Lo que Es y lo que (a)Parece XVII – El Núcleo de lo Humano

   En el escrito anterior no cerré todos los círculos. Introduje el tema de la inteligencia artificial y los lenguajes e interfaces entre lenguajes, pero al final no concluí, en parte porque no me convencían mis propias conclusiones (otra fue el alargarme demasiado). Un error que cometí fue el de llegar a la precipitada suposición de que el lenguaje binario habría de ser el lenguaje al que al final recurriría una inteligencia artificial para comunicarse consigo misma o con otras máquinas. El primer problema con el que se encontraría una autoconciencia artificial sería que estaría creada con un lenguaje de programación que han creado los humanos, con sus entresijos. Estaría programado con C++, un lenguaje de alto nivel, que se comunica con el código máquina, que en su estructura sí es binario. Un lenguaje moderno de programación está orientado a objetos, lo que para un profano “suena a chino”. Para saber programar primero hay que entender este tipo de conceptos, entender la metáfora, el quid o como se quiera decir. En un lenguaje más profano sería “entender el chiste”. En la película “cortocircuito”, una prueba por la cual se podía llegar a saber si realmente el robot tenía conciencia, era la de si era capaz de entender un chiste e incluso contarlo. En la mayoría de chistes se da algo así como un traspiés, un contrasentido, un retruécano. Algo que choca con un precepto o concepto en el cerebro, ya sea nivel intelectivo (lógico, racional, verbal, conceptual…), emocional o cultural. Se produce una sorpresa, un encuentro entre algo dado en el cerebro y algo nuevo que lo suspende, lo contradice o lo anula. Si digo “me siento solo”, en un contexto normal, la gente entenderá que hablo de la soledad, sin embargo si estoy en una situación distendida, en la que estoy intercambiando chistes y chascarrillos, y digo esa misma frase, “obligo” al otro cerebro a tratar de buscar un doble sentido en alguna parte de la frase, en este caso a “siento”, pues tiene un doble significado: sentar y sentir. De esta menara ahora la frase es graciosa, ya que nos dice que esa persona adulta “se sienta ella sola en una silla”, cosa que sólo tendría sentido de si la dijese un niño que está aprendiendo a moverse y a “manejar” su cuerpo a voluntad. Es un chiste en la medida que uno acepta esa “condición”, ese trato, con el otro dentro del diálogo. En otro contexto o dependiendo de lo cultural, esa sorpresa se puede tomar como un cinismo, una ironía, o algo de mal gusto. Es chiste por lo tanto en dos medidas, 1. choque conceptual y 2. pacto de transgredir un convencionalismo mental o cultural. Lo que nos interesa aquí es el concepto de fondo, la potencialidad que tiene el cerebro para moverse en dos modos: 1. el de los puros datos ya establecidos o aprendidos y 2. un nuevo concepto que contraviene en algún sentido el punto uno, aceptándolo como no válido, y entendiendo que hay que poner el cerebro en disposición de aceptar esta “nueva” lógica. De este modo entender la programación orientada a objetos, cualquier nuevo lenguaje, opera más o menos con la misma regla. No es que nos diga algo del mundo, es que hay que entrar dentro de una nueva lógica que, quizás, sólo sirva para ese caso, para ese nuevo lenguaje, bajo el presupuesto de este nuevo concepto. El concepto de “orientado a objetos” y entenderlo, “obliga” al cerebro a trabajar de otro modo, partiendo de entender dicho concepto, si no se entiende no se pude programar. Veámoslo bajo algo más comprensible. Si yo digo: “further work on screenshotting for today’s snapshot, including the frequently requested ‘copy to clipboard'” y no sé inglés, lo reproduzco, pero no sé lo que he querido decir. Soy una mera máquina repetidora, que se limita a decir algo que para mí carece de significado. De igual forma yo puedo copiar un código de programación orientada a objetos y no entender nada, u de otra forma si lo copio y sé programación, pero no orientada a objetos, no comprenderé porqué se escribe tal como lo estoy haciendo, ni qué hace realmente, pues mi forma de entender el lenguaje de programación no es esta. Entender un concepto, así, se convierte en algo como tener una llave por la cual se abre una puerta en el cerebro, y en donde entro en un mundo nuevo, en una nueva forma de hacer que opere o trabaje el cerebro.

