con la que me levantado, y seguidamente llegaré a ciertas conclusiones, ya reflexionadas. El concepto “rancio” filosófico de potencialidad parece indestructible. No es un concepto que quepa manejar en las ciencias positivas, pero se las tienen que haber constantemente con él. Está implícito en la energía potencial y el potencial químico, por ejemplo. Un átomo tiene en su “esencia” tres componentes: protón, neutrón y electrón; reducibles a dos: núcleo y electrones. Cada átomo estable de la naturaleza tiene una “identidad” que son los que se muestran en la tabla periódica como elementos. Los electrones varían entre aquellos átomos que tienen la capacidad de crear enlaces, pero son sus núcleos los que le definen o dan identidad, por el número de protones, y donde el número variable de neutrones crean distintos isótopos del mismo elemento. ¿Son reducciones o esquemas para que sean manejables por medio de la mente de un observador?, que es la propuesta de Maturana y Varela. Es cierto que este esquema es reduccionista, y que después hay que tener en cuenta las partículas y por ello la cuántica. Pero ¿podemos negar que haya cierta longitud de onda electromagnética, a la que llamamos color amarillo, y que aunque hubiera varios observadores o tengan distintos nombres se refieran a la misma longitud de onda? Es más, que dicha longitud de onda tenga unas propiedades y no otras al interactuar con otros componentes de la realidad, donde dado cierta cantidad de esos otros “acoplados” siempre va a dar el mismo resultado. Esas potencialidades -y estados estables- en lo atómico es a lo que llamamos helio, hidrógeno, etc. Un nombre, una identidad, que a su vez implican unas potencialidades. Algunos átomos son inertes, no interactúan con otros. Esos otros átomos son los que tienen la propiedad de crear moléculas estables. Definir un momento cero, como hacen Maturana y Valera para una primera célula o ente autopoiético, en donde todo es algo externo o acoplamientos, es como tratarlo de hacer con una partícula. La realidad existe porque la identidad de cada partícula a la vez implica unas potencialidades con el resto de partículas. No hay un afuera o un adentro, pues tal idea sí que es una abstracción que no “habla” de la realidad.

    Una molécula llega a un equilibrio químico que se define como “…el estado en el que tanto los reactivos como los productos están presentes en concentraciones que ya no tienen tendencia a cambiar con el tiempo, por lo que no hay un cambio observable en las propiedades del sistema“, (fuente Wikipedia). De lo que se trata es de saber en qué momento algo mantiene un equilibrio lo suficientemente estable como para que se le pueda nombrar, y por ello “adquiera” una identidad definible en la realidad, como para además interactuar dentro de esta. Lo mismo con la base de la vida a través de “sus” potencialidades: los aminoácidos que llevaron a los péptidos y de estos a los polipéptidos, como es el ADN. Los sistemas no es que lleven implícito la homeostasis, la retroalimentación negativa (el equilibrio), es que si a algo se le puede llamar o darle una identidad es porque es estable, independientemente del tiempo que lo sea. La vida, como sistema homeostático o autopoiético, se puede dar en un planeta dadas una condiciones, y si las condiciones  de este planeta cambian drásticamente la vida desaparece. Lo mismo para una reacción química o para un átomo. O visto de otra forma (deductivamente): buscamos vida allí donde sabemos que se “reúnan” ciertas condiciones; es igual que a eso se le llamen “acoples”. Todo son sinónimos para referirnos a una misma cosa: interacciones. ¿Entre qué?, entidades, en su acepción más amplia o abstracta, que en ese sentido se pueden nombrar como esencias que implican unas potencialidades. En lo humano: cierra a un chico y una chica en una casa (gran hermano) y tarde o temprano tendrán sexo. En resumen no es “legítimo” aislar algo de la realidad y no contar con un porqué y un cómo, pues estos están implícitos como potencialidades dentro del sistema y son parte de su definición o Ser. El ADN implica información de un estado equilibrado de un polipéptido que “regula” esa “máquina” que es una célula. Información que es la potencialidad de crear distintos componentes químicos estables, como las proteínas, que a la vez implican una “función”, que como hemos visto es reducible a intención o finalidad y por lo tanto a una identidad. Maturana y Varela no pueden achacar de prescindible al concepto de lo teleonómico sin que a la vez valga lo mismo para el concepto de autopoiesis. Si buscamos los irreductibles, como el concepto de autopoiesis pretende ser, nos quedaríamos en nuestra conceptualización del mundo como meras partículas (atomismo).

   La segunda conclusión con la que me desperté. La división de alfa y no-alfa, y sus distintas “esencias” y reducciones como lógica binaria o difusa parece caprichosa, traída por los pelos y encajada burdamente. ¿Lo es? Lo teleonómico, o identidad de una especie, es aquello dado en un momento histórico de su evolución que es el que más tiene la capacidad de portar todo aquello que le da su identidad. Su prototipo más óptimo. Dicho ente es el alfa: los mejores genes. Lo que se preserva en la evolución es esa apuesta: ese que vence sobre el resto como para reproducirse. En cada momento evolutivo puede ser una potencialidad u otra. Si en algún momento humano lo pudo ser la fuerza, al final está yendo hacia la inteligencia (y por desgracia la apuesta tramposa: un gran empresario puede pagar a muchas personas inteligentes para sus fines, sin que él tenga ninguna otra cosa que simplemente ambición y desmesura). La clave es la idea de lo más prominente de una apuesta o potencialidad, en donde se da ese Ser o no-Ser. O sea, en la evolución en un momento ese Ser lo era el más fuerte y ahora ya no. Alfa es un concepto abstracto que se refiere a lo más prominente de una potencialidad evolutiva -identidad estable- como para que se reproduzca con más éxito. El resto de los de esa especie pueden ser o potenciales alfas, que están en el mismo nivel, y esa otra gran cantidad -remanente- de los que no podrán tener esa condición. ¿Quién dijo que la vida tuviera que ser justa o “bonita”?, no lo es. Los no-alfas se adaptan a ser “satélites” del alfa. ¿Algún ejemplo que no valide esta regla? Hasta Jesucristo se hacía lavar los pies y todo giraba en torno a Él. Yo ni siquiera quiero ser YouTuber y tener seguidores, y apenas si me leen unas pocas personas, por más profundo que pueda ser a la hora de “desnudar” la verdad. Si alguien no se erige o no trata de ser alfa, de ser un sol sobre el que rota el resto de humanos, alguien a quien imitar y seguir…, no cuenta, es de facto un satélite. La lógica que se deduce es “tonta” de lo rayana y simple que es. Los no-alfas tratan de llegar a la posición de alfa por seguir los pasos de los alfa, como siendo la forma prominente y equilibrada de la especie. Que dicho en otro lenguaje, tratan de llegar a su propio equilibrio e identidad a través de la imitación del líder (hoy incluso de los influencers), en la medida que en esa dirección crean coherencia grupal, y puesto que en esta dirección preservan la especiación (características relevantes de la especie), a través del efecto Baldwin, de seleccionar los comportamientos deseados de lo que habría de ser lo humano. En un ascenso hacia arriba esto remite a la replicación, como así lo hace el ADN, en la medida que es un estado equilibrado de una identidad con el medio, que a la vez remite a la reacción química equilibrada, y esta a la reacciones físicas que crean átomos estables, que a su vez pueden remitir a la conservación de energía, que es la base de la materia y el universo. Se mantiene la estructura de arriba hacia abajo de la superveniencia. YouTube está lleno de vídeos que buscan y proponen ese fin: cómo ser la persona más influyente, la más emprendedora, la más elegante, la más seductor(a)… La clave es la palabra “más”. ¿A qué he reducido yo la apuesta alfa sino a más? Más -sobre los aspectos positivos- siempre está ligado a poder a ser lo más prominente de lo humano. O se está en el podio o no se está, luego a ese nivel es un estado binario de Ser o no-Ser.

