Lo que Es y lo que (a)Parece XXII – ¿Los Planes de Dios u otra Cosa?

   Sí, alma y metáfora son lo mismo. En el significado de que es dar un sentido más amplio allí donde claramente no se deduce eso. Extrapolando a partir del lenguaje de Damasio, las capacidades de la consciencia ampliada, como la capacidad de los sentimientos que nos generan el mundo emocional (conciencia de ellos y eso que nos genera esa suma), son a la vez metáfora y eso que se puede llamar alma. ¡Pero un momento!, no tienen por qué ser buenas noticias. ¿Por qué nos empeñamos es buscar lo optimista en todo?

   Voy a conducir sin manos. Esto que voy a exponer no está muy pensado, no sé si es coherente o no, tan solo voy a divagar. ¿Quién o qué es el/lo inteligente? ¿El humano, la evolución? En el escrito anterior decía que el humano es un tramposo conceptual… se sigue la misma premisa aquí. Qué es inteligencia, ¿probar todas las llaves hasta dar con la acertada? Tanto la evolución, como el hombre es lo que hacen. ¿Os imagináis un primer homínido que por primera vez toma conciencia y por inteligencia supiese todo lo que está por venir en lo humano?, ¿qué dedujese, paso por paso, cada descubrimiento y lo que eso implicaría a nivel tecnológico y de avances culturales? No es así. Cada “probar llave hasta dar con la correcta”, sólo nos lleva hasta una siguiente habitación, con unas nuevas puertas, y de nuevo hay que probar todas las llaves. Un ejemplo es la aviación. Si se ven todos los errores previos, se deduce que incluso tratamos de meter “llaves” que a simple vista parece evidente que no son la correcta. Se trataron de hacer aviones que aletearan, como las aves. ¡Bueno, puede que con el tiempo vayamos descartando algunas por el tipo de cerradura!, pero sigue siendo el mismo juego. Ese avance, por otro lado, no es progreso. ¿Qué demonios estábamos buscando?, la carrera del hombre es esa que una vez que se pone a abrir puertas, probando y probando llaves, olvida para qué empezó y no mira en la habitación en la que ha entrado, para ver si está allí lo que tenía en mente, en un primer lugar. Una vez que se metió en esa “lógica” de abrir puertas, se olvidó porque empezó. Es como eso que nos pasa a todos alguna vez: que estás pensando en varias cosas, cerebro descentrado, te levantas, sales a la otra habitación, y una vez allí ya no recuerdas para qué era. Vuelves a la habitación anterior, para ver si ves algo que, por asociación, te “diga” qué era aquello que te llevó a ir al otro habitáculo.

   ¿A qué llamamos evolución?, a la mejor adaptación posible, sí, pero a partir de dos variables: con qué se cuenta en ese momento y cómo es el entorno. O sea que dado que esas dos variables son distintas para cada especie, y para cada entorno, entonces se van cogiendo varios caminos, cuestión que explica la biodiversidad. En algún momento la evolución “forzó” a que ciertos animales, a partir de unas premisas de esa especie y del ambiente, optasen por el esqueleto, frente a otras que optaron por el exoesqueleto. Una vez que se ha tendido hacia uno de esos caminos, y como unas de las variables es el “con qué cuenta esa especie”, ya todo el “andar” evolutivo va con esa premisa como “verdad”. ¿Se puede deducir que el esqueleto o el exoesqueleto sean mejor o peor? Cada uno tiene sus ventajas y sus desventajas. Esa es una “verdad” bajo el baremo de lo evolutivo: son verdades relativas o posicionales. Nunca una verdad definitiva y universal. ¿Os imagináis un escarabajo discutiendo con una lagartija sobre si es mejor tener exoesqueleto o esqueleto? Así de estúpidas son igualmente muchas diatribas humanas. Tanto sobre el alma, como de la conciencia o como de la inteligencia, entre otras muchas cosas.

   Pero al final decir dos y dos son cuatro, es distinto y cierto con respecto a argumentar que son cinco. O sea que hay verdades que no se pueden cuestionar. Pero hay que distinguir entre esos tipos de verdades, 1. en donde es aplicable la lógica, y allí donde 2. sólo se puede aplicar una lógica borrosa o difusa. O sea “dos y dos son cuatro” es lógica, frente a porqué comprendemos el exoesqueleto, frente al esqueleto y deducimos ciertas cosas a partir de pensar como un cangrejo o como una lagartija. En nuestro “ir probando llaves” pasamos por el proceso de que tener ciertas reglas que evitaba probar todas las llaves (las cuales no tiene por qué deducirlas un individuo, sino que son enseñadas a las nuevas generaciones: paradigma de la cultura), proceso por el cual vimos que íbamos más rápido con esas reglas aprendidas, era “mejor”. Al final nos “empeñamos” en que el “sentido” de ese “probar llaves y abrir puertas” era ir deduciendo reglas sobre cómo “funcionaban” las llaves y las puertas (me enredo tanto en las metáforas que pueden terminar por volverse oscuras). Lo que quiero decir es que la ciencia (deducir tanto la lógica o premisas de cómo saber si se está en la verdad, ciencias positivas, como la lógica difusa) se volvió la meta de todo, cuestión por la cual esa fue nuestra nueva premisa, allí por donde la evolución “tiro” a partir de algo ya dado. Se convirtió en nuestro “esqueleto” existencial, a partir de cuyo momento ya no tenía sentido volver hacia otro tipo de apuesta, como el exoesqueleto… ¿o no?

   Voy a partir de aquello que es el tema central de este escrito. ¿No hay o se da cierto “fatalismo evolutivo”? Si se aplica esa lógica de cómo procede la evolución… ¿nuestro camino o destino no está ya prefijado? Esto es lo que se parece deducir de la comprensión de la teoría de sistemas. Todo sistema complejo “obedece” a ciertas reglas y límites a partir de las premisas que lo constituyen. A la vez todo sistema puede (con)tener las capacidades de crear una emergencia, un momento en el cual dicho sistema cambia hacia otro, dada esa emergencia o nuevo estado de las premisas. Pongamos como ejemplo el sexo. Antes de este, estaba la bipartición como reproducción sexual, pero una vez que el sistema complejo biológico “emergió” hacia la sexualidad, se creó un nuevo sistema, con una nueva “lógica”. Todo sistema emergente, contiene a la vez “internamente” el sistema sobre el que emergió. Algunas especies sexuales hacen “trampas” y se pueden llegar a reproducir por partogénesis, sin la necesidad del macho, puesto que el sexo “contiene” la “memoria” de lo que era antes.

   Si se da ese “fatalismo evolutivo”, ¿es mérito del humano llegar hasta donde ha llegado o es simple “fatalidad”? Lo que quiero decir es que todo animal está dentro de un sistema, donde “su” verdad se limita al “sobrevivir y reproducirse”. El ser humano es un estado emergente de ese sistema simple, donde al darse ciertas condiciones entre el factor de la  conciencia nuclear y la complejidad de un lenguaje multisigno (multi-significativo, metafórico), emergió a lo que conocemos y somos ahora. Estado por el cual podemos llegar a ignorar las reglas del sobrevivir (suicidio, sacrificio anómico) y reproducirse. O sea, el humano no se “planeó” a sí mismo: fueron factores azarosos, por los cuales al llegar a cierto estadio, se produjo la emergencia de lo que es la mente o conciencia, que es a lo que llamamos ser humanos. Es fatalismo, no elección.

   Sigamos con esta lógica. Tener conciencia no es suficiente. Podríamos haber estado viviendo como simples tribus, dejando que se “aplicase” las reglas evolutivas de la mejor adaptación, dadas unas premisas y un medio, como vemos en los humanos de los trópicos que aún viven en esa condición de tribus sencillas. El segundo “salto” o emergencia, fue la “cultura masificada”, el unir distintos aprendizajes y que en ese proceso, por puro juego evolutivo de lo mejor y más óptimo, ahora en lo cultural (regla heredada de la evolución, en donde está contenida esta nueva emergencia), fuera emergiendo el conocimiento como meta. De nuevo un fatalismo evolutivo, no una elección. Las tribus que tenían las necesidades cubiertas en su entorno no tenían necesidad de crear grandes cambios, como demuestra las tribus que aún subsisten. No cambies algo que sabes que funciona, es una regla evolutiva (exceptuando la mutación, de dicha regla). Pero algunas tribus se vieron sometidas a la necesidad, por un ambiente pobre (desértico, estepa, helado…), de tal forma que tenían que cambiar algo. El nomadeo, el eterno cambio de lugar, dio como resultado que los humanos no se limitasen a contar con una sola cultura, en la que se nacía, sino además con el poder quedarse con lo mejor de varias formas de hacer las cosas. O sea, que si vas hasta otra tribu y si alguien te enseña cómo curtir una piel, con menos gasto energético y que el resultado sea mejor y más duradero (regla de la evolución, en la que estamos “contenidos”), no te vas a quedar con la “peor versión”. Esto ha creado una nueva variable en el sistema, de tal forma que la masificación o el aglutinamiento cultural, ha provocado una nueva emergencia y por lo tanto un nuevo sistema, con unas nuevas reglas.

   Si se analiza la evolución humana se deducen esas dos reglas. El humano es ese que “lucha” entre mantenerse en el sistema anterior o ir hacia el nuevo sistema. Siempre se da algo de resistencia, siempre hay individuos que tengan más marcado los genes para la permanencia, en vez de para el cambio. No por algo “intencional”, sino porque la evolución en el tránsito de un cambio contiene esas dos apuestas o “verdades” como posibles. Tienen que “luchar” entre ellas, para ver cuál es la “mejor”. No hay nada mágico detrás, son dos puertas y dos cerraduras hacia dos habitaciones, al final en una de las habitaciones hay regularmente más comida y se obtiene de forma más fácil, luego se tira esa otra llave y uno se olvida de esa otra puerta. En la región de la Armuña, en Salamanca, baja un arroyo (de la encina), en donde cierta parte era una parada de las aves migratorias, había una pequeña albufera. Hace unos años ubicaron una planta de tratamiento de residuos a unos kilómetros, en el nacimiento de ese arroyo. Ahora las aves migratorias se acercan a este nuevo lugar, donde hay tanto alimento y de fácil acceso, en vez de apostar por la precaria y difícil tarea de la caza de anfibios e insectos en el arroyo. Otro ejemplo son los conejos, campan allí donde pueden, pero hay cotos de caza. Con las autovías se ha creado la situación siguiente: puesto que alrededor de las autovías ponen un vallado a unos 5 metros desde sus bordes, ese espacio es el que ahora está repleto de madrigueras y conejos. No ha sido el conejo pensando o deduciendo: “si me meto en esa zona a la que el cazador no tiene acceso y en la que además este no puede disparar, puesto que hay humanos cerca, entonces voy a estar protegido”, es simple juego evolutivo, algunos conejos por azar hicieron madrigueras en los nuevos badenes de las autovías, de tierra blanda, los cazadores fueron cazando el resto de conejos de otras zonas, luego al final sólo quedaron los que vivían en esos límites dentro del vallado de las autovías. Es más, han proliferado mucho mejor que antes, puesto que ahora no tienen depredadores. Muchos animales se han adaptado a vivir de los desperdicios de los humanos, desde que nosotros apostamos por las ciudades (ratas, cucarachas, por ejemplo). En la actualidad y dada la “elección” humana a las grandes ciudades, incluso animales salvajes y antes cautos a acercarse a los humanos, se adentran a buscar comida en estas: alces, zorros, macacos, lobos… En todos estos ejemplo se deduce el forrajeo óptimo, y el minimizar gasto de energía (ley del mínimo esfuerzo), prefijados en las reglas de la evolución.

   Pero el fatalismo que planteo va más allá de estas reglas generales. No hay realmente nada que el sistema “no tenga previsto”, no contenga, en lo humano. Lo que quiero decir es que el individuo, una cultura dada, no cuentan. O es indiferente en dónde emerja, ya que este “por sí sólo” es una condición que se va a dar indiferentemente de la conciencia o la condición en la que nos creamos. Una vez que se dio la cultura como apuesta, como nuevo sistema, en todos los lados del planeta surgieron las ciudades-estado, con las condiciones o bases de una tribu muy grande: un gobernador, unas leyes, un ejército… A estas le sucedieron los imperios, a estas las naciones, la concepción de continentes culturales (Europa, Asia, África…) y en un futuro tendrá que emerger un orden global. Es una “lógica” dentro de esta nueva emergencia que es la cultura. Un proceso que ocurriría independientemente de grandes hombres o individualidades, como Alejandro Magno o Gengis Kan, o civilizaciones como la mesopotámica o la griega. El hombre no progresa, el progreso sucede. Progreso no en ir a mejor, sino en acumular o cambiar. Pues no creo en el concepto humanista y optimista de progreso. Darse cuenta del fatalismo, el concepto de imperio nunca ha triunfado. Tampoco prospero o gano la apuesta de las ciudades estado. Ha ganado la más óptima que es la de nación, una posición intermedia, entre las dos opuestas.

