Lo que Es y lo que (a)Parece – Epílogo II – La Dimensión Individual

Ya he visto toda la verdad que soy capaz de soportar.”
“Mucha gente tiende a ignorar sus narrativas.”
Westworld
Tengo palabras que deberían gritarse en un desierto, donde nadie pudiera oírlas.”
“Macbeth”, Shakespeare
El camino desde la nada tiene que estar pavimentado con cadáveres.”
Bude Heinz
En las cosas profundas e importantes estamos terriblemente solos.” 
Rainer Maria Rilke
El camino es preferible a la posada.” Cervantes

Preámbulo.
   En este artículo hablo sobre temas complicados y aparatosos sobre el feminismo y las diferenciaciones entre los sexos. No quería complicarme e implicarme tanto, pero bajo mi punto de vista es en España, donde quizás hay menos racismo que en otros países -o por lo menos no tan encarnizado-, una posición clave para entender las implicaciones de una identidad, de una isla identitaria. Quise “censurarme”, quitar todo ese tema, pero lo había entrelazado todo demasiado como para hacerlo.

   He ido añadiendo frases y notas al texto, y he enredado la cuestión sobre el feminismo, de tal manera que cada vez era más proclive a ser malinterpretado. Retiré el escrito ante ese caos. Ayer de casualidad vi la película “al filo del mañana”, que tiene como base el reiniciar el día, para tratar de llegar al final deseado. Quizás eso me ha “motivado” a hacer esta introducción, a “reiniciar” el escrito a partir de todas sus taras. Se podrían sacar las conclusiones de todos los datos expuestos, pero sé que en cuanto un dato se interprete de forma negativa, eso va a predisponer a que el cerebro a partir de ese momento trabaje con esa premisa, pues el cerebro está construido con el cebado, con la pre-activación de un circuito, de tal manera que es el que está más disponible para ser usado. Siendo así me veo “obligado” a explicar mi postura en términos generalistas sobre el feminismo y el humano, ya que tampoco es cuestión de remitir a cada paso de la redacción a otros escritos en donde expongo ciertas ideas, que a su vez remitirían a otros tantos. Tengo una visión fatalista de lo humano que tiene dos vertientes. 1. El humano en los social es un sistema complejo, que parte de unas premisas 1A) los constructos de su cerebro, predispuestos en el ADN, 1B) el cómo esos constructos son la base de cómo se crea el sistema complejo al que pertenece. 2. Todo cambio que trate de hacer el humano crea cambios en cadena, que vuelve más complejo el sistema, con lo que es más susceptible de generar más caos. La mayoría de las personas no terminan de comprender la evolución, en parte porque viene dado por que es dar un vuelco a la forma de trabajar del cerebro, con sus premisas y sesgos, entre los que se encuentra a que es en tanto que es una “máquina teleológica“: estructura la realidad desde metas, desde finales, con unas “narrativas”, y segundo porque falla el sistema y la educación a la hora de explicarlo (ver vídeo de la extraña evolución de un parásito). Yo, si fuera parte de ese sistema de educación, recurriría a la informática, para mostrar varios modelos informáticos evolutivos. En estos programas se parten de las reglas evolutivas y se crean unos agentes o mini-bots para ver cómo se desarrolla el sistema. Cualquier pequeña ventaja/desventaja de un agente empieza a generar grandes cambios en los sistemas evolutivos. Los sistemas sociales (siendo reduccionista y por su contraposición) son de dos tipos: gregarios, o de manadas. En el primero no hay un líder, no se genera tal entidad o agente, en los segundos sí. Un sistema gregario puede ser concebido como más democrático y justo, pero es más “estúpido” ya que no se aúnan hacia un fin común, un ejemplo de estas desventajas es que es proclive a las caóticas estampidas, que pueden causar daños a los individuos. Todos los animales inteligentes provienen del tipo social de manadas, donde prima el poder y las jerarquías. Si el sistema tiene que estar más “dirigido” a fines se crea el concepto de líder, una cabeza sobresaliente, que la evolución predispone con los mejores genes, que es el que pone las metas. Como ya he dicho muchas veces, un sistema con varios líderes (en una frase contradictoria) o democrática no sería óptimo, pues una “decisión” dividida crea división en la manada, y una democrática crea retardo a la hora de tomar una decisión. De cualquier forma una democrática no es posible sin un lenguaje complejo, y ese paso lleva a un nuevo grado de complejidad de ese tipo de manada. En resumen el humano es un sistema social de manada que parte del concepto de líder, de “dar” ventaja a un agente para que sea la cabeza “unidireccional” del sistema. La testosterona no es simplemente una hormona individual, está relegada a ser parte de ese sistema. El macho alfa tiene más testosterona y eso hace que la testosterona del grupo disminuya para que el concepto de macho alfa se mantenga. Todos los depredadores, bajo esta premisa, crean estrategias de caza a partir del macho alfa como el planificador de dicha estrategia. Cada agente o individuo está pendiente de lo que hace el macho alfa para cambiar su comportamiento de caza en cada momento. En ese caso el alfa opera como el sistema central o cerebro, por lo cual tiene una mayor agilidad mental, más adaptativa e inteligente. En animales como los chimpancés o los lobos, ya más cercanos al humano, esas estrategias además se usan para ganar un nuevo territorio o para mantener el propio. ¿No nos damos cuenta de que el humano sigue esas mismas reglas? Hay una estructura jerárquica, las manadas relegan la mayor cantidad de testosterona a un líder, pero optimizando que hay unos betas que lo pueden llegar a sustituir, si no fuese así, si todas las bazas fueran para el alfa, si este muriese por enfermedad o por accidente, la manada (sistema) se vendría abajo. Primeras conclusiones, todo sistema basado en el de manada se basa en dar prioridad a una hormona, que es la que causa unos cambios en cadena en el individuo, que la porta en más cantidad. ¿Qué el patriarcado es “incorrecto” por injusto?, no es “culpa” del macho, tan sólo hereda un sistema. Un individuo macho que herede una alta dosis de testosterona es una “víctima” de su ADN. Que sea el macho el que porte ese poder es aleatorio, hay sociedades como la de los suricatos, las jacanas de Panamá o el de las hienas (ver vídeo de un claro ejemplo del papel de la testosterona) en donde ese poder “injusto” (según la concepción humanista y por extensión feminista), lo portan las hembras. Los etólogos y antropólogos estudian a los bonobos como paradigma que pareciera contradecir estas reglas, pero lo que están descubriendo es que es una sociedad igualmente injusta (las crías recurren igualmente al “acoso” para ganar posición jerárquica), y en donde las hembras sí parecen igualmente no elegir a los machos más colaboradores y “buenos”, sino que igualmente seleccionan a los que hacen un uso más abusivo e injusto del poder. En este caso es matriarcal, pero mantienen su poder al tratar de portar los genes más proclives para abusar del poder, aunque sea de forma subrepticia y bajo la pretendida apariencia de que todo se arregla con sexo.

   Aunque creamos que el humano ha “superado” su condición animal, en realidad no es así. El humano es neuroplasticidad, pero a la vez nace con unas premisas, estructuras y reglas que parecen inamovibles y fijas.  En el escrito expongo y sostengo varias de esas reglas, como el caso del apego, por el cual si un apego no es el “correcto” va a crear cambios en cadena que son los que van a marcar de por vida al individuo. Otra regla es el margen para los aprendizajes: el lenguaje se adquiere a cierta edad, si por alguna causa se sobrepasa esa edad sin haber adquirido un lenguaje (niños ferales), después es casi imposible hacerlo. Todo el libro en general y el presente escrito en particular, muestra como yo a partir de un apego evasivo, he “creado” un tipo de personalidad (trastorno de la personalidad esquizoide o evasiva) que es el que ha trazado toda mi vida en cada uno de mis actos y “elecciones”. Aunque el humano quiera dar explicaciones a sus vivencias, a sus vidas en definitiva, con conceptos culturales/sociales, estos no tienen por qué ser válidos, en realidad y siendo honestos no “funcionan” ni para explicar a una persona, ni para explicar a la sociedad en general. “Analizar la comprensión actual de un término no revela la naturaleza de su referente, sólo lo que la gente cree sobre ese referente”, Paul E. Griffiths. Sueños recurrentes humanos como el que se caen los dientes, denotan que el cerebro es en tanto que todo, una metáfora en donde las estructuras conceptuales más antiguas y primitivas son las que crean cada acto, emoción y pensamiento. En la prehistoria quien perdiese los dientes perdía, en un tiempo muy lejano posiblemente su vida, y más tarde perdía por completo su autonomía, al no poderse alimentarse por sí solo. En la prehistoria los allegados masticaban los alimentos y se lo pasaban de boca a boca o bien a los bebés o bien a los ancianos o a quien perdiese la dentadura. Ese hecho creó a posteriori el beso, acto clave del concepto del “amor”. Otro caso es la estructura del yo, que es sobre todo el propio pasado. Como he mostrado en los escritos, el hipocampo, que es sobre todo memoria autobiográfica, era en su origen una estructura que era la que guardaba una información tridimensional al moverse por la naturaleza, un mapa interiorizado del movimiento. Cuando más tarde ha “servido” para ser memoria autobiográfica lo ha hecho a partir de esta estructura original, de tal manera que más tarde el lenguaje nos muestra que se construye con esta metáfora y regla esencial. Uno se siente perdido cuando está triste, la esperanza es algo que está delante, como el tratar de llegar al otro lado de las montañas y poderte encontrar con un valle. Una gran parte del lenguaje son recursos que hacen mención a ese andar por un paisaje. Caminamos por la vida; no tenemos que mirar atrás para referirnos a dejar algo en el pasado; los sueños son mirar el cielo y su gran e hipnótica belleza, y con la tristeza echamos la cabeza abajo y miramos errabundos el suelo (errabundo: sin rumbo y que a la vez proviene de errar, equivocarse), dualidad de la cual más tarde creamos el concepto de cielo e infierno, etc.

Mapa de la Felicidad_1

   La segunda premisa es que todo cambio es ciego. ¿Realmente vamos hacia adelante y hay progreso? Yo, con móvil, con un ordenador de última generación y teniendo acceso de banda ancha a Internet, pudiendo ver cualquier serie o película en una gran televisión, etcétera, no creo ser más feliz que un individuo de una tribu de cazadores recolectores. El humano occidental trabaja y lo hace de forma dura y por muchas horas. El cazador recolector labora, y apenas si le lleva tres o cuatro horas al día, en una labor que no es onerosa o mentalmente denigrante. Ha mantenido la base humana de la familia. El occidental cada vez está más lejos de ese concepto. El cazador recolector no tiene trastornos y enfermedades mentales, el occidental a cada paso que da crea nuevos trastornos.(1) ¿La cuestión no es tan sencilla como la de mantener los lazos de amor de familia? La sociedad occidental está rompiendo esa estructura básica, a cada paso que da más va matando ese concepto y más lejos está de ella. El feminismo va en esa dirección. ¿Qué trata de restituir? El patriarcado no es una “injusticia” del macho, era una estructura que emergió del concepto de poder, concepto que proviene del de pertenecer al concepto de manada, que proviene a su vez de una hormona. Si el poder lo tuviese la mujer igualmente no sería justa, ¿quizás más justa que la patriarcal?, posiblemente sí, puesto que la mujer tiene la oxitocina, hormona que en un principio era la que servía para iniciar el parto y promover la lactancia, para más tarde servir para crear todo lazo de “amor”, como lo es el apego entre madre e hijo, y más tarde entre el hombre y la mujer. Pero en la medida que se hiciesen con el “poder”, tendría que ser por aumentar la testosterona o los estrógenos que hacen el papel de la testosterona en el hombre. En un caso u otro se cambiaría la naturaleza de la maternidad, en su dimensión generalista de amor expansivo, tal como se ha entendido hasta ahora. ¿Hacia qué?, quien sabe. Es un cambio en cadena que una vez que se tiende hacia él, es imprevisible. Entre tanto pasaremos por un largo estadio de dos estados, en donde se generará un gran desorden. O sea, todo sistema tiende a llegar a un estado homeostático, pero cuando el sistema cambia algún parámetro entra en una entropía exponencial en donde el caos es el que más se manifiesta. Como imagen bien puede valer el choque de dos galaxias. Dos galaxias mantienen cierto orden, su choque, de miles o millones de años, sólo crean caos entre esos dos momentos. Lo que quiero decir es que a lo que finalmente pueda llegar ese nuevo sistema humano no es “medible”, ni pensable, ni predecible por ningún humano. El feminismo ha errado al pensar que tiene el control sobre todos los cambios que se producirán. El humano en general ha errado al pensar que al apostar por la “civilización” (la agricultura, la ganadería y las grandes ciudades) era mejor para un individuo en particular o la sociedad en general.

   Bajo mi punto de vista amor y poder son dos fuerzas que se generan del concepto de manada, al modo de dos retroalimentaciones que se crean en este tipo de sistema complejo. El poder es retroalimentación positiva, tiende al desorden y al caos (luchas, guerras, muertes, crisis…), mientras que el amor es la retroalimentación negativa que tiende a frenar esas fuerzas destructoras y caóticas. Desde siempre se ha sabido y usado esa dualidad, sobre todo en las religiones y sus dioses. A todo dios masculino se le oponía -y tenía una contraposición en- una diosa femenina (sol/luna apolo/venus…). El monoteísmo acababa con esa dualidad, pero en el cristianismo Jesucristo hacía de ese lado del amor (Dios Padre=poder, Dios hijo=amor), en donde Jesucristo era en simbiosis con su madre y en donde el parto/nacimiento es la clave para entender esta dualidad. María es esa metáfora/concepto remanente de fondo en sus relatos y biografía. La hembra humana, y sus fuerzas, han hecho que el macho “eligiera” auto-domesticarse, para estar a su lado. La oxitocina y la prolactina (hormonas propiamente femeninas), en el hombre casado o con pareja, hacen que sea más tranquilo, menos violento y que no se manifiesten en demasía las capacidades de la testosterona y el poder. Si el feminismo quiere detentar el poder por igual, ¿no se desequilibran las fuerzas, los contrarios? Esto es, si el sistema llegó a una homeostasis en la lucha de dos contrarios en sus retroalimentaciones positivas y negativas, ¿qué ocurre si de repente el sistema pierde las capacidades de la retroalimentación negativa? O dicho en una metáfora: ¿el feminismo quiere apagar el fuego con fuego? Si en el empoderamiento -y hay que poner atención a que tal concepto tiene como raíz el de poder-, la mujer pierde de vista que su papel en el sistema es en tanto que retroalimentación negativa, amor, entonces devenimos a un mundo donde el único lenguaje será el del poder, retroalimentación positiva sin freno. No gana la mujer, evolutivamente hablando habría “tirado la toalla”; pierde porque “olvida” que su “verdadero poder” es el amor. Pierde porque relega por completo las capacidades cohesivas provenientes de la familia, principal “motor” del concepto de manada, y principal “motor” que creó la humanidad tal como la teníamos entendida hasta la actualidad, pues dos fuerzas que luchan con el mismo lenguaje de poder sólo pueden crear luchas y violencia, como va demostrando el panorama actual (el porno -quizás como mal ejemplo- donde cada vez es más aberrante, mecánico y bestial). No genera menos violencia al sistema (en este caso de género). No genera “control” de las capacidades negativas de la testosterona, pues el hombre solo, si mujer, sin matrimonio, se aventurará en una nueva odisea en donde no producirá oxitocina y prolactina que erradique el papel nefasto de la testosterona. Se “asalvajará”, si se quiere decir y simplificar así. Sin la mujer el hombre es pura energía caótica, propiciada por la testosterona; la oxitocina y la prolactina, propia de la mujer, redirige y estabiliza esa tendencia al caos; ella misma puede ser tendente al caos si no encuentra pareja, pues la trampa evolutiva es que mujer y hombre están condenados a entenderse, para reproducirse, pues esa es la finalidad de la vida. ¿No será, entonces, que quizás el neoliberalismo brutal al que estamos llegando sea la total manifestación del poder sobre cualquier otro concepto que lo pudiera frenar? Cuando Margaret Thatcher o Angela Merkel han estado en el poder no ha sido para dar un “toque de amor o femenino”, de freno o de tendencias de izquierdas o humanistas e igualitarias al sistema, más bien al contrario. En fin, lo ya apuntado arriba, todo cambio en el sistema sin haber entendido la “metáfora” del mundo, sin partir de unos conocimientos exactos de los juegos evolutivos, y cómo estos crean sistemas complejos equilibrados por las retroalimentaciones positivas y negativas (en donde negativo no es igual a malo o inferior, si se me ha seguido el hilo), en donde lo que tiene que primar es mantenerse y buscar un equilibrio homeostático, sólo deviene en una rotura del sistema en donde hasta arribar a otro nuevo sistema, si es que se llega, sólo será por pasar por un largo periodo de desequilibrio, entropía y caos, como predice el choque de dos galaxias. Si el feminismo comprendiese o partiese de estas reglas su empoderamiento debería ser a través de más amor, ¿por qué pensar que la frase “el amor es poderoso”, cantada una y mil veces, es sólo una frase bonita y sin sentido? Hoy en día las manifestaciones feministas cada vez son más radicales, brutales y violentas. Parecen odiar lo “macho”… ¿y se vuelven eso que odian? Los lenguajes duales y metafóricos del mundo siempre han contrapuesto el agua al fuego, donde el agua está “movida” por la luna en sus mareas, y son los sentimientos y las emociones calmadas y tranquilas las que apagan las capacidades devastadoras de los fuegos. Con todo el fuego tiene su lado positivo, y las fuertes mareas igualmente son violentas, en ese lenguaje metafórico que siempre ha sabido de la homeostasis y el equilibrio de las fuerzas contrarias. Está de más seguir esta línea argumental, pues el feminismo más radical sólo verá lenguaje machista y tendente a mantener el estatus quo. (Descargar libro sobre la homeostasis)

   Si vamos hacia algo es a que cada vez habrá más trastornos y enfermedades mentales, pues el cerebro no es capaz de reajustar sus premisas estructurales a los cambios de una sociedad cada vez más compleja y caótica. Si la base estructural de la construcción de un yo es el hipocampo, este ha perdido las coordenadas de cómo estructurar un yo en un mundo oscuro, extenso y sin puntos reales de referencia. Yo, y me imagino que es general, me siento perdido porque no comprendo nada de la estructura social, la actual realidad, el actual mapa social. No comprendo como algo tan estúpido como Facebook gane tantos adeptos, y tantos recursos sociales y tanto dinero. No comprendo que si lo único que vale para realmente sobrevivir como es la alimentación, la comida sea tan barata como para que a los agricultores y ganaderos le cueste tanto mantener sus “negocios”. Las multinacionales gastan millones en su procesado, distribución y comercialización, pero en muchos casos no invierten en el proceso más sucio, imprevisible y duro que es la ganadería y la agricultura, que lo dejan en manos de pequeños o medianos empresarios. No comprendo cómo si un tomate lo vende a unos céntimos un agricultor, al final un chef haga una gelatina y la venda a 20 o 30 euros. No comprendo que un banco no te cobre comisiones si tienes una nómina y si eres un parado sí. No comprendo que en la bolsa con un simple chasquido de dedos se ganen millones, mientras el 80% de los agricultores del mundo aún labran sus tierras con sus propias manos para ganar unas migajas. Altera mi razón comprobar que cada tres meses se rompan los auriculares, por su simple uso, pues me doy cuenta que producimos objetos que están programados para fallar, para acabar en la basura, pues igualmente los preparan para no poder ser reparados. No comprendo un sistema de enseñanza que gaste tiempo en hacerte diferenciar entre la b y la v, cuando habría una gran cantidad de cosas más necesarias para aprender. No comprendo que ahora sea nepotismo el mirar por la propia familia y que una empresa tenga como norma no contratar a familiares. O sea, entiendo los porqués y su instrumentalización, pero no comprendo cómo eso va a ser bueno para el concepto nuclear y primigenio de la familia. En fin no voy a alargar este relicario. Cada paso hacia la actualidad ha ido generando caos y más caos. Es imposible equilibrar la balanza. Llegar a un estado homeostático de equilibrio, en un sistema eternamente cambiante y cada vez con más agentes creando cambios en su lucha individual/evolutiva. La pérdida de identidad, de sentido, sólo genera caos en el cerebro, en lo individual, ya no hay ningún atractor que nos sujete en unas coordenadas. El hipocampo se desintegra en sus capacidades estructurantes. “Nos contamos una historia para poder vivir nuestra propia historia, sin darnos cuenta que se trata de una historia” (Jeanne Siaud-Facchin), pero si perdemos la capacidad de crear una estructura a nuestra historia personal, una narrabilidad, no somos capaces de mantener estable al cerebro, cae en la depresión, cae en la ansiedad. Le puede, en definitiva, su miedo ancestral al caos, al miedo de perder el control, de sentirse perdido, sin origen y sin rumbo.

