La Normalidad como Enfermedad Social III – Lo Teleológico

(Me perdí en mi eternos laberintos de pensar, profundizar e investigar en el tema. Se ha vuelto un capítulo eje o nuclear, que daría tema para un libro)

No podemos escapar del sentido, estamos prisioneros en él.” Lionel Naccache

   Inicio una serie de artículos haciendo un análisis sobre el cómo se “crea” la normalidad. El cómo el ADN (evolución) “construye” una persona estándar o normal.

   Explicar a Pan no lo “neutraliza”. De la misma forma que comprender un efecto visual o espejismo en el desierto no hace que lo dejemos ver. O de otra forma, es la misma paradoja con la que se encuentra el psicoanálisis. Que se llegue a la raíz no quiere decir que se deshaga el nudo, en el que consiste el trauma, sólo lo deja a la vista, después se intenta hacer una terapia. El problema de fondo de un trauma es que puede ser o provenir de la base de toda la “edificación”, de la cual no se tiene los planos. Se tiene que estar tanteando qué muros son de carga y cuales son simplemente paredes. A veces al dar con un muro de carga te encuentras que no hay forma de cambiarlo, pues se caería toda la edificación. En tal caso se crean medidas, que en la metáfora sería reforzarlo, pero que en el psicoanálisis sería tratar de hacer que repercuta lo menos posible en la vida de la persona o su entorno más cercano.

   Si he empezado en el artículo anterior con la base teleológica, que deviene en la religiosa, es porque es un “muro de carga”. Lo que trato de hacer es ir desde dentro hacia afuera, primero las estructuras bases y después las que se han añadido a partir de estas, y siempre teniendo en cuenta su existencia primera. En definitiva, no se puede hacer, a posteriori, una ventana en un muro de carga; rompes su estructura, su entereza y debilitas el edificio. Otra cuestión a tener en cuenta es la teoría filogenética, esta nos dice que en las fases embrionarias se pasa por los distintos estadios de la evolución: pez, anfibio, cuadrúpedo, forma más símica. Es como si los genes construyesen, de nuevo, de abajo a arriba, como si dijeran: “¿cómo era hacer un humano?, ¡ah!, primero era como un pez, después salió del agua y las aletas dorsales traseras se convirtieron en patas…” Algunas personas nacen con los dedos unidos por membranas -palmeadas-, como así lo tienen los anfibios, en otros casos se puede nacer con una pequeña cola, al final de la rabadilla. Son defectos de esos procesos embrionarios por los que se pasa. En los dos casos se operan al nacer. Igualmente pasamos por otro proceso, que es el ontogénico, que igualmente ya se ha ido produciendo en el útero. El cerebro se empieza a construir por las fases en las que fue evolucionando a lo largo de los miles de milenios, poniendo primero los más antiguos, y avanzando en esa dirección de la evolución del cerebro, como así ocurría en lo filogenético. Por eso, como ya apunté en otro escrito, si algo altera ese proceso, el individuo, la evolución del cerebro, se “salta” una etapa o fase, y o bien retarda todos los siguientes procesos, o bien queda “anclado” como proceso inconcluso. Eso se supone que es lo que pasa con el cerebro del autista, se cree que es por una fuerte dosis de testosterona en cierta etapa embrionaria, que deja una huella que repercute más tarde en cierta parte del proceso ontogenético. Esos “anclados” crean en algunos casos, cambios epigenéticos, o sea cambian la estructura del ADN, para que a partir de ese momento “trabaje” de otra forma.

   Entonces, simplifiquemos ese proceso teleológico a un nivel ontogénico. Un ser vivo básicamente consiste en un tipo de química orgánica no completa. O sea que necesita algo del medio para completarse. En realidad esa es la explicación más básica y simplista de la química orgánica y las biomoléculas: estas son esas cadena moleculares que fácilmente tienen la capacidad de enlazarse con otras moléculas complejas, que para lo cual necesita de una energía -que en la tierra suele ser el sol- y necesita de un disolvente o medio líquido -que en la tierra suele ser el agua-. Los virus pueden permanecer latentes hasta tener el medio adecuado. Lo mismo con ciertos microbios, extremófilos o semillas. Estas últimas, por ejemplo, pueden permanecer en tierra seca, por años, a la espera del agua. A este proceso de necesitar algo del exterior, en un ser vivo ya complejo, lo llamamos alimentación. Entonces tenemos un ser “no completo”, que está constantemente requiriendo algo del exterior. Lo externo lo completa. En ese estado se crea una unidad, o estado completo (seguro que Pan está tratando de ver por aquí a Dios y cosas similares, es inevitable). Eso que necesita del exterior se “gasta” en modo de energía, como el calor, o las reacciones eléctricas de las neuronas, o lo cinético; con lo cual necesita constantemente de eso exterior a sí mismo. Estoy haciendo filosofía molecular…, malabares. Simplifico lo biológico a favor de darle un sentido filosófico, siento si caigo en algún error en algún dato a nivel de ciencias. Así tenemos que una reacción química de lo orgánico, se puede tomar como un “acto” en el mundo. A lo que quiero llegar es que en esta base de lo vivo, lo exterior es el fin último, que origina la acción de lo biológico para “alcanzarlo”. En un estadio previo no-es, pues es carencia. Sólo con la reacción se produce aquello que antes estaba sólo como potencialidad. La reacción, con aquello externo, le hace ser. Es teleológico, pues se proyecta en tanto que acto de una totalidad. La caída del agua, después de cinco años en un desierto, hace -o cobra- que tenga sentido la “espera” de la semilla. Recurriendo al lenguaje filosófico: soy Ser en tanto que un vació que sólo es llenado desde algo que es mi finalidad, el cual al alcanzarlo me completa; este fin proyecta, planifica toda mi acción para ser (hacerme-ser) totalidad de Ser. En definitiva, soy Ser que es “llamado” desde ese objeto que está fuera de mí, “iluminándome” el camino. Fijarse que como esquema vale tanto para una semilla que necesita de agua, como para una persona creyente que “alcanza” a Dios en su muerte, en la mente de estos. El error es que es verdad para lo primero, mientras que no es así en el segundo caso, pues es pura proyección, de aplicar el primer patrón en todo. Esta base teleológica del ser vivo, es una estructura que tiene “sentido” en ciertos aspectos, pero no en todos de la vida. Como esta es la base primera, es un muro de carga; o mejor, es ahora una autovía en donde confluyen muchas vías en el cerebro, como un trozo de autovía que se coge para ir entre dos pueblos, cuando se tienen otras carreteras comarcales posibles. Este ejemplo no es el más válido por que la autovía siempre será la mejor opción. Lo que quiero decir es que el prefrontal se creó con el “propósito” de analizar mejor las situaciones y buscar en ello las acciones más óptimas. Pero si el cerebro está saturado, o hay una urgencia, recurre a otras vías más rápidas y que requieran de menos gasto de energía. En muchos casos no es la más inteligente o más óptima, pero sí la más rápida o quizás la única. Ahí tenemos el caso de las personas que se tiran de un edificio para escapar de las llamas. Sus cerebros han cogido un “atajo”, quizás no analizaron todas las posibilidades, usando el prefrontal y deteniéndose a ver todas las posibles soluciones, dados unos medios.

   Entonces nos encontramos con todos los datos que tenemos arriba y los vamos a unir. Cuando uno nace tiene las autovías principales, se limita a suplir lo más básico, a alimentarse y a dormir. Después el cerebro pasa por ese proceso ontogénico, pero construye siempre llevando todos los caminos, para que lleguen a esas vías principales. En ese proceso vemos que una de las etapas del bebé es la mágica. Está programado con las leyes básicas de la física de tamaño, peso, distancia…, pero poco más. Un bebé piensa que si se tapa los ojos con las manos, como él no ve, el mundo no lo ve a él. Este es sólo un ejemplo del pensamiento mágico que es fácilmente comprobable por cualquiera, pero hay otros que no salen tan claramente a la luz. Su forma de analizar el mundo es teleológica, es supersticiosa, pues trata de sacar conclusiones de muy pocos datos, llegando a soluciones erróneas. Como su base es teleológica, “cree” que el fin es un destino (como destino es proyectar una película que ha hecho un director), algo que explica toda acción, no dejando que se cuele el azar. Todo adquiere densidad de ser-destino, aquello que de mayores conocemos como azaroso, el bebé lo anula. Si, pongamos el caso, tira una pelota al suelo, y a la vez la madre hace un ruido de campana al dar con el suelo, el niño creerá que ese es el ruido de la pelota al chocar con el suelo. Sólo la prueba/error le va enseñando que no es así. Tirará otra vez la pelota y se extrañará si no suena como antes, necesitará de una tercera vez para tratar de aprender algo, que en dos situaciones le han dado resultados distintos; si no ocurre así, porque no recupera la pelota, su cerebro no aprenderá. Pero de forma extraña ese raíz supersticiosa del mundo, se queda “enquistada” en muchas personas o la dejan ahí flotando, como que quizás sea posible para explicar algunas cosas de la realidad. O sea, el aprendizaje “correcto” es comprender que el mundo no es teleológico, que el destino no ilumina la acción, que no es efecto que espera una causa, sino que el mundo es causa y efecto. Con este tipo de pensamiento se llega al sentido de las frases como “todo tiene un porqué”, en donde se deja a la lógica y a la razón de lado. Pongamos el caso de Dios y la vida. La visión teleológica es que nuestro destino es llegar al cielo, unirnos con Dios. Es causa alcanzar a Dios, que tiene como efecto una vida en el mundo, con una forma de vivirla. Invertimos el orden, el fin es la causa de la vida. La causa y el efecto tienen una dirección temporal, la causa es primera y crea un efecto en segundo lugar. En lo teleológico la causa ya existe y es la primera, y determina mi existencia en el mundo, en segundo lugar y como efecto. En realidad no se comprende a través de la razón, cuesta entender lo que digo, porque lo estás leyendo y en ese proceso usando la razón que es causa y efecto. Pero es así como es, y viene dado por ese principio teleológico que era la vida orgánica, en lo orgánico me desplazo hacia el alimento o lo “espero”, hacia la reacción; extensión y tiempo están unidos, pero el proceso intermedio no-es, porque es como una interrupción, un paréntesis entre dos estados. Como así ocurre cuando viajamos en autobús, es un proceso tedioso entre dos puntos o situaciones: la salida y la llegada. Cuando viajamos es como un viaje en el tiempo, pues salimos a las 12 horas, y nuestra meta es llegar a las 17 horas, a la estación de autobuses de destino. El proceso intermedio lo compactamos como nulo, como situación entre dos estados. Por eso se nos hace aburrido y nos entran ansias por llegar, se nos hace largo el viaje, pues “interrumpe” el propósito que es llegar a la “meta”.(1) En este mismo proceso vemos como estamos “contaminados” por lo teleológico. El viaje es como el deseo de comer y llegar hasta la comida, cuanto más lejos esté en la distancia, más lejos está en el tiempo y más nos desesperamos por llegar a la comida. No es distinto de esa reacción química, de la química molecular, que está por ocurrir y en la que la distancia (tiempo, espacio) es una “resistencia” que salvar.

   Este planteamiento no es mera quimera. Se sabe que todo nuestro conocimiento, y en ello va la conciencia y la conciencia de sí, siempre esta mediado por el hipocampo, la memoria autobiográfica. Pero el hipocampo es una estructura muy antigua, que posiblemente primero era tan sólo una integración interna del espacio exterior en el que nos movemos. De esta forma sigue teniendo esta capacidad, la de crear un mapa cognitivo espacial, pero que a la vez integra al yo dentro de ese mapa. Cuando cualquier animal complejo se mueve por un medio, siempre lo suele hacer con vistas a llegar a un lugar, de tal forma que este mapa cognitivo tiene implementado una integración del camino y por ello de la meta, que es la que le “alumbra” todo el trayecto. Se cree que toda la información se integra siempre por mapas tridimensionales o falseados de 2D (como en los juegos de plataformas que integran una simulación 3D, en varios planos en paralaje): el tiempo lo calculamos como distancia, el futuro está lejos, el pasado queda atrás a nuestras espaldas, “perseguimos metas” como si fueran caminos: como en “si supiera donde voy, no iría” de Frank Gehry o en frases como “ese no el camino más corto de hacer las cosas”, la persona querida y todo aquello deseado está al lado derecho (o lado dominante del cerebro, “más a mano”, tenerlo cerca). La palabra, el área de broca (lado izquierdo que controla el lado derecho), lo es por extensión a la mano derecha, pues se piensa que el lenguaje en un principio era mímico, como ahora en los sordos (el habla empezó, según esta hipótesis, como ruidos vocales que se hacían de acompañamiento y para dar énfasis a este lenguaje, como hoy en los sordos). Es de destacar que si el humano parece inteligente, es ese simulador de inteligencia, es muy posible que lo sea por la agilidad en el habla. Respondemos de forma rápida e ingeniosa. En el habla es donde mejor se suele ver la “agilidad” mental. Bajo mi punto de vista no es relevante. Dado que el área de broca se reacomodó a partir de los movimientos de las manos, hay que tener en cuenta que somos primates, en algún momento de nuestro pasado muy lejano -antes de ser más corpulentos como lo son los simios orden a la que pertenecemos-, seríamos monos, más pequeños y ágiles, que se moverían con rapidez y destreza por las ramas. O dicho más directamente, nuestro “movimiento” de las palabras está gestionado por una mediación entre el área de broca y el hipocampo (espacial) en donde las palabras son las ramas y sub-ramas por las que nos movemos con la agilidad propia de los monos por los árboles. Con la diferencia que la memoria semántica no depende directamente del hipocampo, tiene sus propios áreas (temporal posterior izquierda y corteza prefrontal inferior izquierda), y de ahí que si se produce un retardo en la recuperación de una palabra, o no demos con la acertada, se produzca cierto “traspiés” en la velocidad del habla. Esa “agilidad” no demuestra realmente inteligencia, ni un don en sí mismo para el propio cerebro, si bien es de desear en las personas que se tienen que comunicar (oradores, maestros, locutores, etc.) El “encanto” de una persona depende mucho de esta facultad, por lo que es un rasgo preferencial en la selección sexual. O dicho de otra forma, la selección ha ido en esa dirección, haciendo que cada vez seamos más ágiles y rápidos al hablar, pero en principio es solo “máscara”, pues es un mostrar o aparentar inteligencia, que no tiene porqué implicar a esta, no es fingerspitzengefühl, integración de inteligencias múltiples. Dicha tendencia o patrón ha creado un sesgo, por el cual seguimos “embobados” a ciertas personas por su expresividad (sobre todo Pan), y los hacemos nuestros “chamanes” o iluminadores” del camino (sectas, religiones, movimientos políticos), cuales metas en esos mapas mentales. Hitler por ejemplo; que cada cual ponga más nombres aquí, ya que si lo hiciera yo no sería elegante o me saldría de lo políticamente correcto.

   Pongo el concepto de teleología, sacado del diccionario de filosofía Herder, a ver si resulta más sencillo de entenderlo, por si mis explicaciones no han valido:

“Literalmente, tratado de las causas finales, o bien doctrina de la finalidad. El término introduce la idea antropomórfica, tomada del modelo de la actuación humana, de que en el mundo existe finalidad o que el finalismo constituye una de las claves para entenderlo. Aparece en la filosofía griega, con Anaxágoras y Platón, pero es en Aristóteles donde la causa final es una de las respuestas a «porqués» que deben hacerse para explicar el cambio, y donde aparece una visión del mundo biológica en el que el destino de cada cosa, incluido el mundo entero, es el desarrollo de todas las potencialidades de la propia naturaleza, junto con la afirmación de que el primer motor mueve como mueve el fin. Kant critica decisivamente la finalidad como algo que pueda ser conocido objetivamente, en la Crítica de la razón pura, pero la admite como interpretación subjetiva en la Crítica del juicio. El mecanicismo es la interpretación de la realidad directamente opuesta al finalismo. Desde el surgimiento de la ciencia moderna, toda la interpretación científica de la naturaleza es mecanicista.”

   Todo humano se ha de guiar en la vida por dos cosas: por metas y por el sentido de las cosas. Las dos tienen la estructura teleológica. Una y otra cosa pueden ser una sola en algunos casos. Por ejemplo, la meta de llegar a la cima de la montaña da sentido a cada paso, a solventar cada problema que nos salga en la ascensión. La montaña nos alumbra, nos llama, desde arriba, para ser alcanzada. La meta es, en cada caso, esa causa que tiene como efecto toda acción que se da entremedias. Un ciclista se esfuerza y lucha para llegar a la meta; en cada pedalada, con cada gota de sudor; en cada pensamiento ha de visualizar la meta. Se llama sentido a que algo tenga una razón emocional para la persona implicada. Forrest Gump un día se echa a correr. Lo mágico/extraño de tal acto es que era totalmente inútil: incausado, sin sentido, sin ninguna meta. La gente y los medios de comunicación se fijaron en él, y lo siguieron porque querían entender su meta y su sentido. No me puedo ir, de repente levantándome de estar viendo la televisión, a una ferretería y comprarme una pala, para acto seguido irme al campo y ponerme a mover tierra. Todo acto tiene que tener un sentido, un porqué. En “cien años de soledad“, García Márquez, igualmente nos enfrenta a actos, en apariencia, sin sentido. La mayoría de los personajes se dedican a hacer y deshacer cosas. Hacen monedas para al final fundirlas y volverlas a hacer. Samuel Beckett nos dejó ahí, para siempre, a alguien esperando a Godot. Tanto el acto de Forrest Gump, como los “hacer y deshacer” de los personajes de Márquez, como el teatro del absurdo, nos llaman la atención porque nuestro cerebro no concibe tal cosa. Nos llaman a la perplejidad. El sentido y las metas están enraizados en nuestros cerebros como patrones. La estructura de la realidad, así, se nos presenta como una narración, en donde causa y efecto, son invertidos en la estructura del cerebro, para dar sentido a la historia que el cerebro se cuenta a sí mismo. Imaginar estar viendo una película y que se corte la luz. Toda la trama se pierde sin un final, con lo cual el haber estado viendo la película, se vuelve una inutilidad, sin sentido. Más adelante veremos que la conciencia es la capacidad de dar sentido, tellability, a nuestra propia historia (narrabilidad)(2), a nuestra memoria autobiográfica. La capacidad de reconstruir esos datos, en apariencia caóticos y sin sentido, como una narración legible, coherente y en definitiva con sentido. El cerebro tiene la narrabilidad como patrón. Ha de procurar hacer toda historia o acontecimiento como narrable, que tenga una estructura que pueda ser contada, con un principio, un desarrollo y un final. A tal proceder lo denomino narrabilidad dialéctica, por tener la estructura de esta: tesis, antitesis y síntesis.

   He de detenerme, brevemente, en esta estructura que tiene que ver con la auto-identidad. La conciencia es revisadora, en tanto que tal es actualizante. Trae el pasado, lo regurgita, pero lo “ilumina”, lo actualiza, con los datos de ese momento presente. En esa acción entreteje todo el pasado en una nueva historia, en un nuevo trama, con un nuevo sentido y desde un nuevo final (creando nuevas conexiones entre neuronas). De esta forma, de nuevo, recreamos el pasado desde el final de la historia, o sea teleológicamente, como si todos “nuestros pasos” nos hubieran llevado hasta ese momento. Hay que darse cuenta que por este proceso el pasado no es algo estático, inerte y muerto, si no que va “ganando” o “perdiendo” datos (conexiones) de tal manera que lo vamos alterando. En definitiva, que no somos un pasado, sino que somos un pasado que reconstruimos a cada momento en narraciones. Bajo esta perspectiva la identidad no es nuestro pasado, sino la manera que lo reconstruimos a cada paso: vamos cambiando de “identidad” o de perspectiva de esa identidad, bajo el prisma de nuestro presente. Un fracaso “ilumina” todos los momentos de fracaso y nos muestra como fracasados, y a la inversa. Lo mismo para cualquier otro dual: fríos o amorosos, egoístas o generosos, etc. Defendemos con uñas y dientes nuestra actual versión, pues es la que tenemos “iluminada” (activada) en el cerebro, como narración o identidad de lo que somos – en realidad que creemos que somos, pues siempre somos fe de ser: la fe o “creencia de” infesta de constante el cerebro, somos eterna suposición de qué es la realidad, engañándonos en que no lo suponemos, sino en que lo “sabemos”.(3) Estamos, por lo tanto, eternamente reconstruyéndonos. Haciendo narrable (narrabilidad) nuestro pasado a partir de un dato nuevo, de un nuevo “final”. Estado que nunca es concluso, hasta nuestro último hálito de vida (quizás ese ver toda nuestra vida en la muerte sea ese último “esfuerzo” que hace el cerebro para elaborar una narración de nuestra historia). De esta estructura cerebral se concluye otra: nos solivianta que no haya narrabilidad. Una muerte inesperada de un ser querido rompe toda la trama por meses. Todo “infortunio” lo ponemos en este mismo patrón. No soportamos (aparte del propio dolor que supone) que un acontecimiento sea súbito, fuera de toda narración, como rotura de dicha historia. En ese lapsus “metemos” a Dios, o a cualquier otro factor similar, en la ecuación, para “entender” o tratar de deducir una nueva trama en la que no habíamos pesado y/o que está “fuera” de nosotros.

   Hemos de observar que todas estas estructuras tienen sentido en actos básicos, como el comer o el beber. La comida y el agua nos ilumina el camino desde sí mismos. El problema de tal patrón es que después queremos aplicarlo a todo, cuando en la mayoría de los casos no puede ser así. La muerte no me llama, desde su final, para ir a una nueva vida. No es una antitesis de la vida, por la cual se llega a la síntesis que ha de ser el paraíso o un nuevo renacer. Los sistemas emergen unos de otros, de las partículas emergieron los átomos, de estas las moléculas, y de estas la vida. No se puede aplicar narrabilidad a los sistemas previos de la vida. Tampoco a toda a la propia vida en su abstracción: no tiene ningún sentido último que exista vida, tampoco tiene una meta. No se puede aplicar narrabilidad al propio universo: este no tiene sentido, ni meta. El “sentido” emerge en lo individual vivo, cuando ha de buscar aquello que le “falta” para mantenerlo existiendo: cuando busca alimento, aparearse, refugiarse del exceso de frío, o escapar del exceso de calor. El humano, como conciencia buscadora de sentido, se podría (¿debería?) “conformar” con esos sentidos, pero la narrabilidad forma parte estructural del cerebro, con lo cual busca sentido y finalidad a la existencia de la propia la conciencia, no valiéndole la mera explicación científica, de que es una “herramienta” más elaborada para buscar soluciones a situaciones realmente complejas. En tanto que la conciencia es un emergente del cerebro, y se encuentra con la estructura de la narrabilidad, su emergencia consiste precisamente en crear narrabilidad al mundo. No porque lo tenga, no porque lo tenga que tener, sino porque esa es su “condición” en tanto que “instrumento” o herramienta compleja para ese uso o siempre mediado por ese uso. Esta capacidad es una cualidad y una trampa. En la medida que trata de hacer narrable al mundo, busca sus estructuras, su “verdad”, y le “motiva” para “alterar” y “manejar” esa realidad en su cerebro. La trampa es que no todo tiene que encajar en lo narrable. En que todo en el universo tenga metas y sentidos. La falta de concordancia en esta dirección es lo que más divide el mundo. Un científico ha “desnudado” la realidad y la encontrado sin sentido, un religioso lo llena todo de sentido. Espiritualidad, alma y narrabilidad es todo uno. La belleza es espiritual, es metáfora del mundo, porque tiene la estructura interna de la narrabilidad. Nos mueve como fin, como sentido, ya que queremos verla y tenerla cerca. Si no la tenemos tendemos a crearla, a plasmarla en nuestras labores. La humanidad “nació” cuando ya no bastaba con hacer una vajilla que “sirviera” (verdad instrumental) para contener un líquido o una sopa; el humano nació cuando la decoró y la hizo con metales preciosos, para que la belleza estuviese presente y “preñase” esa instrumentalidad de belleza, y por lo tanto de narrabilidad. Cada dibujo, hacha, cabaña, ropaje… ahora tenía narrabilidad, de esa forma dejaba de ser un mero instrumento como lo puedan ser los colmillos de un león para matar y desgarrar. Con esta estructura, si un humano se hacía con esos colmillos, estos cobraban una nueva dimensión, una espiritualidad, una narrabilidad, una metáfora. Dejaba de ser mera realidad para convertirse en una representación (re-presentar, del latín, “acción y efecto de simbolizar”, poseer de forma implícita algo más que lo que se presenta o ve ante los ojos).

   La religión Cristiana, y otras muchas, son narraciones (metarrelatos) porque son teleológicas. El mundo, el hombre, tiene un destino, el primero deviene en el apocalipsis y el segundo en la llegada al cielo. De esta manera la persona religiosa “cree” ver señales que le pone Dios por el camino, que le “iluminan” hacia el final y le “corrigen” del mal camino. La mala conciencia es una de esas señales. Si se tiene una mala conciencia tiene que hacer actos, actuar, en el mundo para corregir esa señal: confesarse, pedir perdón, etc. De una manera u otra se va sumando, error tras error, la construcción del modo de pensar del mundo de este tipo de personas, de Pan. Puede que cuando sean reflexivos “despejen”, en su forma de pensar, dichos sesgos y errores, pero como el día a día es de acción rápida, el cerebro operará en el mundo bajo estas reglas o atajos que están en la base de su pensar y actuar.

   Así es como se dan dos humanos diametralmente opuestos: el racional y el espiritual o “infestado” de pensamiento mágico.  ¿Cómo alguien ateo, mecanicista, que sólo cree en la causa y efecto va a lidiar con todo lo expuesto sobre sus “contrarios”? No es cuestión de tolerancia o no, que es lo que se supone de las sociedades democráticas laicas. Es que se parten de planetas distintos a la hora de actuar y de pensar el mundo. No hay forma de encontrarse a medio camino, demasiadas variables, demasiado confuso. Sino piénsese no ya en un ateo y un creyente, sino en dos personas con dos bases religiosas que puedan ser muy distintas. Los padres siempre han preferido que sus hijos se casen con personas de su misma religión, pues además darán una religión única a sus descendientes. Si una pareja es judía y musulmana, ¿de qué religión ha de ser su hijo, de la que imponga el padre?, se empiezan a generar problemas por todos los lados. En este proceso se crea un fuerte arraigo a lo identitario, y como secuela la “otredad” deviene en el mundo, para separar a los humanos.

   Se puede pensar que aquí, en Europa, las personas ya no son tan rigurosas con la religión, y es cierto, pero eso no arregla nada, porque de base y sin darse cuenta dan esa dimensión teleológica a sus vidas, y de paso explican muchos más fenómenos a partir de estos. Así nos encontramos con la situación actual: personas que creen en fantasmas, pues como en definitiva creen en el alma, son almas que quedan atrapadas en la tierra. Se creen en fenómenos paranormales, pues si está esa otra dimensión en donde se quedan atrapados los fantasmas, es una dimensión que no opera con las mismas leyes que las físicas. ¡Y todo por la maldita forma que tiene de operar la química orgánica, de la que heredamos la maldita teleología!

   Bueno, sea, pongamos que hay que ser tolerantes y que “funcione”. En realidad no lo hace. La base de las mayorías de las adicciones a los juegos, tiene parejo esta capacidad teleológica que está “incrustada” en nuestros cerebros. Pan (persona abocada a la normalidad) se mueve ante la idea de que si ha oído en la televisión un nombre y a la vez está echando una quiniela hípica que tenga ese nombre, ha de apostar por ese caballo. Es una señal, es el destino, es lo teleológico operando en el mundo. Todo este sistema o patrón se reduce a la frase de “todo pasa por una razón”. En otro caso, decimos que el encontrarnos con cierta persona, con la que al final nos casamos, también tuvo un papel el destino. Sea de una manera u otra repercute en la sociedad en general, porque se va formando un efecto bola de nieve en el que al final se ven sumergidos hasta los más pintados científicos mecanicistas. Las personas más creyentes son las más propensas a caer en sectas (¡fijaos que estoy empezando a pensar que el feminismo tiene la misma “arquitectura” que una secta!), en militancias e ideologías peligrosas, y son más propensas al sesgo de autoridad, a seguir a líderes de finalidades perjudiciales para la sociedad, como fue el caso de Hitler (muy traído por los pelos, pero me detendré en esto en otro artículo). El mundo, con este sesgo cognitivo errado, crea más problemas que soluciones: asesinatos, genocidios, xenofobias, y un sinfín de problemas que definen muy bien la actualidad. Si esto ocurre, si es así, es porque Pan se queda en una etapa mágica de ciertos aspectos de la vida, porque no termina de madurar y aceptar mentalmente que el mundo solo se rige por la causa y el efecto y por puro azar…, por no dejar de usar esa vía en su cerebro primigenia y que es muy ancha, porque se detuvo en ella, y ya no quiere hacer el esfuerzo de deshacerse de esta, puesto que la ha convertido en parte de su identidad.

