Lo que Es y lo que (a)Parece XXXVI – Sobre la Edad (Un Acercamiento al Dilema de la Identidad) II

   Ayer, cuando escribí el anterior artículo, estaba cansado. El cuerpo es un equilibrio, donde la memoria trabaja peor por el cansancio… facticidades. Me dejé cosas en el tintero, algunas a posta, pues todo escrito sigue unos trazos que el buen escritor ha de saber interpretar, y en donde no tiene que romper adonde le llevan tales trazos… de nuevo facticidad.

   Un inciso. Iba a poner esto que sigue en una nota, pero en muchos casos no se leen o se dejan para el final (facticidad). Como es parte necesaria para entender el presente escrito, y mi línea argumental, lo incluyo aquí. En filosofía facticidad es el carácter contingente -que pueden ser o no ser- de algunos hechos. Contrario a necesarios, aquellos que sólo tiene la condición de tener (hacerse) ser. Un ejemplo, una manzana mientras se mantiene en su árbol crece: necesario en filosofía, sigue su naturaleza si se quiere, es el “plan” de ser manzana en un árbol. Un día de una fuerte tormenta y viento la puede hacer caer sin haber madurado: accidente, contingente, facticidad. Si bien yo uso el concepto facticidad en el sentido existencialista de Sartre. Una facticidad se “convierte” en una nueva línea fatídica. Una vez que la manzana cae no puede volver al árbol, puede ser recogida y llevada a una casa, a la espera de que madure y ser comida, o puede simplemente pudrirse. Se da por lo tanto una atenerse a una nueva situación, algo así como una maldición o algo fatídico. La vida natural de un animal es necesaria, sigue su “rutina”, todo que le pueda suceder sucede necesariamente, incluso ser cazado, si es un animal es presa en su condición (gacela en una sabana de África). La facticidad no ocurre. Sí, si por ejemplo una cría queda abandonada porque su madre ha muerto. En el humano casi todo es facticidad, pues lo único necesario es que crezca, madure, se reproduzca y muera. Hemos alterado tanto la naturaleza, pasado por tantos accidentes, contingencias, a las que llamamos cultura, que somos esa manzana caída que ya sigue otro tipo de “suerte”. La historia es nuestra naturaleza, como decía Octavio Paz. Mismamente algo crucial como la niñez, que se supone (necesario) que siempre es el estar largo tiempo con los padres, ya no es así. O se es adoptado, o sin padre, o sin madre, con un padrastro, madrasta… En la época Victoriana se les abandonaba en las calles a su suerte o eran llevados a orfanatos. La niñez humana ha pasado a ser en la mayoría de los casos contingente, facticidad. Se vuelve una condición fatídica, bajo mi punto de vista, porque esa niñez ya está truncada, todo su yo se construirá a partir de esta raíz, y esa persona ya no será “normal”. Aunque, de nuevo por contingencias, puede que sí.

   Mi tesis, que puede que no esté claro en el anterior escrito, es que el yo es pensamiento mágico, pues es un constructo que ha creado la evolución para que el cerebro trabaje con la idea de que en este hay un agente que es el que lleva las riendas tanto del cerebro y el cuerpo, como de la vida de ese individuo. Este subterfugio pretende aliviar la ansiedad que es vivir en un mundo de caos, de azar, que ese ente es el que tiene el control de todo. La vida es un estado controlado, de forma momentánea, del caos. “Construye” algo que en teoría estaba llamado a seguir el segundo principio de la termodinámica. Si uno hecha un terrón de azúcar en leche caliente, enseguida entra en juego esta ley y sus moléculas se disgregan. No hay ningún momento en el cual por azar se vuelvan a agrupar para volver a formar el terrón. En la muerte vemos el cómo actúa la segunda ley de la termodinámica sin el “componente” que es la vida, en fin, que nacemos del polvo (frase para el chiste fácil en España) y volvemos al polvo (que en realidad debería decirse tierra, la palabra hombre y humano vienen de humus, tierra). Vida y control es una tautología, una misma forma de hablar de una misma cosa. Pero el caos es inevitable. Todo animal vive sin tener conciencia de esta ley, de esta regla del universo. El humano es sobre todo conciencia, saber que sabe. Como la conciencia no nació de un día para otro, se supone que evolucionó y junto a esta evolución nació el saberse en un mundo de caos. Por un proceso lento y seguramente de miles de miles de años la evolución hacía su juego. Un individuo que fuera consciente de estar en medio del caos viviría con una constante ansiedad (hoy tenemos este tipo de personalidad en hipocondriacos y fóbicos), esa ansiedad le llevaría a ser taimado y tener una menor pulsión, luego era muy posible que no se reprodujera, que las hembras no le seleccionaran, luego lo que se reproducía eran aquellos individuos en los cuales el cerebro creara nuevos mecanismos para “ocultar” esa verdad. Por lo menos en los primeros cientos de miles de años, en una condición más cercana a la animal que a la humana. Tiempo suficiente para que la evolución reglara a esas nuevas adaptaciones como parte de nuestra naturaleza.