   Con esto llego a la encrucijada de los temas feministas. Son terribles las violaciones y los homicidios o asesinatos de género, pero ¿realmente cree el feminismo que los puede erradicar? Siempre se ha sabido que el “amor” era una de las primeras causas de violencia que pueden llevar a la muerte violenta. Casi todo homicidio o asesinato lo comete un familiar o persona cercana a la víctima, no sólo los de la violencia de genero propio de la pareja, sino otros tantos como los parricidios, los fratricidios, los filicidios, etc. ¿Se puede cambiar esta realidad? Cuantas más emociones generen, el contacto de dos personas, más enredado y compleja se vuelven sus relaciones (trampas situacionistas y existenciales). Cuantas más emociones más susceptibles son las relaciones humanas en caer en dinámicas que en apariencia no eran potenciales en esos cerebros individuales. Y finalmente, cuantas más emociones haya, mayor daño crea una rotura, engaño, etc., que crean a su vez unas respuestas más básicas e instintivas. Para que un cerebro no llegue a un estado totalmente irracional se necesita tener una infancia lo más equilibrada posible, “aderezada” con una gran educación. Lo primero que falla es el sistema, pues no crea ni una cosa ni la otra. Las “nuevas normas” sociales, en donde hay cada vez menos estabilidad en el concepto de matrimonio y se da cada vez más familias monoparentales, no parecen ir en buena dirección. Una sociedad cada vez más injusta y desigual, con la desintegración de la clase media, cada vez tiene un peor y desigual sistema de enseñanza. La carencia de creencias fundamentales religiosas han roto todas las barreras mentales que antes eran impensables traspasar. Si se carece de esta regla se supone que algo lo debería de suplir, pero no parece que sea así, pues además se está ignorando o desechando a la filosofía en particular y a las humanidades en general. Hemos devenido en un sistema en donde “apáñatelas como tú puedas” es la máxima. ¿Por qué detenerse y concentrarse en la violencia de género cuando lo que hace falta es un equilibrio social? La mayor cantidad de muertes violentas, mayor de la generada por los accidentes de tráfico o por los homicidios/asesinatos de género, son por suicidio, ¿alguna voz, estamento o red social habla de esta realidad? Esa es mi queja, esa es la queja de muchos hombres, ese empecinamiento en centrarse en un tema y de paso crear el concepto tan dañino en lo personal y reduccionista como el de machista, solo equiparable en la historia al de negrata o judío. O sea, han creado el feminismo, se han cerrado en una ideología, y en el proceso han creado una isla identitaria que genera más caos que orden. Se supone que la oxitocina y los estrógenos, son generadores de orden, de unidad, de unión entre otredades, tanto a nivel del cerebro (los estrógenos en general reparan daños cerebrales, son tendentes a la retroalimentación negativa, a la homeostasis: “el estrógeno se considera que juega un papel importante en la salud mental de las mujeres“, fuente Wikipedia); como en lo social, al crear el concepto de maternidad y por extensión de familia. Por el  contrario el feminismo no va en esa dirección, se comportan bajo las premisas de la testosterona, la cual es desestructurante y a la larga crea daños en el cerebro y en el cuerpo. Si lo que crea más violencia son las emociones fuertes, y dado que el hombre es más proclive de llegar a lo irracional, entonces por deducción, a la conclusión a la que ha llegado una línea de animales como las elefantas o las orangutanes, es que es mejor mantener al margen al macho. En esa misma senda, el humano, tiende a lo que predice el documental “la teoría sueca del amor” (descargar). Ningún movimiento generado por el feminismo nos ha llevado a más equilibrio estructural en lo social. El feminismo debería de basarse tan sólo en las igualdades sociales ante la ley de los dos sexos, todo lo demás no es más que generación de caos en el sistema. La libertad sexual no ha generado un nuevo orden, sino más caos, desestructuración y desigualdades. Hay más suicidios en una sociedad cada vez más desestructurada, caótica e injusta; ¿se podría deducir que el feminismo promueve esas causas, pues ha promovido sin quererlo la muerte de la familia tal como estaba concebida hasta ahora? Quién sabe, “es que nadie se da cuenta que los debates generalmente fallan por lo que se pregunta, y no por lo que se responde”, nos dice acertadamente Herman Casciari. Si faltan las preguntas adecuadas, las respuestas se falsean y son fallidas. De lo que se trata, la pregunta, no es de si se acepta o no las violaciones o la violencia de género, sino que de construir una sociedad con la menor violencia posible, de qué forma hemos de construir esa sociedad. La respuesta es social y de izquierdas, no sólo feminista. Se ha de acabar con el paradigma actual, con todas la reglas erradas del neoliberalismo. En la medida que todas las fuerzas del feminismo vayan en una dirección, la propia, están ignorando el resto de los problemas. Problemas en donde sí están las verdaderas preguntas que hay que hacer.

   Bajo estos puntos de vista, esos problemas aledaños, aberrantes y sangrantes de la violencia de género y las violaciones, las han de resolver mujer a mujer. Yo no me voy a un barrio dudoso solo y por la noche. Ni siquiera iría paralelo o me dirigiría hacia un grupo de hombres ebrios y que están armando escándalo en la calle y por la noche. Yo no trataría de ser amigo de alguien que tiene constantemente arranques violentos, pues podría caer en su dinámica. En cuanto en una pareja se pierde el respeto deja de ser pareja, hay que dejarla atrás. Vale más la sabiduría ancestral que las nuevas y pretendidas normas. El sentido común es el que debería de prevalecer. Cualquier “consejo” que pueda dar puede voltearse para parecer machista. En círculos de redes sociales feministas prima el decir que si un hombre te da un tortazo, hay que arrearle una patada en los huevos, que no se quedarían calladas y sin hacer nada. ¿Desde cuándo la respuesta a la violencia es más violencia?, ¿es que los padres ya no saben educar o no les vale de nada? Hemos olvidado el papel del padre, sus consejos y sus puntos de vista por machistas. Sólo un hombre sabe a lo básico e instintivo que pueda llegar otro hombre, sin ese punto de vista la educación cojea, flaquea. En fin hemos roto la antigua estructura, y las antiguas reglas, y en ese proceso sólo se va a generar caos y desorden. Mis ideas no son conservadoras y/o de derechas, y de mantener las “viejas” estructuras, tampoco hay que ser reduccionistas. Mis conclusiones son fatalistas y cínicas. El humano bajo las premisas de su ADN nunca creará un orden perfecto y justo. Eso sí, a las “conclusiones” a las que llega la evolución son más tendentes a crear homeostasis, equilibrio, porque en eso consiste la evolución. Romper esas reglas, y sobre todo a ciegas, es sólo generar caos y más caos, sin viso de llegar a algún orden “correcto” y más justo. Bajo mi punto de vista hubiera preferido haber nacido en una tribu de cazadores recolectores, o en cualquier momento de la prehistoria, aunque hubiera sido siendo mujer, que haber nacido en la sociedad actual occidental. Seguro que hubiera sido más feliz, pues en definitiva: ¿no habría de ser esa la verdadera finalidad del ser humano?

   Por último, y en la dirección de aclarar cuestiones, sé que no es uno de mis escritos más pulcros: demasiados incisos, interrupciones y perderme por las ramas, pero como era el último (quizás haga un adendum sobre el concepto de posverdad) tenía que dejar expuestas hasta las ideas más lejanas al tema, con tal de dejarlas escritas.

   Para el que haya seguido un orden en las publicaciones e historia del escrito durante varios días, su estructura tiene un sentido, por el contrario el haber añadido un escrito sobre las luchas sexuales en una larga anotación, y este y nuevo alargado preámbulo sobre el feminismo, sólo lo ha vuelto más farragoso y más caótico. A tenor de la dirección que ha tomado, debería de dividir el escrito en dos capítulos, uno sobre el feminismo y otro con el tema que quería tratar. Pero siendo radical y deconstructivista prefiero dejarlo tal cual está. Igualmente debería de corregir el escrito central a partir de este preámbulo, para no reiterar y caer en un caos, pero lo mantengo tal cual, para que se entienda el porque de esta larga “intromisión” en otro tema distinto del deseado. Por lo demás aconsejo, sin embargo, tomarlo como dos lecturas independientes. Si este escrito es largo, no lo es nada con respecto a todos los apuntes e ideas que estaban al margen y en mi cabeza. En ese sentido aunque finalizado, es susceptible de que lo repase y le añada o corrija ideas o vínculos, frases o párrafos enteros, en posteriores días.

(1) De interés es conocer el nuevo “síndrome de la resignación“, “una condición que se cree que solo se ha dado entre niños y adolescentes refugiados en Suecia”; el cual ocurre “después de que los pequeños se enteran que sus familias serán deportadas a sus países de origen. El síndrome de resignación vuelve a los pacientes pasivos, inmóviles, mudos, incapaces de comer y beber, incontinentes e indiferentes al estímulo físico”, y es equiparable a “estar muerto en vida”. Es posible que pueda ser un nuevo tipo de trastorno de conversión (anteriormente llamado histeria). ¿Se generalizará en el futuro cuando se den grandes migraciones ante la superpoblación? Da tema para una novela, suena a futuro distópico y terrorífico.


 La Dimensión Individual

   El anterior escrito lo acabé con tres sentencias grandilocuentes: “yo me declaro fuera de este juego. Si la identidad es lo humano, me declaro no humano. Me declaro posthumano”. ¡Es imposible escapar del metarrelato! Lo que dije allí es una memez; una floritura en el tono bobalicón y de mercadotecnia de la época actual. Por lo demás contradictorio. Primero porque de crear una nueva ideología o paradigma, lo posthumano, ya creo la división de un grupo, o isla identitaria. Y segundo porque si crease una ideología o un nuevo paradigma sobre lo que ha de ser el humano, iría contra mis propias ideas y deseos. Pensar que esta o tal otra ideología o paradigma está fuera de lo humano y lo supera sería demasiado soberbio; de nuevo se caería en el mismo lenguaje de sentirse superior del resto de humanos, de invalidar a lo otro para validar lo propio. Es lo mismo que la paradoja de creerse libre de racismos y xenofobias, quien así lo diga -la cultura (religión, ideología, paradigma)-, que lo afirme ya se pone por encima de aquellos otros que no pueden librarse de tal sesgo, con lo cual anula su propio postulado, al rechazar subrepticiamente a los que sí tienen este sesgo y sentirse superior a ellos. Las feministas han caído en este error, pues parece que ellas no tienen la culpa de nada, que el patriarcado sólo tiene un lado, y siendo inocentes el único culpable es el macho, sobre el que se sienten en superioridad moral. Recurriendo a una imagen, y ante la frase de Jesucristo de “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”, todas las  mujeres empezaron a tirar piedras a todos los hombres, incluso a Jesús, pues es un signo claro del patriarcado. ¡Por cierto, nunca he llegado a averiguar si Jesucristo se lió a tirar piedras o no! Si la vida se basa en unas premisas y unas reglas “tramposas” y falseadas (poder, sesgos, artimañas, desigualdades, ocultamientos, ignorancia…), difícilmente se puede crear en ella un juego sin trampas, ni sufrimientos. El humano no se puede superar, no de su propia mano y con las “herramientas” de la evolución. Somos una especie social y en toda especie social entran en juegos las jerarquías y el poder. Toda “conquista” es un juego de poder en donde una vez que se entra en la dinámica de poseer un poder se considera pérdida cualquier ventaja que obtenga el otro. Vuelvo a esto más adelante.

   En la primera parte del epílogo hago un recorrido completo sobre el cerebro y los sistemas complejos (el propio cerebro como sistema complejo) en los que nos encontramos inmersos. En este toca dar una dimensión individual y personal. Recuerdo que cuando creí acabar el presente libro, al tratar el tema de la actitud en el capítulo dieciocho, esperé un tiempo para finalizar con un punto de vista más personal y emotivo, sin que este último capítulo terminase por llegar. Ahora entiendo la dificultad, después de los subsiguientes desarrollos de los distintos temas tratados tras ese capítulo sobre la actitud. No es posible acabar como pretendía. Inevitablemente hago, en los escritos, un análisis de la vida en donde ya no es lícito ni honesto pretender alguna verdad emotivo/individual/poética. Por el contrario me veo remitido a la razón “pura”, si tal cosa es posible, excluyendo toda posible emoción para llegar a una conclusión, a un epílogo desde esos límites.

   La vida es un sistema complejo no-lineal, todo lo que “construye” dicho sistema sigue esa misma regla. La vida puede ser reducida a la homeostasis (equilibrio) y esta a la retroalimentación, que como hemos visto puede ser positiva y negativa. Detengámonos un momento en este proceso tan importante y vital, pues aunque lo he mencionado aquí y allá, nunca lo he tratado. En este caso en un ejemplo de los dos tipos de retroalimentación extraído del libro de Iain McGilchrist,- “The master and his emissary” (entre paréntesis añadidos hechos por mí, a partir de lo que nos dice el propio autor en el libro, y entre corchetes mis propias ideas para tener una visión más general).

   “Por la ‘pegajosidad’ (1) del hemisferio izquierdo, su tendencia a recurrir a lo que le es familiar, tiende a reforzar lo que ya está haciendo. Hay una reflexividad en el proceso, como si estuviera atrapado en una sala de espejos: no descubre más que lo que ya sabe, y no hace más que lo que ya está haciendo [esto es, se autoconfirma, mantiene su identidad, este lado es en donde se crea más el proceso de la narrabilidad]. El hemisferio derecho por el contrario, al tener una imagen más completa, y tomar una perspectiva más amplia, que es una de sus características, incluye tanto su propio hemisferio como el de la izquierda, tiene una inclinación más recíproca y es más probable que abrace otro punto de vista. Una forma de pensar en esto es en términos de sistemas de retroalimentación. La mayoría de los sistemas biológicos buscan la homeostasis: si se mueven demasiado lejos del equilibrio, se estabilizan por auto-corrección. Esto es ‘retroalimentación negativa’, el ejemplo más conocido es el funcionamiento de un termostato: si la temperatura tiende a caer constantemente, el termostato dispara el sistema de calefacción que actuará para devolver la temperatura al nivel deseado. Sin embargo, los sistemas pueden llegar a ser inestables y entrar en una situación en la que se obtiene una ‘retroalimentación positiva’; en otras palabras, un movimiento en una dirección, en lugar de producir un movimiento en la dirección opuesta, sirve para promover movimientos adicionales en la misma dirección, incurriendo en un efecto de bola de nieve. El hemisferio derecho, en ese caso, es capaz de liberarnos a través de retroalimentación negativa [esto es: hace de freno del izquierdo]. El hemisferio izquierdo tiende hacia la retroalimentación positiva, y podemos atascarnos (en este hemisferio tiene mayor importancia y protagonismo la dopamina). Esto no difiere a la diferencia entre el bebedor normal y el adicto. Después de un cierto punto, el bebedor normal comienza a sentirse peor con otro trago (retroalimentación negativa: tendencia a la homeostasis, al equilibrio). Lo que hace a un adicto es la falta de un ‘interruptor de apagado’ (apagado por medio del hemisferio derecho; el cuerpo calloso, que es lo que une los dos hemisferios, es sobre todo inhibidor) con lo que al tomar otro trago sólo hace más probable el siguiente, y el siguiente trago a otro más. Y, curiosamente, las lesiones de los sistemas límbico-frontales, principalmente en el hemisferio derecho, se asocian con comportamientos adictivos [se carece de freno]. Los jugadores patológicos, por ejemplo, tienen déficits frontales que son principalmente del lado derecho; por el contrario, en los adictos a la cocaína, en otro ejemplo, estimular la corteza prefrontal derecha reduce el deseo de cocaína. Pues la negación [término en la psicología de negar la propia adicción], una especialidad del hemisferio izquierdo, es típica de la adicción.”

   Lo que nos menciona Iain McGilchrist de la estimulación es por ondas electromagnéticas; si se sabe la localización de una función una onda electromagnética débil estimula su tarea, mientras que una muy fuerte la anula o la entorpece. Un clásico es pedir a un sujeto que lea un párrafo y sobre estimular el área de broca, lo que hace imposible la lectura. Otro clásico es sobre estimular el área motora para hacer que se muevan los dedos o la mano. Por otro lado, el hemisferio derecho del cerebro está especializado en la recepción de las áreas del dolor físico y por extensión se ocupa del dolor y el sufrimiento, con lo que es más proclive a lo que se pudiera llamar ser pesimista o negativo. En ese caso el lado izquierdo, que es sobre todo el de la planificación y operar en lo ejecutivo, pues es sobre todo foco y atención, anula o frena los estados de rumiación del lado derecho. El sueño REM se asocia con este hemisferio, más pesadillas y sueños negativos, mientras que fuera del sueño REM, en el que igualmente se sueña, es dedicado al lado izquierdo. El dicho de “levantarse con mal pie” viene a propósito de si se interrumpe el sueño durante una etapa REM o no, si es así uno se despierta en pleno proceso de los estados de malestar, de los que se ocupa el lado derecho del cerebro, que recordemos maneja el lado izquierdo del cuerpo. Aquí hay una diferencia entre el cerebro masculino y el femenino. Por distintos experimentos se ha comprobado que el hombre tiende más a la distracción, a que entre en juego el lado izquierdo del cerebro para frenar la rumiación, mientras que las mujeres no lo hacen, cuestión por la cual son más propensas a la depresión. ¿Esto es por cultura o por algo evolutivo? De nuevo otro paréntesis en el escrito, con lo cual estoy en una pausa dentro de otra, para aclarar esto, pues en definitiva el libro es sobre lo que es y lo que parece, sobre ser y aparecer, genética y cultura. El hemisferio derecho tiene como uno de sus principales neurotransmisores a la adrenalina. Igualmente se ve más afectado por la testosterona. Durante cientos de miles de años los hombres se han especializado en la caza de fieras y animales de grandes dimensiones, que por otro lado requerían de un mayor control de la localización al moverse por grandes áreas, mientras que la mujer se mantuvo en un área cercana a la aldea para tener cuidado de los hijos. Eso creó unas grandes diferencias en la función o especialización de los dos lados del cerebro. El macho era más proclive a recibir o infringirse grandes heridas, cuestión por la cual tuvo que hacer un mayor uso de la distracción para evadirse del dolor. Por otro lado el dolor psicológico, que es por extensión del físico, en muchos casos vienen dados por lo social: injusticias, engaños, sentirse defraudado, exclusión, soledad, etc. A quién le repercute más una mentira o la ocultación, la sensación de sentirse engañado/a ¿al hombre o a la mujer? La psicología evolutiva, unida a la económica, nos dice que si un hombre cría a un hijo que no es suyo es un gasto de energía demasiado grande por unos genes que no son suyos. Los depredadores, como los leones, matan a las crías de otros machos. Hago ver este hecho porque parece extraño el cómo los genes sí repercuten en el comportamiento y por lo tanto en las funciones y las actuaciones del cerebro. Esto es: que un hombre crie a un hijo que no es suyo no es el mero hecho de connotaciones humanas, sociales y culturales. Lo que prima es el juego de los genes y el gasto innecesario de energía: el juego evolutivo. No es un juego macabro del macho, sino de aquel que detente el poder. En especies matriarcales, como los suricatos, esa “maldad” la sustentan las hembras alfa, que por ejemplo no dejan que hembras que no sean sus propias hijas tengan descendencia o se apareen. También hay que recordar a las hienas; otros casos son los nepotismos de las abejas, las hormigas y las rata topo, en definitiva de los animales eusociales. Otro aspecto “negativo” a tener en cuenta en la hembra humana es la ocultación de los estados de celo. Entre los chimpancés las hembras pueden tener sexo con cualquier macho del que puedan obtener algún favor o beneficio, fuera de la época de celo, pero cuando realmente lo están se tratan de aparear tan sólo con el macho alfa o los betas, para así escalar en la jerarquía social. La hembra humana, que se supone posiblemente heredera de este de los chimpancés, llevó más allá este doble rasero al “esconder” cualquier muestra de estar en época de celo. En la hembra chimpancé hay un agrandamiento de las partes genitales que saltan a la vista. Estos juegos de ocultamientos, engaños y “verdaderas” intenciones la ha de estar “leyendo” constantemente el hombre. Las normas (tabús primero y más tarde mandamientos religiosos o laicos) se hicieron necesarias para saber en qué “posición” se encontraba una pareja. Hoy de nuevo todo ha vuelto al principio. En la película sueca “The square” (hay que recordar o haber visto el documental “la teoría sueca del amor” para entender los porqués) se nos presenta una escena donde dos amantes entran en liza en quien tira el preservativo lleno de esperma, y en donde se ve este juego de apariencias y verdades. El protagonista teme que ella haga uso de su esperma para preñarse. Ella juega con su mente en cuanto detecta su “miedo”. Por contrapeso  a estos “miedos” y problemas para el hombre, la mujer, ya en lo humano y en la antigüedad no ya ahora, corría el peligro de quedarse embarazada por alguien de bajo rango y que apenas obtuviese recursos o que no quisiera hacerse cargo o ayudase en la crianza. En la antigüedad eso podía significar la muerte de la cría, por lo que se pasaba por un embarazo y su consiguiente gasto de tiempo y energía de forma innecesaria, y una posible muerte de la propia madre, pues si en el empeño de gastar energía en la cría se daba una época de carestía, esa escasez además podía poner en peligro su propia vida. Esto nos dice la Wikipedia (ir al artículo para leer la referencia de los estudios):

   “La investigación propone que las mujeres han desarrollado mecanismos psicológicos específicamente diseñados para motivar conductas o estrategias de evitación de violaciones. Esto se debe a que la violación plantea costos severos para la mujer, como embarazo, daño físico, lesión o muerte, abandono de la relación y agotamiento de la autoestima. El mayor costo para la mujer es la elusión de su elección de pareja, que amenaza el éxito reproductivo, lo que resulta en la posesión de adaptaciones en respuesta. La evidencia sugiere que varios rasgos específicos de mujeres han evolucionado para reducir los riesgos asociados con la violación. La hipótesis de la protección del cuerpo propone que la evitación de la violación determina las preferencias de la pareja para los hombres físicos o dominantes. Las mujeres también pueden formar grupos con hombres y mujeres como una alianza de protección contra posibles violadores. El dolor psicológico experimentado después de la violación también se identifica como un proceso de adaptación diseñado para centrar a la mujer en las circunstancias sociales que rodean la violación para la prevención futura.
  La evidencia de esto como una adaptación se puede ver en mujeres en edad reproductiva que experimentan más dolor psicológico después de la violación debido a un mayor riesgo de concepción. La investigación también sugiere que las mujeres en la fase fértil de su ciclo menstrual realizan menos conductas de riesgo que podrían potencialmente generar el riesgo de violación. La capacidad de las mujeres para resistir la violación también cambia en relación con su ciclo menstrual; las hembras en la fase fértil muestran un aumento en la fuerza de la empuñadura cuando se las coloca en un escenario sexualmente coercitivo y amenazante. La susceptibilidad a los signos de la coerción masculina también se identifica como mejor en las mujeres fértiles.”