   Conclusiones de estas dos conclusiones previas. Que se dé la teleonomía no implica una teleología. El universo no tiene una intencionalidad o significado último, como así lo quiere creer la teoría antrópica, donde una inteligencia autoconsciente es “necesaria” en el universo. No es una única flecha, con una sola dirección o destino último: la inteligencia y autoconciencia humana. Son múltiples flechas lanzadas al azar que dan en distintas dianas. Cada estado y cada sistema puede llegar a equilibrios, pero en sí mismo no quieren decir nada ni están “conducidos” para llegar a un siguiente paso. Son hechos fortuitos, azarosos. Los constantes equilibrios de los subsistemas pueden llevar a tal grado de equilibrio como para al final llegar a un ente vivo dotado de inteligencia y autoconciencia como el humano, pero esa no es la finalidad del universo. Es tan solo un sistema de suma de equilibrios, que por lo complejo que es tiende a ser (seguramente) poco probable e inestable. En una metáfora, un planeta es un mazo de cartas en su caja, una tendencia a crear una atmósfera es crear un primer piso en una torre de naipes, la inteligencia, como la humana, son las dos últimas cartas de una torre muy alta. A cada piso se añade más complejidad e inestabilidad, que se puede venir abajo por cualquier proceso interno o externo (un meteorito por ejemplo). ¿Cuantas veces hay que fallar y que la torre se venga abajo frente a que se llegue a las dos últimas cartas, como para que además se mantenga estable el sistema durante un prolongado tiempo? La vida es igual de inestable como lo son ciertos átomos, que son muy inestables y no se mantienen, o ciertas reacciones químicas, o que un planeta llegue a tener una atmósfera, y que además sea propicia para la vida.  El humano, como sapiens sólo lleva en el juego de la vida unos trescientos mil años. Fue el doble de tiempo el de los neandertales. Los dinosaurios duraron y “reinaron” sobre la tierra 135 millones de años. Por otro lado ¿qué es lo humano?, la pega al concepto de lo teleonómico, que es por lo que es revisable, es que la única constante es la deriva. La identidad constantemente muta. En cada momento es legítimo hablar de “una” identidad. En cada momento evolutivo una identidad tiene unas prominencias -alfas en los sistemas animales sociales más complejos- que la definen, y durante cierto tiempo eso “define” su identidad en tanto que intención, significado o finalidad. Pero puede variar y de hecho varía. Es “estúpido” que yo quiera definir la identidad humana como una que ha muerto, que ha quedado atrás en el tiempo. Este concepto es anti-deriva, idealista, utópico. La tendencia de la vida, a grandes rasgos, es mantener una identidad. Dicha regla la hereda la vida de la química orgánica, al llegar al estado equilibrado de una reacción química, que a su vez remite a la estabilidad de los átomos y estos a eso que los compone como protones y neutrones… Pero la regla de mantener la identidad llega al final a la “estúpida” lógica de que mi identidad es la forma en la que se expresa “mi” ADN, que es único y crea esta que es mi propia identidad. Cada humano se erige en lo más prominente de la especie, cuestión que se revela en el concepto de “Sonder” de John Koenig (ser el actor principal y el resto son secundarios y extras), y el delirio o síndrome del show de Truman. Limerencia es el estado de buscar un otro que sea mi identidad. Tal ser no existe, luego mi “cometido” o fin -de esa tendencia a mantener mi identidad- es buscar alguien lo más parecido a mí. En los social se busca a todo aquel que porte o se manifieste lo más cercano a mi propia identidad. Formamos grupos sociales -o nacemos en ellos- en la medida que buscamos los que más se acerquen a esa identidad. Todo eso se ha mostrado en el capítulo “un porqué evolutivo de la identidad“.

Mapa de radiación de fondo de microondas

     ¿A qué se resume lo que quiero decir?  Lo que es “pernicioso” en lo humano es buscar orden, simetría y belleza -y por ende intenciones y finalidades últimas que engloben todas- bajo esas azarosas variaciones. Si se analiza el mapa del inicio del universo no tiene orden. Fue el caos el que creó las posibilidades para que las partículas se unieran. Si se hubieran distribuido ordenadamente, con una distancia regular y simétrica entre ellas, no hubieran interactuado. Al igual, por burdo que sea el ejemplo, que si todo humano viviese en una pequeña parcela sin buscar a los otros, pues se extinguirían. Una distancia más corta entre varias partículas hizo que se creasen “grumos” como para que empezasen a operar las leyes físicas. Puede que en lo concreto esta reducción tenga fallas científicas, pero hemos de quedarnos con el contexto, con lo tácito: no fue el orden el que creó la “realidad”. En la medida que todo sistema lleva implícito un equilibrio, esa regla existe en el cerebro y tendemos a buscar su igual: lo equilibrado, lo bello, lo simétrico. Es un sesgo ontogénico. La sociedad humana actual es una prueba de todo ello, de que el sistema no tiende hacia el orden y lo armónico; el etnocentrismo fue una de esas perniciosas ideas, que aún dura. El humano no es lo más excelso de la vida, está lleno de errores, y por su complejidad cerebral es proclive al trastorno mental. Errores de base mínimos, como la interferencia cerebral, como creo que ha quedado demostrado en la nota tres del presente escrito, por capas de abstracción nos llevan al racismo y este a los genocidios. Si hubiera un “plan maestro”, o un diseñador tras este juego evolutivo, no debería de partir de errores de base, que por lo demás con el paso de los milenios no se han suavizado o anulado, sino llevados a sus extremos más crueles y miserables, como lo demuestran los distintos genocidios del último siglo. El sesgo optimista puede hacernos creer que “a partir de ahora todo irá bien”, pero ya llegarán nuevas complicaciones y futuros genocidios. Por lo demás, ¿qué líder hoy sería a imitar? Qué