Lo que Es y lo que (a)Parece XXXVII – ¿El Fin de la Postmodernidad y el Nihilismo?

 “El futuro del colectivo vive en el presente de los individuos agobiados por sus problemas, que representan los órganos de ese colectivo.” E. Neumann

   Final de ciclo. En este escrito termino la serie de artículos “lo que es y lo que (a)parece”, que no sé si podría ser calificado de ensayo o sólo de caos. En el presente artículo he de tratar de sintetizar demasiados conceptos e ideas. No sé si lo lograré. En la medida que es un pastiche, puede que no sea “elegante”.

   En el escrito “Acotando el postmodernismo” decía: “de los tres puntos o sumandos de lo que es el postmodernismo, al único -que inevitablemente no es volver al pensamiento mágico y los dioses, ni devolver la legitimidad al líder-, le falta una vuelta de rosca y es el de comprender y el aceptar que sí tenemos una naturaleza. Que el humano ha de asumirse como lo que es y construir a partir de estas taras y bondades”. De eso se trata este artículo, en aquel decía que no parecía haber un más allá del postmodernismo, que era en definitiva el tan pronosticado “fin de la historia” (en realidad del metarrelato, Lyotard) y que de haber una salida era volviendo a reconsiderar alguno de los puntos que daban la suma total fatídica. A lo largo de los días he pensado y repensado el tema. La conclusión final es que ni retomando el tema del hombre, para iluminarlo bajo una nueva luz, se cambia nada. Que no hay ninguna salida o un más allá. Hemos llegado al máximo humano de sus posibilidades (narrativas y no descriptivas) y lo que hay es lo que queda. De cualquier forma he de mostrar ese “giro de tuerca”, anunciado, para que se tenga en cuenta.

   Antes he de aclarar cosas de los dos escritos anteriores. Cuando digo “muerte del yo” me refiero al yo que en descripciones de capítulos atrás era tratado como el yo (conciencia) y el yo ampliado, en el lenguaje de Antonio Damasio. El proto-yo queda sin tocar. La auto identidad, en base de los sentidos más básicos y nucleares, como la propiocepción, quedan intactos. Que el yo es un constructo, basado en el pensamiento mágico y que tiene sus propias estructuras en el cerebro, dan cuenta cuatro enfermedades o trastornos. El más relevante, sin duda, es el síndrome de Cotard: “también llamado delirio de negación o delirio nihilista, es una enfermedad mental relacionada con la hipocondría. El afectado por el síndrome de Cotard cree estar muerto (tanto figurada como literalmente), estar sufriendo la putrefacción de los órganos o simplemente no existir; en algunos casos el paciente se cree incapaz de morir” (Fuente Wikipedia). ¿Qué muere?, sin duda la idea de que la persona en una individualidad en el mundo, algo tangible en lo social. El yo (el nuclear y el ampliado) es un constructo social, que es en la medida que es nuestra imagen ante los demás (proto conciencia, conciencia y ampliada se perfilan como un círculo en donde los extremos, quizás, tengan que ver más entre sí que estos con el yo). La sociedad al completo es el espejo, o allí donde se produce la retroalimentación, un devolver la imagen, que al final uno mismo asume como propia. Si desaparece el espejo, uno no existe o tiende a difuminarse o desaparecer. En este tipo de trastorno el pensamiento mágico “asume” que si no se existe para los otros uno ha de estar muerto. Para Sartre el humano lo es mediado por las emociones, donde “el paso hacia la emoción es una modificación total del «ser-en-el-mundo» según las leyes muy particulares de la magia” (“mageicidad” en mi lenguaje, para ponerla como una cualidad “-idad”, del cerebro y humana), teniendo en cuenta que “la teoría psicológica de la emoción presupone una descripción previa de la afectividad en tanto que ésta constituye el ser de la realidad-humana; es decir, en tanto que resulta constitutivo para nuestra realidad-humana el ser realidad-humana afectiva”(1). Todo síndrome hipocondriaco es una toma de conciencia de uno mismo consigo mismo y con el mundo, pero en la medida que las emociones (o conciencia emocionada) son las reglas para ese saber, y puesto que saber siempre es en tanto que emocionado, es por este hecho que toda toma de conciencia -tética- es en tanto que emocionada y por tanto mágica o deviene en pensamiento mágico. Ese yo, yo ante otros yos, se perfila, como bien dice Anil Seth, en un tipo de delirio, pero en la medida que es asumido como una seña de identidad del ser humano, lo normalizamos. Es, así, parte de nuestra identidad como especie. Dado lo larga de esta explicación, que al final ha recurrido a ser más explícita, sólo nombro las otras tres agrupaciones de trastornos, si bien he de decir que me vendrán muy bien para ciertas elucidaciones posteriores: 1. desorden dismórfico del cuerpo y desorden de identidad sobre la integridad corporal. En estos dos tipos de trastornos la conciencia de sí no asume ni siquiera lo que es el proto-yo, pues “siente” que ciertas partes del cuerpo o fisionomía no le pertenecen, llegando al extremo de querer amputarlas (o no se identifica con ellas, como los humanos transgénero). 2. “El síndrome de Capgras​ o ilusión de Sosias es un trastorno neuropsiquiátrico que afecta a la capacidad de identificación del paciente. Este cree que una persona, generalmente un familiar, es reemplazado por un impostor idéntico a esa persona (fuente Wikipedia). Este tipo de trastorno diferencia entre el cuerpo y la identidad de los familiares, y les crea una “disonancia”  tal que creen que no se corresponden, cuando la primera “evidencia racional” debería de ser la del cuerpo de ese familiar como su principal fuente de su identidad. 3. crisis de identidad, trastorno de despersonalización y trastorno de identidad disociativo, donde este último puede ser transitorio en lo que se llama “fuga disociativa“. El primero el más leve de todos los presentados, es aquel en el que uno se da cuenta de que algo en el exterior nos cuestiona, tanto que se tiende a pasar por dicho estado, en donde nos planteamos todas nuestras maneras de aparecer y ser en sociedad. El de despersonalización muestra muy claramente esa distancia o desapego de sí sobre uno mismo, uno de sus rasgos son las experiencias fuera del cuerpo. El disociativo es el de las personalidades múltiples, síndrome polémico, que viene a decir que se crean varias instancias o creencias sobre la identidad propia, y donde estas entran en liza y se niegan; a tener en cuenta es “estado de fuga“, por el cual el cerebro pasa por un estado temporal de amnesia, en donde se pierde incluso la personalidad, pudiéndose “adaptarse” a tomar una nueva identidad como propia; puede durar días o incluso años. (2)