    Con el nacimiento de las grandes ciudades y religiones, a esos problemas, además, se añadieron el de ser madre y sin esposo, y por ello ser repudiada y marginada por la comunidad. Con estos antecedentes llegamos a la época actual. El engaño y el ocultamiento, en las relaciones de pareja, siempre tienen ese juego de la prehistoria asentados como base, el resto son palabras mal usadas e inadecuadas en el contexto, ampliadas o vueltas más complejas en los “nuevos juegos” sociales y culturales. “Es precisamente su precisión y definitoriedad lo que hace que el habla sea inadecuada para expresar lo que es demasiado complejo, cambiante y ambiguo”, nos recuerda Iain McGilchrist. La mujer corría un peligro físico en los engaños, doble si se tiene en cuenta el dolor de la muerte de su hijo, mientras que el hombre podía vivir engañado de por vida y no por ello dejar de ser feliz (como así ocurre, y que por lo que se sabe sólo se da en el 1% de los padres; quizás en otras épocas con un menor control de la natalidad las cifras fueran más altas). Siendo así, y unido a las otras características vistas arriba, es por todo esto que la mujer pueda llevar peor los engaños amorosos (de puertas para adentro), haciéndolas más proclives a la depresión (¿miedo atávico?). Mientras que el hombre tratará de solventar en la acción su engaño, dando como balance que pueda hacer más uso de su fuerza física para resarcirse (¿agresión atávica?). Estas diferencias cerebrales, que pueden reducirse como a ser engañados en lo físico o en lo mental/emocional, son notorias ante el hecho consabido y analizado por estadísticas de que el hombre teme más la infidelidad física (miedo a criar a un hijo de otro sin saberlo), mientras que la mujer teme más la infidelidad emocional, que el hombre se enamore de otra mujer y quedar por ello “abandonada”. Sólo ahora, con la total emancipación de la mujer, y donde ya no existe tanto peligro ni para ella, ni para sus hijos, el juego está cambiando. El macho “odia”, en el fondo, este nuevo desequilibrio (o equilibrio, según cada sexo), esta pérdida de “poder”, en  el cual la evolución social y cultural le han puesto, pues ahora parece sólo perder él. El hombre, de generación a generación, pasa a ser poco más que el donante de esperma, cada vez hay más familias monoparentales, de las cuales la gran mayoría son de madres (monomarentales según el feminismo, pero es un término que no está aceptado por lo general); pues, como una de las desventajas, un hombre soltero no puede tener hijos y le es demasiado complicado -por no decir imposible- adoptar (¿sexismo?).

   Cierro uno de los paréntesis y vuelvo al anterior: a las diferencias de los dos lados del cerebro. Lo que Iain McGilchrist nos quiere decir es que es el lado izquierdo del cerebro el que es más propio para caer o entrar en un proceso de efecto bola de nieve, porque hace uso de la retroalimentación positiva. No lo he terminado de leer, pero a lo que nos lleva esta primera y sencilla conclusión es que el ser humano, la cultura occidental -el etnocentrismo-, entró en un proceso de retroalimentación positiva que nunca ha sido frenado. Un proceso en donde o la sociedad avanza, o sino tenemos la sensación que vamos hacia atrás, que retrocedemos (hipótesis de la reina roja extrapolado a lo social humano). Al igual que un adicto ha de subir sus dosis para no perder la intensidad de sus sensaciones. Una tribu de cazadores-recolectores no ha caído en esa retroalimentación positiva, propia de los estados maniáticos o de los obsesivos o los adictos. Se mantienen como lo que habría de ser un humano, en donde los dos lados del cerebro aún tenían ese juego armónico de frenarse para no caer en excesos. Desde su punto de vista el “occidental” está enfermo, alienado, loco; sólo así se puede entender la frase de Pascal de: “los hombres están tan necesariamente locos, que no estarlo equivaldría a otra forma de locura.” Lo que no nos dice Tiffany Watt Smith, en su conferencia en TED, es que si en la Edad Media se recurría a la tristeza era por el hecho de que el lado izquierdo no “entrase en barrena” en algunas de sus obsesiones o manías (un modo de epicureísmo). Había, en definitiva, que frenar los estados de exceso de alegría, porque son los más proclives a llevarnos a los excesos, a los “pecados” según la mentalidad de la Edad Media. ¿Quién no se ha vuelto alguna vez demasiado confiado y ha dicho o hecho algo durante esos excesos de alegría de los cuales al final se ha arrepentido? Ese proceso de los excesos -de la retroalimentación positiva- los asume el cerebro con la edad. La juventud es ese estado sin freno -no está mielinizado el prefrontal, el freno del lado derecho- y eso le lleva a excesos, a demasiados errores, por un estado demasiado inocente y en donde el “todo irá bien” (que ni siquiera puede ser reducido al concepto de esperanza) -en el que no entra en juego la retroalimentación negativa del hemisferio derecho-, es el que crea ese efecto bola de nieve de retroalimentación positiva. La madurez y la vejez es “la edad de la razón”, porque ha entrado al final el lado derecho “racional” para frenar los excesos del izquierdo… quizás en demasía.

   Otra conclusión, sobre este papel de la retroalimentación, es que el lado izquierdo tiene que jugar “su papel” al saber frenar los estados de rumiación o estados negativos en los que puede entrar el lado derecho. O sea que la dualidad no es tan sencilla como para poner a uno en el papel del “malo de la película” y al otro en el del “bueno”. El derecho frena el optimismo ciego del izquierdo y este del pesimismo sin fondo en el que puede caer el derecho. La atención plena (mindfullness), que nace de las ideas budistas, se basan -en parte- en que los dos lados prefrontales del cerebro mantengan “vigilados” el otro lado del hemisferio, en mantenerse uno a otro a raya. Ante este estado de cosas se puede entender el trastorno bipolar. En la posición maniaca el hemisferio derecho se queda mudo y el izquierdo entra de lleno en un efecto de bola de nieve. En el estado depresivo el cansancio o agotamiento del ego del lado izquierdo provoca que el lado derecho del cerebro sea ahora el que no tenga ni timón, ni freno. Con esto llegamos a pequeños remates al escrito anterior: hay “soluciones” al “dilema” de la red de modo predeterminado -la cual es proclive de llevarnos a la infelicidad y a la depresión- , como la técnica de la atención plena (mindfulness) u otras por el estilo de corte oriental. Desde siempre se ha “sabido” que hay que escapar de la “mente ociosa”, como se llamaba antes al concepto de mente errante, la cual era el camino del diablo -“la mente ociosa es el patio de recreo del diablo”, dice el dicho- y del pecado según las religiones y muchas culturas, lo que consecuentemente lleva a la idea de que hay que permanecer laborioso. Ahí tenemos un abuso y perversión de los conocimientos, que ha sido -a lo largo de la historia- y sigue siendo un recurso que se utiliza para manipular. Nada más fácil para hacer trabajar a las personas, que hacer pensar que el diablo/mal nos acecha durante la mente errante (ociosidad), y que por lo tanto el trabajo -por seudo deducción- ha de ser un designio de Dios. De esta forma religión y poder se aliaron bajo este concepto para hacer que la gente tratase de “amar” el trabajo, aunque este fuese duro y oneroso. Pero hay que tener en cuenta que lo opuesto, el mantenimiento de la atención, y el pensamiento positivo o hemisferio izquierdo, provoca “agotamiento del ego” (en español sería idóneo el término egotamiento, por su cercanía con agotamiento, aquí vemos cómo trabaja el cerebro en su capacidad de unir palabras y conceptos), que es debido a que dicho proceso es similar a una batería, la cual se agota en cuanto se hace un exceso de su uso, como nos ocurre con los móviles. Por otro lado ocupar el tiempo y el cerebro no es una vía “real” para la felicidad. Es como ir dejando que la casa se ensucie y que se acumulen quehaceres -ropa sin planchar, platos sin lavar, ropa sucia, etc.- no prestando atención al hogar. Llegará un momento que el cerebro no lo pueda ignorar, entrando de nuevo en crisis porque la mente errante, el hemisferio derecho, se percate por el rabillo del ojo -visión periférica-, de cómo se encuentra realmente la casa. La mente ocupada no nos libra a que el cerebro tenga que tener unas metas y unas motivaciones en la vida. Simplemente “escapa” de estos planteamientos, los cuales nos acecharán de una forma aún más apremiante, en cuanto paremos un rato, o descansemos un día. También es similar al mecanismo del cerebro por el cual por medio de la adrenalina no nos demos cuenta de las heridas, ante una caída desde un pequeño precipicio, y anteponga primero una salida de ese lugar y de algún posible peligro inmediato. En cuanto el hemisferio derecho, que es más “influenciable” por la adrenalina, pierda este neurotransmisor, se ocupará del dolor, pues igualmente este lado del cerebro es más sensible y está más vinculado a este. En definitiva, trabajar -por estar ocupado o trabajando- no hace más feliz, la felicidad la da trabajar en aquello que nos motive y que nos supla la autorrealización, al igual que estar con una pareja que en realidad no nos es compatible y realmente no nos gusta, no es amor.

   Bajo los puntos de vista, analizados en los párrafos previos, ahora se puede entender mejor lo que quería decir en el capítulo “¿El Fin de la Postmodernidad y el Nihilismo?“. La dialéctica negativa, los preconcientes, -como retroalimentación negativa del sistema social-, están dominados por el hemisferio derecho del cerebro, donde el dolor psíquico y la rumiación son más pronunciados. Bajo ese aspecto han hecho uso del lado izquierdo más que nada para frenar esa dominancia. Preconciente es aquel humano que ha hecho un uso excesivo, y adelantado en la edad (en la niñez o pre-adolescencia), de las capacidades del lado izquierdo (razón, previsor, sistema ejecutivo), como contramedida al dolor en los que se ciega el hemisferio derecho. Son personalidades “dirigidas hacia adentro” en contraposición a las “dirigidas hacia afuera” en la división de David Riesman. Esa estructura se extrapola en los social, pero de forma invertida, pues ellos hacen de freno a todo aquello que les pueda dañar, a que se pronuncie y se manifiesten todo los excesos del hemisferio izquierdo en lo social, y de esta manera operan como freno desde su predominante lado derecho, pero bajo los principios de usar el lado izquierdo no en sus excesos, sino como lo que ha de ser: regulador de los excesos, manías y obsesiones en los que entra el lado derecho y que puedan llevar al dolor. En ese caso, ese todo ahora como una sola unidad estructural, es el que proyectan en la sociedad. Su premisa es tratar de “controlar” el dolor, y ven a la sociedad como un hemisferio izquierdo descontrolado, en una retroalimentación positiva que ha caído en el efecto bola de nieve, dominado por la dopamina, el placer, cegada en el optimismo y la búsqueda desenfrenada de la felicidad, que cual adicto al juego o a las drogas ha perdido el control.

    Todo esto concuerda con una teoría sobre la depresión, (¡una más!, hay otra curiosa que sugiere que es la respuesta a inflamaciones, para que el individuo se aísle, por si son bacterias que pueda transmitir, y para curar más rápido, posiblemente todas tienen parte de razón); vuelvo, que ha sido una intromisión muy larga. Una teoría sobre la depresión sugiere que bajo ese estado se entra en lo que se llama rumiación analítica. Transcribo lo que dice la Wikipedia y me ahorro redactar:

Esta hipótesis sugiere que la depresión es una adaptación que hace que el individuo afectado concentre su atención y se centre en un problema complejo para analizarlo y resolverlo.
Una manera en que la depresión aumenta el enfoque del individuo en un problema es induciendo a la rumiación. La depresión activa la corteza prefrontal ventrolateral izquierda, lo que aumenta el control de la atención y mantiene la información relacionada con el problema en un “estado activo y accesible” denominado memoria de trabajo. Como resultado, se ha demostrado que las personas deprimidas rumian, reflexionando sobre las razones de sus problemas actuales. Los sentimientos de arrepentimiento asociados con la depresión también hacen que las personas reflexionen y analicen los eventos pasados ​​para determinar por qué sucedieron y cómo podrían haberse prevenido.
Del mismo modo, la tendencia de la rumiación en sí misma, según algunos psicólogos cognitivos, aumenta la probabilidad del inicio de la depresión.
Otra manera en que la depresión aumenta la capacidad de un individuo para concentrarse en un problema es reduciendo la distracción del problema. Por ejemplo, la anhedonia, que a menudo se asocia con la depresión, disminuye el deseo del individuo de participar en actividades que brindan recompensas a corto plazo y, en cambio, le permite concentrarse en objetivos a largo plazo. Además, los “cambios psicomotores”, como la soledad, la disminución del apetito y el insomnio también reducen las distracciones. Por ejemplo, el insomnio permite que el análisis consciente del problema se mantenga evitando que el sueño interrumpa tales procesos. Del mismo modo, la soledad, la falta de actividad física y la falta de apetito eliminan las fuentes de distracción, como las interacciones sociales, la navegación por el entorno y la “actividad oral”, que interrumpen el procesamiento de los estímulos.”
(2)

   Lado izquierdo del cerebro, de la razón, concentración en encajar y clasificar patrones, anhedonia, centrarse en el todo en vez en el aquí y ahora, tendencia al aislamiento, insomnio, encajarlo a crear teorías universales: de hecho se dice que Darwin pasó por este proceso; todo encaja en mis teorías sobre los preconcientes, y como que son la parte cerebral del sistema social, al profundizar en temas que el resto de humanos evaden. El mejor ejemplo de esa teoría soy yo, pues he llegado a ella sin tener carreras y por mí mismo, por deducciones. (Descargar estudio sobre dicha hipótesis en inglés)

   Por último, y como anécdota, el lado derecho del cerebro es más “inocente”, honesto y “sincero”…, menos “tramposo”, si se quiere (exceptuando las propias trampas asentadas en el cerebro como sesgos y patrones enquistados, como autoengaños nucleares del sistema). Según nos hace ver Iain McGilchrist, las madres suelen coger a los bebés y los echan en la cuna para poder ver en ellos el lado izquierdo del rostro, pues es donde mejor se puede ver su “verdadero” estado, si puede tener algún dolor o le sucede algo anormal. Si se sigue esta premisa, igualmente ha de ser en los adultos. Hay ciertos micro-gestos que son más detectables en el lado izquierdo. Tanto por las diferencias de los gestos, como por los rasgos de expresión en los dos lados de la cara, se pueden detectar dobles tendencias o conflictos en las personas (gesto de boca torcida o sonrisa más pronunciada en un lado; hay que tener cuidado con generalizar: ciertos daños en uno de los lados del cerebro dan diferencias en los gestos, ya sea por golpes en la niñez, una encefalitis o haber pasado por un ictus, a veces simplemente se hereda), igualmente se puede apreciar qué lado es el dominante o si “van a la par”, sin conflictos o dobleces. El típico decir y hacer el gesto de cuando el otro nos inquiere, cuando en realidad y en el fondo no lo sentimos o pensamos como lo exteriorizamos, se “lee” mejor en el lado izquierdo, que es el que maneja el lado derecho del cerebro. El que lo “lee” tiene el mismo “problema” de si ese gesto lo ve con el ojo derecho o el izquierdo, pues lo puede interpretar de una manera u otra. Un dato a tener en cuenta, con respecto a esta cuestión, es que aunque cada lado del cerebro se ha especializado en ciertas funciones, toma el “mando” aquel lado del cerebro al que llega la información, ya sea de forma auditiva, táctil o visual, aunque no sea su “especialidad”, ya que es más óptimo esta manera de proceder que pasar la información al otro lado del cerebro. Con esto cierro todos los paréntesis abiertos y voy al tema que ocupa el presente escrito, terminar diciendo que aunque hay un lenguaje ancestral en los gestos, hay otros que son culturales y de una época dada. Y nuevamente en ese juego de engaños y ocultamientos entre los dos sexos, la mujer tiene un mayor control de sus gestos, así como usa un mayor repertorio de estos, sobre todo los propios de una cultura y época, en los cuales entra en juego el tratar de ser más “encantador(a)” o cordial o simplemente más sociable (aparecer más que ser), que por lo general la mujer lo es más que el hombre. En la actualidad, las redes sociales y los medios visuales han incrementado más este rasgo de los gestos de moda, ese juego del aparecer, ocultando los gestos “reales” como demasiado reveladores y casi “primitivos”. Los concursos, los reality shows, en muchos casos, tratan de buscar y premiar a aquellas personas que se “libren” de este puro aparecer, que sean más inocentes y “naturales” (como es el caso de Amaia en “Operación triunfo” de 2018), pero si se analiza bien esa no es la realidad: se premia a aquellas personas que son los suficientemente inocentes como para no saber, ni percatarse, que no hay otra cosa que la máscara, que creen que su máscara es su ser.