   Concluyo sobre qué es meta y qué sentido, se deduce de lo escrito, pero no está de más. Ni las partículas, ni los átomos, ni las moléculas, ni el universo tienen metas o destinos. Aunque el humano calcule la “vida” que le queda al universo o a nuestro sistema solar, no son vidas, son meros procesos. La vulgarización de la ciencia cae en el error de las trampas del lenguaje, y de lo que conlleva cada término y concepto de este lenguaje metafórico que lleva inevitablemente a la malinterpretación. No hay finalidades ni metas en el universo. Lo real no es causa para que haya vida y no es su sentido, ni su meta. Es un proceso entre otros. La vida como abstracción igualmente carece de meta y sentido. El fin de la vida no es la inteligencia. Este es un proceso aleatorio entre otros. La vida lleva miles de millones barajando sus cartas (azar), y la inteligencia no es el culmen o epitome, sino solo un suceso más entre otros y por lo demás que lleva demasiado poco tiempo. Hubo un tiempo largo en el cual en la superficie había una gran cantidad de oxígeno, en donde había gigantescos insectos. Cambia algo, cambia la cantidad de oxígeno y cambia todo, esa época dio paso a otra. Los dinosaurios “reinaron” durante 135 millones de años. La historia humana apenas si tiene unos ocho mil años, nuestra historia como homo sapiens apenas unos trescientos mil años. Meta y sentido sólo cobran significado en cada uno de los animales y de cada uno de sus actos, independientemente de los significados que lleven implícitos a nivel de especie y “dictados” por las reglas del ADN y la evolución. La propia palabra evolución lleva a errores, por cuanto se pueda entender que más adelante del tiempo evolutivo es mejor. Los microbios son más efectivos para sobrevivir, llevan ahí millones de millones de años y son la única constante. El resto de las especies más complejas se han extinguido en un 99% de los casos. Al humano individual le debería de ser suficiente como valor las metas y los sentidos para perseguir tal o cual fin. La base es ir tras de una meta, y una vez que ha terminado esta buscar otra. Para un montañista, por ejemplo, llegar a subir un pico de más de ocho mil metros, y una vez que se consigue este, tratar de subir los catorce picos de ocho miles, como nos dice Edurne Pasaban. “Acallar” el “deseo” de sentido de la vida con el que está infestado el cerebro, con sentidos concretos. Si uno logra buscar una meta y sentido que dure toda su vida, mejor. Hay que dejar de creer en el cuento o metarrelato de que hay que ser “buenos” para ir al cielo o demás historias de esta corte. Los propios sentidos y metas de la vida han de llenar nuestro cerebro como para tratar de ser “buenos”, como meta de que no hemos de hacer “trampas” en la vida; pues antes que individuos somos animales sociales, con el fin y la meta de que nuestra especie y sociedad sobreviva lo más confortablemente y “feliz” que esté en nuestras manos.(4) No de la sociedad como abstracción, sino como meta y sentido de cada uno de los individuos.


(1) En la agobiante vida actual la sensación puede ser la opuesta. Hay personas o situaciones en las que se disfruta de ese estado de “no estar en ningún lugar”, en donde nuestra libertad (toma de decisiones) queda suspendida y el cerebro se relaja. Es muy posible que ese estado nos retrotraiga al útero: el traqueteo, lugar cálido, permanecer quieto, la conciencia, y por tanto la conciencia de sí, se “anula”…
(2) Narrabilidad es la unión del núcleo narrable, “que puede ser narrado o contado” (DRAE) y el sufijo -bilidad, cualidad. Por tanto, la cualidad de ser contado o hacerlo narrable. El concepto inglés “tellebility” (“…puede depender de características del discurso, es decir en la forma en que una secuencia de incidentes se representa en una narrativa”), es sinónimo de narratibility, pero la traducción de tellebility sería “tolerabilidad” o “indicebilidad” en su negación, que puede que no sea la mejor en español; por lo que es mejor traducir narratibility por narrabilidad, no aceptado por la RAE, pero necesario. Yo lo uso de una forma personal, como se podrá ver a lo largo de mis escritos. Se duplican o cuatriplican conceptos que viene a decir los mismo, leer sobre la teoría GNS, para otra perspectiva sobre el tema.
(3) Mala fe de Sartre. Mas adelante veremos si el “niño” al que el hombre tiene que llegar (post-hombre), según Nietzsche, no será esa rotura con la “seriedad” o fe en la creación de los propios relatos.
(4) De qué ha valido la advertencia, por ejemplo, de “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”, de nada. Ese relato, del cristiano, no ha impedido que los ricos mueran en su excesiva y abusiva abundancia. En el epílogo propondré una posible sociedad que solvente los males de la actualidad.

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La Normalidad como Enfermedad Social II – Pan

   Segundo intento de un acercamiento a mi propuesta sobre la irracionalidad latente en lo social, la primera ha sido algo fallida, pero la dejo estar.

   Como voy a estar hablando de la normalidad y de las personas normales, por comodidad voy a crear una abreviatura. Pero para ser elegante voy a elegir una que tenga muchas connotaciones. Voy a hablar de las “personas abocadas a la normalidad”, Pan, por sus siglas. Pan (su etimología más remota es “todo”) era un semidiós, un sátiro, de Pan proviene la palabra pánico, ya que se le asocia al miedo que las mujeres tenían al atravesar los bosques y poder ser violadas por este sátiro (extrapolación del miedo al macho cabrío, del macho humano). Ese miedo constante, de alerta, de ampliar todos los sentidos, para tratar de captar a Pan, es lo que hoy entendemos por pánico. Se ha de entender como lo que hoy conocemos como posesión, que seguramente venga de esta idea primera, donde ese todo de emociones intensas y profundas eran el propio Dios Pan, moviendo nuestros hilos físicos, emocionales y de pensamiento, desde dentro (posesión, no dominarse a sí mismo). De Pan proviene, en parte, las características que hoy conocemos sobre el diablo (el de la cabecera es Pan), pues los retratos de este último, ya tardíos, que se hicieron en la edad media, se alimentaron del dios Pan: pies de carnero, con barba y cuernos como un chivo. De este semidiós proviene la caricaturización del personaje Peter Pan (como fauno), y a la vez de este proviene el concepto de no querer madurar o complejo de Peter Pan. Es una buena definición porque en las personas normales, Pan, hay cierto infantilismo(1) en su modo de enfrentarse al mundo de las ideas abstractas. Nunca maduran en ese aspecto, si lo hacen dejan de ser Pan. Por otro lado crean el mal en el mundo, en su inconsistente manera de proceder, con lo cual hay cierta extrapolación hacia lo “diabólico”, al crear el pánico, o su tendencia, subyacente que existe en el mundo. Pienso que los monstruos, de donde proceden nuestros terrores, nos provienen del miedo. El miedo primigenio era más sano y directo, se sentía miedo por el león, o cualquier depredador, por los precipicios, por los ríos; pero los terrores, los basados en la ansiedad (ser consciente del miedo y hacer de caja de resonancia de este), los crearon los hombres por el propio miedo que tenían de sí mismos, de los enemigos, de los eternos “otros”, aquellos que no eran nosotros, que no formaban la cultura propia. Crearon al “otro” como monstruo, que era capaz de todo, y en ese proceso se llenaron de historias que recreaban esos terrores, que retroalimentaban el terror hacia los “otros”. El violador no era el de grupo, era alguien de otra tribu, de otro grupo, y no sin razón. Aún en el siglo XX se sigue esta secuela de hacer que el otro sea, tenga la apariencia y se comporte como un monstruo. En los carteles propagandísticos de las dos Grandes Guerras, hacían caricaturas que ponían como monstruos a los enemigos. Los japoneses, en algunos casos, les tenían tanto miedo que preferían suicidarse de las formas más brutales imaginadas, a entregarse a ellos. Las feministas más radicales vuelve monstruos al hombre, argumentado, por ejemplo, que todo hombre es un potencial violador.

   Sé que estoy creando un concepto, y eso puede llevar a división humana y a la confrontación. Nunca he dicho que esté libre de caer en errores. También quiero hacer notar que digo que la normalidad es una enfermedad social, ¿por qué no personal?, en realidad la normalidad es el estado más adecuado para los “planes” de la evolución, pero no así para lo social. Pan está inyectado de una bomba de racimo, que es el sesgo optimista, que se expande en el auto-engaño, en no ver tres pasos adelante en su modo de proceder y de esta forma anular el miedo al futuro, y otros cuantos artificios de este tipo. ¡Les va muy bien!, suele estar contento, contento no es feliz, pero como va con esa sonrisa inocente de Pan, pues no se plantea que eso no sea la felicidad. Es enfermedad social, desde el punto de vista humanista, porque es la que trae todos los males en las situaciones de crisis, pues el pensamiento de Pan no ve más allá de sus propias acciones, y que puedan estar generando un efecto bola de nieve que cree todos, o casi todos, los males del mundo social.

   Pan construye el mundo de arriba hacia abajo. Como Dios está arriba y abajo está él mismo, desde dentro de su bóveda craneal, deduce que él es la obra de Dios. Todo lo que haya entre esos dos pasos carece de significado e importancia. Racionaliza y justifica cualquier paso intermedio, sin pensar que cae en infinitos errores en su construcción. No hay espacio para la duda en Pan, regado del sesgo optimista: si algo no lo entiende es que es muy complejo, pues así lo debe de haber querido el de Arriba y no trata de indagar más. Una pregunta que siempre ha acuciado al humano, pero con otras palabras o emoción, era la que Sartre definió con su: “por qué hay algo en vez de nada”, que crea sólo una gran desazón, por ser imposible de resolver. Como Pan no profundiza, con su infantilismo, creó ese ser primero que está en esa capa de su construcción de arriba abajo. Eso ocurre con la mayoría de las religiones. Sólo he encontrado una que haya solucionado a medias el problema. Para los hinduistas Dios no es la causa primera incausada, porque lógicamente no resuelve el problema. Si Dios es la primera causa, ¿quién lo creó a Él?, o sea, se creó a Dios para resolver esta pregunta, pero si Dios es increado, ¿por qué no lo puede ser el propio universo? Si Dios es eterno y sin causa primera, el propio universo puede entrar en esta misma categoría abstracta y extraña. Para los hinduistas hay un algo anterior a Dios, que creó a Este, pero no tratan de ir más allá. Son lo bastante honestos como para saber que no se puede resolver el problema, como así nos lo hizo saber Sartre.

   Una vez que creas un bosquejo de una pirámide, y tienes la punta, Dios, y la base, los humanos, hay que poner y construir los lados de la pirámide, por capas. Cada tribu en la prehistoria creó esa construcción a su manera. Eso les creaba una seña de identidad. Pero ¡alto!, ahí están los “otros”, aquellos que son los “monos”, “las heces de la tierra”, que son nuestros enemigos y tienen otra idea distinta de Dios, y de la base, ¡que se creen ser ellos!, y además han construido la pirámide mal. ¡Hay que acabar con ellos! Este pensamiento, que se ha repetido hasta la saciedad en la historia humana, aún nos da problemas, como la radicalización de los musulmanes por ejemplo. La evolución dotó a Pan de la capacidad de crear esa estructura mental, que tiene un espacio en el cráneo, lado derecho de nuestra cabeza (lóbulo temporal), arriba y algo atrás de la oreja, pues le proporcionaba paz y tranquilidad para afrontar lo desconocido, sin pensar que en el proceso creaba la estructura de la “otredad”. A la evolución le da igual que lo “otro”, lo que le ofrece una resistencia, sea una piedra, un león u otro humano, siempre y cuando esa creencia le haga luchar y sobrevivir, por todos los medios posibles, para esparcir su ADN. El gen que más obcecado sea es el que triunfará. En ese proceso si alguna vez existió el ateo en la prehistoria, se extinguió, porque las “armas” mentales de Pan eran más eficaces para aniquilarlo. Lo que es bueno para la evolución puede ser igual de eficaz para lo cultural: el Cristianismo, negando cualquier otra forma de construir la pirámide, de su idea desde la mentalidad Pan, trató de acabar con cualquier otra idea, a cualquier coste.

   Se supone que eso es cosa del pasado, excepto algunas “resistencias” como la de los musulmanes, pues las sociedades van hacia la laicidad, pero ¡es que hay procesos mentales en Pan que siguen las reglas de estas viejas estructuras! Pan piensa que una sola causa y un sólo efecto dan una estadística, piensa que el mundo es teleológico,(2) que como está Dios como fin, todo lo que hay por medio carece de importancia y está construido con este fin. No es algo trivial, ahí hay mucha miga. Si yo estoy fuera de esa estructura, toda persona Pan con la que me encuentre inmediatamente choca contra mí. No es ficción, sus constructos nos hacen ser de dos planetas distintos. Pan no ve el modo que esa estructura crea el resto de estructuras de su cerebro, y por ello todo el resto de sus formas de pensar y de actuar. En ciertos experimentos se ponía a los individuos delante de un panel de interruptores, que se supone que hacían una acción en una pantalla, no recuerdo bien los detalles, pero lo importante es la idea. Había algunas personas que creían que sus actos, la secuencia de abrir y cerrar interruptores, eran la causa de la acción en la pantalla. No era así, lo que ocurría en la pantalla era aleatorio. Su sesgo optimista y el sesgo teleológico, no les hace ver ni comprender lo que es lo azaroso. Recordemos que Dios es el comodín de que todo está causado, que todo tiene un porqué, luego si se tiene esa estructura, el azar no entra en juego. Pan, en este caso los investigadores, en vez de pensar que esa forma es la errónea, deducen que los que piensan que ellos mismos no tienen el control, tienen el sesgo pesimista. O sea la norma es engañarse, aunque esa estructura esté mal. Pensar así es como concebir que si un muro se derrumba es que es el tipo de muro correcto. En definitiva, que la estructura teleológica de la vida es la humana, y el que no la tenga está fuera de lo humano, es un “otro”, que está fuera de lo humano. De nuevo la dictadura o pensamiento errado de la otredad y la identidad. No hemos salido de ella. No se puede salir si no se destruyen las estructuras parejas que lo sostienen, pero no se puede hacer puesto que son estructuras “implantadas” en el ADN.

   Con esta estructura de base, Pan es más probable que se haga adicto a cosas, pues si echa una moneda a una tragaperras y gana, se creerá ser el “agente” que ha propiciado tal acto, recordemos que el azar no existe, o está como conocimiento, pero no es su estructura básica de forma de crear y procesar la información. El azar es algo de lo que hablan los estadistas, los científicos, pero no parece que opere en su mundo, en su cerebro. Pan de esta manera está lleno de errores de base. No comprende que un solo error de la biblia la invalidaría por completo, pues basta ese sólo error para que ya no haya ninguna base por la que pensar que todo son errores o una gran mayoría. En esa situación ¿qué sí es un error y qué no?, ya no sirve de guía, ya no puede ser una base. Así, con la biblia tiene que ser o un todo o nada: o nada es un error o ya no es fiable nada, como esto segundo no puede ser, entonces sólo queda que todo es fiable. La otra salida, la tomada por la Iglesia, y que no conocen o a la que no se atienen la mayoría de los creyentes, es que lo importante son las leyes morales, pero ¿cuáles si la biblia es una metralleta que apunta y dispara en todas las direcciones? Pasa un poco como los refranes, los hay que dicen una cosa y otros que dicen justamente lo contrario: “al que madruga Dios le ayuda”, “no por mucho madrugar amanece más temprano”, por ejemplo. En la biblia puedes encontrarte con el “ojo por ojo” y con todo lo contrario, en este caso se recurre a que el Nuevo Testamento, invalida ciertas cosas del Viejo, pero ¡sólo a veces! Fijémonos con detalle. Toda persona sabe qué significa la estructura lógica o A, o B, pero de forma milagrosa no la aplican a todo. No la aplican a que la Biblia es un o A (todo es válido) o B (una sola invalidez niega a A).

   Me he detenido en el tema cristiano o la biblia como ejemplo. En Estados Unidos es más demencial esta rotura con la cordura y la lógica, desde este punto de vista. El documental “3 ½ Minutes, 10 Bullets“, trata sobre el caso de un blanco que disparó y mató a un negro (si pongo nombres nos perdemos, lo pongo en estos términos porque de fondo es una lucha identitaria de razas), por tener la música muy alta en un aparcamiento, que degeneró en una disputa homicida, pues al final el blanco se creyó amenazado, y disparo a diestro y siniestro, alegando autodefensa en el juicio. En un primer juicio, la madre, claro, rezó a Dios para que le pusieran como culpable. Quedó absuelto. Después de unos años la madre volvió a rezar en su siguiente juicio de apelación y se le dio como culpable. ¡Claro, ha sido por obra de Dios! No entiendo esta lógica, debo de ser de otro planeta. Si Dios lo quería como culpable lo hubiera puesto la primera vez. La mentalidad teleológica dirá que ese retardo es por y para algo. Las cuestiones de Dios, así, son inescrutables. Más bien, como dijo Alain Finkielkraut, es que “los caminos del señor son impracticables”, por carecer de ninguna lógica el que  cree en ellas, o sea Pan. En realidad, al acusado del homicidio que analizamos, se le puso de culpable por cuestiones más mundanas: por lo desastroso de la sociedad actual norteamericana, porque al final se volvió una cuestión sobre el racismo. En el primer juicio no se quería caer en la discriminación positiva, en culparlo solamente teniendo en cuenta el factor del color de la piel de la víctima. Con los años este caso tuvo tanto bagaje y tanto peso, y discusiones y guerras entre identidades, que al final era mejor optar por culparlo, y no estar en guerra con la comunidad afroamericana disgustada. Yo no estoy juzgando, estoy tratando de hacer un análisis de todo el entorno de los conflictos norteamericanos que nunca acaban. En esta misma situación se salvó O.J. Simpson. Aquí vemos una vez más lo irracional de lo identitario: casi todo afroamericano se puso del lado de O.J. Simpson, cuando todas las pruebas indicaban que era culpable. Esa es la inteligencia humana, así opera Pan en la sociedad. En el juicio que retrata “3 ½ Minutes, 10 Bullets”, hay tantos factores a tener en cuenta: la facilidad de tener un arma en Estados Unidos, las leyes que se tienen sobre la autodefensa, el miedo que han creado los músicos rap y dicha subcultura, donde si te dan un tiro eres mejor rapero, la guerra de bandas… El blanco se sintió aterrorizado, no era odio racial, era miedo racial, aunque parezca lo mismo… el resto es una consecuencia de las disposiciones en las que está Estados Unidos. Creamos una base incorrecta (toda la sociedad lo es) y Pan sale del paso en cada uno de los casos con ciertas reglas básicas, y siempre teniendo como “cárcel” los errores de su propio entorno. En ese caso fue lo que él creía que era la defensa de su persona, “escogiendo” (en realidad no era elección era concatenación lógica en base de unas premisas erradas) una forma desastrosa de salir del apuro. El asesino real de Jordan Davis, el adolescente de color, es toda la sociedad norteamericana, fundada en las reglas de Pan. Si creas una sociedad sin ninguna lógica, con injusticias, pronunciando lo identitario, defendiendo la posesión de las armas…, sus resultados siguen esa “lógica”. No hay que buscar otra. Una vez fuera de las reglas lógicas es estúpido reclamarlas, hay que atenerse a esa salida de la lógica, a su locura; en realidad a su irracionalidad.

   Volviendo arriba, una estructura mental teleológica es la que ha creado el actual estado del mundo. Si los ladrillos son las estructuras mentales erradas de lo humano, de Pan, entonces el edificio entero parte de este error. No hay forma de pensar qué es la justicia, porque cada cual analizará desde su bandera la situación, a lo que se pueda llamar injusticia. Tratar de encontrar lógica en lo irracional es imposible. (¡Atención spoiler de una serie!) Ahí tenemos una serie genial que retrata muy bien el estado actual de la sociedad y la justicia: “The night of“. En cierto momento, cuando se sabe que el culpabilizado es seguramente inocente, tanto la policía como el fiscal piensan que es mejor dejar que lo culpabilicen, porque ya se han generado unos costos judiciales muy altos, y el nuevo posible culpable tiene menos evidencias como para ser llevado a juicio y culpabilizarlo. El fatídico final, después de un largo tiempo en la cárcel y sus “lógicas” o reglas, es que el inocente, que sale absuelto por juicio nulo, ha acabado con una drogadicción: una nueva víctima más de la sociedad, que a partir de ese momento sólo creará caos en el sistema (fin spoiler). Todo esto, toda la sociedad actual, se me parece a las típicas trifurcas de las peleas de los niños: gritos, puñetazos y lloros, la madre los separa y pide explicaciones: “no, ha sido él”, “pero él me llamo (no sé qué)”, “tú no me dejabas jugar”, “es mentira, no quería que cogieras lo mío”… Disputa que no tiene fin y que la madre acaba con la sentencia: “¡los dos, cada uno a su habitación, y a hacer los deberes!” No es una solución, no es una resolución a un problema, es una salida sin ninguna lógica, a una situación ilógica. Ni que decir tiene que la actual situación en España con el tema catalán cae en esta misma trama. Es un claro ejemplo de los que es una escalada irracional, el sesgo de grupo y el sesgo de homogeneidad fuera del grupo.

   No trato de hacer un examen exhaustivo a Pan, sólo muestro mis puntos de vista, cada cual saque lo que pueda o quiera de lo escrito. No trato de hallar soluciones, diagnostico el panorama general del mundo. Si lo hiciera pareciera que estoy tratando de crear alguna metodología, o alguna nueva ideología o religión…, que todo se retuerce de mil maneras en Pan. En el fondo todo sería más sencillo matando al concepto del héroe, pues no me trato de poner de héroe o de sabio en nada, y puesto que se cree que el héroe, en lo más soterrado del cerebro, es un tipo de semidiós, con ciertas características y/o poderes, que tiene algún propósito último para el bien de todos los hombres. Fijarse que un chimpancé trata de buscar la manada “perfecta”, que tenga un macho alfa “perfecto”, que no sea demasiado agresivo, y sí algo social y cercano. Cuando una manada perdía a un macho alfa y se deshacía el grupo, esperaban llegar hasta esa nueva situación de encontrar ese “buen líder”, de ahí, de tan antiguo, nos tiene que venir la idea y el concepto del mesías, que después se desvirtuó en el judaísmo. Cada nuevo emperador, cada nuevo rey, y ahora cada nuevo presidente, pretendemos y deseamos que sea ese el mesías, ese ser magnánimo que por fin restituya la justicia para todos. J.F.K. pareció ser, en ese sentido un nuevo Jesucristo, donde su posibilidades quedaron muertas cuando fue asesinado (de nuevo el sacrificio como fondo). Me gusta la serie “11-22-63“, protagonizada por James Franco, porque nos pone ante el postulado de que J.F.K. se hubiera  salvado, y al final llegásemos a una distopía con una guerra de fondo y campos de concentración. Mata la idea del “mesías”. Con Obama hemos visto que no existe tal cosa, se esperaba mucho de él y todo ha quedado en poco o nada. Pues el Mesías es otro de tantos trucos falseados que tenemos en nuestro cerebro. O quizás, al final, y simplemente es que habría que banalizar al héroe. La mitología griega es lo que hacía, los volvía más humanos, se mezclaban con nosotros, tenían nuestros propios defectos, se les podía matar o castigar. Esa mitología  construía un mundo más mundano, en el que el bien y el mal eran el pan nuestro, donde la tragedia había que entenderla bajo la lógica de que la vida, y por mucho que busques hacer el bien, las cosas se van a retorcer y salir mal, siempre, para alguien. O sea, se atenía a que la vida humana es así de imperfecta. El Dios cristiano sin embargo construía el bien y otro ente nos traía el mal. El humano ha de buscar a Dios que es el bien. En ese proceso el bien y Dios funcionaban como un proceso teleológico mental del que uno no podía escapar. Todo lo malo no es un proceso trágico, no es un proceso azaroso, es simplemente que no ha actuado Dios, que uno se ha salido de su mirada y dirección, que por algún lado ha entrado el demonio, lo malo, o que las malas acciones del pasado ahora nos persiguen. Todas las religiones occidentales se parecen porque de una manera y otras llegan a esa conclusión, pues incluso en la griega está el mismo meollo. Al final todo se reduce a no entender el azar, a que nuestra mirada teleológica del mundo nos haga creer en el destino. Si el mundo está aquí es por una razón, el hombre tiene esta inteligencia (¿inteligencia?) por un inicio, una causa, si algo malo o bueno ocurre es por algo. Todos son señales, todo tiene un significado. Me gustó la picardía de un científico que sentándose delante de un mago le dice, voy a hacer magia, y echando unas cuantas cartas sobre la mesa, y dándoles la vuelta dice: ¡magia!, a lo que el mago, extrañado, le contesta que dónde estaba la magia. El científico le dice que ha creado una secuencia de cartas que tiene una probabilidad de entre millones que ocurra, luego es algo mágico, extraordinario, un milagro. El mago seguía sin entender, posiblemente el lector tampoco. Según la definición de milagro, es aquello que se sale de lo extraordinario, por su rareza y que quizás nunca se vuelva a repetir. Lo que quería dar a entender es que todo es azar, y dependiendo del orden de las probabilidades, parece más mágico o milagroso. Esa secuencia de cartas era una entre millones, luego era un milagro. Pan no entenderá aún el “truco” de este efecto lógico que nos trata de hacer ver el científico, pero lo que sí hará es decir que si una persona cae de un edificio de diez plantas y le pasa poco o nada (porque algo le acolche en el camino o la llegada), eso es un milagro. ¡El hecho extraordinario de esa persona que se salva y la del juego de las cartas del científico es el mismo, tiene la misma estructura, es puro azar! No interviene ningún Dios, no es causado sino casual, no hay que analizar todo el suceso desde el fin hacia el principio (teleológico): se ha salvado luego ha de ser por y para algo, como para racionalizar que para esa persona Dios tiene algo preparado, (llamadme loco, pero en Estados Unidos personas que se han salvado de situaciones muy complicadas, se han vuelto predicadores o han creado algún grupo de seguidores, pues han sido “llamados” para hablar de su “milagro”).


(1) En realidad “juvenismo” o “jovenilismo”, pero tales conceptos no está aprobados por el diccionario de la Real Academia. Si se dice infantilismo, es porque antes de “inventarse” la adolescencia, el joven ya se le consideraba y se tenía que comportar en un adulto. Hoy ya no es así. Al comportamiento que me refiero es al del joven, ni maduro ni con la inocencia del niño.
(2) Para todo los que piensan así, de forma teleológica, que todo tiene esa razón, que piensan que si le rezan a Dios tiene una oportunidad de ser salvados; les vendría bien ver la escena de la película “El Hombre de Hielo (The Iceman)”, donde Richard Kuklinski, asesino en serie, le da una oportunidad, a una de sus víctimas, a que Dios le salve rezándolo. Claramente no es así y lo mata.

La Normalidad como Enfermedad Social I

 “Ante una situación anormal, la reacción anormal constituye una conducta normal.” Viktor E. Frankl

   Antes que nada una puntualización, sé que repito algunas cosas constantemente en los artículos. Pero hay que tener en cuenta que son enlaces únicos en los buscadores, con lo cual una persona seguramente lea uno solo. Eso me obliga a mantenerme a repetir ciertos conceptos para que se entienda todo el artículo, no tratando de remitir a otros, como así ocurre en los libros. El presente escrito no sé si será el único, o una serie que se centre en este tema. Sé que esta idea da para todo un libro, -como otros de mis artículos-. Podía pensar por días todos los puntos a tocar, clasificar, y ordenar mentalmente, pero no es mi fuerte. Por otro lado quizás se pasase de largo. Por eso iré improvisando y ya veré sobre la marcha.

   Cuando en mi escrito “los Límites Humanos” decía que las personas me parecían sacar un siete de promedio de inteligencia, fui magnánimo. A lo que me refería, de fondo, era que si bien te encuentras, en todos los seres humanos, una maquinaria inteligente, con sus consecuentes módulos lógicos de deducción e inferencias, después en realidad la “fastidian” cayendo en este o aquel sesgo cognitivo, dogmatismo, obsesión, cerrazón, emoción, creencia…, que manda al carajo toda la maquinaria. Dan Ariely está centrando sus estudios en la deshonestidad, pero de fondo sus estudios son también unos estudios sobre las irracionalidades. En ese sentido si él llega a la conclusión de que “el problema no es que haya algunas personas haciendo mucha trampa, sino que haya muchas personas haciendo un poco de trampas”, viene igualmente a decir que el problema del mundo no es que haya algunas personas muy estúpidas, sino que haya muchas personas con pequeñas estupideces. En ese sentido este escrito sigue la ruta de camino del escrito de “Los límites humanos”, pero desde el punto de vista más individual, desde la “normalidad” de cada una de las personas.

   Me encuentro con otro problema. Siempre he pensado que las feministas cometieron algunos errores de base. La segunda ola, que pretendía liberar a la mujer; en donde una de esas luchas era la igualdad en el terreno sexual, generó la liberación sexual. Después he descubierto que la tercera ola viene a decir más o menos lo mismo que yo, ya que esa liberación ha hecho que se pronuncien (guerra sexual feminista) aún más ciertos aspectos como que las mujeres lleguen a la prostitución, a ser camgirls o cualquier otro medio de ganar dinero por el sexo. O sea han caído más vertiginosamente a ser reducidas a meros objetos sexuales. Pero en la investigación de todo esto me he encontrado que se está llegando a una guerra abierta entre los hombres y las mujeres, o quizás sólo entre los machistas y las feminazis, no lo sé. El caso es que todo este nuevo ambiente está dando más problemas que soluciones. Por eso me voy a centrar en este tema, porque expone muy bien la finalidad de este escrito.