   Para entender un sistema hay que empezar entendiendo sus componentes y sus límites. En el sistema humano, el componente es el individuo, los límites el cómo se puede “desintegrar” dicho componente o engranaje. La religión fue uno de esos fatalismos, dada la naturaleza del componente que es el individuo. Pero eso es adelantar demasiado, vayamos por partes. Cuando nació la conciencia, como conocimiento de sí, que tenía la posibilidad de no contener otra cosa que sí: la autoconciencia, este nuevo estado no daba tranquilidad. Como he dicho otras veces, la conciencia se puede simplificar como un proceso de retroalimentación: el que habla se escucha y el prefrontal entra en juego al revisar lo escuchado. Se dio la posibilidad de imaginar hablar, que es a lo que se puede reducir el pensar. Un espejo que refleja otro espejo que tiene delante. Pero en ese proceso nace un ente o efecto de “mirarse mirar”, o conciencia de un yo, como es así al ponerte ante un espejo. Cuando un animal no muy complejo tiene miedo, es una reacción químico-física de huida o ataque. Lo viven en primera persona. Pero con la conciencia en el hombre y otros animales, y reduciendo a que este “habitáculo” es siempre “conciencia de”, donde el peso está en la preposición “de”, todo cambia. Detengámonos brevemente en lo que es una preposición. Introducen un contenido adjunto que dice algo del nombre o sujeto. Si empiezo diciendo: “la bicicleta de…” se espera a lo que adjunta o va a introducir ese “de”, que se termina por entender o dar todo su significado, cuando digo “…Pedro”. La conciencia no-es, sino en tanto que lo que contiene. Cuando el cuerpo se ve sobrecogido por el miedo, se es conciencia de miedo, pero dado que una de las capacidades de la conciencia humana es el lenguaje, ahora sé que eso que me pasa se llama miedo. Lo objeto, ya no sólo lo vivo en primera persona, sino que además lo analizo como objeto, con cierto valor o ciertas conceptualizaciones que vienen dadas por mi lenguaje, por mi cultura. Todo eso es una suma de afectos que sobredimensionan ese miedo, que se añaden. Dado que mi cultura rechaza el miedo, como sinónimo de cobardía, tengo miedo -en una de sus dimensiones- de tener miedo. Es más ahora ya no importa tanto el miedo, sino ese añadido o capacidad por la cual el prefrontal se mete en un bucle del que no sabe salir. Siente miedo, sabe que es miedo, trata de corregir el miedo, pero hay un hecho real y físico sobre el que no tiene control: las reacciones de la suelta de adrenalina, enervación y frecuencia alta de los latidos del corazón (activación del sistema simpático, entre los que se encuentra la relajación de esfínter, de lo que viene el “me cago de miedo”). Al percatarse el prefrontal que no tiene control en lo físico, se añade un nuevo componente al miedo, que es la falta de control, la entrada en juego del caos. El cerebro en el fondo es reduccionista, en algún lado “sabe”, o tiene unido, que vida es orden y que caos es muerte, o que la vida es un caos controlado. Pero si de repente nace la sensación de descontrol, entonces comprende que aunque controlado, el caos no es otra cosa que caos, y por lo tanto la muerte, como metáfora (translación significativa).

   Se supone que la evolución no tenía que haber metido un “sujeto” que mira, en toda reacción químico-física, como la que es el miedo. Ese “añadido” tenía que “servir” para algo, por la regla de la optimización y no cambiar lo que ya va bien. Pero es que la evolución “no acertó a comprender” los problemas que iba a dar. Recordemos la dualidad huesos o exoesqueleto. Una vez cogido un camino se tira por él. El resto son problemas que hay que ir solventando (ahí tenemos al humano: nos hubiera ido mejor un exoesqueleto para los accidentes de los nuevos modos de locomoción o para mover objetos pesados y grandes). Lo que ocurrió en el humano, con su capacidad de conciencia, y con la palabra y la cultura como contenido de ese nuevo estado, era que de repente se percataba de la “inutilidad” de dicha capacidad, si no servía para otra cosa que para “agrandar o sobredimensionar” todo, de tal forma que ahora se podía balancear lo malo y lo bueno, y en donde lo malo parecía vencer siempre a lo bueno. Lo que quiero decir, que he puesto en otros escritos, es que de fondo  en la vida vence el mal. Si te capturan, junto a tu mujer y tu hijas, y las maltratan y las violan delante de ti, para al final torturarte y matarte, ¿qué acto poner en el otro lado de la balanza que compense este peso tan tremendo? No hay que ir tan lejos. La vida significa sacrificio, lucha, para al final morir. Acabar. Hacer que todo haya sido “para nada”. La muerte es el punto y final, y si es así de conclusa, ¿qué sentido tiene tanto esfuerzo? Toda esta suma genera ese miedo al miedo o conciencia ampliada en lo negativo, o concepto de angustia filosófico -base del realismo depresivo- , que hoy parece haberse descartado por completo, dentro de las “psicologías” y/o teorías sobre el hombre.

   Lo que quiero decir es que la evolución “metió” la espiritualidad como “calmante” a tanto dolor. O dicho con las palabras de la evolución: entró en juego la apuesta de la espiritualidad, frente a la de la no espiritualidad, y acabaron “venciendo” los que la tenían frente a los que no, porque era la más adaptada al miedo o angustia que significa simplemente vivir para nada. De paso “metimos” conceptos, o ganaron en el nuevo juego o sistema de lo cultural, como los de transcendencia, que todo significaba algo, la narratividad, el destino, el plan divino, etc. Por eso hay que analizar este todo en sus dos partes; por un lado tenemos la (posible) espiritualidad individual, y por otro la religión que nos viene dada por cultura. La segunda la justificamos, en tanto que nos encaje que tenemos ahí eso primero que tiene que “servir” o ser para algo. Con esto vuelvo arriba. Otro acto fatídico, de la evolución, ahora jugando dentro de lo cultural, fueron las grandes religiones. Todas parecen emerger a la vez en todo el planeta, incluso en las américas, donde no tenían contacto con otras culturas (fuera de teorías de alienígenas y demás cuestiones de ese tipo). O sea, es un dos más dos, donde al poner unas premisas, se sigue una misma conclusión en todas las partes del planeta. Las ciudades-estado y los imperios “funcionaban” mejor con las religiones unificadas y masificadas (grandes religiones), pues creaban un estado de “todos a una”, en donde la lucha por el imperio era, primero, la lucha por las propias creencias individuales y por mandatos de tus dioses-gobernantes: “apaciguaban” y alimentaban el engranaje que es/era el individuo. Lo mismo se puede decir de la agricultura y la ganadería: surgieron más o menos al mismo tiempo, en distintos puntos del planeta o en distintas culturas. Si se entiende esto como regla, igualmente se puede concluir que la democracia es una lógica que se sigue de ciertas premisas, y dadas unas simples reglas del juego del sistema cultural. No hacía falta un “inventor”, la cultura griega, se hubiera dado de una forma u otra, como consecuencia lógica, tratando de librarse de las reglas “negativas” para la propia eficacia y optimización del propio sistema. Einstein es la conclusión lógica de una época en donde emergían, con fuerza, todas las concepciones de ese caldo de cultivo que eran las leyes físicas a nivel atómico. Casi siempre se da una convergencia en las teorías y en los avances técnicos, varios autores llegan a unas mismas conclusiones o a unos mismos inventos. Las grandes ciudades son ese caldo de cultivo (ahora Internet), donde la información fluye de forma más rápida y profusa, y en donde parece nacer de forma “enfermiza” la neofilia (amor a la novedad, a lo nuevo), frente a los pequeños pueblos, que suelen basarse en la neofobia, y en el mantenimiento de lo tradicional.

   Lo que quiero decir con todo esto, es que casi todo a lo que llamamos humano o logros humanos, no son mas que cuentos que nos contamos, para alimentar y relajar a nuestra individualidad, a nuestra “conciencia doliente”, al igual que la espiritualidad y las religiones “sirven” a otros fines similares. Si pensamos que un descubrimiento, el dar con un nuevo paradigma, escribir un libro o crear una pintura o un nuevo movimiento en el arte, sirven para algo, es para justificar y contarnos el cuento de que cada individuo cuenta y que en definitiva nuestras vidas y nuestro futuro está en nuestras manos. No como colectivo, que eso no alienta al ego o dolor de la conciencia individual, sino en tanto que siempre con la idea de que lo que cuenta es la subjetividad o conciencia del propio individuo, para forjar su propia vida y de paso posiblemente la de la humanidad entera. Dicho de otra forma y más breve: el cuento más antiguo, persistente y profundo es el concepto del héroe, aquel por el cual un ser o individuo es el que tiene la capacidad de portar en sí, contener la potencialidad, el designio, de la salvación, la mejora o lo que fuere, de toda la humanidad. En definitiva, y simplificándolo, a alimentar el ego y la conciencia (doliente) individual.

   Se me puede argumentar que si todo sigue un proceso, ¿cómo acertamos tan mal? Sólo ahora tenemos las “herramientas” o los tipos de conocimientos que pueden hacernos ver ser más “preclaros”; pero a la vez esto está “anunciando” un nuevo cambio de sistema. Hasta ahora no nos teníamos como conciencia de un todo. La globalización está creando ese tipo de “nueva conciencia”. El proceso es lento, aún hay humanos que son simples cazadores-recolectores, aún hay integrismos que tratan de sujetar su “ser” en un solo credo, y cerrando el acceso libre a Internet y lo ajeno, y aún hay fuertes nacionalismos. El proceso es entrar en esa “nueva habitación” con la conciencia de que dejas otra atrás y con la falta de seguridad de si será para mejor o para peor. A veces, para tranquilizar nuestros miedos, ante los momentos de crisis, volvemos a la vieja habitación, al igual que nos ponemos en posición fetal, como acto mental simbólico para volver al vientre materno y su seguridad, ante cualquier situación de gran miedo. Siempre somos ese dar dos pasos adelante y uno para atrás; pero inevitablemente, como fatalidad, se va en una dirección. En la actualidad estamos en uno de esos estados de dar un paso atrás. El brexit, entrada de las derechas extremas en muchos países, integrismos, oligarquías… Pero inevitablemente seguiremos nuestro camino de ir a la siguiente habitación.

   Quizás si surge este dar un paso atrás en la actualidad, no sea ya por esa lógica de dos pasos adelante y uno para atrás. En la actualidad se está en un cambio de paradigma, de sistema, pues se está dando una nueva emergencia que va ligada a ciertas contradicciones. El nuevo sistema que viene “acaba” con todo lo anterior. Recordemos que en el sistema anterior el eslabón era el individuo. Todo se había “creado”, la evolución, lo cultural, con la base del individuo. El héroe era ese núcleo, o atractor de caos, que unía el caos dentro de un orden o patrón para crear orden en dicho sistema. Pero ahora el nuevo lenguaje es el científico. La tendencia de dicho lenguaje es la de “matar” al sujeto interior, al homúnculo, al alma. El relativizar la conciencia, como no tan importante y central, dentro de un sistema o cerebro que está plagado de errores y de sesgos. Por otro lado el alma queda “encajonada” a comportamientos heredados y escritos en el ADN, y que tienen explicaciones o pueden ser reducidas a los “comportamientos” de moléculas como la adrenalina, la serotonina, la oxitocina o la dopamina. ¿Qué alguien es muy aventurero?, le domina la adrenalina. ¿El amor?, oxitocina. ¿La alegría?, dopamina. ¿Tristeza?, depresión, falta de serotonina. Por otro lado, las ciencias estadísticas, unidas a sus disciplinas, malogran todo intento interior de explicarse uno a sí mismo, y crear un yo monolítico y auto-creado. Encajas en los comportamientos y crisis del soltero de la mediana edad, con el joven alocado que aún no ha mielinizado los axones del prefrontal, con el marginado de los suburbios de educación baja o nula, etc. Los nuevos paradigmas nos hablan de la unión de las mentes, de la colectividad, de las conclusiones en grupo, de las tormentas de ideas. El individuo, así, se ve poco a poco, reducido a un todo (como siempre ha sido, en realidad), donde su ego ya no tiene tanta importancia, donde la personalidad puede ser un “aparejo” que más que ayudar estorbe. En la actualidad se “liman” todo los “bordes”, todo lo sobrante, todo lo que sea excesivo, dando en el proceso con un tipo de “humano” más redondeado, con el carácter más suavizado y acorde a unas normas más básicas y simples. Se está estandarizando al ser humano, tratando de volverlo homogéneo, globalizado o dentro de un concepto en donde lo cultural -aspereza- se ha de entender como una mera curiosidad o accesorio de esa persona, que no ha de estorbar cuando está en grupo, en sociedad o en su empresa. Laicidad conceptual.

   La actual dominancia hacia la individualidad, hacia el ego, viene dada por esa resistencia a este nuevo estado de cosas. Si no soy relevante a nivel de sistema, de empresa, como ente social, lo pronunciaré más en aquellos ámbitos donde parezca aún tener esas “cadenas”. Lugares “libres” como Internet y en las fiestas (esto queda manifiesto en ese nuevo tipo de película, tan en boga, en donde las locuras de las fiestas son las protagonistas: “Resacón en Las Vegas” y subsiguientes, que no las llamaría secuelas, sino la manifestación “lógica” del actual sistema). Si afinamos el análisis de este comportamiento, en el fondo está la lucha de lo dionisíaco y lo apolíneo, los placeres y la razón. Puesto que el sistema se está volviendo razón, lo dionisíaco crece allí donde el sistema no se tiene por qué meter. Queda reducido a unos mínimos, pero en ese espacio tan reducido genera más caos y movimiento. Es el mismo caos de siempre, pero en un “espacio” menor, con lo cual tenemos la percepción de que hay más movimiento… ¡o no!, como veremos en el siguiente párrafo. Puesto que lo dionisíaco es la “resistencia” y esta es más propia de los jóvenes, entonces este comportamiento se vuelve pandémico hacia otras edades: todo adulto ahora es susceptible de padecer síndrome de Peter Pan. La madurez no parece nunca alcanzarnos, nos resistimos a ella, y en el proceso entran en crisis instituciones como la familia, y de paso conceptos como el de matrimonio, el del amor, la maternidad o el tener hijos. En definitiva los conceptos de lo que era la manada. Las actuales feministas no quieren ser reducidas a madres, a lo materno, a lo protector (a la diosa madre, a la Pachamama). No se dan cuenta que no son “sus” ideas, sino que han adoptado la “lógica” de toda esta latente crisis que va contra la individualidad.

   Con todo, las cosas no terminan de ser claras, de tender a un sólo lado de los dos contrarios. Recordemos qué es una emergencia, la sobredimensión de un estado concentrado y reducido que termina “formando” un “nuevo” sistema. Una estrella se forma por la concentración que provoca la gravedad en su núcleo sobre el hidrógeno, hasta que al final forma el helio. En la actualidad emergen dos tendencias contrarias. Una “natural” que es la de tender hacia un sistema globalizado, y otra emergencia, su contraria, que es la de tender a la defensa y al mantenimiento de la individualidad. En esta también se está dando una emergencia, o conato, puesto que al generalizarse se está volviendo sistémica. Ahora todo individuo “defiende” y sustenta su individualidad con tanto ahínco, como si lo humano no fuera otra cosa que ese sí-mismo. En este nuevo estado de cosas el yo es ese dios individualizado incontestable, impertinente e irreductible que ha de mantenerse contra todo viento y marea. Todos los memes, paradigmas, y conceptos de la actualidad han orbitar sobre el concepto del yo. Toda idea que vaya contra esta idea, como este escrito, no se han de tener en cuenta. La emergencia es el yo, el resto es lo no emergente, lo ignorado. Asteroides a la deriva.