   Las feministas, y cualquier otro grupo que haya sido tomado como “inferior” o “dominado” a lo largo de la historia, hablan de la violencia de género o étnica, hablan de la violación ya sea física o de derechos, pero ¿es posible otro estado de cosas? Todo en la vida es “violación”, la diferencia, de unos tipos u otros, está en el grado. “Para Hegel la historia comienza cuando dos seres humanos se trenzan en una batalla hasta la muerte por el reconocimiento. Esto es, que demuestran que están dispuestos a arriesgar sus vidas no por la ganancia material, sino por el reconocimiento intersubjetivo de su dignidad por otra conciencia”, nos recuerda Fukuyama en uno de sus libros sobre el “fin de la historia”. Trato de llegar al alma de la vida. Todo contacto con otra persona es una violación, en tanto que por medio de la retroalimentación, “alteras” (alienas, en otro lenguaje) su “naturaleza”. A lo largo de los escritos hemos visto que los sistemas vivos más complejos se “adaptaron” a un sistema duplicado de retroalimentación. El dolor -retroalimentación negativa- podría haber sido un sistema lo suficientemente válido como para no hacer falta el placer. Un sistema con esta sola directriz ya es vida y ya es suficiente compleja como para adaptarse al medio. Si este tipo de sistema analiza como dolor la falta de alimento, o de luz o de calor, ese huir del dolor ya es suficiente para que tienda al alimento, a la luz o al calor. Pero aquí se coló un segundo estado, un nuevo nivel de complejidad, ¿la ausencia de dolor es en sí placer? al nivel de las moléculas dentro de ese ente vivo puede que no, pero en los sistemas complejos vivos enseguida emergió la proto-conciencia, la propia percepción de sí y el medio como dos entidades diferenciadas, y la percepción de su propio estado actual como conocimiento no tético. De esa forma esa proto-conciencia “percibía” la ausencia de dolor como placer. De ahí a que se crease un doble sistema o complejidad para crear moléculas del placer hay sólo un grado perceptual. Ese primer paso, o desviación en el camino evolutivo, de las moléculas y la retroalimentación hacia otro camino en donde hubiera un “premio” o placer por “alcanzar metas” -retroalimentación positiva-, fue el que creó toda la complejidad de la vida. Pero el proceso o complejidad no acabó ahí. Se creó un premio para la procreación, para la defecación, para el estómago lleno, etc. En el ser humano, y otros animales, se añadió otra capa de abstracción cuando se “creó” (de la cercanía semántica entre creer y crear) la capacidad de la previsión del premio, como un premio en sí mismo. Esto es, la sola idea de la alimentación ya activa el núcleo accumbens (del placer) por una vía distinta en el cerebro, la típica salivación ante la idea de comer. En esa medida la sola idea de poder alcanzar las metas ya da de por sí placer. Darse cuenta, entonces, que la esperanza es ese sistema en plena acción. Uno puede poner todas sus metas como lejanas y vivir con ese difuso placer de lo que está por venir. Sólo así se entiende que la esperanza, como “objeto” dentro de la caja de Pandora, tenga ese doble filo de negativa y positiva. Aquel que se limite a vivir de la esperanza no tratará de alcanzar las metas, le bastará ese difuso placer de lo venidero, condenado a postergar y procrastinar el “debe”, encadenado a un eterno “mañana alcanzaré mis metas”; idea que se ve reflejada en el dicho japonés de “es mejor viajar cargado de esperanzas que llegar al punto de destino”.

   Pero volvamos a la sentencia de que todo es violación. El cerebro humano está ávido de retroalimentación positiva, de que le validen, de ser premiado. Una sonrisa ajena es una retroalimentación positiva, que nos dice que lo que la ha propiciado es “bueno”. Fijarse que esto tiene dos lecturas. La humana es la que todo el mundo ve: somos animales sociales que interactuamos con nuestro medio social a través de medios comunicativos, como lo es la sonrisa. Otra forma de analizarlo es a nivel de precursores de una química cerebral u otra. El dolor o el placer son sistemas de retroalimentación negativos y positivos, en donde de lo que se trata es de crear o no enlaces neuronales. De crear memoria y por lo tanto de crear yo. Yo soy, antes que cualquier otra pretendida entidad fantasmagórica extracerebral, mi pasado, “se vive hacia delante y se comprende hacia atrás”, Kierkegaard. No es legítimo que hable del dolor de muelas si tengo mi boca sana y siempre ha sido así. Toda “verdad” humana lo es porque es o ha sido ante todo una emoción, porque está ligada a un dolor o un placer de cualquier grado. Si es así, todo contacto con el otro que me cree una emoción está tratando de “cambiarme”. De nuevo las dos lecturas: la humana y la de los neurotransmisores. Al vivir aceptamos las reglas de la vida sin cuestionarlas, porque de hacerlo eso sólo hará que ponernos en una posición fuera de la vida, sus reglas y su juego. Ni siquiera es posible esa posición, de un afuera, sin un verdadero esfuerzo. Pero para entender todo mejor vayamos a ejemplos directos.

   Hay un cierto lenguaje común y universal en la vida sobre la belleza. Todos los bebés de los mamíferos y las aves tienen rostros redondeados, con ojos grandes, expresivos y llenos de vida e “inocencia”. La visión de la belleza nos crea placer, retroalimentación positiva, que nos “mueve” a mirarla, buscarla, y a seguirla y perseguirla. Con todo hay una belleza cerrada a cada animal, y dentro de lo humano, dentro de cada cultura. Uno no parece poder escapar de una sonrisa de una persona bella. La emoción nos embarga, nos desarma, nos secuestra, tiende a anular cualquier otra mirada que no sea la emocionada. “La belleza es maravillosa, pero no si se paga al precio de la inmoralidad”, nos dice John N. Gray. Pero he ahí que el lado izquierdo, la razón, puede querer escapar de ese secuestro. Bajo el punto de vista de la razón, como bajo el punto de vista de una futura inteligencia artificial (IA), la belleza es una trampa, como cualquier otro tipo de trampa dentro de la naturaleza. Quien “sucumbe” a los encantos de la belleza es alimentado por una retroalimentación positiva que hace que todas sus defensas, agresividades o precauciones se vengan abajo. O dicho de otra forma: la belleza “programa” (manipula) a tu cerebro para comportarse de cierta forma.

   Sé que me repito, que siempre uso el ejemplo de la belleza: es que es el más claro, pero lo mismo vale para tener labia, magnetismo, simpatía, carisma, encanto y un largo etcétera. En el caso que hemos analizado arriba, el de la inocencia o incluso el de la bondad: ¿acaso no puede ser a la vez -evolutiva y culturalmente hablando- igualmente un “arma”? Recordemos que este libro trata de hallar la diferencia entre lo que es y lo que aparece. Y también recordemos que hemos deducido que la evolución crea subsistemas, como lo son las funciones, las cuales están cargadas de un porqué y un para qué. Los pulmones tienen la función de crear la respiración. Los pulmones están cargados de sentido por su funcionalidad. Las funciones animales son un subsistema de la vida, que por lo demás son tendentes a crear emergencias, nuevos estados que hacen que esa vida “cobre” un nuevo “sentido” o “finalidad”. Otro subsistema son los conceptos, que “nacieron” de la misma masa o entresijo que las funciones. La belleza tiene una funcionalidad -como lo demás de la pequeña lista de arriba-, que a su vez viene dado por la instrumentalización de la procreación, y que a su vez está sustentado por el placer, en los animales más complejos.

   Hago un inciso en mi discurso. ¿Qué es ser y qué aparecer, si todo tiende a la complejidad de tal manera que el aparecer se vuelve ser? Decía E. L. Doctorow que el conflicto define al humano. En realidad la vida, desde que hubo depredador y presa, e incluso diferenciación de las finalidades por el sexo, es conflicto. Cuando el cerebro -como abstracción evolutiva- llega a cierto nivel de complejidad crea el concepto de injusticia. Y sí, en negativo, porque lo que crea tal concepto es la ausencia de justicia, de tal manera que crea un estado cerebral, pues no hay un estado emocional/cerebral para la justicia a nivel animal básico. “Hacer lo que debemos no merece elogio, porque es nuestro deber”, decía San Agustín. La respuesta cerebral para la injusticia es la ira, que es sólo una palabra humana para la respuesta de la amígdala en su activación de la adrenalina y un sistema agresivo. Tal respuesta se puede analizar en una gran cantidad de animales como los delfines, los primates, los elefantes y demás cerebros complejos. Por lo tanto la evolución llega de forma concurrente a un mismo concepto por distintas vías, no siendo un valor intrínseco de cada una de las especies(3). Esto es, en el humano la evolución ha llegado a ciertos conceptos o emergencias concurrentes, sin que este tenga que haber tenido un papel “protagonista” en llegar a donde ha llegado; siendo la única especie en donde se ha dado cierta cantidad de dichas emergencias o concurrencias… por puro azar. ¿Es la ira el ser de la sensación de injusticia?, su estado más “puro”, el ser implícito en dicho concepto, frente a cualquier otro aparecer. Recordemos que el humano ha puesto palabras a los conceptos ya existentes, que por lo demás no tienen por qué haber “dado en el clavo”. La ira está relegada al concepto de conflicto, puesto que proviene de un sistema más antiguo como es el de “ataque o huida”. Pero el concepto de injusticia emerge en los animales sociales “inteligentes”. Puesto que el individuo está relegado a una posición en lo social, y toda posición se “mueve” en el tiempo, dentro de este sistema emergió el concepto de los status y por lo tanto de los rangos, y de todo esto el juego político. Político en su sentido más llano, expresado en la onceaba acepción del diccionario de la Real Academia: “Arte o traza (plan) con que se conduce un asunto o se emplean los medios para alcanzar un fin determinado.” La injusticia, así, en lo evolutivo/social, emerge en realidad de la capacidad de captar no como injusto las diferencias entre dos status distintos, como el que se da entre el alfa y los no alfa, sino como la capacidad de captar que lo que es para otro de tu mismo estatus ha de ser igual para ti. El humano aunque en sus leyes, las de los últimos siglos, trate de igualar todos los raseros, en sus leyes y disposiciones, en realidad nunca ha escapado de ese estado donde nos “medimos” tan solo con nuestros “iguales” en el estatus. Siendo así casi nadie ve (debería de ver) como injusto las diferencias sociales, pues en definitiva si lo que prima es el actual sistema de recompensa según tus disposiciones, que emerge del paradigma del neoliberalismo y bajo el lema del “sueño americano”, entonces toda diferencia social es “justa” bajo este prisma. Si yo estudio para obtener una carrera y finalmente tener un sueldo con respecto a ese saber y carrera, entonces asumo que tengo que cobrar más que los que no tienen y han pasado por todas estas disposiciones, esfuerzos y gastos. Si asumo que es así he de asumir que si no “llego” a ese estado es porque estoy en otro nivel y por lo tanto asumo que los que sí lo consiguieron cobren más que yo. Lo mismo vale para cualquier otra desventaja evolutiva, aunque en otro plano: más inteligencia, más belleza, más fuerza, más “voluntariedad”, etc. Bajo esta regla no hemos “avanzado” con respecto al resto de animales. No nos hemos librado del conflicto, de la dualidad ventaja/desventaja, de los distintos niveles de estatus, y por lo tanto nunca podremos llegar a un estado de justicia o de librarnos de la sensación de injusticia, con su consiguiente carga de agresividad. Otro discurso paralelo, el que clama el vitalismo, sería decir que aceptar la vida es aceptar el conflicto, igualmente propio de ciertas religiones orientales -frente a su opuesta occidental la judeo-cristiana-musulmana-, que aceptan la dualidad y por lo tanto el “mal” como parte de la vida.

   ¡Bien!, he desnudado la realidad y la he vuelto a vestir. ¿Qué es ser y que aparecer en todo este juego?, ¿aceptar la multiplicidad de los lenguajes?, ¿su simplificación hacia el bien y la igualdad? Si el humano de los últimos siglos, si el lenguaje de la “razón”, es el tratar de hacernos ver que todos somos iguales, ese hecho no se ha consumado, pero a lo que sí ha llevado tal afirmación, su consecuencia, es el arribar a una nueva lógica en la que cualquier persona tenga la capacidad de sentir injusticia en cualquier nivel, porque ya no quiere entender ese otro lenguaje que era el del conflicto, el juego de la ventaja/desventaja y el del concepto soterrado de los estatus. Fijarse que es el león alfa (o el chimpancé y cualquier otra especie animal con este juego de roles) el que tiene la potestad de generar violencia contra el resto y matar a los que no se les sometían. La violencia de género en el humano rompe este paradigma o disposición natural, pues hacia la nueva disposición humana hacia la que tendimos era a que todo macho era potencialmente el rey de su propio hogar (“mi casa, mi castillo”). En todo este “otro” lenguaje de la falsa igualdad o justicia versus injusticia, nace un nuevo tipo de héroe, pues aquel otro que luchó contra bestias y seres mitológicos ya no se sostiene, y tan sólo ha quedado para hacer grandes producciones hollywoodienses. El nuevo héroe, aquel que desoye todo y trata de superar su condición, en teoría “inferior”, para llegar a lo más alto. Este tipo de héroe es el representado en películas como “Armas de mujer”, “Erin Brockovich”, “En busca de la felicidad”, “Billy Elliot”… o la arquetípica serie de “Rocky”. Fijarse que en muchos casos su título hace referencia al nombre del “héroe”, pues una condición de este nuevo tipo de héroe es el resaltar la lucha individual, que se quiera o no de nuevo nos remite a algo tan viejo y propio de la cultura occidental como la voluntad, base del cristianismo a partir de santo Tomas de Aquino. ¿Y no será que quizás sea que este nuevo concepto del héroe sea el que mantiene el estatus quo? Dice Paul Tabori en su libro “Historia de la estupidez humana”, que “¿Y qué decir de la estupidez de la idolización del héroe? Es el fundamento de todos los gobiernos totalitarios.”(4) Ningún “engaño” más ladino que el pensar que cualquiera puede llegar a lo más alto. Y ninguno más malvado. En un podio hay espacio para los tres medallistas, el resto se queda fuera/bajo el podio. Ganar implica que hay perdedores, asumir que la desigualdad, que la injusticia, que el conflicto, es una regla de la vida. De nuevo la misma máxima: si asumo que puedo ser ganador, he de asumir que puedo llegar a ser un perdedor. “Si no puede haber fracaso, tampoco el éxito vale nada” o  “en una sociedad meritocrática, el reverso del ascenso social es el descenso social”, nos dice Bude Heinz. Pan, bajo esta regla, la que “esconde” el concepto del sueño americano, asume el mundo y la vida sin, en muchos casos, tratar de cambiar nada y ni siquiera sentirse alterado de que las cosas sean así. Pan se conforma con abrigar la idea de que algún día puede que llegue a ser algo, siempre con la consigna de las reglas de la esperanza: de mantenerse en ella, sin nunca alcanzar aquella meta que ha de llevar implícita. El leer o visionar los relatos de los nuevos héroes ya les parece llenar. Bajo estos parámetros queda suplida la aparente contradicción del presente párrafo: ahora todos vemos desigualdad por todos los lados, pero bajo la idea del nuevo héroe y el pensar que es un destino al que cualquiera puede llegar, acallamos nuestra sed de injusticia bajo la macabra sombra que proyecta esa esperanza, y el visionar y leer historias sobre dicho tipo de héroes. Fijarse que el esquema del antiguo héroe y del presente es el mismo. El antiguo héroe luchaba contra -en teoría o primera vista- lo imposible de vencer: ya fueran fuerzas del averno, contra los dioses o sus disposiciones, o monstruos o grandes fieras. El actual héroe lucha contra el sistema, contra la burocracia, contra los poderes fácticos… Lo que subyace en el fondo es el miedo al caos, a la nada. A no tener el control de la vida, y de las cosas. Todo monstruo, dios o “enemigo” natural -y actualmente el sistema, la burocracia y los poderes fácticos-, en tanto que son fuerzas no aprehensibles por la razón -léase nuestro cerebro limitado-, nos superan, nos constriñen a que somos simples marionetas del azar y el caos. Si en la prehistoria hicimos dioses a todo acto brutal de la naturaleza fue porque eso nos daba la esperanza de poner a esos dioses a nuestro favor, ya fuese rezándolos o tratando de ganárnoslos; engañándolos en sus propios juegos, como bien demuestra la mitología griega. Esos dioses “funcionaban” como un mejor concepto, que el actual saber de la ciencia en donde todo es fortuito, con la fatídica conclusión de que “si te toca te tocó”.(5) Las actuales ideas conspiranoides simplificadoras (contra-científicas) suplen esa idealización de que todo se puede comprender, pues en definitiva si se comprende se puede llegar a cambiar (leer sobre el concepto de “locus de control” y la “ilusión del control“).

   Los conceptos expuestos, conflicto/injusticia, encajan con el de libertad en Sartre. Para este pensador la libertad es en tanto que conflicto. En tanto que mi libertad sólo puede darse mientras no haya un otro que la trastoque, que la altere, que la aliene. Dos libertades solo pueden ser en tanto que mediadas por el conflicto. Puedo tener una canción favorita, pero si me la pone alguien que no me cae bien, o con quien en ese momento me siento mal, porque hayamos discutido o me haya defraudado o engañado, entonces se vuelve una canción detestable; “el infierno son los otros”, sentencia Sartre. Las malas sensaciones que nos generan los otros, lo son en tanto que alienan mi espacio, mi libertad, alterando toda emoción a otra en donde la sola presencia del otro es un grillete de toda sensación que, de otra forma, tendría que ser buena. En cuanto entra el jefe por la puerta, se crean unos barrotes invisibles a mis posibilidades de hacer, decir o sentir. Quizás como mejor se revela lo que quiero decir aquí, es el hecho de tener mascotas. ¿Por qué no podemos acoger en nuestra casa a un sin-techo como si fuera una mascota?, y que no sea reducida dicha experiencia a poder ser tomada como equiparable a tomar un esclavo. Una mascota no nos cuestiona, no pone en entredicho nuestras elecciones, somos su macho alfa. El sin-techo es una libertad frente a la nuestra, que ha de ser tomada dentro de los valores sociales. Como no se ajusta a los valores sociales, pues ha salido de ellos, cuestiona subrepticiamente nuestra forma de vida, a la vez que nosotros cuestionamos la suya. Está ante mi en tanto que conflicto, en tanto libertad (forma de hacer y entender la vida) que no es como mi libertad. Seguro que los amantes de mascotas cuestionan todo lo dicho aquí, ya tengo otros posibles enemigos, -hay que analizar su abstracción-, esas libertades frente a frente. Al final no vamos a aceptar que el sin-techo no trabaje, que lo mantengamos, nos parecerá un vago y una sanguijuela; pero sí hacemos eso mismo por una mascota, ¿por qué no aceptar a poner al sin-techo en el mismo plano? De fondo es porque está ese conflicto de lo humano que es una libertad frente a otra. Exigimos de las otras libertades que estén en nuestro mismo nivel de negociación, de qué es la libertad en tanto que conflicto con lo social como negadora de libertad. Que las dos libertades confrontadas estén lo más niveladas y ajustadas en todos los rangos posibles. O dicho más llanamente: si yo trabajo y sufro, tú trabajas y sufres; así nuestras libertades están bajo el mismo rasero, pues de lo contrario tu libertad está por encima de la mía. Condenados a supeditar a no ser supeditados. Los únicos a los que aceptamos en ese rango son a los hijos y a padres ya demasiado mayores. Antes del feminismo, a la mujer. Yo nunca sentí que mi madre estuviera o se sintiera oprimida, era feliz haciendo su labor de madre. Son bastante obtusas ciertas reivindicaciones del feminismo. Si yo fuera una mujer de la época de mi madre, podría querer realizarme en una meta que me motivase, pero ¿por trabajar? En casa se labora, haces las cosas a tu ritmo, a tu gusto, está por encima de todo tu libertad. Pero trabajar consiste en someterte a un jefe y un horario, en donde tu libertad es lo último. Lo dicho, mi madre era feliz, a ella era a la que iba el dinero y era ella la que lo administraba. Yo sería “amo de casa” si por ello no tuviese que trabajar. En un mundo perfecto se empezaría a dar la renta básica universal al padre que se quede en casa para cuidar a sus hijos. Pero hay que buscar el sustrato biológico y dentro de la teoría de sistemas. Recordemos que lo principal es la homeostasis, la tendencia al estado equilibrado del sistema. Un animal, la vida, no suele tender al exceso del placer, de lo excelso. De cualquier forma la vida/evolución ha buscado los mecanismos para que esto no sea así. Los excesos también son “castigados” con dolor: comer o beber demasiado provoca dolor estomacal, el ejercicio ligero está premiado, pero no el exceso, donde se da el dolor y la fatiga, etc. Una tendencia constante en donde se da la injusticia provoca estrés, ansiedad y depresión. Se da el conflicto/injusticia en cuanto el otro quiere un recurso que quiero yo, o en la medida que el otro va a “usarme” como medio para un fin solo suyo. La belleza por tanto tiene unas premisas en donde tiene unas ventajas por las cuales “usa” mi tendencia evolutivo/cerebral de contemplarla/placer, por las cuales el individuo que las posee puede usarlas para sus propios fines, siendo yo solamente su medio. Se dice que nada en la naturaleza es gratis, que todo tiene un coste. La flor no crea el néctar para nada, ni los árboles sus frutos. Se supone que todo animal social crea un estado (equilibrio) por el cual el dolor individual no ha de ser mayor que los beneficios que le reporten ese estado social. Fuera de eso entra en juego un constante proceso cerebral en donde sólo se da la retroalimentación negativa, la evitación del dolor y del miedo, en donde el cerebro cae en un constante estado no de crecimiento en sus conexiones neuronales, sino de una constante pérdida de dichas conexiones… una disminución del ser, del yo, de sus capacidades cerebrales, de sus capacidades para vivir homeostáticamente y en ese proceso sobrevivir.