   Lo que “demuestran” todos estos trastornos es lo que viniera a decir Sartre, nos dice Anil Seth y digo yo. Si el yo fuera un “ente” real y tan relevante, ubicado en una sola parte del cerebro, o fuera aquello a lo que llamamos alma, este no se dañaría de forma fraccionaria, o estaría de forma íntegra y plena o se dañaría y dejaría de estar, sin embargo como es un componente en el que “trabajan” distintas partes del cerebro, dependiendo de qué se dañe, quedara “tocado” en una parte o “funcionalidad” u en otra. La mayoría de los trastornos apuntados arriba no son físicos, sino psicosomáticos, que lo que quiere decir tal cosa, en resumidas cuentas, es que lo que está alterado es la conciencia que tiene uno de sí mismo (o del otro), esa que integra el todo cerebral como una identidad diferenciada por y para sí mismo y para los otros. En definitiva, en unos y otros casos, queda dañado en alguna proporción el proto-yo, el yo y el yo ampliado, la mayoría de las veces los dos últimos. En algunos casos estos trastornos se producen después de daños cerebrales (tumores, accidentes), lo que apunta a que ese yo es el delirio (Anil Seth), o los modos extraños de la “confabulación” o pensamiento mágico (mageicidad) del cerebro al crear su propia idea de sí mismo, y siempre con una finalidad o funcionalidad, que no es otra que la de crear ese ente ante el mundo que tiene capacidades y propiedades para tener control del mundo. Es por lo tanto delusión (concepto o imagen sin verdadera realidad, DRAE) de sí mismo, que se valida en lo evolutivo en tanto que “funciona”  y “sirve” para sobrevivir, restando ansiedad y miedo (o añadiendo optimismo, si se quiere).

   Un punto y aparte es un pequeño respiro, he añadido este otro como subterfugio. Entro en tema.

   Aunque mis escritos “escapan”, en la medida de lo posible, de la filosofía y su lenguaje, no deja de ser cierto que de una manera u otra “caigo” en ser parte de una corriente filosófica u otra, y mis conceptos e ideas son parte de este o aquel lenguaje de la filosofía, pero tratando de no ser reducidos a las “cárceles” de dichos conceptos, y a la vez con la idea de ser más claro en un lenguaje más llano y en la medida de lo posible más científico y conciso. Pero llegados a este escrito he de asumir que parte de mi forma de pensar cae en el espectro del concepto de dialéctica negativa de Theodor Adorno. No creo en el progreso, la vida es una sucesión de hechos sin relación o narrabilidad, etc. Bajo esa idea tendría que haber leído el libro de dicho autor, pero la verdad es que lo he intentado y se me hizo insoportable. Sí he leído, sin embargo, “La jerga de la autenticidad” que apunta en la misma dirección, sin recargarla demasiado del típico lenguaje “árido” de ciertas filosofías o filósofos. De cualquier forma la idea central de la dialéctica negativa es simple: no existe tal cosa como tesis, antitesis y síntesis, que es la idea o concepto base y la que ha “construido” el pensamiento occidental, al heredar tal concepto de Platón. “Necesito” del concepto de la dialéctica negativa para que tengan sentido las ideas del presente escrito. Los conceptos, así, son prostitutos a los que ni siquiera hay que pagar, puro sadismo del hombre sobre lo abstracto, reificación.

   Estaría bien, que para una mayor comprensión del presente escrito, se le leyese el de “Sistemas cerrados y abiertos” y los cercanos a este. Como predije esta perorata no está siendo nada elegante.

   En mis escritos insisto mucho en plasmar una “genealogía de la realidad” para concienciarnos en qué parte del universo -realidad- nos encontramos. Constantemente recurro a ir de arriba hacia abajo, o a la inversa, de cómo ha sido que el humano esté aquí. Uno de esos escrito fue el de “El yo como ego“, en donde saqué a colación el concepto de superveniencia en filosofía. Este viene a decir que el universo se compone de varios sistemas, unos basados en los anteriores, en donde se siguen dos reglas: 1. un sistema es algo más que la suma de los sistemas anteriores, y 2. un sistema superior no puede alterar ni modificar el inferior. A nivel general esta división es como sigue: 1. elementos y partículas subatómicas, 2. átomos, 3. moléculas, 4. células, 5. seres vivos, 6. grupos sociales. Levels_of_existenceYo añadiría otras dos: 7. mente y 8. meme. Eso fue hace casi dos años, ahora cambiaría de orden los dos últimos y serían más bien 7. concepto y 8. conciencia y un último aún por definir. ¿Por qué? A lo largo de los últimos escritos he llegado a la conclusión que la evolución ha creado patrones que es lo que ahora llamamos conceptos: camuflaje, belleza… El cerebro “trabaja” o tiene implícitos dichos conceptos (“las intuiciones sin conceptos son ciegas” del sujeto transcendental de Kant). Con el nacimiento de la palabra nace el concepto de conciencia de sí, de saber que se sabe, por la particularidad de que en el hablar uno mismo se escucha, creándose un circuito en el cerebro en tanto que conocer y “reconocerse” en lo conocido (¿espejo auditivo?), en donde las dos partes no hablan de otra cosa que de sí, que del ente que habla y se conoce hablando por el hecho de oírse, de conocerse. Este patrón se interiorizó con la autoconciencia. Estos dos procesos no tuvieron porqué darse a la vez, el segundo pudo darse después de cientos o miles de años. La teoría bicameral y hechos tan paradójicos como los niños que se “inventan” un amigo invisible, nos dicen que cuando el hombre tuvo ese efecto, del habla interiorizada, en un primer momento no concibió a este hecho como algo de su propio cerebro o ser, sino bajo el influjo del pensamiento mágico, pues pensó o sintió que alguien le hablaba desde “fuera” a él (Dios, un Ángel, las musas…), en su cabeza. Este efecto, de pensar que otro le habla, se sigue dando hoy entre los esquizofrénicos.