   Concluyo. Bajo mi punto de vista ha de ganar el sistema, lo globalizado, el nuevo leviatán. La individualidad cada vez se sentirá más presionada o concentrada en su caos interior hasta que llegue a una situación en la que implosionará, cual supernova. El sistema cada vez entra en más terrenos. Busca “debilidades” y fallos en la nueva tendencia de la individualidad, para controlarla. Si se produce un incendio en una discoteca o en un estadio, o una estampida, que en uno u otros casos, provoquen daños, heridos y muertes, tiene la “excusa” como para legislarlo y controlarlo. Con esta tendencia se va hacia una “domesticación” de lo individual. Como de lo que se trata es que sea el propio individuo el que acepte su sumisión, vienen bien ideas como la ecológica y la anti-cambio climático. Como tanto Estado-multinacional como ciudadano-individuo coinciden en ese punto, los dos lados se concentran en esta nueva mentalidad, haciendo que parezca la única nueva lógica, para abrazar a esa nueva emergencia globalizada. Como un nuevo aglutinante, como lo fueron en su época las religiones. En la actualidad, también como nuevo aglutinante-recolonizador, la espiritualidad individual es la que vendrá a suplir a las grandes religiones: cada cual se hace una religión a su medida. Recordemos: no decide el humano, es su fatalismo, es la lógica de los sistemas evolucionando y buscando sus atractores de caos, los que “formalicen” dicha nueva emergencia o sistema. Bajo mi punto de vista el neolítico fue una fatalidad, y lo fueron las ciudades-estado, las grandes religiones, la era de los descubrimientos, la era industrial, la era moderna y la actual globalización. Da igual que algo detuviese momentáneamente dicha “lógica” o proceso, como lo hizo el Catolicismo en la Edad Media, y da igual que unos se adelanten, como lo hicieron los Griegos con la democracia. El proceso es el mismo. Si algo se adelanta se le ignora y queda atrás. Como muchos inventos como el de la posible fuerza motriz del vapor: fue ignorado en su época, pues como había esclavitud, no era necesaria esa fuerza para crear motores, ya que estaba la fuerza humana que era “gratis”. Puede que un investigador o inventor se adelante algo, pero esa idea o concepto que subyace detrás no se “expresará” hasta que no sea asumido por toda la humanidad al completo. Ahí tenemos las ideas de Darwin que se van generalizando, pero aún no del todo. Ahí están las de la nueva física, entre las que están las de Einstein, que no son entendidas por casi nadie, pues muchas van contra la lógica de la física que lo que “vemos”.

   De seguir la lógica de mi escrito hasta el final, yo no tengo la “autoridad” del presente concepto, sólo expreso algo que está en el caldo de cultivo de la actualidad. Siguiendo esa lógica, mi individualidad no cuenta, no cuenta que pueda ser el primero que afirme algo así. Pero de fondo, ese saberme nada, ese saber que era igual que existiese o no, que crease una individualidad u otra, que en definitiva tenga una conciencia, una idea sobre un sí-mismo, no sirven de nada, sólo puede crear ese realismo depresivo que soy, y ese renegar de ese papel de conciencia que el humano pone como tan importante. Soy nada, mero humo de una hoguera de la que no quedará ninguna huella. Si yo bajo mi honestidad me siento así. Si bajo este signo de cosas sólo se puede llegar al realismo depresivo, ¿cómo lo evitarán el resto de los humanos como para seguir adelante? No lo sé, “la vida se abre camino”, la evolución siempre llega a alguna estratagema, como lo ha hecho hasta ahora. Vencerá otra cosa distinta que el realismo depresivo. Se augura que dentro de unos veinte años, China será la nueva fuerza y economía del sistema. Si es así entrará en declive y muerte la era del etnocentrismo occidental. Se acabará con el sistema que puso al individuo como base del sistema, bajo el concepto del héroe, el semidiós y “el” dios. Las culturas orientales ponen un mayor protagonismo en el trabajo en equipo, en la cooperación, en la de minimizar lo individual. ¿No parece extraño que esa era de la globalización, fatídica, coincida con ese protagonismo que van a coger las culturas orientales? De nuevo parece un signo de lo fatídico de nuestro tipo de sistema.

   Termino con algunas ideas aledañas. Aunque soy ateo, voy a hacer un regalo a los creyentes. De existir Dios, no haría falta que “planease” y que crease al hombre. Crearía las bases de cómo han de “funcionar” los sistemas, como para que estos por sí solos llegasen al hombre (o cualquier otro ser de otro planeta que llegue a la conciencia). Es un modo de teoría del relojero, algo especial. Pero a decir verdad tiene sus fallos. Yo, de ser Dios, mi criatura “preferida” serían las abejas: no se alimentan ni de plantas, ni de otros animales. Crean su propio alimento, que además en el proceso ayudan a que las plantas con la polinización. Las abejas “obedecen” a las leyes de la evitación de los pecados: no son perezosas, ni glotonas, ni lujuriosas, ni son soberbias, ni nada del resto. ¿Será que al final nos “convirtamos” o converjamos a ser como las abejas?, seres eusociales. Tal parece que sea así. Esa parece la “lógica” a la que nos parece llevar el sistema al que pertenecemos. En ese proceso, al final, la individualidad, el ego y la tan manida conciencia de sí, carecerán de importancia.

Adendum:

   Un sistema caótico, aunque determinista, o fatalista en el adjetivo usado en el presente escrito, no excluye la libertad, entendiendo por esta la posibilidad de tener varias opciones dentro de dicho sistema. O sea, a nivel individual uno puede ser todo lo caótico que quiera. Puede matar, violar, poner bombas, etc., pero eso no repercute en el sistema, que tiene sus propios mecanismos y de los que excluye, esos procesos mínimos que son considerados “locales”. Por ejemplo, el equilibrio es un concepto abstracto que se puede tomar como subsistema complejo, al que recurren ciertos sistemas. Todo animal de extremidades recurre a dicho sistema. Una gran mayoría de las conexiones sinápticas entre neuronas, y del tiempo del aprendizaje, se dedica a crear dicho sistema complejo. Si Algo altera el equilibrio, el cuerpo, y las neuronas, tienen los “correctores” para que dicho sistema no se vea perturbado. O dicho más llanamente, una vez creado dicho sistema, todo conflagra para mantenerlo; en el caso de los humanos, para que el individuo no se caiga. Este sistema o comportamiento se puede implementar en una “máquina andante“.

   Ciertos conceptos que uso pueden tomarse como que apoyo la hipótesis de Gaia, en la medida que el fin último de todo el universo es el de crear conciencia. Hubo un tiempo que la teoría me impresionó, pero hoy en día la descarto. La conciencia es un “órgano” sobredimensionado, como en su tiempo lo fueron los colmillos de los tigres dientes de sables, o el gigantismo de los dinosaurios. Las grandes especializaciones conllevan a que sean terriblemente propensas a la extinciones. La evolución en realidad “ama” la mediocridad, lo sencillo. Hay microbios que están ahí hace miles de millones de años…, nosotros, el homo sapiens, apenas hace unos 250 mil años. “Menospreciamos” especies y otras formas de vida muy erradamente. Los dinosaurios duraron en la tierra 135 millones de años. El neandertal vivió en Eurasia unos 300 mil años, el sapiens en Europa apenas si lleva unos 35 mil años. ¿Duraremos nosotros ni siquiera la edad de los neandertales?, no lo creo, al paso que vamos.

   Por último, el llegar hasta donde hemos llegado ahora, ha sido una combinación azarosa muy compleja que puede que no se repita en todo el universo, o en tiempos tan separados que es muy raro que dos civilizaciones como la humana se den a la vez. Pongamos que se da el humano, tal como lo vemos en las tribus de cazadores-recolectores, en otro planeta que sólo tenga un continente que esté en el trópico (zona en la que el sol da de pleno durante todo el año). Si aquí esas tribus permanecieron en ese estado que conocemos, sin grandes tecnologías, en ese otro planeta hipotético tampoco cambiarían nada, hacia los grandes desarrollos tecnológicos. Todo el desencadenante que ha ocurrido en el humano: bipedación como para tener las manos libres, manos con pulgar oponible, lenguaje complejo, la necesidad de adaptarse por vivir en zonas pobres en alimentos (somos un animal oportunista), el nomadeo como opción para intercambiar culturas… es raro que se dé dos veces, o de formas similares, por otros caminos. Los animales que tomamos como inteligentes, no pueden salir de su estadio a otro similar como el humano, porque no tienen manos para manipular de forma compleja objetos (delfines, orcas, cuervos…) o porque simplemente en el estadio en el que se encuentran tienen sus necesidades suplidas como para no “querer” o verse en la necesidad de cambiarlas, como ocurre con los chimpancés o el resto de los grandes simios.

   La hipótesis de Gaia falla si no tiene en cuenta que las emociones al final son una tara que nos llena de sesgos y errores conceptuales, como para acabar con ecosistemas concretos y con la propia tierra. Si Gaia tuviese que “llegar” a algún propósito sería a la razón pura, a aquella a la que puede llegar una máquina exenta de emociones y que “apuesta” siempre por lo más óptimo y mejor, sin tener en cuenta las individualidades (y la tan manida conciencia, ego o self). De tener en cuenta esa posibilidad, llegaríamos a ser seres primeramente biónicos, para al final llegar a ser simples “máquinas pensantes”.  Siguiendo esa misma lógica, ¿no sería Dios una máquina de esa índole?, una que sabe que el universo se extenderá tanto, tenderá tanto al caos, que dejará de tener energía y dejara de tener vida. Finalmente en ese estado de cosas ya no podrán vivir ni las “máquinas pensantes” que llegaríamos a ser. A no ser que el plan de ese Dios máquina, fuera de todo universo concreto, fuese que esas “máquinas pensantes” hubieran llegado a tal nivel de comprensión del universo, antes de ese final de la energía, como para crear algún artefacto que fuese capaz de crear un bing crunch (teoría descartada, ya sé), un nuevo colapso del universo que sería el inicio para un nuevo big bang.  ¡Por imaginación que no sea!

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Lo que Es y lo que (a)Parece XXI – Lo que no es la Conciencia

   “En el principio fue (estaba, existía, era) la palabra (verbo)”, y también (y pero) será “su” (nuestro) final, (perdón por tanta interrupción sintáctica, que cada cual lea y construya la frase como quiera y pueda, yo pongo casi todos los posibles “significados”). La propia frase del evangelio de San Juan ya lleva implícito el caos de la palabra, de nominar. Si el culmen del saber es la posibilidad de hablar, ¿por qué se hace tan complicado llegar a una sola concepción de una sola palabra?, de poderla traducir, de poderla interpretar, de darle un significado unívoco. En los hebreos el concepto de “verbo” lleva implícito una dualidad significativa: el de “designio” y el de voluntad de ejecutar este designio. Usamos las palabras mental y socialmente, sin en la mayoría de los casos tener una idea exacta de sus significados. De repente me “tropiezo” con la palabra designio, sin tener en claro qué significa. Esto dice la Real Academia: “pensamiento, o propósito del entendimiento, aceptado por la voluntad”, de nuevo me veo “zancadilleado” al toparme con concepto tales como “pensamiento”, “propósito”, “entendimiento” y “voluntad”. ¿Existe algo así como una “despersonalización de la propia lengua”?, una situación dada en la cual ya no se está seguro de ningún significado. ¿Una crisis de la personalidad no viene precedida por una crisis de los conceptos, de las palabras?

   Dudo de lo que nos dice San Juan. Si el lenguaje es tan caótico Dios no debería de poder Ser palabra, pues no cabe el caos dentro de su identidad, dado que uno de sus “atributos” es la aseidad, el Ser permanente, inmutable, dado, sin cambios y por tanto sin las interpretaciones, propias de las palabras. A no ser que Su palabra y lenguaje sea distinto del nuestro… ¿algo como el lenguaje científico?, que no ha de tener, ni contener la ambigüedad.

   He ahí, quizás, una primera verdad o conclusión: el lenguaje siempre parece funcionar a modo de metáfora. No nos detenemos en cada palabra, “captamos” el sentido de la frase, sin que necesariamente esté implícito y sea unívoco. La palabra metáfora se deriva (ir a la deriva, ese es un atributo de las palabras) del griego transportar, desplazar. Como diciendo que hay algo que cambia de posición, quizás por no tener ninguna “posición real”. La palabra siempre designa un transporte, en la medida que el objeto es y siempre está en “otro lado” al ser mirado e imaginado (aunque en sentido literal metáfora se refiera a una translación retórica de una palabra a otra más bella, significativa o poética). Todo acto mental es un transporte, un cambiar de lugar una realidad que está afuera y que la “desplazamos” a nuestro cerebro. O dicho en el lenguaje de las neurociencias, no son los ojos los que ven, sino el cerebro, y dado que todos lo que tenemos de la realidad son “representaciones mentales”, nunca se puede estar seguro de lo que hay ahí afuera. Piénsese sino en lo que le ocurre a un esquizofrénico. Así que tenemos multitud de traslados, de desplazamientos: la que ocurre al ver e imaginar (llevar a imagen mental), la que ocurre al darle una palabra o concepto, y la que ocurre al hablar con la tara de poderla expresar pobremente, y la posible “traducción” que haga el otro de dicha palabra o imagen mental (que incluye el mundo afectivo, claro) en palabras. Con todo estas variables, ¿cómo es posible la comunicación?, bajo mi punto de vista toda comunicación es un fracaso, y esa es una de las taras constituyentes del ser humano.

   Esta pequeña introducción viene a colación por tratar de determinar qué queremos decir con consciencia y su casi homónima conciencia. En mis escritos siempre he hablado de conciencia, cuando quizás por su significado y su uso debería de haber usado consciencia. Si “elegí” conciencia, frente a consciencia, fue por el hecho de que en las neurociencias, consciencia se refiere a aquellos estados mentales contrarios a estar inconsciente, tales como el sueño, el desmallo o el estado de coma y vegetativo. O sea consciencia como estado de vigilia. Si nos remitimos a la Wikipedia española, esta nos dice que hay que diferenciarlas, ya que conciencia tiene más bien un significado de diferenciación moral, o de discernir entre el bien y el mal (por cierto bajo esta perspectiva Caín no pecó, puesto que como no había un precedente de lo que era un asesinato, “no conocía” o podía saber que estaba mal, por eso Dios fue Magnánimo en su castigo). Pero si nos remitimos al diccionario de la Real academia, nos dice esto:

Consciencia
Del lat. conscientia.
1. f. Capacidad del ser humano de reconocer la realidad circundante y de relacionarse con ella. “El coma consiste en la pérdida total de la consciencia.”
2. f. Conocimiento inmediato o espontáneo que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones. “Perdió la consciencia de lo que le estaba pasando.”
3. f. Conocimiento reflexivo de las cosas. “Actuó con plena consciencia de lo que hacía.”
4. f. Psicol. Acto psíquico por el que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo.