sería hoy lo prominente humano, lo que la evolución podría propagar como lo más excelso de nuestra especie o como alfa. Desde luego, por lo que más sobresale en los medios de comunicación, no la inteligencia, ni la bondad o el valor. Yo diría que lo tramposo, la mentalidad rapiña. Estamos debilitando y corrompiendo la esencia de nuestra especie, en la medida que ya no entra en juego lo evolutivo/animal, sino lo evolutivo/social, donde las premisas o valores de una sociedad dada son las que marcan las pautas, y en donde hoy impera la ideología depredadora, superficial, egotista, narcisista y tramposa del neoliberalismo (ver la entereza, inteligencia y magnanimidad de un chimpancé alfa en este documental). En la sociedad ya no hay belleza, sólo ruido, caos y “fealdad”. Si a ti te parece que Steve Jobs entra dentro de ese rango de líder a seguir, a mí y a otros no. Mi identidad es lo contraria a la suya, pues la suya se basa en lo elitista, en desear el poder y la mía no, que pretende ser más humanista, y desprecia el poder y esa tendencia a lo “mejor”. Mi apuesta ama el tipo de organización de las hormigas: quiero ser una simple hormiga que tenga un hormiguero al que volver por la noche, como el resto de mis iguales. La sociedad moderna es la más bipolar de todas las que se puedan haber dado en la evolución humana. No hay ningún camino, ninguna apuesta, dirección o identidad: todo esta polarizado, dualizado. Puede que nuestra sensación de desagrado -de fondo- sea porque nuestro cerebro detecta esa falta de identidad humana. Esa imposibilidad a unificar todos esos ADN’s a una identidad, sintiéndonos excluidos de algún orden que habría de dar una identidad “fija” y estable. Padecemos despersonalización filogenética…, óntica. No estamos orgullosos de ser humanos, como demuestran las feministas, los veganos, los ecologistas y toda ideología que pretende transcender lo que somos ahora. Aún todo intento o aparente avance, el “ruido” de esa negación y su imposibilidad permanece de fondo, pues toda aparente “mejora” implica nuevos problemas, y nuevas tensiones y divisiones. Es seguro que esa sensación, cerrados en sus dimensiones locales, no existía entre aquellas primeras agrupaciones de humanos que fueron nuestros ancestros. La globalización, finalmente, implica verse al espejo, y no para bien, sino para verse “feo”. Quien mínimamente vea los documentales de la 2 (canal del Estado alternativo dedicado a la cultura en España) verá todo el panorama mundial. Y si en el mundo árabe puede sobresalir la ablación del clítoris y otros tipos de violencia y desigualdad sexista, el lado opuesto de la balanza es Estados Unidos, posiblemente el país con mayor tasa de personas sin-techo, y en donde prima tanto el valor del dinero, que el médico no está tanto preocupado por la salud de sus pacientes, como el hecho de cometer algún fallo en el trato como para ser llevado a los juzgados, o en donde imperan las leyes para “sacar los delincuentes de las calles”, en vez de plantearse si es su tipo de política social la que crea la delincuencia. ¿Qué posición intermedia puede haber entre esas dos?, ¿la hay, es posible? En esos mismos documentales se dibuja un futuro en donde las multinacionales han comprado las tierras fértiles de los países en desarrollo. Que África alcanzará la superpoblación de China e India con su consiguiente carga ambiental. En donde China podrá coger la posición actual estadounidense de superpotencia, pero,  ¿a qué coste?, producir mucho y salarios bajos. Donde la Unión Europea es posible que haya fracasado. Las crecientes e imparables migraciones, con sus consiguientes getos de acogida… Un suma y sigue que no parece acabar. Es posible que dentro de cien o doscientos años se haya llegado a algún tipo de estabilidad, pero mientras tanto las generaciones bisagra entre esos dos estados sufrirán las consecuencias. ¿Lo mejor es no ser alarmista y dejar de ver los documentales? Esa es la actualidad. Cerrar los ojos, vivir la propia vida y mañana ya se verá, esa es la máxima social. De una u otra forma hemos acelerado la cinta andadora y lo mejor es no ver el velocímetro, seguir corriendo y acelerar nuestra propia marcha. ¿El problema de fondo a esta apuesta?, que seguimos con la mentalidad local, cuando ahora los problemas son globales. El actuar lo mejor posible en el entorno más cercano no es una fórmula válida, si el mayor poder de hacer cambios está en las corporaciones, y en donde el mayor esfuerzo a nivel individual es borrado de un plumazo por cualquier leve movimiento de esos “grandes monstruos”. No es una metáfora: ¿cuántas personas reciclando o no generando daños al medio ambiente hacen falta para contrarrestar el daño que provoca un carguero transatlántico de contenedores comerciales? Tampoco la culpa está fuera de nosotros en esto, traen nuestro nuevo vehículo, ordenador o móvil. Cuántos coches, generando gases de efecto invernadero, son el equivalentes del escape de gas metano que se produjo en el accidente de la plataforma petrolera de BP en 2010, en el Golfo de México. En otro caso el exceso de turismo, generado por los bajos precios de las grandes compañías, traen consigo la alta polución de los aviones. Hemos de asumir que la reunión de pequeños peces que devoran al pez grande es tan sólo una falacia más del sesgo optimista. Los bancos de peces confunden a los depredadores, pero estos nunca se mueren de hambre y siempre permanecen en la parte superior de la cadena alimenticia. Con esto tampoco apunto al derrotismo, al “para qué hacer algo, si siempre va a ser lo mismo”. La “tragedia” de la cinta andadora, de la hipótesis de la reina roja, de la evolución, es que si eres una presa también tienes que andar sobre ella. Mis escritos son mi “lucha”, mi correr para permanecer en el mismo sitio. Escritos sólo “válidos” para los que portan mi mismo tipo de apuesta. Me hablo a mí en tanto que hablo a los que son igual que yo: lo propio de la identidad y lo autorreferencial.

