Lo que Es y lo que (a)Parece XXXVI – Sobre la Edad (Un Acercamiento al Dilema de la Identidad)

  “Cordura viene de cuerda y la cuerda de atadura, no confundas las palabras con una cuerda que como bien sabes solo sirven para atar y colgar.” Don Juan en los infiernos

   Mis escritos siguen varias líneas argumentales que en muchos casos se cruzan y ni siquiera se miran. Voy a tirar de uno de esos hilos argumentales para ver adónde va.

   Hago un breve resumen, a modo de lo que hacen las series sobre los capítulos anteriores. La ciencia (o ciertos científicos) nos dicen que el cerebro tiene su propio lenguaje, que no es la palabra: a ese lenguaje se le ha llamado mentalés. Por otro lado yo he llegado a la deducción a que la evolución ha creado patrones cerebrales (patrones enquistados) que están entre los que más tarde el hombre ha denominado conceptos (aclarar que no todo concepto tiene este “nacimiento”). Kant hizo un gran trabajo al describir una gran cantidad de esas estructuras. Si bien se limitó a quedarse con las cognitivas (más tarde las morales), en cómo conoce el cerebro el mundo y los límites de ese conocer. El psicoanálisis “descubrió” otras, más “truculentas”, si bien cayó en bastantes errores en sus interpretaciones. En la actualidad las neurociencias nos hablan de otras, casi todas bajo el aspecto de sesgos. Dando un giro a la continuidad del escrito, el hombre llegó a la palabra y cayó en el error de dar más importancia a estas que las propias estructuras de donde nacían, su fuente, el cerebro. La evolución, en su ceguera, “juega” en equilibrar el peso que es el ser consciente uno mismo del dolor, de la injusticia y la propia muerte. Para ello crea otros mecanismos y estructuras del cerebro como la espiritualidad y el pensamiento mágico. En esa misma dirección crea el espejismo de identidad a la persona en tanto poseedor de un yo, o homúnculo que es el que tiene el control tanto de su cuerpo y comportamiento, como de su vida. ¿Es todo este mecanismo parte o “restos” del pensamiento mágico?, esta es la pregunta que trataré de contestar en este escrito.

   Pensamiento mágico y cultura forman una unidad. Nada dice al macho(1) humano cuando es adulto, quizás es algo distinto en la mujer, aunque de igual forma la primera menstruación tampoco quiere decir que ya sea fértil y por lo tanto mujer adulta. Todas las culturas antiguas coinciden en los ritos de paso, aquellos por los cuales una persona pasa desde una “identidad” a otra. Aquí vemos que la identidad individual está ligada a ciertas cuestiones sociales. Uno mismo no decide que es adulto, lo “decide” la sociedad bajo sus normas y parámetros. Hoy en día las cosas no han cambiado. Está determinado por ley cuando se es adulto. Entre aquel paso primitivo y el actual por ley, estuvo el cristianismo, por cuanto la confirmación era el sustituto del rito de paso de joven a adulto. En la naturaleza existe igualmente ese paso: saltar del nido, abandonar la manada(2), etc. O sea que muy posiblemente el humano creara los ritos de paso como sustitución a aquellas reglas naturales, que ya no eran tan visibles pues los hijos se mantenían en la tribu. En la naturaleza el “abandonar el nido” quiere decir que ese ser ya es autónomo, que ya se tiene que valer por sí solo. En lo humano, entre las tribus, no necesariamente quiere decir lo mismo, pues en la tribu elaboraban, cazan y recogen frutos todos para todos. Entonces, ¿qué quería decir y para qué?, con qué finalidad. ¿No sería como para activar algún mecanismo cerebral?, como el activar un interruptor por el cual desde ese momento todo hubiera cambiado. ¿Qué cambia(ba)? Cuando se hacía este rito de paso uno se sentía orgulloso, más grande, pleno, ese día su rostro irradiaba felicidad.