Conciencia
Del lat. conscientĭa, y este calco del gr. συνείδησις syneídēsis.
1. f. Conocimiento del bien y del mal que permite a la persona enjuiciar moralmente la realidad y los actos, especialmente los propios.
2. f. Sentido moral o ético propios de una persona. “Son gentes sin conciencia.”
3. f. Conocimiento espontáneo y más o menos vago de una realidad. “No tenía conciencia de haber ofendido a nadie.”
4. f. Conocimiento claro y reflexivo de la realidad. “Aquí hay poca conciencia ecológica.”
5. f. consciencia (‖ capacidad de reconocer la realidad circundante). “Por fin recobró la conciencia.”
6. f. Fil. Actividad mental del propio sujeto que permite sentirse presente en el mundo y en la realidad.

   Conciencia(1) se usa en la acepción cinco como sinónima de consciencia, como estado de vigilia, y en su sexta acepción vemos que es el concepto filosófico de “tenerse” como sujeto de mundo y con cierta “distancia” de este (un yo, un agente mental o ese “saber que se sabe” que yo he usado tantas veces), y que tantos quebraderos ha dado a la epistemología (de conocer cómo se conoce) y la ontología. Esto es lo que nos dice el diccionario Heder:

“Conciencia GEN.
(del latín conscientia, derivado de cum, con, y scientia, conocimiento, por consiguiente remite a un cierto «saber con») Por su etimología, es el saber algo dándose uno cuenta de que se sabe, o bien el tener una experiencia advirtiendo el sujeto que la tiene; la etimología de la palabra apunta ya, por tanto, a la principal característica del concepto: la reflexión. En general, es la capacidad de representarse objetos o la capacidad de conocer objetos del mundo exterior, mediante una representación de los mismos con intuiciones y/o conceptos. Posee, por consiguiente, dos sentidos fundamentales o bien hay que decir que existen dos clases de conciencia: la representativa (de objetos) y la reflexiva (sobre uno mismo). Aunque la conciencia existe en distintos grados en el reino animal, en sentido pleno la conciencia es un fenómeno puramente humano y con ello se afirma que 1) todo hombre individual tiene conciencia, esto es, es capaz de representarse mentalmente el mundo; pero que 2) lo hace de un modo tal que es sustancialmente idéntico para todo hombre, de donde proviene que todo hombre, además de ser un individuo capaz de conocer es, también un sujeto sustancialmente idéntico a los otros; y, por último, que 3) tener conciencia, o ser sujeto, implica que existen objetos conocidos por este sujeto. En el primer sentido, la conciencia es la capacidad del individuo de conocer el mundo que le rodea; en el segundo, la conciencia significa subjetividad o entidad de sujeto para quien la tiene, y en el tercero, la conciencia señala la inevitable condición de que «toda conciencia es conciencia de algo» y de que, por lo mismo, significa la unión, fusión o relación -pero no identidad, que es lo que afirma el idealismo- entre un sujeto y un objeto. Cuando este objeto es el yo mismo, a la conciencia se la llama autoconciencia, o conciencia de sí mismo, y cuando es un valor moral o un deber, conciencia moral. Es propio de la conciencia dar unidad al conjunto de la experiencia, hasta el punto de que la posibilidad de captar y comprender el conjunto de experiencias como un todo, ya sea como un objeto o como la totalidad de objetos, depende esencialmente de la permanencia, constancia, identidad de la conciencia y de su carácter de sujeto.
Características básicas, por consiguiente, de la conciencia son: la intencionalidad, la reflexión y la identidad o permanencia como sujeto.”

   Resumiendo. Lo que se da a entender con conciencia o consciencia, es a ese hecho de que en el cerebro se crea una identidad o yo (self ‘uno mismo’ en inglés, pues ellos dicen que el “yo” de las lenguas romances no lo traduce realmente, vuelvo a ello más tarde) por lo cual toma una distancia del objeto que se tiene en mente, en la imaginación, y en esa “distancia” se crea una separación en donde nos damos cuenta de que somos un ser que se conoce como conociendo, como ese ser que en ese acto se hace ser, por el hecho de conocer que conoce. En realidad, puestos a dudar, y dentro de una “despersonalización de la palabra”, qué conoce qué y cuál es esa distancia a la que se refiere el concepto.

   Caemos, cual Alicia, en la madriguera de los conceptos, en donde ya nada parece ser lo que (a)parece. El humano es un tramposo conceptual. Crea conceptos que le “expliquen”, que lo pongan como de una clase superior, sin estar en claro que esos conceptos creados remitan a alguna realidad, y sin que esa realidad expuesta realmente explique una diferencia clara con respecto a otros animales. O dicho de otra forma, ¿cómo sabemos que otros animales no tienen conciencia? Creamos el concepto de conciencia para diferenciarnos de los animales, para creernos superiores, de otra “estirpe”, de otra “naturaleza”. En el fondo de lo que se trata es de dar una explicación “sobrenatural” al hombre o dicho de forma más llana: el que sólo una “intencionalidad” como la de Dios (o ahora la alienígena) puede ser la que explique esa diferencia entre nosotros y el resto de los animales.

   Como puedo dudar, tengo que dudar. He de revisar todo para ver si tiene sentido o no. La primera duda es sobre la raíz de la palabra conciencia, como conocer. Realmente qué “sabe” el cerebro sobre sí mismo o incluso del cuerpo, puesto que no somos más que cuerpo. Este es como una gran empresa que está dividida en oficinas, y de las cuales cada una de ellas solo “sabe” el cometido de cada una de esas oficinas. A ese nivel, de “oficinas”, no existe saber, sino reacciones programadas, dadas ciertas disposiciones. El sistema inmunológico ataca todo lo extraño; los riñones y el hígado no saben el uno del otro, y no “saben” un para qué de su “naturaleza”. Se limitan a “hacer” su cometido, como la oficina de envíos de una gran empresa se limita a tramitar los paquetes y las cartas, sin saber un para qué o un qué de cada paquete o carta. Se puede pensar que para eso se “creó” el cerebro, para centralizar todo. Este sería como la oficina del “jefe”, donde este sí tiene que saber un para qué y un porqué de todo. Pero alto ahí: al “jefe” no le interesa ese último empleado que se limita a entregar cartas y paquetes, ni cómo lo hace; se limita a saber, como mucho, de su efectividad. Si eso que llamamos conciencia realmente fuera saber que sabe, como se le presupone, debería saber al nivel y dimensión de un ejemplo que se encuentra en el libro “Sentir lo que sucede” de Antonio Damasio :

“Cuando tomaste ese plato caliente el otro día y te quemaste la piel de los dedos experimentaste dolor e incluso tal vez sufrieras por ello. He aquí lo que te sucedió, en términos neurobiológicos sencillos:
Primero: el calor activó un gran número de fibras nerviosas delgadas y amielínicas, conocidas como fibras-C, vecinas al lugar quemado. (Estas fibras, distribuidas literalmente en todas partes del cuerpo, son antiguas desde el punto de vista evolutivo y su principal misión es transportar señales acerca de estados corporales internos, incluyendo aquellos que rematan en dolor. Se les denomina amielínicas porque carecen del revestimiento aislante denominado mielina. Otras fibras ligeramente mielínicas conocidas como fibras A-d acompañan a las fibras-C y desempeñan análogo papel. A ambas se las denomina “nociceptivas” porque responden a estímulos que pueden ser potencial o efectivamente nocivos para los tejidos vivos.)
Segundo: el calor destruyó varios miles de células, y la destrucción liberó sustancias químicas en la zona.
Tercero: varias clases de glóbulos blancos, cuya tarea es reparar daños a los tejidos, llegaron a la zona respondiendo al llamado de algunos de los productos químicos liberados (por ejemplo, un péptido denominado sustancia P, e iones como el potasio).
Cuarto: algunos de esos productos químicos activaron fibras nerviosas por su cuenta, uniendo sus señales a las provocadas por el calor.
Una vez activada la ola en las fibras nerviosas, viajó hacia la médula espinal produciendo una cadena de señales en varias neuronas (la neurona es una célula nerviosa) y diversas sinapsis (la sinapsis es el punto donde dos neuronas se conectan y transmiten señales) a lo largo de las rutas apropiadas. Las señales viajaron hasta los estratos más altos del sistema nervioso: tronco del encéfalo, tálamo e incluso corteza cerebral.
¿Cuál fue el resultado de la sucesión de señales? Se activaron temporalmente conjuntos de neuronas situados en diversos niveles del sistema nervioso, y la activación generó un patrón neural, una suerte de mapa de las señales relacionadas con la lesión en tus dedos. Ahora el sistema nervioso central estaba en posesión de múltiples y variados patrones de daño tisular seleccionados de acuerdo a las especificaciones biológicas de tu sistema nervioso y del cuerpo propiamente tal con el que se conecta. Estaban dadas las condiciones necesarias para generar una sensación de dolor.”

   Expongo casos personales para entender mejor toda esta cuestión bajo otras perspectivas. Hace dos días me levanté “hecho polvo”, con una sensación de depresión total, si ningún ánimo y ninguna fuerza de voluntad, más que para dejar pasar el día. Siempre molesta esta situación, este no saber por qué. Pero soy una persona solitaria y muy introspectiva (neurótica, según términos psiquiátricos), con lo cual “deduje” que el que hubiera dormido con frío, habría hecho algo a la química neuronal, que hizo que el cuerpo no hubiera “funcionado” como para tener un día “normal”. “Necesitamos” de cierta temperatura corporal para que se produzcan ciertas reacciones químicas y funciones del cuerpo. Por la noche somos más sensibles al frío, por eso el de taparnos, pues el cuerpo “concentra” su calor a ciertos procesos que se producen en ese estado. Si se tiene frío durante toda la noche, en muchos casos esos procesos no ocurren, el acto del sueño no opera su “magia”. Tontamente me despertaba y “me sabía” con frío, pero pensaba que tenía dos mantas, cuando en realidad al despertarme me di cuenta que sólo había dormido con una. Aún con todo aquí se deduce un “saber” a posteriori, pero no es más que una conjetura, y está “alimentada” del saber cultural de este momento de la historia, que no ha tenido el hombre hasta ahora. O sea, aquí vemos una de las facticidades del saber, el saber es cultural, social, no individual, no a nivel de conciencia aislada. Veremos más adelante la importancia de esto.

   Otro caso extraño fue el hecho de que por un tiempo tuviese el lado izquierdo del cuerpo “enervado”, muy sensible, me dolían aleatoriamente distintas partes, y me dolía la cabeza sólo de ese lado. Otro síntoma era que tenía un tic en el párpado del ojo izquierdo. Fui al médico y todo “le sonó a chino” y sólo se quedó con el síntoma del párpado, que por lo demás suele ser un síntoma de estrés o ansiedad. Me recetó tranquilizantes, con propiedades antineuróticas. Más tarde, por introspección, traté de seguir el rastro de ese dolor, de esa enervación. La sentía en gran medida en el codo y siguiendo ese nervio llegaba hasta el meñique. Ya no podía saber más. Pasaron varios meses y un día de repente me di cuenta de una de mis posturas ante el ordenador. Cuando simplemente se navega o se maneja el ratón, la mano izquierda está de más. ¡Resulta que como tengo una silla sin brazos, ponía mi mano entre mi abdomen y la mesa, y la dejaba sujeta aprisionándola! No era consciente de esa “manía” y que me estaba produciendo un daño que se acumulaba. El constante proceso de caer en esa manía, día tras día, hizo que dañase la sensibilidad del nervio que está entre el meñique y el anular, y repercutiera en la enervación de todo ese lado de los nervios. No es algo sobre lo que haya tomado conciencia y ya me haya librado del problema de una vez por todas, recurrente e impertérritamente mi cuerpo tiende a “bloquear” la mano de esa manera. Ahora la conciencia tiene que estar más pendiente de que esto no ocurra. Dudo que un animal distinto al humano caiga en “errores” como este, luego aquí vemos que nos somos tan “saber que se sabe”, y que además que esa “ignorancia” nos pueda llevar a estados que al final nos son perjudiciales. Más adelante veremos cómo cierta naturaleza de la conciencia es la que “produce” muchos de los trastornos mentales.

   O sea que, en unos casos u otros, el cerebro sólo lo recibe como información de dolor y punto; como un estímulo desagradable para el que está programado de “huir”. No sabe nada de todos esos procesos y pormenores físicos de su propio cuerpo. Lo mismo ocurre con lo exterior. No “sabe” realmente del mundo (si acaso ahora en el siglo XXI y si se lo han enseñado y lo ha querido comprender en toda su dimensión, que en realidad no), y ni siquiera sabe de los otros, siempre lo basa en estimaciones y siempre desde su propia pegajosidad neural, desde su propia perspectiva del mundo: lo interpreta, no lo sabe. La conciencia se reduce al cogito cartesiano, “pienso, luego soy”, y nuestro saber tiene que partir de esta única “verdad”. Entonces, lo único que nos queda es asegurar de que, aparte de ese para-sí, como supuesto lógico de verdad última revisadora, lo único que hace es crear conjeturas sobre el mundo y los otros, y sobre sí mismo y sus estados, luego realmente no sabe. Ahí vemos el límite del concepto conciencia, se “sabe” como sabiendo, o conjeturando, pues crea una distancia entre el objeto y sí mismo, por el que se “siente” un ser que “contiene” esos objetos como ajenos a sí. Se reduce a que se crea una realidad subjetiva por la cual nos percibimos como un ente individual o yo, que está condenado eternamente a vivir la realidad desde su propia perspectiva o subjetividad; siempre desde una eterna posición conjetural. Cree, no sabe. ¿Es esto un atributo o una maldición?, sin sentido y finalidad.