   En una película tan tonta como “Capitán América – Guerra civil“, se dice que si fuésemos consecuentes con la causalidad, tendríamos que saber que “nuestra fuerza invita al desafío, el desafío incita al conflicto y el conflicto genera la catástrofe”. Puede parecer que son sólo palabras, pero la realidad demuestra que no es así. Hace unos días un “macho”, en su guerra, en la guerra que ha iniciado el feminismo ofuscado, puso una foto que mostraba la típica foto de perfil de una chica normal, pelo largo, enfundada en su sonrisa, vestimenta normal. A su lado la que se supone que era la misma chica, después de una violación, en la que aparecía desnuda, con el pelo rapado “a lo campo de concentración”, y con el cuerpo lleno de rotulaciones burdas en las que ponía “soy una puta” y cosas similares, en un rostro lleno de miedo y lloroso. No la guardé, pues qué sentido tendría guardar algo así. Al día siguiente la quise recuperar, porque en definitiva demostraba que tenía razón en mi escrito “Sobre el concepto – Las luchas identitarias”, pero habían cerrado el perfil de la persona que la había publicado, y desapareció de Twitter. Desde un primer momento me encontré con una doble posibilidad, “ves, tienes razón en tu teoría”, pero también pensé que podía ser un “fake” -algo falseado-, una foto que se había hecho a sí misma una feminista, extremando lo que puede llegar a hacer el “macho”. Más tarde caí en la cuenta de que aunque fuera un fake, me seguía dando la razón, pues si una feminista llegaba hasta ese extremo del engaño, seguía validando que lo identitario luchaba por crear el conflicto, cayendo en la irracionalidad.

   En este sentido toda mujer que luche en esta guerra está siendo irracional, y por eso me centro en este caso. Es correcto que la mujer luchase por la igualdad de sus derechos y sus deberes. Ahí tenía que haber acabado el concepto feminista como “etiqueta”. La segunda ola creo unos conceptos que les han llevado a errores -como el apuntado arriba-, y la tercera ola está creando este caos y lucha sangrienta actual, desde plataformas como twitter, donde el límite de 140 caracteres no son un medio precisamente adecuado para la creación de un diálogo racional. Con eso no quiero decir que no haya reivindicaciones, que se tengan que silenciar. Pero han de ser reivindicadas desde cada una de las mujeres. Siempre fue así, las mujeres tienen una inteligencia más práctica, moderada, prudente, sutil. Me es igual que piensen que pueda ser un concepto machista, sexista o cultural. Los test hechos en infantes, que casi no han asimilado la cultura, dicen que es así, y es en este sentido que se suele decir que las mujeres maduran antes mentalmente que con respecto a los hombres. El hombre es una máquina gobernada por la testosterona, esta le impele a luchar hasta la muerte. Igualmente le lleva a luchar en cualquier batalla hasta el final, aunque en el proceso pierda la razón y la cordura. Eso se nota en que el hombre siempre suele tener que decir la última palabra. La mujer, nuestras madres, nuestras abuelas, sin los conceptos actuales de entrar en guerra contra el macho, les daba igual perder unas cuantas batallitas y que el hombre dijera la última palabra. Al final las guerras las ganaban ellas, cuando al hombre les bajaba el nivel de la testosterona, y podían razonar con ellos. En ese sentido son más moderadas, sutiles y astutas, sin que este factor tenga que ser negativo.

   No estoy de acuerdo con la frase que se repite hasta la saciedad de que “lo que primero que muere en una guerra, es la verdad”, lo que realmente muere es la cordura, la racionalidad. Tiene más sentido la frase de “Platoon” de “el infierno es la imposibilidad de la razón”, donde ese infierno son las guerras humanas, y donde si la verdad muere es porque la razón desaparece. Si el feminismo existe, por su sola existencia, desde ciertos principios que no están muy bien pensados, sólo generan lucha, guerra; más teniendo en cuenta que contra los que luchan son contra los “hombres”, esos a los que le puede la testosterona, y están “creados” para luchar hasta la muerte. ¿Qué hay que luchar contra la prostitución, las violaciones o la violencia machista?, desde la ley, desde el humanismo. No hacen falta más banderas, sobre todo si la bandera feminista incita a la lucha irracional del hombre. La existencia de tal bandera, de tal sesgo individual, pues se ha convertido en tal cosa, lleva a que ciertos hombres lleguen a ese acto de “marcar” sus imposturas, en esa violación de la foto del 26 de agosto de 2016, justificando y racionalizando que están en una guerra, justificando sus atrocidades y cayendo en lo irracional de cualquier guerra.

   Otro error del feminismo es que el más radical, a veces, viene desde la homosexualidad femenina o de ciertos grupos de nuevas entidades que se declaran fuera del juego de los sexos, o son asexuales por no tener ningún tipo de deseo sexual (se crean nuevos neologismos, banderas e identidades que a veces es como la diferencia de echar una pizca de un condimento o no a una receta como la paella, sutilezas que están de más, pues no se puede decir que ese sea otro plato distinto que la paella). El hombre y la mujer están condenados a entenderse, para perpetuar la especie, y porque en ese proceso del emparejamiento la testosterona del hombre baja, siendo más regado por la oxitocina y la prolactina al tener hijos. He sido camarero de la noche y he sufrido en mis propias carnes la violencia del “macho”, algunas de esas personas me han pedido perdón, cuando me los he encontrado más adelante, y estaban ya casados y con hijos. Esa situación les cambiaba la perspectiva de todo. No estoy yendo contra la homosexualidad, y en este caso la femenina, pero es que hablan desde una posición desde la cual para ellas, el hombre, no existe más que como un estorbo, muy distinta de esa otra mujer que espera encontrar una pareja, las cuales tendrán que ajustarse a dos bandas. Caen en eso que se suele decir de “tirar la piedra y esconder la mano”. La mayoría de las fotos más radicales feministas, vienen desde ese lado de la “frontera” (como la de ese posible fake sobre una violación “firmada”). Este mismo patrón ha ocurrido otras veces en la historia. El genocidio de Ruanda, que fue la lucha de dos etnias, fue promovida desde muy lejos por los antropólogos, que durante el colonialismo se llegaron a África para estudiar las diferencias externas raciales. Esa demagogia, desde fuera, desde la posición privilegiada de la raza caucásica, ha creado más errores que aciertos. Hoy en día la ciencia sigue encontrando diferencias raciales, como la incidencia de enfermedades, pero “se las dicen entre ellos”, y no arman revuelo, por no caer en el mismo error que el de hace unos siglos. En ese mismo rango caen las jóvenes, esta edad es de radicalidad, de una búsqueda de una identidad, donde al no haber sido madres todavía, no son capaces de ver o sentir todas las dimensiones de ser mujer. La mayoría de las mujeres feministas pierden su radicalidad al tener hijos, no es una derrota, es madurez de ideas desde una nueva situación más amplia que lo cambia todo. En definitiva, los heterosexuales tienen que arreglar sus propios asuntos. Sólo desde la perspectiva que les da un orgasmos al unísono (con el concepto de “ponerse en los zapatos del otro” y sin desvalorizar los de los homosexuales), se tiene la capacidad arreglar las diferencias.

   Por el contrario al remarcar las diferencias sexuales, a través del feminismo de la segunda y tercera ola, unido a la liberación sexual y toda la confusión y caos posterior, se ha creado un mundo -como efecto secundario, no deseado, no predicho- de “singles“, donde el otro sexo al final se ha convertido en una finalidad/resistencia, donde el otro es en principio una sola noche de sexo; relegando como de más, todo el artificio y personalidad con el que nos podamos enriquecer a lo largo de la vida de una pareja. Se llega así a que el hombre y la mujer es aquello que le sobra a al pene y la vagina. Perdiendo en el proceso toda posible dimensión espiritual de todo contacto con el otro sexo. ¿En qué sueño o pesadilla eso es lo que deseaban las feministas?, no es un dato lo bastante fuerte para reconocer que es mejor que abandonen tal concepto que sólo está llevando errores, sobre todo teniendo en cuenta que no son una sola voz y un solo predicado de ideas. De paso queda la derrota a la que se llega a cierta edad, el hombre ya no tiene tanto acceso al sexo, pierde su atractivo, su juventud, y es en ese instante cuando nace su radicalidad, donde la mujer es una resistencia, una otredad, que sólo le crea frustración y odio. Es en ese proceso donde nace el peor tipo de “macho”, el resentido. El que seguramente sí cree un odio hacia la mujer del que hablan las feministas. En ese sentido el feminismo se vuelve una profecía que se autocumple.

   Con esto llego al punto del título, pero en este artículo, centrándome en un solo tema. La normalidad está regada de las utopías, de los nobles fines últimos, crean una metahistoria individual y de la humanidad bajo el sesgo de progreso. Este concepto es falso. Nos viene dado desde los conceptos protohumanos, desde las religiones, donde el humano y el bien son los fines últimos de la vida. Todo humano “normal” está regado de este doble sesgo: el teleológico, en donde el fin explica y justifica los medios, y el de progreso, donde todo paso adelante sólo crea mejoras. Cada nuevo adelanto no crea más y mejor, puesto que no se destruyen las viejas estructuras jerárquicas, y puesto que cada nuevo adelanto lleva emparejado siempre más caos, y nuevas potencialidades de hacer las cosas mal. Ahí tenemos otro nuevo trastorno alimenticio como ejemplo, la ortorexia, donde la idea de comer sano les lleva a estar desnutridos. O sea se “inyecta” en la sociedad la idea de rehuir de lo transgénico, lo artificial y al final se crea un trastorno más con el que lidiar. Tampoco con eso hay que frenar la historia o ir marcha atrás, eso es casi imposible sin caer en algún tipo de dictadura. Pero si se tiene presente, siempre, el cuestionar estos dos conceptos, el de lo teleológico y el concepto de progreso, si los tenemos en cuenta a nivel del prefrontal, a nivel de individuo, no caeremos en errores de apreciación, en errores de juicio, (base ideológica de la conquista de América y el Colonialismo, como ejemplos). Otro sesgo es el intragrupal, este sesgo echa por tierra cualquier otro concepto de otredad, en el sentido de que todos portamos este y es en este donde encaja el racismo, la xenofobia y el sexismo. Si se entiende que existe tal cosa, no es ya que tengas que luchar contra los más evidentes, sino que además eso debería de repercutir a la hora de enarbolar y defender cualquier bandera o identidad. La defensa y el orgullo de lo intragrupal es el que lleva implícito la “otredad”, creando una división humana que más que ayudar, va contra la idea del humanismo al crear división, conflicto y guerra. La única bandera permitida, contra cualquier odio, violencia e injusticia, debería de ser la del humanismo, tal bandera, la trasparente, de forma curiosa, no existe y no se enarbola. ¡Premio para el que la cree y la lleve en sus manifestaciones contra todo lo inhumano!, aunque sea contra las violaciones y la violencia machista, pues habrá entendido todo este concepto básico de sesgos errados.

   Desde lo individual lo que prima es el orgullo, esa capacidad de autodefensa que es la base egoísta del ADN, del gen. Cada cual es una apuesta única, que en cuanto se cuestiona todo, que en cuanto todo lo demás cae, es la única que queda. Agarrarse al orgullo es uno de los peores sesgos que existen, de los más irracionales. El individuo, en su inmediatez, desde la soledad que le da el estar solo en su habitación, conectado a las redes sociales, contesta desde su orgullo. La mayoría de los trolls, y de las batallitas y las guerras que se dan desde internet, se dan desde el orgullo herido, desde el dolor de ese ente que no está conectado físicamente con nada o desde una posición interna intragrupal.

  Dejo este escrito, me parece demasiado moralizador, cuando el tono de mi “queja” por la “normalidad” humana es más cínica. Me cansan las mentes normales que fácilmente hacen juicios de valor sin ver el panorama general de todo. Sin darse cuenta que caen en errores de base y están creando más problemas que los que tratan de solucionar. ¡Ojo!, mi cinismo es uno de ellos, pero es desde lo liminoide, no desde la “normalidad”, aunque el final sea el mismo en los dos casos. No hay progreso, yo soy cínico y quiero destruir ese concepto. La normalidad, desde su normalidad, destruye aquello que quiere crear. ¿Se nota la diferencia? El nihilismo no cree en nada y destruye los conceptos de los otros, la normalidad pretende crear felicidad y justicia, y la destruye y se autodestruye. A nivel epistemológico son las mismas reglas, pero a nivel ontológico el cinismo crea la destrucción que predice, mientras que la normalidad crea la contranormalidad y caos, contra la que cree luchar desde su supuesta normalidad incuestionable. En definitiva: el cínico acierta en su exposición del medio y del fin; la normalidad, por el contrario, en su lucha destruye aquello que cree y quiere crear: la normalidad (estabilidad), creando en su proceso más posiciones “normales” erradas, que crean más anormalidad o caos. Lo digo de distintas formas para ver si en alguna de esas se entiende. Avanzamos sólo dando vueltas sobre las mismas cosas. Idea que captó Nietzsche con su eterno retorno de lo mismo y que está representado en la rueda de la fortuna.

Códice de los Sistemas Complejos

   La gráfica que aquí presento es una versión de la que se encuentra en el artículo de la Wikipedia sobre “sistemas complejos“. La selección de los términos a tratar, así como su estructura de temas y subtemas, provienen de dicho gráfico. Si bien he cambiado alguno, porque no tenían entradas en Wikipedia (ni aparentemente en Internet), cambiándolos por otros que me parecían más adecuados. He añadido alrededor de la gráfica otros que me parecen centrales. La gráfica pretende tener una visión general. El tema no se agota con estos 103 temas; cuando se lleva a un artículo de la Wikipedia, esta nos da sugerencias de temas relacionados, cada cual buscará según su interés. Este escrito es un posible camino a seguir, siempre desde los temas que a mí más me interesan, que son el humano, en su vertiente social e individual, así como su mente.

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   El primer acceso importante es la definición de qué es un sistema complejo, (que el enlace se encuentra en el título de la gráfica). Esto es lo que se nos dice:

 “Un sistema complejo es un sistema compuesto de muchos componentes que pueden interactuar entre sí. En muchos casos es útil representar tal sistema como una red donde los nodos representan los componentes y los enlaces sus interacciones. Ejemplos de sistemas complejos son el clima global de la Tierra, los organismos, el cerebro humano, las organizaciones sociales y económicas (como las ciudades), un ecosistema, una célula viva y finalmente todo el universo.”

   De aquí se deduce una primera conclusión y conflicto. El ser humano toma conciencia del mundo desde su individualidad. Para el humano su realidad es así: humano “sí mismo” —> sociedad. Para un sistema complejo, como es la sociedad, es a la inversa: sociedad —> individuo. En ese caso somos un nodo, o un agente, en otro término que se suele usar. Bajo esa perspectiva el humano lo es en tanto que crea enlaces dentro de redes sociales (no de Internet, que desde este lenguaje tiene otra acepción). Dentro de la familia se tiene una red, en el trabajo otra, con los amigos otra, etc. Si se analizan las cosas así, resultan “frías” y “maquinales”, somos meros engranajes. Es así como es tratado el individuo dentro de una red o un sistema complejo. Esto hay que tenerlo en cuenta siempre.

   Por dónde seguir ahora. Qué investigar. Lo que nos sigue diciendo la Wikipedia de los sistemas complejos es:

Los sistemas que son “complejos ” tienen propiedades distintas que surgen de estas relaciones, como la no-linealidad, la emergenciael orden espontáneo, la adaptación y los bucles de retroalimentación, entre otros. Debido a que estos sistemas aparecen en una amplia variedad de campos, los puntos comunes entre ellos se han convertido en el tema de su propio área de investigación independiente.”

   Dando a cada uno de los enlaces del párrafo anterior, tendremos una primera aproximación a una teoría general. El primero es la no-linealidad de los sistemas. Un ejemplo de no-linealidad son los catalizadores, que se dan en los sistemas vivos y en los mecánicos creados por el hombre. Si un humano se está muriendo de hambre y se percata de una nuez a diez pasos… ¿le interesaría irla a buscar, con el consiguiente gasto energético, y teniendo en cuenta a la energía que pueda proveer la nuez? Los catalizadores del cuerpo (enzimas) producen más energía de esa nuez que la que pueda ser analizada por medios científicos. Por otro lado el cuerpo genera endorfinas en esa ingesta, que hace subir el ánimo a la persona. Esa no equivalencia entre la nuez y lo que produce en el cuerpo humano es un ejemplo de no linealidad. Pero no todo son buenas noticias. La economía es otro sistema no-lineal, pero los agentes o nodos que intervienen (personas, bancos, gobiernos, bolsa, empresas, multinacionales…), afectan a dicho sistema de forma demasiado sensible; como por ejemplo cuando hay una mala noticia que puede afectar a nivel mundial, con la consiguiente entrada en pánico de las bolsas.

   La emergencia se expresa con la frase de “el total es mayor que la suma de sus partes”. Un factor como el lenguaje creó la emergencia de lo que somos, algo más que cualquier otro animal con lenguajes rudimentarios o sin estos. Por el lenguaje ya no se trataba de lo que uno mismo pudiera aprender, o aprender de sus padres. Se podía compartir la información de lo aprendido entre todos. Otro ejemplo más claro es que fueras de habitación en habitación, en donde habría un músico y su instrumento. Algunos de ellos expresaría algo inteligible, otros no, como sería el caso de unos platillos. Si unes todos esos músicos, que estaban tocando la misma canción, de repente oyes la totalidad, que no podía ser explicada por cada uno de los instrumentos. La emergencia a la vez “recoge” la regla de la no-linealidad, esto es: las cuerdas pueden estar tocando una melodía, y los cornos otra (el contrapunto como ejemplo), el qué ocurre entre esas dos melodías, en apariencia desparejas, al crear nuevas “estructuras” sonoras no es algo demasiado “predecible”. Se producen “choques” elegantes, deslizamientos a la par, encuentros y desencuentros, etc. Otro ejemplo que se suele usar es el olor a amoniaco. Ni el hidrógeno (H) ni el nitrógeno (N) huelen a amoniaco (NH3): el olor a amoniaco es una propiedad emergente que sucede cuando se juntan estos componentes, en cierta proporción. Nadie podría predecir que iba a ser así por el análisis de su componentes.

   El tercer factor es la auto-organización u orden espontáneo. En un hormiguero cada individuo es un agente; si han hecho un camino y uno lo borra con el pie, al poco vuelve a surgir el mismo patrón de crear un camino. No es tan sencillo como parece. Son ciegas y se guían por señales químicas. Si en un momento dado se ha borrado la señal, cada hormiga al andar crea señal; si tres han encontrado el camino, el resto sigue tanteando, pero como ya ha habido tres que han encontrado el camino se han sumado sus señales químicas, como para que sea más fuerte, y a cada una que lo tome se le suma una señal más fuerte. En el apartado de la gráfica llamado “comportamiento colectivo” tenemos acceso a las entradas como “modelo basado en agentes“, “optimización de colonias de hormigas” y el resto, que nos hacen comprender este y otros procesos. Por otro lado esa auto-organización no se da sólo en los sistemas complejos vivos. La propia materia sigue esta “regla” a través de lo físico (en procesos no equilibrados) y en las reacciones químicas. amethist-brazilie_0001El ejemplo más claro son los cristales (cristalización) creando formas muy geométricas. Otro ejemplos son los copos de nieve. La cosa va a mayor, si un terreno tiene cierto tipo de mineral, crea también patrones a partir de la auto-organización, como se puede ver en el gráfico de la cabecera. De ahí que uno de los estudios de los sistemas complejos sean los patrones, la geometría o las típicas gráficas fractales. Aunque he presentado el proceso desde los sistemas emergentes vivos y animales eusociales como la hormiga, que esa estructura de reglar su operar en el mundo es otro tipo de emergencia, hasta lo inorgánico; en realidad está claro que es a la inversa. Un término que no estaba entre los de la lista de la Wikipedia, en la que he basado mi gráfica, es el de superveniencia. Este concepto viene a decir que cada sistema emergente se basa y tiene las reglas de su anterior, el cual no puede alterar los sistemas inferiores. Está claro que el humano puede romper un átomo, pero es sólo uno. No por ello ha cambiado para siempre el cómo se comportan los átomos, pues siempre “seguirán” sus propias reglas.

   Uno de esos sistemas emergentes fue la vida. Cuando se habla de vida uno piensa en grandes cosas vivas, como un árbol o un león, hoy también conocemos las bacterias y los virus. Pero por lo demás es muy difícil determinar qué es vida. La química orgánica y las biomoléculas siguen las mimas reglas de la autorreplicación que se sigue de todo ser vivo. De hecho esta regla de la autorreplicación, en lo químico, es por lo que la vida es lo que es. Vida y autorreplicación es una y la misma cosa, es una tautología. A partir de cierto momento, ciertas replicas complejas formaron los primeros virus y bacterias, y a partir de estas segundas, al juntarse y especializarse cada una en una sola tarea, es como se creó la vida compleja. De esta vida compleja salen otras de las dos ramas principales de los sistemas complejos, ahora vivos: la adaptación y por ello la evolución.

   Esto ha sido un somero “paseo” por lo sistemas complejos. Conviene entender otros conceptos menores en la gráfica, que en realidad son muy importantes. La teoría del caos, que establece el qué y el cómo ocurre todo lo analizado arriba. En la vida la autoorganización es llevada a otro nivel: la homeostasis. La tendencia a mantener un equilibrio fuera de los excesos (ni exceso de calor, ni de frío; ni exceso de agua, ni la total carencia…) Si la gente entendiese en profundidad este concepto, comprendería que en muchos casos las reglas morales pueden estar de más. Aristóteles decía que el bien está en el centro de los opuestos: ni avaro, ni desprendido, ni buscar en exceso el placer, ni carecer de ellos, etc. Casi todas las grandes religiones llegaban a la misma regla, como el budismo y el taoísmo. Al igual que el procrear, del sistema complejo que es la vida, viene de la autorreplicación del sistema complejo de la química orgánica, esa regla moral viene de la autoorganización de las reacciones químicas y las físicas, en sus procesos no equilibrados (no-lineales); que a su vez viene por la homeostasis de la vida. Uno se puede “deshacer” de términos tan poco claros como el de la felicidad, pues algunos lo interpretan como pasárselo bien, y en esto entienden el hacer excesos, como beber alcohol, tener sexo por doquier, o cosas similares. Buda entendió esa regla de escapar de los deseos, del apego, e incluso del apego por nuestra propia identidad, que en su exceso es ego y egolatría. Leyó y entendió el “libro” de la vida antes que nadie.

   Pero el humano parece ser siempre exceso, ¿por qué se da esto? Porque la conciencia, como nueva emergencia, creó otro tipo de sistema complejo, que es la mente. De nuevo en este sistema se dan los mismos procesos de “recoger” las reglas de los sistemas de los que emerge, pero con una añadido, la conciencia, el saber que se sabe. El cerebro y el cuerpo están lleno de sistemas de retroalimentación, que es un “saber que se sabe” a nivel corporal, por ejemplo saber la salinidad o el nivel de glucosa en sangre. Por medio de la adaptación la evolución “creó” los sentidos. De lo que se trataba era recoger “información” del medio para actuar de forma más adecuada con respecto a este. Pero hasta cierto punto este sistema era bastante “mecánico”: si hay exceso de luz o calor, o de salinidad, salir de ese medio. Este sistema es como dar al botón del ascensor para que venga a nuestro piso. En sistemas complejos, y por ahí que devenga en los sistemas informáticos, entra mucho en juego el concepto de información; en ese lenguaje ruido es la falta de claridad en la información. Los sentidos se fueron adaptando para cada vez recoger menos ruido, o a la inversa, para que fuera más detallada la información. De este lenguaje viene que se dé un input o entrada, que a su vez provoque un output, salida o respuesta. Doy al botón del ascensor, input, y este viene, output. ¿Qué pasa si dos personas pulsan a la vez el botón del ascensor en dos pisos distintos?, son dos input. En los sistemas vivos ocurre lo mismo, ¿Qué pasa si puedes dar un bocado, pero hay cerca un depredador? Tiene que haber un sistema más complejo que no el simple input/output. En este proceso se crearon células nerviosas que se encontraban entre la entrada y la salida, para evaluar la situación: son las llamadas interneuronas. Todo el cerebro es casi al completo interneuronas, procesos que analizan entradas para dar una respuesta. En definitiva que el cerebro es puro mecanismo de retroalimentación. Se reevalúa o se adapta a cada causa y efecto. Si golpeo la nuez con X fuerza y no se rompe, le aplico más fuerza; si le aplico X fuerza excesiva y se queda hecha migas, el cerebro reevalúa una fuerza media entre la primera y esa última. Una primera retroalimentación en los simios fue el poder verse las manos. Como en el ejemplo de golpear la nuez. La vista reevalúa la posición de las manos, que a su vez en ese proceso la propiocepción se autoevalúa, y se reajusta una y otra vez, para al final no golpearnos las manos.

    Metáfora sobre cómo es la conciencia en su emergencia

   La conciencia es un paso más en esa dirección. Por medio de la palabra, que es emitida y escuchada, el cerebro crea un circuito, por el que me oigo hablar, en ese proceso sé que hablo, o sé que sé. Este nuevo módulo crea la emergencia de la mente, y la sensación de un ente que habita el cerebro, que no es real, que no es más que pura retroalimentación, de una forma muy nueva y extraña. Hasta ahí bien. El problema es que este mismo “habitáculo” hace de “caja de resonancia” de todo lo interior. Circuito_de_PapezSi me duele algo además tengo conciencia de ese dolor… lo mismo si se tiene hambre, sed, etc. Este circuito está anclado en un módulo (córtex cingulado anterior), que lo que hace es revisar errores, dentro de uno de esos circuitos de retroalimentación del cerebro, en donde las otras partes son la amígdala (ansiedad, miedo) y el hipocampo (memoria autobiográfica). Dado que la conciencia es sobre todo este circuito, activa la amígdala y crea ansiedad y miedo a que el dolor vaya a peor; sobre todo porque además somos memoria autobiográfica y sé que me lleva doliendo más de dos horas. En definitiva que al ser consciente del dolor, lo estamos aumentando en este circuito de retroalimentación que es la conciencia. De nuevo vuelvo a Buda. El budismo se basa en la capacidad de romper este circuito de retroalimentación, a través de la meditación. El dolor no se apaga, pero sí queda en su estado “normalizado” y no amplificado por la conciencia.

   Y entonces, ¿por qué somos exceso?, esa búsqueda inagotable. Principalmente por la conciencia que tenemos del correr del tiempo. Una vez que se ha creado este circuito es complicado “callarlo”. Si no estamos haciendo nada la conciencia toma como objeto a ninguna otra que a sí misma. Es conciencia de sí, y sin nada que hacer el tiempo le abruma y siente ansiedad/asco/miedo (amígdala entrando en juego) de esa sensación, que es a lo que llamamos aburrimiento, que tiene la misma raíz que aborrecer. En otro caso la conciencia, este circuito de retroalimentación, al tener como una de sus partes al hipocampo, se recrea del pasado, que además, si tiene cosas negativas o dolorosas en este, las vuelve a recrear, como para tratar de solucionarlas (pues el córtex cingulado anterior es detector de errores). Acto inútil donde los haya.

   El cerebro está “construido” con inhibidores y activadores, que a su vez se regulan (homeostasis) por neuromoduladores. Pero he ahí que la conciencia, el ser “consciente de”, espolea estos mecanismos y los “desbarata”.  Buda decía que (no en sus palabras) no había que escuchar esa doble voz, que sólo se tenía que ser uno con la acción. Que no había que hacer caso de sus deseos, que es esa voz, el mecanismo mostrado arriba, era el que creaba todos los deseos de excesos, de los apegos. No en vano toda religión, en sus rezos o mantras, lo único que hacen es que la conciencia no sea conciencia de sí, sino conciencia de rezar. La llenan de contenido para que no se recree en su vacío, en su nada.

   Queda una última dimensión que quiero tratar, esta vez social. Lo social humano es un sistema complejo, no-lineal, dinámico e inestable. Va de la crisis al estado del bienestar, y de vuelta al mismo proceso. Todo sistema se auto-regula y crea sus propios mecanismos para que esto sea así. Son ejes, o partes más rígidas, que hacen que las turbulencias no sean demasiado grandes, como para que el sistema se (co)”rompa“. Como he hecho ver a lo largo de los escritos, uno de esos ejes es el líder. Cuando la sociedad (o sistema) se hizo más grande y complejo, este ya no era suficiente. Se crearon conceptos que “rellenaban” ese vacío, que hacían de eje, de estabilizadores: las religiones, las ideologías, el concepto de patria, etc. Nuestro sistema es dual, de dos partes: líder/masa, crisis/crecimiento, expansión/recogimiento…  Uno de esos dos duales son lo femenino y lo masculino. El feminismo yerra al simplificar esta dualidad como poder y sin poder. Como he hecho ver, todo sistema complejo “adopta” reglas de los sistemas anteriores, para mantenerse como sistema. La sexualidad, como creadora y germinador, es algo más extensible que esta dualidad. El “lenguaje” encriptado de las hormonas sexuales, de los andrógenos y los estrógenos, es la de disgregar y agregar. Los estrógenos femeninos reparan el cerebro, lo cuidan y lo mantienen como más tendente a la homeostasis, lo mismo hacen con el cuerpo. Agregan, equilibran. Los andrógenos, y sobre todo la testosterona, disgrega, es apertura, es cambio, constante permutación y búsqueda. A la larga es un “veneno”: el macho es más probable que muera al poco de nacer, es más proclive a cometer riesgos, con lo cual es más fácil que muera en accidentes, y en la madurez será más probable que tenga infartos y otras enfermedades que harán que muera antes. Hay más viudas que viudos. La esperanza de vida del hombre es más corta.

