Lo que Es y lo que (a)Parece – Introducción (Prerelease)

Todas las religiones, casi todas las filosofías, una parte de la ciencia, atestiguan el incansable, heroico esfuerzo de la humanidad negando desesperadamente su propia contingencia.”
Jacques Monod

   ¿Por qué adelantarme a escribir una introducción al libro “lo que es y lo que (a)parece”?

   Tal libro no es muy legítimo. Escribía en un blog, y un día decidí titular así a los siguientes escritos. El empezar por uno y no por otro anterior era aleatorio. Seguía una línea argumental, la cual el primer capítulo heredaba. Para que se entienda lo que quiero decir, es como si estuviese hablando y de repente, en el minuto veinte, decidiese que a partir de ese momento estuviera hablando de algo en concreto y nuevo, cuando tan sólo era un corte artificial, una toma de respiración, si se quiere. A lo largo de esos escritos me puse una meta: explicar qué era a eso a lo que se llama actitud. De ahí la importancia del título: constantemente nos topamos con el ser y el aparecer, trataba de determinar si era posible la actitud, cómo y porqué, a partir de diferenciar qué somos y creemos ser. Entre medias interactuaba con las redes sociales, y con libros y series, de tal forma que me ocupaba de esos temas incluyéndolos en los artículos. Al finalizar de explicar qué era la actitud en la actualidad, bajo un punto de vista personal, dejé un largo tiempo de escribir, con la pretensión de acabar con un último escrito más lírico y emocional; pero tal escrito no llegó, porque ya no soy de conectar con ese aspecto de mi/la realidad. Por lo que seguí escribiendo, ahora sin rumbo. El “rumbo” salía de cada escrito, de la imperiosa necesidad de explicar o profundizar más aquí y allá. Después de parecer estar llegando a algunos “resultados”, a algunas explicaciones plausibles, de repente decidí dejar de escribir. Finalmente comprendí que no había casi novedad en mis escritos, que todo estaba ya dicho, sobre todo al encontrarme con el escrito de Ted Kaczynski, y por qué el intelectual parece estar de más en el panorama actual, en donde hay una excesiva proliferación cancerígena de opiniones. Aún con todo había logrado perfilar ciertas ideas, bajo el prisma de los descubrimientos provenientes de la ciencia, con lo cual quería dar formato de libro a todos los escritos.

   Gran error o cuanto menos problemático. Mis últimos escritos e ideas me obligaban a revisar todos los escritos, ahora bajo esos puntos de vistas finales (teleológicamente), con la paradoja de qué decir o no decir para no adelantarme a esas ideas de los últimos escritos. Por lo demás, al revisar me vi en la obligación de intercalar algunos conceptos en nuevos escritos, que a la vez me llevaron a investigar sobre esos nuevos aspectos. Al final me topé con dos autores y libros: Viktor Frankl y su libro “En el principio era el sentido”; y su opuesto, Jacques Monod y su libro “El azar y la necesidad”. Comprendí, con tan sólo ojearlos, que mis escritos eran una postura intermedia de uno y otro, que fui confirmando a la medida  que los leía. En mi revisión de los escritos vi la importancia de lo teleológico para explicar mis ideas, como contrarias a tal concepto, y Monod ya había tratado el tema y creado su opuesto, con el concepto de la “teleonomía“.(1)

   Aunque he leído mucho, casi todos mis escritos se basan en la pura introspección. El problema de este método es que puedes terminar pensando que has inventado la locomotora a vapor, cuando está ya ha sido inventada, e incluso dejada atrás. Pero de otra forma ¿Cómo saber si alguien ha tratado algún tema, cuando estos son conceptos abstractos de los que desconoces los neologismos? De la filosofía conocía el concepto de lo teleológico, pero ni siquiera sabía si lo habían usado para explicar fenómenos naturales. Creé mi propia teoría, pero al final descubrí que Monod ya la había hecho; por la cuestión que era a lo que tenía que atacar. De esta forma ahora se habla de la teleología biológica, pero para contradecirla y hacer ver sus errores.

   ¡En fin!, no sé si seguiré desarrollando el libro cuando veo que todo ya está dicho. Puedo tener alguna perspectiva nueva que trate de conciliar las ideas de Frankl y Monod, pero se deduce de lo que ya tengo escrito. Ahora tendría que volver a revisar todo a partir de leer los dos libros ya mencionados. Mayor complejidad, más trabajo: revisar por triplicado. Me veo cual Sísifo cuando de nuevo está bajo la montaña, teniendo que volver a subir la pesada carga que es la piedra. En mi mente todo está claro. Mi punto de unión con Viktor Frankl es que este hace hincapié en que de lo que adolece la situación mundial actual y su hombre individual, es la pérdida de sentido. Bajo su punto de vista se ha creado un tipo de trastorno al que denomina como neurosis noogénica. Nos dice a la vez, tal como lo he repetido yo muchas veces, que cuanto más moderna sea una sociedad más se padece este mal, puesto que los individuos de cazadores-recolectores no tienen dicho trastorno. Frankl habla de perder el sentido de la vida, concepto del que yo he huido, por ser ambiguo, pues enseguida se piensa en Dios, en la vida tras de la muerte y todo este tipo de lenguaje. En mi caso he usado el término/concepto de motivación. Viene a ser lo mismo que él dice, puesto que él escapa de que sea reducido a lo religioso o transcendental. Si se le resta esa dimensión es más acertado usar el concepto de motivación, pues esta es la que te levanta de golpe de la cama, como si fuese un muelle, por sí misma, y no por algo externo como el tener que ir a trabajar desmotivado. Todo esto sigue siendo los problemas típicos del lenguaje. Sentido de la vida es sinónimo o análogo a una gran cantidad de conceptos y palabras: razón, lógica, motivo, significado, objetivo, motivado… para vivir. Frankl cae en ese caos del lenguaje y me da la razón sobre el uso de los términos cuando dice: “la frustración de una persona sólo se puede entender si entendemos su motivación. Y la presencia ubicua del sentimiento de falta de sentido nos deberá servir de indicador allí donde tengamos que encontrar la motivación primera, que es lo que el hombre finalmente desea.”(2) De una forma u otra es una meta o fin que nos ilumina desde su “destino” y “explica” cada paso que damos en esa dirección (fijarse que las religiones suelen poner como luz o camino a Dios). O sea, tiene la dimensión teleológica, que como digo en mis escritos es el principio reductible de lo que es la vida, y este se ha quedado como patrón o sesgo, tanto en el ADN, como en el cerebro. No porque explique la vida, no porque tenga un fundamento detrás transfenomenal, sino por ser un patrón nuclear por el cual la vida “creo” el movimiento, lo que le mueve, lo que le motiva, lo que le direcciona (su ausencia, vació o necesidad), que es que le hace falta algo externo para hacerse ser, para crear su movimiento: el alimento, la energía. O dicho más llanamente: al ser gasta energía o se degrada, y tiene que recuperar esa energía o aquello que degrada. Vida es apuntar constantemente a aquello faltante, que está en su horizonte y por lo tanto su meta, sentido o motivo.

