Lo que Es y lo que (a)Parece XVIII – La Verdad Individual Como Absoluta II

   De los escritos anteriores se deduce una doble dirección o contradicción a la hora de “crear” un ser humano. Por un lado cada humano es una interpretación única de dónde está el cursor en la barra horizontal deslizante, entre razón y emoción, y por otro lado habría otra barra en donde por un lado está la propia “verdad” emocional -mentalés solitario- y en el opuesto la capacidad de amoldarse a la sociedad -mentalés social y conciencia-. En esta segunda barra un psicópata es aquel que tiene el cursor en su propia “verdad emocional”, para que se vea clara en un ejemplo dicha metáfora. Todo megalómano, todo dictador, todo psicópata, “impone” su verdad como la única, como la absoluta. Las dos barras coinciden en la medida que son sinónimos racionalidad y sociabilidad por un lado y en el lado contrario “verdad emocional” y emoción.

   Doy un salto en el proceso argumentativo, para tratar de explicar una dimensión que en Sartre es confusa o demasiado profunda, no sé. Qué es una novela, qué una narración. Cuando empiezo a leer todo es nuevo. Cada personaje se me presenta como humano. En algunos tipos de novelas, un tipo de narración, se basan en los héroes. Si nos remontamos al pasado más cercano al nacimiento de la palabra, la narración se produciría en la noche, acabando el día, en historias que o bien recordaban acontecimientos heroicos de ese día o historias de los grandes predecesores. Aquí hay que detenerse un momento en todo este proceso. Quizás cualquiera podía contar historias, pero por un proceso de juego evolutivo al final “ganaban” en audiencia y en interés las historias más deseadas, las más esperadas, eran aquellas, que hablaban de los héroes y sus grandes hitos. Esas grandes historias y grandes hechos, que posiblemente habían sido llevadas a cabo por humanos con ciertas características que los hacían parecer sobrehumanos. Hoy en día sigue ocurriendo, ahí tenemos el caso de Steve Jobs, si bien con ciertos matices sobre los que volveré más adelante. Todo esto, además, era posible por el hecho que provenimos del concepto de manada, del concepto de macho alfa. El macho alfa era aquel ser que después quedó perfilado como el de héroe.

   Algo que no tuvo en cuenta Sartre en su ontología fueron las ideas antropológicas. Su filosofía queda más asentada y reafirmada si se tiene en cuenta toda esta dimensión. El en-sí es el pasado, nuestro cuerpo, nuestro lugar en el mundo. Todo aquello que es denso, que nos hace ser. También el carácter que nos viene dado en el ADN, frente a la personalidad que es la suma del carácter y cómo se manifiesta y lo “construimos” con la razón, el prefrontal, el para-sí. El para-sí es lo que está falto, un hueco a rellenar, la Nada que define ese instante en donde el cerebro decide, donde se manifiesta la libertad en su hacer eterno. El humano se define como un ente que hace uso de utensilios, en donde estos se manifiestan como multi-signos: donde una misma cosa puede ser usada para muchas funciones. Todo externo a nosotros es objeto, ese objeto no se agota en una sola propiedad, sino en función de una finalidad. Ese todo estructurante en algunos casos ya son conceptos. Coger, por ejemplo, implica una serie de movimientos de una multitud de músculos y articulaciones. Pero si vemos una fruta el concepto de ese todo es “coger” la fruta. En ese sentido es por el que defiendo que 1. el concepto es una forma estructurante que es de las más básicas y primitivas y 2. que todo concepto no siempre implica ningún valor moral y su estructura es por lo tanto extramoral.

   Para Sartre lo único que escapa de ser “determinado” como objeto es el otro. Este se me presenta como una resistencia a ser “categorizado” o estructurado dentro de los parámetros que he explicado en el párrafo anterior sobre los objetos. Pero no un imposible de volverlo objeto, sino que se me presenta como una “resistencia”. Dada esta doble dimensión del otro, para Sartre, guardamos o bien una relación sádica con el otro o masoquista. O tratamos de “capturar” su libertad o le entregamos la nuestra. En algunos escritos he dado una explicación antropológica -lógica-, a este proceso. Provenimos de ser manada, donde un líder o macho alfa tomaba el control. Este es un proceso emergente, en la medida que no puede haber “dos voces” o líderes dando órdenes que pueden ser contrarias. El propio cerebro “funciona” con este mismo signo. La paradoja del asno de Buridán es una muestra de este modo de proceder de los animales. Una sola voz es mejor que dos. Esta tiene que tomar el control y el resto de los individuos de la manada tienen que seguirle (lo mismo ocurre en el cerebro). La evolución provee de mejores genes a estos que son líderes por un lado, y por otro los anabolizantes y el sistema endocrino le hace ser más ágiles y fuertes , así como más inteligentes u ocurrentes. Este proceso, este individuo, genera más gasto de energía metabólica, con lo que queda “justificado” que sea el que más come y coja las mejores raciones. En este proceso vemos que inevitablemente hay una libertad que manda al resto en la manada, que a su vez se vuelven obedientes. Actitud activa y pasiva, sádica y masoquista. En la democracia sigue siendo lo mismo: otorgamos todo el poder a una sola persona (partido) y se produce el mismo proceso de mandar y obedecer. Nada ha cambiado. Todo en lo humano sigue el mismo signo: en el ejército, en las empresas, en las ciudades, en las organizaciones, en las instituciones, e incluso inevitablemente sucede en los regímenes comunistas, con lo cual queda en entredicho su signo.

   Sucede así que en una dimensión más mundana, para Sartre todo contacto con el otro es un típico duelo del Oeste, en donde uno y otro se miden con la mirada (o rehuirla, fundamento de algunas culturas), en donde vence aquel que sea más rápido en “sacar” su libertad. Que sea más astuto, más inteligente… o algún otro signo interno o externo que le dé un mejor estatus social. La mirada, en Sartre, es por lo tanto ese concepto o abstracción por el cual dos se miden para saber su posición jerárquica. El orgullo o la vergüenza las dos principales premisas de este juego. El otro se nos aparece con una doble posibilidad: se me aparece como una libertad y a la vez como una cosa. Pero su libertad, en tanto que la concibo desde mi propio “problema” o cógito, es un para-sí que se hace en-sí, se diluye en un hacer, en en-sí donde su libertad se me escapa. Esto es, la dimensión  del para-si la presuponemos en el otro, pero para mí no es. No la veo, no estoy dentro de su cabeza como para ver todo ese proceso por el cual existe un para-sí, en donde existe la duda. En ese sentido, en ese no-aparecérseme, su propia capacidad de libertad ya es Nada, es de densidad nula… no-es. Se me presenta como habiendo sido, como elección ya cerrada, creada, vuelta en-sí, cosa. La idea de querer captar el “nacimiento” de un hacer del otro, se resume en la típica frase de los enamorados de “¡dime en qué piensas!”, puesto que su libertad no se manifiesta mas que cuando esta ya se ha realizado, como acto, que se ha vuelto en-sí, pasado.