   Pero esa capacidad de agregar y disgregar (que no se si es el mejor término) la adaptación y la evolución, como mecanismos base de los sistemas complejos vivos, los han “usado” para crear su propia dinámica, en varios niveles: evolutiva, social, de grupo y de pareja. El feminismo de la tercera ola replantea todos esos roles, sin cuestionar si no está desequilibrando las balanzas. Si no está generando más caos, o entropía, en los sistemas como para que el sistema caiga. Si el macho es el tendente al caos, la mujer era la tendente al orden, a la homeostasis, al equilibrio. Si el macho era tendente a la búsqueda infinita y sin metas, la mujer le frenaba y le sujetaba en tierra. Si el macho es lo tendente a la ira, la mujer es la mano que calma… No voy a redundar en más ejemplos, creo que se entiende. Si la mujer deja de hacer su “papel”, su signo de “atractor” de caos, no parece ser que sea porque quiera que el macho se vuelva como ella. La mujer es la que se “mete” en el “signo” del hombre, la mujer es la que deja vacío el otro lado de la balanza, para pasarse al lado en el que se encuentra el macho. Cree o da el mensaje erróneo de que si el macho le golpea, que ella no sea menos y se lo devuelva. Sale a las calles (manifestaciones) y las toma por la fuerza, y mostrando signos de fuerza (desnudez, ira, gritos…), que es el lenguaje del otro lado de la balanza… Entra en el poder, pero para ejercer como un “hombre” en su lenguaje y sus “modos”, no aportando nada desde su lado “agregador” y apaciguador.

   El taoísmo (ying y yang), al igual que el budismo, comprendió que hay dos lados en la naturaleza, y que esos dos lados se tienen que igualar para llegar al equilibrio. Como podemos ver, por lo analizado aquí, la ciencia dice lo mismo al ver y analizar en todos los niveles a los sistemas complejos. Todos los niveles de la realidad, del universo. El feminismo de la tercera ola es igual de errático que la conciencia como conciencia de sí, que amplifica todo el ruido y deja de escuchar la “verdadera” información. Esperemos que sólo sea una etapa y que se vuelva a la calma, que vuelvan a su verdadera “estructura” y signo.


Para descargar la gráfica en grande, así como su correspondientes archivo PDF con enlaces. Leer archivo .txt, para aclaraciones.

Lo que Es y lo que (a)Parece XI – El Declive de lo Humano

   El título debería de ser la muerte del concepto humanismo, pero siendo honesto, el que tiene es más vistoso, mientras que el que debería de ser parece mal redactado.

   El cristianismo, las Revoluciones, y el comunismo, nunca existieron. Eran buenas ideas sobre el papel, pero que al final, en la práctica, no parecieron funcionar. Si se lee entrelíneas la historia, se deduce que los grandes pensadores se dividen en dos frentes, aquellos que pensaban que sus utopías eran posibles, y aquellos otros que aunque simpatizantes, dudaban que se pudiera llegar hasta ese ideario. ¿Los primeros ilusos y bañados del sesgo optimistas, y los segundos cínicos? Más bien que los segundos son del tipo de personas que al no tener el sesgo optimista, son inevitablemente realistas, depresivos o no. En mis escritos ora hago alabanzas y cojo por bandera el concepto de humanismo, ora lo degrado, lo insulto y lo apaleo. Soy humanista, pero sé que sólo es una utopía, porque he comprendido que tal como es el hombre por naturaleza, la cultura no lo puede llevar hasta esa meta. No, sin matar al hombre, sin hacer alguna “trampa”, ya sea por la eugenesia, ya sea modificando el ADN, o cualquier otro medio. ¿Realismo depresivo?, no simplemente realismo. Carencia del sesgo optimista. Esta carencia no debería ser tomada como depresiva, tampoco como cínica. Esas formas de conceptualizarlas es siempre desde el sesgo optimista. ¿Se da por lo tanto una fobia desde ese lado del poder, de la mayoría, de lo común, a los que están del otro lado conceptual?

Toca un apaleo del concepto humanismo.

   Como decía en el artículo anterior, en la historia -y protohistoria- hemos ido, a grandes rasgos, desde el macho alfa, al líder, de este al emperador o rey, pasando a una unidad entre un concepto y un líder -ideologías sean religiosas o políticas-, para llegar al final a la democracia, que es el primogénito de la Ilustración y el concepto de humanismo. Se supone que este último paso es aquel donde se deslegitima el poder y las jerarquías, pero de facto, no es así. Tampoco ocurrió con “los comunismos” que se han dado. Esos humanistas, que eran cínicos, de nuevo leyendo entrelíneas, decían que el humano aún necesitaba ser llevado de la mano, que el monto de personas tenían/tienen poca capacidad intelectiva, como para comprender a fondo la complejidad de las cosas, y que necesitaban de alguien que los guiase. Hoy en día, bajo las teorías de la etología y la psicología evolutivas -y cualquier otra rama del estudio de los animales-, diríamos que provenimos de una especie que está fundamentada por las reglas propias de una manada, dónde el rasgo principal son las jerarquías, y donde se da una estructura genética de líder y seguidor. O sea el límite está escrito en nuestro ADN. La cultura no puede luchar contracorriente, debe; pero tal parece que una y otra vez termina por vencer el río. Fracasó el cristianismo, terminando en la Iglesia, con su férrea estructura jerarquizada. Fracasaron las Revoluciones, donde los Señores y los reyes, fueron sustituidos, por los banqueros y los burgueses comerciantes. Y fracasó el comunismo, al convertirse en unas jerarquías altamente burocratizadas, de nuevo, con distintos y desiguales privilegios. O sea que una y otra vez, siempre, se vuelve a estructurar lo humano a través de las jerarquías, aquellas que provienen del concepto de manada. ¿Hemos ganado en derecho?, si, puede ser, pero de facto estos se vuelven invisibles en casi todos los medios. La justicia depende de la calidad del abogado, que depende del dinero que tengas. La voz es más fuerte y estridente desde el poder, la masa sólo es un susurro, un murmullo, que hay que temer, sí, pero que pocas veces consigue algo, o algo claro contundente y duradero. La masa es como ese parque de niños que hace mucho ruido, pero que permanece encerrado entre sus cuatro paredes, para que su sonido quede aislado y minimizado. Sólo se les presta atención cuando se crean peleas, que pueden llegar a contagiarse a toda la guardería, y alterar la paz y los asuntos de los adultos. Nunca hemos abandonado esa posición paternalista de la humanidad, donde el “padre” -macho alfa, líder, emperador, rey-, protegía a sus retoños, la masa de sus seguidores. “La humanidad es demasiado débil para soportar el don de la libertad”, y “la gente adorará a quienquiera que le dé pan, porque necesita que sus gobernantes sean dioses”, decía Dostoievski.

   Remontémonos al principio de todo esto. La testosterona no es una hormona individualizada. O sea, no es como los glóbulos blancos que cada cual ha de tener los suyos, para su propia defensa. La testosterona es intragrupal, el total de la testosterona no está repartida “democráticamente”, sino que se tiene más testosterona dependiendo del nivel de la jerarquía que se detente. La testosterona activa el resto de las hormonas del macho, que entre otras cosas provee de una mayor musculatura, mayor tamaño, mayor resistencia al cansancio, más brío y fuerza, mayor agilidad, etc. Esto no anula la genética, uno nace con unos buenos genes, que repercute a que tenga una mayor probabilidad de llegar a ser macho alfa, omega o betas. Lo que ocurre, en este proceso, es que el vencedor de la lucha por el liderazgo, tiene una subida de testosterona, que hace que se potencien todas las capacidades de las hormonas masculinas, con lo cual logrará una “porción” extra de musculatura, agilidad… Todo estos comportamientos se han comprobado que siguen existiendo en la actualidad, en el hombre. Se hace a través de medir el nivel de testosterona en sangre de equipos ganadores y perdedores, analizándolo en empresas, etc. Ser líder tenía sus ventajas en la prehistoria (y en el reino animal): el primero que tiene acceso a la comida, a los acicalamientos, al sexo; pero también tiene sus inconvenientes. Tiene que estar al frente de las luchas territoriales, de la defensa de los depredadores y de la toma de decisiones. Corre, en definitiva, más probabilidades de morir de forma violenta. El macho alfa tantea la incursión en el terreno de otras manadas, midiendo las fuerzas del macho alfa de la manada vecina y de su número. Es el macho alfa el que decide si su grupo tiene la capacidad de atacar al otro grupo, o si se da el caso, si puede coger por sorpresa al macho alfa del territorio vecino. Se ha dado algún caso en los cuales si muere el macho alfa, y no habiendo un omega que recoja se “cetro”, la manada se disgrega o se divide en varios grupos. El alfa por lo tanto es el eje cohesionador del grupo.

   Los seguidores, los que no detentan el poder, los que están en la capa más baja de la jerarquía, sufren de estrés, comen menos, tiene menos acceso al sexo y es menos probable que sean acicalados por otros -ver documental sobre el estrés, para analizar esto en profundidad-. Se puede decir que una posición intermedia es la más ventajosa, porque ni sufren las carencias de los del más bajo nivel, ni sufren los problemas del macho alfa. Esta postura intermedia, que es un poco tramposa, es la clave para entender la historia humana. Entre los chimpancés se ha apreciado que hay líneas de sucesión patriarcales, bajo este fundamento: puesto que lo que importa es la testosterona, y tiene un fuerte grado de componentes heredados, y puesto que las hembras alfa se aparean sólo con el alfa, esta línea sucesoria es la que tiene una mayor probabilidad de tener una buena descendencia de aspirantes a macho alfa. Esa es una tónica en los primeros pasos de la humanidad, bajo estos auspicios, se creó la legitimidad del rey, y más tarde del emperador.

   El devenir humano no se “atascó”, en la fuerza, pero esa estructura de poder ya estaba como patrón en el ADN y sus consiguientes sesgos en el cerebro. Hemos seguido heredando, hasta épocas recientes, que el que luchaba y vencía al rey, al líder, heredaba su reinado y sus poderes. Así se ve en la acertada serie “Vikings“, pues este rasgo era más propio de ser mantenido en las, por ese momento llamadas, culturas bárbaras. La política fue creciendo, llegando hasta lo que tenemos hoy, a través de los seguidores y detractores del macho alfa o líder, o sea en gran medida entre los betas, que en algún caso preferían a un omega -segundo en la jerarquía, después del alfa- para detentar el poder. En todo esto se han creado dos “clases”, aquellos que tienen algo que opinar sobre el liderazgo y al propio líder, y aquellos otros que carecen de cualquier capacidad para este diálogo. Se heredó del concepto de manada: líder, omega y betas por un lado, y aquellos otros que no entraban en este grupo. Las Revoluciones, se supone, que eran un asalto a esta división, en ese momento de Señores y vasallos, a favor de por un lado quitar la figura del rey, que se fue degradando a lo largo de la historia, y por otro lado que cada una de las personas contase para algo. Lo que ocurrió en realidad, fue que al final se mantuvo más o menos esa misma estructura, en donde estaban los comerciantes, banqueros, u otras personas con poderes o cargos políticos, fiscales o judiciales y por otro lado la plebe. Es igual como llamemos a un lado y a otro, sea desde el lenguaje comunista, capitalista, humanista, o el actual de la globalización, el caso es que es una estructura heredada que no hay forma de quitar, porque en definitiva está como estructura mental en cada uno de los hombres.

   Tenemos, por tanto, dos grupos de humanos bien diferenciados, los líderes y los seguidores. Cuando se habla desde distintos puntos, como el comunismo o el feminismo, de cosificación, de abuso de poder, de misoginia, yo dejo de entender nada. Con lo que me encuentro en la vida es con personas que no pretenden llegar a una posición de poder, que la rehúyen e incluso la odian, y otras que luchan por todos los medios para lograrlo. Es una estructura implantada en el ADN, hay personas que tienen esa capacidad de liderazgo y otras que son simplemente personas que prefieren que otros tomen el mando y las decisiones. Hoy en día es más difícil captar esa diferencia, pues está todo muy mezclado conceptualmente, pero sale a relucir en los test psicológicos y en distintos experimentos. Es tal la confusión y el estado actual que cuando la ciencia nos dice que es así, nos negamos a aceptarlo. Como decía Sartre, la libertad es un conflicto. El mundo es aquello que nos ofrece una resistencia a nuestros deseos y necesidades. El cerebro, la unidad que es un solo ente vivo, cosifica al mundo, como “lo otro”, a aquello que ofrece esa resistencia que hay que vencer o superar -lograr-. Y he ahí que nos encontramos con otra libertad, con otro ser humano. Sartre explicó este suceso por mil laberintos filosóficos, pero de hecho todo se puede simplificar a un mínimo. Cuantas más opciones se tengan por medio, más tardará el cerebro en tomar un camino. De nuevo el dilema del asno de Buridán. El cerebro está construido con el principio del mínimo esfuerzo. Si voy directamente a A, es más rápido que si analizo A, analizo B, calculo pros y contra, y voy a B, porque es probable que otro me haya quitado el bocado o que me ataque un depredador en ese lapsus de tiempo más prolongado. El otro, así, es un competidor que ofusca mis deseos, que siempre ha de ser tenido en cuenta por el cerebro. Lo cual resta rapidez y eficacia a la hora de llegar a metas. La vida acciona regida por la ley del mínimo esfuerzo. Cuando se crea un grupo que hace una apuesta social, las dudas individuales dirigidas a un fin se multiplican. Hay distintas apuestas en la naturaleza, y por extensión sociales-humanas, la cristiana o la comunista dicen, siendo reduccionistas, que deberíamos de comportarnos como los “herbívoros”, en donde no suele darse el líder y tampoco las jerarquías (excepto en épocas de celo). Pero no puede ser así, pues provenimos del concepto de manada (lobos, hienas…) Esta apuesta lo que hace es “regalar” a un solo individuo todas las mejores cualidades de la especie -de ahí nace el concepto de héroe, que en realidad camufla el sesgo de autoridad-, para que sea esta la “cabeza” que toma las decisiones del grupo. Hay posturas intermedias entre la herbívora y la de manada, como es el caso de los elefantes -en realidad elefantas-, que dan esa confianza de toma de decisiones a las más experimentadas, a las más ancianas. Nuestro pariente más cercano, y similar por analogía, es el chimpancés, que devino en los homínidos, y es la estructura de grupo de estos la que tenemos en nuestros genes.

  Si nos fijamos en toda película, en donde se dé el dilema de la supervivencia de un grupo, “infierno blanco” por ejemplo, es una lucha por el poder, por hacerse con la toma de esa posición de macho alfa, o de toma de decisiones, pues es una estrategia menos óptima aquella en donde no se crea unidad. De lo que se trata es el de crear un proceso donde el todo es más importante que las individualidades, en donde el todo forma una unidad. Esa unidad se constituye, porque así se da en el propio cerebro humano: el prefrontal ha de ser el que coja el mando, negando o restando otras “opiniones” que vengan de miedos u otros frentes, en una sola voz, con una sola decisión. Me parece estúpido, por no terminar de entender todo este mecanismo, pensar que aquel que se atenga a seguir al líder, sea tomado como que ha interiorizado su debilidad, o que el líder tenga que sentir odio por los seguidores, como así piensan algunas feministas del “macho”. No, simplemente se dan unas reglas, de una nueva estructura, dado un tipo de apuesta evolutiva que es la humana. Una obrera no es una esclava de la reina, ni esta las odia; quizás la reina está en una peor situación: “esclavizada” a poner huevos y sin casi poder moverse de un sólo sitio de por vida. El ser humano tiene dos posiciones o tiene un relé que le cambia a dos estados, -es bastante general en la naturaleza-. Si un hombre está sólo y aislado en un terreno desconocido, sobrevivirá y luchará con todos sus arrestos, pero si forma parte de un grupo se le activará el estado de manada y se colocará en un lugar de la jerarquía. Si vamos a un lugar, a algún tipo de reunión, nos daremos cuenta que la mayoría de las personas permanecen calladas y sin tratar de sobresalir. Sólo los realmente líderes se harán notar y hablarán (excepto si se es histriónico, apuesta tramposa). Igualmente, en esa situaciones de peligros y supervivencia el alfa -que puede ser una mujer- enseguida sobresale, porque no le importa sobresalir y ni tiene miedo a “equivocarse”: esos rasgos están fuera de su naturaleza. Es menos empático, y esto no ha de ser tomado como un rasgo negativo, puesto que ha de centrar toda su energía en sí mismo y su poder. La finalidad de la manada es que haya una sola voz, una unificación de fuerzas para optimizar los recursos de energía y resistencia: un solo grupo de diez humanos es mejor que dos grupos de cinco humanos. Así fue durante miles de miles de años. Una manada pequeña es más probable que se extinga y por otro lado que caiga inevitablemente en la endogamia. Los grupos grandes son los que han sobrevivido, los que al final creaban un reino, o si se terciaba, un imperio. Cuanta mayor unidad se daba en el grupo, y mayor fuerza, mejor. Se siguen reglas económicas, de los sistemas complejos, fácilmente deducibles. Los Imperios conquistaron zonas de grupos pequeños, porque estos no crearon una unidad o frente que aunasen fuerzas. Así pasó con Roma al entrar en el resto del continente europeo; los españoles o ingleses en américa; y el Colonialismo en los continentes que no tenían su misma estructura. El pez grande siempre se come a los peces pequeños, aunque estos ganen algunas pequeñas batallas.

   En definitiva, y al punto que quiero llegar en este escrito, ¿qué pretendía el humanismo?, acabar con esta estructura o que fuese más justa y equilibrada. Unos dirán que lo primero, otros que lo segundo, según se sea de izquierdas o de derechas. De cualquiera de las formas no se ha llegado a ninguno de los dos puntos. La democracia no es el epítome (¡existe el verbo epitomar, que divertido!, yo epitomo, tu epitomas… mi cerebro bipolar, lo siento), de la justicia, ni de la igualdad, ni de nada. ¿Si todos somos iguales porque algunas personas siguen teniendo un aura de ser mejor tratados?, no entiendo eso de que haya que proteger al presidente, como así sale a relucir en las películas Norteamericanas, donde cualquier vida es prescindible para salvarlo (que distancia a aquella en la que los reyes andaban con los ciudadanos de su poblado, como se ve en la serie “Vikings”). Tampoco entiendo esas reverencias a los jueces, no son dioses, no son infalibles, no son lo más selecto de lo humano (muchos experimentos han probado su falibilidad: que incurren en prejuicios raciales, sexistas, o que por ejemplo sean más indulgentes con respecto a la cercanía de la hora de comer). Eso quiere decir que de nuevo sale a la luz, pues nunca se han terminado por quitar, el que ciertas posiciones, y por lo tanto personas, sean imprescindibles, mientras que otras no. Se sigue la regla de que si se mata a la reina de las hormigas, se deshace el hormiguero y que si se mata al macho alfa, se deshace la manada. Hoy ya no ocurre así, pero seguimos con esa misma estructura mental e institucionalizada. Los Derechos Humanos sólo existen en el papel, sigue habiendo injusticias, hambres, guerras, violaciones, desigualdades… ¿Por qué no se aplican? De nuevo se siguen las reglas primigenias, si no va contigo o no tienes intereses en ese tema, no te metas. La Europa del siglo XX no hizo nada, o de forma tardía, en la guerra Bosnia, no ha hecho nada o de forma tardía, en la mayoría de los genocidios. Se ha interesado en conflictos de oriente Medio, por ser los mayores proveedores del petróleo, el núcleo energético central del sistema actual. El avance de la humanidad nos ha creado comodidades, ha erradicado enfermedades, tiene un mejor control sobre la agricultura y la ganadería, pero también ha maximizado la forma de matar, de crear tantas muertes de una sola vez, que al final se convierten en meras estadísticas y apenas si crea una autentica empatía entre las personas. Las desigualdades e injusticias no sólo se dan en países o continentes que aún se están formando, sino también en el primer mundo, con democracias con plenos poderes. Cada día se van distanciando más y más las diferencias sociales, cada vez hay más paro e injusticias. Hoy una gran cantidad de niños en España, se van a la cama sin haber cenado, o cenando lo mínimo.

   Después nos encontramos con que el exceso, o concepto errado, de humanismo, nos está llevando a callejones sin salida. El “Baby Boom” fue un periodo de optimismo pueril en el cual la optimización de los pesticidas y abonos creaba cosechas mejores, como para aumentar la población; pero dentro de diez o veinte años sufriremos las consecuencias al toparnos con una generación envejecida, en sus muy, muy largas pendientes a la decrepitud, a las que habrá que dar cuidados y sus correspondientes pensiones. Hemos erradicado casi todas las enfermedades mortales, pero estamos abocados a un mundo con unos límites de densidad de población. Hoy ya somos víctimas de esa tendencia: no es cuestión de que haya o no comida para todos, sino el crear el suficiente número de trabajos como para que todos puedan comprar esa comida. Abaratamos productos, a coste de un menor coste en la mano de obra, llevada a países en donde las multinacionales salen beneficiadas, con una menor cantidad de impuestos y una mano de obra más barata (¡Incluso con ayudas del estado de ese país, si se tercia!). ¿Esto no es una nueva forma de esclavitud? ¡Siéntete cómodo con esa camiseta o pantalón barato de moda!, que detrás estás manteniendo y apostando a que tus hijos no encuentren trabajo en tu país del primer mundo en un futuro cercano. Si de lo que se trata es de crear muchos trabajos, hay que consumir mucho. Agotamos los recursos a una velocidad vertiginosa, sin pensar que el planeta y sus recursos son finitos.

   Pero toda esta retorica se ha dicho una y mil veces, no hace falta redundar. La finalidad de este escrito es la de un hijo que se queja de tener un padre injusto, que lo ha olvidado, que se muere de hambre de justicia, de igualdad, de equidad. Y sí, hijo, porque asumí ponerme a las “ordenes” de las reglas del padre, que decía ser el humanismo, entregándole mi libertad de acción salvaje que intrínsecamente soy y me definen en tanto que individuo que sobreviviría fuera, sólo, en lo salvaje, fuera de la manada. En cada situación, del devenir humano, hemos puesto nuestras esperanzas ora en un macho alfa justo, ora en un rey o el emperador, para al final, “echándolos” por injustos, poner en su lugar a un concepto: el humanismo. Con lo que nos hemos encontrado, a la conclusión a la que se llega, es que el concepto de humanismo no se diferencia en nada a las otras formas de poderes anteriores. Las mismas faltas, los mismos problemas, en una estructura jerárquica que es la misma. Como se suele decir es “el mismo perro con distinto collar”. No es que haya fracasado el humanismo (como tampoco fracasó el cristianismo o el comunismo), es que simplemente nos engañamos al pensar que el humano puede cambiar lo que realmente es. Tenemos la sociedad que nuestra estructura mental, y de especie, se merece. Cuando vamos al cine, a buscar al héroe, lo hacemos con la estructura mental de que una sola persona lo puede cambiar todo. Como así lo hacía el macho alfa y así lo ha hecho, de vez en cuando, alguna personalidad de la historia. Tenemos la estructura del héroe de tal forma en nuestro cerebro, que todo los demás son sucedáneos. Fácilmente los detectamos en héroes vacuos; que por lo demás, no apagan nuestra sed del héroe, del líder. No pretendo hacer ver dónde están los errores para remedarlos. Lo siento, no soy tan inocente. Y no es ni cinismo, ni realismo depresivo, en su concepción psiquiátrica. Es pura y llanamente ser realista. Hablo desde la posición del antihéroe, desde esas voces anónimas que han sido asesinadas a la menor: por odio racial, clasista o sexista, en genocidios, en guerras, en pateras… en cualquier lugar, de cualquier manera, sin que sus nombres nunca aparezcan en ningún lugar, o remedados en esas plaquitas conmemorativas que a nadie satisfacen. No queremos un cielo de premio, no queremos que en el futuro el mundo sea más justo: queremos la justicia ya, para nuestras propias vidas, para nuestros propios beneficios. Todo lo demás es demagogia. Hablo desde una voz anónima y de antihéroe como la representada en la lograda y poco mencionada película, “El hijo de Saúl“, donde un padre judío trata de dar un entierro digno a su hijo, durante los últimos días del holocausto nazi, y donde no lo logra, y  ni siquiera logra sobrevivir. Acción inútil, como lo es casi el cien por cien de las veces que “rogamos” algo de justicia, de dignidad, todos y cada uno de los seres humanos. Estamos tan contaminados del concepto de héroe, nos es tan imposible salir de él, que incluso, como hacemos en el caso del protagonista del film, lo terminamos por convertir (todo) en héroe, cuando en realidad tales personas deberían de ser tomadas como antihéroes. En esta dialéctica perversa e imposible que es la humana, el antihéroe es coronado como héroe, como así ocurre en el trabajo y castigo inútil en el Mito de Sísifo. Podríamos tratar de matar el concepto del héroe, pero de nuevo eso sería una heroicidad. Todo aquel que mate a aquello que era poderoso hereda sus poderes, su prestigio. Se convierte inevitablemente en héroe. Si nos damos cuenta es la misma estructura, que como en el caso del macho alfa o el rey, se convertían en aquel a quien mataban. No hay forma de escapar de esta lógica catastrófica de la condición humana. De esta regla en su cerebro. Bajo este mismo signo, en la antigüedad, matar a una fiera le confería sus dones y virtudes a aquel que la mataba. Para que así se supiese se llevaba alguna señal de tal heroicidad, como la melena del león por parte de Hércules. Hoy esos signos externos de prestigio y jerarquía, nos lo dan las multinacionales: Apple nos vende ese falso sueño, que nadie que le sea fiel reconocerá como falso.

   No hay historicidad humana sin el concepto del héroe, sin que nos envenene, sin que nos construya, sin que nos forme y nos estructure. Finalmente el feminismo, de fondo, trata igualmente de matar el concepto del héroe, pero cayendo en su “empoderamiento”, de nuevo como un nuevo tipo de heroicidad, en tanto que heroína que renace de sus cenizas. No hay diálogo o narración posible fuera de esta estructura contaminante. Esos somos el humano: la imposibilidad de no podernos deshacer del héroe, la imposibilidad de deshacernos de nuestras estructuras mentales y de especie. Pensar en otra forma de ser, ya no es pensar desde lo humano, desde sus lenguajes. Y tal cosa es imposible, sin lograr matar al héroe y que ningún otro héroe ocupe su lugar. Ese espacio y lenguaje, fuera del héroe, sólo puede ser desde el lenguaje de los animales eusociales, donde nadie cuenta más que nadie, donde igual de importante es recoger comida que poner huevos. Pero no. No nos engañemos, no podemos ni siquiera pensar en esa posibilidad, que por lo demás la consideramos distópica. La película “Invasión”, 2007, juegan con estos conceptos. La especie alienígena, como ladrones de nuestros cuerpos, se apoderan de nuestros cerebros, convirtiéndonos en eusociales. Inmediatamente, se acaban con todas las identidades, acabando con todas las banderas, fronteras, guerras y desigualdades. Pero finalmente el humano los vence y volvemos a nuestro estado “natural”: identitario y de desigualdades.

   Antiguamente las ideologías de orden religioso o político nos traían “buenas nuevas”, y poníamos nuestras esperanzas en ellas. Hoy en día ese papel lo hacen los científicos, ¡oh, que nobles! Bastaría sacar conclusiones de documentales como “(Des)honestidad“, (basado en los estudios de “los experimentos Matrix”, llevados a cabo por Dan Ariely); o el documental “Estrés, el asesino silencioso“, (basado en los estudios del neurobiólogo Robert Sapolsky); o “La era de la estupidez“, (que ataca la ceguera en que nos encontramos con respecto al cambio climático, lo cual nos está llevando a nuestra propia extinción); para crear una sociedad algo más óptima que la actual. No perfecta, pero sí una sociedad renovada desde unos principios mejor entendidos y mejor estructurados. Pero no. Ahí están esos documentales y ningún cambio han provocado. Y aunque nos pusiésemos “manos a la obra”, con nuevas leyes o propósitos, de una u otra forma, todo se volvería a pervertir, hasta llegar a la misma estructura de siempre. El humano, en definitiva, es esa imposibilidad.

Lo que Es y lo que (a)Parece X – Los Límites Humanos

   Algo que siempre me ha chocado de la realidad humana, era que si bien hablando con las personas individualmente, me parecían más o menos inteligentes, quizás una nota de un siete sobre diez, la humanidad en su conjunto no se merece esa nota, más bien un cuatro o un cinco. Por eso cuando escuché la frase “el individuo es inteligente, la masa es estúpida”, en la película “Hombres de negro“, la apunté entre mis notas rápidamente, porque definía muy bien lo que yo había previsto. ¿Por qué ocurre esto, que hay de fondo?