    En resumidas cuentas, todo poder, lo alfa, hace “su papel”. Nadie que llegue a algún tipo de poder renuncia a este de forma voluntaria, o si lo hizo no es relevante, pues no es un comportamiento a imitar, como lo demuestra la sociedad moderna. Jesucristo posiblemente aborrecía el poder, pero al final el catolicismo se basó en el poder, pues sus premisas no “funcionaron” o tuvieron la oportunidad de replicarse frente a las del poder. Vale y sobresale lo que más se reproduce, una regla que es evolutiva, no humana. Nosotros nos atenemos a esa regla porque es imposible invalidarla. Por la misma regla un cerebro humano inteligente no lo suele ser por ese pretendido piloto o yo reflexivo. Eso es pretender armonía donde no la hay. Si he llegado a estas conclusiones es porque estaban todos los componentes en el cerebro, como “átomos”, que crean variaciones y reacciones por sí mismas como para llegar a “estados estables”, en donde todos encajen (o parecen encajar). El cerebro sólo es un recipiente, al modo de una placa de Petri, al igual que en ciertas condiciones emergen en una cultura ciertos artefacto tecnológico o descubrimientos científicos. Sólo hay que dejar los componentes por sí sólo para que estos “reaccionen” entre ellos creando nuevos estados emergentes. Los programadores de la inteligencia artificial para el juego del Go, no saben por qué gana, ni como procede en cada momento. Una vez creado o haya emergido un sistema complejo no es predecible. Lo mismo vale para un planeta que para un cerebro: puede darse la vida (las ideas) si se dan las condiciones y se tienen las potencialidades. ¿Qué yo tengo algo dado en el ADN?, es accidental, no tengo ningún mérito, soy un agente pasivo en lo evolutivo. Pensar lo contrario sería como darse méritos cuando de espaldas tiras un balón, por primera vez, y lo encestas. ¿Qué hay algo que me hace “meter” en mi cerebro esos componentes reactivos? La necesidad, que es un estado de un faltante que busca completarse (ver capítulo “limerencia y autopoiesis” para entender esto). ¿Soy yo el que mantengo ese estado? Mis allegados en el fondo creen que me mantengo de forma voluntaria en el “dolor” por algún tipo de trastorno. ¿Y si es el propio cerebro el que ha visto ese estado como el “mejor” para definir su identidad?, que es el que le lleva a profundizar más y más en el saber. ¿Yo soy mi cerebro?, sí, pero mi yo reflexivo en ningún momento ha elegido esa apuesta sobre otras. Se manifiesta porque es la expresión de mi ADN. En el escrito “deconstruyendo el deseo sexual II” hay una gráfica de la periodicidad de mis escritos y el presente y anterior “encaja” en el pico de finales de noviembre. En realidad es muy posible que sea una época en la que el cuerpo se ha terminado de adaptar al cambio de clima, como para que el cerebro tenga una “pausa” estable. ¿Que puedo cambiar mi “identidad” y mi “sino”? ¿No se supone que uno ha de mantener su identidad? Recordemos que no hay que buscar la simetricidad, lo bello, lo bueno. Ese concepto es sesgo ontogénico. En definitiva: el dolor me define, me da mi identidad, porque mi apuesta evolutiva es no dar nada por sentado, y puesto que el que es feliz nada quiere cambiar de su estado. Es un estado alfa, con sus consiguientes estados fluidos: si se llega a ese estado se quiere permanecer en él, aunque haya un dolor remanente de fondo. Nací con la baja inhibición latente y siendo una persona altamente sensible, que mi hija ha heredado. Todo lo demás -de mi identidad- se sigue de esta simple regla. Reducir una persona a uno de los comportamientos como el prominente puede parecer arriesgado, reduccionista, pero ¿cómo sino casi todas las grandes teorías de la personalidad muestran apenas cuatro a ochos rasgos para dividir a las personas? Cierto que cada individuo es un mundo, pero halla ese rasgo prominente y casi todo el resto de su personalidad irradiará desde ese centro. De nuevo estas ideas llevan a lo relevante y “revelante” del gen egoísta. Seguramente esos dos aspectos más prominentes de mi identidad sean reducibles a un sólo gen o su variante alterada, que es el que se manifiesta como principal tanto en mí como en mi hija. Como si no le “valiese” con estar y formar parte del ADN, sino que trata de imponerse durante una vida, como para repercutir y tomar el protagonismo en unas conductas y “elecciones” de toda una genealogía. De fondo “quiere” ser el que “venza” como apuesta evolutivo/humana, sólo así -con ese telón de fondo de uno o unos pocos genes diferenciados- se explica la tendencia expansiva de los imperios, que nacieron desde un solo o unos pocos emperadores de una misma línea génica. Quieren ser lo universal, lo prominente y lo que se ha de tomar como lo humano, lo prominente de una especie. En la película “Jonathan” 2018, se apunta o se puede extrapolar una idea muy curiosa. Se presenta a un personaje que padece de personalidad múltiple (trastorno de identidad disociativo), pero su doctora propone que es un hermano gemelo en su cerebro. ¿Y si la disociación de identidades son dos apuestas de dos genes que se expresan para ser las prominentes en el comportamiento a partir de un cambio epigenético, por un cambio o trauma ambiental, y bajo los planteamientos que he hecho arriba? De nuevo decir que primero fue mi idea, y como estaba ahí la semilla y se mantuvo el cebado cerebral, cuando vi la película mi cerebro me orientó o me planteó esa posibilidad.

   Que un neuro-normal cuestione el mantenerme con ese eco de dolor, o incluso que me rechace, es porque da un tipo de valencias o valor a la realidad desde los sesgos ontológicos que he mostrado, y puesto que son otredad con respecto a su identidad, dado que ha de “defender” y tratar de propagar -que sea la que se valide- su propia apuesta. “Donde está la herida de un hombre es donde se encuentra su genio“, nos dice Robert Bly. No hay nada válido y nada inválido en la evolución, todos son estados meta-estables que se mantendrán durante X tiempo, mientras se den las condiciones. ¿Qué la humanidad tiene que buscar la justicia a través de la igualdad? Igualdad y poder no encajan, como ácido y alcalino son dos opuestos. La sociedad, el humano, se reduce a tratar de encajar esos contrarios: nunca lo ha encontrado y nunca lo hará. Tampoco está claro que pudiéramos ser como las hormigas (como ha demostrado lo fallido de los regímenes comunistas), la identidad de nuestro cerebro nos lo impide. O existe el poder o la igualdad, nunca juntos, o siempre en liza y moviendo sus fronteras. El humano se define por esa imposibilidad: a eso es a lo que se puede reducir nuestra identidad. Somos un animal frustrado y enfermo, consciente de su frustración, pero que no reconoce su enfermedad. Este hecho es fácilmente demostrable por la simple lógica de que cualquier animal cuando está saciado en lo básico simplemente duerme. El humano no. A tal proceso se le llama “cinta de correr hedónica“, el concepto proviene de antiguo y hay cientos de miles de frases que redundan en esta idea. En la cabecera de este escrito hay una bajo la regla del “divino descontento”, o esta otra de Anthony Storr: “la felicidad completa, el sentimiento oceánico de armonía absoluta entre el mundo interior y exterior, sólo es posible transitoriamente; el hombre está constantemente buscando la felicidad pero, por su propia naturaleza, no puede alcanzarla total ni permanentemente, ni con las relaciones interpersonales ni con los desafíos creativos“; si bien en la Wikipedia nos recuerda la frase de San Agustín de: “un verdadero dicho es que el deseo no tiene descanso, es infinito en sí mismo, infinito, y como uno lo llama, un trasiego perpetuo, o molino de caballo“. Es extrapolable al estómago, que si le observa su cómo a través de toda una vida, siempre está pidiendo comida. O en un ejemplo se desea comer algo delicioso, pero hoy eso es un entrecot y puede que mañana también lo sea, pero al final deja de suplir ese deseo de delicioso y cambiamos a otra comida que tenga esa propiedad. Queda claro que nunca se sacia tal estado. A esto se le conoce como la paradoja del