   Es por esto que una narración funciona. Es por esta dimensión que es posible el héroe. Si vemos un documental en donde se vea operar esta idea en los animales nos percataremos mejor de lo que ocurre. Veremos ese tránsito en donde uno es multi-posibilidad, a esa otra dimensión donde el otro es denso en su hacer, al (a)parecérsenos como Ser solo Ser en-sí. Un macho alfa tiene la capacidad mental de ser casi pura determinación. Si nos detenemos más en este proceso deberemos tener en cuenta la doble dimensión de un estado de alarma. En este estado caben dos posibilidades: enfrentarse o huir. En el macho alfa esas posibilidades quedan anuladas a sólo una: enfrentarse. Todo su cerebro, todo su sistema endocrino, todo su cuerpo, le ha preparado, le ha determinado, para que sea así. El resto de los animales de la manada con más o menos determinación siguen sus pasos. ¿Qué ha sucedido en este proceso?, que el macho alfa es la determinación de la duda del resto. Hay una dinámica compleja en ese estadio: los betas son más decididos que el común de la manada. Estos no pueden ser menos que el alfa. Si el alfa es pura determinación, los betas lo secundan y así hacia abajo en la cadena jerárquica. Yo lo veo todos los días. Hace tiempo que echo de comer a unos gorriones desde mi ventana, al parque que está detrás. Al principio todos los gorriones se mostraban precavidos, sólo se acercaban cuando ya no me veían. Pero un día uno de los gorriones se lanzó a la comida en cuanto cayó al suelo. A partir de ese momento en cuanto uno lo hacía le seguían otros “valientes”, hasta que al final se convirtió en la norma. Algunos días esos “osados” no deben de estar, y el sistema vuelve a su posición precavida.

   Un libro, una narración, no tiene “libertad”. El final y cada uno de los pasos están escritos. De forma invariable se suceden los acontecimientos tal como están “programados”, “predestinados”. La narración sobre el héroe funciona, sus historias contadas funcionan, porque coinciden en la misma dimensión: los héroes en vida parecían actuar en la medida en la que la duda en sus cerebros no se vislumbraba. En la medida que parecían ser seres densos de sentido. Pétreos, rígidos, mentes construidas en piedra, en cuerpos forjados en hierro. Su narración parece coincidir con la misma firmeza que su propio acontecer en vida. Todo acto, todo golpe, toda estrategia operan en una dimensión donde el tiempo es nulo, donde el principio y el fin se perfilan en una unidad como un todo. Volvamos al asno de Buridán. Lo que nos asombra de ese acto banal de elegir uno de los montones de heno, es que en ningún momento duda. El asno es uno con la acción. El acto de estar a unos pasos e ir hasta uno de ellos y comer es un todo. Unidad: comer heno. Si hemos dicho que el humano toma al mundo como multidimensional, para el asno no existe tal dimensión. Su cerebro es unidad con “comer-heno”. La acción está prefijada. El tiempo se colapsa en una nada que se vuelve puro hacer, pura acción.

   Vuelvo al Ser del para-sí. Este tiene la propiedad de “verificar” una decisión consensuada en el cerebro, pero eh ahí que tiene la capacidad de poner en duda esa decisión y de volverla a concebir (acierto en el verbo, hacer venir al mundo, nacer). O sea, lo dado por el cerebro se diluye y se pospone ante una nueva revisión. El tiempo “nace” con este (d)efecto  del Ser del para-sí. La acción ya no es un todo, se rompe la narrativa, la acción se fracciona en dos: pensar y hacer.

   Si el para-sí se nos presenta como aquella disrupción de la narrativa, donde esta queda fragmentada momentáneamente (15 letras, que suplicio) de sentido, y por otro lado tenemos la forma de operar del héroe, del macho alfa, del líder, nos encontramos de repente con un ser que es libertar -para-sí que envidia la densidad del Ser del en-sí, de lo dado, del pasado- y otro que es puro hacer. Aquí está la complicación de entender a Sartre, no sin toda una explicación lógica y antropológica. Sabemos que todo humano es libertad, lo es en la medida de las capacidades del prefrontal. Pero a un nivel ontológico el héroe parece escapar de esta dimensión: está fuera de lo humano. ¿Cómo es esto posible? Para Sartre el único ser que hace del Ser del para-sí como fundamento de todo, en tanto que siendo con la densidad y las capacidades del Ser del en-sí, es Dios. Esto es: nada en Dios es puesto en duda. Todo obedece a un plan. Todo el acontecer humano que está dimensionado en miles de miles de años, en dios es de una densidad nula, fuera del tiempo. En dios no existe la duda, sino el acto puro de crear sin fatiga y sin pausa una historia con la misma densidad y propiedad de una narración. Como ya escrita. Como predestinada. Esa es la tara de concebir a un Dios. Si existe la libertad no existe, puesto que si algo se puede cambiar, queda en manos de una “decisión” externa a Él y ya no tendría cabida en sus conocimientos y sus capacidades ilimitadas e omnipotentes. La libertad está (con)tenida en el hacer de Dios.

    Vuelvo al macho alfa. ¿Os imagináis un ataque de un macho alfa que de repente no sea secundado por nadie en la manada? Quedaría como un acto fallido, -recordemos qué es lo fallido en Sartre-. Como un fallo en el macho alfa. En este plano el todo que es una manada sigue los mismos parámetros que ocurren en un cerebro, con sus mismos límites y (d)efectos. Para que la acción de un macho alfa dé resultado, el macho alfa es el para-sí que simplemente reafirma una acción. O sea anula la naturaleza del para-sí al “atajar” entre la concepción de una idea y la acción. Le resta la duda y al hacerlo toda la manada es acción. Ahí tenemos que el macho alfa (re)cobra un aspecto del accionar en el mundo que tienen el resto de los animales, posiblemente por esto deificábamos a los animales. Si el humano es duda, o puesta en suspensión por la parte revisadora que es el prefrontal, de repente a través del macho alfa es uno (unidad) con el mundo. En esta medida el macho alfa tiene las mismas propiedades que son propias de Dios. Su acción no se puede desmigajar en un acto después de otro, en donde puede darse la libertad en tanto que duda que desbarata la densidad de toda la acción. Todo acto es denso y pétreo, y del principio ya se sigue un fin. El macho alfa en cada uno de sus segundos puede estar “habitado” por la esencia del para-sí, pero sólo en la medida que es el “constructor” de un en-sí, que se sigue en un proceso dividido por momentos. El para-sí tan sólo obedece a un principio y un fin pre-signados (resignados) e inmutables desde un momento de densidad cero. Es por esta capacidad que al macho alfa le siguiese la idea de los semi-dioses en nuestra historia. Dios tenía unas capacidades, una estructura densa y sin dudas, y algunos humanos tenían estas mismas capacidades.

   Volvamos a un plano más mundano. Dado que tenemos como patrón mental la existencia tanto de cómo ha de funcionar una manada o una acción en el mundo por un grupo de humanos, como la que ha de tener un macho alfa o líder, entonces cada acción humana es susceptible de estar contaminada de buscar al humano alfa. De buscar un líder o Ser para-sí que accione en el mundo y concadenadamente la de seguirle. Es en ese terreno, en donde si no se ha establecido ya una cadena de mando, una jerarquía, nace el conflicto de dos libertades que luchan por el mando. En donde se crea una dinámica de activo y pasivo, sádica y masoquista. Volvamos arriba y a las dos barras horizontales deslizantes. Un macho alfa lo era en la medida que sólo obedecía a su mentalés solitario, a una “orden” salvaje e instintiva que le nacía de las entrañas, y que ignoraba el papel del prefrontal -pues es duda- y que por lo tanto era pura emoción. Si queremos (a)parecer ante el otro como tomando las riendas de la situación, donde mi libertad no queda supeditada o anulada por el otro o a la del otro, entonces tenemos que estar lo más cercanos posibles a esa dimensión del alfa.