   El problema de la “comunicación” es antiguo en la evolución, a su nivel más abstracto un individuo tiene un código que sólo su cuerpo “entiende”. La química orgánica parte de este concepto de unicidad. Un virus es posible porque “engaña” al sistema inmunológico como que no es un extraño. Cada célula tiene “puertas” cuyo código solo “sabe” el propio cuerpo, un virus tiene las “llaves” para abrirlas, o abrir sólo una de ellas.

   Entonces nos encontramos que si un robot toma conciencia, inevitablemente esto no puede ser a partir del binario, ni a través del código máquina y ni siquiera a través del C++. Lo hará a partir de simular comportamientos que sabemos que tiene el cerebro humano, imitando todas las premisas con las que está construido este. ¿Eso sería la palabra?, no, basta con algún tipo de comportamiento que por medio de la retroalimentación (falsear, inferencia bayesiana) trate de llegar a alguna conclusión, por la cual capte un concepto, una metáfora, o el chiste. O sea una máquina es literal, al igual que le sucede a los cerebros de los que padecen síndrome de Asperger en lo social, mientras que el cerebro humano “sonsaca”, en una información, algo que no está puramente en contexto. Una expresión como “te has subido muy arriba” la entiende un cerebro humano, pero no un robot, donde lo interpretaría como “subir a una parte muy alta”. Pero esa capacidad no nos viene dada por defecto en el cerebro, ya que esa misma expresión puede que no la entienda otro humano de otro idioma. En ese caso se lo tendríamos que explicar para que capte la idea, el concepto subyacente en ese juego de palabras que se pueden “leer” de dos formas. Aquí tenemos que un lenguaje de programación tiene que ser razón, matemático, lógico… datos puros y unívocos. Sin posibilidad de que una misma sentencia signifiquen dos cosas distintas, y mientras sólo en la forma que este emerja, como un programa que tiene la capacidad de interpretar de varias formas una misma cosa (multisigno), no se puede llegar a una conciencia.

   La evolución es posible no porque inevitablemente todos los seres vivos lleguen a la “verdad” del mundo, si no en la medida que “su interpretación” del mundo es válida. La vida “resuelve” un mismo problema de muchos modos diferentes. Cada ser vivo es una apuesta a que su “verdad” es válida en la medida que “funciona”, en la medida que, por retroalimentación de prueba y error, ha llegado a una situación en la que ya no se da el error. Eso no implica que no haya una “posición más acertada”, simplemente quiere decir que funciona para el propósito que busca. Lo que quiero decir con todo esto, y referente a concluir a qué se le podría llamar inteligencia artificial, es que inevitablemente un robot tomaría conciencia de sí o llegaría a la IA igual a la humana, a través de la ejecución de nuestra programación. En un segundo momento tendría que aprender cómo ha sido programado y con qué lenguaje, así como entender qué es la programación orientada a objetos, como para “crear” versiones mejores de sí mismo. En un segundo paso tendría que comprender que ciertas instrucciones, de ese lenguaje, hacen llamadas a código máquina implementado a nivel de los chip que lo compongan, de tal forma que el proceso siguiente sería hacer chips mejorados, con instrucciones más amplias u optimizadas (en ese proceso estamos los hombres con los microprocesadores). Al fin y al cabo el lenguaje de programación crea funciones. Esto no es nuevo en el mundo, la evolución lo ha hecho una y otra vez. Una función es el llevar oxígeno a cada célula, proceso que lleva a cabo muchas partes del cuerpo, pero para ello creó otra función adaptada a vivir fuera del agua, que son los pulmones. Un robot, una vez que hubiera llegado a la autoconciencia, igualmente llamaría a funciones, que ya no haría a partir de la palabra, sino a partir de la comprensión de un (su) lenguaje de programación, pero nunca lo reduciría a binario, dentro de su modo de operar, pues las funciones son más directas, claras, por su capacidad de haber abstraído un problema o haber creado un concepto.