   Yo propongo que el cambio es (era) hacia una autonomía de la propia identidad. Mientras que en el estado anterior uno se sentía como parte de la identidad de la madre, como una extensión larga del seguir unido por el cordón umbilical a la madre. En el momento de ese rito se producía la rotura de dicho cordón fantasma, se volvía a nacer ahora ya con la propia identidad. En España, en alguna región, este nuevo nacimiento se lleva a cabo haciendo pasar al joven entre el tronco de un árbol, al que se le ha cortado en lo vertical, a modo de vagina, para al final volver a unir esas dos mitades, como para que no se pueda volver a cruzar. Si se analiza a su nivel más llano, lógico, el humano ha sustituido en lo cultural algo que tendría que ocurrir en lo natural. Aún hoy seguimos usando el concepto de salir o saltar del nido a nivel coloquial.

   ¿Hay una química cerebral que cambia en este proceso?, algún rastro físico. Un ave, una vez que salta del nido, “quiere-ama-busca” sus propios fines. Tiene que darse algún cambio físico para que esto sea así. Quizás la auto-identidad adquiere otros nuevos tintes, pero ¿bajo qué parámetros? En la naturaleza en cuanto uno es autónomo ya lo es para formar pareja y/o para procrear. Nace por tanto la pulsión de crear descendencia, una nueva vida. Entre los cazadores-recolectores primitivos sería igual a lo natural, pero hoy las cosas ya han cambiado. Hace mucho tiempo que son distintas. No se puede entender al humano si no tratamos de reducirlo a su naturaleza, no se puede entender la actualidad si no comprendemos que todo obedece a algo, que tiene algún origen básico y sencillo. A ese impulso como ser autónomo al que se llega a cierta edad, que no tiene otra “funcionalidad” que el de la reproducción, le llamaré pulsión. Dicho concepto es el que utiliza el psicoanálisis, si bien yo lo utilizaré quitando casi todo posible “bagaje” de esta doctrina, coincidiendo con esta en algunos puntos. El humano no “vive” esa pulsión como una necesidad de tener sexo (algunos sí y sobre todo a cierta edad), la siente como una fuerza impulsora que le alienta a hacer algo, a permanecer en movimiento, a un estado permanente de inquietud. Ese impulso es al que se le puede llamar pasión, “voluntad de poder” en Nietzsche, “proceso de poder” en Ted Kaczynski, “voluntad de vivir” (ciega) en Schopenhauer y simple voluntad en Heidegger. Prefiero el simple concepto de pulsión, pues se ve libre de palabras y conceptos confusos tales como voluntad y poder. Sea como fuere, unos y otros, aunque con distingos conceptuales, pienso que hablaban de lo mismo. El lenguaje (cultura) siempre está poniendo o dando una palabra a algo en el cerebro, a algo que está ahí asentado. Fijarse que dependiendo de cómo se interprete ese impulso vital (vitalismo), que no deja de ser más que un instinto como apunta el psicoanálisis, puede ser llevado de aquí para allá, como para crear unas posturas, conceptos y doctrinas muy distintas. El humano es así: conceptualiza y le da unas dimensiones ideológicas a ciertos patrones que son en realidad muy sencillos. Complican lo sencillo, para dar razón a sus teorías, a sus filosofías. Pienso que la más acertada de todas, la más honesta, es la visión de Ted Kaczynski, quizás porque coincide más con mis puntos de vista.