   La historia humana tiene como desarrollo de fondo todo este conflicto. Al principio no éramos más que como otras especies de animales de manada. Más tarde el macho alfa fue sustituido por aquel que tenía el poder, el cual era tomado como Dios o semi-dios. Cuando este concepto entró en crisis, dejamos a Dios en el cielo, con la idiosincrasia de que era este el que ponía un orden en la tierra designando un mandatario. Con las Revoluciones todo orden preestablecido y anterior, quedó en crisis y es donde empezó a emerger la meritocracia. La de ganarse esa posición por méritos propios. Somos hijos de esta sucesión y degradación del concepto del macho alfa. Del concepto de héroe al fin y al cabo. Hoy en día todos somos susceptibles de ser héroes, de tener esa densidad y tipo de entidad que escapa de lo humano. El héroe, en teoría, se ha “democratizado”. En un principio el macho alfa era el héroe, luego Dios. En algún momento fue el guerrero, más tarde incluso el deportista o el gladiador, en la antigua Grecia y en Roma. Puede que mucho más tarde los fuera el monje, el susceptible de volverse Santo. Cuando ignoramos el anonimato impuesto por la iglesia, lo fueron los Artistas, con el Renacimiento. Con el tiempo lo fueron los inventores, los ingenieros, los promotores de los cambios de la Revolución Industrial. Más tarde o en paralelo despuntaron los músicos, los escritores, los poetas.  Con la llegada del siglo XX y el cine ese papel pasó a los actores y actrices, y sus directores. También al mundo de la moda. En la segunda mitad del siglo XX lo fue la música y sus cantantes y grupos… y el mundo de lo/as modelos. ¡Hoy en el siglo XXI hemos llegado a tal grado de degradación que ese papel lo han tomado los cocineros! Algo totalmente impronosticable. Fijarse que en los concursos sobre cocineros se sigue los mismos pasos iniciáticos que se deducen del “héroe de las mil caras” de Joseph Campbell. Hemos llenado el mundo de un concepto de héroe multifacético, donde este no puede o debe de ser unificado a un solo criterio conceptual, que se pueda tachar de primitivo o reduccionista (incluso de clasista, machista o etnocentrista… héroe formalizado a lo eufemístico, a lo políticamente correcto).

   Sea como fuere; como ya dijera Andy Warhol, todos podemos tener nuestros quince minutos de gloria. Todos podemos tomar el papel de héroes por un día. Pero hay que fijarse bien, detenerse en qué a que conlleva todo esto. Si lo que importa y la base de nuestra sociedad, es de forma masiva, la de tratar de llegar a ese status, entonces todos hemos de mover esas dos hipotéticas barras a la posición de “mis emociones como verdad” y “ser uno con la acción”, de tal manera que la duda no exista, que la razón entre lo menos posible en juego. Ya no es cuestión de ser parte y considerarse como un engranaje. Mi pieza es importante, mi pieza, mi posición puede llegar a ser relevante. Todos mis actos tienen que ir en esa dirección. Lo que sale perjudicado de tal y estúpido plan, es que la totalidad, la manada, la sociedad, ya no importan. Ya no es hacia dónde va mi empresa, o hacia dónde va mi ciudad, mi cultura o mi país. Todo coge de repente una velocidad vertiginosa al hacer que cada uno de los engranajes se conciban a sí mismos bajo un punto de vista individual en donde la revisión, la razón y la duda no tienen que tener cabida. Donde los fines, ese destino que nos anteponemos, importen más que cada momento de la vida, en donde deberíamos de estar evaluando a cada paso. Con ese propósito todos los conceptos se reevalúan, todos se mueven de posición, todos siguen y han de hablar de este nuevo signo, de esta nueva “verdad”. Somos uno con nuestra finalidad. Hemos de estar visualizando constantemente nuestra meta, nuestro éxito. Toda persona que imponga la duda, que te cuestione, es una persona tóxica. Cada éxito “local” no es un fracaso individual, sino un éxito por-venir. El encargado de una sección de un supermercado es su propio éxito. Camino que no se acaba y que ha de querer llegar a lo más alto. Una vez llegado a lo más alto, aún hay que competir por ser la mejor multinacional, la mejor cultura, el mejor país. Ese proyecto no se agota, cada mes se ha de haber superado alguna meta, haber alcanzado una mejor cota de mercado, una mejor posición internacional, haber llevado tu cultura a más y más países, ciudades, pueblos… ¿El resultado final? Todos lo conocemos. Lo psicopático se ha vuelto norma. Hay que “funcionar” en la vida de la forma más predatoria posible. Todos son medios para un fin. No importan las consecuencias, no importan los que caen en ese proceso ni cómo caen. Lo importante son las metas. Lo importante es validar mi apuesta primitiva y emocional como la que venza sobre el resto de las apuestas. Erijo a mi apuesta como único valor en el mundo, endiosándome en el proceso.

 Si se sigue paso a paso el proceso que he delineado, se concluye que no hacen faltan las ideas conspiratorias. Todo en la vida, a nivel general, es propenso a formar sistemas y en el proceso a crear estados emergentes. Una vez que se siguen unas premisas, que en este caso es el conflicto y la naturaleza de la libertad entre ser macho alfa y sus seguidores, si hacemos que esa premisa de ser macho alfa sea susceptible de que la tengamos todos, entonces emerge este nuevo estado en donde la meritocracia vence a cualquier pretensión de piedad, justicia y equidad. Del concepto meritocrático se deduce de forma lógica que el perdedor se lo ha “ganado” igualmente a pulso. En este proceso, al igual que se hace en la acción del héroe, al igual que lo hacemos con las acciones de Dios, se desvanece, desaparece, la casualidad. Dios no puede ser o puede tener en su seno la casualidad, (el “Dios no juega a los dados” del ateo Einstein). Él es causa primera y última de todo, la libertad no tiene cabida si en el proceso crea un cambio de su plan. De este mismo modo el héroe, el líder, tampoco tiene que estar “preñado” de la casualidad. Todos sus actos son unidad de Ser, causa y fin en una misma acción. Si una multinacional es líder, si Steve Jobs puede ser concebido tal como lo concibe Pan, es porque toda acción ha de estar exenta de duda, de casualidad, de algo que no tuviera un plan, un fin o un “destino”.

   Volvemos dioses a casi cualquier humano, divinizamos en realidad a los conceptos a los que los simplificamos. Como nos incomoda -disonancia cognitiva- el que lo sabemos libres en vida, esperamos a que mueran para endiosarlos. Es en ese momento, a posteriori, en el que ya no existe la libertar, donde todo tiene la densidad del Ser del en-sí: es pétreo, macizo, sólido. Los volvemos estatuas, calles, edificios… porque a nivel ontológico tienen esa forma acabada e inamovible, que es digna de ser recordada, mantenida, admirada y reverenciada. Las universalizamos, como lo hemos hecho con la cruz y su simplificación de sacrificio y por lo tanto amor, y en la medida que con el tiempo sólo quedaran de ellas sus signos más visible y reduccionistas, que les “liberarán” de toda duda y falta de densidad que es la que tenían en vida.