   En el trascurso de mis escritos “hice hablar” a Sartre y su concepto de valor (precio). El valor es un concepto que emergió en el ser humano al devenir la palabra y en tanto que este es un animal social. La metáfora del morder de la manzana del árbol del conocimiento o del bien y del mal, explica muy bien ese proceso. Adán y Eva no se sabían que estaban desnudos hasta morder el fruto de dicho árbol. No tenían conciencia de saberse desnudos, no poseían conciencia de sí. Esa manzana fue la palabra. Con la palabra se produjo una rotura entre el objeto y el signo, que lo tienen otros animales, pero que en el hombre esta es a la vez posibilidad de comunicar al otro ese objeto sin que este esté presente. Sea como fuere con la palabra el mundo de los valores entró en juego en el universo, ahora en una nueva capa emergente de la superveniencia. Recordar lo que nos dice esta regla. La vida, la evolución, no explica el valor. El valor no existe en la vida. Existe en la nueva emergencia(3) que era el hombre en tanto que conciencia, en tanto que palabra, y en tanto que conciencia de sí. O dicho en un ejemplo: un león no asesina a una gacela o a una camada de leones que no es la suya: es la “ley” de la naturaleza, pero un hombre sí asesina a otro hombre, luego se han “cambiado la reglas”, entramos dentro de otro sistema. Introducimos los conceptos duales de bien y mal, correcto e incorrecto, acierto y error.

   En mi libro “La imposibilidad de la razón” hacía ver que la narrabilidad es un patrón enquistado, de esos conceptos que la evolución dejó ahí asentado como un esquema por el cual pensar la realidad. Se ve sobre todo al contar una historia, que fue durante miles de miles de años nuestra forma elemental de la narrativa. Está tiene un inicio, un trama y un desenlace. Tal esquema lo ha heredado la literatura, el teatro, el cine… nos gustan las trilogías en la literatura y en el cine, pues es una dialéctica anidada, que crea una dialéctica “perfecta”. Si nos damos cuenta tiene la misma estructura de la dialéctica. El desenlace es la síntesis por la cual aquello que era lo protagonista ha cambiado de “identidad”. En los ritos de paso o en el monomito del héroe, se sigue este mismo proceso con más o menos puntos intermedios, tramas o antitesis. Mi pregunta, y la cuestión del presente escrito, es ¿existe tal cosa, tal estructura?, habla de algo real y existente en la naturaleza o el universo. En definitiva: ¿existe la dialéctica? Podemos pensar en mil y una cosas que nos dicen que no: alguien con pelo (tesis), y alguien calvo (antitesis) no tienen ninguna síntesis. Una nueva germinación no es una síntesis de nacer, crecer y echar fruto. Es un nuevo estado que empieza desde cero. Menos aún se sigue de cualquier proceso cósmico, la muerte de una estrella no tiene ningún significado, no es tesis, antitesis o síntesis de nada.  Al universo se le puede dar un inicio, un desarrollo y un fin, pero sin nada fuera de esa estructura, sin síntesis. La narrabilidad no es más que un sesgo entre otros del cerebro, de esos que la evolución creó para “dar sentido” a la vida, restando miedo y ansiedad. Un esquema de la narrabilidad, que resta miedo y ansiedad, se da al hecho de la muerte: se vive, se muere y hay una síntesis a este proceso que es otra vida o renacer.

   Tenemos por otro lado que quien mira a través de la ventana, no ve la ventana. Pero el cerebro “sabe” que existe y que la tiene que ignorar. En este proceso sí se da una dialéctica: desear ver el exterior (tesis), ventana (antitesis), ver a través de la ventana (síntesis). Lo que quiero decir es que es muy posible que el cerebro trabaje a nivel interno de forma dialéctica con ciertos de sus patrones o constructos. Si recordamos la superveniencia entenderemos que no porque la dialéctica se mueva en uno de los planos de las emergencias se tiene porqué seguir esta misma regla hacia abajo: no tiene porqué operar ni en la vida, ni en los grupos sociales, ni en las moléculas, etc. Si sacamos de aquí una conclusión, ¿qué otras se pueden deducir sobre la condición humana y sobre la conciencia?

   Este escrito va estar lleno de parches, a los que no puedo dar continuidad, narrabilidad. Viene una nueva disrupción a tenor de que me es necesario introducir otro concepto.

   Con el trastorno de estrés postraumático, entra en juego un circuito del cerebro que tenemos todos. El córtex cingulado anterior en una parte del prefrontal, del pensar, de la conciencia, muy relevante por cuanto es un sistema detector de errores. Todo proceso pasa una y otra vez por esta zona, hasta que este no detecta ningún error y “deja pasar” al proceso. En dicho proceso entran en juego dos áreas más. El hipocampo, o memoria autobiográfica, para compararlos a procesos anteriores, y la amígdala, que procesa o es un indexador de las emociones de esos recuerdos. En el TEPT el cerebro se cicla en los recuerdos del pasado que fueron traumáticos, los cuales el córtex cingulado anterior da como “error” por la alta carga de miedo, estrés o ansiedad y los vuelve a “reenviar” para volver a ser procesados. No me he dado cuenta hasta hace unos días en que concuerda con el circuito de ipseidad (mismidad) de Sartre: “La reflexión, pues, capta la temporalidad en tanto que ésta se revela como el modo de ser único e incomparable de una ipseidad, es decir, como historicidad”. Dicho más claramente, el córtex cingulado anterior, la conciencia y la conciencia de sí o ciclado de retroalimentación, en donde se sabe conocer, sin error que detectar (sin emociones), se apercibe como memoria autobiográfica, como siendo su pasado. Pero la percibe como “objeto”, no como parte de sí misma; sin las emociones “logra” distanciarse de este módulo como fuera de él. Ve el pasado como desde fuera. Se ve, así, a la propia identidad, que es uno en tanto que su pasado, como algo externo, proceso que se capta como ese tener conciencia de sí, pues como nos dice Sartre el circuito de ipseidad no es el ego, no es yo. Si hilamos más fría y distanciadamente, se puede llegar a la conclusión que la conciencia de sí, sin ningún contenido apremiante, se toma como un todo u objeto de sí mismo en tanto que vacío o nada, y es a este proceso al que podemos llamar razón. Se entiende por razón el poder analizar las cosas fuera de la emotividad. Vemos así que este circuito es cierta forma de trabajar del cerebro, y vemos muy bien que nos puede valer el concepto de circuito de ipseidad de Sartre para nombrarlo.

   Nueva disrupción o salto argumental, hay que tener paciencia, lleva a algo al final.

   El ADN es un libro de instrucciones de “A, luego B”; de tener programados ciertos ajustes que se “sabe” que se repiten una y otra vez a lo largo de las generaciones y de las interacciones con el medio. A tal edad y si la joven llega a cierto peso, propiciar la primera menstruación. Pero este sistema es “ciego” a las condiciones externas. Para nos ser tan ciego, para “leer” mejor el medio, se valió de los cambios epigenéticos. Con este sistema activa y desactiva grupos de genes que se tratan de “adaptar” mejor al medio.

¡Otro giro!