   Dan Ariely, sicólogo o sociólogo economista, basa su saber y experimentación en esta nueva rama de la ciencia: el tratar de minimizar los conceptos sicosociales a conceptos económicos. Si nos damos cuenta, de lo que se trata es en qué medida, por ejemplo, algo como la ley del mínimo esfuerzo repercute en el comportamiento humano. Pero no sólo ha encontrado que este concepto sigue siendo aplicable en lo humano, sino que de paso a encontrado muchos más. No voy a resumir todas sus ideas, ya que están bien expuestas en sus presentaciones en TED, pero hay que tener en cuenta que todo este escrito en gran medida, es gracias a sus investigaciones, si bien aportaré ciertas apreciaciones, que se deducen de toda esta trama.

   Lo que sale a deducir en los experimentos de Ariely es cuánto de “máquinas” somos. A esa misma conclusión se están llegando desde distintas ciencias, como la sicología evolutiva. Ante esta situación, de repente, nos vemos como máquinas, pero rechazando que sea así, pues nuestro orgullo humano nos dice que no podemos o deberíamos poder ser cuantificables y predecibles. Por eso yo me voy a fijar en un detalle que está fuera de todos estos experimentos, para demostrar la imposibilidad de la razón, la imposibilidad de llegar a ser ese humano que queremos ser. O dicho de otra forma, el por qué un intento tras otro, de tratar de llegar a ese concepto de humanidad deseable, ha fracasado, a lo largo de la historia.

  Dan Ariely ha encontrado que todos hacemos trampas (engaños, mentiras, ocultamientos), pero no demasiado graves como para que tengamos una mala percepción de nosotros mismos. Lo que nos dice es que es muy posible que el mundo no vaya mal porque haya unos pocos ricos que hacen mucho mal o muchas trampas, sino que el mundo va mal porque además todo el mundo hace pequeñas trampas: muchas pequeñas trampas suman más que las grandes y pocas trampas de los ricos. Si nos fijamos por eso la tradición judeo-cristiana-musulmana se puede basar en ese principio de rectitud: “estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. Otro principio hallado por Ariely es que cuando los “otros” hacen el mal, esa identidad mantiene por un tiempo una actitud “buena” u honesta, de tal forma que sale fortalecido los conceptos de identidad=bueno y otredad=malo. Esto se entiende mejor con un ejemplo. Siempre existió la “ley del mar“, por la cual si una parte de una tripulación se quedaba sin comida, o bien se alimentaban del más débil matándolo, o bien echaban a suerte a quien mataban para comérselo y sobrevivir. En la época del Colonialismo, se descubrió a las tribus cazadores-recolectoras, las cuales, algunos de ellos, tenían entre sus prácticas el canibalismos. El Colonialismo justificaba sus conquistas por el hecho de sentirse moralmente superiores a dichos pueblos, a los que se les denominó de salvajes. Pero la “ley del mar” incurría en una contradicción con esta perspectiva, luego Inglaterra prohibió la “ley del mar”, y la borró de su memoria como si nunca hubiera existido.(1)

   De lo que se trata, en cualquier caso, es que en todos estos experimentos nos encontramos con que tenemos patrones en nuestros cerebros, que son como atajos mentales que están incrustados ahí (patrones enquistados en mi lenguaje y escritos), en el propio ADN. No se aprenden, uno nace con ellos, como dispositivos de relé que se activan en cuanto se dan las premisas. La planta carnívora tiene uno de estos relés optimizado. Tiene unas especies de púas; la trampa de cerrarse para atrapar, se activa cuando dos de estas púas son activadas. Dos mejor que una, para librarse de falsos positivos. La naturaleza, la evolución, “aprende” o se mejora con estos tipos de “atajos” a problemas. El cerebro humano sigue esta misma regla de heredar patrones bien probados. En ese caso hay un patrón que nos deja cierta libertad de ser deshonestos, sin que se pierda la buena imagen que tenemos de nosotros mismos. De nuevo la evolución crea una regla, pero no es igual para todos los humanos, ya se sabe, la evolución funciona por prueba y error, y siempre va en busca de los límites. Se mantienen ciertos límites de deshonestidad más altos, en algunos humanos, porque estos saben soportar o gestionar mejor la posible mala autoimagen, en muchos casos porque son más optimistas que otras personas. Por eso la felicidad no es tampoco el mejor don humano, porque da cierto aire de superioridad a esa persona, pudiendo llegar a lo frívolo en ciertos momentos y situaciones (sentimiento o sesgo de superioridad).

   A todos estos patrones enquistados se les llama sesgos. La lista es tan grande y es tan compleja, que casi hay que irla actualizando cada día. (2) Y he aquí la imposibilidad de la razón, de lo humano, y del por qué el mundo va mal y que, en parte, la masa sea estúpida. El prefrontal, es aquella zona del cerebro donde llegan ciertos procesos para ser verificados y es a lo que llamamos razón. Hay que tener en cuenta el papel de esta zona y cómo es su estructura. Los neurotransmisores de esta zona son principalmente inhibidores, o sea inhiben -proceso de apagado- que se produzca una acción cerebral y con ellos una acción en el mundo. Es algo así como la mirada de la madre en la infancia, esta siempre nos está mirando de reojo. Si hacemos algo que está bien o es neutro, no dice nada. No decir nada es un acto aprobatorio, ese no decir nada es tomado como “permitido”. Sólo dejamos de hacer una acción cuando la madre nos reprende, o cuando lo notamos en su simple mirada de desaprobación. Dado este papel del prefrontal, es normal que Freud lo tomase como una interiorización del padre (¿apreciación machista, pues la madre es la principal desaprobatoria?), de la autoridad, del super yo. Pero, ¿qué pasa cuando la madre no te ve?, “cuando el gato no está, el ratón se pone a bailar”, se puede dar un atracón de dulces, subirse por los muebles hasta tratar de llegar a algo que quiere, etc. En el cerebro es igual, el prefrontal no siempre puede actuar. En el día a día, con la rapidez que requiere el “directo” que es la vida, no siempre “controla” lo que una persona hace o dice, dando una gran proporción de actos no medidos o mediados por la razón. Este es el primer límite.

   Un segundo límite viene dado por la propia estructura del prefrontal. Este trabaja con lo que se llama memoria de trabajo, que es de siete ítems a la vez, dos arriba o abajo, según cada persona. Eso quiere decir que no puede tener o manejar todos los sesgos existentes a la vez, como para no caer en ellos. Si sumamos estos dos principios, nos encontramos que en ciertos momentos podemos revisar algunos sesgos, pero no todos, puesto que no podemos tardar diez o quince minutos cada vez que abrimos la boca o tenemos que hacer algo en la vida. En ese sentido el refrán de “por la boca muere el pez”, lo que nos viene a decir, entre otras cosas, es que las personas calladas tienen cierta ventaja sobre las muy habladoras, ya que estas últimas por estadística, van a meter más la pata el incurrir en algún sesgo u otro.

   El tercer límite es la diferencia de la capacidad intelectiva que nos viene dada de nacimiento y el nivel cultural de las personas, no hay una enseñanza de los sesgos, no se aprenden de ninguna forma, tan sólo se deducen aquí y allá, según te van corrigiendo las personas o en la cultura que adquieras. La inteligencia de la humanidad todavía está anclada en enseñar ortografía y gramática durante años, y no aprender cosas como los sesgos, cuando se podrían reducir dichas reglas, como es el caso del español, y cuando se lo están pidiendo por muchos medios.

   La buena noticia, es que al cerebro no se le puede reducir entre lo primitivo -parte más instintiva y con sesgos- y lo nuevo o revisionadora o prefrontal. Hay una parte intermedia, que es el resto del cerebro. Algo que nunca me ha encajado en la teoría de la memoria de trabajo, es que el cerebro no parece ser tan limitador. En realidad, en un momento dado, la memoria tiene siete ítems, pero parecen formar parte de un todo que tiene detrás. O sea, esos siete ítems, son como la punta del iceberg. Eso se entiende por ciertos otros patrones como el del cebadoprimado. El cerebro indexa su contenido por categorías, por cercanías semánticas, y otros muchos patrones. Si por ejemplo estoy con una mujer, y dado que estamos en una sociedad en donde las feministas han sacado a colación los sesgos de género, entonces los sesgos que tengo en ese momento presente son los de este tipo. Pero con todo, esta forma de trabajar del cerebro, que nos va poniendo en distintos papeles, o formas de actuar, de nuevo conlleva a errores, ya que al centrarme en ciertos sesgos de nuevo vuelvo a olvidar -ignorar- otros, que quizás sean más relevantes y perniciosos o para mí o para lo social.

   En definitiva. El cerebro humano está construido para funcionar bien en una pequeña manada de cazadores-recolectores, en donde no había demasiada información a gestionar, y en donde ciertos patrones como el de género, no se cuestionaban, sino que más bien era una optimización de los recursos humanos, pues quitaba trabajo -energía- al cerebro. Cuando el humano creó las ciudades y las mega-ciudades, nos fue casi imposible gestionar tanta información. A la larga se fue creando el concepto de humanismo, de enseñanza, que se consolidó sobre todo a través de la teoría (¿infantil?) de la Ilustración, sin caer en la cuenta que nuestro cerebro no era capaz de gestionar tanta información y sin, por ello, caer en unos u otros sesgos y por lo tanto caer en ser “menos” humanos. El sueño de la Razón era aquel en el que a través del conocimiento llegaríamos a resolver todos los problemas del hombre: hambre, guerras, desigualdad, injusticias, etc. Pero con el paso del tiempo hemos comprobado que no parece ser así. Europa, el continente que llevaba la delantera en esta carrera hacia ese fin, que era la ilustración o la era de la Razón, fue testigo, en un solo siglo, de dos grandes guerras en su terreno, que ponían en jaque cualquier pretensión de llegar a ese fin de ser humanos. ¿Por qué? No hay que buscar grandes causas, señalar con el dedo a este y aquel, el problema está en esta base del límite humano en su modo de procesar la información. Hitler era un maníaco y paranoico homicida, pero pudo alcanzar, en parte, sus logros por los sesgos cognitivos de obediencia al mando, seguir al líder y otros tantos de esa rama. Aunque algunos lo cuestionasen, el problema venía de que la masa, en su conjunto, tenía más poder que esos pocos. La suma de todos los sesgos cognitivos, es más fuerte que las restas de unas pocas personas que tengan la capacidad cognitiva de manejar más ítems o que quieran luchar contra ellos (los intelectuales). Siempre ha sido así, y siempre lo será, por que parece ser un límite en lo humano en tanto que conjunto. El hombre proviene del concepto de macho alfa, puede parecer gratuito, y le podemos dar connotaciones éticas negativas, pero en realidad, de nuevo, tiene una lógica evolutiva e instrumental: un grupo no tiene forma de ser todos a una, pues puede haber varias teorías de lo que hay o se puede hacer. Ese camino alternativo lo cogieron los animales eusociales, como las abejas, pero a coste de la individualidad, de la libertad o criterio personal. En las manadas, sin embargo, la apuesta fue la de dar la potestad a un líder al que todos seguían. Una sola mente, una sola dirección a través de un solo punto de vista. Ese es el camino del ser humano, que tenía sentido en tanto que manada, pero que ya no fue igual al apostar por la agricultura y la ganadería, y las grandes ciudades. La tan manida lucha de clases, en realidad es una mala interpretación de lo confuso que fue seguir a un líder, cuando este ya por sí sólo no podía gobernar una ciudad o un imperio. Al delegar poderes, perdía la capacidad de macho alfa, pero a la vez se perdía esa única dirección clara hacia dónde el conjunto de la sociedad tenía que ir. Con este problema se hizo más hincapié o cogió mayor importancia el concepto de identidad. Se produce así una replicación social de algo evolutivo. Si el líder (evolución) no “funciona” en esta nueva situación, la identidad (cultura), lo identitario coge el relevo. Así el líder ya no es algo nítido y prístino, sino una suma entre lo que era el concepto de macho alfa, más la suma de algo a lo que pertenezco y forma parte de mí: la identidad ideológica, de patria y de religión. La identidad, así, hace de voz “dirigidora”, que es la que dicta desde su estructura, lo que tiene que hacer una sociedad, un pueblo, una cultura.

   Toda dictadura es una pretensión de ir en esta segunda dirección, en su nivel más básico, donde el individuo no tiene que contar para nada. Pero con las democracias los criterios se multiplican hasta el infinito, se pierde el punto de vista unilateral, y se abre el camino a los millones de posibilidades que existen: una por cada uno de los habitantes. Habiéndose perdido la unidad, la identidad individual negada para cedérsela al líder, lo que queda es millones de criterios, que sin ningún orden se manifiestan con los límites cognitivos de cada uno de esos cerebros. O sea lo que queda es toda esa suma de sesgos errados que se manifiestan en el día a día de cada persona, y como totalidad en la sociedad. El consumismo no lo hacen las multinacionales, teniendo todo bien calculado para que les salga bien, “lavando los cerebros”. Es cada uno de los humanos, con sus sesgos cognitivos, que no tienen la capacidad de ser auto-gestionados, los que hacen que la suma total sea eso que llamamos sociedad consumista. Esto en parte está sostenido por la autoimagen, que siempre tiene de la mano el sesgo optimista, recordemos los experimentos de Ariely, una persona no se siente deshonesta (en este caso de consumista o de degradar el medio ambiente) con cierto grado de engaño o perjuicio a los otros o a la sociedad. Luego si a la vez tenemos como máxima ser optimistas, estamos con ello haciendo que prolifere esa dirección en la sociedad. Cada cual puede ver y denunciar ciertos errores, incluso los atacará, pero no es capaz de ver sus propios errores, por el sesgo optimista de la autoimagen. Ahí tenemos a Eulogio, que se mete contra la proliferación de los vídeos tóxicos, pero no es capaz de ver que al ser Youtuber promueve los anuncios de empresas con éticas dudosas, promueve en definitiva la cultura de las multinacionales y su capitalismo depredador. Ahí tenemos a las feministas que crean una segunda ola, prolifera con direcciones que no habían previsto, y crean una tercera ola que ya nadie quiere oír, porque la segunda es la más “cómoda”, por ser la más relajada y conveniente para las mujeres, sobre todo para las jóvenes. (¡Cuidado, que yo no estoy libre de nada!, he sido y soy un padre terrible, que ya no tiene contacto con su hija. Este ejemplo, entre muchos de mis cientos de errores.)

El esquema de mi propuesta queda así:

  1. Provenimos de la manada, con el concepto de líder y las jerarquías. Los sesgos cognitivos estaban adecuados a esa forma de vivir, que se mantuvieron por cientos de milenios.
  2. Cuando este concepto se volvió insostenible, con la llegada de las ciudades, dejó de ser útil, nos acogimos al de identidad, donde esta era la unión de un líder y un concepto (Jesús y el cristianismo, Emperador y Roma, Papa y cristianismo, rey y patria, etc.)
  3. La democracia, auspiciada por el nuevo concepto de humanismo y la Ilustración, deja vacíos conceptuales que no son rellenados o validados por este nuevo concepto. No hay líder (las revoluciones les quitan del poder), el concepto de humanidad es moralmente válido, pero no útil para sustituir los viejos sesgos de liderazgo y seguidores.
  4. Los gobiernos democráticos, que heredan de los líderes la capacidad de crear leyes, bajo la premisa humanista, tratan de controlar quien se salga del concepto de los humano. Se convierten así de facto, en policías de la humanidad (de lo humano), y por extensión en simple cazadores de odios, pues no pueden crear ese amor universal que pretendía el humanismo.
  5. Como la democracia no puede dictar, sino tan sólo redirigir las formas más “perversas” de las apuestas humanas, estamos en una sociedad o proceso medio, entre lo individual y su libertad sin límites, y el concepto de animal eusocial. El fin último de la democracia, es el de convertirse en un “ente” eusocial -el nuevo leviatán- (no de forma consciente, pero sí de facto, por sus fines y los medios que crea), pero sin llegar a caer en lo dictatorial, con lo que la democracia es el dilema imposible de resolver, entre el mantener la libertad y ese fin, donde el individuo debería “entregar” su libertad a la democracia, y en donde este asume un rol dentro de esta “máquina viva”, como así sucede en una colmena.
  6. Como resultado del fracaso de esta finalidad, se crea una especie de “dictadura de la masa”, que al no ser más que la suma de los individuos, sólo (re)crea los errores de los sesgos y de sus límites cognitivos y estructurales, a nivel cerebral de cada uno de los individuos. Del prototipo humano -a medio hacer- que somos. Todo está en crisis, no hay nada que se sostenga por sí sólo, se crean miles de identidades nuevas, que crean cientos y miles de formas de guerras reales, identitarias y/o ideológicas.
  7. Bajo este nuevo signo la sociedad, así descerebrada, se vuelve masa estúpida, que no parece seguir patrones inteligentes o útiles para ningún fin último. La humanidad como concepto se invalida por inútil, y por no responder a ninguna realidad tangible. Devenimos en el ser pronosticado por Baudrillard, donde todo es virtualidad, incluso el mal. Donde nada parece real, pero que a la vez nos aprisiona en cárceles cuyos barrotes nos son invisibles, pero no por ello menos reales.
  8. Bajo estos auspicios nacen las empresas multinacionales, que por el vacío que ha dejado la “muerte” del concepto de líder, se meten, subrepticiamente, en las mentes de los individuos, como sus nuevos líderes o sus nuevas identidades. Ser de iPhone o de Android, ser de Windows o de Mac, etc. Steve Jobs, Bill Gates, u otros tantos líderes de empresa o de ideas e ideologías que ya no son tan políticas y ni siquiera claramente religiosas: Gandhi, Paulo Coelho, Luther king… ¡y por qué no poner en el mismo nivel a cantantes, directores de cine o actores! Ahí tenemos, por ejemplo, el culto a Lady Gaga, reina de los frikis. A todos escuchamos, de todos esperamos que nos den alguna “verdad” que explique el mundo, que explique cómo nos sentimos, qué mal padecemos. Se crea con toda esta suma el concepto de motivadores, una nueva forma de chamanismo.

   ¿Hay algún estudio, fórmula, algún algoritmo que prediga todo esto?, sí. La teoría de los sistemas complejos. Un sistema se mantiene como tal (auto-organización), por ciertos agentes que actúan como atractores del caos. Como reguladores para que dicho sistema se mantenga con cierta estabilidad. En el caso humano uno de esos es el escuchar la voz de la madre (padres), la negadora y directora de la acción. Ese papel lo hace a nivel interno, dentro del sistema complejo que es el propio cerebro, la conciencia, el prefrontal, con su capacidad de inhibición. A nivel externo, del sistema complejo que es lo social, ese papel lo toma el líder. Una voz, esta vez externa, que nos marca los caminos y los fines. Este sistema complejo era estable y válido para el humano en su condición de tribu pequeña (manada). A lo largo de la historia este atractor va cambiando de faz, pero ha de permanecer, pues ese es nuestro signo, en tanto que es al sistema complejo al que “pertenecemos” o bajo el que estamos. Primero fueron los reyes, después los emperadores. Los imperios eran un sistema complejo demasiado tendente al caos, menos estable bajo las reglas del sistema complejo que es el humano. El tamaño medio/grande de los países era el más adecuado. Es hacia donde tendió (se estabilizó) el sistema complejo. Con las revoluciones el rey cayó, y recogió ese papel el presidente y el voto de la masa. Otro agente atractor de caos es la ideología/religión, que era la que marcaba las pautas (motivación, dirección, fines) dentro de dicho sistema complejo, ya que la “voz” del líder no era suficientemente “sonora” y el atractor se “convirtió” en esta doble faz. En las tribus la voz de los líderes se escuchaba siempre, permanecía presente en la noche, alrededor de la hoguera. Con el tamaño de las grandes ciudades esa voz ahora era su ideología/religión (los santuarios y templos hacían la función de ese lugar -antes las hogueras- en donde “permanecía” esa voz, ahora convertida en “susurro” interno). Con las revoluciones se crean divisiones de ideologías (luchas de clases, caída del metarrelato de las grandes religiones) y por lo tanto entra en crisis el sistema, el cual se vuelve muy inestable (revoluciones y contrarrevoluciones, huelgas, guerras civiles, guerras mundiales). Esta inestabilidad llega a su límite con el final de las dos Grandes Guerras Mundiales. Llega a su agotamiento, o si se quiere, para recurrir a una imagen, el agua (sistema) arrastrada por los fuertes y rápidos vientos y corrientes (ideologías), entrechocando con rocas (fallas en las ideologías) y todo que encontrase en su camino (azar), llega a una zona donde se amplía el curso del agua y vuelve a la calma (aparente). El sistema “comprende” que los atractores mantenidos hasta ese momento no son válidos, pierden “fe” en ellos (postmodernidad, muerte del metarrelato, muerte en toda fuerte creencia). Pero el sistema complejo, que somos, no puede ser sin dichos atractores. Lo que emerge de las dos Grandes Guerras, por ser el menos dañado directamente, es Estados Unidos bajo un nuevo atractor: “el sueño americano“, que ahora se vuelve el sueño humano, el nuevo relato. Lo demás es fácilmente deducible. El dual del concepto “sueño americano” no es el líder, lo son las multinacionales, en una ideología capitalista en donde estas cuanto más grandes sean más poderosas son. La democracia, así, deviene en una dictadura del consumismo. Una precaria, caprichosa y vacua dictadura de las multinacionales sobre las masas, donde estas no comprenden, por los límites mentales humanos, que toda compra y “abrazo” de una marca es lo que propicia que se mantenga dicho sistema. ¿Qué papel hacen los gobiernos en esta dualidad?, cuál el papel de los intelectuales. En apariencia ninguna, los gobiernos son apenas ligeros mediadores o instrumentos de esa dualidad multinacionales/masa (democracia fallida, que es lo que notamos ahora). A los intelectuales se les tacha de agoreros pesimistas, pues su “nueva” voz es demasiado postmodernista y nihilista. Dan Ariely, o documentales como “brain games”, en donde nos descubren nuestras “estupideces”, son escuchados o vistos, pero no repercuten ni en la masa, ni en las multinacionales. Si acaso, estas últimas, hacen uso de dichas reglas y sesgos en su beneficio, y por lo tanto para el mantenimiento del status quo, del nuevo sistema. La sociedad es puro sesgo de avestruz, pura negación freudiana. No hay que saber que existe un infierno y que ese es nuestro presente y futuro. Uno y otro, Estado e intelectuales, se han vuelto relés de la maquinaria, el primero como acelerador y los otros de algo de freno, quizás ni eso. Han dejado de ser “atractores” válidos. El sistema se mantiene bajo la nueva ideología del “sueño americano”, y en donde la masa se ha vuelto un borreguil agente del sistema que son las multinacionales.

   Aún con la prerrogativa de que el humano sea consciente de esta “fórmula”, de este sistema complejo, no podrá cambiarlo, ni salir de su “signo”, porque este está estipulado, como tope en su control de la vida y la sociedad (atractores); los cuales no podrá traspasar por sus límites conductuales y físicos, impuestos en el ADN y la evolución. El problema de la humanidad, de una sociedad dada, es que tiene que implosionar desde dentro, rompiendo su estructura, y para ello tiene que ser desde su propio lenguaje conceptual (identitario-ideológico). El actual se ha vuelto demasiado adormecedor, vivimos bajo ese “sueño”, y no parece que nada nos pueda hacer despertar. Sobre todo porque los “despertadores”, que eran los intelectuales, ya nadie los quiere oír. El propio sistema multinacionales/masa lleva implícito la inexistencia de tal atractor. Llevamos dentro de unos y otros “sueños” desde hace miles de miles de años, evoluciona por sí sólo. No es la “mano” del hombre la que hace los cambios del sistema complejo que somos. Se adapta a cada nueva situación, situaciones a las que se llega de forma azarosa, en la mayoría de los casos. La Razón (como “mano”), el sueño de la Ilustración, como una posible dirección elegida, fue por derroteros insospechados. No hemos ido a mejor, desde entonces, no hemos erradicado el mal, las guerras, el hambre, las injusticias… nada. El problema no viene desde fuera, no hay que cambiar lo social, como así se ha creído desde siempre. El problema es nuestra propia estructura mental, nuestros propios límites cerebrales; la incapacidad de llegar a esa Razón, sin caer en contradicciones como lo son las dictaduras (un líder como principio rector) o el volver a nuestro estado primitivo, que es para lo que está preparado nuestro cerebro. Somos, en definitiva, un problema sin solución. Un sistema complejo inestable. El final inconcluso de una apuesta evolutiva, que genera una estructura dentro de su sistema complejo, que ha llegado a sus límites.


(1) La película “Los juicios de Núremberg“, al igual que en el ejemplo de la “ley del mar”, al principio argumentan que cómo van simplemente a ejecutar a los que han cometido crímenes de guerra sin un juicio, sin convertirse en eso que enjuician, la aniquilación sin escusas ni razones, cuestión por la cual se hicieron los juicios de Núremberg. A lo largo de la película se crea un segundo camino, la idea que esos juicios, ponen en paz el concepto de humanismo, pues será un precedente para el futuro, contra todo crimen de este tipo. Se dan de esta forma varias “razones” y justificaciones, pero en el fondo es lo mismo que el razonamiento de los ingleses con respecto a la “ley del mar”, y lo cercano a los salvajes y su canibalismo. Es tratar de racionalizar una superioridad moral. Este juicio no hay que verlo como un enjuiciamiento al nazismo, sino como un juicio al humano que somos por defecto, sin las reglas y los conceptos del humanismo.  Pues hay que diferenciar entre lo que somos (ese animal sofisticado, pero animal) y lo que queremos ser (humanismo).
(2) Lista de sesgos organizados según Buster Benson y en español. Gráfica de los sesgos cognitivos de John Mannogian III para descargar, traducida al español (mi contribución al proyecto). Lista de sesgos cognitivos, lista de sesgo de memoria, lista de falacias, principios lógicos.

Lo que es y lo que (a)Parece IX – Sobre el Concepto – La Islas Identitarias

   A lo largo de los escritos me he ido deslizando entre las reivindicaciones sociales, hasta llegar a la antipsiquiatría, vadeando algunas cuestiones feministas. En el presente artículo me centraré en este tema, pues es un buen tema para exponer la “alianza” entre el concepto y la identidad, y entre ser y aparecer. Me meteré en temas delicados con el baluarte de evitar que “la cobardía intelectual se ha(ya) convertido en la auténtica disciplina olímpica de nuestro tiempo”, que predicaba  Jean Baudrillard, valiente entre pocos.

   A veces hay que desmigajar las ideas a partes más digeribles y claras. Muchas personas no entienden la palabra. No comprenden la alineación entre palabra y objeto al que designa, no entienden que si bien hay ciertas palabras que apuntan a algo real, hay otras que apuntan a una idea compleja. Esta palabra, sobre un idea compleja, es un concepto. No todo concepto es real. Se acepta porque una comunidad lo sostiene. Los conceptos van mudándose con el tiempo. Entender qué es el concepto ayuda a ver mejor el mundo. La identidad no se sostiene si no existe un concepto que le sirva de estructura, al igual que un edificio no se sostiene sin su estructura de columnas de hormigón armado. Un concepto puede ser por ejemplo mamíferos, que designa a todos aquellos animales que se alimentan en su infancia de las glándulas mamarias de su madre. En nuestra mente podemos llegar a pensar que mamífero también implica la gestación en la placenta de la madre, pero ahí tenemos al ornitorrinco, que nace de un huevo, o no todos los animales que gestan sus bebés en los “vientres” son mamíferos, como ciertos tiburones.

   Cuando se crea un concepto, se crea una especie de valla virtual, donde se agrupa a aquello que lo contiene. Lo encasilla. Le da una identidad diferenciable con respecto a otras cosas en el mundo que igualmente pueden estar conceptualizadas. Un mundo lleno de conceptos es un mundo lleno de “vallas”, que separan todo con cierto orden. Hasta ahí todo claro, la ciencia necesita del concepto para clasificar. Pero, qué pasa con las ciencias humanas y todo lo referente a lo humano, ¿es igual? No. Para no enredar mejor lo explico bajo un ejemplo claro. Se llama afroamericano a aquellas personas de origen africano que viven en américa. Pero en realidad no toda áfrica es negra, el término designa a los africanos de color. Cuando se creó el concepto, se partía de tratar de dar una identidad a ciertos grupos de norteamericanos que sufrían cierta injusticia, y que compartían un pasado común, igualmente de sufrimiento. El concepto nació de la necesidad de equilibrar la justicia. No todos los afroamericanos son descendientes de aquellos que fueron traídos como esclavos, hay una inmigración posterior. El termino se hace, así, más extensivo, puesto que el norteamericano no hacía distingo entre unos y otros. Lo que designa, por lo tanto, es a la gente de color que vive en Norteamérica. El problema que quiero hacer ver es que una vez que se crea una identidad, un concepto, uno topa con él una y otra vez. Viene de los dos lados de la valla. Los afroamericanos crean su propia cultura y la diferencian del resto de culturas de su entorno. El rap no es el mismo el hecho por un “hermano”, que por un blanco, este en cierta forma es un sucedáneo, una copia. El dolor que un carcelario tenga, supuestamente, no es el mismo de entre esos dos grupos. En las cárceles se dividen, se agrupan: latinos, negros, arios, etc.