   Con este nuevo estado emergente, en donde prima la verdad individual como absoluta, como lo divino, es donde nace el nuevo concepto de este ente como un nuevo leviatán, donde en su proceso de Ser, agota todos los recursos del planeta, esquiva la pérfida bala de la equidad y se olvida por completo de cualquier signo de piedad. No hay que buscar culpables, cabezas de turco que ahora estén en el poder, no hay conspiraciones. Todos somos culpables en cuanto asumimos que todos estos nuevos conceptos emergentes que campan a sus anchas en las mentes de los humanos, los asumimos como propios. Eres culpable al sonreír y ser servil al cliente como te lo pide la directiva de la empresa. Eres culpable en cuanto entras en la lógica del mercado al ir a su ritmo de cambios que te obliga a cambiar de ropa, de moda,  coche, de ordenador, de móvil, cada pocos meses. Eres culpable al ver programas de televisión donde uno alcanza sus 15 minutos de gloria. Eres culpable al denigrar el concepto de héroe, al de poder llegar a ser un simple cocinero. Eres culpable cuando veneras a un cantante, a un grupo un actor o actriz de por vida. Lo eres cuando te desgañitas en un concierto o en una charla al sentir que aquel que tienes delante es un nuevo profeta, una voz que sólo dice verdades. En la triada reduccionista del pastor, la oveja y el lobo; el peor concepto a asumir de entre los actuales, es el de hacernos creer que todos podemos llegar a ser pastores y que la oveja deja de existir. No eres antisistema si al final y lo que buscas con todas tus ansias es llegar a lo más alto del sistema. En fin, eres culpable si asumes de repente un todo, un mundo de valores, de nuevos paradigmas, de nuevos conceptos, sin filtrarlos por la razón, sin verificarlos, sin ponerlos en duda. No es culpable el macho alfa en llevarte a un plan suicida. Lo es tu signo, tu papel, si no lo pones en duda. Pero ¿realmente se puede poner en duda?, ¿no demuestra este artículo que está escrito en fuego, en nuestro núcleo más elemental? Aquí es donde cobra sentido el papel del lobo. Ese es el signo del rebelde, la duda es su cruz. La puesta en suspensión de todos los valores, del mundo del valor… tanto de las de las ovejas como las del pastor. De los dos se burla, a los dos “somete” en su fiereza al cuestionarlos. En ese estado, es el único que escapa a las facticidades del ser humano, pero no porque se salve, sino simplemente porque en su postura cínica y nihilista escapa de los planes de la condición humana (condición tiene más de negativo que de positivo, proviene de convenir, pero igualmente determina a condicionar, que proviene del indoeuropeo “deik”, mostrar, (a)parecer, máscara y no naturaleza), escapa de las leyes connaturales de las esencias humanas… escapa de la condición humana del héroe. Escapa en fin, de los designios de Dios. Se vuelve así e inevitablemente en un héroe absurdo, de ese devenir absurdo que es la condición del ser humano.

   No hay que buscar soluciones morales o políticas a todo lo aquí planteado. El lobo se ríe tanto del pastor como de la oveja, aunque sienta cierta simpatía por estas últimas. El pastor echa la culpa de todo al lobo y sus ovejas le siguen. Nietzsche fue ese gran lobo, nihilista, que sistematizó la postura del lobo. Después vendrían las posturas posmodernistas y deconstructivistas. Todas estas teorías o tendencias lo único que han hecho ha sido correr las cortinas y dejar ver los engranajes en el mundo de Oz… ¡alguien lo tenía que hacer! Pero las reglas del juego, y el propio juego, no han cambiado. Lo que antes era el diablo o el mal, ahora es el nihilista o la persona tóxica. ¿Qué más da una denominación que otra?, el lobo vence porque al no cambiar nada eso le da la razón. ¡Y cuidado en pensar que el lobo es el único culpable!, este tan sólo es un simple espectador, encerrado en su madriguera, que ve con cierta complacencia evasiva, el eterno juego entre el pastor y las ovejas.

“No quiero pertenecer a la gente glamurosa. No quiero pertenecer a la gente hip-hop. No quiero pertenecer a nada de eso. No quiero pertenecer a la gente de la TV. No quiero ser punk. ¡Solamente quiero ser!” Iggy Pop

 

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Lo que Es y lo que (a)Parece XVIII – La Verdad Individual Como Absoluta I

“¿Quienes somos salvo los cuentos que nos contamos?” en la serie “Legión”

   Borré lo que iba a ser mi último escrito por varios motivos, me metí en ideas políticas, cuando esa no era la base de ese último escrito. Gran parte era un añadido sobre el escrito anterior, que fácilmente podía ponerlo en su lugar. Y porque vi que en la revisión que hacía de Sartre había un craso error, que por lo demás, en esa voz a dúo que yo había “forzado” -e incluso violado- sobre los escritos de Sartre, parecía haber mucho más de lo que (a)parecía a simple vista.

   Eso fue al principio de ayer a la mañana. Al revisar el correo tenía un email de TED, y en esta masiva iba una frase que siempre añade en una sección llamada “Quote of the week” y que rezaba: “Creo que muchos de nosotros nos sentimos envueltos en la forma en que usamos las palabras. Olvidamos que las palabras son construcciones. No son sólo mis palabras, todas las palabras son construcciones, y no todas significan algo” de John Koenig

   Como es uno de mis temas preferidos -he hecho muchos de mis escritos sobre todo este tema de la duda sobre el lenguaje, propio del deconstructivismo y el posmodernismo-, busqué información del autor, encontrándome con su diccionario en línea “…sobre los sentimientos oscuros”, para ir finalmente a su conferencia en TED, la cual al no estar traducida, me “picó” a hacerlo para compartirla. Esta conferencia incide en varios recurrentes míos. Fijarse que dice que las palabras nos separan cada vez más, y que es similar al concepto que yo he creado de las “islas identitarias”, si bien el autor siempre se mantiene en lo de nominar esos aspectos como palabras, mientras que yo las categorizo entre los conceptos. De otra forma hay que darse cuenta de la unión entre concepto y meme. Pienso que meme sobra, porque el concepto ya implica esas características que Richard Dawkins dio a tal concepto en su libro “El gen egoísta” -propagación, juego de supervivencia evolutivo, modificar las pautas de la mentes de las personas…- Koenig también se fija en este aspecto al decirnos que si nos interesamos en una palabra es por el éxito de dicha palabra, de cuanto se ha propagado o la usa la gente. Igualmente lo que yo en mis últimos escritos he denominado “mentalés solitario” está cercano a este de Dawkins del gen egoísta, en la medida que el mentalés solitario tiende a sus propios bienes y fines. De un modo es un tema recurrente y latente entre muchos autores. Y eh ahí que se me antojaba que el concepto, quizás, no sea ese ser del para-sí, que andaba buscando Sartre y el cual yo lo sustituí por el suyo de valor, sino que implicaba algo más nuclear, pero a la vez algo posterior en el tiempo evolutivo que el concepto.

   Sartre trataba de fijar la “esencia” del ser del para-sí. A veces no me veo más que como un portavoz de este gran filósofo, si bien “traduciéndolo” en un lenguaje más científico y actual. Sartre no conocía los conceptos de sistemas, de la emergencia, y otros tantos que son posteriores a su filosofía primera, aquella que está en “El Ser y la Nada“, esa en la que fundamenta su ontología. Así que yo “traduzco” sus conclusiones a través de estas nuevas ciencias o paradigmas, para ver qué resultados se obtienen. En ese caso veía como un craso error, basar el Ser del para-sí en el valor, si bien he de decir que ese ser-para-sí, para Sartre, es en tanto que saliendo afuera, ese afuera donde está el otro, la sociedad. Está claro que en cuanto me muevo en esa esfera siempre existe el valor como moneda de cambio. Todo es juzgado y a todos juzgamos en base de los valores de lo que es y ha de ser el ser humano. En ese espacio el para-sí esta situacionado en una dimensión cuya esencia es el valor. Pero en soledad, en estados aislados como pueda ser una isla desierta o una simple excursión, el otro deja de existir. El adentro, en su soledad, en el mentalés solitario, “puede” librarse del ser del valor. Fijarse que aquí puede haber una primera división humana. Habrá quien nunca se “separe” de su dimensión social, del valor; mientras que habrá un segundo tipo de humano que creará un divorcio de esta entidad que le “encierra” en el valor. La historia humana muy bien se podría escribir como una forma de lidiar con esta paradoja o situación. Las religiones han incidido en que no hay que salir del mundo del valor. En un primer momento se creó el concepto de tabú. Los dioses castigaban a la menor que hubiera habido una posible transgresión, incluso si esta era simplemente mental. Si un individuo “rompía” mentalmente, en su mentalés solitario, con algún tabú, se sentía culpable, pues unía, vía pegajosidad neural, ese salirse del mundo de los valores, en su mentalés solitario, con esa plaga o enfermedad que de repente asolaba la aldea. Ese es uno de los “pecados” humanos, el vernos intrincados y reducidos a una eterna causa y efecto, cuando en muchos casos lo único que interviene es sólo la casualidad.