   En todo este proceso lo único que queda en claro es que el cerebro es una “máquina” que imagina objetos, entendiendo como objetos cualquier representación del exterior y las propias e interiores (entre las que se incluyen las emociones en su sentido amplio), y con las “cualidades” de saberse otro que aquello que tiene en mente, y en ese proceso “sintiendo” que es una individualidad pensante, “discurritiva” o imaginaria. De este lenguaje, o conceptualización errada, decimos que tenemos (tener, no propio) un dolor, en vez de que somos (ser) un dolor; las cosas “le” ocurren a un ente que de forma errónea “insertamos” en todo este proceso o forma de conceptualizar. Nace el concepto de homúnculo o ente que “maneja” todo el entresijo mental. En todo esto nos tenemos que remitir, en este devenir de las palabras, a que conciencia es la “adaptación” o translación que el latín (Cicerón Séneca) hicieron del término griego “syneidesis”, concepto formado por el prefijo syn- (con, unión) y eidesis (contener en la imaginación). Vemos que la “intencionalidad” de los griegos, al crear tal término, estaba muy alejada a cualquier concepción de “saber” y aún más lejos de cualquier interpretación moral de tener un conocimiento y distinción del bien y del mal. De otra manera, ¿Cómo sabemos que una simple araña no tiene todo esto?, o sea hace telarañas, pero para ello tiene que tener un “conocimiento” de ese entorno concreto como para crear una “estrategia” o proyecto de telaraña válido para ese entorno. No es lo mismo una telaraña en un rincón, que otra que entremedias tiene una lámpara. Se “adapta” a cada situación haciendo una telaraña específica para ese entorno. Para ello ¿se ha de suponer que tiene alguna especie de plan?, o va tramando según cada paso. Se ha de “saber” distinta de su entorno y la propia telaraña, pues ella misma no se queda “atrapada” en su propia construcción, ni mientras la hace, ni después. Acaso no es eso mismo lo que hace cada humano, ¿no tramamos nuestra propia vida adaptándonos a cada rincón y “objeto” (persona, situación, vivencia) con los que nos encontramos? ¿hay alguna diferencia entre simplemente hacer y saber que se sabe? La diferencia de nosotros y la araña, a modo de conocer y los límites de nuestro conocer, es que nosotros la mayoría de las veces nos quedamos atrapados en nuestras propias telarañas, nuestras propias tramas, sin ni siquiera saber cómo ha sucedido todo esto. ¿Cuántas veces por querer enamorar no nos hemos visto nosotros mismo enamorados en ese juego? A vista de tales previas deducciones, parece ocurrir que “saber que se sabe” no parece tan “especial” y tampoco parece ser muy efectivo. Pero antes de dictaminar, hay que seguir analizando.

   Qué tenemos hasta ahora. Sin querer “caen” al paso conceptos como los de intencionalidad, voluntad, subjetividad, individualidad, identidad, yo, que más que aclarar, oscurecen aún más el panorama. Cuando quise adentrarme en todo este tema me encontré con que un término me remitía otro y este a otro, y así sin fin. En la búsqueda o investigación me encontré con las teorías de Antonio Damasio y estas me llevaban a su libro “Sentir lo que sucede”, lo que me “obligaba” a leerlo, por ser en el que había una mayor, y más reciente, investigación sobre dicho tema. De todo lo leído e investigado, se deducía que siempre salía una triada del ser. Que siempre se divide el cerebro a tres estados o condiciones; en tres conceptos distintos según cada paradigma.

Visión evolucionista
del cerebro

Freud, psicoanálisis

Del conocimiento

De Damasio

Réptil

Ello

Inconsciente

Proto-self o proto-consciencia

Mamífero

Yo

Subconsciente

Conciencia o self Nuclear

Humano

Super-yo

Consciente

Consciencia o self ampliada/o

   Para seguir el hilo de Damasio, la araña y casi todo animal complejo, tiene un proto-self, una entidad que le hace “saberse” unidad y ajena a lo externo, pues su propio cuerpo, con sus distintos sentidos, entre el que el más importante para este caso es la piel o armazón (el más grande), le hacen “saber” de ese límite con lo otro. La conciencia nuclear, o atisbo de un yo, lo tienen los animales aún más complejos, como los mamíferos, mientras que la consciencia ampliada, según el actual paradigma, sólo es propia del ser humano. Por lo demás pienso que se olvida u omite, muchos detalles, y no profundiza en otros, dejando todo en terreno de sus conocimientos físico-cerebrales como médico neurólogo, sin deducir la “filosofía” que pueda encerrar cada conocimiento detrás. En mi caso, cada vez que trato de pensar en el ser humano, trato de que ese concepto encaje en todas sus dimensiones. Cómo encaja en una persona sin vista (pensar sin imágenes) o sorda (pensar sin palabras) desde el nacimiento, o cómo encaja con los niños salvajes que se han encontrado a lo largo de la historia. En este caso lo que ocurre es que, esos niños ferales, no parecen tener una consciencia ampliada, quedándose reducidos a una mera consciencia nuclear, similar a la que pueda tener un chimpancé o un perro. En algún lado de mis escritos dije que en el aprendizaje, para llegar a ser lo que puede llegar a ser el humano, se tiene una frontera, donde después de cierta edad ya no se pueden aprender las cosas. No con la soltura, facilidad y presteza de un niño. Los adolescentes y adultos “niños ferales” que se han encontrado no eran capaces de aprender conceptos como los de género, a que ciertas cosas pertenecen a una misma familia. Careciendo de esta propiedad todos son individualidades de las que no se pueden extrapolar y deducir cosas. Tampoco tienen un sentido moral de diferenciación del bien y del mal, tal como lo tiene cualquier otro humano, de lo que se deduce que es algo aprendido. Cuestiones por las cuales hay que deducir y desmadejar mejor todo el entramado.

    ¿Encajan la ideas de Sartre o las mías a reducirlas a una triada? En mi caso hablo de tres conceptos: 1. impulso atemporal (2), 2. conciencia, en tanto que razón o las capacidades del prefrontal para enjuiciar o valorar las cosas (uso el concepto de prefrontal como concepto, no como región, ya que en esas capacidades entran otras partes en juego, como el temporal izquierdo, donde se encuentra las capacidades de oír, hablar y la memoria semántica), y lo que he venido llamando 3. los procesos en background (de fondo), o sea, no con las “propiedades” del prefrontal o razón. En este background no tengo porqué diferenciar de si son inconscientes o subconscientes, palabras o distinciones que nunca he entendido, sino de que simplemente no son razón o con la elaboración compleja de esta parte del cerebro. El prefrontal se nos presenta como un microprocesador de un ordenador: no programado para hacer una función, sino que estás diseñado para ser multi-propósito. Un microprocesador de un juego, como los que tienen las máquinas recreativas sólo está programadas para recrear un sólo juego, mientras que la unidad central del ordenador sólo tiene la arquitectura para ciertas reglas lógicas y aritméticas, de tal manera que puede “funcionar” para ejecutar un procesador de texto o un programa de 3D o un juego como el ajedrez. A eso se refiere con multi-propósito. Según mi propuesta, la evolución “creó” esta área como sistema de supervisión final, (con neuronas en huso). Más fina, más rápida, más compleja, más analítica y con reglas más lógicas (la corteza cerebral, tiene varias capas de neuronas, que “funcionan” o son como puertas lógicas, en donde problemas difíciles requieren de más capas o complejidad en las puertas lógicas). Este área lo tienen todos los animales llamados inteligentes tan variopintos como orcas, loros, defines, perros, chimpancés, cuervos, elefantes… En el vídeo enlazado, podemos ver uno de los muchos comportamientos de caza de las orcas. El más complejo de toda la naturaleza, según el propio documental. En esta caza vemos mucho de lo que pudiéramos llamar sólo propio de lo humano. Un plan largo elaborado en varias partes, adaptación a cada circunstancia, cambiando el plan, y como no, cierto regusto negativo a que el “juego” termine. Se deduce algo así como cierta “maldad”, algo psicótico, de disfrute y de ignorar el sufrimiento ajeno, pero ¿acaso no se deduce eso mismo de nosotros con otros animales e incluso con nosotros mismos?

   Pues bien, dada esta capacidad puramente supervisora y multi-propósito del prefrontal, con la “llegada” de la palabra este estadio se sobredimensionó, dada una peculiaridad (imposible de escribir esta palabra, según mi problema con las palabras: recurro a escribirla mal y que me corrija el programa) dentro de dicho sistema, que es el de la retroalimentación. Cuando uno habla, a la vez se escucha, de tal forma que cobra una mayor dimensión la propiedad de “saberse” (en realidad objetarse, imaginarse, tomarse como ser, pero a la vez reconocerse como unidad, como individualidad, como yo). Puesto que me sé hablando, el que oigo soy yo. Si se daña este sistema, alguna parte de todo su entramado, crea situaciones como las que nos cuenta Damasio, de una de sus pacientes con agnosia asociativa, que al ponerla ante un espejo, y aunque no reconocía su aspecto ni su cara dado su deterioro mental, se dijo: “debo ser yo porque estoy aquí”. Otra “extrañeza” fue que se creó la capacidad de imaginar hablar, o sea a lo que ahora llamamos pensar. Los neurocientíficos no tienen en claro que la palabra y esta capacidad de imaginarla, de interiorizarla, de pensar con palabras nacieran a la vez. De esa diferencia en el tiempo, y cuando esta llegó, nace el concepto de la mente bicameral, que explica todos los libros de la antigüedad, ya que a esa voz interior no se le tomo como propia, sino divina (y Dios le dijo…), de ángeles (hay un recurrente de todos tenemos, teníamos, una voz que nos guía(ba), a la que se le llamaba o se le conoce como el ángel de la guarda; según la teoría bicameral era una parte del cerebro, el derecho que se quedó aislado y acallado ante la palabra, guiando o aconsejando al racional cerebro izquierdo), o de los ancestros o cualquier cosa ajena y externa a la propia interioridad. En muchos casos ciertas teorías, de a lo que se puede reducir la conciencia, es a esa capacidad de tomarse a sí misma como parte de su tramado, a lo que denominamos o llamamos como autoconciencia.

   Con todo, en mis últimos escritos me di cuenta de una dimensión de Sartre que se me había escapado, o a la que no le había dado la importancia debida. Es a lo que él llamaba el ser-para-el-otro. Bajo esta nueva perspectiva, de nuevo se produce una triada: en-sí, ser-para-el-otro y para-sí. O sea, ese ser-para-el-otro está en la misma posición intermedia, dentro de la tabla de arriba, entre los dos contrarios, que es el mamífero, el yo, el subconsciente, o conciencia nuclear. ¿Cómo y por qué? En la dimensión mamífera, somos seres sociales, de manada. Las estructuras de nuestros comportamientos están guiadas desde esa dimensión: somos jerárquicos, siempre está en juego este trama, el otro infecta nuestra interioridad, en la medida que el otro me mide y en ese proceso lo mido, lo evaluó (raíz valor) a partir de unos conceptos jerárquicos. Aquello que esta fuera de esa jerarquía, es lo propio, la familia, la querencia, el hogar; en donde lo que manda es el “amor” o aquella disposición de la hembra de amar sin límites y sin valorar. La madre quiere igual al valiente que al cobarde, al inteligente como al que no lo es (el feminismo, si va contra esta regla primigenia de diferencia entre hombre y mujer, no tiene mi simpatía). En esa medida la conciencia ya no es tal, no como se nos presenta en el humanismo (heredera del cristianismo) y el humanismo de Damasio. Ya no es que yo sea ser o yo o esa conciencia que se tiene de ser separado e individualizado. La conciencia siempre está atravesada, como por un rayo, por el mundo de los valores de la sociedad en la que nazco, en donde el yo (self) no es tal, pues está preñado de la presencia eterna y constante del otro, aunque esté a solas y “encerrado” en mi conciencia. No tienen sentido frases tales como “sé tú mismo”. Los estudios de Kanagawa y Heine han demostrado que ese dictamen es distinto para un occidental, sociedad más individualista y centrada en el yo, que para un oriental, sociedad más comunal en donde tiene mayor importancia el grupo. O sea, tales concepto son etnocentristas, ya que cada individuo de cada sociedad interpretaría de forma distinta dicha frase. Somos sobre todo memoria autobiográfica, y esta siempre está ligada a nuestros actos en sociedad y siempre bajo los baremos o reglas de dicha sociedad. No hay ningún acto totalmente gratuito, que no tenga algún contenido o valor dentro de lo social, que no esté contaminado por el otro. En ese sentido el otro siempre nos mira (la mirada de Sartre), aunque no esté presente. Fue de esta forma que se creó el concepto de conciencia como transida por la dimensión moral, en donde siempre estaba en juego el bien y el mal. En un principio no había dioses, ni una pretendida moral innata, lo único que estaba era el encajar, el ser rechazado, el poder ser echado de la manada. En otros animales de manada, como el lobo, se ven esos inicios. Ninguna manada es estable, todo lobo puede quedar aislado. En el momento de quedar aislado y como su estrategia de caza es en manada, tiene que buscar una que le acepte y en la que tratar de ganar una buena posición. La divergencia, la separación, es más propia de los machos, a veces se hacen grupos exclusivamente de “solteros”. Este mismo comportamiento lo tienen el mono de las nieves (el macaco japonés) y otros primates. Se deduce de igual forma en los delfines y las orcas.

   Recupero el hilo. Para Sartre, y para lo que nos interesa aquí, la conciencia no puede ser de otra forma que en tanto que ser-para-el-otro. No es tanto una identidad, una individualidad, sino como ente constantemente preñado e infectado de la presencia del otro. Soy unidad en tanto que infectado por la otredad, en la medida que mi campo de acción es el trama de la vida con los otros, en el mundo de los valores. Así cada día me muevo dentro de ese mundo de valores creando memoria autobiográfica, que siempre está infectada del valor y del otro como un todo. Mi yo no es, lo es en la medida que lo construyo y se construye con esta doble realidad: la del otro infectándome y creando un pasado de vivencias (que se vuelven en-sí). En la serie “Bette and Joan”, se le pone en boca de una de las actrices, la frase de: “me he pasado toda la vida siendo Joan Crawford. La mujer que creé para los demás…y (ahora) no sé quién soy cuando estoy a solas.” De otra forma, cómo es alguien que está fuera de estas reglas. Los niños ferales obedecen a esta “otra forma”: resulta casi imposible “domesticarlos” para que sean aseados y con las reglas de etiqueta de la sociedad. Sus cerebros, ni tienen conciencia ampliada, ni tienen ese ser-para-el-otro tal como lo tiene cualquier otro ser “humano básico”, han pasado la “frontera” de aprender esas reglas, de que el cerebro se “adapte” a estar circunscrito a la otredad como infección. En otra película, de una niña aislada y secuestrada, “Stockholm, Pennsylvania”, el cerebro de la joven ya no se puede adaptar al mundo emocional y de los valores de su familia recuperada, al escapar del aislamiento. Su comportamiento se vuelve similar a los de alguien con espectro autista, y no porque padezca este trastorno, sino porque su cerebro no creó las reglas sociales-afectivas de los valores a la edad que era la debida. “Ángel caído que nunca volverá a ser el mismo; perdida para siempre.” nos dice alguien que ha visto la película.