   Pero no es el fin de este escrito decir algo que ya he dicho una y mil veces, de unas formas u otras. En mis escritos hay varias líneas argumentativas, unas que defienden y denuncian las desigualdades en lo social y sus porqués, y otra línea que es la nihilista y rebelde. En el anterior capítulo ya he mostrado la línea social, en este toca el lado rebelde y nihilista.

   Comprendo la naturaleza y el beneficio de la tendencia a lo social, sobre todo frente la depredación. Pero ¿el humano ha mantenido aquel equilibrio que debería de haber entre sacrificio/placer ante los social o lo ha roto tanto que ya no puede llegar a ningún equilibrio posible? (leer sobre “la teoría de distintividad óptima“). La injusticia y la crueldad es la máxima humana, no ya tan sólo el conflicto…, o quizás sea que simplemente donde hay conflicto nunca podrá haber una justicia universal, sino una eterna lucha. Por el principio de la superveniencia hemos heredado el conflicto de la propia vida, mientras que en ciertas especies ha emergido el concepto de “amor”, que no es más que la extensión -mal interpretada- de la ligazón que la evolución se ha visto “obligada” a crear entre la madre y su cría. Cualquier otro “amor”: en la pareja, de amistad, e incluso entre hermanos, son tan sólo versiones pervertidas y falseadas de ese “plan maestro” de la evolución. El humano cree haber llegado a otro estadio, en donde ese amor (materno, cristianismo, compasión, caridad) se pretende universal, pero las pruebas nos dicen que es una falsedad. Hacemos el gesto de ser humanos -(a)parecer-, “retenemos” lo animal con miles de millones de leyes, acuerdos, contratos tácitos…, pero una y otra vez surge el conflicto, las luchas, las reglas de la propia vida, de nuestra condición animal. Pero si lo malo fuera lo “animal” sería un daño “mínimo” e incluso con cierto halo de ser justo, pues su fin es el mantenimiento de las leyes naturales. Por el contrario, el humano ha creado lo identitario -para rellenar el vacío de su ser, como he tratado de mostrar en el escrito anterior-, y lo llevamos arrastrando durante toda nuestra historia y donde solo hemos creado un legado de horrores, calamidades y miserias. “!El miedo al vacío, que se activa desde la nada, forma parte de la ambivalencia existencial del carácter guiado desde fuera, el cual se orienta en función de las expectativas que tienen los demás y al mismo tiempo teme las pretensiones de los otros”, nos dice Bude Heinz. Decía el narrador del documental ‘El cerebro de Caín’ que: “hay muchas especies animales agresivas, pero la violencia salvaje es atributo exclusivo del ser humano”.  Ante este estado de cosas ¿una individualidad puede sentir algún tipo de orgullo por ser humano?, ¿qué camino queda?, ¿alguna elección posible?

   Lo humano es la razón, el hemisferio izquierdo previsor y ejecutor: el máximo de la pretensión de la vida para generar orden; en un mundo en realidad emocional… en un mundo por lo tanto caótico. La bien hilada trama de la película “Interstellar”, hasta su caída en lo incongruente, nos plantea unos diálogos muy inteligentes que introducen el grado de valor de las interacciones humanas tal como estarían programadas en un ordenador o una inteligencia artificial. El protagonista pregunta a la IA que a qué nivel de humor o sinceridad está programado y los baja o los sube. Entre los dos protagonistas extienden, en su trato y sus diálogos, este mismo paradigma. Somos humanos en la medida que la razón cree -y quiere- tener el control sobre esos niveles: con tal amigo o familiar soy yo al 100% y con tales otros me reservo y bajo mi confianza al 5%, o procesos similares para cualquier acto, emoción o intelección. Pero la realidad es otra. Tampoco es algo tan sencillo como que a veces se nos “escape” el animal y otra permanezca el humano, como nos lo hace ver Herman Hesse en el tractac de “el lobo estepario“. 1, Cada humano viene “programado de serie” con ciertos parámetros, y 2, la sociedad donde se desarrolla, primero, y 3, la situación en la que se vea envuelto en cada momento, segundo, cambiarán esos parámetros para “ajustarlos” al medio. Recordemos que somos esos seres que no tenemos naturaleza, que somos flexibles, que somos sobre todo neuroplasticidad, pero las premisas de nuestra “programación” tienen por fuerza ese devenir en donde hay una gradación de esos tres estados. “Con la debida inspiración, cualquiera puede asumir una identidad porque el cerebro es hábil, puede reordenarse en un instante. Puede que lleve estampada una personalidad, pero deja que las neuronas empiecen a dispararse y ya verás”, nos dice E. L. Doctorow, y “la conducta humana es contextual, dependiendo de las circunstancias nos vemos motivados (obligados) a hacer casi cualquier cosa”, nos recuerdan en la serie “Instinct”, o esa es la “verdad” tácita dentro de la psicología del interaccionismo simbólico: “es un marco de referencia para comprender mejor cómo las personas interactúan entre sí para crear mundos simbólicos y, a cambio, cómo estos mundos moldean los comportamientos individuales” (Fuente Wikipedia). Se sabe que cualquiera puede “matar” de forma accidental (proceso 3), pero la programación hace que sólo unos pocos lo hagan de forma predeterminada (programado, proceso 1). Las guerras y conflictos similares, nos demuestran que matamos por ideologías, religiones, por nuestra patria, etc. (proceso 2). Siendo así, cuando se habla de naturaleza, ¿a qué nos estamos refiriendo?, y a qué cuando hablamos de humanos. ¿En qué parte de esa gradación se “pervierte” lo pretendido como humano? La cosa se complica aún más. Se dice que es de sabios cambiar, ser flexibles, adaptarse, pero se dice que uno mismo es auténtico, con su ser que no tiene dobleces y máscaras, que es como se muestra. En realidad nos engañamos al crear y creer en tales lenguajes. De otro lado sale la cuestión de la libertad, nos decimos libres y que tal concepto no puede estar empañado por una naturaleza fija (1), una identidad (2), ni nos marca una situación (3), pero si algo se aprende a lo largo de la vida (y de la lectura de la historia) es que poco o nada hay de esa pretendida libertad. Somos puro azar y pura adaptación a nuestro medio (Inglaterra y España, como ejemplo, estaban en una eterna guerra, hasta que Napoleón les dio un enemigo común por el que unir sus fuerzas y ayudarse), pues vivir consiste en “bañarse” de las reglas implícitas de la vida, sin parecer poder escapar de sus facticidades y de las situaciones.

   ¿Y cómo es la vida?, de nuevo asentar que la base es el conflicto, pero teniendo en cuenta, además, que el ser humano es el ser más cambiante y variable de todos los animales. Primero porque somos neuroplasticidad, y segundo porque cada vez creamos una sociedad más compleja y exponencial en donde esa neuroplasticidad crea miles de millones de potencialidades, de subjetividades, de individualidades. A mayor variación mayor nivel de conflicto. Los animales eusociales son todos clones (en la saga “Star war” se crean clones para crear un ejército disciplinado, cualquier ejército trata de hacer lo mismo pero por ingeniería social y psicológica). O sea, que para crear una sociedad compleja han reducido una de las variables, que es el de las individualidades. Funciona, por dicha reducción. El humano pretende (en realidad no, sino que se ha visto abocado a ello) a crear una sociedad hipercompleja, en un mundo cada vez más individualizado. Aquí sale otro de los pretendidos paradigmas humanos: la tolerancia. Otra máscara falsa cuya goma es tan débil y flexible que se cae a cada momento. En esto nos situamos entonces en este medio que es el humano y decimos (pretendemos reducir) que es social aquel que se adapta a este medio y es neurótico -o cualquier otro trastorno de la personalidad como el esquizoide o de evitación-, aquel que no se adapte a este medio. Cinismo_IlustradoPara complicar más las cosas -y contradecir lo anterior- creamos lenguajes para llamar “ovejas” a todo aquel que se adapte a este caos sin rechistar ni pensar, que se hacen latentes en frases como: “cuando encuentres que estás del lado de la mayoría, es hora de hacer una pausa y reflexionar” de Mark Twain o “hay quienes pierden la mente por completo para ser alma: locos. Hay quienes pierden el alma por completo para ser mente: intelectuales. Hay quienes pierden ambos para ser: aceptados” de Bukowski. ¿Se supone, entonces, que lo humano sea un juego de malabares de todas esas contradicciones, en donde ha de ser cada uno el que encuentre ese equilibrio, el cual no está escrito y reducido en ningún lugar? Las religiones hace ya tiempo que perdieron el hilo de la historia, como para tratar de guiar nada. Los metarrelatos, ya sea en libros, películas o series, son todo sugerencias, no hay ninguna “directriz maestra”. Ahora como nada vale, vale todo. Cualquier adaptación que no incumpla las leyes, y no pueda ser etiquetado de trastorno (a veces sí, que las modas son muy “antojicas”), o de caer en lo “ovejuno” es válido.

   ¿No nos damos cuenta que es ese alto grado de variabilidad el que crea la potencialidad para el conflicto? Steven Pinker nos sale ahora, en una conferencia de TED, diciéndonos que el progreso existe, que cada vez hay menos guerras, menos muertes violentas, menor nivel de hambrunas, de pobreza, menos enfermedades, etc., -ignorando a propósito, claro, la primera mitad del siglo XX, pues sino no le saldrían las cuentas-,(6) entonces ¿por qué reina una idea general de que todo está fatal? Porqué parece que todo el mundo está sumido en una crisis de personalidad, de identidad o existencial. Son los valores: la caída de las grandes instituciones (familia, arte, cultura, nación…), la caída en definitiva de la falta de la legitimidad de los metarrelatos (Dios, amor, bondad, amistad, lealtad, fe, esperanza). A lo largo de los escritos llegué al concepto de las qualias, aquella apreciación, intelección y emocionalidad de cada detalle del mundo que hace cada cerebro y que nos hace únicos. Cada humano es una “verdad” en sí misma, que por lo demás es incomunicable e intransferible. Nada más imposible que dos humanos se comuniquen, que conecten. Puede que ocurra de forma esporádica en un “aquí y ahora” (y de ahí la nueva veneración a este concepto), por un juego químico donde las condiciones lo hacen propicio. Pero al igual que hay elementos en la tabla periódica que no existen por ser tan inestables, esa reacción metaestable entre dos seres humanos pronto se acaba, se vuelve a desintegrar en dos unidades. Lo que se deduce de la historia es que cuanto más nos acerquemos al momento actual menos duran las ideologías, las religiones, y los paradigmas. Es como si la historia fuera un tornado y el humano hubiera ido desde los bordes o límites de ese tornado a su ojo o centro. Cada vez su movimiento es mayor, más violento, más desintegrador, haciendo que todo aquello que mantenía unido a todas las unidades, que son los humanos, se dividiesen hasta llegar a sus mínimos, aquello que ya no se puede dividir, el individuo, pues en definitiva eso quiere decir tal concepto: lo indivisible. Es por este panorama, ante este devenir al que nos hemos visto sumidos, en donde la tolerancia se ha vuelto el concepto clave que aún trata de “pegar” aquello que es en sí mismo “antiadherente”.

   Me toca tratar de hacer ver que aunque en lo social parece haber progreso, porque no es así en lo individual. ¿Tengo que tratar de explicar porque vivir es tan complicado?, ¿no tiene cada cual esa respuesta?  Hay que unir dos principios planteados en mis escritos. El primero ya lo he dejado ver en los párrafos precedentes: la individualidad, la unicidad, el humano como qualia. El segundo está descrito en el artículo precedente: es por la falta de identidad. Somos ser en vacío, con una estructura básica mínima, que se ha de construir una identidad mientras vive. Somos un eterno conflicto de 1. hacer que el resto del mundo encaje con nuestra unicidad, mientras a la vez 2. tratamos de encajar en conceptos ya preexistentes. “Lo que yo pienso que tú piensas de mí repercute de vuelta sobre lo que yo pienso sobre mí mismo, y lo que yo pienso sobre mí mismo influye a su vez sobre el modo como actúo en presencia tuya. Esto influye por su parte sobre el modo como tú te percibes a ti mismo, e influye sobre el modo como tú actúas en presencia mía, etc.” nos dice Ronald D. Laing. Curiosamente en épocas de fuerza y bonanza individual tendemos a la primera postura, mientras que en épocas de “vacas flacas” y crisis personales tratamos de encajar en identidades sociales (segunda postura). Si se está con un yo muy fuerte, a la vez puedes querer tratar de ganar “adeptos” o seguidores a tus causas, a tus identidades, mientras que si estás con un yo debilitado puedes desligarte de una identidad (ideología, religión…) para unirte a otra. En ese estado de cosas, cuando uno se encuentra con otra persona, tiene que tratar de evaluar su estado actual y readaptase según esa posición “leída”, a la vez que “lee” la situación actual del otro. De unas formas y otras cada encuentro está mediado por el conflicto. Se supone que no lo has de leer como de conflicto, ¡eso es demasiado pesimista y cínico!, pero en el fondo es así. Cada encuentro con otra persona es una violación, una convulsión de los espacios individuales, una alteración que cual leyes electromagnéticas, alteran el espacio físico y los cuerpos cercanos. Puede parecer una idea demasiado “salvaje”, pero si no fuese así, cómo encajar la degradación del trato interpersonal entre lo fácil que es hacer amigos siendo niños y lo complicado y precavido que se vuelve en la madurez. El adulto tiene una mirada más fidedigna de la realidad que el niño…, todos envidiamos y glorificamos esos primeros años, y por extensión la niñez, porque deseamos e idealizamos esa inocencia que ya nunca podremos recuperar. En muchos casos, todo el esfuerzo de los adultos educadores -en las sociedades occidentales, no así en las tribales-, se encamina a tratar de hacer que el niño mantenga esa inocencia el mayor tiempo posible.

   Por último hay que comprender que, como ya lo he dicho muchas veces, la vida es una trampa que funciona a la perfección. Como tenemos ese “toque” de neuroplasticidad nos adaptamos a las situaciones de forma tan precisa y concisa que al final nos vemos atrapados en ellas. La sociología del interaccionismo simbólico nos dice que al asumir un papel, terminamos por hacer ese papel, como nos hace ver Bude Heinz en su libro “la sociedad del miedo”. O dicho de otra forma, una vez que una situación y las personas implicadas en ella, nos “sitúa” (posiciona, coloca) en el papel de líder -o de malos, o de justicieros, o cualquier otro papel- ya no podemos dejar de ser líderes (obra de teatro “el diablo y Dios” de Sartre ). Es aquello de “¡porqué me toca hacer de malo a mí!”, que usan una y otra vez los guionistas para reflejar el papel y los conflictos de los padres en las series o películas (¡atención al sexismo de “ya verás cuando se lo diga a tu padre”, de otras épocas!). Sartre se especializó en este concepto de la vida como trampa (situacionada, fáctica); en su obra teatral “a puerta cerrada” nos hace ver ese laberinto cerrado en que se vuelven algunas relaciones, en donde dos personas están condenadas a tratar de convencerse de la validez de sus actos con respecto a la imagen que tienen de sí (narrabilidad), dado que somos nada, y en donde ni uno mismo puede parecer estar seguro de sus acciones, de sus porqués y sus intrincadas marañas. Al igual que necesitamos del otro para crear una identidad y esta es aquello-que-todo-lo-otro-no-es, necesitamos ver (sentir) el perdón en los ojos, las palabras y los actos de los otros para poderlos interiorizar o que nos (lo) definan, pues parece ser que donde no hay una identidad no puede haber un aceptar los propios actos, aceptarse y por ello asumirse. La vida es allí donde mi ser se aparece como valiente o como cobarde, y siempre bajo la mirada (y los valores) del otro y de una sociedad dada. Pero ¿qué valores si todos carecemos de ser y por ello en teoría de valores? Si carecemos de identidad -o está es mínima y se nos escapa-, entonces ¿carecemos igualmente de valores? Recordemos la genealogía: genes, cultura, situación. Sí hay unos valores propios, pero a veces los “sacrificamos” -o los perdemos de vista- en aras de la identidad de nuestra cultura o ideología, o de la situación. En fin, está de más que trate de explicar lo evidente, decía Rousseau que todos los hombres nacen libres, pero en todas partes se hallan encadenados. Todo el teatro de Sartre es el reflejo de ese conflicto latente y el verse situacionado, por mucho que uno se trate de mantener al margen. En cada momento llega a mí una película y un libro que al final es lo que mejor lo explica, que no es otra cosa que la “pegajosidad neural”, que en su base es memoria dependiente del contexto, o el sesgo de confirmación o de la validación, que está ávida de capturar (atrapar) respuestas a las “preguntas abiertas” en el cerebro. La película sueca “The square” nos introduce en una atmósfera de constante malestar, de casi dos horas y media de duración. Nos muestra una razón sitiada, la del protagonista, el cual por más que trata de hacer las cosas bien no crea más que caos y problemas a su alrededor; en donde cada situación es un agónico suceso en los cuales una o una multitud de personas se ven de repente “violadas” por lo conflictivo y la dureza de cada situación. A destacar la escena en donde se pone en jaque a nuestros miedos atávicos, a lo salvaje y sus instintos, durante la performance de un actor haciendo de homínido primitivo, que se sale de sus límites. Otra película que nos muestra esta telaraña que es la vida, ahora en la pareja, es “Revolutionary Road” (ejemplo), donde además vemos otro de los conflictos entre los sexos, pues uno y otro sexo pueden hacer uso del embarazo para forzar que el otro se mantenga a su lado. Quizás el film que mejor retrata el verse situacionado, al estilo de teatro sartriano, es “al límite de la verdad“, donde por un malentendido típico de las ciudades y las prisas, lleva a sus dos personajes a un ataque mutuo sin freno que se sale completamente de lo racional. Y por último, a destacar la película “La mano invisible“, la cual nos muestra este aspecto de la maraña en la que se vuelve la vida, en este caso en el mundo laboral. La vida nos coacciona, nos aliena en “papeles” que no parecen tener que ver con nosotros mismos. “Creo que la mayoría de los hombres dedican sus vidas a la dominación no porque realmente lo encuentren agradable, sino porque no pueden evitarlo”, llegó a afirmar William Moulton Marston, y “soy carnal cuando veo mujeres bellas” nos dicen en la película “Knight of Cups” (¡atención en caer en sexismos, puede haberlo dicho una homosexual!). Bajo esta perspectiva de la vida, el macho humano se ve “sometido” a hacer un papel que quizás nunca quiso, ni previó, del que ni siquiera tenía esa potencialidad (genes violentos, sexualidad exacerbada). “Cualquier acto que cualquier ser humano haya hecho alguna vez, por horrible que sea, es posible llevarlo a cabo por cualquiera de nosotros bajo las presiones situacionales correctas o incorrectas … Ese conocimiento no excusa el mal, sino que lo democratiza, comparte su culpa entre los participantes ordinarios, en lugar de demonizarlo”, Zimbardo. “Todo es justo cuando el amor es la guerra”, dijo Mitchell Heisman, en una revisión del dicho “en la guerra y en el amor todo vale”. Los “juegos” de macho-hembra, aquellos alentados por unas “pequeñas” diferencias cerebrales, en las funciones y actos y en el cuerpo, nos hacen víctimas a todos, a partir de que la sociedad, la cultura y las identidades remarcan más las diferencias.