   La sociedad ha tratado de mantener esa ligazón por siempre. Sólo en los últimos siglos, quizás desde el Renacimiento y su Ilustración, nos hemos ido “relajando” y hemos ido pensando en esa nueva máxima en donde prima el “por dentro no importa” que nos pronosticaba la película “American psycho”. Yo diría que la tipología que se puede denominar “el rebelde” siempre ha seguido esa máxima, si bien en otras épocas ha tratado de mantenerse callado (o era el eterno chivo expiatorio de cada momento o ideología de la historia). Sea como fuere, el valor, es algo que nos viene desde fuera y desde el mentalés social. Esa segunda capa evolutiva que nos metía de lleno en lo gregario y la manada como fin último. La palabra llegó al hombre cuando ya era social, luego una consigna del prefrontal -la razón, para-sí- es el ser del valor, pero a veces se “alía” simplemente con el mentalés solitario y prescinde de todo valor social, de todo valor al fin y al cabo. Con esto retomo a mi intuición primera. Si el valor no tiene porqué ser el Ser del para-sí, pues es contingente, no necesario en lenguaje filosófico, ¿qué ha de ser? En ese momento deduje que valor no deja de ser otra cosa que un concepto entre otros, luego el concepto le precede. Pero “fermentando” la idea no me terminaba de gustar o encajar, porque tenía demasiadas lagunas. Claro, si tomamos al concepto como meme, este parece tener su propia autonomía, su propio Ser, como así lo defiende Richard Dawkins. Algo por lo que no ha calado del todo el concepto de meme es por su cuestión más profunda. ¿Cómo un meme puede ser un ente?, incurrimiento que John Koenig se hace a la pregunta, y se la hacen sus lectores, de si “sus” palabras son reales o no, si hablan de algo real o son simples construcciones. Se dirá que eso queda suplido con la teoría de sistemas y la teoría de la emergencia. De repente el meme -concepto, palabra- adquiere entidad en la medida que su suma no explica su totalidad, que su proliferación no implica que los cerebros sobre los que se “posa” cambien y “trabajen” o funcionen de otra forma, de una forma novedosa, volviéndolos “otros”. Koenig tiene una doble posibilidad sobre esas capacidades de la palabra: ser nada y “crearnos”, sin tratar de resolverlo en ningún momento. Fijarse que todo esto está cercano al mundo de las Ideas de Platón. Estas existen independientemente de cada uno de los casos en los que los hombres las utilizan. Meme e Idea son sinónimas en esa dimensión. Todo es lo mismo -Idea, meme, concepto y palabra- si pensamos en ellas con ciertas características que es el de crear un estado emergente dentro del cerebro y lo social del ser humano.

   Sartre acertaba al deducir que lo importante era el valor, en la medida que nos “fijamos”, nos conceptualizamos, nos encajonamos (“boxed”, en John Koenig) dentro de los conceptos construidos y de más éxito en lo social. En las convenciones y normas al fin y al cabo. Pero en esa misma premisa está una respuesta más básica. Construirse, crearse una entidad, un yo. El valor social es algo que “funciona” por y para esta premisa, en la medida que la persona no sea un rebelde. Falla si lo es. El rebelde siempre tratará de no encajar, de no ser encajonado, dentro de ese mundo de los valores sociales; los subvierte. Luego hay una “necesidad” de construirse o de definirse en todo hacer, en todo Ser del para-sí, que es independiente de si “encaja” con lo social, en las personas convencionales, convergentes, o si es para subvertirlo, como ocurre con los divergentes y los rebeldes. Lo importante y básico es crear Ser a partir de unos valores existentes, sea confirmándolos o negándolos. Fijarse que esta idea básica ya está implementada en la fenomenología del Ser de Sartre. El para-sí “envidia” la densidad del Ser del en-sí. Es carencia en tanto que no es en-sí, en tanto esa imposibilidad constitutiva que le hace Ser como nada, como carente de Ser. A la vez “sabe” que toda elección, una vez “realizada”, se vuelve Ser en-sí. De ahí el miedo a la libertad y a la naturaleza del para-sí, ya que constantemente está constreñido a ser eternamente “fuga”, instante, que crea Ser, que se define como un Ser que inherentemente será en-sí.

  A Sartre le faltó tiempo para cerrar su círculo, en parte porque se obcecó en sus ideas políticas y en que el filósofo tenía que ser acción en la vida, cuestión por la cual al final ha llegado a ser más odiado que admirado. Uno de sus “hallazgos” inconclusos, fue el de la dimensión Ética de su filosofía. Creó el concepto de “verificar”. Si la conciencia, la razón, el en-sí tiene esa naturaleza de ser la “responsable” de construirme, de construir mi identidad, de crear Ser en-sí, entonces hace falta “revisar” varias veces cada paso. No basta con que tengas un salero en la mesa y se lo eches a la ensalada, podría ser azúcar, hay que verificar, como ejemplo claro y no moral. De hecho Sartre acertó en decir que el prefrontal -razón- tiene ese papel, pues la ciencia lo ha mostrado en sus experimentos. Es como un “control de errores” final: revisa que lo “propuesto” por el cerebro, sea “acertado”, pues se ha demostrado que el prefrontal no es el que calcula o procesa qué hacer, ya que las respuestas que este da y la que da el propio cerebro tienen un retardo, que es el retardo que se da para que el cerebro de fondo, mande la información “más válida” (consensuada) al prefrontal, razón o ser en-sí. Este se limita a dar el visto bueno, y si se da el caso a “repensar” -revisar- lo “decidido”. Fijarse en la importancia de este descubrimiento para la inteligencia artificial. Actualmente cualquier programador medio tiene que programar a su vez los posibles salidas de errores de sus códigos. Tienen que tener un control de errores. En este aspecto de la programación parece haber un principio de “conciencia”, al asemejarse a nuestro modo de proceder, pero por qué no la hay, ¿por qué no se da conciencia? Sin duda porque el prefrontal no es el que nos da la identidad y la conciencia, aunque el paradigma actual, y ese ser fantasmal -tan criticado por los que están contra la idea de un yo, como principal navegante-conductor, entre los que me encuentro-, nos haga creer que sí. Que el prefrontal es sobre todo un control de errores, que es revisión, se deduce de un trastorno, del de los obsesivos-compulsivos. Se supone que una vez que la información ha sido revisada por el prefrontal, este ha de devolver el “control” a otros sistemas del cerebro más básicos, como el motor, pero eh ahí que en los obsesivos-compulsivos eso no ocurre, una zona del prefrontal “dice” que no está lo suficientemente “revisado” y entra en bucle. Al igual que si un programador novato crea una sentencia en bucle y no crea adecuadamente una salida o un control de errores de ese bucle. El típico cuelgue del  sistema en el que se te abre una y otra vez de forma infinita una misma ventana. El sistema colapsa porque ese bucle infinito consume todos los recursos. En el caso de los obsesivos-compulsivos ese ciclo crea y recrea -retroalimentación- un estado de ansiedad y miedo, que igualmente le puede llegar a colapsar.