   A Viktor Frankl le faltaba un porqué lo vivo busca sentido. Cuestión que yo ya he dado: es una propiedad de la vida, en tanto que finalidad o meta, pero ciega por lo demás. Monod cae en el “error” de los fisicalistas al decir que todo es un espejismo. Yo llegué al punto medio al pensar que en tanto que espejismo, es. No por saber que es un espejismo este desaparece, se mantiene a pesar de este nuevo conocimiento o punto de vista. Si la vida es en tanto lo faltante, su “lógica” crea estructuras en su sistema nervioso para “alcanzar” de lo que está falto. Luego hay que pensar a partir del porqué se mantiene tal espejismo, como un nuevo emergente que tiene su “propia lógica”. De cualquier forma me posiciono al lado de Jacques Monod, que destierra para siempre a Dios o cualquier dimensión transfenomenal a la realidad. Para Monod todo es azar, y es a partir de esta realidad que se crea la vida, que conlleva la “necesidad” en tanto que modo adaptativo de “buscar” lo faltante y validar su replicación. Por lo demás yo no tengo el tipo de conocimientos que este tiene para explicar lo no teleológico de la vida; lo teleonómico del hombre, la inteligencia y la conciencia. Monod es un premio Nobel.

Para los que les interesa leer los dos libros mencionados. Escogí “En el principio era el sentido” de Frankl por ser el más claro y rápido de leer. Pero en más relevante es “El hombre en busca de sentido”.


(1) Los errores de la Wikipedia en español. Teleonomía no es un término creado (o ideado) por Jacques Monod, tal como dice la Wikipedia española, sino de Colin Pittendrigh. Recurrí a la Wikipedia española porque no sabía la traducción al inglés, que es teleonomy.
(2) En el principio era el sentido, página 55.

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La Normalidad como Enfermedad Social VI – Una Aproximación a la Identidad

“Un ojo que se ve a sí mismo es un ojo enfermo.” Viktor Frankl

   Hemos analizado tres aspectos dimensionales de lo mismo, tres modos de desarrollos mentales en los que el tiempo entra en juego: lo teológico, los dos tiempos de causa y efecto, y el azar como condición “contaminante” de mis deseos en el tiempo. La forma más contraintuitiva, sin duda, es la teleológica. Pero también es la más primitiva y bajo la que se rige la vida. La vida, en tanto individualidad, está atravesada por este signo. ¿De dónde procede la química orgánica, las biomoléculas? De las reglas o las leyes moleculares, de la capacidad de los átomos para crear moléculas, que a su vez remite a los electrones y sus tipos de enlaces químicos. Estos orbitan alrededor del núcleo, variando la capa en las que orbitan. La teoría del octeto establece que la forma más estable es de ocho electrones. Excepto los gases nobles todos los átomos no cumplen con esos ocho electrones. Así que cuando se juntan átomos de distinta cantidad de electrones, estos orbitan entre esos dos átomos, haciendo que permanezcan juntos (enlaces químicos), creando moléculas más complejas. En definitiva tratan de captar electrones para llegar a la regla del octeto, pero como “compiten” dos átomos, ninguno llega a “ganar” en el proceso como para cumplir con la regla, dando como resultado que quedan unidos. El agua, así, es la unión de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno.

   Las biomoléculas son aquellas en las que intervienen principalmente el carbono y el hidrógeno, y en las que pueden entrar en juego otras como el oxígeno, el nitrógeno, el fósforo y el azufre. El átomo principal es el carbono, átomo que tiene la capacidad de crear enlaces covalentes. No hay magia, no hay nada más allá. Son puras reglas. ¿La teoría del octeto podría ser una clave? El octeto es muy posible que sea el límite orbital de un solo átomo. En la medida que haya menos de ocho “queda espacio” para que orbiten más electrones y es por este hecho que un electrón en “su viaje” orbital quede “atrapado” en el vació, de la falta de ocho electrones, de otro átomo, como para que orbite a la vez esos dos átomos, creando el enlace químico. Los gases nobles, al tener ocho electrones, no crean reacciones químicas, no “interactúan” con otros átomos.

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   Sea como fuere la vida es aquella que “juega” con esta química de la regla del octeto a partir de las propiedades del hidrógeno y el carbono. Hay que fijarse que el humano se ha encontrado desde siempre con ciertas reglas, pero al no tener una información completa, crea principios y reglas a partir de esas deficiencias. Existe, por ejemplo, el concepto del horror vacui, de que la realidad aborrece el vació. Si nos damos cuenta se puede aplicar, o reducir a ese inicio, de la regla del octeto. Igualmente a lo físico, si hay una habitación en la que se ha hecho el vacío y se le abre, el aire ocupará su espacio de manera uniforme; si se echa café en la leche no quedan claroscuros, si no un color uniforme porque el café ha ocupado todos los “espacios” posibles. Pero además el horror vacui se puede aplicar a todo, como a la hora de hacer una obra de arte: si hay una hoja en blanco y se le pide a alguien que dibuje algo, lo hará en el centro y ocupando el mayor espacio posible. En ningún caso o en casi ninguno hará un dibujo en un borde o una esquina y desperdiciando el resto de la hoja o espacio. O en la economía: si hay algo en lo que el humano pueda ganar dinero, crea un oficio, una empresa, etc. Igualmente se aplica a la política y a la dinámica de grupos: no puede haber vacío de poder. Si en un grupo no hay precisamente alguien que pueda ser un macho alfa “genuino”, ese vacío lo ocupará el que esté más dotado para ese cargo o posición. Igualmente para gracioso, inteligente, etc. ¿De qué nos está “hablando” esto? De que las reglas parecen permanecer de unos sistemas a otros. Las moléculas tienen unas reglas, que las heredan los átomos, que a la vez la heredan las moléculas y por ello la vida. ¿Las hereda el cerebro, la conciencia? En el horror vacui al parecer sí, así en cómo estoy yo definiendo la identidad. Así nos lo hace ver Viktor Frankl cuando dice “análogamente, el sufrimiento ocupa toda el alma y toda la conciencia del hombre tanto si el sufrimiento es mucho como si es poco. Por consiguiente el «tamaño» del sufrimiento humano es absolutamente relativo, de lo que se deduce que la cosa más nimia puede originar las mayores alegrías”. Un sistema nervioso “nace” bajo la regla de las finalidades: llegar a la luz y para ello “construye” receptores de luz; huida de medios nocivos, y crea receptores que detectan ciertos gases y compuestos venenosos como para no permanecer en ellos. En los animales complejos, estos dos inicios, son los que ahora conocemos como vista y olfato. Las finalidades, y por ello el sentido de las cosas, viene dado por una carencia o vacío que hay que rellenar. Un individuo es según sus finalidades, que a la vez dan el sentido de sus actos, al igual que una nariz tiene la finalidad y eso le da un sentido del porqué está ahí y tiene unos orificios por los que entra el aire. Cuando la conciencia de sí nace, posiblemente con la palabra y la posibilidad de interiorizar a esta, ¿lo hace con la falta de sentido, de finalidad? En principio no. Según veremos más adelante, el principal núcleo de la conciencia de sí, tenía el sentido y la finalidad de verificar la información. Esto es: revisarla de nuevo con los módulos más modernos y complejos del cerebro, que se encuentran en el prefrontal. En este sentido es un verificador de errores, los detecta y trata de subsanarlos, de buscarles un “sentido”, una resolución. Lo que ocurre es que además este módulo tiene la capacidad de volverse sobre sí, de crear esa capacidad de conciencia de sí. O sea, en la vida cotidiana este módulo es “conciencia de” cocinar, “conciencia de” ver la televisión. Es un vacío que se rellena con el hacer, pero ¿y si de lo que es conciencia es de sí mismo? En los primeros ejemplos es un espejo que refleja (supervisa, revisa, visionar dos veces) el acto de cocinar, pero ¿qué muestra un espejo que se pone delante de otro espejo?, que revisa. ¿No se pone a sí mismo como objeto o algo exterior como ocurre con cualquier otro “conciencia de”? Así es. En esa medida la conciencia se vuelve otredad de sí misma, exterior, algo que en principio no tenía que tener esa “distancia”. O dicho de otra forma, se cuestiona así misma y en ese sentido se pregunta por su para qué y sus finalidades. Démonos cuenta que es un artificio. Ese módulo tenía su sentido y finalidad, pero en la medida que tiene la capacidad de no poner otra cosa en su “conciencia de” que a sí misma, crea una emergencia, un nuevo sistema complejo que es más que la suma de sus partes. En esa dimensión, y aunque herede las reglas de su sistema previo que era el de supervisar, ahora ya no le “vale” con esas reglas que le daban sentido y finalidad. Ha de crear o ha de ser para otra cosa, lo que le dé sentido y por lo tanto una finalidad.