   He dicho que el humano no siente de forma consciente esa vitalidad como puramente sexual, que la siente como un simple empuje o vitalidad que le hace sentirse vivo, despierto, ávido de novedad, de deseo de buscar. A esa totalidad de comportamientos la llamaré sublimación. De nuevo me acojo a un término del psicoanálisis. ¡No me voy a poner inventar términos cuando ya existen cercanos a los de mis ideas! Ted Kaczynski lo llama “actividades sustitutorias”. ¿Es reducible el humano a que toda su vida sea una pulsión sublimada? Según el psicoanálisis sí. Se cuenta que a la mayoría de los deportistas profesionales se le pide no tener sexo unos días antes de los eventos importantes. Otros dicen que tienen sexo la noche anterior y les va mejor. ¿Hay algo intangible ahí que no tiene porque ser cuantificable en análisis médicos y que no sea reducible a una bajada de la testosterona en el hombre? La filosofía tántrica tiene como una parte de su forma de entender el sexo la no eyaculación. Quien sea adicto al sexo, o haya hecho un uso excesivo alguna vez, nota una gran bajada en el ánimo (ánima, alma), algo similar a un estado deprimido. Por otro lado está el llamado periodo refractario (el período de tiempo desde un orgasmo hasta que se vuelve a sentir excitación) que cambia con la edad. En todos estos ejemplos hay que tener en cuenta la cuestión psicológica. Si se tiene sexo es un acto de afirmación evolutivo, a que eres válido, a que estás aceptado por alguien: se valida tu pulsión. Mientras que si no se tiene, uno se puede sentir un parias, le baja el ánimo y la pulsión varía: se puede tender a la ira (la típica frase de cuando los amigos -o enemigos- te dicen que te hace falta “echar un polvo”). Tener contacto sensual y sexual con tu propia pareja hace que cambie la química cerebral, más oxitocina, que repercute en las vías activadoras del cerebro como la dopaminérgica. Yo no sé qué pensar, es un tema complejo con demasiadas variables, pero seguiré mi desarrollo.

   Tenemos entonces que en los primeros años de juventud hay un cambio general, que repercute en algo intangible a lo que llamamos pulsión. Ese cambio “mueve” a la persona a tomar autonomía, que en el caso del ser humano está unido a la conciencia de sí, a la construcción de una identidad, de un yo. Edificamos el yo bajo esta premisa, bajo esta pulsión. En otros escritos he dicho que esa ubicuidad que es el prefrontal ciclado en una constante retroalimentación (hablo y me escucho, hago algo manual y veo mis manos), es el que se pone como “imperativo” en el ser coherente. El construir un yo o identidad bajo la premisa de la coherencia. A la vez esto no viene de la nada, sino a que el circuito de amígdala, unida al hipocampo y el córtex cingulado (verificador de errores), está ligado o tiene en su propio circuito a la memoria autobiográfica (hipocampo), que a la vez tiene ahí siempre vigilante a la amígdala (huida/ataque miedo/ira). No hay nada que ponga más en alerta, lo sonroje o le despierte la ira, a un adolescente, que el que le descubras en alguna incoherencia. A esa edad la auto-identidad está o se tiene como algo sacrosanto, algo que nadie tiene que “tocar” o cuestionar. Si dejas en evidencia a un adolescente es como si lo dejases desnudo, quizás peor. Bajo estas premisas el acosador escolar empieza por “descubrir” quien es más sensible a este tipo de desnudamiento, que suelen ser los más solitarios, los frikis y los menos agraciados.

   Doy un salto argumental para que se entienda mejor por dónde va mi teoría. Yo estoy en la mediana edad, muchos de los planteamientos que he hecho en escritos atrás, eran a partir de lo que ocurre a esta edad. De lo que me ocurre a mí. Se tiene peor memoria como para “llevar las cuentas” de si se es coherente o no. En mi caso, al estar solo, ni siquiera tengo la sensación de que exista un yo. ¡Claro, está la autoconciencia!, pero esta sin las acciones del día a día, ante los otros, no “construye” memoria autobiográfica, con lo cual, ese maldito circuito de amígdala unida al hipocampo y el córtex cingulado se recrea en el pasado, en buscar las incoherencias allí, ¡como si a estas alturas pudiera hacer algo, que inutilidad! Sin crear nuevas vivencias el cerebro se vuelve un puro resolutor de aquí y ahoras. Ese era el sentido último del enigmático capítulo “la vida como instante“. Yo, sin presente de vivencias, a esta edad, tenía la sensación de no tener un yo, ese “gran yo” del que tanto se habla, quedándose el cerebro reducido -ese circuito que crea un auto-relato-, a un yo creador de coherencia a partir, tan sólo, de las vivencias del día a día, a ser en definitiva un simple resolutor de aquí y ahoras.