   Con esto llego, de nuevo, a retomar qué ha de ser el Ser del en-sí. Es la necesidad de Ser. De escapar de la nada que es. De crear Ser. Sé que ahí se cuela el valor, pero en tanto que valor se ha de tomar como un consenso social repleto de conceptos que crean una identidad humana -metaidea o Idea platónica- en un momento de la historia y para una cultura dada. En esa dimensión no hemos “tocado” al Ser, este se ha evadido, puesto que lo “pactado” no tiene por qué coincidir con lo que es el ser humano. O dicho de otra forma, y para sentenciar: creamos máscara. Una idea consensuada sobre un prototipo de lo que ha de ser el ser humano. En ese sentido las feministas aciertan al pensar en que una sociedad androcéntrica “altera” la “construcción” de lo que es el ser humano, en tanto que altera nuestros pensamientos y nuestras acciones en el mundo. Pero si de lo que se trata de fondo es de “hablar” de algo real, de algo tangible y no una mera construcción, no de máscara, entonces ¿qué hay real? John Koenig no resuelve ese dilema en su conferencia. Si la palabra sólo es un signo y muchas están vacías, ¿cuáles están “llenas” o tienen Ser?, ¿ninguna? En ese dilema se quedan “atrapados” tanto Sartre como Koenig. Si el para-sí es “envidia” de la densidad del en-sí, pero resulta que el para-sí se “construye” como máscara, ¿qué hay de real en el Ser del en-si? El para-sí sólo parece construir o recrear máscara. No “toca” en ningún momento, o lo hace de casualidad, a un posible Ser real.

   En el lenguaje de Sartre ya no hay más salidas. Es cierto que una acción hecha, una vez conclusa, se vuelve en-sí, se vuelve “real”, adquiere esa densidad de ser. O sea, constantemente construimos máscara y al hacerlo la validamos o la volvemos “real”. Parece como si no hubiéramos escapado de esa época de los tabús, en donde el “por dentro” sí importa y hemos de “medir” nuestros pensamientos y por extensión nuestro hacer. No parece importar la “verdadera” naturaleza de lo que es el ser humano, sino lo que queremos y deseamos que sea el ser humano. Cada humano construye al ser humano en cada uno de sus pensamientos y sus acciones. Dicho así humano es una Idea platónica, un concepto, un meme, cuyo éxito consiste en que parece ser la base sobre la que construimos cada uno de nuestros segundos, sobre la que está construido el Ser para-sí, en tanto que libertad que se hace Ser en sus acciones. Es esa llave maestra de la que habla John Koenig, en tanto que es la que nos construye y la que construye la sociedad.

   Pero es una respuesta “bonita” que no me gusta nada, quizás en mi condición de rebelde (que visto por los convergentes puede ser tomada como nihilista). Hay que cambiar de paradigma. Estamos en la época en que eso está ocurriendo. Sí hay un Ser “real” humano. Es el que nos están descubriendo las nuevas ciencias. Como lo son las propuestas de Dan Ariely y su conducta económica, pues en definitiva, ¿acaso el cerebro no tiene en su base, entre sus primeros conceptos, el qué es más y qué menos?, de ser una entidad “económica” en su sentido más amplio (hacer el menor daño, al menor número de personas, por ejemplo). Igualmente los límites con los que se topan una y otra vez los teóricos de las ciencias computacionales a la hora de crear una inteligencia artificial. También ahí tienen mucho que decir la psicología evolutiva u otras psicologías parejas que van a la “base” o nuclear de lo humano. En estos nuevos paradigmas lo que se nos dice, y en lo que se equivocan las feministas, es que sí hay diferencias en muchos aspectos entre el hombre y la mujer, diferencias que de forma “real” crean dos tipos de cerebros, independientemente de lo que es “máscara”. Me voy a centrar en esto, a modo de ejemplo. Se habla del maltrato del hombre hacia la mujer, que puede llegar al homicidio o al asesinato. Pero de facto eso demuestra nuestras diferencias. La primera es que hay un dimorfismo corporal que hace al hombre con más volumen y por ello con más fuerza. El deporte tiene como base esta diferencia y no es tomado como machista, hombres y mujeres no pueden competir en “igualdad” en casi ningún deporte: se crean dos categorías. Aparte de que para que se dé este dimorfismo ha de deberse a los distintos anabolizantes que entran en juego, que llevan al final al juego que tienen los andrógenos y al papel de la testosterona. Es la testosterona la que crea el estado de ira que lleva al homicidio o al asesinato. No es una convención social, es justamente que la testosterona “ciega” al prefrontal como para que no entre en juego. Estamos “falseando” el lenguaje, enmascarándolo, si creemos que podemos ser iguales a todos los niveles. Creamos palabras “artificiales”, no reales, sobre nuestra verdadera naturaleza. La igualdad tan sólo se debería de emplear como concepto de los deberes y los derechos de los seres humanos. Nada más (y nada menos, pues nos parece imposible llegar a ese estado). De otro modo se da desigualdad en cuanto los poderes no son iguales. Lo mismo da que sea por la fuerza física o por que el otro tenga un arma, o porque su carácter sea más violento y más propenso de agredir y llegar al frenesí ciego. Un hombre también se ve en ese estado de desigualdad en un momento u otro de su vida. Cierto es que hay una desventaja de las féminas, pues en el hombre (casi la mitad de la población) se juntan varios de esos desajustes de igualdad o de equilibrio de poder. Pero es un hecho, no un constructo. El humano macho tiene tendencia a esa tara. Pero la mujer ha creado a lo largo de su evolución sus propias contramedidas. Una es su tendencia a la neotenia (cara más dulce que invita a ser tratada con dulzura), no es un pensamiento machista, es una realidad que las nuevas ciencias descubren (al poco de nacer un humano distingue y se detiene más tiempo en mirar rostros bellos y simétricos). Machista sería decir que son una creación del diablo, pero si la ciencia descubre realidades (científicos hombres y mujeres concuerdan) ignorarlas es caer en la estupidez y en la racionalidad limitada. En fin, si los cerebros y cuerpos han evolucionado y han creado patrones que les han llevado miles de miles de años, no es una cosa que el humano moderno pueda cambiar. Se pueden cambiar las leyes, se puede cambiar la “máscara”, pero no la naturaleza real. No de un día para otro. Se tardaría otros miles de miles de años. La mujer se equivoca al creer que se puede enfrentar al “macho” con la fuerza, quizás ese equívoco provoque más de un homicidio. En muchas redes sociales me topo con mujeres que creen poder golpear al hombre (patada en los huevos, según el lenguaje común) y salirse con la suya. No, si despiertas al “macho”, si “atacas” y activas a su testosterona, es cuando realmente se va a crear el problema que se quería evitar. O sea que el lenguaje feminista mal usado crea los propios problemas más que resolverlos. Un hombre te golpea, aguanta ese golpe y retén el orgullo y déjalo, y si es necesario crea distancia con respecto a ese hombre, ya sea a nivel físico o legal. Lo que quiero decir en este largo ejemplo, es que es un error basar al ser humano en su máscara, en lo que queremos que sea y no en lo que es. Creamos más problemas que soluciones. Nunca ha funcionado, siempre ha habido homicidios y asesinatos, y siempre los habrá. Una medida contra la que deberían de luchar las feministas es la de ir contra todo tipo de desigualdad, abrazar a la izquierda, ya que la base de la mayoría de las violencias es por la falta de equidad, de igualdad. Educar, no castigar, y esta no es posible si hay tanta distancia de un humano a otro. Si nos basamos en las jerarquías, los privilegios y en las diferencias de clases (vuelvo a caer en lo político… ¡grrrr!). Esta diferencia precede a la de los sexos, pues siempre ha habido mujeres con poder y más privilegios, aunque sea sólo la que les da su belleza, vena que siempre han “usado” y que por eso se ha pronunciado en la evolución, y que es evidente en nuestro dimorfismo. Sobre el patrón que tenemos cuando nos dicen de pensar en un humano y pensamos en un hombre, en el que las feministas creen ver un signo machista… si hablo de belleza humana, ¿qué nos viene primero a la cabeza?, la mujer, igualmente si hablamos de bondad o amor humano. Los patrones enquistados son, no hay que volcar convicciones morales, ideológicas o sexistas a esas realidades básicas. Esos constructos han tardado milenios en asentarse en el cerebro, no se van de un día para otro. Eso se aprecia en cualquier efecto óptico, te hacen ver el “engaño” (patrón) del cerebro que te ha llevado al equívoco, pero eso no evita que el cerebro siga cayendo en el efecto óptico. Uno de ellos es nuestra incapacidad de ver dos realidades opuestas. Como por ejemplo la de los dos perfiles frente a frente. El cerebro puede ver las dos caras o la copa, pero no los dos a la vez. Conocer este hecho no cambia nada la forma en la que trabaja el cerebro, en cómo tiene sus constructos y funciones.