hedonismo. Lo remanente de esta acción imposible es el deseo de algo delicioso. Bajo este concepto es “verdad” el dicho de “no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”. En la filosofía Griega surgieron tres grandes teorías éticas o de la conducta: el hedonismo, el epicureísmo y el estoicismo. La teoría de la cinta de correr hedónica es claramente hedonista o epicúrea, mientras que el refrán es estoico, como igualmente lo son algunas de las filosofías orientales o el propio cristianismo. De una u otra forma la que al final ha “vencido”, o explica el momento actual, es el hedonismo, que bien mirado es el que mantiene la estructura que tiene nuestro propio cerebro. Cualquier animal es estoico, el humano es -quizás o si acaso todo animal social de gran inteligencia como los delfines- el único que es hedónico. Visto así si toda filosofía se basa en aceptar lo que es natural y vivir según esas reglas, vivir de forma hedónica sería la regla para el humano, pero bajo un punto de vista más global, y para seguir la regla más dominante, debería ser estoico. En otro plano la vida es retroalimentación negativa, en la medida que trata de escapar del caos, pero teniendo en cuenta que en tanto que es un imposible entra en juego la retroalimentación positiva. Si bien hay que tener en cuenta cuánto hay que acelerar la cinta de correr para permanecer en el mismo sitio. Ahí está la cuestión que debaten las tres propuestas filosóficas. Y por otro lado, si la retroalimentación positiva era para mantener la distancia equidistante en el juego presa/depredador, y en ese sentido es “natural”: ¿quién es nuestro supuesto depredador y qué lo es a la hora de poder ser feliz? Ya no tenemos depredador y por otro lado el acelerar la cinta hedónica suele llevar a las adicciones. En la medida que ahora la lucha es entre ciudades, culturas, países o multinacionales, y es lo que suple el juego presa/depredador, eso acelera la cinta hedónica de cada uno de los humanos dentro de esas ciudades, culturas, países y multinacionales, que quieren tener más cultura, ser más divertidas, ser la más…. ¿Cuándo dejar de acelerar, cuando hay que pisar el freno? ¿No es hora de una postura más estoica? De un lado la alta aceleración de las sociedades están desequilibrando al planeta, y de otro a nivel individual, se está creando una sociedad constantemente insatisfecha, enferma, adicta e infeliz. O dicho más llanamente: cinta andadora, sea en lo social o en lo individual, sí; pero estar acelerando de forma infinita, no. Hay que fijar la marcha a cierta velocidad que sea “natural”. La sociedad actual reniega de las personas que mantienen la apuesta de no ir al paso acelerado que se está imponiendo. ¿Para eso ha servido la autoconciencia en el universo?, para crear una mentalidad enferma, inyectada de la retroalimentación positiva sin freno y fuera de lo natural, que es lo que nos lleva a la injusticia y la desigualdad (léase malvada). Esto es lo que expone el trilema de Epicuro, en donde se pueden dar tres posibilidades: 1. el humano es capaz pero no está dispuesto a cambiar la sociedad injusta, si es así es malvado; 2. si está dispuesto pero no es capaz, entonces es débil; y el tercer punto de vista, que es el que se deduce y el que yo sostengo, es que ni es capaz ni está dispuesto. Así se mantiene el principio de Hanlon que dice que “nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez“. Las personas que sufren sí quieren cambiar la sociedad, pero el humano es de memoria e integridad frágil y una vez que llega a una posición de poder quiere mantener ese estado y se olvida de aquella idea primera. No me contradigo con respecto al trilema. ¿Qué persona o país está dispuesto a dar todo lo que le sobra al resto de personas o países que tengan carencias? Se sigue la regla de la cinta hedónica, una vez que se llega a un nivel se quiere más, nunca menos. Cada uno juega sus propias cartas, ¿quién desaprovecharía un póquer de ases? Lo peor de todo es que cada uno analiza el juego -si es justo y si sus reglas son lícitas- según las cartas que le ha tocado jugar. Corremos tras el viento, como nos dice la biblia. Es seguro que en otro planeta exista una especie autoconsciente y eusocial, como las hormigas, pero seguramente sus vidas nos sean tan “divertidas” como las nuestras. Donde se dé de forma más pronunciada el caos es donde se da más la posibilidad para la sorpresa, para lo distinto, para lo nuevo. Esa “sorpresa” en la vida puede ser para lo trágico, pero igualmente para lo cómico y divertido. No sé si esa supuestas mentes alienígenas autoconscientes y eusociales se divertirían tanto, como nosotros, con unos simples vídeos de gatitos. Final vitalista en la dirección de Camus: lo que nos hace miserables es a la vez lo que nos hace especiales. No es simétrico, es caótico. Si no podemos cambiar nada por lo menos riámonos de todo, ¿cómo y porqué sino la evolución y la humanidad habrían de crear algo como el humor?


(1) No me gustan las interrupciones de las notas, pero no hay forma de incluir el siguiente texto sin romper la continuidad del escrito. Son unas últimas valoraciones y conclusiones a la teoría performativa o del yo o cognición encarnada (relativa al cuerpo). Esa que afirma que la pose del cuerpo y gestos de la cara, y sus estados, crean las emociones y actitudes parejas en el cerebro, en donde su viral es ponerse un bolígrafo vertical en la boca para forzar la sonrisa. He visto la conferencia en TED “el lenguaje corporal moldea nuestro cerebro” de Amy Cuddy, que a sido uno de esos virales que han propiciado esta moda. La autora cuenta su propio caso: tuvo un accidente de tráfico que dañó su cerebro y le bajo el coeficiente intelectual, cuando era una promesa muy cualificada. Nada se aparta de mi lenguaje y conceptos. Tenía una potencialidad que perdió transitoriamente. Otra cosa es basar el hacer en la vida solamente en el gesto, en la pose. Es cierto que unas poses elevan la testosterona y esta mantiene bajo el nivel de cortisol, de estrés. Pero eso se da en pruebas cerradas, fuera del vivir. En la vida uno no se puede basar en la pose, pues como bien dice el dicho: “el tiempo pone las cosas en su sitio”. O sea, que de poco vale que uno se “agrande”, como dice el vídeo, si al final no da la talla para tal agrandamiento al enfrentarse a otras personas y a las situaciones. Por otro lado esa pose de expandirse, en cierta forma, puede ser considerada agresiva. Uno no va, o no debería, de ir a una primera cita con una posible pareja con esa pose. Se le va a tachar de “chulesco/a” y engreído/a. Tampoco va con un perfil bajo. Va simplemente “ajustado” a la situación y a su propia personalidad. En unos y otros casos la mayoría de los mensajes dados en los medios sociales no tratan de mostrar la totalidad del panorama, como lo hago yo aquí. “Esconden” datos o los dan a medias. Se limitan a propagar la “buena nueva”, la noticia vistosa, que vende y que puede llegar a ser viral. Pongamos otros casos. Imaginarse que se está en el funeral del propio padre, compungido y lleno de dolor, y alguien te sugiere que te pongas el susodicho bolígrafo en la boca…, ¡suena a desatino! En esa misma dirección no creo que los trabajadores de servicios, cara al público, que están “obligados” a sonreír, parece que sean más felices que la media, más bien al contrario. Tienen una alta carga de estrés, de cortisol, por el simple hecho de mantener la sonrisa y la pose. Primero por la obligación, que parte de un estado sumiso o inferior (estado interiorizado, no externo), pese a la sonrisa y la buena actitud de gesto expansivo, y segundo por el desgaste mental que produce el contacto con extraños. Por otro lado pienso que lo performativo parece un quedarse a medio camino de una conclusión. A una posición intermedia hacia otra. Se puede llegar a un estado mental donde el cerebro se “desprenda” del cuerpo, donde la pose o el gesto ya no cuentan ante la firmeza de dicho estado. Así nos lo hacen ver las religiones orientales o las personas occidentales que han tendido hacia los caminos espirituales o más interiorizados.