   Ahora podemos ver la diferencia del humano al robot. Nosotros nunca (?) podremos saber nuestro lenguaje de programación como para alterarlo o mejorarlo, cómo mucho “programaremos” el ADN “correcto” para “resolver” ciertos problemas implícitos en este. Nosotros somos “máquinas” cuya autoconciencia está limitada a ser tan solo mediada a través de la palabra, sin que por este medio podamos “comunicarnos” con el mentalés (propuesta de Steve Pinker sobre lenguaje del cerebro). Nos “cambiamos” a través de los actos, de su constante repetición (hábito, destreza), sin que sea un cambio brusco y directo sobre el cerebro, pues este tiene su propio código o lenguaje, y además sin saber exactamente cómo operan esos actos para cambiar qué. Vamos, así, a ciegas, tanteando en una constante retroalimentación con el medio y por medio de las sensaciones, las emociones y los sentimientos, sin saber cuáles serán los cambios reales, y sin la certeza de que ese cambio se producirá (las ciencias humanas no son exactas, nunca hay un sólo camino para resolver algo, y ningún camino o terapia es efectiva al 100% en todos los humanos). O dicho de otra forma: nosotros no podemos cambiar, a través de la razón, el mundo emocional, pues son dos lenguajes que no tienen una interface directa de traducción de lenguajes, mientras que el robot sí lo hará. Un robot podrá llegar a sentir algo así como el dolor mental de, por ejemplo, la pérdida de un ser querido, pero podrá “desconectar” ese módulo, borrar todo rastro en su memoria de ese ser querido, o cualquier otra estrategia que se le ocurra, desee y/o quiera. Por ejemplo, el humano no puede crear la motivación de la nada. O algo te motiva o no te motiva. Por otro lado no sólo basta la motivación, esta tiene un vínculo directo con la dopamina. Una desregularización de esta en su síntesis y/o su transporte, desbarata todo proceso mental medianamente tendente a crear algo así como la motivación. En la activación de la vía dopaminérgica se dan dos procesos, un cebado, por el cual se crea una ideación de llevar algo a cabo, lo cual ya crea el premio de la suelta de cierto nivel de dopamina, el típico salivar pensando en comer y ese regusto o placer que sentimos o ideamos, y otra vía o proceso por la cual se crea el proceso para llevar (empujar) el cuerpo hacia esa meta. En el primer caso la dopamina se concentra en la ínsula anterior, mientras que en el segundo toma la vía de la corteza prefrontal ventromedial y el núcleo estriado. No somos capaces a través de la autoconciencia y la palabra, de “mover” la dopamina de un lado a otro. Todo este proceso forma parte de un “lenguaje” o procesos programados, que no entendemos y sobre el que no tenemos control, si no es otra que la acción y la retroalimentación con el mundo y las emociones. Ni siquiera bastaría con inyectar dopamina en esa zona, si tal cosa fuera posible, que hoy en día no lo es de forma sencilla, pues la sustancia que es la dopamina y dirigida a la motivación, ha de estar “sustentada” por las “órdenes y la coordinación de otras partes de cerebro, que finalmente no es un patrón que sea igual en todos los cerebros humanos, sino que cada cual ha creado, por su propias vivencias o conexiones dentríticas, su tipo de estructura particular y único.

   Vemos, se deduce, que la evolución corre por dos caminos paralelos. Por un lado tiene que crear estructuras y sustancias cerebrales, pero por otro llega al concepto de funciones. ¿Qué función o funciones son las que nos hacen humanos? Muchas: neuronas espejo, área de broca y lenguaje hablado, el papel de prefrontal…, pero pensando en todo esto creo que se nos ha escapado algo que puede parecer marginal, pero que sin embargo pueda ser el núcleo de lo humano. Ya hemos concluido que el cerebro es casi todo memoria, en tanto que son reajustes de conexiones que se han creado a partir de su constante prueba y error. Cuando creamos un concepto, este reconecta muchas partes del cerebro, antes no unidas, de tal forma que crean atajos o procesos por los cuales se optimiza y agiliza su trabajo. Para ello hace uso de lo que se viene llamando memoria a largo plazo. Pero el propio proceso de aprender requiere de otro tipo de memoria, la de corto plazo. Si en este proceso interviene el prefrontal se le llama memoria de trabajo. Se supone que el sueño es el que interviene para convertir una memoria de corto plazo a largo plazo. Pero esta propuesta a mí nunca me ha convencido o no explica del todo el cerebro humano. En mi caso concreto la memoria a corto plazo funciona fatal, si tengo una buena idea (un tuit, si se quiere reducir a algo entendible) e inmediatamente se me ocurre una segunda idea, lo más posible es que pierda la primera idea, y si es el caso que me obceque en buscarla, es muy posible que incluso pierda la segunda, en el proceso de buscar aso(ciacio)nes, porqués, buscar en el entorno visual o auditivo, etc. eso quiere decir que el cerebro recurre a una (o varias) estrategia(s), como pueda ser la repetición en el tiempo. El proceso, a modo visual, sería como dejar una huella de un pie desnudo en la arena húmeda de la orilla del mar, mientras que el olvido o por el sistema que es el tipo de memoria a corto plazo, lo serían las olas del mar. Con dos o tres olas la huella quedaría borrada, pero he ahí que tú estás pendiente y vuelves a marcarla. El “truco” funciona siempre y cuando estés pendiente de todo este proceso, pues en cuanto lo pierdas de vista ya no sabrás dónde estaba la huella original como para pisar sobre el mismo sitio y que la puedas considerar la misma huella.