   Existe tal identidad afroamericana como para identificarla, vallarla, como para que tenga sentido la necesidad de un nuevo concepto, sí. Supuestamente muchas de estas identidades nuevas, nacen de la necesidad de remedar el problema de un grupo, que en silencio y por separado sufrían algún tipo de trato vejatorio, discriminatorio, e injusto en algún nivel. En este mismo rasero están las feministas, los homosexuales…, pero también identidades como la de los frikis, los gordos, los feos… y un sin fin de identidades más. Lo que ocurre, como en cualquier otra “guerra”, es que entonces se produce una “contraofensiva” mental e identitaria, por parte de aquellos que no forman parte de ese grupo, y a los que directa o indirectamente se les hace alusión. O sea, de lo que se trata en cualquier lucha es de mostrar ciertos dones de esa identidad hasta ahora vejada. El afroamericano trata de demostrar que es igual de inteligente que cualquier blanco, pero además remarca que es mejor para ciertos deportes o para bailar, por ejemplo. Los del otro lado de la valla a su vez tendrán que contraargumentar, buscar sus propios dones y diferencias que puedan denotar una cualidad en la que superen a los afroamericanos. Aquí no se trata de una guerra intelectual sostenida por las ciencias y por los datos. Se trata más bien de una guerra de guerrillas, que se dan en la calle, en el día a día. Batallitas que muchas veces nacen en una conversación trivial, entre amigos o conocidos de forma jocosa, a través de las bromas muchas de las veces. Lo que se deduce, de este comportamiento, es que se buscan cada vez más las diferencias, en vez de tratar de buscar las igualdades. Llega un momento que las diferencias, por el suma y sigue, son tan fuertes que cuando estás con la otra persona, mentalmente ya tienes todos esos  tópicos y “saberes” en mente. Lo curioso de todos estos movimientos, es que se inician, la mayoría de las veces, desde unos planteamientos muy claros y pensados, por algunos intelectuales, cuando al final el concepto se va banalizando en la calle, en el día a día, en cada una de las batallas en las que sale a colación. Se sabe el inicio, pero nunca se puede llegar a predecir en qué se convertirá. El concepto así, como meme, va tornando su faz en cada giro de tuerca, terminando por ser aquello que es más popular, pero no siempre lo más repensado, no contradictorio o sabio.

   Esta situación en donde se crea el concepto de afroamericano, ¿es mejor o peor? Como no estamos en el papel de los norteamericanos, voy a otro caso, el caso feminista. A lo largo de mi vida las mujeres me han ido “marcando” como machista en esto y aquello, eso me obligaba a pensar. En algunos casos ellas tenían razón, pero en otras no, en esos casos tenía que recurrir a investigar para hacerles ver que eran ellas las equivocadas, para poder contraargumentar, o sea hacer uso de un contraataque. Pongamos el caso de la belleza. La belleza es una trampa en la naturaleza. Los hombres y las mujeres humanos somos de las especies de animales que se pueden identificar por el dimorfismo sexual, esto es, el macho del pavo real es el que luce esa cola tan esplendorosa, que le hace ser elegido por las hembras, si está bien cuidada. Otros dimorfismos son la melena del león, o el gran tamaño de los elefantes marinos machos. La belleza de la hembra humana tiene lo que se llama neotenia, que consiste en mantener ciertos rasgos aniñados, suavizados, más redondeados. Estos rasgos en la infancia impelen a los adultos a contemplarlos y a cuidarlos. BecerroSe da en todos los mamíferos: los gatitos y los cachorros de perro, incluso el de los cerditos. Les infieren una dulzura que nos ablanda el “corazón”, a través de la trampa y poder de ese tipo de belleza. Démonos cuenta que la cultura eurocentrista nos viene dada sobre todo por la filosofía de Platón, donde belleza, bueno y verdad están unidos. Este sesgo está en nuestro ADN, ya que los bebés de muy pocos meses prefieren mirar rostros bellos, sobre los que no. En realidad es un subterfugio de la evolución, por el cual hay una suelta de ciertos neurotransmisores que nos dan paz y nos relajan. La belleza es anti estrés, contra la ira, la frustración y la furia, o en definitiva contra todo estado noradrenalérgico, que de ser mantenido es negativo para la salud, (esto es general, por eso nos relaja la música o ver un cuadro). Si es así, ¿por qué existe la no-belleza?, en realidad se dan muchos componentes y entre ellos uno es que hay una mejor calidad de genes (belleza=rostros-más-simétricos=mejores genes), es un componente de selección sexual. Un dimorfismo sexual para seleccionar a las mujeres con mejores genes. Pero visto así es un tipo de poder. La belleza distancia a esas mujeres con respecto a las que no lo tienen, les da un poder que no todas pueden tener.

   De lo que se trata, siempre de fondo, en todo vallado, en toda identidad, es la cuestión del poder. Sigo desde la posición de hombre que tiene que contraargumentar. Al odio a la mujer se le llama misoginia, que ellas dicen que se nos cuela en nuestra forma de tratarlas. Si a esto le unimos el estar en una sociedad androcentrista y patriarcal, en el que el poder lo tienen los hombres, entonces es por lo que pueden argumentar que somos o estamos en una sociedad machista. Ellas dicen que lo contrario es el hembrismo, que es la suma del odio al hombre: misandria, más si se diera el matriarcado y las estructuras de poder las tuvieran las mujeres. Es cierto que las estructuras de poder no las tienen ellas. La estructura del hombre es competir, ganar, vencer. Este componente nos lo da la testosterona. Se supone que el estrógeno tiene el mismo papel en las mujeres. Aquí se da el mismo problema que el del huevo y la gallina. Entre las hembras de los elefantes marinos el estrógeno no parece tener ninguna capacidad de generar lucha entre las hembras entre sí. Sí se da en el caso de los chimpancés, donde igualmente hay una hembra alfa y una jerarquía. Lo curioso de este posible pasado humano, es que era una guerra de machos contra machos y de hembras contra hembras. Dos jerarquías bien diferenciadas que no entraban en liza entre ellas. Pues bien, en qué medida el estrógeno se “adaptó” a lo jerárquico, en el mundo jerarquizado del macho de ese estado primitivo? O sea, hay una estructura de poder, de ganar, de vencer, que era propia del macho y a la que la hembra se “adaptó”. En este juego la hembra no quería detentar el poder del hombre, sino el llegar a estar con el macho más poderoso, a través de su propio lenguaje y reglas del juego. A lo largo de los siglos esos dos poderes han sido: la belleza y el sexo, independientemente que haya otras bazas. Busco ejes, coordenadas. No niego la inteligencia, sino que la inteligencia se supedita a esos ejes. El eje masculino es fuerza y violencia, independientemente que use la inteligencia. No estoy buscando una idealización de lo que ha de ser el humano, sino una realidad que está asentada en el ADN. Recordemos que diferencio entre lo que el humano es y lo que el humano quiere ser. Contrarrestar o volver invisibles esos ejes es lo que el humano quiere ser, no lo que es. ¿El sexo por qué? En el reino animal la hembra es la negadora de sexo. Sólo tiene sexo con los machos de más poder (mejores genes a un nivel u otro: fuerza, inteligencia, astucia) o por lograr un fin. Las hembras de muchas especies de monos y simios dejan que el macho las monte, si en ese proceso ganan alianzas para que les devuelvan los favores, como es el que les regalen comida, en otros casos se dejan montar si en el proceso pueden robar comida al macho.(1) Seguramente a estas alturas cualquier fémina estará que hecha humos. Pero recordemos que yo estoy contraatacando, buscando los orígenes de las cosas, para entender la identidad de las féminas que me atacan y a la vez dando identidad al hombre que soy.

   La historia humana es la demostración de que venimos de ese pasado. La mujer nunca trato de luchar contra el hombre, su guerra, su peor “enemigo” eran ellas mismas. Sólo muy poco a poco ha ido entrando en los poderes propios del hombre, pero siempre desde el lenguaje androcentrista. Recordemos, por ejemplo, que Cleopatra tenía que llevar un artilugio que simulaba una barba. Esto igualmente es un subterfugio que nos viene de antiguo. El mentón fuerte y muy pronunciado es el resultado de tener un alto nivel de testosterona, de hombre aguerrido, fuerte y luchador. Dejarse la barba era una forma de simularla, y a la vez el disimular que no se tuviese un gran mentón. Todo tiene un por qué y todo viene de aquella naturaleza primigenia que “hablaba” el lenguaje del ADN y la evolución.

   Cuando afirmo que la mujer tenía (tiene) que hablar un lenguaje androcentrista, quiero decir que tenía que ejercer de hombre, con su mismo lenguaje: ser “cruel”, despiadado, duro (así es como se recuerdan y se tienen a Margaret Thatcher y Angela Merkel). Puede parecer un concepto machista, pero si se sabe de guerras se entenderá que no puede ser de otra forma: es una deducción lógica. Todas las guerras las han ganado aquellos que tenían una ventaja sobre su contrincante dentro de su mismo lenguaje de poder: si tú tienes tanques, yo los tengo, pero más potentes, ágiles o indestructibles. No se puede luchar contra un tanque con una pistola (claro, hay excepciones, el viandante delante del tanque en la plaza de Tiananmén en 1989, pero las excepciones nunca han creado reglas, más bien las confirman, como se suele decir). Para “ganar” hay que entrar en su mismo juego y luchar desde “dentro”, después ya se verá si se puede cambiar el lenguaje y las reglas del juego. Puede haber rasgos que nos sean comunes entre el hombre y la mujer, como el ser seguros, inteligentes, etc., pero hay otros que son propios de un sexo u otro. Si tuviera que dar un término claro a la mujer es el de madre. Le define su maternidad y el tipo de cuidado que tiene en este proceso. Muchas de las hormonas femeninas tienen dos papeles: el de dar un gran cuidado a todo lo “desvalido” sintiendo a la vez empatía, y el de dar una sensación de paz cuando esto ocurre -endorfinas, y otros neurotransmisores y hormonas, como la oxitocina-, en un proceso de retroalimentación que se ha ido potenciando a lo largo de la evolución. No es cultura, son genes los que nos marcan esas diferencias, que después se potencian en la sociedad. Si la mujer llegase al poder desde su posición, sin el lenguaje androcentrista, seguramente fuese más justa y mejor. El caso es si se podrá llegar a eso, ya que recordemos que el estrógeno también se embulló de cierto clasismo, de lo jerarquizado.

   Vuelvo arriba. Tengo que demostrar que la mujer tiene un tipo de poder como para que se pueda calificar y llegar al hembrismo. Solo hay que unir los puntos de todo lo expuesto. El poder de la mujer es su belleza y el sexo. Precisamente unas de las libertades a las que se han llegado, quizás sin que la feminista previeran que fuera ser así, es que hoy en día está más marcada esa tendencia de resaltar todos los aspectos más bellos, femeninos y sexuales de la mujer. La mujer puede decir lo que quiera de su intencionalidad y finalidad, pero lo que crea excitación y morbo está anclado en nuestro cerebro y no es por educación. Si algo de repente me pone en “alarma” sexual, no es por cultura, no es porque estoy enfermo, es simplemente porque la testosterona reacciona y trata de tomar el control de mi cuerpo y de paso de mi cerebro. La libertad sexual no ha cambiado las reglas del juego, las mujeres siempre son las que tienen la capacidad de negación. Hacen distingos más claros que tienen que ver con su capacidad de llegar a los hombres con más poder (belleza, inteligencia, posición social, etc.) En ese proceso se ha revelado más claro que los “perdedores” no tienen nada que hacer (si acaso tener sexo con las “perdedoras”, las que están en su jerarquía). En la evolución las jerarquías funcionan para designar al “perdedor”, no tener sexo es igual a estar en el nivel más bajo de la jerarquía. La mentalidad de perdedor crea una mentalidad resentida y de ira que trata de ser suplida con la violencia. Si no es así, si estoy ciego y me equivoco por mi mirada machista, es una equivocación que no parece que las evidencias me demuestren lo contrario. Lo que quiero decir es que en el mismo juego de la guerra jerárquica entre el mismo sexo, las mujeres se han metido en una guerra armamentista de ser lo más sexuales y explicitas posibles, entre ellas. En las que nosotros no tenemos que ver nada. Somos simples espectadores y víctimas, pues cuanto más explícita sea la guerra, más trastornados se nos volverá nuestro sistema de la testosterona y el subsiguiente sistema noradrenalérgico de furia y frustración por no llegar hasta ese “bien” que no es democrático y sí jerárquico.

   El hombre puede reivindicar el hembrismo, en tanto que el acceso al sexo no es democrático, y sí de poder y jerárquico. Ese poder está en manos de las mujeres y lo saben, aunque digan que no “saben” de ese lenguaje y que no lo utilicen. El sexo es la finalidad de poder tener pareja y al final poder tener descendencia, luego tiene un espacio en lo humano muy prominente, pues se heredan las apuestas más válidas. La evolución sólo sabe de apuestas válidas, le es igual si esa apuesta ha sido por los “puños” (fuerza, lucha entre macho por el sexo, como los ciervos) o por el sexo (entre los monos geladas, el que un macho venza al alfa no implica que las hembras lo acepten, se pueden negar y mantenerse con el mismo macho, pues una derrota no implica que esté “acabado”, en este comportamiento y especie vemos que el poder está mediado por el papel y el rol de las hembras). Quien entienda bien y sepa realmente de la evolución, sabrá que uno de sus principios es el de la selección sexual. Luego el que tenga esa capacidad tiene un poder. Ese poder siempre lo han tenido las hembras. Las hembras seleccionan, ora la fuerza, ora la inteligencia y otros tipos de poder, en el macho. El lenguaje de poder androcentrista humano, en ese sentido, lo “seleccionó” la hembra humana… a ciegas, con las reglas de la evolución. Lo que hay que tener claro en este lenguaje evolutivo, es que si bien la hembra humana podía tener la capacidad de seleccionar hombres más sensibles, y de esta forma seleccionar un hombre menos violento y dominado por la testosterona, de facto lo que en realidad ocurr(ió)(e) es que va en dos direcciones: en épocas de paz y prosperidad selecciona al hombre sensible, mientras que en épocas de crisis, de cualquier tipo donde se dé escasez y/o guerras, la mujer selecciona al hombre con más fuerza y poder, que viene marcado por la testosterona. Esta pequeña batalla entre dos fuerzas opuestas evolutivas, en realidad ocurren todos los meses en las mujeres: cuando está menstruando prefiere al hombre sensible, de rasgos más aniñados (en realidad feminizados), mientras que cuando está ovulando prefiere los genes de los hombres más masculinizados. Esto viene también de nuestros orígenes. Las hembras chimpancés ovulan cada cuatro años, mientras tanto tienen sexo con todo aquel que les procure cuidados, (puesto que el mayor tiempo y energía propio lo dedica a sus crías). En la época de celo, sólo deja que le monten los machos de mayor rango, los beta o el alfa. ¿No se deducen muchas cosas de la actualidad con estos conocimientos? La hembra humana tendió, como guerra evolutiva entre ellas, hacia la belleza y los rasgos marcadamente sensuales o sexuales. Luego la sensualidad, la belleza y potenciarlo con objetos externos como la ropa, no es nuestra guerra, la de los hombres, sino de las mujeres y entre las mujeres. Hoy llegamos al colmo de lo “tonto” al pensar que si el hombre no quiere a las mujeres obesas, es por cuestiones machistas de patrones de belleza. Echan el balón fuera de juego; es por un lado una simple cuestión de selección evolutiva, y por otro de que el canon de belleza es un lenguaje en el que la propia mujer entró a nivel evolutivo de dimorfismo sexual. El hombre es un simple espectador del juego de la mujer, ¿entra en él?, claro, pero desde vuestras reglas evolutivas o de juego. Si en algún momento estaba de “moda” lo obeso o las formas más rellenitas, quizás era porque antes era un signo femenino de poder tener muchos hijos, y sobrevivir aun habiendo escasez de alimento. Así parece ser si se tiene en cuenta que las diosas de la fertilidad, en la antigüedad y relacionadas a las épocas de las grandes glaciaciones, eran mujeres que hoy llamaríamos obesas.

   Vuelvo al principio. Con todo esto a tener en cuenta, ¿cómo llamar guapa a una mujer?, acaso no le estás diciendo con eso que su apuesta es una apuesta tramposa(2), una trampa para los hombres y que incide en la lucha jerárquica de la mujer contra la mujer. ¿Cómo ha de vestirse la mujer para salirse de esa guerra armamentista en la que se ha metido ella sola, consigo misma? Ahora mismo estamos en suelo pantanoso. La marcación de diferenciación entre hombre y mujer nos ha metido en una guerra que no parece tener fin, porque además no se le llama guerra, sino más bien una lucha contra el hombre. Se llega así, inevitablemente, al sesgo endogrupal, donde de lo que se trata es de defender lo “tuyo”, aunque en el proceso se esté atacando al otro grupo, llegando a lo irracional. El hombre, también puede defenderse entrando en vuestro lenguaje, luego se ha puesto un vallado entre hombre y mujer que más que unirnos nos ha dividido aún más. Y qué quiere la mujer. Ni siquiera su lucha está unificada. Nunca una lucha de contraataque se ha unificado en una sola voz. Hay cierta parte del feminismo que va en contra esa lucha de la diferenciación externa sexual, y apuesta por ir más comedidas. Otras mujeres sin embargo ven como machista o de lenguaje androcentrista esta posición. ¿Un romántico es un machista?, para algunas mujeres sí y para otras no. El colmo del simplismo es llegar a ser feminista, por el simple hecho de que esa mujer se haya topado con tres “cabrones” que le han hecho daño.

   Lo que quiero hacer ver es que el concepto, una vez que se crea, “obliga” al cerebro a atenerse a las reglas que este mismo lleva implícitas. Da forma al cerebro, lo altera, le deja una huella, que a partir de ese momento le muestra una vía, un camino que no tiene por qué ser el acertado, sino a través de nuevos sesgos (como el intergrupal). Que la mujer tiene que ser igual a nivel de derechos y deberes, sí. Pero no somos iguales y nunca seremos iguales, y el lenguaje soterrado anterior, en algunos casos, era mejor que el nuevo lenguaje que se impone desde el nuevo concepto, pues lleva a errores. Pienso que la madre acertaba más antes al decir a la hija, según se iba a vestir de una manera u otra: “hazte de respetar”, que quería decir que así como vistas te van a mirar los hombres o no. Hoy en día, con las falsas ideas machistas, las madres “dejan” que sus hijas vayan como quieran. Las miran, claro, pero el qué: ¿los ojos u otras cosas? Así como te mire un hombre atraerás su curiosidad hacia tu persona o hacia el sexo simple y llano. En ese sentido iba el consejo de las madres. A la larga, con la edad, la mujer aprende (comprende) que no se tiene que meter en ese lenguaje de ser explícita, sólo consigue frustraciones y desengaños… cambia o adapta su modo de vestir. También en “el anterior capítulo” humano, la mujer era comedida de cuándo tenía sexo. “Obligaba” al hombre a conocerla, a amarla, a acostumbrase mutuamente, y ver pros y contras del uno y el otro. Hoy en día cada vez son más fugaces los emparejamientos. Una estadística dice que cuantas más relaciones se tengan más complicado será el poder terminar en pareja. Luego lo que se daña es la posibilidad de tener pareja de por vida, o por lo menos de forma estable por años. En Estados Unidos hay una nueva tendencia que va en esa dirección de dar un paso atrás, (sin ser la de mantenerse virgen hasta el matrimonio).

   La guerra del hombre y la mujer era una guerra que la mujer jugaba bien desde su posición de inteligencia práctica y desde su “astucia”, de mandar soterradamente. Lo único que tenían que cambiar era la situación legal y de derechos. El lenguaje (los sesgos cognitivos), se podrían cambiar con el tiempo, si bien teniendo en cuenta que a ese lenguaje “errado” hemos jugado los dos, no sólo el hombre. Hoy en día sigue la confusión si no se tiene en cuenta qué es el hombre, desde su testosterona, y que eso no es algo que se pueda cambiar. Si acaso “encerrarlo”, cosificándolo, volviéndolo “lo políticamente correcto”, y dentro de las cuatro paredes craneales de cada hombre. Pero una cosa es amaestrar (león) y otra muy distinta domesticar (perro). A la “fiereza” del hombre se le puede amaestrar, pero nunca se le restará un ápice de fiereza. Hoy en día la mujer se equivoca, como se ve en las redes sociales, que a un hombre se le pueda contestar con agresión por su agresión. Este error de apreciación es el que puede hacer que tal acto violento termine en asesinato. Como despiertes a la bestia que es el hombre, con la fuerza, este no frenará hasta que no vea a su “adversaria” en una posición “sumisa“. No hay que entrar en el juego de la violencia, en el que la mujer siempre perderá. Hay que separarse de él y poner los medios legales para solventar el problema. Las leyes en ese proceso también se equivocan. No consiste en crear una distancia. Esos hombres, dañados en su orgullo, habría que tratarlos con sesiones de terapia cognitiva, para redireccionarles la ira.

   Lo que quiero decir con todo esto, es que al crear un movimiento y darle un nombre, al crear el concepto, se crean más divisiones que unidad. Se crean entidades que al final las conviertes en parte de tu ser, cuando quizás no sea así y ni sea parte de tu naturaleza más profunda. El feminismo lucha contra la misoginia, pero en las últimas décadas está provocando la misandria. Un afroamericano puede tener más en común con un friky, que con otro de su raza. En la medida que ponga como bandera su entidad de afroamericano, puede crear una distancia y una barrera mayor con un friky no afroamericano, que con respecto a otro friki de su raza. La guerra de las entidades siempre ha existido, el declararlas no resuelve nada, vuelve más presente las diferencias, con lo que las guerras se pueden volver más encarnizadas. Eso es lo que se recoge de los datos estadísticos: hoy en día blancos y negros siguen en “guerra” abierta en Norteamérica. Hoy en día mujeres y hombres siguen en una guerra abierta, donde se crean nuevos lenguajes, como el de feminazi, y un largo etcétera de nuevos conceptos y divisiones. Hay un dicho que reza “donde fueres haz lo que vieres”, una identidad no hace algo como eso. Se mantienen en su isla de identidad, en su terreno vallado, teniendo en cuenta que los que tienen a su alrededor son los “otros”. Eso pasó con los Judíos en Europa, ese continente que en la actualidad “remueve” todo para crear una sola identidad (sigue en el proceso). Los judíos eran una “isla identitaria” dentro de Europa, lo más propicio para crear distensión y que fueran objeto a la hora de buscar chivos expiatorios a los males de un país o una civilización o cultura, en las mentes de la masa. Hoy las feminazis (como voz más radical del movimiento y según el termino de los “otros”), se han convertido en esa isla identitaria. No es un problema a una banda, el “macho” marcando terreno y degradando con este término a lo “otro”, es un problema a dos bandas, puesto que el lenguaje de ciertas feministas han creado mucha confusión y han removido todo el sustrato de los orígenes animales del ser humano.

   Queda saber si es legítima un isla identitaria o no, a través de un nuevo concepto, si al final por medio de una dialéctica se llega a algún fin. Bajo mi punto de vista no. Todo concepto que cree división, diferenciación, crea un vallado, una isla identitaria, que no hay forma de salvar. La finalidad no puede ser trascender ese isla a una posición mejor o mejorada, donde las dos identidades se unan en la tolerancia de las diferencias. De facto no ocurre así, si una va contra la otra, pues por lógica al crear unidad se crea una diferencia. De nuevo el principio de no contradicción de la lógica: A no es no-A, luego no-A ha de ser otra cosa que me niega por su simple existencia. Para el judío el resto de la humanidad está errada: ellos y sólo ellos son la explicación de la existencia de Dios, son el pueblo elegido; este mismo principio lo sostienen casi todas la religiones. Para mí, a nivel intelectual, esa concepción me subleva, me parece un “ataque” a mi identidad, que no trata de ser identitaria en nada. Lo mismo ocurre con el feminismo. Si soy artista, ¿se supone que no hay que hacer retratos a la belleza femenina? O el caso catalán, isla identitaria en la península, que me hace ser español o castellano, cuando no me gustan ni las banderas, ni las fronteras. Por más que no quiera tener identidad, los otros me crean una identidad al remarcar las suyas; siendo así, soy ateo, castellano y un hombre, estandartes que las otredades me “colocan” sobre mi cabeza con tan sólo verme. Ya no se trata de ser humano, se trata de tener, mantener y defender, si se tercia, una identidad. Lo humano es y ha de ser un sólo estandarte válido para todos. Por contra, el resto de islas identitarias te “obligan” a convertirte en isla identitaria, por su simple existencia.

   Pienso que el futuro de la humanidad tendría que ser sin identidades, sin banderas, sin fronteras y sin clases sociales. Todo que vaya contra esta idea me parece contraproducente, irracional y no sin cierto sesgo de odio hacia una unidad humana. Si se niega esa unidad humana ha de ser porque ese otro que la niega se crea en algún sentido superior, por lo diferente. El concepto de humanismo fue el que acabó con la esclavitud, este es el único concepto que hay que defender y tomar por bandera. Dice Alain Finkielkraut que “un gato, para un gato, siempre ha sido un gato”. En el humano no ocurre así, y con las identidades cada vez menos. Cuando en la prehistoria las distintas tribus creaban un concepto para definirse, siempre lo hacían con la intención de decir que los otros grupos vecinos no lo eran. Cada tribu era el centro del mundo, los elegidos de dios, los únicos “humanos”. Por el contrario el resto de tribus eran los malvados, los huevos de piojos, los monos, los bárbaros, los salvajes, los judíos, etc. Hoy seguimos con la misma monserga. Con el mismo error de no entender qué ocurre al crear un concepto para definir una parte de los seres humanos. A largo plazo, si nos librásemos de las crisis profundas y de las clases sociales, el ser humano seguramente llegaría a un punto en el cual todos seríamos más andróginos, donde se perderían los rasgos más evidentes de la sexualidad. Esos cambios producirían cambios a la vez mentales, donde la testosterona ya no jugaría su juego perverso e irracional, (en realidad así ocurre cuando un hombre está emparejado y con hijos: tiene una suelta de oxitocina, propia de la mujer y la preparación para el parto, que la evolución “modificó” para que sirviese de sedante, de un estado placentero y desestresante para el macho. Por otro lado con los hijos hay una suelta de prolactina en los hombres, igualmente una hormona femenina -la que propicia la leche en las mamas-, la cual resta de toxicidad y parte de las cualidades negativas a la testosterona, resta violencia, nos hace más receptivos y amables. El que el hombre tenga estas hormonas se explica porque hasta la octava semana todo feto es femenino. Ya se han ido produciendo a lo largo de los milenios, yo soy bastante andrógino. Pero para llegar a ese estadio, primero tendremos que luchar contra la idea de las islas identitarias. Yendo a una sociedad laica, donde muriesen las grandes religiones, proceso en el cual no tendría por qué morir la espiritualidad de cada uno. Muriendo las clases sociales, proceso en el cual la mujer seleccionaría sexualmente a los hombres más sensibles, humildes y humanos. Esos cambios también se han ido dando, ya que se pasó de la manada de predominancia de machos alfa, a otra donde imperó el matrimonio, concepto por el cual todos podían tener acceso al sexo, restando de lo animal el concepto de perdedor. Finalmente derrocando toda frontera, bandera y diferenciación entre continentes. ¿Que si creo que llegaremos a eso?, no. La razón deja de serlo en cuanto alguien encasilla al cerebro a pensar  1. con patrones alentados en la sociedad actual, sin querer o lograr verificar tal patrón, que lleva al típico “¿dónde va Vicente?, donde va la gente” o sesgo de la agenticidad. 2. no aceptar que la mayorías de los constructos cerebrales se basan en sesgos primitivos. La suma de los dos dan el pensamiento común, el que domina en la sociedad, el no intelectual, este último en teoría libre de todo posible sesgo. La sociedad actual ha dejado de escuchar al intelectual. Lo que domina hoy en día son los medios como YouTube, en donde la inmediatez resta toda posible profundidad y pensamiento alternativo. Por la teoría del punto crítico, la fuerza para el “cambio” la tiene la masa, el pensamiento común.


(1) En el momento de hacer este escrito, hace más de un año el actual es una reedición, tenía enlaces de estas afirmaciones publicados en prensa de prestigio (“National Geographic” y “El economista”) que hoy ya no existen, han sido borradas. ¿El feminismo está repercutiendo en lo que la prensa puede o no publicar? ¿Vamos hacia la “neolengua” de George Orwell? Lo que afirmo en el escrito es un hecho conocido, que se puede ver en multitud de documentales y todo antropólogo y entomólogo conoce bien. Las mujeres durante las guerras tiene la baza sexual para sobrevivir y llevar comida a casa. No por negarlo deja de ser un hecho. YouTube no monetiza vídeos de las defensas o contraataques hacia las feministas. No los promociona.
(2) La palabra especioso es significativa con respeto a la idea que quiero dar, quiere decir a la vez:
1. adj. Hermoso, precioso, perfecto.
2. adj. Aparente, engañoso.


Documental sobre el papel “La testosterona“. Esta es la que hace al “macho” y es la que “explica” la mayoría de sus comportamientos. En el documental se muestra que la hembra de la hiena es la que tiene el papel típico de los roles del macho, y demuestra que al restarles de la testosterona, a las hembras dominantes, dejan de ser agresivas. No es educación, es físico, es algo asentado en el ADN. Es la testosterona.