   Del módulo que estoy tratando es del córtex cingulado anterior. Este supervisa, tiene inputs, de lo visual, lo olfativo, lo auditivo y otras regiones de cerebro. A la vez está unido al hipocampo, pues no se puede revisar en vacío, sino a partir de los datos del pasado, y está unido a las amígdalas, que le dan el estado emocional de las situaciones a supervisar. El hipocampo es sobre todo memoria autobiográfica y tiene por lo tanto una percepción de la propia identidad en tanto que pasado. Este circuito, cerrado sobre si, como conciencia de sí, sólo se puede ocupar de la propia historia y de sus emociones ligadas. ¿En qué medida cuando la conciencia de sí nació, emergió la de tener que buscar un sentido de esta nueva capacidad y no se puso a la propia identidad como meta? La cuestión banalizada sería así: he “nacido”, todo lo que es, es para algo, con una finalidad o sentido; me encuentro con mi propio pasado con sus correspondientes emociones, luego si no hay otro sentido, este tiene que ser el único que queda: dar sentido a la propia historia, a todo acontecimiento, al propio pasado, a mi propia identidad. Fijarse que si buscamos en el inicio de las palabras, estas son más premonitorias a como las usamos ahora. De-fin-irse tiene como raíz el termino fin, al definirnos, al hacerlo este módulo vuelto sobre sí, tiene embebido el principio teleológico, el de darnos como totalidad finalizada, desde su fin, con una esencia que no cambia, según su modo de operar, pues en definitiva el término latín finis quiere decir a la vez fin y meta. Puede que parezca que haya dado un salto argumental. Es mejor analizarlo más detenidamente en algún ejemplo. El humano es sobre todo habla en su interacción social. Cuando hemos hecho algo mal hay “dos verdades”, la que realmente es, y la que le contamos a los otros para que tenga otro sentido que “nos convenga”. No hay que ver este acto como una mentira. Dan Ariely ha demostrado, en sus experimentos sociales, que todos nos permitimos algo de mal (mentiras, hurtos), siempre y cuando eso no modifique nuestra perspectiva de que somos buenas personas. Si es así, tiene que haber un módulo cerebral que reconstruya esas realidades, y las haga con un sentido y unas finalidades. El córtex cingulado anterior es revisador, detecta errores, debería de detectar sus propias mentiras, ¿por qué no lo hace? Porque al nacer bajo una nueva premisa, bajo esa nueva emergencia, lo hace con unas nuevas reglas. Ahora de lo que se trata es de mantener una narrabilidad de nuestra propia vida. De que todo tenga un sentido y finalidad congruente con esa narrabilidad. De esta forma el córtex cingulado anterior supervisa errores, pero se auto-engaña o no ve sus propios errores, si con ello va en contra de su propio y más nuevo principio, que es el de mantener intacta las propia historia, con su propio sentido y finalidad. A esta doblez, a este engaño, Sartre lo denominó “mala fe“. Fe en tanto que antes que falseadora es “creencia en”. Un individuo cree el sentido de sus actos, de sus engaños y pequeños hurtos, bajo la historia que se cuenta a sí mismo de lo que cree ser. De su narrabilidad. De un hecho que pueda ser contado a otros sin que este nos niegue, o nos descalifique, o nos rechace. Fijarse que lo moral tiene dos módulos cerebrales. Temporo-parietal_junction_animation_small.gifEn la unión temporoparietal derecha “valoramos” (supervisamos) los actos morales de los otros, seguramente ligado al córtex cingulado anterior (junto al pasado del hipocampo y las emociones de la amígdala), como para que esos actos que juzga no nos vuelvan a hacer mal a nosotros mismos.(1) Pero este módulo no entra en juego a la hora de juzgarse a sí mismo, papel que sólo lo hace el córtex cingulado anterior. Así se resume en el dicho de “haz lo que digo, no lo que hago” o el de “consejos vendo y para mí no tengo”. Comportamiento que encaja a la perfección a la hora de ser padres o tutores. Pero esta regla sobre el autoengaño no quiere decir que uno no pueda auto-valorarse moralmente. Que los dos módulos no sean ambos de inputs y outputs, que se mueva la información en las dos direcciones.

   Si he puesto este artículo en este apartado, de la normalidad como enfermedad mental, es por el hecho de que Pan, la normalidad del ser humano, no suele tratar de auto-evaluarse; pues en él puede más el módulo de la narrabilidad, y va por el mundo sin hacer que la unión temporoparietal derecha se  juzgue a sí misma, como para que vaya contra su propia narrabilidad, ahora vuelta identidad. O dicho de otro modo, es un tipo de humano en donde se plasma más radicalmente la “mala fe” sartriana. Como de lo que se trata es de ir feliz por la vida, ha de mantener su propia autoimagen intacta, aunque por ello falsee la realidad y falsee su propia imagen. Dicho más llanamente: la narrabilidad se implementa como una parte de la identidad, y dentro de la finalidad de la conciencia de sí, que ahora tiene el sentido y la finalidad de mantener la propia imagen limpia para sí y para los demás. Crear una estructura narrable de cada acto, y de paso del pasado, el cual se está constantemente reconstruyendo bajo cada nueva identidad que “adoptamos” (nos contamos), para que tenga la propiedad de poder ser contada o compartida con cualquier otro ser humano.

   Este análisis es uno previo, de otro artículo en donde me detendré en otras dimensiones de la identidad. En principio hay que tener en cuenta que la identidad es una meta, pues de alguna forma ha heredado esa estructura. Por un lado porque la vida nace con esta regla, segundo porque el hipocampo que es autobiografía, es a la vez una “analizador” de la tridimensionalidad del mundo. Al ver analizamos en mundo dentro de una red 3D que es la que guarda la información, la perspectiva, que a su vez se vuelve nuestra memoria autobiográfica o pasado. Bajo esta premisa, y enraizado con la narrabilidad, nos tratamos de contar nuestra historia al revés: desde esos finales deseados y esperados. Si no creamos esa estructura, crearemos ansiedad en el sistema. No podemos tener cientos de libros a medio leer, el nuestro tampoco. Tenemos que creer y ponernos metas, para que nuestro propio libro sea un libro ya escrito y con un final deseado. Le volcamos una narrabilidad dialéctica, en donde nuestro momento presente es un medio camino, una antitesis, a la espera de una síntesis. La identidad, así con todas estas perspectivas, es como el hogar, aquel espacio real bajo el que uno está protegido y mantiene su integridad, aquella fin-alidad que hay que buscar (el hogar a la vez como espacio, decoración y orden me de-fin-e). Un lugar deseado, al que se añora volver si uno está fuera, y del que se desea salir fuera para añorarlo (teoría de la zona de confort).