   En el escrito anterior introducía el concepto de pulsión. Esta viene de lo sexual. Llegada a cierta edad se activa dicha pulsión como el doble deseo de ser autónomo que implicaba la búsqueda de pareja y la reproducción. En el lenguaje freudiano esta pulsión era representada por el dios Eros, que tiene como opuesto a thanatos o pulsión de muerte, término introducido por su discípulo Wilhelm Stekel, para referirse a un conjunto de hechos estudiados por Freud. Darse cuenta que el contrario del placer debería de ser el dolor, pero a partir de las vivencias de Freud durante la Primera Guerra Mundial, y de los soldados con síndrome postraumático, como otros estudios en sus pacientes clínicos, cambió dicho concepto por el de muerte, por cuanto el cerebro se “cerraba” (ciclaba) a esas situaciones de dolor y trauma que restaba todo pulsión de vida, negándola. Pues bien. En la mayoría de los casos, lo que ocurre de fondo en estos daños mentales, es que se producen cambios epigenéticos, de tal manera que estas personas quedan “secuestradas” en un nuevo estado, en donde la pulsión es de muerte o el contrario a de eros y vida. La química cerebral, el “balance” de neuromoduladores, parecen “funcionar” bajo otras reglas, finalidades y parámetros. ¿Cuáles son estos y por qué o para qué? ¿Son los pesimistas parte de este nuevo “ejército”?

   En mi libro “la imposibilidad de la razón” analizo un tipo de persona al que he llamado preconciente, que es ese tipo de persona que estoy revelando aquí. Llamo con dicho término sobre todo a aquellas personas que han tenido que madurar antes de tiempo. Que han tenido que activar la conciencia en tanto que razón, antes de la edad que se espera en cualquier humano. Encaja con esa chabacana idea de cuando a alguien se le dice que es un “espíritu viejo”, por el modo en que analizan la realidad. A la mediana edad se le llama “la edad de la razón”, pues bien, estos individuos los son ya en los primeros años de la niñez o la adolescencia. Pero no todo es tan fácilmente reductible. No todo preconciente es “pura razón”. Dependiendo de su genética se manifiestan de distintos modos. Entre ellos he incluido a los nerds (aislados por su físico y comportamiento), a los solitarios, a los rebeldes, a los artistas y a ciertos cómicos, pero también a los psicópatas. De una manera u otra ocurre por dos posibles hechos, que tienen el mismo origen, que es un  cambio epigenético. Si durante la infancia se padece un fuerte trauma, o se vive sin padres o en familias disfuncionales, se puede dar este cambio epigenético. Si el padre ha pasado por un trauma que le haya provocado un cambio epigenético, es muy posible que ese cambio lo hereden los hijos a través del espermatozoide que los engendra. En la madre las cosas aún son peores, mientras que en el padre solo pasa a la siguiente generación, si el cambio epigenético lo porta la madre lo heredan sus hijas y nietas, pues al nacer las niñas ya llevan los óvulos que les vienen dados por la madre, con lo cual sus hijas lo heredarán. La forma de vivir (como por ejemplo el estar sometido a un persistente estrés (descargar archivo), que en el humano puede venir de la conciencia de ser víctima de la injusticia social), la clase social, y el medio ambiente repercuten en la epigenética: hay una fuerte relación entre una dieta pobre y la depresión.

   Esta teoría encaja con lo que vemos de la vida. Se nace o se crece pesimista; raramente uno se vuelve pesimista, a no ser que pase por un síndrome postraumático. Una gran mayoría de filósofos son pesimistas o más negativos que otros en todos sus escritos: Nietzsche (con su voluntad de poder se quería dar fuerza primero a sí mismo), Schopenhauer, Kierkegaard, Cioran, el propio Theodor Adorno, o el primer Sartre. De Sartre y de otros se aprende que igual que se pueden activar cambios epigenéticos que activen la pulsión de muerte, se pueden desactivar por el fuerte éxito o estados prolongados de estabilidad y felicidad. Fácilmente se deduce que quien nace o desarrolla la pulsión de muerte siente la conciencia de sí como una carga, como un error; mientras que los que no tienen tal condición, los que viven bajo la pulsión de Eros, sienten y portan la conciencia como algo positivo. A cada cual con sus qualias. Sus “Verdades” nos son transmitibles para los otros, para los que no son de su misma “raza”. En la actualidad, y hacia donde vamos, es hacia la familia disfuncional, en donde se da un terreno más propicio para desencadenar traumas y cambios epigenéticos, generando a su vez más pesadumbre y pesimismo generalizado en la sociedad.

   Si echamos un ojo a la tabla de la superveniencia, vemos que este cambio, el epigenético, está dentro del “grupo” de los animales sociales, pues otros animales sociales de cerebros complejos igualmente generan traumas. ¿La evolución es tan ciega y pérfida como para generar algo que en realidad es negativo y contra intuitivo con respecto lo que se entiende por evolución? ¿o tiene algún plan? Si he de apostar por algo, ese cambio epigenético alienta al animal a un “todo o nada”. A ser más “salvajes” en sus posibles conductas o a morir en el empeño. Si esa apuesta hay que representarla a una imagen, es como cuando se está acorralado por un depredador y este animal se tira a por el depredador, o se defiende tan fieramente, que aunque herido, termina por poder huir. Otra conclusión a esta regla es que este opera distinto si se es una especie depredadora o una especie no depredadora. A los depredadores les “funciona” mejor ese “todo o nada”, puesto que o bien en soledad les va a hacer que sean más fieros, el caso de los leones o los lobos, o en grupo van o a tender a ser dominantes, o a aceptar una posición media o baja en la jerarquía. Resumiéndolo así, el cambio epigenético es una apuesta evolutiva a luchar o a morir, mediado por la pulsión de muerte, que aunque de muerte, antes es pulsión.