(2) Días después se me ocurrió la idea abstracta de hacer un relato corto con la trama y el nombre de “la O que quería ser una S”, esa noche dormí con muy poca calidad. Me despertaba con algunas ideas o subtramas, y me levante temprano porque ya no podía conciliar el sueño. Pienso que esos despertares son debido a que se llama a las capacidades del prefrontal, módulo que es el que más a de permanecer totalmente pasivo e inactivado cuando se duerme. Esto demuestra que el cerebro es una máquina de resolución de problemas. Introduces los datos y el cerebro por sí sólo trata de resolverlos. Pero también marca la diferencia de unos tipos de cerebros u otros. No sé si hay un calificativo en la ciencia para esta manera de proceder, que no es exactamente baja inhibición latente. Las personas piensan que soy muy sensible y me desvelo por problemas de la vida, pero hechos como el aquí expuesto demuestran que no es exactamente eso, aunque está claro que si implica más módulos cerebrales, como los emocionales y en donde entra en juego la impotencia, el miedo o la ansiedad el cerebro absorbe más procesos y energía, con el consiguiente problema para dormir. Por otro lado no sé porqué hay que enorgullecerse cuando se dice “a mí nada me quita el sueño”, pues a mí me lo quita, pero como se ve por el ejemplo aquí mostrado, no implica debilidad. Es otra cosa, es una cualidad o potencialidad que si se le da buen uso puede ser buena. Es seguro que todo gran científico, inventor, escritor o artista tiene el mismo esquema presentado aquí: su dormir era de poca calidad en cuanto trataban de resolver o llegar a una meta o solución.
(3) La recursividad cerebral, en uno de sus casos más claros, es la capacidad de “reciclar” patrones usándolos en distintos casos. Construimos toda la complejidad el lenguaje a través de apenas cinco vocales, pero como este lenguaje sería muy reducido se recurrió a las consonantes, que consuenan con las vocales. No se puede hacer alusión a una consonante sin una vocal, a veces no nos damos cuenta de hechos tan simples como este y el porqué de sus nombres. En otro caso una misma palabra es usada con distintos significados (homónimas). Ahí tenemos el caso de terminal, que es una estación de autobuses o trenes, un ordenador en una red, o es una forma de llamar al móvil, y además se usa para nombrar el estado cercano a la muerte. En otro caso, si escribo la frase: “toda ilusión es una ilusión”, ¿se entiende sin más la primera como sinónima de esperanza y la segunda de espejismo visual o le cuesta al cerebro “digerirla”? !En la película Tag (¡Tú la llevas!) hacen un sketch por esta capacidad del lenguaje: “¿Cómo puede ser que bisemanal signifique tanto dos veces a la semana como cada dos semanas? ¡Es muy confuso y lingüísticamente descuidado!” En cada caso -tanto con terminal como con bisemanal- el cerebro le da su identidad (significado) dependiendo del contexto (holismo semántico). Eso quiere decir que el lenguaje es intencional, tiene una carga significativa. El cerebro parte no tanto del hecho de “atomizar” los datos (vocales, fonemas…) , sino de buscar el contexto o el mensaje implícito. Es holista (el hemisferio derecho, el izquierdo, en tanto que reflexión, no), trata de construir la entrada de datos desde sus totalidades, desde sus identidades. O sea, no ve ondas electromagnéticas que en su suma son una mesa: busca una mesa a una totalidad de ondas electromagnéticas que se “acercan” a la “esencia” de lo que es una mesa. El problema de la inteligencia artificial viene dado a que no trabaja así. La nueva dirección de sus investigaciones van en esta dirección. Se ha entrenado a un algoritmo a tener esa visión holística de lo que es un gato a través de haberle expuesto a ver millones de vídeos. Ahora “encuentra” un gato con facilidad en cualquier medio. El problema es que sólo se le ha entrenado para los gatos. El resto de la imagen sigue siendo meras ondas electromagnéticas. Estamos tan acostumbrados a que el cerebro trabaje “bien”, que no nos damos cuenta de toda esta complejidad. ¿Cómo meras señales del espectro de luz crean una representación mental? Esto se trata en las neurociencias de la integración multisensorial y dentro del problema de la integración sensorial. En un ejemplo sencillo se muestra un cuadrado rojo y un círculo verde. ¿Cómo une forma y color? y puesto que esos dos procesos lo llevan a cabo distintas partes del cerebro. O dicho de otra forma, como mantiene la integridad de que el cuadrado era rojo, si por un lado analiza la forma y por otra su color. Unos de los postulados sobre la integración multisensorial, que es el que más me gusta pues va en mi misma línea de pensamiento, es que las neuronas que procesan esos dos datos se sincronizan para mantener como que se “refieren” a una misma cosa en el espacio. Por otro lado, esto ya es un aporte personal, pienso que es por prioridades. La eterna división en filosofía de forma y contenido o esencia y accidente. La forma o identidad es la naranja, si está verde, madura o pocha son accidentes o algo secundario. En el ejemplo del cuadrado lo prioritario es la forma, lo secundario el color, lo segundo es un sub-proceso vinculado a lo primero. Para el caso, y poniéndome muy lírico y poético, es como si las neuronas que procesan la forma dijeran a las del color “baila a mi ritmo”, o fueran las que llevasen a las otras durante su “baile”. En todo caso forma es igual o equiparable a identidad, y esta premisa es la que “manda” durante ese proceso y vinculación. El cerebro está tan “sediento” y es en él tan primordial esta estructura formal que un discurso o escrito (o película) que no mantenga minimamente una narrabilidad o significado (forma, identidad), manteniendo además la continuidad (ritmo, sincronicidad), hará que nos perdamos como para que al final nos aburra. Este simple hecho -de la primacía contextual- es extrapolable a lo social. Puesto que lo social parte de las estructuras del cerebro, cada individuo es para el caso como una vocal o sílaba que en un análisis social sólo se entiende dentro de su contexto -significado- social. De esta forma somos reducidos a identidades dentro de los lenguaje sociales. Si estoy detrás de una barra soy un camarero, si tengo a mi hija en brazos soy un padre, y si hago vídeos en YouTube con ciento de miles de seguidores soy susceptible de ser un influencer. Hago mención aquí a una cuestión dejada a medias en el escrito “Un porqué evolutivo de la identidad” -sobre el límite empático/cerebral referido a la distancia del llanto de un bebé-  y de la que tengo pensado hacer un escrito (o quizás no si queda explicado aquí). El cerebro, en su recursividad, trata de ser ahorrador. Hay palabras “comodín” que el cerebro usa para acelerar el habla. Así decimos: “la cosa es no quedarse con los detalles”. “Cosa” es una de esas palabras comodín que se usa en infinidad de frases para no tener que buscar la palabra exacta. Es un objeto/situación/comportamiento indefinido. La palabra “gente” es otra de esas palabras. Me imagino que tal concepto ya existe pero del cual no sé el nombre como para buscarlo en la Wikipedia (lo más cercano es deshumanización, pero este concepto es excesivo para el presente tema, igualmente ocurre con el término cosificación, los dos son extremos que nacen de lo que aquí planteo), y puesto que en la película “el silencio de los corderos” hacen mención de este hecho, cuando la madre