   Otro análisis previo a tener en cuenta, es que la humanidad es dicotómica. Hay quienes creen que lo importante es el camino, pero en tanto que ese camino tiene un final y por lo tanto mantiene y cree en su narrabilidad; y hay quien no cree que hay tal camino ni finalidad, y que en definitiva la vida es un mero proceso azaroso, estos abogan más por el verso de “caminante no hay camino, se hace camino al andar”, de Antonio Machado. El segundo está libre de la narrabilidad. En muchos casos es a algo con lo que se llega con la edad. El creer en uno mismo es un pecado inocente de la niñez y la juventud. Si no pensar en las idealizaciones que suelen desear ser de mayores los niños. Con la edad se acumulan los errores, los grandes fallos, que ya son imposibles de “encajar” en una narrabilidad y una buena imagen de uno mismo. El cerebro termina por rendirse a la evidencia de que la narrabilidad es reducible a cuento. Que la narrabilidad es el cuento que nos contamos a nosotros mismos para restar ansiedad y creer que tenemos control sobre la vida, que lo azaroso no nos afecta. Los dos tipos de humanos entran en liza de forma constante, como dos apuestas evolutivas que están condenadas a ocupar el mismo nicho ambiental. Así, desde el principio, se crearon dos teorías filosóficas, y todos los posteriores filósofos eran o bien seguidores de Parménides, que defendía las esencias, las verdades transfenomenales; frente a Heráclito, para el que las esencias no existían, y todo era mudable y cambiante. Bajo mi forma de ver estos dos opuestos no son meras dialécticas culturales y filosóficas, sino que obedecen a “dos puntos de vistas” evolutivos, los “heracliteanos” y los “parmenidianos”, y dentro de un sistema complejo en el que los dos son “necesarios”. Esta dimensión será analizada al final del libro. Por lo pronto tener en cuenta que en la cultura occidental “ganó” Parménides, a través de Platón, Aristóteles y finalmente el cristianismo; mientras que en la cultura oriental “ganó” la de Heráclito, en el budismo y el taoísmo. Es muy posible que esta dicotomía nazca de dos tipos o apuestas humanas: los nómadas y los sedentarios. Los primeros no tienen hogar, no tienen ecosistema propio, no tienen identidad; para estos todo es cambio, constante permutación de lugares, de espacios, de formas de proceder: adaptación perpetua. Para los segundos el hogar, la identidad de un espacio propio, les hace desear ese lugar al resguardo de la intemperie, del cambio; tratando de controlar el medio, y por lo tanto su propia identidad y su perenne esencialismo: sus “verdades” inmutables. Pan pertenece a esta segunda “raza”.


(1) En el escrito anterior hacía mención a desconectar partes del cerebro y que nuestro comportamiento o identidad cambiase temporalmente. He aquí una prueba de ello, sacado de la Wikipedia inglesa a partir de bloquear la unión temporoparietal derecha :
La moralidad es la diferenciación en la intención entre elegir entre lo que es bueno y lo que es malo. Las conexiones realizadas en TPJ ayudan a un individuo a comprender sus emociones y tomar decisiones basadas en ellas. El TPJ permite la asociación de emociones con eventos o individuos, ayudando en el proceso de toma de decisiones. Sin embargo, los errores en este procesamiento emocional pueden surgir cuando los pacientes tienen lesiones en la TPJ o cuando el cerebro se estimula eléctricamente. La estimulación magnética transcraneal (TMS) se puede utilizar para interrumpir la actividad neuronal en la rTPJ, justo antes de que un paciente tenga que tomar una decisión moral, así como durante el proceso de toma de decisiones, que constituyen dos entornos de prueba diferentes. Luego, cuando se les presentó un dilema moral, la capacidad de los pacientes para tomar decisiones moralmente sanas fue deteriorada. TMS para el rTJ afecta a la capacidad de un individuo para usar estados mentales para tomar decisiones morales. Los estudios también muestran que existe una relación entre la teoría de la mente y el juicio moral, lo que una vez más significa el papel de la rTPJ en la moralidad.”

La Normalidad como Enfermedad Social V – Azar

“El azar lo es todo.” Jacques Monod

   Sigo con la investigación de la formación del cerebro en la prehistoria y en el niño. Con la causa y el efecto entra, inevitablemente, en juego el azar. Necesito hacer fuego, pero no tengo las piedras adecuadas para crear una chispa que queme la hierba seca. Lo que ocurrió en esas mentes primitivas, quizás, se pueda reducir a una palabra derivada de azar: azaroso. Esto dice la RAE: 1. adj. que tiene en sí azar o desgracia. 2. adj. turbado, temeroso. El azar es aquello que se escapa de nuestro control. Una reacción química ocurre, la química orgánica no tiene ojos, intenciones, el azar es el que entra en juego, pero no hay un sistema nervioso que lo cuestione. Los microorganismos se movían aleatoriamente, y captaban comida o no. Estaba el azar, pero seguía sin haber “conciencia de” (azar). Sólo con los sistemas nerviosos más complejos entra en juego el azar. La vida, el sistema nervioso, consiste en tratar de escapar del azar, controlar las variables, controlar el medio. El exterior se vuelve una resistencia a mi tendencia al control, a escapar del caos, a evitar el azar. El azar, así, se vuelve aquel medio que me crea temor, incertidumbre, que tiene una doble vertiente en las cosas: me puede ir muy bien o muy mal, pero que inevitablemente es un proceso en el cual pierdo el control.

   En esa dimensión mental de lo azaroso, la conciencia de la muerte, de la muerte de un pariente, de un compañero, crea demasiado dolor. No podemos tratar de ponernos en su pellejo, nuestro dolor actual, ya ha pasado por muchos filtros evolutivos y culturales para minimizar en la medida de lo posible ese daño. Si se analiza el dolor de una madre chimpancé, es quizás el más cercano a aquella primera conciencia de la muerte del ser querido de nuestros ancestros. Hay madres chimpancés que llevan consigo al bebé muerto por días, en su soledad mental, hasta que entra en estado de putrefacción: lo acuna, lo mima, lo desparasita; haciendo como si siguiera vivo. No aceptan la muerte, no aceptan que esté ahí el cuerpo, y que no esté ese “algo” que hacía que se moviese.