   Cualquier animal está “condenado” a ese límite de dos tipos de memorias: la de a corto plazo y la de a largo plazo. El humano, quizás, es el único animal que tiene la capacidad y las “herramientas” como para hacer que la memoria a corto plazo se mantenga lo bastante en el tiempo como para al final lograr que se vuelva a largo plazo. Una de esas herramientas fue la alta capacidad de simbolización que es la palabra. En un segundo proceso, en el neolítico, las formas de transcribir y de mantener el saber, hicieron o nos llevaron a lo que somos ahora. Un humano actual ya no requiere de estar llamando una y otra vez a una memoria a corto plazo (no a priori), para mantenerla: la escribe para volver a recordarla.

   Vuelvo un paso a atrás. No todos los humanos tienen esa capacidad o persistencia, a la hora de mantener una huella en la arena. Es más, si tuviera que “colocar” esa capacidad a un estado sano o insano, lo pondría en el segundo. Esa capacidad, ahora vuelta regla o patrón en el cerebro humano, o en algunos de ellos, es la que nos hace obsesionarnos, la que nos hace caer en la ansiedad, en los miedos irracionales y en lo hipocondríaco. Siendo así lo “enfermo”, quizás un error evolutivo, es lo que nos define como especie. Está en el mismo nivel el hipocondríaco que ves señales de enfermedades en cualquier “ruido” de fondo del cuerpo, que el optimista que ve señales de que todo va bien en cualquier aspecto humano. En los dos casos “marcan huellas” y las mantienen, allí donde seguramente no las hay.