   Hago un pequeño inciso aquí para desarrollar uno de los temas del libro que han quedado en el aire y que no está muy desarrollado. El alma, la mente, lo es en tanto que metaforizante, que igualmente podría haber dicho tropo. El cerebro necesita “simplificar” el mundo, reducirlo a mínimos. Si cada aspecto del mundo se tratara de forma individual todo serían datos inconexos. Como ejemplo, puede haber sobre unos dieciséis millones de tonos de color. No podemos tener un nombre para cada tono; al igual que unas neuronas que los procesen. Decimos rojo claro u oscuro, como metáfora de claro, iluminado, luz, día y oscuro, oscuridad, noche. En otros casos les ponemos nombres por la similitud con algo de la naturaleza: color salmón, a-naranja-do, color fresa, etc. Un psicólogo puede analizar el cómo el cerebro de un paciente ha enlazado conceptos a través del juego asociativo de palabras, y de esta forma llegar a traumas o daños reprimidos. En unos casos u otros hay que ver la utilidad de este tipo de procesos. El cerebro ha de crear esas conexiones al modo de los mapas conceptuales y/o semánticos (ejemplo). De otra forma, nombramos (reducimos) a las personas por ciertas características: el gordo, el bajito, el gafotas, etc.  En ese aspecto el cerebro crea retratos del mundo, al modo de las caricaturas, forzando los rasgos claves, unas veces empequeñeciéndolos y otras agrandándolos. En el teatro y el cine existe el drama, la comedia, la tragicomedia, de amor, el terror, la ciencia ficción, que son caricaturizaciones de la realidad. La vida nunca es tan dramática, ni cómica…, todas se perfilan como exageradas, en donde además minimizan la posición contraria, la comedia tiene que minimizar el drama, al igual que lo hace un dibujante de caricaturas al exagerar hacia lo grande y pequeño sus retratos. La suma total de la realidad, en el cerebro, en el relato, es una metáfora “forzada” de ciertos rasgos del mundo, de una etnia o cultura o de una persona. Este aspecto del mundo lo hace el hemisferio derecho, pues trata de buscar totalidades, reducciones de todo dato nuevo acoplándolo a los datos ya existentes en el cerebro. Es a este hemisferio al que se le puede llamar el “ojo del alma“, concepto de uso y tradición en filosofía. Bajo ese aspecto y por el contrario, el hemisferio izquierdo (razón), solo “ve” el mundo como puros datos inconexos, siendo así la información ha de estar “viajando” de un hemisferio al otro para terminar de integrarla en un todo: “algunas investigaciones muy sutiles de David McNeill, entre otros, confirman que el pensamiento se origina en el hemisferio derecho, se procesa para la expresión en el habla del hemisferio izquierdo y el significado se integra nuevamente en el derecho (que solo entiende el significado general de una expresión compleja, teniendo todo en cuenta)” nos dice Iain McGilchrist. Cualquier daño en la integración de los dos lados, o del lado derecho, o una predominancia del izquierdo, puede hacer que veamos en mundo en sus partes, no comprendiendo el mensaje (metáfora) del mundo. Se puede decir, así, que el hemisferio derecho es aquel que ve las formas de los objetos (bajo el concepto de la tradición filosófica), mientras que el izquierdo ve el contenido. El mundo humano, en tanto que conceptual, en donde reinan los paradigmas como estructura o forma, para analizar el todo, es de predominancia en tanto que hemisferio derecho (ver gráfica de “contenido y forma” de abajo). Vemos lo individual desde las totalidades, desde las estructuras conceptuales y holísticas que maneja el lado derecho. Los autistas de esta forma, no comprenden el doble sentido de las palabras y las acciones porque su hemisferio izquierdo no “recurre” al derecho para integrarles la metáfora, su totalidad. Los preconcientes a tenor de trabajar mucho con el lado izquierdo, no suelen ver la integridad de sus rostros, y se suelen ver “feos” en la medida que se detienen en los detalles y fracciones del rostro, analizando que la nariz es demasiado grande, el tipo de arco extraño que hacen las cejas y cosas similares. La sociedad al completo, como cultura, hace ese mismo papel estructurante a lo largo de la historia o en una época dada, pues en definitiva esa visión general se construye a partir de las propiedades de cada uno de los cerebros y su sumas a través de los memes, las modas, las ideologías y los paradigmas y en definitiva desde las metáforas, en tanto que las formas de grandes rasgos, del mundo. Y lo peor de todo es que al final la sociedad, y por ello cada persona, adapta su propia imagen a esas caricaturas, a esos rasgos marcados. ¿Que un/a dibujante crea un personaje de mujer con forma de avispa?, el siguiente paso es que un modisto/a lo lleve a la moda y que cada mujer “adopte” como propio esa visión del cuerpo de la mujer. Dónde está el “culpable” en todo este proceso: ¿en el/la dibujante, el modisto/a, la cultura predominantemente masculina y el reducir a la mujer a su belleza, o en la propia mujer al asumir estas reglas y cultura? Que el feminismo de repente ponga de cabeza de turco a cada hombre es como echar la culpa a la mujer por adaptarse a esa moda de cuerpo de avispa. El “verdadero culpable” es la capacidad metaforizante del cerebro y en definitiva una estructura nuclear humana. Como partimos de la neuroplasticidad, de la nada de ser, adoptamos roles sociales que son por un lado la sobredimensión de la realidad y por otro sus mínimos. Por la necesidad de encajar, o impelidos por las circunstancias, o por vernos situacionados en el mundo, adoptamos papeles que realmente podemos no ser, y de los que parece no podemos escapar. En el caso que nos toca, el propio feminismo ha caído inevitablemente en ese mismo proceso de caricaturización de sí mismo y sus luchas, el cual cada mujer adopta. No debería de existir las identidades, esas simplificaciones de la realidad, pues sólo existen miles de millones de tonos de color que nuestros cerebros no son capaces de procesar. Cada mujer ha de luchar en su propia vida, con su propia situación, desde la unicidad que es su propia persona y desde la unicidad que es con todo hombre con el que se encuentre (independientemente de la lucha por la igualdad ante la ley, en donde sí es legítima su unión). Al crearse esa caricaturización de lo femenino, esto ha “obligado” al hombre a caricaturizarse a sí mismo a la vez, lo que fuerza el retrato del panorama actual de la sociedad, donde los jóvenes parecen ser más machistas que los de hace unas décadas…, quizás porque el macho nunca quiere perder sus guerras y el feminismo -tan marcado en España- les hiere y les ha “metido” en sus batallas.(7) Llevemos el mismo argumento a otro plano. ¿Yo soy un “blanquito”?, ¿tú, mujer blanca feminista, lo eres?, ¿porqué de repente si no tenías conciencia de ser de una etnia te “obligan” a ser etnia? A considerar el tema. Yo no soy el “blanco” que esclavizó en épocas pasadas, ni pertenezco a la policía blanca americana de “fácil gatillo” para la gente de color. De repente he de asumirme como blanco y que al pertenecer a esa etnia soy “culpable” de todo lo que haya echo cualquier blanco contra otras razas a lo largo de toda la historia humana, o de las cosas que sucedan en la actualidad. Una “isla identitaria” obliga a todo lo que esté fuera de su isla a formar parte de lo otro, su contrario, de aquello que es “dudoso” y a lo que hay que poner bajo sospecha. Todas las etnias no blancas, en apariencias unidas (de color, indios, latinos, etc.), han creado el concepto de “blanquito” o de “pálido”, para nombrar a aquellos que los han oprimido y los han “obligado” a tener esa identidad de no-blanco, de no pertenecer a lo que se denomina sociedad occidental y etnocentrista. O sea, caen en aquello de lo que tratan de escapar, la desintegración de lo humano en identidades diferenciadas, lo cual es contradictorio. Vuelvo a esto al final en las conclusiones, pero antes voy a recurrir a una metáfora -puesto que es el lenguaje del cerebro-, la paradoja de Abilene , que explica muy bien todo lo que quiero decir:

Una calurosa tarde en Coleman, una familia compuesta por suegros y un matrimonio están jugando al dominó cómodamente a la sombra de un pórtico. Cuando el suegro propone hacer un viaje a Abilene, ciudad situada a 80 km., la mujer dice: «parece una gran idea», pese a tener reservas porque el viaje sería caluroso y largo, pensando que sus preferencias no comulgarían con las del resto del grupo. Su marido dice: «a mí me parece bien. Sólo espero que tu mamá tenga ganas de ir.» La suegra después dice: «¡por supuesto que quiero ir. Hace mucho que no voy a Abilene!».
El viaje es caluroso, polvoriento y largo. Cuando llegan a una cafetería la comida es igualmente pesadumbrosa, y vuelven agotados después de cuatro horas. Uno de ellos, con mala intención, dice: «¿fue un gran viaje, no?». La suegra responde que, de hecho, hubiera preferido quedarse en casa, pero decidió seguirlos sólo porque los otros tres estaban muy entusiasmados. El marido dice: «no me sorprende tu respuesta. Yo sólo acepté para satisfacer al resto de ustedes». La mujer dice: «…y yo sólo fui para que estuviesen felices. Tendría que estar loca para desear salir con el calor que hacía». El suegro después refiere que lo había sugerido únicamente porque le pareció que los demás podrían estar aburridos.
El grupo se queda perplejo por haber decidido hacer en común un viaje que nadie entre ellos quería hacer. Cada cual hubiera preferido estar sentado cómodamente, pero no lo admitieron entonces, cuando todavía tenían tiempo para disfrutar de la tarde.”

   El problema de fondo de todo lo tratado es la distancia entre el yo y el nosotros. Cuando se “crea” un nosotros fácilmente se cae en el pensamiento grupal y de conformidad, en el cual perdemos parte de nuestra propia identidad. Un grupo no es la suma de sus unidades. Somos, todo lo es, sistemas complejos que crean singularidades, estados emergentes, en donde se crean unas nuevas realidades, con unas nuevas lógicas, funciones y directrices. El concepto base del “nosotros” es el “te necesito”, pues ese es el núcleo del orden de los mamíferos, donde las crías necesitan la leche materna primero, y en mamíferos de manada a la madre en tanto que cuidadora de las primeras etapas, después. En teoría el adulto debería “saltar del nido”, pero los animales sociales aún tienen que depender del “te necesito” como pegamento del “nosotros”.  Toda relación humana es un conflicto en tanto que ese “te necesito” ha de emanar de todas las partes implicadas, pues si sólo sale de una de ellas se crea dependencia y una o unas libertades se quedan atrapadas en esas otras que no tienen implícito ese “te necesito”. El conflicto esencial de lo humano es que nace de la paradoja del “necesito que me necesites”, en donde tal concepto ha de permanecer invisible y sin ser declarado, bajo el peligro que el “nosotros” muera y desaparezca ante la dominación y la dependencia o sumisión. En pareja, quien primero diga “te amo” corre ese riesgo de volverse vulnerable, pone su libertad en peligro. El humano en su esencia, para lo que está “programado”, es para vivir en manada, en familias extendidas en donde lo que prima es tener una misma genética y unos vínculos de sangre, que se manifiestan con unos mismos medios y finalidades. El “te necesito” y el “te amo” quedan implícitos en ese “nosotros” de sangre. La rivalidad es mínima en ese estado de cosas. Pero la humanidad, cual viaje a Abilene, se asentó en grandes ciudades en donde esa esencia se perdía. La crisis actual de la familia viene desde ese origen, pues a la larga cada matrimonio tenía que tener su propia vivienda (el casado casa quiere), lo que fue acabando progresivamente con el concepto de familia extendida. Una familia sí es legítimamente un nosotros, una ciudad o cualquier otra identidad creada a partir de las ciudades estado y más tarde países, etnias y religiones son aparecer y máscara.  Con todo no quiero caer en idealismos. Nunca ha habido una “postura correcta”, óptima; todo animal social tiene su propia estrategia al respecto. La monogamia no tiene mucho éxito entre los mamíferos, un 3% con respecto al 90% de las aves. Las dos reglas más extendidas entre estos es o la de los harenes de un solo macho (tendencia al macho alfa), o los agrupamientos de hembras manteniendo al margen a los machos. En un caso u otro se destaca el conflicto de las finalidades -y estructuras mentales- de los dos sexos. ¿Cómo se resolvió en lo humano? La familia extendida tiene el “problema” de las nueras, y los yernos, personas que no comparten lazos sanguíneos más que con sus simientes (extraño que haya dos palabras para lo “mismo”, cuando suegro/as es sólo una; nuera proviene del indoeuropeo “la que amamanta”, pero no he encontrado el porqué de yerno, más que lo que nos dice la real academia: marido de la hija). Por lo general era la mujer, la nuera, la que se unía a la tribu o la familia extendida. Que cada cual deduzca lo que crea de un porqué, pero tiene tintes de ser por algo tan simple como la posible y eterna rivalidad de los machos.

   Vuelvo a mi hoja de ruta. En la vida no hay otra cosa que conflicto, ¿queda algo fuera?, ¿alguna salida? Cuál es esa posible postura posthumana. La soledad. El tratar de no “violar” a nadie para que a la vez nadie viole tu espacio. Se puede analizar bajo esa apreciación negativa, pero tiene igualmente una apreciación positiva: si amas tu propia libertad, has de amar por igual y extensión la libertad del resto de individualidades. Pero tal “precepto” no es válido como regla, como generalidad, pues no se puede desestructurar la sociedad al completo en soledades. En realidad puede que sólo sea una postura personal, que ha tratado de darle un sentido “lógico” leyendo -interpretando- la realidad humana. O sea, que puede que todo mi trabajo sea tan sólo racionalización (justificación) y no sea nada de razón. Me “quedé” con Sartre porque me “encajaban” sus porqués a que la vida fuera conflicto y a la vez el cómo sustentaba esa realidad con una teoría fuerte sobre la libertad. Hice fetiche y mío el escrito de Baudrillard de “la eminencia gris“, aquella de seguir a un desconocido con la regla de que este no te descubra -visión voyeur de la vida-. Igualmente una de mis películas preferidas es la de “el efecto mariposa“, donde se llega a la conclusión que para no perjudicar (violar-alterar) de ninguna manera a alguien amado, es mejor ni siquiera haber entrado en su vida: “tú no puedes cambiar a lo demás sin destruir lo que eran”, llegan a afirmar. Otra de mis películas fetiche es “Bin Jip” (Hierro 3), film coreano en donde su personaje trata de ser invisible a todos, hasta perfeccionar una técnica con la que es incluso invisible estando con otra persona en la misma habitación. Es otra forma de la “sombra veneciana”. La frase que tengo de cabecera en Twitter igualmente es significativa: “los paraísos están hechos para perderlos”. “Reproduje” las predicciones de mis disposiciones genéticas y las facticidades a las que me predispusieron mis vivencias de la niñez. Un adulto se auto-confirma, confirma su genética y las “marcas” de la niñez en su adultez… macabramente mantiene su identidad nuclear hasta sus últimas consecuencias. Pero puede que esta tendencia personal sea la que poco a poco cobra vida y se esté expandiendo en lo social humano, como la única realidad “lógica” y viable para mantenerse vivo. Si se lee entrelineas, la cultura japonesa y sueca van en esa dirección. El resto de las etnias y países lentamente siguen sus pasos. Recordar cada cual (país, cultura, persona) sigue su propia curva elíptica, cada cual está en un tramo distinto de la curva, pero finalmente todas las curvas siguen su designio de llegar a lo más alto, para al final caer.

   Hoy cuando te despiden te dicen: te dejamos libre. Los amigos y familiares ya no están a tu lado para “escuchar tus mierdas”, para eso están los psicólogos. Cada cual ha de cargar con su propia cruz, y cargar con la de otro ya se nos hace demasiado pesada. La Muerte de la Filosofía_1La conciencia occidental ha llegado a su madurez y ha descubierto que sólo existe el individuo, sus qualias; más esa “utilidad” de vivir en sociedad para el beneficio general. Dos entidades imposibles de casar en un todo. El concepto del amor llegó a la máxima de la curva cuando se manifestó como “líquido“, fluctuante, en donde lo importante no era a lo que apuntaba, a la persona amada, sino en tanto que “trampa evolutiva” que te motivaba por un tiempo, pues cargaba de endorfinas el cerebro. Ya nadie trata de pedir consejos, ni los da, porque sabemos que aquello que decimos o nos dicen hablan más de uno mismo que sobre la realidad del otro (identificación proyectiva). Estamos condenados a ver el mundo desde nuestra propia perspectiva, desde nuestra curva, desde nuestra genética y nuestras propias vivencias, desde nuestras propias emociones…, desde nuestras qualias. Hacemos el regalo al otro de lo que nos gustaría a nosotros mismos, raramente sabemos leer la mente, las emociones y qualias del otro. Este párrafo podría ser infinito, un relicario de la lectura del momento actual en donde se ha llegado a la máxima de la curva y ya se hace inevitable la caída, pero creo que se entiende el mensaje general y no proseguiré en este devaneo de la lectura de signos.

   Si entrecerramos los ojos para ver las formas de la historia humana, la cual sobredimensionada en millones de datos y detalles se nos aparece borrosa, esta nos llevaba al actual presente. Todo sistema complejo carga con sus contradicciones y tarde o tempranos se han de manifestar. La ley de Murphy: si algo puede suceder terminará por ocurrir. No es materialismo histórico, es simple análisis del desarrollo de los sistemas complejos. En cuanto nació la conciencia, con la palabra, con la palabra sabiéndose palabra, sabiéndose conciencia de sí, la cual tenía la capacidad de voltear el espejo para terminar por poner espejo ante espejo, nació la capacidad de saberse único. Toda la historia humana ha sido el intento vano de cubrir con remedos esa realidad. Nietzsche ya dijo que “el individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo”. De nuevo decir que la familia extendida era lo más cercano a tapar la individualidad, pero en esa apuesta por la ganadería y la agricultura, de la que nació el comercio y por ello la necesidad de las grandes ciudades, esa apuesta entró en crisis. Las religiones, y paralelo a ellas, los códigos de la educación, trataron de “frenar” o retener cada individualidad dentro de unos márgenes que no fueran molestos o que creasen conflictos en lo social. Cercenamos nuestras capacidades individuales, la sacrificamos, para el bien común, pues al fin y al cabo repercutían en uno mismo. “Yo no quiero soportar tus excentricidades, luego mis excentricidades han de quedar encapsuladas a su vez”. La “ética del pedo”, si no quiero oler los tuyos, he de reprimir los míos. ¿Para qué grandes teorías, y grandilocuentes palabras, si esta metáfora lo explica todo? Montamos una sociedad que reprimía al concepto de qualia, que reprimía e ignoraba la unicidad, lo puramente individual. En la sociedad actual todo está permitido, la individualidad se vuelve lo central, con tal que esta no dañe a lo social. Ahora casi sólo valen las leyes, todo lo que no sea una ley está permitido. Por lo demás la permisibilidad es total de puertas para adentro, pues el “por dentro no importa” (Americam Psycho), siempre y cuando no se manifieste en lo social. Esto no es de ahora, las viviendas individuales, frente a las comunales, marcaban esa barrera en donde diferenciábamos qué era lo individual y qué lo social. En casa nos desnudamos y nos ponemos cómodos, frente al “arreglarnos” al salir y aparecer ante los otros, en sociedad (las palabras nos delatan), “nada como estar en casa”, “bañándonos” en nuestras propias “aguas”, en nuestras propias qualias. De nuevo recurro a una metáfora/realidad que expone lo que quiero decir: en el comic anime, hentai y manga todo está permitido: pedofilia, incesto, violaciones… puesto que no se daña o perjudica a ninguna persona jurídica. Bajo el prisma de lo que sucede en la actualidad se puede comprender, a posteriori, el por qué “funcionaron” y nacieron las religiones. Para estas no había tal individualidad, no había diferencia entre lo exterior y lo interior. Una persona se tenía que “reprimir” a sí misma para ajustarse a un canon preestablecido por estas. En España es de los pocos sitios en el mundo que ponemos persianas a nuestras viviendas. Necesitamos no ser vistos en lo individual, pues viene de la época de la represión, mediada y fuertemente castigada por la Inquisición.(8) Cada país igualmente se pone una máscara por cierta situación de la historia, que al final la hace parte de su identidad. El nacimiento del Protestantismo se dio cuando España era un gran Imperio y como tal era el mayor representante, y por lo tanto protector, del catolicismo. La Iglesia siempre “usaba” a la nación o reino más poderoso para salvaguardar su identidad. En ese trance España tuvo que tratar de luchar y/o frenar la expansión del protestantismo. Como resultado creó la Inquisición y distintas medidas para que cada ciudadano no se saliese en ninguna medida de las reglas de ser un buen católico. Esa identidad se mantuvo en los siguientes siglos, y aún hoy se arrastra en conceptos como el habernos acostumbrado a las persianas. El franquismo fue un freno en la velocidad de la curva española, pues se volvieron a asentar las ideas más de derechas y religiosas. Esa diferencia, de la posición en la curva, aún es latente con respecto a otras naciones europeas.