   En el humano se añaden tres capas más. Aparte de que somos un grupo social, tenemos conciencia por la cual tomamos “contacto” con los conceptos asentados durante la evolución en el cerebro. Creamos un nuevo nivel de grupo social, mediado por los conceptos, por las palabras, por los paradigmas, por la religiones… por el mundo de las ideas. Así si en el individuo dañado, entre los animales, es tan sólo ese “o todo o nada”, en lo humano tal concepto cobra otras nuevas dimensiones. Una de ellas es que el “pesimista”, que yo llamaría realista depresivo, pero lo dejaremos estar, ya no es un “porque sí” o pura pulsión de muerte, lo que “mata”, contra lo que lucha en la estructura de lo humano. Es la antitesis o dialéctica negativa del optimista o contra la pulsión de vida o eros. Puesto que en lo social y en el cerebro se crean muchos tipos de conceptos o patrones, esa dialéctica negativa de la pulsión de muerte se manifiesta de varias formas. Una de ellas es a través de “crear” a las personas altamente sensibles, las cuales al tener una mayor activación de las neuronas espejo, les hace tender a ser más conciliadoras. Por otro lado, como lo que se activa en este cambio epigenético es un mayor protagonismo del córtex cingulado anterior, hay un segundo grupo que tiende a la reflexión y al perfeccionismo, que se manifiesta en la llamada mentalidad divergente de los científicos y los artistas. El lado negativo de este cambio epigenético son los rebeldes, los que muestran una patología de personalidad límite y los psicópatas. Finalmente ese lado oscuro y pesimista crea un tipo de humorista, que tiende al humor negro y reivindicativo. El autismo, sobre todo el de los de alto funcionamiento, parece ser una vuelta de rosca de la evolución en apostar por la mente fría y puramente racional, frente a lo mágico e irracional de la emoción.

   En lo que me quiero detener es en esa dialéctica negativa de la pulsión de muerte. Bajo el punto de vista de un realismo depresivo lo “errado” es el optimismo. La evolución se ha valido de cientos de sesgos para “dulcificar” la realidad, que no dejan de ser formas erradas para la razón. Si el realismo depresivo “sirve” de algo es para hacer ver cuándo se equivoca en algo la pulsión de vida. O sea, se la llama pesimista desde la distancia del optimista, pero en realidad tiene un mayor contacto con la razón, puesto que su módulo principal cerebral es el detector de errores, que trabaja de una forma más afinada y crítica. Esto se hace evidente en todas las formas de expresión de la pulsión de muerte: el perfeccionismo del artista, la bondad y el sacrificio del conciliador, la frialdad del psicópata, la profundidad y capacidad para la abstracción del científico, y la sagacidad del humorista. Mientras que el optimista, la pulsión de vida, es pura acción en la vida, el pesimista es un meditar antes de actuar, aunque en ese proceso se pierda inmediatez y se gane distancia con el mundo. A destacar, entre las apuestas de la pulsión de muerte, se encuentra el autosacrificio. En los animales depredadores, en sus crías, si se da escasez estas atacan a sus hermanos más débiles y tienen ventaja de que haya menos bocas que alimentar, o incluso se las comen. El animal más cercano al humano es el chimpancé, este es algo depredador, caza monos; eso mismo se supone de nuestro mismo pasado, pues descendemos de omnívoros que añadieron la carne a su dieta, frente a otros homínidos no carnívoros que se extinguieron (mala noticia para los veganos). En esa coyuntura el humano se ha visto una y otra vez en cuellos de botella y dificultades en donde se tendía al canibalismo, ya sea de vivos o de muertos. Como somos una especie de pensamiento mágico, de espiritualidad, concebimos y recargamos al sacrificio y al canibalismo de componentes mágicos. El “éxito” y calado de la historia de Jesucristo proviene de su sacrificio, de su dar la vida por nosotros. En el “rito” de tomar la hostia, se produce una encarnación -acción de volverse (en)carne- simbólica de Cristo, por la cual nos alimentamos de su carne y de su espíritu o esencia. Hasta fechas tan cercanas como la Segunda Guerra Mundial ha habido canibalismo, sigue presente en nuestros cerebros, se volverán a dar en cuanto haya hambrunas mundiales. Se da igualmente como un tipo de trastorno, que se perfila en el carismático Hannibal Lecter, el caníbal de la literatura y el cine.

   Ya tengo todo perfilado. Aquí viene mi tesis.

   De mis escritos se deduce que el postmodernismo, más vital, y su hijo “caníbal” que es el nihilismo, pulsión de muerte, son una “conclusión” lógica de la historia. No claramente una dialéctica platónica, por la que apostó el hegelianismo y el marxismo y que devino en el materialismo dialéctico, si no tan sólo uno de esos pasos de la negación de un estado a otro y de este a otro, de una dialéctica negativa. Es un fin, de un trayecto en donde el metarrelato, el pensamiento mágico y el vitalismo han agotado todas sus posibilidades de subsistir. Ha habido unos siglos en los que Dios ha “luchado” contra la técnica, contra su sentencia de muerte, pero al final esta segunda ha vencido. Los millennials, eternamente móvil en mano, -como hijos del postmodernismo- son la herencia hedonista de un vitalismo ahora ya vacío. No necesitan fines últimos, no necesitan relatos, no necesitan un destino, un trascender. Viven encadenados en un aquí y ahora que les llene sus vacíos espirituales. No necesitan alma, no necesitan espiritualidad, la carne ya les ha de valer. Se entregan y se vacían en cada una de sus experiencias, las cuales cada vez han de ser más locas y extremas (nuevo tipo de cine de fiestas locas). Frente a este vació de lo vital ya sólo queda como posibilidad la pulsión de muerte en una de sus formas: la razón.

   En el corazón no visto del libro “La imposibilidad de la razón”, mi idea primigenia era la de optar por la razón lo más libre posible de las emociones. Pero mis propias conclusiones durante su redacción, y la lectura de la “Dialéctica de la Ilustración“, de Adorno junto a Horkheimer en aquella época, me hicieron creer que era un error. Mis propias conclusiones fueron que el Estado era un ser frío y sin emociones, el cual nos estaba llevando a la situación actual. Las de la Dialéctica de la Ilustración eran que la frialdad de la razón dieron como resultado el Nazismo y el holocausto judío. Una idea y otra me hicieron cambiar de opinión y que era un error apostar por la razón. Hoy sin embargo vuelvo a retomar mi idea central de aquellos años.