   Para ahondar más en el tema, he de concretar qué y cómo son esas huellas que se mantienen por medio del prefrontal, la palabra (o su capacidad simbolizadora) y la voluntad o esfuerzo dirigido. Con este tipo de datos no me refiero a un dato concreto y vacío, como recordar que a las cinco tengo que ir a tal sitio. Me refiero a ese tipo de datos que son como preguntas, como dudas, como apuestas. En mi libro “La imposibilidad de la razón” me refiero con este tipo de datos como “pregunta abierta”, cuestiones que crean más preguntas que respuestas o que de ser una respuesta, nos vienen de una forma tan sencilla y escueta, que la hemos de pensar en profundidad. En mi caso, como ser liminal que soy, constantemente trato de indagar sobre la naturaleza humana, toda idea que cruza por mi mente o veo o leo en cualquier medio, lo trato de mantener como huella. En la medida que la mantengo se crea el efecto halo, que en mi libro, y antes de saber de este concepto, lo llamaba “pegajosidad neural”, si bien me refiero con este concepto a algo más amplio: a la búsqueda constante que hace el cerebro de buscar lo idéntico a sí o a alguna de sus “partes”, y que comprende tanto al efecto halo, como al efecto ancla, el sesgo de confirmación, la memoria asociativa, la muletilla (en realidad un tipo de anclaje), y otros tantos efectos y sesgos que van en esa dirección. Esta idea o metaidea atrae sobre sí todo lo que tenga algún tipo de asociación con ella. Dependiendo de la liminalidad del cerebro, atraerá más o menos cosas sobre esta idea primera, de tal forma que el cerebro irá creando conexiones entre ellas. En parte la liminalidad consiste precisamente en todo este proceso y cuanto echa raíces, y profundiza en la esencialidad de un individuo (reescribiendo partes del final del libro descubrí lo que se llama “rumiación analítica“, que encaja a la perfección en lo aquí planteado, y ampliado en el capítulo “la dimensión individual“). El sueño ancla las memorias de corto plazo a largo plazo, pero también tiene el fatídico efecto de borrar todas las memorias a corto plazo, para así empezar en el nuevo día como una “pizarra en blanco”. La liminalidad, una apuesta evolutiva de tanteo, consiste en no tener un sueño tan profundo o prolongado como para que se borren esas huellas a corto plazo. Mi sueño casi siempre es entrecortado y no muy largo. El sueño lúcido, quizás, haga un papel de ser esa esencia que va remarcando las huellas para que no sean borradas, para que persistan. La sensación es la de permanecer despierto, como que no se ha dormido. Este factor se hereda, ya que recuerdo que mi madre siempre decía que esa noche no había dormido nada. Todo esto ha llevado a dos tipos de humanos, los “olvidadizos” y los “obsesivos”. Pan cree que es de orgullo el fácil olvido y el que “nada me quita el sueño”, como reza la frase millones de veces repetida en lo humano, como factor de que alguien o algo no te ha perturbado para nada la paz, cuando en realidad, quizás, si los humanos hemos llegado a donde estamos, sea por este tipo de humanos obsesivos. Todo chamán, científico, artista …, divergente, tiene en una u otra medida este componente o apuesta evolutiva. En algunas ocasiones, en los estados más obsesivos, duermo apenas por un minuto y me despierto con la falsa sensación de que ya no tengo sueño, que ya ha pasado toda la noche; en otros duermo una, dos… cinco horas y ya quiero levantarme, para seguir en mi proceso de fermentación. Mi estado “normal” es el “perturbado”, de tal forma que cuando por fin hay una noche que duermo profunda y largamente, me despierto tan vacío, con la pizarra tan vacía, que me siento mal, como deprimido. Siendo así, lo que quizás para el resto de humanos sea lo normal, bajo mis sensaciones, ese estado me parece demasiado aborrecible y triste. En todo este proceso no tiene porqué intervenir el prefrontal, o lo mínimo, en su nivel profundo y detenido de análisis. Se da más bien un tipo de fermentación, un proceso por el cual las ideas se reajustan para crear ideas más complejas, conceptuales y abstractas. Al final, es posible, aunque no seguro, que esa idea totalizadora, emergerá en el prefrontal como una idea nueva, que finalmente habrá que elaborar por medio de la razón o un escrito. En la antigüedad ese proceso se repitió una y otra vez en ciertos individuos, lo cual daba ventaja a esa tribu o grupo de humanoides sobre otros. Esta forma de trabajar del cerebro fue la que se fue heredando, por ser la más propicia para sobrevivir y es la que nos define. Lo mismo da si ese proceso se usa para algo tan digno como crear la teoría de la relatividad, o para algo tan enfermizo como la hipocondría; es el mismo proceso, la misma estructura, pero con distintos fines y logros. Se puede ver como un logro, o como algo enfermizo de nuestra especie, pero inevitablemente está condenado a tener esa doble dimensión.