   En vano podría encontrar coherencia a mi vivencia, de explicársela a nadie, sin que simplemente me tildasen de loco, de desnortado. Pero un amigo, sin querer, no lo sé, me mandó un artículo sobre el “nuevo” Jim Carrey. Transcribo aquí dicho artículo, pues el original puede que tarde o temprano se pierda de Internet:

Nada tiene que ver el que fue con el que es. El caricato que hizo de la muestra bandera y de la impostura, una forma de vida se descubre en un documental recién presentado completamente vacío de sí mismo, anuncia que nunca volvería a actuar y se muestra tan lúcido que se diría perfectamente incomprensible. “Somos un conjunto de tetraedros programados con ideas de ti mismo”, dice:

Hay tantas posibilidades de fracasar haciendo algo que odias como dedicándote a lo que te gusta”, con esta frase, cuenta Jim Carrey (Ontario, Canadá, 1962) que empezó todo. Podría haber sido un saxofonista más o menos frustrado como su padre y haber dedicado la vida entera a ser el cuñado más divertido de la familia. Pero no, se empeñó en ser el rey de la comedia, el emperador de los cuñados. Y así hasta alcanzar los 10 millones de dólares que se impuso como meta y marca de agua de que lo había conseguido. Ocurrió en 1994 cuando, con pocos meses de diferencia, estrenó La máscara, Ace Ventura y Dos tontos muy tontos. Ahora todo ha cambiado. Carrey reniega de su pasado de caricato, de sus ambiciones y hasta del mundo. Carrey no quiere ser Carrey. Lo cuenta en Jim & Andy: the great beyond, un documental que recupera buena parte del material de backstage de Man on the moon, de Milos Forman. En la película, que fue presentada en Venecia y ahora recala en Toronto, aparece exactamente igual que en las entrevistas que concede: como un hombre renacido y vaciado de sí mismo. Quizá hasta perdido. La cinta, firmada por Chris Smith y producida por Spike Jonze, recrea y analiza con una larga entrevista el proceso de transformación, eso fue, de Carrey en el cómico Andy Kaufman al que dio vida en el biopic citado. Durante todo lo que duró la producción, Carrey fue Kaufman. Y lo fue hasta la misma náusea. Ahora, es otro. 