   Lo que se deduce de todos estos ejemplos, y de todo este proceso circunscrito o facticidades de los componentes humanos en triada, es que el humano no-es (la nada en Sartre), en la medida y con la contundencia que puedo decir que este monitor que tengo delante es un monitor. Un humano puede ser o no ser, en tanto que si algo falla en/durante su desarrollo manda al trate todo el proyecto de finalizar siendo “humano”. Y si no es naturaleza, si no tiene la densidad del Ser, entonces ¿qué es? Siempre se recurre al concepto de la neuroplasticidad, pero siempre desde el lado optimista. Esa condición lo que en realidad quiere decir es que somos como nos construimos, y puesto que durante el largo proceso, durante el crecimiento, no-somos en tanto que nuestro propios “constructores”, somos lo que los otros quieren que seamos. El hombre es el constructor de sí mismo. Un “milagro”, ¡sí!, pero algo también que da terror y que puede incidir en un realismo depresivo. Pero me adelanto, vayamos por partes.

   El juego de la triada cerebral puede reducirse, o entenderse mejor, bajo dos componentes, que son el tiempo y la energía. Si voy a coger la llave y se me resbala, esa inmediatez (tiempo) de atraparlo al vuelo, hace que sólo trabaje una parte del cerebro. El tallo cerebral sobre todo, la parte más primitiva y básica. En el día a día, hay cosas de premura y cosas en las que se tiene más tiempo. En este proceso el cerebro trabaja la mayor parte del tiempo, en lo que yo llamo background; con el yo-nuclear, o subconsciente, si se quiere. El prefrontal siempre está ahí, pero haciendo ese papel primigenio y primitivo de simple supervisor. Este nos puede avisar, inmediatamente después de que hemos dicho o hecho algo, de que algo anda mal, que quizás hemos “metido la pata”. Pero se limita a un mandar la “condición de error” al cerebro, para que este busque otra salida o para pedir una disculpa si procede. Aquí se deduce una capacidad de discernir el bien del mal, pero no puede ser reducido a eso, es un simple supervisor de errores, que pueden ser desde simplemente gramaticales, a más profundos como los lógicos o de dimensiones morales. Reducirlo a simplemente este tercer componente fue un grave error histórico, como veremos más adelante. El prefrontal, sus capacidades más intrincadas y profundas, requieren de más energía y también de más tiempo, y viene precedida de un focalizar o concentrarse (poner la atención) en un problema o cuestión. Esta cualidad, que se supone que es la más humana, la más propia de nuestra especie, no es ni la más general, ni la que más tiempo ocupa de nuestra vida. La mayoría del tiempo vamos en background, procurando gastar poca energía y tratando de no consumir demasiado tiempo a los propios procesos mentales, sino simplemente “centrándonos”, o mejor relajarnos, en vivir. Ese es el estado en el que sobre todo se basa el análisis de Sartre en su libro “el ser y la nada”, y es en el que me voy a detener ahora. Somos Nada, somos ese hacernos, pero no estamos pendientes de esa construcción. Se hace por sí sola al vivir. Cuando nacemos nos vemos sometidos a asumir un mundo que tiene construida una “idea” de lo que es la vida, el mundo y el ser humano; esto es: se suele asumir como “verdad” todo que se nos enseña. Somos sobre todo nuestra cultura, porque la aceptamos, porque la asumimos, porque a nuestra vez se la inculcamos a nuestros hijos (“la religión que es la auténtica, es justo bajo la que nací, ¡qué casualidad!”, reza un meme en Internet). En todo este proceso la conciencia ya no es una “tabula rasa”, no soy un yo frente al mundo (concepto puro de lo que habría de ser una conciencia de sí), sino yo como “mundanizado”. El otro tiene ese papel en donde mi yo nunca es un fenómeno extraño que me hace ser, sino en tanto que el otro me “prefija” a una posición en el mundo y dentro de una cultura. Se puede usar la imagen de los engranajes: todo engranaje está siendo conducido y manejado por otro engranaje que a su vez tiene otro engranaje, etc., en una máquina de movimiento perpetuo. En esta dimensión la conciencia ya no es la reductibilidad (3) del manido, “pienso, luego soy”, sino el “me pienso en tanto que me miran (piensan), luego soy”. Llevando el pensamiento a su extremo, un niño feral no llegaría al cogito cartesiano. La cultura occidental tardó en llegar a esa conclusión milenios. No se llega a tal apreciación sino es por cultura. El otro forma tan parte de nuestra estructura de la conciencia que aunque uno “decida” vivir sólo, como lo hacen los adolescentes hikikomori en Japón, el otro y toda la carga cultural y social sigue presente en el cerebro. Una vez que se forma parte de la sociedad no existe una vuelta a un punto cero de las propiedades de la conciencia. La mayoría de las veces esos diálogos internos que mantenemos los hacemos ante otro, una veces una persona concreta, otras como un ente abstracto. En definitiva pensar es imaginar hablar, y el hablar siempre es con un alguien, (ya lo he puesto otras veces, pero en este caso no viene mal repetirse, hacer el experimento siguiente: sacar la lengua todo lo que se pueda, sujetarla con los dedos, tirando de ella hacia afuera y pensar, ¡resulta que al pensar se hace como si se hablase en esa condición de tirando de la lengua!; luego pensar en imaginar hablar, se activan las mismas neuronas mecánicas y motoras las que entran en juego). Por lo demás pensamos desde un lenguaje que inevitablemente tiene toda la carga cultural y social de lugar en donde se nace. Este es mi primer ataque a la conciencia, esta no es yo, sino en tanto en la dimensión que Sartre denominaba de ser-para-el-otro, en tanto que siempre está infectado por la presencia del otro.

   Este proceso, del otro interiorizado, en el sí-mismo, autocensurándose o vigilándose, está estructurado bajo el concepto sartriano del en-sí. Todo el cerebro de un adulto son estructuras y por lo tanto memorias validadas, o sea, son las que se mantienen, frente a las que no lo hicieron (memoria autobiográfica, aunque también la implícita). Siempre hay remanentes de varias apuestas a un mismo problema o situación, pero una es la que “gana” o se “elige” cuando de lo que se trata es de ahorrar tiempo y energía, funcionando en “automático”, en background. Ante un “buenos días”, responderemos con un igual, y ante un tenderte la mano la cogeremos y entraremos en el rito del saludo occidental. El núcleo de todo este proceso está dentro de un “signo”, el de crear tu imagen para los otros, tu propio yo. Los padres y los adultos, la educación, han construido este núcleo, con la censura y el castigo de salirse del concepto de humano, dada una cultura dada, y con el premio como forma de valor confirmatorio. Se puede afirmar que ese núcleo, reduciéndolo a un mínimo concepto, no es otro que el de “encajar” (4). No hacen falta dioses, no hacen falta castigos penales, la mayoría de las veces este sólo precepto o regla nucleada en el cerebro, “sirve” para mantener una sociedad pequeña bien estructurada. Un único mandamiento funciona: encajar. Un estudio sobre las personas que aceptan convertirse en “hombres bomba” ha revelado que suelen ser individuos aislados, solitarios, que ante el fuerte deseo de pertenecer a algo (encajar) y llegar a ser algo para los otros, están dispuestos a este tipo de actos. Lo mismo se sabe de los adeptos de las mayoría de las sectas. Hay cientos de experimentos que confirman esta regla; es este sesgo el que explica que todo Alemán aceptase “pasivamente” en el tipo de guerra al que les metió Hitler. Encajar no se entiende sin su génesis, sin su raíz: el miedo. El siempre agudo y socarrón Oscar Wilde nos dijo: “conciencia y cobardía son lo mismo, solo que conciencia es el nombre comercial”, igualmente Shakespeare pone en boca de Hamlet: “así la conciencia nos torna cobardes a todos”, y aciertan al achacarlo a la conciencia… Deconstruyendo la acción mental, el cerebro tiene varias posibilidades ante una misma acción, el prefrontal revisa y acepta o rechaza, como parte de unos valores dados del mundo y una cultura dada, inoculadas en nosotros como pasado, como todas aquellas situaciones, a modo de peso, en las que una acción suele ser con la que nos ha ido “mejor”. Dice el dicho que “el clavo que sobresale recibirá el martillazo”. Si te están llevando a un campo de concentración, y levantas la voz o te niegas, simplemente te darán un tiro, se aplica la conformidad, el hacer lo que la mayoría hace y acepta. El miedo, la preservación de la propia vida, es uno de los dos rasgos de la vida, junto el de reproducirse. Estos nos condicionan desde lo más profundo en cada uno de nuestros actos y acciones. No accionamos totalmente libres en el mundo, como debería de ser una conciencia dentro de sus parámetros de ser un microprocesador multipropósito con una “lógica pura” o no condicionada: nos solemos confirmar; confirmamos, de paso, el humano prototípico de nuestra cultura, reconstruimos en nuestros actos eso que queremos que sea el ser humano.

“El principio más profundo del carácter humano es el anhelo de ser apreciado.” William James

   Diseccionado más finamente una acción, hay un segundo proceso en juego. Dentro de las “opciones correctas” aún hay algo de libertad. Construimos nuestra identidad, nuestra imagen de nuestro yo, a partir de ciertas de estas elecciones frente a otras. En esta nueva dimensión, alimentamos nuestro ego, lo estructuramos para tratar de sobresalir, de ganar algo de “puntos jerárquicos”. La cultura occidental, la actual, tiene el “pecado” de dar demasiada importancia a esta revisión o punto de vista del núcleo. Si bien hace unos siglos ese alimentar el ego estaba mal visto, iba contra el pecado de la soberbia, hoy en día las fronteras se han vuelto borrosas. Poco se sabe de quienes fueron los arquitectos de las grandes catedrales, pero hoy en día hasta lo más chusco y retorcido ha de tener una firma que va dirigida a alimentar el ego de su autor (la simple firma de grafitero, repetida cientos y miles de veces, como metáfora de este nuevo signo). Bajo el baremo actual, parece “valer” lo mismo ser el pintor, científico, músico de los mayores logros, que ser el youtuber con mayor cantidad de seguidores o el que mayor escándalo haya creado a partir de uno de sus vídeos. Me hace gracia el documental “Embrace”, que trata de ir contra la condena de ser perfecto físicamente, en la que nos han metido los medios de comunicación masivos, la globalización y Photoshop. Caen en el mismo mal: volverse protagonistas, alimentar su soberbia, en estos casos por sus imperfecciones. Como una mujer tuvo éxito a partir de mostrar sus imperfecciones, la directora, protagonista y guionista del film, ahora todos quieren engancharse al mismo carro. El mensaje debería de ser: sé humilde, sencilla y feliz en tu medio más cercano, con tus imperfecciones, pero todo el mensaje parece alentar a lo contrario. Dicho documental se centra en aquellas personas que han ganado protagonismo por este mismo hecho.

   Lo que quiero decir es que inevitablemente la conciencia no nace en blanco, con cero de carga conceptual, cada época la “contamina” de unos conceptos o paradigmas. La actual es la del orgullo, la del empoderamiento, la del protagonismo. Centré uno de los capítulos en decir que somos un cerebro que trata de no parecer estúpido, o que es o simula ser inteligente. Me equivoque, pues ese puede ser un paradigma actual. En otra época se trataría de ser lo más moral posible, y quizás en otras en ser lo más heroico y valiente posible. Todos conviven a la vez en la actualidad. Lo que se deduce, de cualquier forma, en un caso u otro, lo que tiene de fondo, es esa estructura de las jerarquía. El de tener, mostrar o centrarse en aquellos aspectos que nos hagan sobresalir, tener una buena posición jerárquica, sin que por ello nos vaya la vida, (excepto en unos pocos casos).

   Ahora se puede tomar un pequeño respiro, voy a dar un giro al escrito, entrar en otra dimensión.

   ¿Es el humano bueno o malo?, creo que la cosa es tan sencilla como que estamos programados para defender e invertir toda nuestra energía y tiempo, en la propia identidad, que a la vez es la de nuestra manada o cultura (buenos); y que somos “malos” con las otras, sobre todo las que nos son “contrarias”. Lo que el occidental no ve, puesto que es su propia cultura, es que toda la conceptualización del mundo y de la vida, que confirmamos, es exclusiva de nuestro punto de vista del mundo, que no tiene porqué ser el mejor, el más cercano a alguna verdad, y el mayor exponente del progreso o lo que es o ha de ser el humano. Cuando se habla de etnocentrismo occidental no nos damos cuenta que todas esas ideas, de lo que es y no es la conciencia, está alimentada de esas creencias, que inevitablemente son judeo-cristianas. En el fondo, defendemos la conciencia, como último bastión de lo que fue y entendíamos como alma. En el inconsciente colectivo, conciencia, sobre todo la moral, y alma es una misma cosa, aunque en una conversación no parezca salir tal relación. Como el “dogma” es que un Dios nos dio las capacidades que nos hacen humanos, entre las que se encuentran las peculiaridades” del prefrontal, no se suele aceptar que otros animales tengan conciencia. De otra manera, volviendo a la raíz de todo el problema de la conciencia, ¿cómo siente “su” conciencia nuclear un animal, como por ejemplo un chimpancé?, que no tiene palabras. Siente una conceptualización vaga de que en su cabeza hay un “navegante”, un homúnculo, que le hace sentirse como el “actor principal” de las escenas de la vida, de la acción (“sonder” en el nuevo vocablo de John Koenig), pero ¿tiene la apreciación conceptual humana de saber que sabe y por ese hecho de tomarse como un “yo”? ¡Bien, me imagino que no, estamos a un nivel nuclear!, es como si lo tuviese, pero fuera borroso, desdibujado. La mayoría de los “dueños” de animales domésticos, e incluso de granjas, saben o intuyen una conciencia en sus animales. Cierta vez me crucé con un perro callejero, de repente se paró y volvió sobre sus pasos, pero parecía tener alguna duda; se paró en seco, miro de nuevo para atrás, hacia adelante y volvió a coger el primer camino. ¿A quién no le “suena” esto como muy humano?, el no terminar de decidirse a la hora de tomar una acción, ¿cómo va a ocurrir este proceso sin una conciencia de sí, como sujeto mental, “seudo-homúnculo” que precede a un acto? No hacen falta las palabras para esa condición, porque de ser así entonces un mudo, al que no se le enseñase ningún lenguaje de signos, no sería humano. Yo al echar comida a los pájaros, pardales, los veo dudar de constante: no se deciden a acercarse o esperar, evalúan lo que hacen el resto mirándolos (sesgo de conformidad)… en algunos casos al final la cercanía de un trozo de pan le hace decidir que no hay tanto riesgo. Ahí hay una conciencia verificadora, evaluativa, que tiene los mismos rasgos, como los de cualquier ser humano. Cada pájaro tiene lo que pudiéramos llamar una personalidad bien diferenciada, una individualidad, sus cerebros no son tan rígidos y básicos como para hacerlos igual.