   La regla que he planteado en el escrito anterior no está grabada a fuego, no es necesaria. Las generaciones actuales de jóvenes se toman menos seriamente a sí mismas (por lo general, tampoco es regla y depende de la cultura donde se nazca). Se ríen más de sí mismas. Pero una segunda lectura es que no terminan de madurar, de pasar a esa segunda fase de rotura total con los padres, pues viven más tiempo con estos y no terminan por abandonar el nido. Por otro lado la madurez, en la mayoría de los casos, no es esa disgregación del yo, como apuntaba en el escrito anterior, sino una rigidez del yo. Pero esto no destruye mi tesis, sino que la confirma. Esa rigidez se debe a que el yo es menos maleable (la neuroplasticidad se va perdiendo con la edad), por un lado ya que esa persona termina por aceptar ese estar situacionado en un mundo que ya sabe cómo es, y este ya no tiene fuerza para luchar contra la mirada de los otros y dicha situación. Tampoco siempre es una derrota, que es lo que se deduce del punto anterior: en muchos casos acepta de buena gana su situación en el mundo, pues es la que le gusta, la que desea. No hay naturaleza, no hay rigidez, no hay reglas escritas a fuego, por las cuales sacar conclusiones morales válidas para todos. Cada cual sabe en lo más íntimo si su vida es una derrota o una victoria.

   Me voy a valer de dos series para desmadejar estas ideas… por lo tanto spoiler. El primer spoiler es un destripado total, saltarlo los que quieran ver la serie. “American Vandal” sigue la investigación de una gamberrada: alguien ha dibujado penes sobre los coches de los profesores con pintura en spray. Todo el trama se desmadeja en tratar de demostrar que el inculpado es inocente. En todo instituto hay una persona que es la más gamberra. Sobre esa persona es en el que uno piensa en cuanto se descubre un nuevo acto vandálico, a así ocurre en la serie, todos implican a esta persona. Todas las pruebas aparentemente apuntan en esa dirección. La serie cuestiona en qué medida esa persona es gamberra por sí misma o lo es porque es lo que los demás esperan de él. También cuestiona el que uno, su cerebro, distorsione incluso lo que ve para que coincida con lo que él quiere creer. No desentraño el final, lo iba a hacer pero fácticamente no me ha sido necesario (estoy haciendo un uso excesivo de necesario y fáctico, para que se vea como se usa y aplica: una pequeña lección para iniciados).

   La segunda serie es “Mr. Mercedes“. En esta serie se nos perfila el típico psicópata con una relación compleja sado-masoquista, e incluso incestuosa, con su madre (no acta para morales sensibles). El personaje ha creado una total dependencia de su madre, de tal manera que en el capítulo seis, en donde la madre intenta tomar las riendas de su vida, tratando de dejar la bebida, provocan que este se ponga muy ansioso, pues esta ha desaparecido a primera hora de la mañana y no coge ninguna de sus llamadas. Al final el hijo “obliga” o le hace ver a su madre que es mejor que beba alcohol, por su bien, cuando su intención es mantenerla en el mismo estado de siempre y a su disposición; la escena final de ese episodio es una imagen del hijo psicópata celebrando su victoria a expensas de la sanidad de su progenitora.