se refiere a su hija por su nombre propio, para tratar de crear empatía a su secuestrador. Igualmente en la actual película “Bird box (A ciegas)”, una madre que ha tenido un hijo y a adoptado a otro, en un mundo post-apocalíptico, decide llamarlos simplemente con el genérico “niño” y “niña”, para mantener un trato más impersonal. La hipótesis es que todo aquello que no tenga o sea tratado con un nombre propio es “otredad” (en mi lenguaje). Así nos podemos referir a los musulmanes como “esa gente”, usando una palabra comodín, para tratarles dentro de la otredad. De ahí la importancia de dar nombres y ser conocidos por un nombre: para tener una identidad individualizada, pues el cerebro procesa de distinta forma aquello con nombre, que aquello que puede ser “catalogado” con las palabras y los conceptos comodín. O sea, aquello con nombre es en lo que el cerebro hace un gasto de energía, mientras “otredad” es aquello otro por lo que el cerebro prefiere ahorrar energía a través de las palabras comodín. En otros casos recurrimos a categorías, estereotipos y arquetipos (planteamiento de fondo de las feministas), como en el caso de arriba del camarero, cuestión por la cual no se les suele tratar muy bien (menos a los de la noche), o de la misma forma que a nuestro amigo Juan que además es camarero. Percatarse de nuevo en el lenguaje filosófico que diferencia entre forma/identidad y accidente/secundario: en un camarero no conocido “camarero” es su identidad, mientras que en el caso de Juan este ya tiene una identidad y lo de camarero es accidental o secundario. Una persona es individual -tiene una identidad definida, vinculada a un nombre, que es su “índice”- cuando adquiere el (a)precio de no ser tratada por los procesos ahorrativos del cerebro. En teoría de la información todo aquello que es ambiguo es ruido, luego lo extranjero y extraño, o todo aquello que no tiene un nombre e identidad propio, es una “interferencia” en el canal o flujo de información del cerebro. “Los extraños siempre representan una amenaza“, nos recuerda Anthony Storr. Fijarse que señal proviene de señalar, de indicar con el dedo (índice, de nuevo recursividad en todos estos nombres y verbos) de una cosa concreta que merece esa señalización. ¿A qué me refiero con interferencia?, si como se propone, y es la base del presente escrito, el cerebro trata de predecir la realidad, creando previamente una representación mental del mundo, interferencia es cuando algo rompe la linealidad de ese proceso. Veamos un simple ejemplo en una lista de palabras: caramelo, magdalena, helado, confite, bizcocho, chocolate, pastel, tarta, sucio, piruleta, galleta, bollo… Cuando empieza la lista el cerebro busca un patrón de predicción. Lo haya rápido, son dulces, pero de repente se encuentra con la palabra “sucio” y se crea ese estado de interferencia o ruido sobre el supuesto de que la lista es de dulces. Si alguien te preguntase sobre qué era la lista ya no le sabrías decir. O argumentarías que es de dulces y por algún error tipográfico se coló la palabra “sucio”. El cerebro aprende a través de crear patrones, de asociar ideas y conceptos, e interferencia es cuando ese proceso queda alterado, como nos dice la teoría de la interferencia, referida a la memoria humana. Este efecto es al que hace alusión la película “El club de la lucha“, cuando Tyler Durden mete un fotograma de sexo en medio de una película, con la consiguiente interferencia y perplejidad en el cerebro de los espectadores; sobre todo por lo disruptivo que es el sexo, como he tratado de hacer ver en capítulos anteriores. El caso más claro para tratar de validar mi argumento son los zurdos. El cerebro capta al otro a través de las neuronas espejo. Estas entran en juego y crean las mismas activaciones de las neuronas motoras, como si fuese el caso que nosotros mismos hiciéramos dichos movimientos. Sin embargo la persona que tengamos delante no es nuestro espejo, puesto que su derecha queda a mi izquierda. Es el cerebro el que hace tal traslación y lo hace en sus procesos básicos y más antiguos, pues cuando nos dicen algo referente a ir a derecha o izquierda, las zonas asociativas del lenguaje y el prefrontal tardan en reaccionar, y no siempre bien. Debe de ocurrir algo así como con la visión. Por el tipo de lente que es el ojo manda lo percibido al revés al cerebro, y este hace la corrección. Cuando tenemos a un zurdo frente a nosotros este sí que es un espejo. Pero en lo profundo del cerebro algo no le encaja. En un ejemplo, imaginar que te presentan una persona y haces el típico alargamiento de la mano derecha para estrechar la de esa otra persona, pero esta a su vez ha hecho lo mismo, pero como es zurda extiende su brazo izquierdo (en realidad no suele ocurrir así: la normalización social -que proviene de norma y esta de normal- “obliga” al zurdo a saludar con la derecha). La capacidad predictiva del cerebro ha “fallado” en su fluir, ha tenido una interferencia, y recurre al prefrontal para “resolver” la situación. Lo mismo en otras muchas situaciones cuando vemos a un zurdo: se crea una disonancia, como que algo marcha mal, creando esa breve disrupción de los procesos cerebrales. Se produce una interferencia (ruido) en el flujo de la información cerebral, por la cual las neuronas espejo no se activan, no propiciando la empatía. A la interferencia u ruido cerebral a la que hago alusión es a aquella a la que nos referimos cuando decimos: “tú y yo no sintonizamos”. En la mayoría de las culturas  y los tiempos se han tratado a los zurdos de maneras discriminatorias. El caso más claro es que lo contrario de diestro es siniestro, donde el segundo término proviene de los zurdos. En otro ejemplo zurdo era sinónimo de torpe. Jesucristo, en el cielo, está a la diestra del Señor. En inglés derecha y correcto son una misma palabra: right. Cómo algo tan inane, como es el caso de la principal mano a usar, puede haber (de)generado hacia lo que ha llegado a ser, sino es por algo tan básico como qué es ruido o interferencia en el flujo de la información cerebral. Para más casos, en otras culturas y tiempos, ir al sesgo contra los zurdos en la Wikipedia. No es algo humano, no es cultural, nos viene de lejos en la evolución, puesto que la hipótesis con el raro nombre de koinofilia predice que cuando se busca pareja se rechaza todo lo que sea más extremo, extraño o inusual con respecto a la media de las características de la especie. Con el ejemplo de los zurdos en mente, toda persona extranjera, o de otra cultura o maneras de hacer en el mundo, nos provocan las mismas disonancias cerebrales, el mismo tipo de interferencia, de ruido. Cuando vemos los rasgos externos de su etnia, o el color de la piel, o sus gestos, maneras de comportarse, idioma, ritos, costumbres, formas de pensar, etc., el flujo de información cerebral encuentra interferencias, en donde tal “ruido” nos puede llegar a generar malestar interior, una irritabilidad o estrés leve, o cuanto menos incomodidad. A tal efecto se le llama disonancia cultural, esto nos dice la Wikipedia:

    “La disonancia cultural (educación, sociología, antropología y estudios culturales) es un sentimiento incómodo de discordia, falta de armonía, confusión o conflicto que experimentan las personas en medio de un cambio en su entorno cultural. Los cambios a menudo son inesperados, inexplicables o no son comprensibles debido a varios tipos de dinámicas culturales.”