 

Lo que es y lo que (a)Parece VIII – La Dolorosa Tragedia del Amor

   Antes que nada quiero resumir o esclarecer algunos conceptos que me he dejado en el tintero. Al concepto de aceptar varios tipos de apuestas evolutivas mentales, se le llama neurodiversidad, aunque hay que ir aclarándolo. Estoy haciendo “ataques” a la psiquiatría, tal postura se llama antipsiquiatría y viene de lejos, quizás el autor más respetado y profuso en el tema fue Thomas Szasz, siquiatra de profesión y con libros como “La fabricación de la locura” y “El mito de la enfermedad mental“.

   Me centro en el tema a tratar. Si se lee casi cualquier libro de trastornos de la personalidad, fácilmente nos vamos a ver reflejados en algún trastorno, en alguna medida. Las ciencias biosociales, como puedan ser la psicología evolutiva, las neurociencias y una rama de la psicología cognitiva, asumen lo que he dicho yo. Hay unas estrategias arraigadas en la evolución, que en la sociedad actual extreman sus “esencias” como para llegar a un trastorno. Pongo dos casos. Una persona cuya estrategia evolutiva sea ser meticulosa y detallista, puede caer en un trastorno obsesivo-compulsivo. Un “seguidor” o “complaciente”, que no tiene ninguna tendencia a tratar de ser líder o alfa, puede caer en un trastorno de dependencia, esquizoide, evitativo u otros.

   ¡¡¡Atención, mirar esta tabla puede crear graves problemas de auto-aceptación, de identidad!!, es broma, pero tiene algo de cierto, yo me he visto reflejado en varios perfiles.

Gráfica de Trastornos de la Personalidad

  En esta gráfica vemos los trastornos de la personalidad y sus proyecciones a distintos niveles. Hay una primera conclusión: que las apuestas de los alfas y los seguidores tienen respuestas o trastornos muy distintos. Los alfas o betas pueden caer en lo antisocial, narcisista, pasivo-agresivo o histriónicos (quizás estos sean falsos alfas, una apuesta tramposa), el resto son posturas de los seguidores. Los obsesivos-compulsivos o paranoicos se salen de esta división, ya que pueden caer en los dos grupos. Hasta ahí estamos de acuerdo. Pero, ¿se podría tachar de paranoico, neurótico u otro trastorno a un judío en un campo de concentración?, no, porque su forma de pensar y sentir está ajustado a una realidad dura. Y ahí surge el dilema: ¿cuándo una persona, que muestra ciertos síntomas, tiene un trastorno?, pues son disfóricos y fuera de lugar, y ¿cuándo están ajustados realmente al medio? Trataré de mostrar que si se dan los distintos trastornos, no es principalmente por un problema individual de inadaptación, sino que más bien es un problema de la sociedad tal cual está, que nos impele a caer en unas situaciones u otras.

   No sé ni por dónde empezar. Se me abren mil posibilidades de formas de enfocar el tema. En primer lugar lo que se deduce, es que los mamíferos se metieron en un callejón evolutivo, que daban más problemas que soluciones. Los problemas de los trastornos nos los encontramos igualmente en animales domésticos, así como en animales salvajes. Lo que está en juego en el “lenguaje” de los mamíferos son tres cosas: 1. la impronta, 2. abandonar del nido y 3. la libertad o independencia.

  1. Muchos animales, que dependen de sus padres al nacer, están “programados” con algo que llamamos impronta, por la cual se nos fija en el cerebro quienes son nuestros padres (protectores), como para tener un comportamiento con estos, diferentes que con el resto de los otros. Aquí se cuela, de fondo, el problema de la identidad. Impronta=identidad, no-impronta=lo otro.
  2. La educación o cuidado de la cría se establece hasta un momento en el cual esta ha de abandonar el nido. No en todos los animales este hecho es igual. En unos depende de los padres, en otros está prefijado en el ADN.
  3. La finalidad es romper el cordón umbilical, la dependencia. Logrando o alcanzando la individualidad, la unidad, logrando la seguridad por uno mismo.

   Los orangutanes tienen una infancia muy parecida a la humana, de total dependencia de la madre. Si la madre muere ya no sobrevivirá. En la actualidad se recogen a estas crías y muestran los síntomas propios de un trastorno de dependencia, evasiva o cualquier otro trastorno típico de seguidor. Si es un macho y con capacidades de líder, puede ser muy agresivo. Lo mismo se puede decir de los perros. No conviene separarlos demasiado pronto de las madres. Conozco un caso en el que un macho, teniendo una hembra de compañera, siempre trata de adormilarse succionando y empujando con sus patas las mamas de la hembra. En ese sentido se deduce que ciertos mamíferos somos demasiado vulnerables y sensibles al trastorno, en cuanto se rompe con la regla de la impronta (falta de madre o de alguien que haga su papel) y del momento en el que se tiene que producir el abandono del nido. En la sociedad actual es complicado que no se rompa una u otra regla: divorcios, padres que se dan a la droga o las adicciones, peleas en el matrimonio, los padres no están demasiado tiempo con los hijos por sus trabajos, la no posibilidad de abandonar el domicilio paterno por la precariedad del trabajo, etc. En el caso humano la situación se complica aún más, puesto que el padre y la madre  (madre=amor, padre=disciplina) tienen unos roles muy distintos y si falta alguno de ellos se rompe, de nuevo, el equilibrio. Tenemos por lo tanto que o bien de forma improntal o por la imposibilidad de abandonar el nido, tenemos unas grandes probabilidades de caer en algún tipo de trastorno.

   El patrón de la impronta no se limita a ese rol de quienes son los padres, nuestros protectores. Se sigue en distintos procesos de la vida. Así como uno se inicie en el sexo, que no tiene porqué implicar penetración, sino tan sólo una excitación mental, así es como va a ser los gustos y las tendencias sexuales en el adulto. Por eso se dan tantas parafilias, en apariencia tan extrañas. Si de niño se crea la impronta, del despertar sexual, por el olor almizclado y fuerte de unos pies desnudos, ese será nuestro deseo más arraigado y profundo. La personalidad también se construye con este concepto de impronta, si de forma azarosa somos graciosos de niños, nuestro perfil, quizás, tenderá de por vida hacia ese camino. Lo mismo si estamos más o menos mucho tiempo solos o con mucha gente, eso nos creará la impronta de ser solitarios o sociales; o cómo no el hacernos de un equipo u otro, de una ideología o religión u otra. Se sigue lo mismo en los animales domésticos. Para que un gato pueda ser llevado por la calle en brazos, sin entrar en “pánico”, se le tiene que tener en brazos la mayor parte del tiempo de sus primeros meses.

   Al abandonar el nido, y en las últimas etapas en este, entra en juego nuestra identidad, nuestra libertad. ¿Tenemos realmente una sociedad creada para la libertad, para la absoluta independencia y seguridad de uno mismo por sus propios medios? No. En el caso humano, venimos del concepto de manada, y esta del concepto de jerarquía y por lo tanto susceptible de que se produzcan machos alfas y seguidores. Toda la sociedad está construida bajo este parámetro: siempre hay jefes, o personas con mando, a los que hay que obedecer o seguir. Vivimos en un mundo jerarquizado. De nuevo un problema evidente: hay alfas que no tienen la capacidad de llegar a una posición de mando y seguidores que sí llegan a esa posición, pero no se les da bien, creándose situaciones negativas. Los alfas inadaptados fácilmente caerán en posiciones agresivo-pasivas, narcisistas, antisociales e histriónicas. Las personas con mando, que no son realmente alfas, pueden caer en pasivo-agresivas, paranoides o histriónicas.

   Por otro lado tenemos las relaciones que en teoría no son de guerra o conflictivas, como las amistades y las parejas. En las amistades siempre se da un tira y afloja para tener y mantener cierta posición, con las parejas igual. Para Sartre lo que siempre está en juego, con los otros, es la libertad. No en tanto su uso vulgar, de no-cadenas, sino de algo más básico, que está enraizado en la propia estructura del ser de la conciencia. Como ya he dicho muchas veces, la conciencia es básicamente negadora (controladora), su función más básica, a nivel físico de esa zona del cerebro, es la de crear procesos inhibidores, ya que las vías neuronales y los neurotransmisores se dividen en inhibidoras y excitadoras. En ese sentido, el prefrontal quita “legitimidad” a todo proceso mental, lo deja en suspenso. Este proceso se expresa como el de una constante duda. Pero a la vez todo proceso es de ser, de potencialidad de ser, de tender al ser. El cerebro, la vida, es acción en el mundo. Nos hacemos ser en la medida que “doblegamos” aquello que nos ofrece una resistencia en el mundo.  El mundo es la resistencia que nos impide ser, que el ser se “cumpla”, que se de en libertad (llegar a una fruta en el árbol, cruzar un río donde hay un mejor hábitat). En ese sentido el otro, es parte de esa resistencia, pero además es ese otro que tiene el mismo “aparato” de libertad que el mío. La misma estructura, los mismos “deseos”, los mismos problemas. El dilema surge cuando los motivos del otro y los míos no coinciden. Lo que está en juego es la libertad, que es así puesto que es parte de una identidad. En ese sentido para Sartre todo amor o contacto con el otro es un juego sado-masoquista. Encaja cuando cada uno de los dos lados tiene una posición, pero es de lucha en cuanto no se da esta paridad. Pueden haber fines en los que una pareja estén de acuerdo (vivir juntos, tener hijos), pero todo se desarrolla en una constante lucha de cómo hacerlo o llevarlo a cabo. Las amistades con el mismo sexo tienen un roce menor de desgaste en la lucha, puesto que hay más coincidencias. Entre el hombre y la mujer no solo son muy opuestas, sino que además en el último siglo se están volviendo casi de enemistad abierta.

   Con todo ese telón de fondo nos encontramos que cada vez se dan más roturas entre las parejas, menos continuidad. Cuando se da una rotura nadie quiere ser el dejado, la víctima. En parte es porque a nivel del cerebro se va a pasar por un periodo de depresión o ansiedad, pues te han “negado” el ser, tu identidad. Tanto la depresión como la ansiedad, suelen ser un periodo fuerte e intenso, pero no demasiado largo. El siguiente proceso, después de un posible periodo de pérdida de la identidad, puede ser el de un trastorno de la personalidad pasajero, si el medio te ayuda salir de él, o duradero si las circunstancias persisten. De esta forma nos encontramos que, cuanto más nos adentramos en este nuevo modo de vida del siglo XXI, más es posible encontrarnos con personas con distintos y variopintos tipos de trastornos, a los que no nos adaptamos y dejamos, o nos dejan, incrementándose exponencialmente las posibilidades de salir dañados o dañar, y por lo tanto de nuevo de empezar ese ciclo propio del rechazo. Se produce un juego de carambolas infinitos: empezamos una relación, nos encontramos con que no es lo que nos gusta o conviene, lo dejamos, se incrementa el dolor de “despedido” y rechazado… y así una y otra vez, entre cientos y miles de personas que caen en depresiones y crisis de identidad, cuales fichas de dominó.

   Por qué pensar que alguien tiene una personalidad pasivo-agresiva o esquizoide en esta situación, ¿no es lo “normal”?, no está y tratando de adaptar su personalidad y comportamiento a un mundo de relaciones casi “imposibles”. ¿Acaso no es “legítimo” que una persona obesa o una muy poco atractiva sea evitativa? Yo siempre que pienso en temas complicados y profundos, observo la naturaleza. Ahí tenemos al árbol, si está aislado, nada le resta luz, hecha ramas desde la base del tronco. Si nace casi bajo las raíces de otro, al principio nace inclinado y después corrige su curvatura. Cuando está en grupo, el total de ese grupo hace una forma que se asemeja a la de un solo árbol, creando una armonía que equilibra la toma de luz para todos. En definitiva, adapta su ser a la situación, sin que ninguna de esas adaptaciones sean anormales o enfermas.

   Como de lo que se trata al final, para los psicólogos, es de “equilibrar” cierto conjunto, se recurre a las terapias de pareja, a las de la familia, o de empresas, etc. Pero no tienen la capacidad de hacer una terapia a la sociedad en su conjunto (sólo los intelectuales y filósofos; pasados de moda y en la actualidad callados), que es lo que realmente está “enferma”. No me  alargo más. No está todo dicho, solo es un bosquejo. Tenemos que sanar la sociedad, sus conceptos, el uso que se le da a las palabras, para volver a coger algún camino correcto, porque ahora estamos absolutamente perdidos en un laberintos de luchas, identidades y conceptos errados.

   Remato para dar sentido al título. El “amor” es la apuesta evolutiva de los mamíferos, que funciona a la perfección si el medio le es favorable. Pero es demasiado vulnerable a cualquier cambio o desequilibrio, dando como resultado situaciones desastrosas. En el ser humano el amor “funcionaba” como pegamento en su época de manada. Fuera de ella las cosas se han ido retorciendo y complicando. No era amor la situación en la que estaba la mujer, antes del siglo XX. Era de dominación. No es amor el actual estado de la mayoría de las parejas, que o bien han llegado a un conformismo bovino o bien viven eternamente luchando con un sentimiento de amor/odio. La acertada película Argentina “Incendio” da buena cuenta de ello. Ni siquiera el humanismo es amor, si con ello no acepta ciertas cosas del ser humano como negativas y “erradas”. El odio es tan legítimo como el amor, si de lo que se trata es de sobrevivir y no morir lentamente en una depresión de la que sólo tú -dicen- eres el culpable. Con todos esto sentidos enrevesados, es por lo que, en la actualidad, sólo se puede hablar de la dolorosa tragedia que es el amor.

Lo que es y lo que (a)Parece VII – La “Paleodieta” Mental

   A raíz de la lectura de un artículo en Internet, me veo en la obligación de recopilar ciertos conceptos que voy dando aquí y allá, con el afán de tratar de ser más claro. Se trata del artículo cuyo título reza: “Los adolescentes que maduran muy pronto afrontan un mayor riesgo de depresión” que a la sazón del tal título, ya poco más hay que leer. Mi queja con el cuerpo doctrinal actual de las ciencias humanas, entre ellas la psiquiatría y la psicología, es que sacan datos y más datos, sin tener un concepto sólido de los conceptos generales, en sus bases, en su estructura. Este artículo es un claro ejemplo. ¿Están seguros que los adolescentes que maduran antes tienen mayor riesgo hacia la depresión?, es depresión o es otra cosa.

   El error del que parten es el tomar al adolescente actual, como base de la “normalidad” de lo que es ser joven. Es como si para saber la velocidad media de carrera del ser humano, se analizasen los deportistas de élite, el foco está errado, se van a sacar mal las conclusiones. El prototipo de humano no debería de ser el occidental actual, sino el de los cazadores-recolectores. Si se analiza a estos adolescentes, veremos que son más “maduros” que la media de adolescentes occidentales. Pongo maduro entre comillas, porque de nuevo se parte del concepto de madurez occidental. Un adolescente cazador-recolector es más maduro, pues sabe todo que hay que saber para sobrevivir en su entorno. Seguramente, si en un momento dado se muriese el resto de la tribu, por una enfermedad por ejemplo, este adolescente sabría vivir por sí sólo en su entorno. Se desplazaría hasta otra zona para encontrar a otros seres humanos y se uniría a esa tribu. En el artículo también hacen mención de las adolescentes que les viene la menstruación antes que a otras, se sienten mal, por sentirse diferentes. Eso no ocurre entre las adolescentes cazadoras-recolectoras, pues las tribus tienen ritos de paso, por los cuales cada individuo siempre siente una integración plena entre su cuerpo, su sociedad y su entorno. Los ritos de paso tienen esa función. Marcar líneas bien definidas allí donde la naturaleza no parece haberlas puesto bien nítidas. La mayoría de los ritos de paso se han ido heredando a través de las culturas, pero hoy en día están tan distorsionados, que carecen de la validez para los que fueron creados. El rito de paso de ser niño a ser mujer u hombre, hoy en día en el cristianismo es el de la confirmación, ha perdido totalmente su mensaje inicial. Carece casi totalmente de sentido.

   Si nos atenemos a nuestro “peso” evolutivo, el primer antecesor al que se le puede denominar “homo” es de hace 2.5 millones de años. El lenguaje empezó hace unos 800.000 años, mientras que el homo sapiens apareció hace unos 300.000 años. Se deduce de tal idea que si pudiéramos clonar a un individuo de esa época, no lo diferenciaríamos ni física, ni intelectualmente de uno de hoy. Lo que quiero decir es que hay ciertas estructuras genéticas que se sentaron en nuestros cerebros, a modo de instintos, patrones o “conceptos”, y que aunque hoy reneguemos de esa base, es la que el cerebro tiende a “buscar” como su estado homeostático de normalidad. La sociedad actual, basada en las ciudades (normas de ciudadanía), las leyes (derechos y deberes del ciudadano) y la agricultura y ganadería, que nos ha dado un tipo de alimentación basada en los carbohidratos y la leche, son demasiado nuevas y en realidad la evolución no las ha terminado de incorporar en los genes. Los genes y el cerebro están hechos para un tipo de vida anterior, al de nuestro anterior estado de cazadores-recolectores, ese en el que hemos estado entre el 90 y el 95% de nuestra historia evolutiva. Todo esto se ve en distintos factores como el de la dieta y nuestro sistema inmunitario. Nuestro cuerpo no se ha terminado de adaptar a la comida con la que nos alimentamos hoy en día, ni en la cantidad, ni en la calidad. Se sabe que un factor muy importante para una vida larga y prolongada es la hipocalórica, esto es: la de comer menos de lo que actualmente ingerimos. Por otro lado se está comprobando que la dieta primitiva o paleodieta -la que se mantenía antes de la agricultura y ganadería-, es más sana y da menos problemas de salud en general. No hay que tenerla en cuenta tan sólo para no engordar. Los cráneos encontrados de la prehistoria, incluso, tenían mejor la dentadura que con respecto al humano actual. Se cree que ni siquiera se la cuidaban, simplemente el problema de la caries vino, lo más posible, con los nuevos modos de alimentarse. Por otro lado una dieta hipocalórica propicia la inteligencia. De alguna forma se cumple el dicho ese de “el hambre agudiza el ingenio”. Incluso tiene su propia lógica dentro de la teoría evolucionista. Un ecosistema se mantiene en un equilibrio de depredadores y presas. Demasiados depredadores acaban con las presas, con lo que baja el número de depredadores y por lo tanto sube el de las presas, al subir las presas sube el de los depredadores. En la misma ecuación se puede ingresar la flora: demasiados herbívoros acaban con la flora, que a su vez… Para crearse un ecosistema se tiene que dar un equilibrio entre la flora, los herbívoros y los depredadores. Si un humano come mucho, baja su nivel de ingenio, lo que a su vez incrementa el ingenio de los que han comido menos, con lo cual ahora este es el que tiene la ventaja para comer. Este equilibrio era “justo”, homeostático, la evolución creó esa regla que ajustaba hambre/inteligencia como un “ecosistema” cerebral/nómada dentro de un medio.

   Las enfermedades autoinmunes es otra muestra que nos dice que la evolución no nos tiene preparados para la situación actual. El sistema inmunológico que tenemos, todos los genes y sistemas del cuerpo implicados, se crearon para cierto nivel de lucha, de defensa. En la actualidad, en un medio súper-esterilizado, simplemente el sistema inmunológico se “aburre” y trata de ver enemigos allí donde no los hay.

    Por último, y es el que no parece ya tan claro, y es el que yo defiendo, es que la larga forma de vida en manada, de cazadores-recolectores, de nómadas, creó patrones en el cerebro que aún están ahí. El cerebro humano, aún con toda su plasticidad, trata de buscar ese estado como el homeostático, el de “normalidad”, en este medio que es el actual y que está tan alejado de las reglas más elementales. Al no encontrarlas se disparan, igualmente, ciertas otras reglas asentadas, que en la actualidad se manifiestan en trastornos. O sea que el trastorno mental es el equivalente cerebral de las enfermedades autoinmunes y los trastornos en nuestras dietas alimentarias como la obesidad morbosa, la hipertensión y la diabetes, entre otras. Al igual que la medicina está tratando de sentar sus bases en aquel estadio previo humano, en el que no existían las enfermedades autoinmunes y provocadas por las dietas actuales, las ciencias humanas deberían partir de esta misma base del estado previo de los humanos como el de normalidad, como la base por la que analizar la situación actual humana, claramente distorsionada y anormal.

    En otro libro leí que un niño sin amor decía: “si no me aman, es porque no lo merezco, y si no lo merezco es porque no valgo nada” (1), que es de facto la idea de fondo que va a permanecer cuando este sea adulto. Se ha comprobado que es algo que ocurre en todos los mamíferos. Un experimento clásico fue el de poner a una cría de mono Rhesus en una jaula, donde tenía una muñeca que simulaba a una madre de alambre con un biberón, y otra hecha de felpa. El mono se pasaba la mayor parte del tiempo con el muñeco de felpa y sólo se acercaba al otro para alimentarse, la necesidad de afecto se ha vuelto un instinto tan fuerte como el de la alimentación. O sea, estamos poniendo palabras y usando conceptos como el del valor y el merecimiento, en algo que no tienen por qué tener esas palabras. Las palabras y los conceptos vienen después, y no tienen por qué ajustarse a la realidad como un guante a una mano. Más bien pueden, incluso, hacer lo contrario. El apego es algo muy complejo, que ha decir verdad ha dado más problemas que soluciones en lo evolutivo. Lo que sí se ha asentado en el ADN es que “tonto el último”, por decirlo de forma clara y que se entienda a la primera. En el anterior artículo ponía el ejemplo del “sacrificio”, del más débil a favor del más fuerte. Los padres de una nidada alimentan con las crías muertas a los que aún viven. Las propias crías luchan y se matan cuando hay escasez de alimentos. Eso es lo que tenemos asentado en el cerebro, que el más débil es el “sacrificable”, es el que corre peligro de muerte. A un niño “sin amor”, sin que se vea suplido su instinto de apego, se le activa unos genes (epigenética) que le provocan cambios. Esos cambios pueden hacer dos cosas: o bien le activan unos genes de debilitarlo aún más, como para que sea una víctima más fácil de matar (este comportamiento cercano al suicidio, se ve en las propias células, con la apoptosis, suicidio programado de una célula al detectar su comportamiento errático y que puede perjudicar al cuerpo que habita), o bien le activan unos genes para ser aún más agresivo y luchador. Depresión o trastorno límite de la personalidad. O en casos ambiguos: bipolaridad. El ambiente actúa según los genes con los que el individuo cuente, o a la inversa.

   El canibalismo no es una excepción de ciertos momentos de la historia y de ciertas culturas, se ha dado siempre y en todas las culturas. En la prehistoria, así, se podían llegar a alimentar de sus propios bebés. A nivel económico es más óptimo, puesto que un adulto ha requerido de más esfuerzo y trabajo para llegar hasta donde ha llegado. Este comportamiento es general en la naturaleza. Una mamífera puede abandonar a su bebé si está en peligro su propia vida, puesto que si muere ella morirá la cría igualmente. Si ella sobrevive se volverá a quedar en celo y volverá a tener otra cría. Siguiendo la misma lógica, la madre humana sabe que una cría requiere de muchos sacrificios, en el nuevo orden de estado en manada, ella puede morir y sacrificarse si sabe que su bebé podrá ser cuidado. En pleno siglo XX se ha seguido dando el canibalismo. Y sin ir más lejos, y sin llegar al canibalismo, en la actualidad en Thailandia, las madres prostituyen a sus hijas, aún niñas, para el placer de los pederastas occidentales. En algunos casos son los propios padres los que tienen relaciones sexuales con sus hijos, si el que lo pide así lo quiere el cliente al otro lado de la red. O sea anteponen sobrevivir a cualquier otro valor occidental actual, pues de esa forma se mantienen con vida y mantienen a los hijos.

   Lo que sale en claro, en todo esto, es que la maternidad humana no es como la “siente” la madre occidental, ese “sentir”, en realidad intelectualizado y moralizado por las religiones, es una excepción, que cambiaría si la situación económica mundial entrase en una crisis muy profunda. Puede que no en la primera generación, pero sí en las siguientes. En definitiva, los valores que les damos a las cosas, al mundo, a la vida, a la realidad, son actuales, y no tienen por qué estar ajustados a los valores que tenemos por instintos. Como creemos y queremos estar por encima de lo natural, de lo animal, siempre hemos puesto como salvajes o bárbaras a culturas que a decir verdad son más “homo” que la actual sociedad, donde aunque no se hace el mal directo, se crean unos grandes males de forma indirecta y pasiva (explotación del suelo africano, aunque estos se mueran de hambre y en guerras: yo a eso le llamo robar al pobre, como  si un obeso le robase a uno que se está muriendo de hambre, por simple glotonería). Ahí tenemos sin ir más lejos otra regla de esas asentadas y que no entendemos. Cuando estamos en un lugar público y un bebé llora de forma enrabietada, la mayoría de hombres y muchas mujeres se sienten irritados. En realidad ese sentimiento que hoy en día tomamos simplemente como un estado negativo del que queremos huir, ya haciendo que se callé el bebé, o bien yéndonos del lugar; es un estado de alarma que se despierta para hacernos ayudar al bebé, pues puede estar en algún tipo de peligro, de indefensión. Cómo hoy sabemos que no hay peligro, que lo vemos junto a su madre, lo único que analiza el prefrontal, la razón analítica, es esa irritación ante un ruido fuerte. Ese sentimiento de ayudar a algo cercano que grita ayuda, es muy humano, y es el que ha creado la teoría moral de “la distancia del llanto de un bebé”, que viene a decir que nuestra ética viene dada por la cercanía de aquello que es preocupante o malo. Esta teoría echa por tierra el actual concepto de humanismo, y por esta misma regla no nos preocupamos de lo que esté pasando al otro lado del planeta, y ni siquiera en otra ciudad, en la medida que no nos repercute de forma directa. Sí puede haber una preocupación intelectiva, pero no realmente emocional. Y sin las emociones hay entendimiento, pero no comprensión.

   En muchos escritos he hecho mención de esta circunstancia y diferencia. No es lo mismo entender que comprender, no es lo mismo simpatizar que empatizar. El “verdadero” sentir humano, para el que estamos programados, lo es en la medida que uno mismo ha pasado por ese mismo dolor o experiencia. ¿Qué duele más una patada en los genitales masculinos o el dolor menstrual?, no hay forma de comprender el dolor del otro, cada cual crea su mundo de valores por su propio sentir (qualia), por sus emociones (la memoria es emocional o cinética, se ha descubierto que ver la televisión “estupidiza”, parece ilógico, pues hay datos, noticias, se deducen patrones, pero no hay cinética, y muchas noticias no emocionan, luego no “mueven” a las neuronas). Yo, como hombre, nunca sabré lo que es un dolor menstrual o del parto, y las mujeres nunca sabrán que es un dolor en los genitales o qué hace la testosterona para trastornarnos tanto como para matar a la pareja. Se entiende, se simpatiza, pero no se comprende, ni empatiza. El concepto de humanismo está construido con el entendimiento y la simpatía, pero construir un mundo de valores a través de la razón (entender y simpatizar), no es construir un mundo con los valores realmente asentados en el ADN y nuestros cerebros.

   Volviendo a arriba, al artículo de la madurez temprana en los adolescentes. ¿No será que al ver y vivenciar ciertas cosas de la vida, de repente se vuelven realistas?, matan el “cuento” bajo el que vive el niño y adolescente, o sea, ¿acaso no caen en el realismo depresivo? Como ya he dicho en otros lugares y formas, el cerebro está preparado para encontrarse con el concepto de manada, de nomadismo, de cambio. No está hecho para trabajar, no está hecho para buscarse un lugar en la sociedad, no está hecho para enclavarse en un lugar de forma indefinida. Contaba hannah arendt, en su libro “La condición humana“, que en los primeros años de la revolución industrial, tenían que cerrar las puertas de las fábricas, pues de otra forma los trabajadores se iban, al no soportar ese tipo de trabajo y su consiguiente enclaustramiento. Las vacaciones no sustituyen nuestra ansia de explorar e ir a nuevos lugares, las actuales formas de agruparse no sacian la sed de pertenecer a una manada, la monotonía y rutina a la que nos ata, el anclarnos a un trabajo, no sacia nuestra sed de cambios y buscar nuevas formas de subsistir y explorar el medio. Todo son sustitutos, todo es demasiado artificial, demasiado alejado de nuestra norma primigenia.