Fin Spoiler

   ¿En qué medida “creamos” nuestra vida con estos tipos de dependencias?, ¿realmente se es autónomo alguna vez? En otras películas vemos como uno de los cónyuges usa el provocar el embarazo para atar a la otra persona a una situación (“Revolutionary road” y otras, esta es especialmente esclarecedora sobre todo este proceso). O en otra el hacer que se case para verse más comprometido con el trabajo (Pactar con el diablo). ¿La sociedad al completo no está creada como trampa?, ¿acaso la propia evolución no nos pone esas trampas? La belleza es una trampa, la usa para la procreación y para que nos “atrapen” los encantos de los hijos. Es una máxima en el mundo animal complejo la belleza de los retoños, de facciones más redondeadas, y ojos y labios más grandes. El encanto y la labia son trampas… el buen porte, los labios carnosos, el mentón cuadrado y prominente de los hombres, los ojos que eternamente parecen entrecerrados… ¿qué no es una trampa? ¿La vida es aceptar esas trampas o ponerse en sobre aviso con ellas? No hay ninguna verdad en ninguna de las elecciones, ni tampoco son verdades para toda la vida. En una época renegamos de las trampas, y en otras las aceptamos como buenas. Todo es qualia, contingencia y facticidad. Somos cerebros que se adaptan a cada recoveco de la vida, como el mapa al terreno en la metáfora usada por Foucault en “Las palabras y las cosas”. Somos cerebros en los que antes del yo está el resolutor de problemas. Si una solución es válida para explicar mi aquí y ahora, es válida per se. Lo que “obliga” a reconsidera y reconstruir ese yo (la autoimagen y esta ante los demás, con nuevas explicaciones) ante tal aceptación y adaptación.

   Descubrimos así una nueva faceta del yo: es a la vez cornamenta y cola de pavo real u ornamento. Cornamenta primero, pues lo negativo siempre es más prioritario en la evolución (primero sobrevivir que procrear). Es un “aparato” o parapeto de defensa, primero, como ya hemos descubierto, sobre el caos exterior, parapeto en cuanto trampa creada por el cerebro/evolución para hacernos creer que tenemos el control. Segundo en cuanto cornamenta ante el otro. Entramos de lleno en lo que ha de ser una autonomía, una libertad. Si no marco mi terreno, si no me muestro fuerte, estoy a la disposición del otro, al igual que le pasa a la madre en la serie Mr. Mercedes. La cornamenta en la naturaleza (por lo general) no sirve para atacar o para matar, sino como aparato visual disuasorio a tener en cuanta. Uno modula (adapta) su yo dependiendo de la situación. De igual a igual no hacer nada, ante una cornamenta enorme bajar la cabeza en cuanto se nos muestre agresiva, ante una cornamenta pequeña depende de la “moral”  de cada uno y la situación del momento (la soberbia de algunas personas nos vuelve “pasivo-agresivos” contra ellos: el caso de Yoli en GH18, que ha sido nominada por este hecho, siento si a alguien le molesta que recurra a GH, se aprende mucho de este reality, y se puede recurrir a él para poner ejemplos claros y a la vista de todos). Lo segundo es que el yo es ornamento. Nada más estrafalario que los “ornamentos” de los yos de los jóvenes.  Sobre todo en la actualidad, donde los padres ya han perdido la legitimidad de ser tenidos en cuenta, hoy más que nunca no son escuchados, estos además se han “rendido” (factico) ante la idea generalizada en la posmodernidad de que han de ser unos padres tolerantes y “postmodernos”. En GH 18 vemos uno (o dos) de esos ornamentos tan, tan estrafalarios que internamente no nos queda otra que reírnos a carcajadas por dentro, pero que por lo políticamente correcto no lo hacemos hacia afuera. Una cosa es tener cierta originalidad en el yo, la liminalidad es una regla en la evolución, y otra muy distinta es serlo sólo en el aparecer. Todas estas reglas o conceptos nos son inventos del humano: algunos animales avisan que son venenosos en lo exterior, y otros falsean esos comportamientos y exteriores, cuando en realidad no lo son. En definitiva que en algunos casos el exterior es un aviso del interior, pero en la mayoría de ellos tan sólo es pura extravagancia y aparecer. ¡En la actualidad estamos perdiendo la sensatez, el guardar el equilibrio!