   Vuelvo a mi cauce. En lo que acierta John Koenig es al decir que necesitamos a las palabras (los conceptos, en realidad) para escapar del caos (esto ya lo decía Nietzsche en su libro inacabado “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”). No parece haber un Ser de lo humano. Parece que somos condición, no una naturaleza que nos sujete, prefije y nos defina. Esto es, somos a la vez instintos, un mamífero social y un prefrontal (que en otros lenguajes y paradigmas son el ello, el yo y el superyó). No hay una unidad de esas tres partes. Cada cual toma el “mando” una u otra vez. Eso nos hace seres multidimensionales, que no parece que tenga la propiedad de crearnos una identidad, una base sobre la que “calcularnos” o fijarnos en una personalidad dada. El en-sí, el pasado, está lleno de acciones que ora eran una cosa y ora la contraria. No hay unidad. En esa situación, ¿qué “envidia” o desea Ser el para-sí? Tan sólo la densidad de ser. El orden o fijeza que posee la estructura del en-sí, no su contenido. El contenido no tiene un Ser, sino cientos, la densidad es su naturaleza, su imposibilidad de cambiarla, de reestructurarla. El pasado simplemente Es. Por lo tanto la base o núcleo del Ser del para-sí, de la razón, del prefrontal, es la de tratar de ser Ser. De no ser esa nada que es. Pienso que Sartre se “extravió” ahí. No tenía por qué prefijar el Ser del en-sí en el valor, no había necesidad. Su necesidad es la de ser Ser, y en mundo social el valor es su constituyente, pero no explica todos los estados. Como los de soledad, en donde un solo individuo se aísla, ya sea por propio deseo o de forma accidental y “escapa” del mundo de los valores. El problema del para-sí es que no puede escapar de su dimensión social. Esa es la capa intermedia (cerebro medio, emocional, mamífero) entre el mentalés solitario y el prefrontal (para-sí), y sin esta el cerebro simplemente se aliena, como así lo demuestra los distintas trastornos y enfermedades mentales. Las películas “naufrago” , “soy leyenda” o “el resplandor” nos hacen ver ese proceso de alienación provocados por el aislamiento. Este proceso lo que explica es que necesitamos del otro para prefijarnos. El otro hace el papel de espejo, el cual nos devuelve una imagen de nosotros mismos y en la cual por fin podemos “ver” nuestra “realidad”. No en tanto que real, no en tanto como un ente “acabado”, como cuando hablo de esa piedra que está ahí, sino en tanto que máscara -sin tener idea que estamos “usando” este concepto-, en tanto que ser que se construye de forma constante y me hace Ser. Lo que construimos en el otro, en nuestros espejos, es a nosotros mismos como queremos ser. Odiamos cuando esa imagen que nos “devuelve” no sea la que nosotros queríamos proyectar; amamos cuando nos la confirman, cuando nos alagan. Los conceptos tienen la capacidad de “un(i)-forma(r)” patrones que sabemos que funcionan en una época y en una cultura dada. Son un atajo para que el cerebro se proyecte allí, en los social, y a la manera que los otros esperan que eso ocurra. Confirmamos los conceptos en cada uno de nuestros actos. Confirmamos el patrón de lo que es o ha de ser un ser humano, en la mayoría de los casos, sin poner en entredicho tal concepto que está en ese momento de moda. El rebelde, quizás, desde su posición de lobo estepario, sea el único que no necesite del otro como espejo. Su identidad queda cerrada dentro de su estado salvaje que no se atiene a normas, que no crea máscara, que tiende hacia el Ser. La psicología hace uso de los conceptos introvertido y extrovertido, por lo común las personas creen que el segundo es el lado positivo de la ecuación. No, el extrovertido, en su necesidad de tener un espejo, es el que es más tendente a caer en distintos trastornos mentales. Alguien que haya nacido aislado en un bosque no pasa por ningún tipo de trastorno de la personalidad. El mentalés solitario se las sabe “apañar” en su propio lenguaje y en su propia realidad desnuda, al evitar la doblez en la que consiste el humano medio entre lo que es Ser y lo que es máscara. El rebelde tiene esa capacidad de hablar con su lobo interior y no tenerle miedo, de no crear y creer en constructos propios del para-sí, en tanto que contaminados por el otro y lo social.

   Un trastorno, entre otros, que muestra este proceso es el disociativo. No hay varios centros del yo en el cerebro, sólo es uno, ¿cómo, entonces, son posibles las personalidades múltiples? Lo es porque lo que ocurre es que ese centro del yo, se conecta a una parte del pasado, desconectando otras (olvidando, amnesia auto-inducida), creando una entidad con ciertas características, frente a otras. Yo por ciertas acciones de mi vida, para algunas personas, he sido tomado como un sicópata. En otras como demasiado sensible. En unas como demasiado tranquilo, frente a otras muy impulsiva. Fijarse que son contrarias. ¿Y si de repente “desconecto” el sensible y sólo me alineo al psicópata, o al impulsivo frente al tranquilo?, ¿y si voy de unos a otros con un interruptor, en el que un estado niega y ciega la existencia del otro? Eso son los estados disociativos. A tenor de la verdad ni siquiera hay un centro del yo, son dos funciones en distintas partes del cerebro, una cercana a la propiocepción, de nuestros límites corporales y existencia de nuestro cuerpo en el espacio exterior, y por otra la conciencia que tememos de ese todo entre lo que es nuestro cuerpo (la facticidad tan esencial e importante en Sartre) y nuestro pasado (memoria episódica). En este tejer esas dos unidades, en parte, tiene que ver el prefrontal en la medida que verifica. De ahí la dimensión de valor en su sentido extramoral: el prefrontal trata de que nuestros actos sean coherentes, que no nos contradigan, que no trastoquen la imagen que queremos dar al exterior; “maestros de la sospecha” por extender a todo humano la idea que Paul Ricoeur tenía de Nietzsche, Marx y Freud.