   En un juego capto algo así como una proto-conciencia. Se trata de “Craft the world“, un juego de “crafting” “sandbox”. El cometido es abrir un portal, para ir a otro mundo, y para ello hay que excavar cuevas, pasando por una evolución en la investigación de metales para crear armas y escudos, y otros objetos, para buscar y luchar contra los demonios que guardan las partes del portal. Se empieza por un enano, hasta llegar a unos doce. El usuario marca procesos y cosas que tienen que hacer, ellos lo van haciendo. Para tener una mayor opción de hacer algo prioritario, el usuario puede coger a uno de los enanos y manejarlo. Se dan circunstancias como las siguientes: si se tiene la orden de construir algo, y cuando el otro enano está cerca de hacerlo, lo hace el usuario con el enano que maneja; el otro enano “se percata”, se queda un segundo dudando y se va a hacer otra cosa. No digo que los enanos tengan “conciencia”, lo tiene el juego. Veamos este comportamiento con respecto al cerebro y accionar de un insecto. Una abeja tiene prefijado meter algo en el panel, si antes de hacerlo, se lo quita un investigador humano y lo mete, inmediatamente la abeja saca el objeto y lo vuelve a meter. Al no tener conciencia, tiene la “premisa” de hacer tal cosa, y no se “da cuenta” que el proceso está concluido, retoma la orden en donde se le interrumpió: tenía el objeto fuera, luego lo recupera dentro, lo saca y lo vuelve a meter. Si el juego del que hablo no tuviese esa “proto-conciencia” haría lo mismo. El enano que tenía ese cometido llegaría hasta el final su acción, aunque ya estuviese hecha. A veces ocurre, se mete en el “bug” de tratar de hacer algo que ya está hecho. En otro caso, si un enano es atacado y se le está “acabando la vida”, tiene como parámetro irse a dormir para recuperarse: escapa como puede de su atacante (el juego ha ido evolucionando con respecto a la I.A., en algunas versiones eran más “suicidas”, en niveles de mayor dificultad lo son). Pero si cuando se está alejando “ve” que otro enano ataca al mismo enemigo, “evalúa” (¿toma conciencia?) que la energía que le queda no se va a agotar en ese dos contra uno, y entonces retrocede y se suma al ataque, más si tiene el atributo de ser guerrero. En otros casos si un enano con una herramienta de piedra está excavando y llega uno que tiene el atributo de minero y tiene mejor herramienta, le “ayuda” a terminar de excavar el mismo bloque, no siempre, y no siempre el que estaba primero se queda golpeando a la vez, se suele retirar y dejar hacer al otro. Otro ejemplo son las traspiés, si mientras uno de los enanos está caminando le rompes el suelo, caerá, haciendo un gesto y sonido de susto; se queda un momento perplejo, pues tiene que reevaluar su ruta; a veces se pone a hacer una cosa distinta a partir del lugar en donde se encuentra.  Uno de los procesos que requieren más I.A. es la búsqueda o cálculo del camino más corto, entre dos puntos. Si un enano ya ha cogido un camino y tus estás abriendo un camino más corto, “sigue en sus trece”, pero en algunos casos, a veces duda, se para y cambia de camino. Un truco es dar al botón de “regresar a casa”, botón de emergencia, si lo desactivas, los enanos reevalúan el camino teniendo en consideración los cambios. Todos estos “comportamientos” no parecen tener una regla fija, sino algoritmos complejos cuyos comportamientos o posibilidades no están previamente programados y que se pueden llegar a dar o no dependiendo de muchas variables. Parece darse una emergencia, un proceso en donde la suma total es mayor que las partes programadas.

   Damasio cae en varios errores de apreciación. Asegura que el término o concepto de conciencia apenas lleva dos o tres siglos (en mi investigación no parece ser así, ya que lo usaban Séneca y Cicerón), si bien está en la Iliada. ¿Teníamos conciencia y no sabíamos que la teníamos, puesto que no la nombrábamos?, me parece incongruente con lo que se le presupone a la conciencia. Por otro lado habla del self, en el libro tal término no se traduce, se mantiene en inglés, aduciendo que el concepto de “yo” de las lenguas romances, no son lo mismo. De nuevo la misma incongruencia, ¿entonces sólo alguien que hable inglés tiene una “real” comprensión y dimensión de la conciencia? Vuelvo a lo mismo de arriba, es etnocentrismo, pensamos que un lenguaje es “mejor” que otro en nombrar y describir la realidad. Todas las lenguas tienen los mismos conceptos básicamente, la diferencia es que en alguna no tiene una palabra o concepto y recurren a dos, tres, o a una frase para nominar ese algo. Para self se podría usar el español en filosofía de mismidad. Algunas culturas hacen un uso más extensivo de algo como los tipos de verdes, en tribus que viven en selvas, o de blancos y tipos de nieve, como los inuit, dado que para ellos es algo vital, mientras no lo es para alguien que no tiene esas necesidades. El medio, la cultura crea las necesidades de la exactitud o complejidad de una parte de la lengua, pero un español, por ejemplo, puede hablar de lo compacta y rígida, u otros atributos, de un tipo de nieve, sin tener por ello una sola palabra, como la tienen los inuit, que evite todo el circunloquio. Ahí tememos el caso del nombre que damos a las crías de los animales, los criadores de animales tienen nombres para cada edad de las crías de la vaca: añojo, eral, utrero, cuatreño, pero no así para los cerdos o las cabras. Para el caso que nos ocupa no toda lengua tiene el concepto de conciencia, no por ello no la deben de tener en cierta apreciación a lo que se le presupone, en algunos casos tiene un tipo de cultura que la nomina o la engloba dentro de otro tipo de aspecto humano. Remito a leer el término en la Wikipedia japonesa y usar un traductor, y ahí vemos que su concepto es más sinónimo de lo que podemos entender como atención, la conciencia así es un estado en donde la atención se pone en la propia interioridad. La Wikipedia china empieza advirtiendo que es un concepto impreciso, ¡ole!, ahí le han dado. Tanto una cultura como otra no hablan de ningún origen en su cultura o lenguaje, remiten a la filosofía y al concepto occidental.

   Bajo mi punto de vista la conciencia es un efecto secundario de un feedback (retroalimentación). El prefrontal hace ese papel de supervisor, en ese estadio un contenido mental es y a la vez se “manda” al prefrontal como un todo significativo, pack, para ser supervisado, en ese proceso está duplicado, el segundo en tanto que es parte de ese proceso de retroalimentación entre el cerebro en background y el prefrontal, no como información a la que se le ha hecho dos copias, redundancia que iría en contra del ahorro de energía y de tiempo, propio de la evolución. Para reducir esta imagen o concepto algo más comprensible: es el mismo efecto que mirarse en un espejo, no hay dos personas, no hay un duplicado “real” físico. El espejo, una parte especular de un contenido mental, se “encuentra” en el prefrontal. O mejor, este “lee” este contenido no como copia, sino reflejo del contenido mental, al igual que un espejo “lee” un contenido que tiene delante. Pongamos que me levanto por la mañana y me visto, entonces me veo al espejo y me doy el “visto bueno”. Me he supervisado, antes del espejo ese papel lo haría algún familiar u otra persona de confianza. En ese proceso de mirarme (poner el foco de atención) en el espejo, he tomado a mi propia imagen como un objeto, pero como sabiendo que soy yo mismo y que no es yo, sino en tanto que reflejo. En el cerebro eso mismo está ocurriendo una y otra vez, de tal forma que se crea un estado, una emergencia, que es más que sus partes. La diferencia es que, a la inversa que ante el espejo, sobre todo en la autoconciencia que es poner la atención sobre sí, ese yo que se crea en el proceso es a lo que nominamos como un yo en el cerebro. En alguna disposición de ese reflejarse se crea la sensación de conciencia-de-sí, que a su vez es tomada como ese extraño homúnculo que está dentro de nosotros y es tomado erróneamente como ese yo que toma el mando en el cerebro y en los procesos mentales. Ese mismo efecto de retroalimentación se ve en otras cuestiones físicas, como la sonora. Si se acerca una guitarra eléctrica a su altavoz, se produce una retroalimentación del sonido que sale, hacia el propio sensor de entrada de sonido de la guitarra. Ahora, una vez que se conoce ese efecto, toda guitarra puede hacer uso de esa retroalimentación. El efecto ha pasado a ser parte del sonido o la entidad de la guitarra eléctrica. La conciencia llega a tal grado, que aunque sepamos que es por este tipo de retroalimentación en el sistema mental, no por ello desaparece su efecto. Es uno de esos tipos de conocimientos, que aunque sepas su porque, no pierde su “magia”, su efecto. Para mí está claro, se dice que si no lo sabes explicar es que realmente no lo has entendido. Creo que mi explicación es sencilla y clara, otra cosa es entenderla tal como es de simple, y/o nos negamos a ser reducidos a ese efecto secundario de dicha retroalimentación. (Escrito más detallado).

   En algún lugar ya he dicho que alma, en su etimología más simple, remite a hálito, aliento, pues la respiración es lo más claro que se pierde al morir. Pero profundizando más el concepto de alma se refiere a algo más amplio y con más sentidos. Si tengo que opinar sobre el tema pienso que es todo aquello donde se da una emergencia, esto es en donde el total es más que sus partes. En el ser humano y muchos animales, muy gestuales en sus rostros, siempre se le ha otorgado un alma. El rostro humano es donde mejor se puede entender lo que quiero decir. Si se analiza por sus partes, por sus huesos, sus músculos, todo es reductible a una mecánica. Se sabe qué es la risa, la sonrisa, la tristeza, el miedo, etc., Pero es tal la cantidad de variables y suma o resta de los micro-gestos que esa totalidad no puede ser reducida a la suma de sus partes. Lo que captamos en una persona es toda esa riqueza de gestos que son únicos porque están “sostenidos” por una tipo de cráneo que es, posiblemente, único. Esa diferencia, más el cómo el cerebro ha construido o dado preferencias a unos gestos, frente a otros, hacen esa mímica única y propia de esa persona. Ese todo es el “alma” de sus gestos, es el alma que se expresa. En esa medida el rostro refleja y remite a un algo interior que ese todo en donde un tipo de cultura, pasado y conciencia se manifiesta para expresarse y ser tomado como un yo, que en el fondo lo sentimos como el “alma” o esencia de esa persona. La emergencia siempre la hemos sentido y la hemos visto, en multitud de cosas. Pero a falta de una ciencia y un buen término, como el que tenemos ahora, a ese algo, a ese total que era más que sus partes, lo llamábamos el alma de las cosas. Siendo así, casi todo tiene alma. Las palabras tienen alma, pues el sentido final de algo es más que las suma de sus partes, de sus letras, sílabas o palabras. A esto me refiero con que el lenguaje es siempre metáfora, poesía si se quiere; a que el sentido final, el mensaje, emerge como un todo cuando se entiende. Una cosa es contar un chiste y otra el entenderlo. Eso que se capta en el chiste, que emerge, fuera y más allá de las palabras (imágenes si es una tira cómica) que son su suma. Si alguien se expresa mal, el “alma”, el significado queda oculto. Y a la inversa, hay personas que captan el “alma” de las cosas, con unos pocos signos, aunque no se haya creado toda la suma. Pongamos el caso de “no seas plasta”, plasta procede de la comprensión de una “cosa blanda, espesa y pegajosa; p. ej., la masa, el barro, etc.”, pero en esa frase adquiere otro sentido, otro alma, que es la de ser una persona pesada y molesta. Alma en ese sentido es aquello que tiene un significado mayor que el simple al que remite su signo mínimo. Si se mira a las estrellas sólo son pequeños puntos luminosos, en otra época le dieron un alma, porque para ellos estaban unidos a cada época del año, y por ello a pasar penurias y estar en momentos de prosperidad. De esta forma, en el nacimiento del lenguaje, éramos animistas, todo era susceptible de tener alma, porque algo que es propio del lenguaje humano, es la propia capacidad multisimbólica o multisigno de las palabras. Con alma humana queríamos decir conciencia y a la vez individualidad y esencia de esa persona. Aquello que permanecía y que identificábamos, aunque hubieran pasado treinta años, desde que lo vimos la última vez. Pero sobre todo con alma nos referíamos a esa sensación de que en el cerebro hay una especie de homúnculo, que habitaba el cuerpo, y que para que no se no hiciera demasiado doloroso, debería de sobrevivirnos.