   Otra de las cosas que me faltaba decir, en el escrito anterior, era que esa “muerte del yo” no es un estado de cero o uno (a veces sí, como nos muestran las películas “Un día de furia” o “El Sr. Wakefield“), es un proceso en desarrollo. Se va descubriendo esa falta de legitimidad del yo en contradicciones insalvables, en adaptaciones en donde es más clara la explicación, racionalización, que el hecho en sí. Por otro lado a lo largo de la vida se va aceptando que el azar y el caos tienen mucho que ver. Que la vida es pura facticidad, puro caos. El cerebro comprende que el engaño no se puede mantener ante tan claras evidencias. Se comprende, en fin, lo que nos dicen en la serie “New girl”, donde alguien afirma: “siempre digo que las cosas pasan por una razón, y esa razón es el azar”. Eso no quiere decir que no se pueda tener algo de control, que las elecciones no cuenten. Quiere decir que somos como esa manzana caída que piensa u actúa a partir siempre de las cambiantes situaciones accidentales (contingentes) o azarosas. De nada sirve decir que un yo controla toda la acción, pues eso sería como decir que el azar no existe, cuestión que no es pensable ni para un ser como Dios, el cual no hizo otra cosa que irse adaptando a los aconteceres de sus criaturas (comes la manzana luego esto; pecas, luego diluvio; pacto luego no más diluvios; os traigo a Jesus, lo sacrificio y cambio el pacto…) Somos, así, “caña pensante” como nos decía Pascal, o bambú que se adapta a los fuertes vientos, como nos dicen las religiones orientales. Las frases tales como “soy una persona que se ha hecho a sí misma”, son pura cornamenta (se creen superiores, soberbia) y es puro ornamento. ¡Pero funciona como autoengaño!, tanto que la sociedad actual la tiene como uno de sus mantras y es una de las causas de la actual situación de seres puramente soberbios en su aparecer, que muy posiblemente no serán de acero, como quieren creer y hacernos creer, sino que estarán hechos de simple y blanduzca mantequilla.

   Creo que ya no me dejo nada en el tintero, y en tal caso reescribiré este artículo, pues al ser menos lírico que el anterior, deja más opciones de ser “tocado”. De lo que nos habla Carrey, o yo mismo en mis escritos, es de cierto estado en donde uno por fin comprende y asume que es esa caña pensante. Que el yo es un constructo cerebral/evolutivo y social: comprende que librarse de él es una liberación. Comprende que ha comprendido este hecho, pues de eso se trata la conciencia de si en su nivel más abstracto y primitivo. No en saberse ser y creerse un yo, si no saberse como puro saber que se sabe, donde ya no hay contenido, sino simple y llanamente adaptación. Somos seres “obligados” por las circunstancias, yo me he visto “obligado” a escribir esta segunda parte. Dije que sólo iba a escribir un artículo más y van más de cinco, las circunstancias me “obligan”. Esta mañana me he visto obligado a ponerme música, pues en la calle hay una máquina que está arrancando el asfalto y ese ruido es potente, penetrante e insoportable. La cuestión que plantea Jim Carrey, al final de la entrevista, es que sigue siendo un ser, pues en nuestra facticidad nos hemos de comprometer con nuestras circunstancias (hecho al que llegó Sartre en su compromiso). El caso es si una vez aceptas esta “verdad” la amas y la abrazas como “buena”, o simplemente la sientes como una cadena y por lo tanto una condena. Sólo es posible la felicidad si amas tus cadenas, si amas tu vida, si amas tu situación… si amas tu facticidad. Esa es la apuesta más general, el rebelde nunca lo hará o siempre se lo cuestionará. El protagonista de “El Sr Wakefield” al final vuelve a casa, sin saber la suerte que le espera. Por el contrario el protagonista de “Un día de furia” “elige” su fin, cansado de luchar contra todo, en un mundo en donde todo es facticidad y caos.


Otra entrevista de Jim Carrey similar. No hay que estar al 100% de acuerdo con él (estoy empezando a pensar si tiene un maestro oriental).

 

 

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