   Otro dato a tener en cuenta con el nacimiento de una conciencia más compleja, es que entra en juego el tiempo, la dimensión del tiempo. Está claro que si no hay conciencia, no hay dimensión temporal. Fuimos desde un mundo teleológico que sólo es en tanto que es una reacción química y existe en un punto fuera de lo temporal, en el cual ese instante puede ser infinito, pues en ese momento se hace Ser; a la causa y el efecto en donde el movimiento de una acción se construye como una totalidad temporal: preparar la acción mental (idear), hacerme con los utensilios necesarios y llevar a cabo la acción. De repente el protohumano descubre el tiempo fuera de lo teleológico, y fuera de una causa y efecto. Afronta, mira de frente, al aburrimiento, un tiempo de nada: sin acción, sin deseo, sin finalidad. Es en ese proceso que tiene que dar sentido a todo, en donde crea la narrabilidad para dar sentido al mundo y a la propia vida. Si el aburrimiento me abruma, carece así de sentido, porque hay finalidades narrables que explican mi existencia aquí y ahora: soy padre, soy cazador, convivo en esta tribu. Esa es mi totalidad, que explica, que da sentido a mi vida, y esos estados fuera de la causa y el efecto, en el aburrimiento, quedan causados por este proyecto como totalidad que soy. De nuevo se cuela lo teleológico. Dar una finalidad a la vida, a mi existencia, que ilumina desde esa finalidad cada uno de mis pasos. Negamos ser un constante ahora, que acciona y de repente no hace nada, y descubre la dimensión del tiempo en la nada. Soy en tanto que mi totalidad, que explica cada uno de mis pasos por la vida y por el mundo. Es en este proceso que, y tiene un porqué, el concepto de narrabilidad. Se cuela por dos frentes, primero por cómo está construido toda causa y efecto, una acción se inicia, se desarrolla y llega al fin que se buscaba. Es el mismo esquema que un cuento o una narración: exposición de la situación y los personajes, desarrollo del trama y el desenlace. Pero la totalidad de este proceso se vuelve teleológico, en el sentido que el final está escrito o previsto y es el que ilumina desde ese fin, todo el desarrollo anterior. O sea la finalidad de que tenga hambre e ideé comer (inicio), me levante, me calce y llegue hasta la nevera (desarrollo), es que coma (conclusión, finalidad). Esa estructura causal se puede reducir mental y gramaticalmente a la sentencia “comí”, a su final teleológico. De nuevo la causa nos viene desde el final, y el resto son sus efectos. Se invierte el orden. Este proceso vivencial se quedó en el cerebro bajo el concepto y patrón de la narrabilidad.

   Pero con estas premisas, ¿la muerte es el fin que da sentido o finalidad a una vida? ¿Cómo algo que produce dolor, y que es tan “aberrante” va a ser el sentido y final de la historia, de la narración, de una vida? De aceptarse eso, sería como aceptar que la vida carece de sentido, porque si algo tiene la muerte es que carece de sentido (fuera del concepto actual de que nada muere y todo se transforma). Sólo crea dolor, vacío, desesperanza. Aquí el humano en lo cultural y la evolución en asentar patrones, tuvieron que ingeniárselas para dar sentido a la muerte. El cómo, el que cuento se creó o que nueva historia, se empezaba daba igual. Cada manada-tribu, buscó y creó su propia historia, hay cientos, y miles de miles. Tan distintas algunas de ellas que parecen contradictorias entre sí. O sea no hay que ver o buscar un sentido a esta o aquella historia de una religión u otra. Lo importante aquí es que la muerte no era el fin, sino un nuevo comienzo. La vida de esta forma, de nuevo, adquiere y toma una dimensión teleológica. La muerte es un nuevo principio, pero como de esa otra vida no sabemos nada, restamos el caos que nos da el azar, tiene que ser una vida mejor donde el caos, el azar, no entre en juego. Todo ha de ser bueno, todo el azar nos será favorable. Restamos la negatividad del azar, porque es la principal fuente de nuestra infelicidad en la vida, de paso y de un plumazo, restamos a la vez esos espacios temporales de vacío, no existe el aburrimiento, todo ha de ser bueno.

   En este ínterin (creo que es la primera vez que escribo esta palabra… ¡fiesta!) quedaba por resolver qué iba a esa otra vida. La ecuación es sencilla (no está probado nada, pero es la deducción más aceptada), cuando una persona va envejeciendo, va respirando más lentamente y con espacios más largos, a su vez tiene menor energía. Hay una unión de respiración y energía, que de nuevo le dan una dimensión de causa y efecto errada: la respiración o esa energía es la vida. Cuando uno muere deja de respirar, luego esa energía es la que sale del cuerpo para ir a algún otro lado. No lo tenemos que pensar desde nuestra mentalidad científica. Hoy sabemos qué son los pulmones, qué es el oxígeno, que este es la energía para las células, que son transportadas por los glóbulos rojos… En ese entonces estábamos con nuestro pensamiento mágico y animista. En realidad alma o espíritu, si se les rastrea nos llevan a un solo origen: hálito (aliento, soplo de vida), de la cual se derivó ánima (movimiento, energía, que a la vez hoy la usamos para el ánimo de una persona) y de esta al final ya sin ninguna apreciación o que parezca que tiene ninguna relación con nada, alma.(1) En la religión Judía, Dios nos insufló vida con su aliento, con su soplo, (aún existe la superstición de que un gato nos robe el alma, cuando se pone en nuestra cara por las noches, frente a nuestra boca, lo que nos quita o nos dificulta es la respiración: se cree que es para recoger el calor del aliento). Es muy común en el lenguaje que la pérdida de su origen, más el cómo va creciendo una palabra en interpretaciones y la suma con otros conceptos, al final pierda su principal y esencial significado. También se sigue eso mismo de una obra. El Quijote no es aquel Quijote “inocente” que pensó Cervantes, es la suma de todos los puntos de vista de todos los hombres que lo han interpretado y que lo han ido dimensionando a mil formas y sentidos. Cada interpretación (revisión modernizada de la obra, una nueva obra de teatro, una película, lo que pueda pensar un filósofo existencialista…), altera la obra.(2) Hoy en día ya no tenemos esa apreciación simple de los protohumanos, hoy alma tiene otra dimensión, cuyo origen se ha olvidado y que simplemente se refería al aliento, a la respiración. Ahí tenemos al Dios Pan, si se lee entrelíneas, esa sensación que te embargaba el cuerpo a través del pánico (Dios Pan dentro de nosotros), ¿no es acaso lo que al final ha devenido como posesión diabólica?; en definitiva el Dios Pan es el que inspiró la apariencia del diablo. Retorcemos la historia y al final olvidamos el origen mítico del relato, lo cual, por la protección de lo identitario, negamos. Hasta hace dos siglos aún se hacía algún intento de ubicar el alma, y que estuviera “entrelazada” en el cerebro, -Rene Descartes y la glándula pituitaria-, pero todos han sido en vano. Quien tenga un familiar que parezca Alzheimer comprobará que allí en el cerebro, no hay ninguna esencia que se mantenga. El cerebro, perdiendo el pasado, sin energía, por la avanzada edad, no deja ver que esa persona-cerebro-disminuido, sea la misma persona de su juventud o que se le parezca. Nosotros desde fuera le damos esa continuidad: que es una misma persona, pero a nivel de ese cerebro individual, ya no es lo mismo. La personalidad, lo que emana como un todo, cambia con el cerebro, por un accidente, por una enfermedad o por la decrepitud de la vejez.