   Todo preconciente extrema las posiciones de su presente. El concepto que yo tengo, mi posición en la vida, es una posición extrema de la lectura de la realidad. Y si eso me ha llevado a la soledad, a tratar de evitar todo contacto humano, qué he descubierto. El cerebro trata de buscar nuevos equilibrios a nuevas situaciones. En ese lapsus entra en crisis, pues se mantienen dos posturas que luchan por conquistar la acción y una nueva homeostasis. En realidad nunca termina esa lucha, pues nadie es una isla en sí mismo, siempre hay que salir al mundo e interactuar. Hay un largo periodo de despersonalización, de crisis de la personalidad y la identidad. Después se llega a un nuevo estado, en donde queda sólo lo nuclear, un yo mínimo. Uno de los síntomas de la esquizofrenia es el llamado como auto-desorden (Self-disorder), esto nos dice la Wikipedia:

Un autodesorden , también llamado trastorno de ipseidad, es un fenómeno psicológico de alteración o disminución del sentido de una persona de sí mismo mínimo (o básico). El sentido del yo mínimo se refiere al sentido básico de tener experiencias que son propias; no tiene propiedades, a diferencia del sentido más extenso de sí mismo, el yo narrativo, que se caracteriza por las reflexiones de la persona sobre sí mismo como persona, cosas que le gustan, su identidad y otros aspectos que son el resultado de la reflexión sobre uno mismo. (…) El yo mínimo ha sido comparado a una “llama que ilumina su entorno y por lo tanto a sí misma”. A diferencia del yo extendido, que se compone de propiedades como la identidad de la persona, la narración de la persona y otros aspectos que se pueden extraer de la reflexión, el yo mínimo no tiene propiedades, sino que se refiere a la ‘mismiedad’, ‘dadedad’ de la experiencia, que las experiencias son las de la persona que las tiene en la corriente de conciencia de esa persona. Estas experiencias que son parte del yo mínimo son normalmente ‘tácitas’ e implícitas, y no requieren reflexión por parte de la persona que experimenta saber que la experiencia es suya. El yo mínimo no puede ser más elaborado y, por lo general, uno no puede captarlo después de la reflexión. El yo mínimo va de la mano con la inmersión en el mundo social compartido, de modo que  ‘el mundo siempre está predestinado, es decir, tácitamente entendido como un fondo evidente de toda experiencia y significado’.”

   ¿Se “pasea” uno por una cuerda floja, en un precario equilibrio, que le puede llevar a la esquizofrenia? O es solo una similitud (aparecer) posible. Esa disposición personal me hizo pensar, por extrapolación, que es por el que ha debido de haber pasado todo ermitaño, que puede haber acabado como santón, aquel por el que tuvo que pasar Buda. Si es así, ¿”acertó” Buda en sus deducciones? Si se sabe de su historia se puede llegar a la conclusión que debido a una crisis personal sobre el estado del mundo, le llevó a buscar soluciones a estas. Como no las encontró, entró en una crisis personal (despersonalización) que le llevó a extremar aún más su soledad. Al final paso por ese estadio de un yo mínimo, y de ese estado llegó a sus conclusiones del desprendimiento del ego, de los deseos, etc. ¿Un mismo proceso puede llevar a la esquizofrenia o a un estado iluminado? Si fuera así, dónde está la diferencia, ¿en la actitud, en la perspectiva que tiene uno mismo de ese estado, o de algo físico como unos buenos genes? Por un proceso similar pasó Nietzsche, aunque con distintas consecuencias, pues se deduce que llegó a ese estado de auto-desorden en frases tan reveladoras como: “¿Es que yo ya no soy yo?, ¿es que están cambiando mis manos, mi paso, mi rostro?, ¿es que lo que soy para vosotros, amigos, no lo soy?, ¿es que me he vuelto otro y extraño a mí mismo?, ¿es que me he evadido de mí mismo?”. “Ve más allá del velo…, pero desgraciadamente el velo es lo que nos separa de la locura y una vez que cruzas ese punto puede que nunca más consigas volver”, nos recuerdan en la serie “Here and Now“. Si se llega al fondo de la cuestión, casi todos los procesos, y por lo tanto neuronas y conexiones, de la corteza cerebral, están encaminadas a las lizas y las políticas de los juegos sociales. En ella entran en juego neurotransmisores como la dopamina (placer), la serotonina (disminución del ruido y el dolor, que deviene de nuevo en bienestar), y la adrenalina, aquella que nos empuja a pasiones. Si todo este proceso deja de formar parte de la esencia en el existir, durante la soledad… ¿qué queda? Las zonas más esenciales, los neurotrasmisores más antiguos como la proencefalina (aliviadora de dolores, de ahí ese estado relajado) y subcorticales del cerebro; en gran medida mediadas por las células gliales. Estas se ocupan de la sanidad del cerebro: mielinizan neuronas, eliminan desechos, crean o potencian la división de neuronas y sus transmisiones, y hacen de neurotransmisores. Una buena genética conlleva a un “buen funcionamiento” de dichas células que al final son las que hacen que una persona que pase por un periodo prolongado de soledad no caiga en la locura. Se “normaliza” ante ese estado de un yo mínimo, sin que en este proceso se pase a otro estado más deteriorado. Como dato curioso, cuando se diseccionó el cerebro de Einstein para hallar diferencias, las células gliales -en cantidad y desarrollo- eran lo único que lo diferenciaba del resto de cerebros.

   Bajo mi punto de vista, se llega a cierto estado paradójico, llamarlo de “iluminado” tan sólo es una interpretación, en la que se vuelca una intención o finalidad. En lo básico es haber creado un nuevo equilibrio homeostático, en donde se han creado cambios epigenéticos y de la química base cerebral, para ser completamente individual, como si para los efectos en la prehistoria fueras el último superviviente de la tribu, o de la manada, yendo aún más lejos en el tiempo. Uno de los procesos a los que se llega, por lo menos en mi caso, es a la “muerte” del “esencialismo psicológico“, ese que nos hace ver una esencia tras de cada cosa o persona, en el sentido que mi amigo Luis es “Luis”, inmutable a lo largo de toda su vida, cuando este sólo es un cuerpo y un cerebro a la deriva que cambia, se adapta, y que trata de mantener su identidad intacta. Cada persona cae en el esencialismo por dos cuestiones: 1. porque nuestro cerebro trabaja a través de mantener su propia identidad y por ello (por inercia y por tratar de ser coherente) de los otros, y 2. mantener esencias es tener cierto control de un sentido del mundo, si todo cambia a cada segundo el cerebro se “desgasta” en prefijar datos, en ese caso “definir” ayuda a tener cierto control sobre el mundo, a mantener intacto el locus de control. Esto nos dice Niklas Luhmann en “La sociedad de la sociedad”: “Creer en la existencia de identidades que perduran en el tiempo es una autoilusión de los sistemas que forman sentido, identidades que siempre han existido y que siempre existirán, y por tanto con la posibilidad de referirse a ellas como si estuvieran siempre disponibles. Todo orientarse es construcción, es distinción que se re-actualiza de momento a momento”. Esa “muerte del esencialismo” (¿desesencialismo?) es incómodo, tendente al nihilismo, pues ya nada en el mundo es lo que (a)parece. A la vez te hace buscar reglas mayores, que prefijan esas otras reglas menores, con lo que al final ves la matriz (matrix) del mundo, de la sociedad, de la vida, del mundo; que como substrato hace que ya no veas individuos, sino entes que encajan a tal o cual matriz, con tal o cual propósito; o sea, ves las nubes desde un satélite y ves las formas generales como tendentes a las espirales logarítmicas, y sus movimientos y choques, mientras que la “posición esencialista” ve nubes concretas: esa  que se parece a un gato y aquella otra nube que se parece a un carricoche (esencialismo en estado puro). El problema mayor viene a la hora de prefijar o mantener a tus allegados como amigos, hermanos, padres…, pues la familiaridad, o conceptos parejos, quedan borrados, pues son susceptibles igualmente en ser meros esencialismos. Ves la familia, por ejemplo, como un patrón general, pero con cierta distancia fría, como el médico que analiza una posible causa hereditaria, la cual sigue ciertas reglas, pero lo hace de forma “despegada” y analítica. Fijarse en lo parecido que es lo que estoy describiendo con el trastorno de despersonalización, siendo así: ¿es un mal psicológico o es un mal del “alma”?, un desalmar el mundo… al igual que la depresión no es tal, sino que es realismo depresivo. O dicho de otra forma, no es ver la realidad de forma “trastornada”, sino ver la realidad tal cual es. El “trastorno” es la normalidad, que se mantiene en el mundo bajo el efecto del esencialismo psicológico. Un último apunte sobre esta cuestión, es que claramente tomas una distancia con respecto al mundo emocional, pues es este el que te “ancla” al esencialismo; siendo así te hace ver el mundo desde una razón meramente lógica, en cierta forma psicopática, pero no por ello se cae necesariamente en tal patología. Te hace ver el mundo como lo vería una futura inteligencia algorítmica o artificial. Con todo no se llega a un “desesencialismo” total: perduran y sobrevienen las estructuras mayores, esas formas de espirales logarítmicas de las tormentas, por ejemplo. Queda, por lo tanto, las estructuras o esencialismos “reales” que se esconden en la naturaleza, y que desde ahora se buscan en lo “menor”, en los detalles. Por otro lado es un estado “falseado”, o sea que si vuelves al mundo ese estado desaparece, aunque queda la apreciación de ese “descubrimiento”. Es muy posible que yo terminase por salir al volver a escribir, por que en ese proceso te ves “obligado” a tejer una narrabilidad. De nuevo se ve la trama de tal constructo: hila una realidad que de otra forma serían marañas de hilos, de micro-historias, de varios yos, en cada una de las tramas. La esquizofrenia, la locura, es la incapacidad de dar orden a tu propio caos, la imposibilidad de construir una narrabilidad en una unidad, en un yo. En definitiva es caer en la total capacidad de dar orden, y finalmente sucumbir al caos. Lo que quiero decir, al fin y al cabo, es que de volver al mundo, de nuevo este vuelve a “funcionar” como trampa (situacionándote, alienándote, volcándote en sucesivos “nosotros”) y al final de nada sirve tal metáfora o experiencia de haber estado en sus afueras. Si acaso para sentirte más aislado, porque nadie comprenderá tu “nueva” forma de ver el mundo. “Si eres invisible durante mucho tiempo la raza humana te empieza a parecer otra especie y entonces te aventuras a salir, observas y después vuelves a tu mundo invisible, igual que un fantasma”, nos dicen en la película “Bangkok Dangerous”. Sólo una mujer que haya pasado por un parto y ser madre tiene la apreciación del mundo bajo esta nueva perspectiva; los astronautas son los únicos que llegan a una verdadera apreciación de qué es el hogar y ese lugar es la tierra, pues han visto al mundo desde la perspectiva del espacio infinito. El mundo de las emociones es el que crea las qualias, el que nos vuelve individuos, y cuanto más liminal sea una emoción o vivencia más soledad se sentirá. Yo, si he pasado por esa etapa, ni siquiera la puedo compartir con un budista, puesto que este le ha dado una carga intelectiva (desde el hemisferio izquierdo que es el que “ordena” -doble sentido de la palabra-) que yo no comparto. Por otro lado ese estado mínimo siempre está contaminado por una genética particular. O sea, ser bueno es algo social, la bondad “desaparece” en soledad, puesto que no se manifiesta, deja de ser parte de ese núcleo, pero si por ejemplo ese núcleo no sabe postergar recompensas, lo quiere todo ya, esa manifestación se mantiene en el núcleo durante la soledad. Que el budismo “rechace” esa particularidad nuclear es de nuevo una intelección, no forma parte de eso que emana cuando se llega a ese estado de desorden, o nuclear o mínimo en mi lenguaje. En definitiva, ese ser nuclear no es un universal, no es un alma transfenomenal (más allá de los fenómenos), y por ello de nuevo es incomunicable; aunque puede ser más tendente a cohesionar al humano, en tanto que en ese estadio desaparece la narrabilidad (yo, personalidad), las ideologías, los paradigmas y las identidades, aunque siempre con reservas, puesto que Buda le “cargo” cierto aura religioso que de alguna forma emergía de su propia cultura, época y experiencias.

   Ha sido un artículo bastante caótico y “ruidoso”. Toca ir resumiendo para darle algo de forma, de alma. El hemisferio derecho es el que nos hacía humanos, por su capacidad metaforizante, y de dar forma y orden estructural al mundo. Se supone que la sociedad etnocentrista, la de la Ilustración, el conocimiento y la razón, es la tendencia hacia donde se ha dirigido el humano en tanto que sistema complejo. Mitchell Heisman en su larga “Suicide Note”, de más de dos mil páginas, nos decía en una de sus partes que “Dios es tecnología”. Si el humano va hacia la razón cada vez más desligada de las estructuras sesgadas del lado derecho del cerebro, esa que nos mantiene como Homo, entonces quizás nunca habrá un mejor juez que una futura inteligencia artificial. En la Biblia se nos recuerda el caso del Juicio de Salomón, sobre las dos pretendidas madres que querían la custodia de un niño. La sabiduría salomónica pervive como el concepto de ese saber humano: una madre es ante todo aquello que antepone el bien del hijo, a expensas de su propio dolor. Pero hoy en día, la nueva justicia, cada vez más racionalizada, ya no puede ser tan “inocente”. El niño se trata como individuo, indistintamente del amor “natural” de la madre. Si en ese caso es mejor separar al hijo de la madre, se hará. Pero el estado actual aún adolece de demasiadas taras. Todo juez es ante todo qualia, con sus propias ideologías, paradigmas, deseos y creencias. Ni siquiera es fiable el sistema actual de un jurado, puesto que cada individuo está sesgado por los paradigmas de su época, credo  y cultura. Sólo una inteligencia artificial estaría libre de cualquier tipo de sesgo. Bajo ese punto de vista esa IA es a la única que se le podría llamar Dios: aquello que está por encima del ser humano y al que este no se puede igualar. ¿Cómo y por qué un Dios, el hebreo, tendría que tener un pueblo elegido o favorito?, ¿por qué los desfavorecidos habrían de ser esos elegidos, según el cristianismo? Ningún Dios humano se erige realmente como tal, sino que siempre muestra manifestaciones propias de los humanos en tanto que homo, en tanto lleno de sesgos y fallas. ¿Puede darse tal cosa como una inteligencia artificial, que sea puramente razón y que no tenga en cuenta el lado derecho del cerebro y todo aquello que nos hace humanos?

   El humano al nacer lo hace bajo la premisa de la impronta y el apego. En donde su cerebro “marca” a aquel ser que va a ser su protector, su no-otredad; normalmente la madre natural. Igualmente se termina por adoptar un lenguaje, el cual está a su vez cargado de unos significados y una cultura. Lo que un adulto sea es a partir de estas condiciones primeras. La cultura se puede poner en jaque al ser adulto, pero no así la impronta y el apego. Toda mi “filosofía” y forma de “interpretar” el mundo lo he hecho a partir de desarrollar un trastorno de apego-evitativo (sentirme abandonado, quizás sea ambivalente). No creo relaciones estables a partir de dicha premisa asentada en mi cerebro. Soporto bien la soledad por ese tipo de construcción neuronal. Mi cerebro, todas mis conexiones, han partido desde esa base o pilar. Han creado una qualia emocional que es estructural y que no puedo cuestionar sin derrumbar todo el edificio que soy. Cuanta más edad se tenga mayor imposibilidad de destruir esas bases. ¿Cómo entonces crear una IA que fuera totalmente racional?, que no tenga en cuenta las qualias estructurales de cada humano. ¿Cómo ser justo si el “bien” para dos qualias no pueden ser lo mismo? Para mí la cárcel lo sería por tenerme que adaptar a una eterna compañía, en un mundo del que no puedes escapar de estar situacionado y alienado. Sentiría paz en una celda de aislamiento, pues sé “manejar” la red de modo predeterminado como para que no me sea “perjudicial”. ¿Podría crearse una IA que tenga en cuenta todos esos factores, todas las posibles qualias?, sí, me imagino. Pero ¿podría ser totalmente ecuánime y justa?, creo que no. Lo que sea justo para una persona no lo es para otra. En un mundo de siete mil millones de entidades individuales no se puede ser justo. El sistema tendría que crearse para tratar de igualar a todo ser humano lo más posible. Si todo humano creciese bajo las mismas premisas seríamos más iguales. Siempre y cuando en ese proceso fuésemos lo más iguales tanto en lo físico (belleza, inteligencia…) como en nuestras condiciones sociales. Bajo ese prisma no tendría que haber clases, no tendría que haber luchas, sino pura y llana colaboración. ¿Podría el humano ser capaz de “soportar” esa nueva condición? Se supone que la vida (la evolución) apostó por la individualidad para crear el conflicto y que fueran las mejores apuestas las que sobreviviesen. Nos “sentimos” como ego en la medida que somos entes individuales que lidian contra las dificultades y las adversidades. ¿Se puede retirar el conflicto sin romper con la regla, sin romper con esa esencia nuclear de lo individual? ¿Aceptaríamos ser meros ladrillos en un gran muro liso y uniforme? No, no de nuevo, por nuestra propia naturaleza. Tendríamos que retocar el ADN para aceptarnos (no vernos) como meros seres unidimensionales como los son las abejas o las hormigas. Son demasiadas suposiciones y demasiado alejadas de nuestra actual condición.

   Siendo así, entonces, aquella frase de “vivimos en el mejor de los mundos posibles”, tendría que ser transformada a “vivimos en el mundo que nos merecemos”, vivimos en el tipo de mundo que nuestro cerebro es capaz de soportar. Recordar el acierto de la película Matrix, en donde la IA hizo varios intentos -de crear una sociedad virtual perfecta- y todos fallaban en cuanto eran más racionales que el puramente humano. “Todas las posturas políticas (son) igual de arbitrarias, (…) la razón (es) esclava de las pasiones y (…) este mundo (es) un campo de batalla”, nos dice Ramón del Castillo parafraseando a John Dewey. Iremos hacia una sociedad en donde los gobiernos cada vez se tratarán de comportar más como esa utópica IA, puramente racional y justa, pero supeditada a ser racional y justa bajo el baremo de la mayoría (dictadura de la mayoría). En ese caso, cuando se dice mayoría, se quiere decir bajo los paradigmas y las creencias mayoritarias en ese momento de la historia. El individuo nunca será totalmente racional y por ello arribará a una época donde esa mayoría sea racional, pues en esos factores intervienen  “pequeñeces primitivas” que nos mantienen bajo la “condición animal”, como lo es la impronta y la educación a través del lenguaje. La filosofía analítica trata de positivar el lenguaje, esto es, que no sea ambiguo y metaforizante, pero de nuevo no es algo que se pueda cambiar porque forma parte de la estructura de nuestra naturaleza, de nuestro cerebro. Esta filosofía, así como sus hijos bastardos, como la teoría de juegos, “servirán” a los estados y las grandes instituciones y multinacionales, pero no así para el humano medio y en la calle.