   El humano es ese que ha pasado por un evolución en donde lo principal era sobrevivir. A tal propósito se valió de mil y un sesgos. Dichos sesgos están en lo nuclear de los inicios de la civilización, con la fe en los emperadores, las religiones y el patriotismo. Se basan en conceptos tan primitivos como el seguir al macho alfa, el pensamiento mágico y la territorialidad. Si bien ha “funcionado” en alguna medida, también es verdad que ha generado más violencia, injusticia, dolor y destrucción que sus contrarios. La Ilustración nació bajo el concepto de ir derribando todo lo que tuviésemos de “primitivo”, pero no se ha llegado a lo humano, sino tan sólo a lo políticamente correcto. No a la verdad o búsqueda de la identidad humana, sino a la máscara del contrato social. No al humanismo como un estado exultante de lo humano, sino a un humanismo de andar por casa, y como premio de consolación. La falta de concreción de un camino, y ese estado falseado, no nos está llevando a nada. La Ilustración, el humanismo, no parecen funcionar como nuevo relato. En realidad porque no han comprendido qué significa ser humano y qué manada. La manada se basa en la distancia del lloro de un niño: si llora hay que ir a ver qué le pasa. No oímos y sentimos el lloro de un niño del otro lado del planeta. No es posible extender el concepto de manada a la globalización. Si así lo creemos nos estamos engañando y no entendiendo lo que nos dicen los “signos”. Preferimos cuidar a un perro o un gato, que apadrinar a un niño que no “sentimos” en la piel de nuestros sentidos más inmediatos. ¿No es esto suficiente prueba? Las personas, ante una crisis cada vez más profunda y extendida, vuelven internamente al estado anterior del metarrelato, a las creencias, a las ideologías, al populismo heredero de concepto del macho alfa (ahí tenemos el seguimiento de personas como “esquizofrenia natural“, como ejemplo en las redes, o a cantantes como Lady Gaga en la música). Pero es una postura que no funciona, porque este cambio en teoría es de puertas para adentro, en la interioridad, mientras que el humano lo es en tanto que la comunión con el grupo. El líder da luz mientras te “ilumina”, mientras te enfoca con su “linterna” conceptual, pero dicha luz se “apaga” en cuanto este no está presente. Un concierto multitudinario o un evento deportivo igualmente multitudinario, no calman la sed de sentirse unidad con la manada. Lo calma por unas horas, pero al volver a casa se retorna al vacío (soledad de alma). Una ciudad no es una gran manada. Una ciudad es el cruzarte una y otra vez con personas de otras manadas, con otredad. Se sale a la calle, a la carretera y a los espacios comunes, con una ansiedad previa de que puedes perder los nervios a la menor, con cualquier extraño. Se nota sobre todo en los supermercados y las carreteras.

   Frente al loco vitalismo del optimismo, de Dionisos…, Apolo, la razón, la pulsión de muerte, siempre ha frenado esa pulsión “loca” de Eros. “La razón obra con lentitud, y con tantas miras, sobre tantos principios, que a cada momento se adormece o extravía. La pasión obra en un instante”, Pascal. Nietzsche era la dialéctica negativa de Hegel, Adorno de Heidegger. Nietzsche erró el tiro con su voluntad de poder que era Eros, Dionisos y creó una nueva dirección hacia la destrucción, hacia la falta de freno: el nacismo y Heidegger (defensor del nacismo) fueron sus hijos bastardos. He recordado la película del caso real sobre Barry Levinson “The wizard of lies” y su estafa Ponzi piramidal; él siempre deseó ser frenado, detenido, descubierto (otro caso es el de  William Randolph Hearst , plasmado en la película “Ciudadano Kane“, el cual se metió en la dirección de acumular y acumular sin límites bienes, los cuales permanecieron sin abrir en grandes almacenes, entre ellos un monumento español reducido a sus bloques). He ahí la patología de la pulsión de vida, de Eros, cuando es vehículo sin freno. Sin su dialéctica negativa, crece y crece porque su signo es el “más y más”. Es excrecencia en donde esa exacerbación va en contra del propio sistema que lo sostiene. En el impulso de muerte no tiene sentido el “más y más”: no tiene sentido ser el “más” humilde, pues va contra su propio concepto. La humanidad al completo, el optimismo ciego, al negar a su contrario, al quitarle validez ha creado el monstruo que la humanidad es ahora, esa carrera empezó con la denominada idea del progreso y la civilización. Quizás hubo algún equilibrio entre ambos mientras el metarrelato seguía vivo, a lo largo de la historia y antes de la anunciación de la muerte de Dios. Hoy el freno ya no vale. El trastorno se ha vuelto norma en un mundo donde ni la manada ni la espiritualidad son lo que tenían que ser. En el nuevo signos de cosas, por un lado está el postmodernismo y su contrario, ahora, es un aspecto de sí mismo aún más negativo: el nihilismo. La razón tiene que prevalecer, ahora y ya, como momento de un frenado en seco. Bajo mi lectura de la historia, como preconciente, creo que el “sistema” humano “funcionaba” mientras esta se mantuvo errabundo y en manada. Pues todo guardaba el orden para el que la evolución había creado todos sus mecanismos cerebrales. El preconciente en aquella época era el chamán, la mano derecha del líder, el artista, el que se sacrificaba. No había un daño generalizado, la pulsión de muerte quedaba como una parte integrante de la manada. Más en el momento de abandonar esa forma de vida y apostar por la ganadería, la agricultura y el asentamiento, el humano como tal sentenció su futuro, hacia su fatalidad, pues la técnica, al principio rudimentaria, terminaría(ra) por matar todo cuanto era parte de aquel humano errante y en manada. En aquel inicio hay más lecturas que la simple, fallida y llana del progreso. La civilización se estructuró con la misma “arcilla”, con la misma mentalidad y las mismas herramientas mentales que el estado que le precedía. Craso error. Si en humano de manada seguía al líder, ahora en ese estado en progreso se convirtió en idolatría. Si el líder tenía ciertos privilegios propios de alguien de mayor tamaño que requería de más comida, de repente el líder se encaminó hacia los signos de status, en donde la riqueza era lo único que le llevaba a alcanzar aquella oscura meta. Mientras en su etapa errabunda la territorialidad no tenía tanto peso, ahora se tendió a la creación de imperios, donde la conquista era una premisa. Donde antes era un laborar en comunidad, de repente aparece el trabajo… tan oneroso y letal que se tuvo que apostar por la esclavitud. Había muerto, por tanto, ese precario equilibrio (con frenos, si se quiere) en las que las partes negativas de los sesgos cerebrales permanecían adormecidas y retenidas, para devenir así en un desequilibrio tan grande, en donde lo que nacía ahora era la constante sensación del desequilibrio jerárquico… en definitiva de la muerte del equilibrio y la justicia. ¿Os imagináis el ser nómadas de aquella época y que de repente te dijeran, aquí y allá, que por allí no podías pasar, porque ahora pertenecían a alguien? Hoy lo tenemos tan asumido, que ya nadie se lo cuestiona y sorprende (yo sí, como apuntaré al final). En su sentido más profundo somos descendientes de una apuesta hacia la injusticia. Nunca más la hemos vuelto a reponer. Toda la historia humana se puede analizar bajo el prisma de los intentos por volver a restituir aquella justicia primera. Nunca se ha conseguido. Ahora, con la muerte del metarrelato, aún se han vuelto peor las situaciones. Las diferencias entre ricos y pobres, entre países ricos y pobres nunca ha sido tan grande. ¡Que diferencia el ahora, de magnates invisibles de infinito poder, y el ver una serie como “Vikings” -u otras de ese estilo- en donde el rey aún andaba entre sus ciudadanos…, y que gran diferencia de ese paso con respecto a las tribus de cazadores-recolectores que aún quedan!