   Hasta aquí este pequeño avance, que en realidad tiene mucho y condensado contenido que digerir. Pienso que esa otra vida deseada, después de esta, es lo que hoy conocemos bajo el concepto de paraíso. Y de pensar qué situación fue esa, pienso que era aquella en la que vivíamos como monos o simios arbóreos en una zona tropical. Piénsese en esa situación. Los monos arbóreos son muy dinámicos, siempre parecen estar en movimiento, van de árbol en árbol buscando frutos. ¿No parece paradisiaco? La comida siempre está al alcance y siempre están en movimiento. La vida, así, es muy teleológica, vivir para comer y para divertirse con los de tu manada o familia, siempre con el reto de saltar y moverte entre las ramas; sin casi enemigos, pues en eso consiste la apuesta arbórea. De alguna forma esa larga etapa se quedó grabada en sus cerebros como “lo deseable”, lo que se había perdido, cuando cambió el clima y lo que antes eran bosques de abundancia, se volvió en una sábana, con escasez de alimentos y depredadores. No había cultura que transmitiera eso, tiene que estar en el cerebro como un patrón, pues fue un periodo de tiempo muy, muy largo. La naturaleza, la evolución, no “olvida” nada. Un bebé respira en el líquido amniótico, porque está ahí de la época en la que éramos un pez. El paraíso terrenal (Adán y Eva comiendo entre árboles y sin peligros, ni angustias), aquello que se perdió, y el paraíso celestial son, así, uno y lo mismo. Proyectamos ese paraíso perdido a un paraíso que tenía que ser la siguiente vida, la vida después de la vida.

   El siguiente paso en todo este desarrollo mental-evolutivo es la “invención” de los Dioses. Tema a tratar en otro artículo, pero por lo pronto hay que tener en cuenta que hay religiones que no tienen dioses, o sea no es algo “necesario” en la ecuación. Lo importante es el concepto espiritual, el pensamiento mágico, que son uno y la misma cosa. Una persona budista ve “saciada” su espiritualidad, sin necesidad de un Dios. La creación de dioses nos viene de nuestra mentalidad animista. Les dimos unas jerarquías, a las politeístas, puesto que la propia vida humana se basa en jerarquías. Bajo mi punto de vista el monoteísmo fue un “error” más de los procesos, ahora ya, históricos; nos acogimos a esta idea y proyectamos en este Único los papeles de padre celestial, alguien que vela por nosotros siempre, como así lo hace un padre. De nuevo la mentalidad infantilizada del ser humano, de Pan, la de no querer madurar, de siempre depender de la mirada aprobadora y rechazadora de un adulto. Pero esto, que seguramente nos viene de nuestra necesidad de un macho alfa, de un líder, ya lo trato en un posterior escrito.


(1) Las palabras se “degradaron” hacia nuevos conceptos: aliento, hálito, al perderse el aliento en el último hálito se pierde lo que lo mueve, lo que le anima (animación), ánima, y de esta a ánma y de ahí a que lo que muere hoy en día sea el alma (en italiano, más fiel al latín, se sigue usando anima).
(2) Eso es cultura. ¿Y qué sentido tiene el copyright en esta trama? Ninguno. Toda obra ha de crecer por su multidimensionalidad. Por la apreciación y el punto de vista de cada humano. Y ¿acaso los guionistas y escritores de esos relatos no se han alimentado a su vez del resto de los humanos?, sobre todo hoy con Internet. Es casi imposible rastrear el origen de una idea. Todo guionista, escritor, cantante o pintor debe su “creación” a la cultura: a cientos y miles de miles de mentes creando y variando las historias. En muchos casos todo se debe a que una sola persona en concreto, viró un concepto, del que se alimentaron cientos de creativos que no revelaban la fuente y que al final crearon nuevos mundos creativos, al que le pusieron el marchamo de los derechos de autor. Decía Picasso que “los buenos artistas copian, (y que) los grandes roban”.

La Normalidad como Enfermedad Social IV – El Esencialismo Como Causa y Efecto

   Si afirmé, en el escrito anterior, que la palabra nació con las mismas propiedades (heredó), de la agilidad y la rapidez de los brazos y manos para trepar y moverse por entre las ramas y los árboles; entonces los “otros”, con los que nos comunicamos, son esas “ramas y árboles” que construyen y dan sentido (finalidad) al acto comunicativo. El otro es el medio por el cual se da y se hace necesario de esa agilidad y rapidez . Son a la vez mis resistencias y mis apoyos, como a la vez lo eran las ramas principales y las ramas débiles, que me podían hacer caer o servirme de un momento sólido en el tránsito. Siendo así, el habla se presenta como un flujo en donde varios cerebros crean conectivas (palabras, conceptos), en las que todos los implicados se aprovechan de estados de cebado cerebral (pre-activación neuronal), y es por esto que se incrementa la facilidad o la fluidez en el habla. En este proceso también nos encontramos las dos situaciones por las que se pueden dar este “moverse entre las ramas”. Puede ser para ir a por algo, o hacia alguien, o sea, por necesidad; o puede ser por simple juego. El juego en el animal no es gratuito. Este se da en los infantes como una manera de practicar de forma controlada esa necesidad que se dará cuando se sea adulto. Cada animal “usa” el juego dentro de su propia esfera de ser. Una cría de león lucha y trata de inmovilizar al otro (juego predatorio)(1), un cabritillo corretea y salta, etc. Las crías de los monos juegan entre las ramas. Lo que entra en juego en este proceso es la dopamina y las endorfinas, como modo de proceso de premio para crear enlaces neuronales. Más dopaminas y endorfinas de las que recibe un animal adulto. Por eso se le denomina juego. El humano es una especie infantilizada, con rasgos neoténicos, de mantenerse aprendiendo (neuroplasticidad), y de ahí que las charlas con los amigos y las personas con las que nos encontremos tengan y mantengan ese factor de juego. De hablar de nada y de todo, sin sentido y finalidad, más que la de mantener el “juego”. Pero no nos engañemos, incluso los infantes, de cualquier especie, a la hora de jugar, están a la vez estableciendo su rol jerárquico, que mantendrán al ser adultos. No hay juego puro, siempre entra en juego el poder, el status.

   En el artículo anterior he hecho un salto evolutivo desde la química orgánica hasta un animal complejo como es el hombre. En realidad lo hice porque se deduce el proceso entre esos dos estados. Los primeros seres unicelulares seguían siendo pura reacción, empezaron a crear sistemas de movimiento: cilios, flagelos. Su causación seguía siendo teleológica (el espermatozoide, con un flagelo, es una célula que sigue ese patrón teleológico: llegar a la meta, al óvulo, para crear una nueva vida), de entera necesidad de algo externo. Más tarde vendrían los seres pluricelulares, que en un principio serían un cúmulo de unicelulares que se apilaban sin crear ningún tipo de interacción, para por alguna casualidad “unir fuerzas” porque combinaban estrategias. La vida más reconocible, con la que estamos habituados, proviene de las eucariotas, un tipo de célula animal que entró en un tipo de simbiosis con una vegetal. Todas nuestras células son de este tipo, la parte vegetal, la mitocondria es la que genera la energía de la célula. En este “acuerdo” la mitocondria (que tiene su propio ADN, sus propias “reglas”) se acogía a la ventaja de vivir protegida por una capa externa de la célula animal. Es curioso eso de los seres pluricelulares, no se le presta la debida atención. Toda una cooperación de cientos de tipos de células para formar un sólo cuerpo o ente (identidad): el individuo ya no cuenta. Esto es importante para comprender los seres eusociales, y el por qué el humano al apostar por la individualidad, no puede apostar por lo eusocial. Tiene que ser o uno o lo otro. Y de nuevo aquí otra paradoja, si se aísla una sola célula de mi cuerpo, en una placa de Petri, ¡ella vive sola!, ¿es “yo”?, sólo en “potencia”: si sirviese o se usase para una clonación. Aquí tenemos de nuevo ese principio que dice que el ser humano conmuta a dos estados, o solo, o en sociedad, está preparado para las dos cosas (como la mayoría de los animales sociales). La paradoja de la sociedad actual es que no nos termina de “encajar” en un todo, ni nos deja solos. Es una situación de constante conflicto, que crea estrés, disonancia cognitiva, confusión, caos…, trastorno mental. Queremos ser sociales, pero lo social se vuelve agresivo, con muchas identidades creando conflictos, odios y separación. No se puede estar solo porque el planeta está demasiado lleno, y ya no puedes ir en busca de lo salvaje sin planearlo por años y ahorrar mucho dinero; tampoco tenemos ya las técnicas y la sabiduría para hacerlo, las estamos perdiendo. Pero tampoco tenemos el medio para vivir en armonía con la sociedad, a no ser que te crees una burbuja en la que ignores todos los conflictos y problemas del mundo. La mayoría de las personas optan por esto último, con lo que se resta empatía y capacidad hacia una unidad humana, que es lo que deberíamos de ser.