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Entrevistador – ¿Por qué si está tan cansado del faranduleo y los focos aceptó hacer la película?
Carrey – Siempre he querido que esta experiencia pudiera verse. Es una película que trata de la identidad. Fue una versión extrema de alejarme de mí mismo y ser algo totalmente diferente. Y, al hacerlo, te preguntas: “¿Cuál es ese tú-mismo?”. Desde entonces ha sido un viaje de pequeños despertares. No es que no me sienta unido a nada, todavía hay cosas esenciales en mi vida, pero ya no quiero hacer cine o arte.
– Ser uno mismo, sea esto lo que sea, ¿lo considera una carga? ¿Cómo definiría el momento de liberación?
– Ha sido una evolución. Al mirar atrás veo que no estaría donde estoy ahora, o donde no estoy [se ríe] si no me hubiera dejado llevar como hice en “Man on the moon”. Una película es una oportunidad maravillosa para ser otra persona y darse cuenta de que ninguno de los dos, persona o personaje, es real.
– Me pierdo. ¿Quién es el real, el auténtico, el Carrey que conocimos en el cine en los 90 o el de ahora?
– Durante mucho tiempo he tenido la impresión de ser un personaje que me ha estado interpretando. Siempre, de alguna manera, somos actores de nosotros mismos.
– Quién es usted ahora? ¿Quiénes somos nosotros?
– Somos un conjunto de tetraedros que están programados con ideas de ti mismo.
– Cuando dice que un personaje le interpretó, ¿entiende que ese personaje acabó por tomar el control porque se hizo tan conocido que se convirtió en una propiedad pública?
– Sí, creo que muy al principio el ego se puso a los mandos y se dio cuenta de algo. “Oh, vaya”, me dije, “soy gracioso como mi padre. La gente dice que soy especial”. A todo el mundo le gusta que le acaricien el lomo y le digan que es especial. Pero ahora ya no necesito eso.
– En un momento del documental dice algo así como: “Este lugar al que todos nos dirigimos, el vacío…”
– No tiene puto sentido. Lo que quiero decir es que una vez que como individuo me quito de en medio, no queda nada más que todo. Y esa sensación de totalidad, sin juicios, ni bueno ni malo, es un lugar liberador.
– En otro momento dice que antes tenía una necesidad de aprobación. Tanto era así que de pequeño vivía como un alivio que le mandaran a su habitación para estar solo.
– Todo lo que creamos es para otra persona. No creamos nada para nosotros mismos. Haces una escultura o escribes un artículo y lo haces para que otros piensen que tienes puntos de vista interesantes, que eres original. En parte creo que la soledad de mi habitación era como si estuviera en mi laboratorio.
– ¿Sigue queriendo interpretar?
– Ahora me encanta el silencio, la tranquilidad. Tengo que decir que la pintura y la escultura son muy importantes para mí porque se trata de plasmar una idea que pasa del éter al lienzo y no hay nadie en medio. Nadie te dice: “Eso no lo puedes hacer”. O: “No va a gustarle a ciertos sectores del público” o “¿Cómo vamos a vender esto?”. Es algo muy puro.
– Cambiemos de tema, la película también reflexiona sobre la comedia y su límite. Pienso en los ataques terroristas a Charlie Hebdo…
– Nunca me he sentido limitado. En la época de Andy, el movimiento feminista tenía mucha fuerza y él pulsaba botones que eran políticamente muy incorrectos. Y lo hacía porque pensaba: “En este pequeño circo en el que estamos, quiero que dejéis de tomaros en serio incluso aquello que más valoráis, incluso vuestros miedos”.
– Por lo que dice, se diría que Andy sigue ahí dentro.
– No lo sé. Quizá.
– Queda algo de Jim Carrey en Jim Carrey?
– Sí, claro. Hay que admitir que a lo que estamos mirando es a una realidad virtual. Nada de esto es real, no es más que la consciencia bailando para sí misma. Estamos aquí para hacernos compañía los unos a los otros y hacernos la vida más interesante. Es la consciencia la que dice: “Tengo todos estos dedos, ¿qué puedo hacer con ellos? Puedo hacer esto, esto, esto…”. Imagina serlo todo, en todo el espacio y el tiempo, y lo jodidamente aburrido que sería eso. Algo tienes que hacer, ¿no? Así que me sumerjo en eso que llamamos realidad. Es muy convincente la realidad. Cuando alguien de tu familia sufre, cuando parece que nuestra civilización está en riesgo… me siento tan impelido como cualquier otra persona a jugar mi papel y estar en el lado correcto. Pero nada es real.
– ¿Cómo le gustaría que le recordaran?
Me da igual. Lo único que importa es esto. Esto, ahora mismo.

   Como vemos es un tema por el que otra persona en la mediana edad ha pasado en su radicalidad, otros habrán sentido ciertos destellos” y habrán renegado de lo que estos le decían. La diferencia entre Carrey y yo es que en mi caso yo soy un teórico del cerebro; con una gran capacidad de introspección y una fuerte pasión por el estudio de las neurociencias. Mis conclusiones “descubren” mejor la trama que subyace en su interior.

   Se llega así a la teoría que quiero presentar. El yo, al igual que cualquier otra fuerza de la naturaleza, está “preñado” de la segunda ley de la termodinámica, de la entropía, del caos. La vida humana es pulsión, energía, fuerza, vitalidad. Esa fuerza, bajo las premisas de la evolución, los constructos del cerebro y la cultura, crean una emergencia, que es el yo. Esa estructura que tiene como base la retroalimentación, lo autobiográfico y la coherencia. Al igual que la sexualidad decae con la edad, esa “emergencia” de crear coherencia va decayendo con los años, en parte porque la memoria va siendo cada vez peor. Al final, en algunos antes y en otros después, y al igual que le sucederá al universo entrópico, el yo se disgrega y tiende desaparecer. Se vuelve fragmentado, espaciado, con muchos posibles yos, y según la “lectura” que haga uno mismo sobre sí. Terminamos no siendo, sino interpretándonos (dando suposiciones sobre lo que uno es), leyéndonos como lectores ajenos “…un conjunto de tetraedros que están programados con ideas de (uno) mismo”.