   Hoy más que nunca es necesario la voz de la pulsión de muerte, de los agoreros, del segundo proceso de la dialéctica negativa. Necesitamos reconocer nuestros “pecados”, todos los fallos que hemos cometido en el pasado desde esa primera germinación intencionada del trigo, y encaminar el futuro a restituir aquella justicia primera antes de las situaciones posteriores. La razón ha de prevalecer. Se dice que la IA (inteligencia artificial) no es posible en una máquina no sintiente, ¿y qué es sino el Estado? Este es un ente abstracto que en sí mismo se parece más a una máquina que a un ser humano. Pero prefiero la justicia fría de la máquina, que las argucias del poder y demás sesgos negativos asentados en el cerebro humano. No quiero la limosna de los hombres y las organizaciones bondadosas, prefiero que el Estado, por el sólo hecho de ser ciudadano, y en tanto que el “culpable” de la escasez del trabajo no soy yo, y sí este tiene parte de la culpa, equilibre la justicia y me proporcione un dinero para sobrevivir con dignidad. Si no hay trabajo para todos, hay que sumar racionalmente todas las horas de trabajo y dividirlas por todos los potenciales trabajadores. No que haya que luchar contra otro ser humano por un mísero trabajo considerándolo en el proceso otredad. No quiero luchar, no quiero otredad con mi vecino, quiero ser un igual entre iguales, un ciudadano entre ciudadanos. Recuper el alma de lo que ha de ser una comunidad, una manada.

   En fin, lo que propongo es reconocer que el humano era “válido” para su estado en tanto que manada. Su situación y su cerebro eran unidad… era para lo que había evolucionado. Ese equilibrio se perdió en cuanto perdió su condición de cazador-recolector y nómada; en cuanto se apostó por los asentamientos basados en el “esto es mío”, sin que el resto tuviera la oportunidad de decir “esta boca es mía”. Se ha de desechar y educar en el saber de todos los sesgos y neutralizarlos lo más posible. Donde hubo una educación ética esta ha de ser sustituida por ese nuevo camino donde aquel primitivo humano quede “desnudo” de cualquier pretendida grandiosidad, que en la actualidad a mí se me presenta constantemente como fatalidad, como pura banalidad y vacuidad. La situación actual es la lógica de lo que el humano es, no hay culpables externos. Si Dios murió, también lo hizo el diablo. Si es posible el mal es porque es parte de nuestra naturaleza, de nuestros constructos sin frenos. No hay que volver atrás, a una vida sencilla, basta poner como meta la justicia. Basta con que el Estado vuelva a recuperar el poder, que ahora mismo ya lo ha perdido, y controlar para que el rico no supere cierta riqueza, y controlar que no haya pobreza. Hay que tender hacia la clase media. La educación y el resto de instituciones no tienen que caer en manos privadas. En definitiva que la razón es la que ha de tomar el poder y es esta la que tiene que gobernar. Si esta triunfa ya no harían falta organizaciones de ayudas humanitarias…

   Rápidamente me dan ganas de callar. Ya la “queja” (antes llamada reivindicación) no tiene sentido, el freno ya sólo deviene en nihilismo, pues la pulsión de muerte ha comprendido que todo es cuestión de sistemas complejos, donde estos están condenados a seguir sus nuevas reglas. Este nuevo sistema, el actual, tiene dos “protagonistas” o dos voces o actores. De un lado están las multinacionales, y de otro la masa, Pan. Los extremos se tocan. Interactúan entre ellos ignorando el resto de agentes. Pan, la masa no intelectiva, la pulsión de vida en tanto que tal y bajo el fatídico “más y más”, no cuestiona a las multinacionales, sólo quiere vivir, expandirse. Integra a estas como partes de su identidad: la comunidad iPhone, Microsoft, Samsung, etc. No acepta o tiene entre sus parámetros el autosacrificio, sólo es excrecencia. Esa masa es la fuerza que los partidos tienen para ganar: el poder (Estado y multinacionales) las “escuchan” y sintoniza con sus voces. Baste un ejemplo para entender este nuevo trama de los dos opuestos. Una cosa es el feminismo intelectual, y otra muy distinta la interpretación de la masa, del total de las mujeres, sobre esos conceptos. Al igual que son muy distintos los “mansajes” de la ciencia sobre el principio de incertidumbre, la relatividad y el gato de Schrodinger, que la interpretación y las sandeces en las que lo convierten la masa. El político “escucha” a la masa, pues le interesa sus votos, de tal forma que lo que se vuelve en lo políticamente correcto, lo que se generaliza en los social, no es la idea de las feministas intelectuales, sino la interpretación o versión vulgarizada de dichos conceptos. Tenemos así, que el feminismo asentado, y ya legitimado por las leyes, es aquel que quizás no tenga que ver nada con lo que pensaron esas feministas de base e intelectuales. Hoy en día esas fuerzas de la masa, son sobre todo las redes sociales, se les teme (primavera árabe, por ejemplo, o la “llamada” para ir contra el PP en España en las elecciones del 2004) y no les queda otro remedio que escucharlas. En las redes sociales se crea una realidad paralela, que en muchos casos no “sienten” (ven) los ciudadanos de a pie menos “conectados”. En la redes sociales hay una guerra de la mujer contra el hombre, a la que el hombre al final ha contestado, llegando a la total irracionalidad del “conflicto”. Ese conflicto virtual “se vuelve calle” cuando esa guerra es llevada a cualquier terreno de la sociedad, de las vidas, de los espacio reales. Tenemos así ese nuevo sistema complejo de poder y estupidez, donde el intelectual, el vocero, el pensamiento negativo y de freno, ya no es, ni quiere, ser escuchado. Bajo las nuevas reglas de este sistema, se crean conceptos como el de “persona tóxica”, concepto en el que perfectamente encajaría Nietzsche. Al igual que hay una guerra de la mujer y el macho, hay una guerra abierta y declarada entre optimistas y “pesimistas”. Se crean conceptos vacuos, herederos de la templanza cristiana, y el de “la verdad está en el medio de los contrarios” de Aristóteles, ahora llamado inteligencia emocional. A la idea natural de sobrevivir, propia y connatural de la pulsión de vida, ahora la llamamos resilencia. ¿Quién está creando este nuevo “diccionario”? Tanto las multinacionales que las divulgan, con su poder sobre los medios de comunicación, como la masa que no lo cuestiona. Para plasmar en una imagen a lo que hemos llegado, a esto que trato de mostrar, es como si el macho alfa de una manada de chimpancés, se aliase con los más flojos y “tontos”. Ganarían algo ambos, está claro, pero ya no habría una verdadera dialéctica negativa, sino simple y pura dictadura del macho alfa alentado por la debilidad. Se supone que en la manada están los machos beta, el conciliador, también el mano derecha del alfa, que son la dialéctica negativa de las fuerzas generadas. ¿Acaso no es eso lo que estamos notando en lo que ahora llamamos una democracia fallida? A partir de la apuesta por la “civilización”, de la salida del anterior estado, empezó a germinar ese constructo de los dos opuestos: poder y masa, que hoy ha tomado por fin su verdadero cariz. La dialéctica como narrativa (héroe, Dios…) como el juego de tesis, antitesis y síntesis, era el “cuento” que relató el poder y sus intelectuales (secuaces), a la masa infantilizada y estos se creyeron. Al poder no le interesa la muerte de Dios, su más importante relato, pues es aquel que sustenta todo metarrelato. De esta manera se le disfraza (a lo largo de la historia) de una y mil formas: la música de las esferas, el Ser de la ontología… hoy en día en lo pan- (en tanto que prefijo) idealizado del concepto humanidad y su hija que es la globalización.