   Vuelvo al proceso de la vida. En algún momento algunas células se especializaron para “gestionar” un comportamiento, una forma de actuar. En ese proceso se crearon los primeros inicios de un sistema nervioso, que primero era descentralizado, de grupos de células nerviosas. Nosotros aún tememos ese tipo de uniones, hay ganglios nerviosos, uno de ellos cerca del corazón para regular y controlar más de cerca, y con cierta “independencia” a este órgano vital. Aún con todo, todos los ganglios nerviosos están supervisados por el cerebro, que por eso se llama sistema nervioso central (centralita). Esos primeros sistemas nerviosos seguían la pauta de lo teleológico, de la búsqueda de lo faltante, lo externo. Era un sistema de acción y reacción, motor, en el que había una recogida de datos, y una acción dadas ciertas condiciones. Más tarde parte del sistema nervioso se ocupó de lo interior, hay empezaron los sistemas nerviosos complejos. Con las capas de abstracción de las interneuronas, que se usaban para comunicar a las sensoras y las motoras modulando comportamientos, los seres vivos empezaron a “usar” la causa y el efecto, pero teniendo siempre presente lo teleológico (busca de lo externo necesario), como base. Por lo demás, un humano es capaz de prescindir de lo causado, o sea puede hacer ayuno o una huelga de hambre, y desoír lo imperioso de las necesidades y el motor principal de la causa de la vida, pero por el contrario es el único ser que además ha creado a eso que llama Dios, sin ninguna prueba de causa y efecto. Creo que he dejado cerrado este tema de lo teleológico. Es teleológico o se dispara este dispositivo, cuando todo aquel estado de imperiosa necesidad, anula cualquier otra condición de causa y efecto, para saciar lo que se vuelve imperativo. Nos volvemos primarios y básicos si nos morimos de hambre o de sed; actúa la “huella” más primitiva de lo vivo. Por capas de abstracción, en otros casos volvemos imperiosa la necesidad de justicia, y otros componentes que son sociales. Si no se “ajusta” los social para que haya justicia, nos volvemos básicos y se dispara la respuesta individual de equilibrar la justicia. La búsqueda de justicia, así, es o se vuelve teleológica, al igual que la necesidad de alimento. Un alto nivel de injusticia en la sociedad, sólo está disparando que todos los individuos se muevan por su bien propio, por su supervivencia, ignorando o relegando el fin social de ese momento…, en definitiva, nos vuelve egoístas, teleológicos, y seres que olvidan lo lógico, la causa y el efecto, pues en su movimiento errático y meramente egoísta están “disparando” aún más el caos en el mundo, en lo social.

   El siguiente paso de lo evolutivo, fue el encuentro con la causa y el efecto, proceso por el que pasa ontogénicamente un niño en su maduración. De repente descubrimos que todo es causa y efecto y que si aprendemos de esta regla, si la usamos, como lo hicimos en la prehistoria, podemos hacer fuego tantas veces como queramos. En un principio el fuego seguramente se usaba cuando se producía un incendio en un bosque, por los rayos, u otros factores. No se hacía un uso muy extensivo de la causa y el efecto, en ese proceso se quedan la mayoría de los animales. Pero, a la vez, en este primer estadio se hace un uso abusivo de este nuevo tipo de conocimiento o patrón cognitivo. O sea, se trató de usar este método para “explicar” todo o casi todo, extrapolando sus principios, cuando en realidad y si no se “usa” bien, este patrón cognitivo de la causa y el efecto, lleva a muchos errores de interpretación y a algunos tipos de sesgos. De esta forma, con este patrón, se aprende de las estaciones, de los periodos cíclicos. Se aprende, por ejemplo, que el sol tiene que ver en todo este juego estacional cíclico. Pero el error de este patrón de causa y efecto, les hace creer que el sol es el causante, en tanto que agente o entidad, de las estaciones. Al ponerlo como causa le proyectan una visión antropomórfica, pues deducen que ellos mismos, que son causa y a la vez son identidad o un yo (alma, esencia, agente), son la causa para que las cosas pasen en el mundo y la realidad. O sea, si un humano quiere fuego, por causa y efecto, sabe que ha de usar unas piedras y paja seca. Si él es el ser que crea las causas, da entidad de causa a todo aquello que crea efectos. Si el sol crea unos efectos, es la causa, y en este proceso, en sus mentes primitivas y mágicas -proceso por el cual pasa un niño a nivel ontogénico-, piensan que el sol es un ser vivo con pensamientos (deseo, pasiones, creencias…), con capacidades de pensar y crear efectos en el mundo. El primer teísmo es animista, panteísta y de múltiples dioses, el primero es el más “legítimo” en el sentido que al insuflar de vida, de promover de causas al mundo, sin modificarlo, sin alterarlo, nos hacía tener una comunión con la tierra, tanto con lo animado, como lo que ahora sabemos que es inanimado. Captó sin querer los sistemas complejos: los ecosistemas, los cambios climáticos con respecto a los cambios de los ecosistemas. En ese estado se creó una comunión con la tierra, de causa y efecto, y el hombre “sabía” cuál era su posición con la tierra, su lugar en el mundo y se lo puso como principio: no alterar esa “comunión”, esa totalidad, pues muy en el principio captó -por causa y efecto-, que si cambiaba los componentes de la tierra, si alteraba el “deseo” de cada uno de los “actores” -dioses en un segundo paso- de la tierra, podía alterar todo y al final alterar su relación con la tierra; haciendo peligrar su propia vida. Aquí vemos que causa y efecto en aquel principio, aunque con sus errores de apreciación, de falta de información, era más acertado que la posterior y la actual creencia de un Dios teleológico, que es el que ha creado todo el estado de caos de la actualidad en la tierra, al explotarla y perderle todo el “respeto” de cuidar su equilibrio. Porque hemos de partir de esto: la biblia nace del error de poner en voz de Dios que todo lo ha puesto a nuestra disposición. Nosotros somos el centro del universo, y el resto es para nuestro “uso”. Las conclusiones, de ese nuevo modo de ver al mundo, los conocemos muy bien, no hace falta que enumere todos los desbarajustes de la actualidad. La película “Avatar” es a la vez una crítica a las religiones más fuertes de la actualidad, que crean una mentalidad depredadora y explotadora, y a la vez a favor de una mentalidad más animista o panteísta: menos agresiva y que es unidad con un todo que es el mundo o el entorno donde se vive.