   Ahora está de moda usar conceptos positivos para que parezca más leve lo que se dice, y en la medida de evitar aquello de “que maten al mensajero” y ganar adeptos o seguidores. Hagamos ese ejercicio en la anterior frase: “el flujo de información cerebral encuentra una leve caída en la calidad de su emisión, en donde tal ausencia de “armonía” nos puede sacar de nuestra zona de confor y una salida de nuestro estado homeostático o de equilibrio emocional”. ¡Uf!, que cansino y confuso es tratar de ser políticamente correcto. Vuelvo a mi estilo. Todos estos efectos disonantes se incrementan o se pronuncian si estamos saturados mentalmente, o en una situación de sobrecarga sensorial, o de alto estrés, en donde se pueda llegar a activar el mecanismo de lucha o huida. De ahí el “soltar” improperios y atacar en lo verbal o en lo físico a algunas personas en situaciones de tensión. La “corrección” de tal interferencia la hace el hemisferio izquierdo, por medio del sistema ejecutivo y/o la reflexión, pero es una última capa de los procesos mentales, que no siempre son los prioritarios, o los que emergen en el día a día. Más teniendo en cuenta que el cerebro sólo lo activa en casos excepcionales, por su alto coste energético y su lentitud. En estos procesos y situaciones vemos lo complejo de identidad y autenticidad. Todos tenemos estos mecanismos (leer sobre “cognición caliente y fría“), a todos nos produce “ruido” mental lo extraño. Cuanto más alejado esté esa otra persona de nuestra propia identidad mayor será la interferencia (una peculiar forma de escribir crea igualmente interferencia; por mis problemas con el lenguaje sé que no siempre construyo las frases como la media o de forma “aceptable”, no es mi “intención”, es una tara). En casos extremos la “simple” diferencia del sexo (género) enciende el interruptor de la otredad; es bidireccional, no del hombre hacia la mujer como quieren hacer ver las feministas y puesto que parte del “mecanismo” que trato de mostrar. ¿Somos ese núcleo o somos lo que pretende querer ser el prefrontal y la reflexión? Ambas cosas, pero sólo una alta capacidad reflexiva y una gran cantidad de conocimiento pueden frenar o neutralizar lo “nuclear”. En situaciones en la que impera la urgencia o de crisis, en la que esté en juego nuestra vida, nuestra identidad o la identidad a la que pertenecemos, puede lo nuclear (leer sobre el “efecto otra raza“). ¿A quién, a estas alturas de sucesos, no le produce interferencia mental el tema catalán? Las constantes interferencias, con sus consiguientes situaciones de tensión, van generando inquina, que puede terminar en odio, y en donde en el caso de las etnias y otras culturas al final puede degenerar en racismo. Yo soy más “ambicioso” que nadie, no odio cosas concretas, odio a la sociedad en general. ¿Cómo sino y puesto que soy demasiado sensible a los estímulos externos, y tengo baja inhibición latente, por la cual para mí casi todo es ruido?, pero cuidado con las malinterpretaciones: amo a las personas, quiero y pretendo un mundo individualizado. Lo mejor, al final, es “desconectar” de todo, que es otro de los recursos del cerebro y la evolución, sobre todo en la sociedad actual, donde cada vez hay más ruido. De una y otra forma, lo que quiero hacer ver de fondo, es que algo tan primigenio como el ahorro de energía (principio del mínimo esfuerzo), y nuestro límites cerebrales por los cuales tenemos un número más bien bajo para recordar nombres, crea unas estructuras tan torpes e inadecuadas como son la dualidad identidad/otredad (implícitas en cada frase, pensamiento y acto, como creo haber demostrado), como para que al final el cerebro llegue al racismo o la exclusión social. Por último decir, que puesto que el humano se define por el habla, más exactamente por un cerebro que tiene un sistema simbólico altamente preciso y complejo, es por lo que se puede contestar al dilema del porqué cualquier perro reconoce a otro perro como tal, mientras que en el humano todo esto es más ambiguo y complicado. El “lenguaje” olfativo del perro es simplificador, sus estructuras mentales de identidad/otredad es básica: huele a perro, es un perro (de forma curiosa este patrón o “verdad” ya estaba implícito en el inconsciente colectivo, puesto que los zombis pierden el habla y se reconocen por el olor); mientras que en el hombre y puesto que el lenguaje está unido a un idioma y este a una cultura, la cuestión de identidad/otredad deviene, para mal, en todos los tipos de relaciones y complejidades que se dan en el ser humano, como son bandera, frontera, patria, etnia, idioma, color de la piel, extranjero, foráneo, friki, etc. De forma curiosa este patrón o “verdad” ya estaba implícito en el inconsciente colectivo, puesto que los zombis pierden el habla y se reconocen por el olor; pertenecen todos a una sola nación, a una única identidad.


    La primera parte de este escrito me ha llevado tres días, cuando en verano sólo me hubiera llevado uno. Permanezco a unos diez grados en casa y la energía la gasta el cuerpo el tratar de mantener el calor interior. Con lo que me agoto mentalmente más rápido. No me quejo, hago ver cómo funciona el cuerpo. En verano es más fácil llegar al pensamiento fluido cuando escribo. De cualquier forma prefiero este estado invernal más tranquilo, a la “locura” emocional del verano. No deja de ser paradójico que tenga más frío que un humano de la prehistoria, pues estos mantenían hogueras encendidas todo el día. Yo ni puedo encender fuegos, ni mantener una calefacción. Por otro lado las ideas de todo el libro se resumen en esta breve reseña de la idea de un nuevo hombre“El concepto del Filósofo Friedrich Nietzsche de Übermensch (‘Overman’) sería la de un hombre nuevo que sería un líder como ejemplo para la humanidad, a través de una existencialista voluntad de poder que es vitalista e irracionalista dentro de la naturaleza. Nietzsche desarrolló el concepto en respuesta a su visión de la mentalidad de rebaño inherente del cristianismo, y el vacío en el significado existencial que se realiza con la muerte de Dios . El Übermensch emerge como el nuevo significado de la Tierra, un individuo que repudia las normas y se supera a sí mismo y es el maestro que controla sus impulsos y pasiones.” Si bien ahora esa mentalidad de rebaño es por el capitalismo y el consumo, las pantallas y las redes sociales. Igualmente cada vez se me hace más insostenible mantener el mapa mental. Cuanto más entradas mas posibles enlacen entre ellos…, me meto en una retroalimentación positiva, con el consiguiente gasto mental y la pérdida de control (ese estado en definitiva es una tendencia a la ansiedad, pues esta nace de la pérdida de control en cualquier situación). Compartiré un último y dejaré el proyecto. Por otro lado me “obligo” a leer los artículos más relevantes y tengo pendientes más de cien. “Fusionar” ideas cruzadas cada vez me cuesta más.

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