   Cierro tema, sacando conclusiones. Alguien con espectro del autismo, no capta el alma de muchas cosas, tal como lo he reducido arriba. No captan ciertos chistes, no captan segundas intenciones, y sarcasmos. Su rostros suelen ser adustos y secos, pues el cerebro no ha sabido proyectar sus almas en ellos, el cerebro no puede ser otra cosa distinta de lo que aprende, de lo que es memoria, de lo que ha creado en sus conexiones y circuitería. En otro orden de cosas, todo drogadicto termina con una misma mímica y un mismo tono de voz “des-alma-do”. La ciencia, “mata” el alma al ver las cosas como son (las estrellas son cuerpos celestes), y en la medida de crear un lenguaje que no se pueda interpretar, que tenga que dejar de ser metáfora y multisigno. Los denominados “sabios-tontos” (idiot savant) tienen autismo. Como si ciencia y no ver el alma de las cosas fueran de la mano. La circuitería de entender el mundo con alma, gasta demasiado tiempo y demasiadas regiones del cerebro y energía (me pregunto si el espectro autista no es más que una apuesta evolutiva a los cambios de ver en mundo como es). O ves el mundo como es (autista) o lo ves con alma (neuronormal). Un optimista diría que para ver al mundo humano como es hay que verlo con alma, me imagino que es la versión más popular. Sea como fuere, como casi todo lo humano, no hay un blanco y negro, dos posiciones contrarias que se excluyen. Hay situaciones en las que cualquiera puede desnudar de alma las cosas. Todo daño traumático resta alma al mundo. Y algunos tipos de saber, como comprender en profundidad lo que aquí se deduce de mis escritos, restan de alma al mundo y a las cosas. Lo que quiero decir es que hay trastornos en lo que el mundo queda des-alma-do. Entre ellos el de la despersonalización, y como no en la depresión. Pero ¿qué es síntoma y que es una de sus partes? Uno se deprime y des-alma el mundo o ¿des-alma el mundo y se deprime? Muchas personas ven el alma en los rostros de los demás, pero al ver su propio rostro lo ve como partes inconexas y mecánicas. Se ven des-alma-dos, restando este total que es más que la suma de sus partes. Quizás toda persona no fotogénica tenga como base este mal. En cuanto captan que están bajo una cámara se desalman, hay que fotografiarles en algún descuido. Desalmar las cosas es una condición del realismo depresivo. Soy un artista, pura capacidad de dar alma a cualquier cosa, pero a la vez mi forma de analizar el mundo me hace desalmar todo, me vuelvo un autista cognitivo o conceptual. Puedo ver todo ese juego de espejos sosteniéndose como almas en los rostros y las formas de actuar de las personas. A la larga, ¿quién se siente tranquilo con alguien que tiene la capacidad de verte así?

   El concepto de conciencia occidental está en la base de la arrogancia de dicho etnocentrismo, que falsamente alienta en ese orgullo el concepto de ego. Del yo como el mayor bien, más nuclear e importante en el ser humano. Bajo este signo se cae inevitablemente en el individualismo, la soberbia, la arrogancia y finalmente poder caer en la mente psicopática, en la que uno de sus signos es creerse superior y/o sentirse Dios. Contrasta esta visión con la budista, para la cual el ego es aquello de lo que hay que librarse y uno de los Dukkha, que nos generan el sufrimiento y nos hacen permanecer en el karma, en el renacer sin fin. Fuera de cuestiones religiosas, el macho alfa “necesita” o es puro ego, ese no mirar fuera, y no buscar fuera de su propio signo. Pero alguien que no sea alfa y pretenda o crea serlo, solo puede caer en tener una personalidad de tipo A. La sociedad occidental, subrepticiamente, con ese alentar conceptos como el de conciencia y por lo tanto dar tanto protagonismo al ego, nos hace creer que todos podemos llegar a ser machos/hembras alfa, líderes de cualquier tipo. Con todo el desbarajuste a lo que esto conlleva, tanto a nivel individual como social.

   En todo este trama nace el concepto “perturbador”, alterador, que es una de las posibles esencias del prefrontal. Si el prefrontal es supervisión, revisión, es un poner como objeto todo, cualquier cambio que se produzca en esta transcripción de lo “real” en tanto que alma-do, perturba el resultado final. Toda estado obsesivo, neurótico, maniaco, viene dado porque el prefrontal no cierra el círculo de lo que comprueba, se queda detenido, anclado entre un objeto y su reflejo, y en algunos casos ya no encuentra la diferencia entre lo uno y lo otro; como lo que ocurre cuando con la cámara del móvil se echa una foto a la televisión en la que se ha proyectado, o una cámara web se enfoca al propio monitor, o se pone un espejo delante de otro espejo. MirrorEfecto que funciona como metáfora, cuando John Malkovich entra en su propia mente, en la película “Cómo ser John Malkovich”, y todos son él y al hablar sólo repiten su nombre. Como la conciencia en tanto que pensar, es reflejo del acto de hablar y siempre está otro para ese hablar, cuando se está en soledad todo este sistema se altera creando trastornos. No se suele soportar la soledad. De una manera u otra es un “mecanismo” tan sofisticado, delicado y complejo, que se puede alterar o “estropear” fácilmente. Su malfuncionamiento interviene en la mayoría de los trastornos psicológicos. En definitiva la conciencia es, sí, lo que nos hace humanos, pero sí y también lo que nos debilita, con respecto a cualquier otro animal que sea puro instinto de supervivencia, de tal forma que nos pueda llevar a quererla matar y salir así de sus eternos círculos cerrados, optando por el suicidio.(5)

   Para terminar de entender este circuito cerrado, esta retroalimentación, ese juego especular (de espejos), es -quizás- mejor recurrir a ejemplos sencillos, que además muestran mejor su verdadera dimensión. Si me enfado, si tengo un momento de ira, a la vez me enfado por haberme enfadado. Si odio a una persona, me odio por odiar. Esto ocurre porque estamos de lleno en el mundo de los valores humanos, que supuestamente son incuestionables. Cuando el prefrontal revisa, toma el enfado o el odio en sus dos vertientes: 1. el real y físico, a su nivel reactivo-físico, que viene dado seguramente como un modo de autodefensa, de preparación a un posible peligro de nuestra integridad, 2. el valor que tiene el enfado y el odio en la sociedad. En su primera vertiente no tiene que hacer nada: da su “visto bueno”, mientras que en su segunda dimensión, se queda detenido en el proceso, al darlo como un error. Una vez tenida la emoción, una vez que se ha manifestado fuera, ya es real, ya es pasado, ya no se puede borrar. En ese proceso se queda “cortocircuitado” o en un ciclo de retroalimentación del que no tiene salida, que termina por “verter” su propio contenido hacia sí. Si me enfado u odio, este cierre “circuital” se introyecta hacia ese juego de un espejo delante de otro espejo, en donde una imagen rebota sobre la otra sin que se dé una salida posible. Parémonos en este momento. En otro lugar hacía la alegoría de esa salida al exterior, como ese cristal espejo de las comisarías americanas, en las que observar a los presuntos delincuentes. Cuando interaccionamos en la vida ese cristal, o interface entre yo y el mundo, lo es por los dos lados, mientras el prefrontal, como revisador, deje pasar todo como “bueno”. En el momento en el que “detecta” un error, desde el lado de dentro, el cristal se convierte en espejo. El cerebro es imagen, o reflejo de la realidad exterior (no es el ojo el que ve, sino el cerebro). En ese sentido es espejo de la realidad. Cuando la conciencia o prefrontal detecta un error, se convierte en espejo de un espejo, con lo que se queda en ese circuito cerrado. En otro tipo de metáfora o yendo más a lo que ocurre en realidad, interaccionar en la vida es poner el foco de atención en un algo exterior. Es una linterna que ilumina sólo una parte de la realidad, que está constantemente oscura (lo que no está en nuestro foco de atención no existe: “ojos que no ven…”). En el momento que el prefrontal revisa y detecta algo anómalo, voltea la linterna -la atención- sobre sí misma. Es un estado paradójico, de irrealidad (fijarse que se da igualmente en la palabra, cuando un mismo concepto se refleja sobre sí mismo: “prometo no volverte a prometer nada” o “la finalidad de la vida es no tener finalidad” y frases similares). Puesto que lo que se voltea en cada momento, de los ejemplos, es una emoción, se convierte en auto-enfado, o en auto-odio, u enfado u odio introyectado en ese juego de espejo frente a un espejo. En otro lugar indagué en el nacimiento de este efecto. No viene dado a nivel evolutivo, sino cultural. Un niño salvaje está libre de todo este juego especular, mientras viva en su estado aislado de la sociedad. ¿Cuál es la diferencia?, los padres, la supervisión de los padres y por extensión los adultos. La negación es la base de nuestra condición de educación y moral. Los padres vigilan de cerca a sus hijos. Estos se sienten constantemente observados. Los padres no tienen que decir a cada momento: “eso está bien”, “eso también”, por siempre. Lo único que hacen es llamar la atención al niño cuando algo está mal: “niño caca”, cuando se trata de meter algo en la boca indebido; “niño feo” cuando hacen algo mal a algo o a alguien. O simplemente dicen “¡no!”, expresivamente, o a la larga vale con un gesto de desaprobación en la cara. El prefrontal, que en teoría tiene que ser un simple supervisor, como cuando vemos una cosa alargada y retorcida en el suelo y nos asustamos al pensar que puede ser una serpiente, y el prefrontal lo revisa y “nos tranquiliza” con un visto bueno de que es una simple rama caída, tiene ahora, por la educación paternal, una “nueva misión” y es la de supervisar a la vez los actos inadecuados, maleducados o inmorales, de tal forma que introyecta y supervisa todo aquello que hemos aprendido como “malo” por medio de los padres o de nuestra cultura. Es por esto que no es un módulo de supervisión interna, propiamente dicho, sino que es más bien un sistema que sabe de lo que está mal en sociedad y está hecho para supervisar lo moral en los otros, pues se hizo para supervisar y educar a los hijos (aquí se aplica el viejo tema de qué fue primero, si el huevo o la gallina). Por extensión al final este módulo (que está en la “periferia” del prefrontal, en el lóbulo parietal derecho), entra en juego en el auto-examen, en ese circuito cerrado de espejo contra espejo. Es por toda esta particularidad que Freud lo asoció al super-yo, a los padres interiorizados. Un adulto sabe que “miente” o que no dice toda la verdad a los hijos… su moral, la moral con la edad, la concepción binaria y simplista del bien y mal, se relativiza. Se ve “obligado” a educar con cuentos y mentiras a sus hijos, porque es de tradición, porque es lo que se espera de ellos, porque en definitiva no quieren que se les culpe que educaron mal, y que los hijos puedan usar este tipo de “excusa” para sus comportamientos y sus posibles vidas erradas. ¡El peso de ser padres!, quien lo quiere. Otra dimensión de todos esto procesos, ahora nuevo, es el de los psicólogos. Ellos saben que la mayoría de los problemas, de los trastornos y enfermedades mentales, vienen dados por esta retroalimentación del prefrontal, de tal forma que tratan de “minimizar daños”, diciendo que las personas se tienen que tratar de auto-perdonar, que tienen que tratar de minimizar su dureza a la hora de autoanalizarse. Que, en definitiva, es un error odiarse por odiar, o enojarse consigo mismo por enfadarse. ¡Ay, la sociedad!, educa de una forma, para que al final nos digan que hay que ser más flexibles y menos radicales con el juego especular del prefrontal. Sólo si se entiende todo este juego especular, que tiene como base los padres, la educación y en definitiva la cultura donde uno nace, se puede comprender porque en unas culturas están vistas bien ciertas cosas, frente a que otras lo ven mal. E igualmente se entiende el “peso” de los padres, por su ausencia, falta de educación o severidad, en las personalidades sociópatas, sicópatas, e igualmente débiles, neuróticas, con depresiones o ansiedades. Hemos “creado” un sistema demasiado sensible a los “errores”. Educar se ha vuelto una verdadera maldición.

   La conciencia no es el alma, si bien pudiera ser aquello que era tomado como una esencia permanente dentro de lo humano, que debería de ser lo que nos sobreviviría; antes del concepto más errado del alma judeo-cristiano, sobre todo el concepto escolástico, el que se fraguó en la Edad Media. La conciencia no es conocimiento, si bien en tanto que prefrontal centrándose en un tema es a lo que llamamos razón, que es la base de la ciencia y el método científico. La conciencia no puede ser reducida al yo, pues este es todo el cerebro en sí que emerge como varios tipos de memorias, entre ellas y como principal la autobiográfica. La conciencia no es sólo moral, es un verificador de errores, y entre esos tipos de “errores” están los morales o de comportamiento. De hecho la capacidad de discernir los errores morales y del comportamiento, se encuentra en el lóbulo parietal derecho y para colmo no analiza los propios, sino los ajenos, quizás por eso caemos en errores que no perdonamos en otros, se deduce que la culpa viene después, al caer en la apreciación que es algo malo en lo social y por lo tanto en uno mismo. La conciencia no es un ser que está en el cerebro que es lo que somos, no es ese homúnculo que se nos (a)parece, pues este está demostrado que es tan solo un espejismo, pues remitiría a otro homúnculo dentro de este, y otro dentro de ese, y así hasta el infinito. La conciencia no tiene porqué crear orgullo de poseerla o algo así como una felicidad implícita, pues para muchas personas es tan sólo fuente de infelicidad, y de dolor. La conciencia es como el escenario de un teatro, es ese poner en escena, es “conciencia de”, es música mientras suena la música, en una frase que repite varias veces Damasio en su libro como mejor explicación. En tanto que escenario y escena, no sabe nada de lo que ocurre entre bambalinas, y apenas si percibe con nitidez lo que tiene delante. Es el teatrillo que mostramos, mientras en el proceso inevitablemente, nos construimos una máscara o un yo.


(1) En inglés, que procede en las lenguas germánicas, hay dos palabras bien distintas: awareness y consciousness, esta de procedencia latina, si bien ocurre lo mismo de que se puedan usar como sinónimas.
(2) Por el gráfico del cerebro de la cabecera, se puede entender el sentido de poner como centro al impulso temporal, ubicado en el tronco encefálico. Todas las conexiones irradian desde allí, o hacia allí, dichos “radios” son los axones o fibras nerviosas mielinizadas de las neuronas, a esa zona se le llama materia blanca. Acaban en la corteza cerebral, donde se encuentran las neuronas, materia gris. El cerebro medio, o mamífero, tiene sus propias rutas.
(3) Tonterías de la real Academia, existe irreductibilidad, pero no reductibilidad.
(4) Aquí hago uso de “encajar”, pero hay que atar hilos. No sobresalir, “clavo que sobresale será golpeado”, viene dado por algo tan básico como la vergüenza, que es la base de sentirnos observados, de estar en un medio jerárquico, o dicho de otra forma: del miedo. Es una triada: encajar, luego vergüenza, luego miedo, que finalmente se reduce a ese miedo ancestral de ser rechazado en la manada y por lo tanto el poder ser expulsado, con su consiguiente posibilidad de no poder sobrevivir, de morir.  Hoy encontré esta charla en TED de Brené Brown que hace referencia a la vergüenza como base del contacto humano. Es tema central en la mirada de Sartre, le dediqué un capítulo en el libro “la imposibilidad de la razón” .
(5) Todo animal de inteligencia compleja, que se le pueda presuponer una conciencia, crea trastornos mentales (loros, perros, delfines, chimpancés, orcas…, desde la simple depresión, pasando por la ansiedad, llegando incluso a trastornos que pudieran denominarse propios de lo que entendemos por psicópata. Algunas orcas, de los parques marinos, han herido o incluso matado a personas. Hay un documental sobre ese tema.