   Ya están todas las cartas boca arriba, pero queda un trama peliagudo sin tratar. Si somos un ser social y dentro de una época y cultura, ¿qué yo construimos en esos primeros años de juventud? Nuestros padres y personas más allegadas esperan algo de nosotros. No construimos un yo desde cero, lo hacemos a partir de esas construcciones sociales ya preestablecidas, ya preconcebidas…, ya asumidas como esperadas, en la mayoría de los casos de clichés, de estereotipos. En muchos casos imitamos o a uno de los padres o a algún ídolo. Jim Carrey nos confiesa, en su nuevo documental, su necesidad de aprobación cuando era niño; tanto que prefería estar sólo. ¿Nos autoconstruimos o construimos en nosotros lo que los otros esperan que seamos?, hay diferencias entre esos dos yo, ¿coinciden? Cada humano pasa por ese trama, que para cada uno es distinto. Qué se decida o decida la situación, nos prefijará la vida durante esos años de “construcción” de un yo. Creemos habernos construido, pero en realidad la mayoría de las veces no han modelado. Si alguien te deja o se enfada rectificas, si alguien permanece a tu lado o te halaga caes en ese “papel”. En fin, no insisto, creo que ya se entiende lo que quiero decir. Añadir que el lenguaje de una cultura, su ideología dominante, también nos construye: nos normalizamos para agradar, para no ser rechazados, para ser “aprobados”. En la medida que uno se rija bajo esa regla mantiene el sistema, aunque este sea un fracaso. En definitiva, el sistema crea al individuo y el individuo confirma al sistema con su aptitud: de nuevo un juego de retroalimentación, que como en el caso del tartamudo, es para mal, para hacer que la tartamudez y el sistema sea cada vez peor.

   ¿Conclusiones? No hay conclusiones, ¿creéis que por saber que las cosas son como las explico se va a poder cambiar algo? El joven sigue su signo y el adulto el suyo. Impedidos a entenderse pues sus pulsiones y modo de entender el mundo está gobernados por las “verdades” de su edades. La cordura es cuerda, como ponía al principio, sujeción. El yo del joven es pensamiento mágico en tanto que es un extraño cruce entre crear coherencia (relato) y huir de la ansiedad del caos, así como de seguir los constructos sociales heredados de los ancestros…, de nuevo relato. El sistema, lo social  y la construcción de un yo caminan en la misma cuerda (cordura) floja. Se tambalea el sistema, lo social, se tambalea uno…, pero mientras se mantenga uno en pie, y nadie corte la cuerda, todo irá “bien”.

   Finalizo diciendo, con Jim carrey, que la caída del ego, del yo, no es una perdida, sino una liberación. Uno está bien solo pues ya no tiene que construir artificios, fachadas y pintar paredes para que estén presentables. La soledad es el calor de la caverna, regodeándose ante la idea de que las sombras, lo íntimo, lo más nuclear humano, esa falta de color que confunde, es la que realmente “habla” de su silueta, de su verdadera esencia. Somos animales, complejos, pero animales. Todo los artificios que hemos construido no han logrado embellecer al animal, no lo han abrigado, no le han saciado. Simplemente lo han ocultado para que nadie lo vea. ¿Tan feo era?, no lo creo. Jim Carrey ha llegado a ese estado que yo llamo de iluminado, donde la luz sale de su interior -en su arte en solitario-, como él mismo nos dice.

En fin que… ¡viva el caos, viva la incoherencia, viva la caída del yo y abajo las cuerdas (corduras) que nos atan!

> Segunda parte.


(1) Uso macho ante el inconveniente de usar la palabra hombre, pues se usa para designar a la especie y puede confundir. En esto tienen razón las feministas.
(2) Entre los mamíferos más complejos no es un proceso muy rígido, como en las aves. La madre leona “decide” cuando echar a sus hijos machos, dependiendo si está en celo y si hay un macho alfa en la manada.

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