   En todo este entramado el cerebro pasó por una fase esencialista. En donde todo tenía la capacidad de poseer un ente o agente que era el que tenía los deseos de hacer cambios en la realidad. El tema sigue en pie. Una persona racional puede haber desechado el esencialismo de casi todo. El sol ya no es un ser o ente, sino simplemente un cuerpo celeste; en una casa, en la que ha habido un asesinato, no hay una entidad maligna que permanece (creencia en retroceso pese a la proliferación de películas sobre el tema); un objeto o amuleto no da buena o mala suerte; etcétera. Pero seguimos en la idea que el ser humano tiene un agente en el cerebro que es lo que nos hace ser, que es lo que somos. No hay tal entidad. Si el cerebro fuese o se dividiese por habitáculos que fuesen a la vez cajas de interruptores, al apagar los interruptores no hay ninguno por el cual la identidad se “pierda” o desconecta. Hay que apagar varios para que esto ocurra. El apagado de zonas disminuyen capacidades de ese “ente” o esencia (dejar de ver, de mover algún miembro, incapacidad para concentrarse, menor propensión para la toma de decisiones, etc.), de lo que se deduce que es la totalidad del cerebro la que crea esa sensación, ilusión o espejismo de que haya un yo o entidad. Este tema se queda de momento aparcado, y se irá desarrollando a lo largo de los escritos; lo que hay que tener presente es que no hay tal pretendida esencialidad de las cosas, que este no es más que un recurso o patrón por el que el humano pasó a lo largo de la evolución y por la cual pasa el niño en su crecimiento. Esto nos dice la Wikipedia inglesa:

“…el esencialismo psicológico, (…) se refiere a una afirmación sobre una forma de representar entidades en cogniciones (Medin, 1989). Influencial en esta área es Susan Gelman, quien ha descrito muchos dominios en los que niños y adultos interpretan clases de entidades, particularmente entidades biológicas, en términos esencialistas, es decir, como si tuvieran una esencia subyacente inmutable que puede usarse para predecir similitudes no observadas entre miembros de esa clase. (Toosi y Ambady, 2011). Esta relación causal es unidireccional (causal); una característica observable de una entidad no define la esencia subyacente (Dar-Nimrod y Heine, 2011).”

   El niño pasa por ese periodo mágico, esencialista, animista y panteísta. Patrón que tiene su lugar en el cerebro, y es por esto que si se le habla de una religión, cualquier religión bajo la que nazca, adaptará esa espiritualidad, ese estado mágico y animista/panteísta, a lo que le digan sus padres o las personas mayores. Si a un niño no se le habla de ninguna religión pasará esa fase, al comprender que el mundo es mecanicista, que no toda causa tiene una identidad, un yo que lo sostenga, sino que son entes inanimados, sin vida. O sea el mantenimiento de Dios es por lo cultural. Así pasó en la prehistoria, en tanto que un pueblo tenía un tipo de creencias, que los diferenciaban del resto, esas creencias eran algo que debían de defender como parte de sus señas de identidad, que los diferenciaban de los “otros”. Toda creencia o patrón cerebral parte de significativos reales físicos. En el anterior escrito vemos que la vida es carencia, que tiene que completarse. La identidad, como concepto abstracto, nace de la unicidad, de la individualidad. Una célula tiene una pared celular para excluir lo que no es ella, y crea una gran cantidad de mecanismos para distinguir qué es alimento, eso que necesita, y qué es un posible invasor que la va a matar. Bajo este concepto ha de distinguir lo inerte (neutro, alimento) de lo contagioso, de aquello que es a la vez identidad, que tiene sus mismos fines: alimentarse, en este caso de ella. En ese sentido contagio, como abstracción, es aquello que es otredad, con sus propios fines. En el mundo de las ideas, de las culturas, uno no se podía “contagiar” de las ideas de los otros, como tampoco se podía meter en unas aguas estancadas y fétidas, donde existían entes que te ponían enfermo y te mataban. La otredad era una posible atacante de la propia vida, eso lo llevamos implícito desde nuestro núcleo. Un individuo, una célula, es aquello que crea una barrera extracelular (división de lo propio y lo ajeno) para protegerse de lo extraño, del afuera (fronteras). Por lo demás, la defensa de la individualidad sigue un patrón teleológico, pues es una defensa de la propia vida, de pervivir, de durar. De esta misma forma cuando se crea un concepto, y lo crea una sola cultura, lo introyecta para hacerlo parte de ese núcleo de supervivencia, como pared extracelular. Lo identitario es una extensión de la unidad, que siempre lleva implícito la otredad, lo ajeno, lo que es susceptible de ser pernicioso. En definitiva, y a lo que quiero llegar, es que al darle una religión a un niño, se están haciendo dos cosas mal; por un lado detener un proceso evolutivo de madurez hacia la que iba y para la que está programado el cerebro: superar el esencialismo; y por otro darle una identidad que siempre presupone una otredad, a que otro ser humano, que no sea de su identidad, sea un posible enemigo, algo contagioso y por lo tanto pernicioso, o algo que hay que dejar en suspenso, en algún lado del cerebro, con la etiqueta mental de “sospechoso”.

   Como resumen hay que pensar que cada nuevo proceso, por el que pasó el humano en su evolución, le llevó a errores, en su inocencia, en su mal uso de esas nuevas “herramientas” o mecanismos mentales. Causa y efecto es una posición más acertada para predecir el mundo, de moverse y sobrevivir en él, pero causa y efecto también tienen parejo errores si no se “usa” bien. Madurar a nivel individual -ir desde el bebé que sólo actúa casi como una célula que busca el exterior para mantenerse vivo (comer y reposar), hasta el hombre maduro-, es pasar por los errores evolutivos del cerebro, pero también llegar a la posición más “acertada” y madura. La cultura humana interrumpe esa evolución con enseñanzas erradas, haciendo que no se madure del todo, y que se mantengan formas de pensar infantiles o no evolucionadas. Un ateo tiene la ventaja de ver este “defecto” desde fuera, analizándolo como un error para llegar a un fin que debería de ser el acabar con todas las identidades, y comprender que somos una sola unidad: la humanidad. El ateo no “ataca” las religiones por anarquismo, por capricho; trata de acabar con ellas con el “buen fin” de la muerte de todas las identidades, de toda las otredades, de que no existe el contagio. Pero, claro está, no tiene que ser desde la agresividad, sino desde el diálogo, desde la comprensión de cómo hemos llegado hasta aquí. Comprendiendo la evolución humana a nivel del cerebro, y donde dicha evolución no va pareja con la evolución de las culturas, y donde estas “bloquean” esa madurez evolutiva que ha de ser la humanidad y el individuo del futuro.


(1) Un gran “fallo” en las búsquedas de Internet es que si algo de la actualidad tiene éxito y tiene un concepto como el de “juego predatorio”, no hay forma de encontrar un artículo serio sobre dicho tema. Como es el actual caso: como hay un libro y serie que se llama “Predatory Game” ocupa casi todas las búsquedas, sin casi capacidad de llegar a un artículo científico, sin perder demasiado tiempo.


El gráfico de cabecera es una imagen generada por ordenador, que obedece a una máxima esencialista. A un programa se le dice que trate de esforzarse en buscar todo aquello que puedan ser caras o animales; creando como resultado este tipo de imágenes tan oníricas, o si se quiere paranoicas.