    Se concluye que el para-sí, es en la medida que está constreñido a ser el dador de sentido de todo, del mundo, de nuestras acciones, de nuestra identidad, de construir en ese proceso un yo, una personalidad. El Ser del para-sí es la necesidad de cerrar el círculo. En fin… su Ser es la de dar sentido al mundo en todas sus dimensiones… sus herramientas son las palabras, los conceptos. Para el Ser del para-sí lo importante no es su contenido, este o aquel sentido, para él lo importante, lo que le define, su esencia, es ese hambre insaciable de sentido. Se sigue así que mientras aquellos que basan su vida en el mundo del valor, su círculo queda cerrado, completo, satisfecho, saciado de hambre con “algún” sentido encontrado; sin embargo para el rebelde, a sabiendas de que sólo es hambre y no saciedad -aunque no tiene por qué haber insight-, estómago y no comida, que tan sólo es esa absurda búsqueda de sentido, entonces nada le puede llenar, nada le puede acallar su dolor primigenio, volviéndose caótico en su hacer en la vida (el personaje femenino de la serie “Love”, por poner un ejemplo cercano).

  ¿Qué es Ser y qué máscara o aparecer? La mayoría de los conceptos humanos son vacuos, otros sólo tienen el sentido de crear coherencia, narración, al mundo (Dios, la dicotomía de bien y mal, esperanza…) Hay que ir al núcleo del Ser. La ciencia no nos va a dar esos núcleos, en la medida que en su afán de ser positiva, no debería crear conceptos abstractos. Ese Ser del para-sí, como habitáculo, como vacío, como eterno hambre y buscador de sentido, es uno de esos núcleos. Mi propósito nunca ha sido crear una teoría de la personalidad. Pero se puede “bucear” en núcleos, estructuras o esencias que determinen una tipología humana u otra; como en este escrito se nos muestra al rebelde, basado en la esencia del Ser del para-sí. La ciencia se limita a decirnos de personas que han heredado la baja tolerancia al estrés, la falta de control de las emociones, el saber o no posponer las recompensas y otros tantos “bloques”, que se van deduciendo de sus experimentos, pero aún hace falta el filósofo o el pensador para extrapolar un porqué o un para qué de todos esos datos. Hay prototipos humanos, como yo he dicho muchas veces,  ¿o todo en el humano sólo son “bloques” o estructuras, que dependen de la suma de varias dan un tipo de personalidad u otra? No lo sé. Hace falta una mente más ordenada que la mía para deducir algo como esto. Lo que está claro es que paradigma actual humano no nos deja ver esos núcleos, pues en definitiva lo que vence en el mundo es el humano basado en el Ser del valor, que nunca va a asumirse como vacío, como nada.

   Resumo y termino. El para-sí, es una triada: “aquello que falta, o lo faltante; aquel que está falto de aquello que falta, o el existente; y una totalidad que ha sido disgregada por la falta y que sería restaurada por la síntesis de lo faltante y el existente: (que) es lo fallido”, una necesidad de crear una unidad coherente, que en el lenguaje sartriano es lo fallido. A esa totalidad es a lo que llamamos un yo, un tejedor de realidad, de acciones, de pensar, pero a la vez un ser que al tener al prefrontal como “espacio”, que es verificador, que es auto-conciencia -que toma conciencia de sí y que se ve impelido a crear una coherencia-, de dar sentido al mundo y crear el ente fantasmal que es, ese ente que llamamos yo, pero que en realidad al final es nada, es vacío -lo continente, y no el contenido-, es deseo y “envidia” de Ser. Nada más que su propio “deseo” o “encarcelamiento” a hacerse ser, de prefijarse y de definirse Ser, como uno de los “efectos secundarios” de “su” dar sentido al mundo. Esta necesidad se vuelve estructura en el cerebro, ya que como apunta John Koenig, necesitamos escapar del caos, dando sentido a todo, (la vida como base es la lucha contra el caos, es un caos ordenado por una “energía” que la define, mientras dura o se mantiene esa energía hacia un fin). O sea, el cerebro al final se ha “determinado” a crear estructuras que le autodefinan, pues de lo contrario cae en trastornos y enfermedades mentales. En ese sentido son reales en la medida que se han vuelto necesidad, en la medida que la evolución ha creado estructuras, funciones en el cerebro, para este fin. Esas estructuras están “apoyadas” en los conceptos, en las palabras. La “función” de los conceptos o las palabras no es que coincidan con la realidad, que sean reales, si no que sean “útiles”, que “funcionen” para ese fin que es el de crear una coherencia, un hilo conductor, un yo, una narrativa, una esencia humana. Las nuevas ciencias nos han hecho ver esos andamios, esas estructuras; al verlas pierden su vigencia, su validez. Son nuestro mago de Oz, las cuales de repente pierden su sentido mágico; vemos las palancas detrás de las cortinas y eso acaba con toda su pretendida magia. Conocer esas estructuras destruyen esas estructuras, luego destruidas estas sólo quedan las ruinas, el dolor del conocimiento. Muerto el pensamiento mágico, sólo queda la fea realidad. Vista la estructura del para-sí, este se enfrenta de cara a que es esa Nada, y que tanto el pasado o en-sí, como lo fallido o deseo de crear un yo coherente, carecen igualmente de validez o de cualquier valor. Se destruye así toda la base de lo que es el ser humano. Se cae en el total nihilismo, sin ningún valor que sustente ese amasijo de ruinas. Sostenerlo sólo puede ser en la medida en que queramos mantener una máscara, una realidad falseada a sabiendas que es al fin y al cabo sólo máscara. Hay, quizás, que ver al psicópata como aquel ser que fuera de la máscara, ya sólo escucha a su mentalés solitario. Ese salvaje, primario y primitivo que coge más y más fuerza, cuanto más destruye la máscara de cordura que creen tener el resto. Que son apósitos que han creado el mentalés social y el prefrontal, y que están llenos de contradicciones o conceptos grandilocuentes que en realidad son vacuos. No viola los cuerpos, no los mata, no los descuartiza…, los (de)vuelve a su realidad más sencilla y mundana…, más molecular, más visceral. A la de simples cuerpos desnudos de todas sus máscaras. Mata a la vida; acaba con su energía, que mantenía un orden, para así llegar al total caos. Él como único dador y restador de sentido…, de poder. ¿A quién me recuerda a eso?, a un demiurgo, a Dios. Recordemos que para la trilogía esencial fallida del Ser de Sartre, ese ser que cada cual quiere erigir en sí es a Dios. El individuo, la unicidad, como ser absoluto. Negar al otro, aniquilarlo de sentido, es la única forma de validar mi unicidad y mi unidad de poder y validez en el mundo. ¿Es exagerado?, acaso no es lo que hacen, en alguna medida, todo país o cultura que se erige como imperio, como modelo del resto. Acaso no es lo que hacen las multinacionales y los poderosos. Acaso no lo hacen las clases altas. Acaso no es el tipo de sociedad que estamos creando y recreamos cada uno de nosotros al aceptar a ciegas los conceptos, ideologías y paradigmas que mantienen la sociedad actual… “Nosotros definimos a las palabras, y ellas al final, como venganza, nos definen”, John Koenig.