   Otro signo de esta época son los científicos, como bien nos dice Kaczynski en su libro “La sociedad industrial y su futuro“. En su sublimación de pulsión, se vuelcan en sus investigaciones, sin pensar en las consecuencias. Se supone que si se investiga en alargar la vida o la inmortalidad, después se pondrían sobre la mesa “ética”, la cuestión de qué hacer con ese saber. Eso es no haber entendido al humano y a la historia. Si se descubre tal cosa, no la retendremos, no se impondrá el sentido común o la moral, ni la lógica, seguiremos ese camino, pues ya hemos dado el paso en esa dirección. De otra manera, más fatídica, harían uso de ella los multimillonarios con sus consiguientes posibles distopías. La globalización ha creado nuevas paradojas, que más que soluciones han creado nuevos problemas. Si se ve el documental “Sobrecargados“, que trata sobre el transporte marítimos de mega-buques, veremos que es de nuevo el ir en esa dirección de validar a las multinacionales y los millonarios, y la nueva lógica del poder aliado con la estupidez, con la masa devenida en consumista.

  Ya callo. La metáfora habla de signos, pero quedan transmutados bajo nuevas condiciones (ideologías, religiones, paradigmas). Eso es lo que siempre han sido los conceptos (patrones) cerebrales: prostitutas de usar y tirar, que nadie se molesta en entenderlas en profundidad. Quisiera creer que la razón bien entendida fuera un nuevo camino, pero no será así. Que tuviese un nuevo protagonismo en lo humano, pero por mi último párrafo se deduce que en realidad es su contrario el que triunfa: la estupidez. ¿Por qué? Porque se está haciendo callar al intelectual o ya no se le quiere oír. Porque es más fácil ver un vídeo de YouTube que leer y entender este escrito. Porque lo accidental o fáctico que es el móvil “obliga” a Pan a sólo “consumir” aquello que tenga una App, que sea fácil de usar y que sea la más usada: sea Twitter, Facebook o YouTube. Porque es fácil parecer inteligente ante la masa en un medio como YouTube. Porque el “troleo” puntero en una crítica mínima hacia alguien sesudo activa el sistema dopaminérgico de recompensa de las personas “trolls“. La masa ha asumido la muerte del metarrelato y le da igual, eso es el postmodernismo. Llegados a ese extremo la dialéctica negativa, al ser empujada más a su lado negativo y ya sin freno de sí misma, se vuelve nihilismo puro y radical. Negación de todo, negación de la negación de todo, que es lo que es el postmodernismo.

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”. Umberto Eco

   Quiero terminar con una radicalidad. En otro lado escribí que qué significaba nacer en un país, si nada te pertenece realmente. No te dan un lugar y un espacio: tienes que luchar por él, lucha en la que no todos creen o sienten como propia, en su modo de entender el mundo. Yo me considero un heredero espiritual del nómada, del errabundo. De aquel que se tuvo que quedar quieto, que ya no podía andar, porque todos los espacios pertenecían a alguien que había dicho “esto es mío”. Me reivindico como una especie, la original humana, en peligro de extinción. ¿No tengo derecho a ser llevado a un parque natural, como cualquier otro animal, para poder sobrevivir? A aquellos que nunca aceptaron el “esto es mío”, que no quieren luchar por una pertenencia, se les tendría que otorgar un gran espacio natural donde vivir en armonía en la naturaleza. Ya sé, una utopía, pero romántica y con mucho sentido.


(1) “Un bosquejo de la emociones”, Jean Paul Sartre.
(2) En la trastornos y las enfermedades mentales repercute mucho una buena genética, que repercute en la “calidad” y la buena funcionalidad de las células o neuronas gliales, pues estas son la que dan el soporte del cuidado y el mantenimiento de la limpieza (de los desechos, que suele darse al dormir, de ahí la importancia del sueño) de la metabolización del cerebro.
(3) Un ejemplo que muestra qué es emergencia es la poesía. Cuando se dio el habla inevitablemente el humano se percató de la cacofonía (que poco coco come, -cada vez que lo pronuncio me entra la risa-). Eso que en literatura nos dicen tenemos que evitar. Pero a la vez el humano la usó para el canto y más tarde para la poesía. Una vez que este “sistema” emerge tiene sus propias reglas. Nace del habla, se asienta como un tipo de literatura, pero en el proceso se ha creado una nueva capa de reglas, pero reglas que no forman parte de los sistemas de los que emergió.

   Enlace complementarios sobre los cambios epigenéticos y trastornos, desórdenes y enfermedades mentales:


(Este es mi último escrito que publico, pues me mantengo en no entrar en la lógica del sistema. Que no se quiere tener en cuenta el otro lado de la pulsión, de la dialéctica negativa: sea. El paso del siglo XX al XXI es un proceso donde el intelectual -el verdadero, no los nuevos trabajadores del “nuevo diccionario” como Coelho-, han terminado por aceptar el callarse o el ser ignorados. En breve iré pasando todo los escritos de “lo que es y lo que (a)parece” a este blog, y al final lo convertiré en un PDF que compartiré libremente.)

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