“El verdadero alimento del alma son los viajes” Ángela Rodicio

   La madurez, bien entendida, es la entrada en la razón, pero en una posición, al final, en la que uno ya no tiene escapatoria. O sea al hacernos adultos, y ya habernos comprometidos a crear una familia, nos vemos “encadenados” a llevar esa apuesta hasta el final, para ser consecuentes de haber traído niños al mundo y para ser responsables con ellos.  En ese estado de cosas ya has hecho tu tirada de dados y la suerte está echada. Eso es lo que afirma la frase: “nuestros hijos, sin haber nacido, son los dioses crueles de nuestros destinos”, en la película “Maggie’s plan“. Pero en un joven las cosas son distintas: ¿por qué entrar en ese nivel de compromiso con el mundo?, ¿a qué coste?, ¿con qué finalidad? Se supone que este tipo de pensamientos no tienen que nacer antes de tiempo, hasta que ya sea demasiado tarde. En ese sentido un adolescente que ve el mundo como es, que ha madurado antes de tiempo, no puede “sentir”, ni pensar que esa sea la mejor apuesta, lo pone en duda. La madurez, la razón, hace sus estragos antes de tiempo, antes de haber tirado los dados. Hoy en día cada vez es más largo el periodo de estar junto a los padres, en un mundo laboral que se muere en las contradicciones de “con experiencia” y “sin experiencia”. Los jóvenes, así se vuelven viejóvenes (contracción imposible de viejos jóvenes), almas viejas. En otros casos se niegan a madurar, síndrome de Peter Pan. Sea como sea, ya no hay forma de restituir el estado natural, todo queda perturbado, hasta los cimientos. Una vez que entramos en el laberinto humano de “la civilización”, nos perdimos en sus recovecos. ¿Que la depresión es su “afuera”, que se padece dentro?, lo es en la medida que el cerebro del joven ya no es capaz de ver ninguna verdad como válida para su forma de “sentir” el mundo. En tanto que no coincide con aquello que el cerebro desea buscar y encontrar, su ser primigenio, este enferma en un laberinto de sin salidas y sin apenas luz.

   En definitiva, que una vez que nos salimos de todos esos estados “naturales” , ya no hay forma de saber qué es verdad, sin quitarnos las “anteojeras”. Siempre que se analice cualquier tema sobre la condición humana, habría que hacerlo teniendo como base que nuestro estado natural era aquel, no referenciándonos con respecto a alguna “normalidad” actual (en otro artículo haré ver que esta normalidad es una “enfermedad”) . De nuevo las religiones “estorban” en este propósito. Para las religiones, aun hoy, lo “salvaje” es algo a “arreglar” (aún siguen vistiendo y adoctrinando a las pocas tribus que aún quedan de cazadores-recolectores: cosa que deberían de prohibir, pues son nuestra única evidencia a estudiar de esas reglas primigenias). Para los cristianos, los cazadores-recolectores, no son la medida humana, sino el “error”. Casi todas las ciencias tienen como base, en sus científicos, la ideología del humanismo, que a su vez provienen de las ideas judeo-cristianas. No se puede poner como base de la normalidad humana, lo que a su vez se tiene como error, como para ellos lo son los “salvajes”. Casi siempre toda idea y conceptualización humana parte del hecho de ponernos como seres morales, pero no bajo el prisma de lo moral dentro de la evolución humana, en donde el nomadismo y la manada era su norma de acogida y de amor, sino desde la perspectiva de una moralidad dada y venida de Dios, que nos hizo salir de nuestra “animalidad”. Error, tras error.


(1)La bipolaridad como don” de Eduardo Horacio Grecco

Lo que es y lo que (a)Parece VI – Sobre el Odio

   Todo orador (escritor, profeta…) ha de comprender que serlo implica coger alguien de la mano y llevarlo a un bosque cerrado y profundo. Esa persona no conoce tal bosque, pone su confianza en quien le lleva de la mano, que se supone que lo conoce. Si al cabo de un tiempo la persona “raptada” se da cuenta que no se va a ningún sitio, que sólo hay bosque, terminará por soltarse de la mano del que le conduce, para volver sobre los pasos andados, hasta llegar al sitio que sí conocía.

   No trato de llevar a nadie de la mano. Podría recurrir a las técnicas conocidas, para hacer creer a la persona que todo va a algún lugar, que soy realmente una voz de autoridad. No hay técnica, no soy voz de autoridad. Te digo que me acompañes al bosque y al final te dejo allí. Sólo implanto dudas, doy la vuelta a la moneda, o a la piedra que lleva allí por siglos y nadie le dio la vuelta, después que cada cual haga con ello lo que quiera. De cualquier forma hay constantes en el escrito: el cuestionar la identidad, mostrar que casi todo en lo que creemos es aparecer y no ser, y concluyentemente, el presente libro trata de ver qué es la tan aclamada aptitud. ¿No será uno de esos “caramelos” que alguien te ha dado para poderte coger de la mano y meterte en su bosque? El tema del presente escrito es sobre el odio, un bosque oscuro y tenebroso, al que casi nadie ha tratado de adentrarse para conocerlo.

   ¿Por qué hay tanta tinta escrita sobre el amor y casi nada sobre el odio?, ¿Acaso para entender algo no habría que entender su contrario? En realidad todo es parte de un mismo problema: la capacidad que tiene el ser humano de comportarse como el avestruz: escondiendo su cabeza bajo la arena en cuanto las cosas no le gustan. Me asombran las personas que se creen falsamente optimistas, cuando a la menor evitan todo tema espinoso, oscuro, negativo que les pueda restar su calma. De existir un optimista lo ha de ser porque, independientemente que se hablen o se traten sobre temas negativos, esta persona no se ve afectada. ¿Existe tal cosa? Y de ser así, ¿no tendería a tener un perfil sociopático? Ahí tenemos a las dos primeras expulsadas de GH Revolution, Nerea y Yolanda, hijas milenials que son el “producto” de nuestra nueva sociedad, edulcorada y falseada: irreverentes, egocéntricas, con una casi total ausencia de empatía, asociales…

   Como siempre habría que tratar de ahondar en tal término y cuando es justamente tratado, y no banalizado. Como siempre el lenguaje común lo distorsiona. La palabra odio se ha vuelto comodín a todo, más todavía con las redes sociales: “odio los lunes”, “odio este tipo de tacón”, “odio cuando el día empieza así”, etc. El odio de verdad, el que nace de las entrañas y tiene una fuerza arrebatadora, profunda e intensa, es un problema, de nuevo, de la identidad. No está clara la etimología de la palabra odio, viene del latín, pero este término tampoco nos lleva más allá, pues es una simple translación. Por otro lado se cree que el origen indoeuropeo es kaded, que sirve tanto para pena como para odio. El término kad a su vez designa en su origen al sabor ácido, agrio, y de estas la palabra picante y a su vez algo punzante. Quizás de aquí venga el término de la calle, de que alguien “se pica” o “está picado”, como una forma temporal y leve de odio. En términos generales de esta forma odio puede provenir, en el latín, de la palabra inodiāre, irritar vivamente. De una manera u otra odio es la irritación que nos provoca estar cerca de la fuente de tal irritación profunda, que sólo se alivia si nos alejamos de ella y/o nos la sacamos de nuestra cabeza.

   Pero todo este “paseo” por su etimología no resuelve el problema, tan sólo lo traslada. Dado que su etimología más lejana tiene que ver con el sabor, está claro que la capacidad de la evolución para distinguir los sabores está “construida” para prevenirnos de no tomar ciertas cosas, porque pueden hacer peligrar nuestra vida. Es por lo tanto un sistema de alerta: se activa la respuesta básica de evasión, de miedo, de negación, de eso que es otro que no puede ser asimilado en mi unicidad, dentro de mi ser. Es pura otredad. Reconocemos así lo ácido y lo agrio (las papilas gustativas lo hacen), como aquello que hay que escupir, que no hay que tragar (de nuevo por extensión, la expresión de la calle: “no trago a esa persona”). Para tal propósito la evolución ha creado un circuito que tiene su propia región en el cerebro. A tal respuesta en el cerebro es a lo que denominamos como asco, que está alojada en la ínsula anterior. El odio en parte “recorre” este mismo circuito, pero también otros, siendo más amplio.

   Como unas de sus formas de nacimiento es el asco, y por ello el peligro, se cree que un tipo de odio se activa por este mismo circuito: odiamos lo que nos da miedo, lo que tiene la capacidad de agredir nuestra vida, nuestra integridad y por lo tanto nuestra identidad. Pero hay otro odio que viene del fuerte hacia el débil, y por lo tanto no parece provenir de la misma fuente. Nos encontramos por lo tanto con dos tipos de odios bien diferenciados: el del débil hacia el fuerte, que proviene del miedo, y el del fuerte al débil. ¿De dónde proviene este último?, pienso yo que este es más básico y primitivo, y se basa en las propias leyes de la evolución de la supervivencia del más acto. Lo fuerte en la naturaleza “rechaza”, odia, a lo débil puesto que debilita la vida o existencia de la propia especie. También puede tener, a primera vista, un componente de crueldad, pero que en el fondo no es más que uno de entre otros recursos a los que ha tenido que recurrir la evolución. Me refiero a que hay situaciones en las que un hermano tiene que competir con otro por la escasez de recursos. Ocurre en una gran variedad de especies: aves, mamíferos depredadores, peces (escualos), octópodos. En las aves, por ejemplo, si los padres van trayendo cada vez menos comida, de tal forma que pasan por largos periodos de hambre, llega un momento que los polluelos más fuertes matan a los más débiles (cainismo), ya sea sólo para que cuando llegue comida haya menos bocas (aves no depredadoras), o bien para comérselos (depredadoras). Si es posible tal cosa ha de ser porque se produzca algún cambio a nivel cerebral de su comportamiento y posiblemente epigenético, como para cometer tal acto. Este tipo de comportamiento es muy posible que sea el origen más primitivo y salvaje del “odio”, aunque hay que tener en cuenta que quizás no tendría esta misma etiqueta, demasiado humanizada. De lo que se trata, en el fondo, y a lo que quiero llegar, es que el cerebro crea una “emoción” de otredad tan intensa y primitiva, que tiene que ser o el otro o tú el que sobreviva en un mismo espacio. Odio es la capacidad de crear otredad a algo que en un primer momento no lo debería de ser. Como no lo debería de ser entre dos hermanos polluelos compartiendo el mismo nido. La evolución ha creado, para tal cometido, un “coctel” químico (puede que con orígenes epigenéticos), que lo que hace es que desde ese momento nos sea “imposible” tolerar la presencia y cercanía de ese otro, despertándonos una sensación de asco (miedo latente en algunos casos), rabia, ira y agresividad. En definitiva, ya sea del débil hacia el fuerte o del fuerte hacia el débil, el odio se basa en el instinto de supervivencia, en el que convertimos al otro en un “enemigo” atacante de nuestro ser, de nuestra integridad y de nuestra identidad. Lo convertimos en otredad. De esta manera, en el fondo, es un sistema de protección de la propia vida individual, y la evolución recurre a él, para convertir un sentimiento de identidad o de cercanía emocional, a otro opuesto, que es el de odio, como una forma de contraataque (o contraofensiva) hacia el otro, que desde ese momento nos es lejano, ajeno y un peligro para nuestra propia identidad y vida.

   La verdad es que yo no he entendido todo este entramado hasta hace poco. En parte porque mi forma de moverme en el mundo es como “sin identidad”, siendo cosmopolita y un espíritu libre. Soy aceptado y encajo en multitud de medios y situaciones, sin llegar a incomodar. Pero siempre supe que si bien yo encajaba fácilmente con muchos tipos de personas, no todas encajaban conmigo. Mi vida ha sido la de tratar de rehuir a todas aquellas personas con las que sabía que al final las cosas no iban a ir bien. Lo captaba casi desde el primer segundo. De nuevo la percepción de una “personalidad altamente sensible” salía a la luz. Esa que yo ahora llamo de realismo depresivo.

   En psiquiatría a toda persona que le cueste a adaptarse a distintas situaciones y rehúya de las demás personas, es tratado como “anormal”, como un síntoma para distintos tipos de trastornos o enfermedades mentales como la depresión o la bipolaridad. Pero ¿no será otro el problema de fondo?, ¿no será en definitiva que la identidad, por su propia esencia, conlleva al odio, tanto como al amor? O sea se está politizando el tema, poniéndolo dentro de un tipo de forma de pensar, creando una ideología. De esas de “o estás conmigo o estás contra mí”. Digámoslo de una vez: la idea de “normalidad” humana es una ideología, que en la sociedad actual es etnocentrista y parte de las ideas judeo-cristianas. No hay espacio para el odio, en cuanto que al ser lo contrario a su doctrina del amor, es algo así como un dogma atravesarlo, tratarlo, o fundamentarlo dentro de una idea de lo que realmente es el ser humano.

   Por mí forma de ser y entender la vida no supe de la fuerza del odio, casi hasta los 42 años. Nadie me había odiado antes (o no lo vi o noté, dado que rehuía de todo posible persona que me pudiera ser conflictiva), en parte porque mi “apuesta tramposa” (lo admito, aunque me callaré en qué consiste), está construida para ser amada. De repente me vi trabajando con una persona que me odiaba. Eso surgió casi instantáneamente, como algo instintivo que era natural a nuestras identidades. Si la identidad tiene sentido lo ha de ser porque hay ciertas otras identidades, que por el hecho de ser tan contrarias a nosotros mismos, no cabe otra cosa entre estas que el odio firme y visceral. Si soy, y tú representas todo lo contrario de mi identidad, tu simple existencia me niega. En un mismo espacio no pueden existir las dos identidades sin el conflicto y la lucha. La vida está sustentada en este principio: el depredador y el no depredador no pueden existir a la vez: el uno niega al otro. El parásito no puede ser aceptado por su huésped. El virus tampoco en los seres basados en el ADN. Son apuestas, identidades que son como la noche y el día: si hay sol no hay oscuridad y si hay oscuridad es que allí no hay sol.

   Con esta persona con la que me encontré, y que por estar trabajando me veía forzado a tener contacto, al principio la trataba de “mitigar”, pero el odio era más fuerte (el mío nació de la defensa, el suyo era depredador). Al final era o ella o yo, con lo que estando en cierta posición de poder hice que la despidieran. No es agradable ver y notar que casi cualquier cosa que hacía, era analizada por la otra persona como que estaba mal hecha, que se tenía que hacer de otra forma. No hay posible diálogo, no podíamos cohabitar en el mismo espacio sin que chocásemos. Al igual que el espacio del virus es el mismo que el de la célula y su naturaleza es acabar con ella. La otra persona me veía como débil, captó mi apuesta tramposa y no la aceptaba en el mismo “nido”. En todo este juego, acepté el odio como parte de la vida, cosa que anteriormente -en mi mentalidad judeo-cristiana- nunca me había planteado.

    Si nos remontamos a nuestros orígenes, nos basábamos en manadas, con cierto grado de consanguinidad. Toda especie que se cierre en su entorno, crea tal grado de identidad que al final se irá distanciando del resto de los de su especie, de tal forma que con el paso de los milenios, pueda, incluso, llegar a ser otra especie. Así se han dado los distintos tipos de felinos, por ejemplo. O sea la distancia o aislamiento, como base de la identidad, forma parte de los “juegos” de la evolución, es parte de la vida. Casi toda especie se basa en la territorialidad, que siempre implica aislamiento, en tanto que se basa en mantener una distancia del contrario, de lo contrario. Ciertas especies, y por lo tanto otra apuesta de la evolución, es la del aislamiento de los individuos, que al final son proclives a juntarse, para crear sus propios territorios: su propia manada. Es un comportamiento más propio de los depredadores, o donde se de una lucha muy intensa por el acceso a las hembras. El lobo es una de esas apuestas, posiblemente el hombre también lo fue (de ahí nuestro constante contacto, que al final ha devenido en una relación de mutuo beneficio, con los perros). Si es así nos encontramos que tenemos una doble tendencia: la de crear identidad, y a la vez otra de crear “falta de identidad”, plasticidad, como para poder formar una manada nueva. Quizás esas dos tendencias no existan en una misma persona, quizás son dos tipos de tendencias bien diferenciadas, que dan dos tipos de personas muy distintas…, y siguiendo con los quizás, es posible que mi tendencia era esa de buscar una nueva manada y de ahí mi tendencia a la apertura.

   A lo que quiero llegar, que parece que me haya perdido el mi mensaje, es que en la medida en la que uno no forme parte de una comunidad, de una manada, puede sentir “otredad” o que se despierte ese sentimiento de aislamiento, tendente a crear una búsqueda como para posiblemente crear una nueva manada. Hoy en día eso ya no es casi posible; la historia humana bien se podría dibujar como un camino a la imposibilidad de crear nuevas manadas. Todo el tránsito de nuestra historia, en el que íbamos descubriendo nuevas tierras, regiones y continentes, era un estado en el que un solo humano o un grupo de ellos, se podían alejar como para crear una nueva manada e identidad. Cada vez ha sido más imposible esa situación, llegando a la actual, en la cual ya no es posible (aunque tampoco imposible). El mundo está de repente lleno de humanos, los territorios y sus fronteras están bien perfilados, las identidades bien divididas (o casi, dada las situaciones de más divisiones históricas). Lo que se esconde, por lo tanto de fondo, es la territorialidad; en un mundo donde todos los territorios están ocupados. El problema de la otredad ya no se puede resolver por el aislamiento y la búsqueda de una nueva manada. Nos encontramos en una situación en la que si se despierta la sensación de otredad, ya no se puede resolver, sino que queda encerrada en el propio individuo como sentimiento “envenenador”. Con que de repente no cabe otro comportamiento que el propio de los animales acorralados -atacados en su identidad, en su supervivencia-, que no se resuelve mas que por medios expeditivos, a través de la agresividad y que crean, en ese proceso de degradación de la unidad, de la no pertenencia a ninguna identidad, ese despertar del odio, como respuesta básica-evolutiva. O sea, lo que está en juego es la escasez. Si en un grupo humano se da escasez (territorio, vivienda, recursos, trabajo, sexo) se rompe la unidad, cada individuo tiene que luchar por sus propios medios (recordar la respuesta de los hermanos en las nidadas). Una sociedad que se base en la injusticia, en los desniveles de acceso a los recursos, no puede dar o crear un sentimiento de unidad en todos sus individuos. De esta forma la identidad se pierde a favor de la propia supervivencia. El odio nace como una respuesta evolutiva de autodefensa. Si se pierde la identidad, que me adhiere con los otros, todos se vuelven potencialidades de mi odio. La agresividad potencial será mi segunda piel.

   Por todo esto me parece superficial y maniquea la lucha que se emprende contra la violencia de género. Primero porque  de lo que se trata de fondo es si una sociedad dada es justa o no, y trata de paliar la falta de equidad o no, como para que no se de esa rotura con la pertenencia y la identidad. Hoy en día no se ve ningún atisbo de justicia y equidad, y que se luche en ese sentido. Más bien es todo lo contrario, los ricos cada vez más ricos y los pobres más pobres. No cabe tratar de ir a otras regiones o países porque se está construyendo un mundo y unas leyes que excluyen la otredad, que no crean unidad. La España de las autonomías está llena de desigualdades, en dónde si naces en cierta región tienes menos opciones que si naces en otras, y donde casi se ha vuelto imposible ir a otras regiones porque se da ciertos privilegios de unos sobre otros, por el idioma o por el lugar de nacimiento. A todos los niveles se crea un estado de malestar, en el que cada vez se pierde más cierta unidad humana y se gana más en pertenencias a regiones cada vez más identitarias. La soledad es el primer síntoma, este sentimiento es el que creaba la capacidad para separarse del grupo y buscar una nueva manada, ¿pero dónde ir si ya no existe tal posibilidad? La soledad no se resuelve, se padece. En algunos individuos ese odio remanente hacia todo, lo introyectan, pudiendo llegar al suicidio. Otros, sin embargo, lo proyectan hacia afuera como un odio hacia todo, que sólo se puede resolver por medio de la agresión (salida de la violencia de género: no puedo contra el sistema, pero sí contra ti y tu sexo, por tu “debilidad” física).

   Lo que se deduce de fondo es el partidismo ideológico de la psiquiatría (y por lo tanto en su lenguaje). Si una persona llega a esa situación de aislamiento, se le cataloga de depresiva y se le culpa a ella por no encontrar caminos. Si su falta de identidad con el grupo se proyecta con agresividad, se le tacha de borderline, de padecer trastorno límite de la personalidad, y de nuevo le echamos la culpa a él. ¿No nos damos cuenta que es un problema social?, que lo que no está sana es la sociedad actual. Que estamos en unas sociedad donde la escasez y la falta de justicia nos vuelve seres en cuya base, al no ser de amor o la armonía, es de la del odio. La identidad forma parte de nuestro ser. Tratamos de “encajar” en una identidad, en la medida que nos vemos aislados de esa identidad (despedidos, desplazados), se despierta la respuesta primigenia y salvaje del odio, de la individualidad, del sálvese quien pueda.

   A la psiquiatría le hace falta un cuerpo sólido en sus teorías. Se olvidan de las respuestas animales, de las respuestas básicas que forman parte de nuestro ADN. Tienen que crear un puente con las teorías evolutivas (la psicología evolutiva está en ello, pero estos a la vez se olvidan de los problemas sociales). Hay muchos de los mal llamados trastornos, que no son otra cosa que respuestas ante esta nueva situación de falta de territorialidad. Hay una respuesta básica de búsqueda de nuevos territorios, de crear una nueva manada, que quedan “taponados” en la situación actual. Pienso que cuando se tiene una infancia con falta de amor se activa un gen, que a falta de otro nombre o conceptualización, “despierta” una respuesta de “todo o nada”, ya que la falta de amor, es un síntoma de escasez. Ese “todo o nada”, dependiendo de los genes, crea seres ansiosos (que pueden tender a lo agresivo), crea a los depresivos, o un intermedio que son los bipolares. Esos tres estados, los son en tanto que hay una pérdida de corresponder a un grupo, a una manada, y les hace buscar salidas. Puesto que no hay posibilidades de crear una nueva manada, se resuelve por medio de los “síntomas” que se aprecian en ellos (teoría comunicativa de trastorno: todo trastorno “habla” o es una queja de algo externo). Son “agresividades”, “odios” encerrados entre los cuatro muros de su cráneo, que a veces lo introyectan y otras veces lo proyectan. Su “cura” es la de hacerles que se “diluya” ese estado, haciendo ver que están “equivocados”, pero esa salida sólo es posible si la sociedad, en la que se tiene que integrar, es justa como para que pueda crear un sentimiento de identidad, de integridad. El resto de soluciones siempre lo son a medias, tiritas en el tajo hecho por una espada herrumbrosa.

   Y aquí llego a la teoría o cuerpo principal del presente artículo. ¿Por qué los Judíos no mencionan tanto al odio como para que al final fuera incluido entre los pecados mortales por el cristianos?, ¿por qué no lo incluyeron estos mismos, si se basaban en el amor? El odio se tuvo que mantener (y no incluirlo como un pecado) porque es “útil” a un propósito ideológico e identitario. El Judío era un “pueblo débil” entre unos pueblos colosos (Asirios, Babilonios, y Egipcios), si no se insuflaba odio hacia ellos, ¿cómo podrían crear un ejército? No hay mejor defensa que un pueblo bien motivado. Filisteo, que hoy en día es un adjetivo, proveniente de las escrituras, para referirnos a una: “…persona de espíritu vulgar, de escasos conocimientos y poca sensibilidad artística o literaria” (fuente RAE), es una palabra de origen judío, que en un principio se refería a un pueblo que conquistó a la parte costera del reino de los Hebreos. Por otro lado se cree que el emperador romano Constantino I, “adoptó” al cristianismo, porque su propio ejército fue perdiendo aquella motivación de los primeros decenios, y dado el fuerte fervor identitario de sacrificio de esta creencia, la cual demostraban al dejarse morir en sus circos. ¿Cómo en esos primeros momentos iban a incluir el odio como uno de los pecados mortales, si les hacía falta para que el pueblo luchase contra lo otro? Lo que para los judíos eran los filisteos, para el pueblo romano eran los bárbaros, y más tarde para los colonizadores cristianos “los salvajes”. En definitiva, para crear una identidad, no sólo hay que amar a esta, hay que odiar la contraria. Es más, se habla del amor a tu identidad, pero no se habla del odio a lo otro, porque eso es negativo, y ya va incluido en el concepto de amor a lo propio. Dicho más llanamente, amar tu propia identidad -y alentarla-, ya implica otredad y por lo tanto odio soterrado.

   Estamos constantemente manipulados. No hace falta recurrir a ideas conspiratorias, los propios conceptos, en sí mismos, ya tienen encapsuladas las conspiraciones. Un concepto puede tener un inicio azaroso y va cogiendo fuerza a lo largo de los años y los siglos. Se cree que judas en realidad no existió, o de existir no tenía tal nombre, se “eligió” este por su cercanía al nombre de los judíos. Odiar a Judas era, soterradamente, odiar a los Judíos (un insulto típico en España, aun habiendo echado a estos hace más de cuatro siglos, es “ser un judío”, no seas judío, para detonar que se es una persona avariciosa y usurera, de la que por extensión, no te puedes fiar.) Visto todo bajo este prisma, el Holocausto Judío, como “solución final” Nazi (Europea), ya se inició con ellos mismos, -trampa en la que uno cae por ignorar que esta no conoce a nadie-, al no ir contra el odio, o ponerla como una de las bases de sus creencias y condiciones morales.

   Tampoco voy a echar todas las “culpas” a la tradición judeo-cristiana, este comportamiento de la manipulación de los conceptos es muy humano. En la situación actual, en pleno siglo XXI, ¿nos hemos librado del poder de la manipulación de los conceptos?, no. Hoy en día nos manipulan haciéndonos creer que la violencia machista es un problema de ciertos individuos, en vez de tratar de ver que en el fondo es una secuela que parte de las injusticias sociales. Nos hacen fijarnos en ese problema, cuando hay más suicidios que asesinatos de género, -el viejo truco del mago, distraer al público de dónde tiene que poner realmente la atención-, en 2014 hubo 51 mujeres asesinadas, frente a 3910 suicidios, con que sólo un 10% sea por problemas de injusticias sociales, ya son más que por la violencia de género. Si se analiza una estadística del número de suicidios por años, se ve una clara concurrencia entre crisis económica y suicidios. ¡Claro, el suicidio puede mostrar claramente que hay un problema social como para publicarlo!, pues muchos suicidas llegan hasta esa “solución final” porque anteponen su orgullo a tener que vivir en la calle, pidiendo o tener que estar luchando contra las estúpidas leyes sociales, que ponen mil trabas para darte algún tipo de trabajo o ayuda. ¿Cuántos suicidios salen en los medios?, salieron aquellos demasiado escabrosos y públicos (personas que se quemaban en bancos) que no pudieron esconder, al principio de la crisis y que hicieron más por lo social que la asentada de los “indignados”, pues crearon una fuerte llamada de atención al gobierno, que no tuvieron forma de esconder y que además podía propagarse de forma epidémica y vírica. Hoy en día ya no sale ningún caso, ni siquiera a nivel local, de cada ciudad.

   El suicidio es uno de esos conceptos manipulativos. Se asocia muy a la ligera suicidio con cobardía, dejando de lado que hay muchos tipos de suicidios (para los antiguos griegos, no contemplar el suicidio era tener mentalidad de esclavo: ante la adversidad y la injusticia había que suicidarse antes que aceptar ser esclavo o pedir limosna. Después tenemos el suicidio anómico: para el bien de la comunidad, necesario dentro de unas décadas, si fuésemos verdaderamente racionales). De nuevo, en eso, tienen que ver mucho las ideologías y las religiones… lo identitario. Los intentos de suicidios están penados (hoy en día en España no, se hace la “vista gorda”), porque -desde siempre- tu vida no te pertenece: pertenece a Dios o a la patria, pero no es tuya. En un mundo de guerras no se puede permitir el suicidio, cuando esa persona es un potencial soldado, un recurso futuro de defensa o ataque. ¿Es suicidio salir de una trinchera ante una hilera de metralletas, como sucedía en la Primera Guerra Mundial?, no, ¡en ese caso se le llama valor y te pondrán una medallita póstuma!

   Apostillo para finalizar. Qué es preferible, ¿odiar o deprimirse?, sin duda lo primero. En ese sentido proclamar un universo humano perfecto regido por el amor (como lo hace el cristianismo o por extensión el humanismo), es hacer que mentalmente una persona sublime su odio hacia lo social, como un odio hacia sí mismo. Es esta mentalidad la que crea la fuerte tendencia hacia la depresión en el mundo occidental. Por el contrario alentar el odio, es algo que nunca le haya convenido al poder. Ahí tenemos la ley “mordaza” en España, creada en una situación de crisis, porque saben que el odio crece con la injusticia. Entonces, qué es realmente la “resistencia no-violenta” de Gandhí y que tanto se proclama hoy en día de bandera. A mí no me parece más que otra forma de evitar el odio como arma invasiva contra la injusticia. Un nuevo invento que alienta el poder, porque sabe que en esa lucha de resistencia no-violenta, tiene más posibilidades de ganar. ¿Qué ha sido de los “indignados”, se ha conseguido algo?, no. La resistencia pasiva se diluyó. “Podemos” terminará siendo un partido entre otros, vencidos por los poderes fácticos y la burocracia. La “resistencia pasiva” sólo está llevando a la depresión individual y al suicidio. ¡Cuidado que no tilden a este artículo de “incitación a la violencia”! Se hacen las leyes para prevenir la caída brusca de un estado injusto, la incitación a la violencia es una de esas leyes, previniendo ante todo que el nivel de odio pueda propagarse en la comunidad de los que sufren la injusticia. O sea, deprímete, que te daremos unas “pastillitas” (si vas al médico de cabecera y te quejas de estar desalentado, te darán unos antidepresivos sin ningún otro análisis), pues tienes un desequilibrio químico…, y no odies, que no es cristiano, ni humanista. ¡A la mierda, viva el odio que me hace sentirme vivo y luchar! De suicidarte, haz saber que es una queja por la injusticia social, conviértelo en un suicidio griego y anómico.