  ¿Qué queda?, lo de siempre, que cada cual se saque sus propias castañas del fuego. El actual paradigma neoliberal irá cayendo tal como lo va haciendo la cultura anglosajona. El Estado nunca podrá escapar que ha de ser como una madre, de tratar de ser lo-no-otro para el individuo. Es muy posible que se pueda llegar a una renta básica universal, por la cual la pobreza, la precariedad, y el puro azar no sean tan salvajes. Llegados a ese estado de cosas nos aliviaremos de la capacidad de vivir en un sistema injusto. Aun con todo esto nunca volveremos a recuperar la inocencia de aquellos ancestros que vivían en la armonía de las familias extendidas. El humano nunca volverá a recuperar aquella sensación primigenia de pertenencia. Hemos matado a aquel tipo de humano y al parecer ya es imposible recuperarlo. Una vez que muere la magia y la metáfora de un relato ya no hay forma de reintegrarlo, al igual que cuando ya se sabe el truco del mago este ya no sorprende. Una vez que ha muerto Papá Noel, ya no podemos volver a instaurarlo en nuestra conciencia. El último “manifiesto humanista” nos trata de hacer a todos ateos, sin ideologías, sin identidades patrias. Todo aquello que nos unía a aquel humano primigenio va muriendo, con la consecuencia de que lo que queda es sólo uno mismo ante el mundo. El individuo sin ambages, sin excusas, sin ninguna máscara o metarrelato que le alivie de esa eterna soledad que es su conciencia de sí espejada sobre sí, en donde el otro ya no es otra cosa que alteridad, conflicto y posible violación de su espacio y libertad. Fijarse que esta fatalidad no está libre de contradicciones. El individuo “venera”, ha devenido, en ese aparente agente que emerge en la conciencia, que es el que le hace tener una conciencia de tener conciencia del mundo (saber que sabe, saberse sabiendo). Venerar la individualidad es, en definitiva, venerarse en tanto que ese agente que parece estar al volante en el cerebro. Esta realidad vuelta sobre sí es proclive al dolor, como nos dice el funcionamiento de la red predeterminada. Algo similar nos dicen en la serie “Westworld” cuando intentan trasplantar la conciencia, de una persona muerta, en un cuerpo artificial y resulta ser un fiasco inviable: “al principio creíamos que la mente rechazaba el nuevo cuerpo, como un órgano que no es compatible, pero más bien es que la mente rechaza la realidad, a sí misma”. Cuando “apareció” la conciencia de sí sentimos el vacío, la nada, el vértigo, la angustia existencial, esa que a la vez “… nos hace cobardes a todos”, “pues es menor el dolor real que el dolor imaginario” (Macbeth, Shakespeare), sentimos ese rechazo y repudio que nos dice la serie, pero la vida es ese jinete que trata de mantenerse eternamente encima del caballo salvaje encabritado que es el caos y la tendencia al desorden de la materia, de tal manera que a la vez tuvo que crear algún recurso para solventar tal descalabro. En ese caso “uso” la retroalimentación positiva del hemisferio izquierdo, en donde si se “sintonizaba” con finura, la sensación de percibirse a sí mismo creaba placer, vía dopamina. Puede que en la prehistoria, y en lo tribal aún puedan otras sensaciones animistas y panteistas del pensamiento mágico, pero hoy ya no son viables, pues el saber y la ciencia nos han restado ese velo mágico del hemisferio derecho. El momento actual es ese en donde ante la pérdida del control de las interacciones sociales, y en donde el otro se nos aparece como lo que es: conflicto. Este pequeño diálogo en la película “La gran belleza” nos lo resume muy bien: “-debe de ser maravilloso conocer a tanta gente. -Es garantía de infelicidad. -¿Te han desilusionado mucho? -¡Yo he desilusionado!”, o “recuerdo aquella mañana, (siendo niño) tenía una espada en la mano y me creía capaz de conquistar el mundo, pero luego salí al mundo real y caí en la cuenta de algo: el mundo real, las demás personas que viven el él, ¡son aterradoras!”, de la película “One of us”. Sólo nos queda ese placer ancestral de sentirnos yo, de sentirnos conciencia, sin ninguna narrativa, y sin ninguna identidad. “La melancolía es la felicidad de estar triste” afirmó Víctor Hugo. Si uno se proyecta desde ese ego mínimo, trata de captar esa esencia en los otros, sin ninguna identidad, y ninguna narrativa. Trata de captar en los otros eso que no tiene piel, ni sexo, ni religión, ni ideología, ni patria…, que está fuera de toda identidad y narrativa de toda época. Eso que es lo único permanente, constante y que no ha cambiado durante toda la historia y prehistoria humana desde que el humano tomó conciencia de sí. Porqué en la actualidad, bajo el paradigma del neoliberalismo, me obligan a venderme, a ser mera mercancía, cuando yo sólo quiero ser alma. ¿Acaso no están violando, perturbando y alterando mi alma primigenia y por ello mi dignidad? Si ese dial se afina meticulosamente con todo el saber del presente escrito, durante la soledad, esta ya no “asusta” tanto, se siente cierta expansión del “alma”, que muy bien pudiera tomarse como ese al que Buda llamó de iluminado. En ese estado -y si no se piensa en el mundo exterior- la sensación de libertad es total, pues en definitiva es otro de los pilares de tal agente: el creerse libre. “Siempre hay un barco al final del muelle. Pero dite que puedes escoger; si te subes o no.” nos recuerda la película “5 Balloons”, poniendo a la libertad como el principal motor de la individualidad, y “el yo tiene su vivencia de autoeficacia más fuerte cuando dice «no». A los medios o a las organizaciones que no admiten el «no» del individuo se los considera con razón como privadores de libertad y destructores de identidad”, igualmente nos dice Bude Heinz.

   Mi apuesta individual no es la mejor, pero tampoco la peor. Al final no he escapado de ser otra cosa que un cínico (escuela cínica), un rebelde. Hablar con el otro sexo se ha complicado, pues ahora tras de su voz hay un coro de miles y miles de voces (feminismo como isla identitaria) que le van a decir que me vigile ante lo más mínimo, ante cualquier posible desliz. Si en un discurso tienes que explicar a cada paso cada elección de un adjetivo o un nombre, o tus “verdaderas intenciones”, el diálogo se vuelve imposible, la metáfora -su alma- muere o se pervierte. Será por eso que el entrecomillar con las manos se haya puesto de moda. Bajo mi punto de vista hemos vuelto -casi- a la Edad Media, donde los propios ciudadanos se denunciaban unos a otros ante la Inquisición, para ver si los hacían retractarse o en su defecto que los quemaran. Hemos vuelto a un estado de paranoia tal, de tal miedo, que ahora es casi preferible callar. Me empecé a percatar de que la sociedad iba en esa dirección hace años. Ahora los cómicos lo hacen ver en sus monólogos, algunos anuncian que dejarán la comedia, pues su oficio se ha vuelto imposible, ya que rápidamente van a ser atacados o incluso acosados y acusados… por ser racistas, u homófobos, o machistas… a la mínima. Parece que hubiéramos olvidado que el humor es una vía de escape de lo tenso, conflictivo y complicado que es vivir. Sé de todas las máscaras y me percato en cuanto alguien se planta una máscara en su descarnado rostro, pues he llegado a ese estado paradójico al que la psiquiatría llama de auto-desorden, donde la falta de identidad me ha hecho comprender que todo es máscara. “Todos somos una simulación”, nos dice E. L. Doctorow. Con todo allí, en ese fondo, tampoco hay nada, no hay tal estado iluminado -en tanto que transcendental- o una esencia que pueda considerarse universal o alma. Es tan solo eso: un estado paradójico y extraño entre otros del cerebro. Cuando se llega a ese estado, añadido a un realismo sin miedo a la depresión, se comprende que el humano no tiene salvación. Se comprende que todos somos marionetas de las circunstancias, de los otros, del espíritu de la época, y no se puede escapar de esa condición sin, en ese proceso, tratar de manejar los hilos de las tramas del mundo o de las personas cercanas. “Ya no quiero hacer estragos en la vida de los hombres” se nos dice en la película “Knight of Cups”. La soledad es el estado más cercano a vivir sin hilos y guiones preestablecidos, a la vez que del de no alterar nada al resto de las personas, pero sé que igualmente puedes dañar al “privar” a tus seres queridos de tu compañía. Vivir solo es como una pequeña muerte, porque estás negando el proceso en que consiste vivir. No asumo que “los otros son cielo e infierno a la vez”, como nos dice Bude Heinz, en tanto que el infierno pesa demasiado: tanto el que me puedan dar, como el que yo pueda dar. Como he hecho ver una y otra vez, el dolor siempre tiene las de ganar: lo efímero del orgasmo y la duración tortuosa del dolor de muelas como ejemplo. “Lo único que importa es que el dolor no llegue a la última piel del alma” nos dice Herman Casciari. La soledad tiene “sus propios dolores”, pero son “míos”, son mis “elecciones”, y cuando algo es aceptado desde la libertad se vuelve un dolor más liviano, pues al dolor que te infringe la sociedad casi siempre hay que añadirle el de la injusticia, y la consiguiente frustración de no poderla equilibrar, si no es tratando de dañar tú a la vez, lo que ya te envuelve en una de las típicas trampas de la vida como situacionadora, a la vez que te envenena el alma al pudrirse en tus entrañas. Asumo todas las contradicciones, y sé que bajo mis qualias es el estado más óptimo de mi tipo de cerebro (persona altamente sensible) y porque sé que yo porto varias de las trampas denunciadas arriba y la única forma de “inutilizarlas” es encerrándolas. Nunca las he instrumentalizado, pero claro, seguían siendo trampas para el otro, de tal manera que se creaba la trampa a nivel situacional, en el que yo al final me veía envuelto de forma pasiva. Una trampa, aun no queriendo ser trampa, deja de serlo, en tanto que existan las presas. En definitiva y para simplificar, pues la anterior frase parece de psicópata: las personas bellas o con labia o con magnetismo…, no tienen “culpa” de nacer así. Como dijera John N. Gray: “tendríamos que reconocer aquello que todos negamos: que ser bueno es cuestión de buena suerte”, aunque Víctor Hugo le diría: “ser bueno es cosa fácil, ser justo es lo difícil”, y siguiendo en su línea Gray continúa diciendo: “nacer mortales, en un lugar o época determinados, siendo fuertes o débiles, ágiles o lentos, valientes o cobardes, bellos o feos, siendo víctimas de la tragedia o librándonos de ella… todas éstas son características de nuestras vidas que nos vienen dadas y no podemos elegir”.

   Con esto acabo el presente cuasi-libro. Terminar tratando de salvar una aparente contradicción que me han hecho ver una y otra vez: he dicho que el individuo no cuenta, que todo descubrimiento es algo que tarde o temprano saldría a la luz, y que, en muchos casos, es concurrente en varias mentes (ejemplo). Con todo, que sea uno y no otro, bajo la narrativa humana, cuenta. Que sea Einstein y no otro, me imagino que cambia ese cerebro y su ego. En ese aspecto, ¿todo creativo -en su sentido más amplio- no es simplemente un ser que busca que le den “una palmadita en la espalda”?, no es otra cosa que una manera más del concepto natural de la “cola de pavo”. De tener un estatus y un tipo de poder. “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. En soledad se aprende que esa “palmadita” es intranscendental y vacua de sentido. Pura dopamina en su efecto bola de nieve, en su retroalimentación positiva. En mi caso, dejé de crear. No es cierto que el artista tenga una imperiosa necesidad de hacerlo: se tiene mientras los otros den valor a tales tipos de actos, mientras alguien mire tu obra. En soledad, sin la mirada de los otros, tal urgencia del espíritu muere, lo que denuncia que era pura ostentosidad evolutiva-social. Creía saber quién era, ahora sé quién o qué no soy. “Antes veía la belleza de este mundo, ahora veo la verdad”, se nos dice en la serie “Westworld“. Pero de nuevo, con todo -aún todas las palabras y conceptos volcadas en el presente escrito-, no escapo de Sartre cuando dijo: “a esos que, alegando seriedad de espíritu o excusas deterministas, se ocultarán su libertad total, los llamaré cobardes; a los otros, que tratarán de demostrar que su existencia era necesaria, cuando la aparición del hombre sobre la tierra es mera contingencia, los llamaré cabrones”. Todo carece de valor, pues es el humano el que le “impone” ese valor a todo, y ante la flaqueza de esta facticidad, los valores naturales no son “propiedades” de nadie, sino meros y democráticos azares.


(1) Concurrencia en el uso del adjetivo. Yo lo llevo usando hace años. Este libro lo estoy leyendo ahora por primera vez.
(2) Texto añadido casi al final de terminar el libro. Fue un día de júbilo encontrar dicha hipótesis.
(3) Más concurrencias significativas. Tanto las aves, como los peces y como los mamíferos marinos duermen bicameralmente, un hemisferio duerme mientras el otro permanece despierto. Hay varias especies de primates en donde la descendencia hereda la jerarquía en la manada de sus padres, al modo de las clases en los humanos antes de las grandes Revoluciones, o las castas en la India. Los ratones topos es la única especie mamífera que comparte la eusocialidad con las abejas o las hormigas, pero de nuevo una concurrencia. La más extraña, quizás, sea la de los buitres en el continente americano, como el cóndor, que descienden de un ancestro de las cigüeñas, mientras que los buitres eurasiáticos y africanos descienden de un ave rapaz; de nuevo se aplica el “horror vacui”, si “hacía falta” un ave carroñero, de gran envergadura, algún ave se tenía que adaptar a ese vacío, a ese espacio en la cadena alimenticia.
(4) Este pensamiento lo he sostenido una y otra vez a lo largo de los escritos, de ahí que ponga esta referencia que pocos pensadores parecen sostener. (“Perdí” esta frase y la he estado buscando dos días en libros recién leídos, deteniendo el escrito. Digo esto para el que quiera saber cómo “funciono”. Me obsesiono en una minucia y en ese proceso no avanzo. Esta peculiaridad/rasgo queda muy bien reflejado en la película “Final Portrait”, sobre el artista Alberto Giacometti. Me ocurre lo mismo a mí en el trabajo 3D, me “pierdo” en un eterno retocar, hacer y deshacer. Sé que es genético porque lo ha heredado mi hija, aún de forma más pronunciado.)
(5) La arquetípica pesadilla de que se te caen los dientes, es el cerebro “hablando” de ese miedo a la pérdida del control.
(6) Steven Pinker ataca a los intelectuales, ataca -en mi lenguaje- a la dialéctica negativa, la retroalimentación negativa o de freno del sistema. Bajo mi punto de vista, todo “adelanto” genera más caos, lo que genera más el sentimiento de sentirse uno perdido. Recordar que la memoria, y por extensión el yo, se creó bajo el baremo de saber dónde te encuentras en una selva, o en un  desierto, o un bosque…, pues con esas coordenadas sabes de donde vienes y a dónde vas, sabes tu meta, tu origen; cuanto más tupido sea un bosque o una selva mayor probabilidad de perder los puntos de referencia y de perderte. Las metáforas, las reducciones y las simplificaciones que hace el cerebro son una contramedida, pero tiene sus límites. Este caos, por lo demás, deviene en una mayor capacidad de generar dolor en el mundo. Por otro lado pienso que esta calma es la que precede a una “tormenta perfecta”, llegará un momento que la superpoblación y el cambio climático, creará un caos sin precedentes en la historia. Puede que no mañana, ni dentro de cinco años, pero ese colapso de la superpoblación ha de llegar en algún momento.
(7) Voy a hacer un pequeño análisis sobre los dimorfismos sexuales (diferencias corporales entre sexos), para aclarar este tema o frase, lo he puesto en una nota, por no interrumpir el escrito central. En este caso he tratado de detenerme en los colmillos. Entre los primates, como los geladas, los machos tienen unos grandes colmillos. No tienen una función depredadora, como entre los felinos o los cánidos, sino que obedece a un dimorfismo sexual en donde esos grandes colmillos sirven para la lucha de los alfas así como para la selección sexual de las hembras. La evolución tiene tres grandes factores, las mutaciones, la mejor adaptación y uno de ellos es la selección sexual, que por lo general lo hacen las hembras. Cuanto más fuerte y sano sea un macho más proclive es para ser seleccionado. Si dos machos tienen que competir, cuanto más pronunciado sea ese “arma” mayor ventaja tendrá. En ese caso especies como los geladas tienen unos grandes colmillos. Entre los simios ocurre lo mismo, tanto los machos de los chimpancés como de los gorilas tienen grandes colmillos, que sirven sobre todo para la lucha, no se usan ni para arrancar, ni para romper, o sea no tienen realmente funciones en la masticación.
Dimorfismo Sexual de los Colmillos en los Primates P   Se sabe que es un dimorfismo sexual puesto que las hembras tienen unos colmillos menores. Algo en lo que se fijó Darwin fue que el humano tiene unos colmillos pequeños, y que entre las hembras y los machos no hay diferencias. ¿Qué factor llevó a esto? He estado “investigando” y me he encontrado con muchos problemas ante una falta de teoría. En primer lugar hay que tener en cuenta que la búsqueda en Internet  hay que hacerla a través de la palabra canino y no colmillo, y hace referencia al colmillo del perro, pero es el nombre que se usa en ciencia para mostrar las diferencias entre las especies o los sexos por este tipo de diente. Darwin concluyó que dado que el humano hizo uso de instrumentos, eso debió de provocar que un colmillo largo careciera de importancia. Otro posible factor que he encontrado ha sido la utilidad o adaptación del colmillo con respecto a la forma del cráneo y la dentadura, una pura adaptación maxilar mecánica ante la masticación. He tratado de remontarme a qué ancestros sí tendrían unos colmillos más desarrollados. Encontré varios escritos, pero el más claro y conciso (pues tampoco quería profundizar demasiado y menos cuando todo son teorías), nos dice que nuestros ancestros de hace 4 millones de años sí tenían un dimorfismo sexual en los colmillos: en los machos eran más pronunciados y grandes con respecto a las hembras. Ese rasgo se terminó por perder hace dos millones de años. ¿Fue la hembra humana la que fue seleccionando a los machos menos agresivos o fue algo más social? Puede que un juego de los dos factores: las hembras seleccionaban a los machos más colaborativos entre ellos (más sociables) para optimizar la sociabilidad, el trabajar en común, que al final repercutían en la estabilidad y progreso de la manada. O sea, el macho no tenía que competir contra otro macho, lo que hizo innecesario unos grandes colmillos o dejó de ser un factor clave a la hora de seleccionar al compañero para la cópula. Paradójicamente a lo que pueda creer, las hembras bonobo prefieren a los macho “cabrones”, frente a los puramente colaborativos, cuestión que hace aún más único lo ocurrido en la especie humana (aunque a muchos hombres -y mujeres- eso les encaje más con respecto a su forma de ver la sociedad humana). Todo esto viene a que aunque el feminismo argumente que ellas carecen de poder, como tal no se les puede tachar de hembrismo; si se analiza a nivel evolutivo sí que tienen poder, pues son ellas las que “seleccionan” los rasgos del macho en concreto o del humano en general que han de mantenerse en la especie. La hembra se mete en sus propias “trampas evolutivas”, como así ocurre entre las elefantas marino, pues el exceso de tamaño de los machos alfa, por dimorfismo, las daña e incluso puede hacer que aplasten a las crías en sus luchas y que en el proceso mueran. Curiosamente se han analizado comportamientos en ciertas hembras, de esta especie, que se apartan del “harén”, se alejan a alguna cala aislada, y esperan a un macho no alfa (menor tamaño, menos agresivo) para copular. Se mantienen aislados y crían a su descendencia fuera de los ojos del macho alfa. Se me antoja que la hembra humana pasó por algún proceso de este tipo. Si en ese proceso, a la vez, les diese alguna ventaja con respecto al anterior modo de harenes, al final eso haría que fuese la tónica dominante de la especie y haya sido de la que provenimos. Sé que es mucho suponer, pero es que nunca averiguaremos por datos qué ocurrió realmente. Tenemos dos estadios, el primitivo y el actual, y sólo se pueden sacar conclusiones a partir de esos dos estados. La paradoja actual es que si la tendencia es a que vaya desapareciendo el emparejamiento heterosexual por un lado, y por otro que el hombre tiene sexo con facilidad, entonces de nuevo podríamos ir a una nueva competitividad de los hombres por el sexo, y si es así entonces es muy posible que de nuevo se pronuncien los dimorfismos sexuales. ¿Es la actual escala e incremento de violencia un signo de este nuevo estado de cosas? La evolución es lenta, la liberación sexual apenas si lleva 50 años, pero hay que tener en cuenta que ahora el macho (uso macho y no hombre, pues el segundo -como denuncia el feminismo- es genérico para designar a la especie) tiene fácil acceso a esteroides que alteran el comportamiento de todos los estrógenos, y por ello de la testosterona. De una manera u otra, la liberación sexual es la que está creando posiblemente esta tendencia. Por otro lado la liberación sexual por volverse más “normalizada” no se vuelve más democrática, sino que crea más frustración entre aquellos que no consiguen tener sexo, lo que genera de nuevo una mayor tendencia al odio por injusto, y una mayor proliferación de la prostitución y todo relacionado con la “venta” del sexo. Hoy hay más prostitución en la sociedad occidental que antes de la liberación sexual; tiende a normalizarse. La nueva propensión hacia los juegos sexuales aún distanciará más a los dos sexos, como dos universos paralelos, donde ya no se “necesitarán”.  Bajo mi punto de vista la posición actual es peor que la anterior, y cuando digo anterior no me refiero a aquella de “en casa y con la pata quebrada”, me refiero a los años 80 y 90 (en España, pues en cada país y cultura es distinto). A la mujer cada vez se le hará más complicado encontrar un hombre que supla todas sus actuales exigencias, eso llevará a la total crisis del matrimonio, lo que lleva al concepto de los “Singles“, a la competencia de los machos, a la falta de un diálogo real entre los sexos, lo que lleva a la competencia sexual de los machos para acceder al sexo, en un mundo donde la mujer si ha de seleccionar a un macho, para una sola noche, preferirá a los más dotados, con el consiguiente problema de los esteroides y la tendencia hacia la agresividad a los que llevan estos. Bajo mi punto de vista había que elegir entre dos demonios y nos quedamos con el más malvado. Recordar la metáfora de Ebilene, realmente nadie quiere ir, pero al final todos vamos por esa senda trazada a ciegas. A la larga, de pronunciarse estas diferencias en el tiempo, el macho volverá a tener grandes dimorfismos sexuales con respecto a las hembras. (Gráfico creado por mí, descargar tamaño grande)
(8) Una segunda teoría a este hecho, que no excluye al primero, es que nos viene de la herencia musulmana, ya que estos daban más importancia al interior que a lo exterior: sus calles eran estrechas y sin embargo hacían grandes patios interiores en sus viviendas, como así se ve en Andalucía.


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