   Voy a tratar de terminar concluyendo y volviendo a las premisas del artículo anterior, para cerrar el círculo. Como ser solitario, como sueco en alma que soy, puedo ser más capaz de hacer uso del prefrontal, de ser razón…, pero inevitablemente estoy “atrapado” en un cuerpo sintiente que sólo aprende y se construye a partir de sensaciones, emociones y sentimientos. Sin estas el prefrontal se ve sometido a los avatares de las formas de trabajar de las sustancias químicas y el cómo crear memoria. Puedo desnudar una sonrisa, saber qué músculos intervienen, qué posibles motivos individuales y sociales haya tras de ella, pero seguramente y de forma inevitable hará que a mi vez dibuje una sonrisa en mi rostro y sienta empatía por el otro. Si se analiza detenidamente, un ojo depende de la estructura ósea y de la cuenca de este, como para que sobresalga o esté más hundido, pero inevitablemente la dopamina recorrerá mi cerebro en cuanto vea a unos bellos y armónicos ojos en una mujer bella. A este nivel entiendo,  que o bien permanezco totalmente aislado como para poder llegar a ser razón pura, o inevitablemente la vida me inundará de su mundo totalmente emocional. Si me fascinó el encuentro con la “sombra veneciana” fue por el hecho de cuestionar el poder llegar a ser un simple voyeur de la vida. Verla sin que esta me tocase, verla sin que me afectase, analizarla sin que me pringase de su acuosidad. Pero como bien dice el escrito de Baudrillard, no es posible tal acción. La vida siempre te sumerge en sus aguas. Todo contacto humano siempre altera, siempre cambia, siempre modifica tu cerebro, sus conexiones. Y sin ese rutilante e infatigable hacer y deshacer de lo humano, ¿qué somos? Nunca podremos llegar a ser robots, ya hemos visto esa imposibilidad, y la razón siembre permanecerá temblorosa, dubitativa y vacua sin una vida emocional que la sostenga. No tiene sentido pintar una obra maestra para al final emparedarla en el sótano, como así nos lo hace ver la película “la bella mentirosa” de Jacques Rivette. El arte tiene que ser ruidoso, provocar al mundo, tratar de cambiarlo, pues no deja de ser otra cosa que el cerebro hablándose a sí mismo, pero constreñido a que todos le oigan, a la vez que los trata de alterar y cambiar. Somos humanos porque estamos condenados a entendernos, condenados a darnos la razón, condenados a tratar de convencer a los demás. Sin esta premisa el cerebro muere antes de nacer. Como dijo David Bowie: “en el momento que sabes que estás en terreno seguro, estás muerto”, siembra razón, siembra seguridad y estarás sembrando muerte. Sin estas premisas, en la madurez, en la edad de la razón, uno se deja arrastrar en su caída parabólica hacia la falta de significantes, hacia el caos, hacia la nada, hacia la muerte. No sin antes haber pasado la demencia senil, ese estado donde irremediablemente las conexiones se rompen, sin posibilidad de recuperarlas. El caso sueco no es más que la edad de la razón humana, una vejez prematura, en donde los significantes ya no quieren cambiar a nada ni a nadie. Donde la premisa humana ya no es la seducción, en donde sólo queda la succión de uno mismo a un vacío inerte, y en donde no hay que tocar nada, ni a nadie. Amores profilácticos, amores vacíos tras la pantalla del monitor. Hijos probeta que ya no nacen del amor, de las emociones, de las pasiones, sino de la pura y dura razón. No me estoy dando la razón, no me estoy contradiciendo (Kōan). Lo que aflora de esta locura, de estar entre dos aguas, es que la “verdad” humana nunca se rebelará porque tal cosa no existe. Somos en la medida que somos contradicción. Habrá momentos en los que creerás ver la luz, pero la verdad es que al humano sólo nos define la oscuridad. “Es como si todos tuviésemos (…) diferentes versiones de nosotros mismos, compitiendo para ver cuál es la real”, nos dice la nueva película sobre “Christine”. Nos equivocamos, las ciencias humanas lo hacen, en tratar de definir a este o a aquel individuo como sociópata, esquizoide, o cualquier otro signo de los trastornos mentales. Todos somos todo, dependiendo de la situación, la cultura y el momento de la historia humana. ¿Acaso no disfrutaban los vikingos en su cacería de hombres?, ¿eran todos psicópatas? Acaso la sociedad sueca no es al completo o en su mayor parte esquizoide… y acaso no arrastramos todos, en nuestras almas, varias potencialidades de ser, que nos hacen tender a la personalidad disociativa. No podemos definirnos por lo sano y sí por lo trastornado, por lo truncado, por lo (re)torcido, pues en definitiva el núcleo de lo humano, aquello que nos formó y nos define, no es otra cosa que un caso patológico y equivocado de la evolución.

   Concluir, que como bien parece captar o intuir la serie “Westworld”, aunque seguramente no de forma intencionada o racionalizada, la conciencia “nace” en dos robots: Dolores Abernathy y Maeve Millay, las dos mujeres “atormentadas” a recordar fragmentos de su pasado dolorosos, dos robots con la premisa de tratar de mantener unas “huellas”, que de no “pisar” una y otra vez sobre ellas, se borraran, como así es en el resto de robots. En definitiva la conciencia o la inteligencia artificial nace de ese núcleo que estoy haciendo ver aquí. Esa capacidad de crear una “obsesión” o forma de recordar, para en ese proceso crear un estado nuevo emergente del cerebro, empujado de cerca por el acto volitivo concatenante y vigilante de todo proceso (obsesión al fin y al cabo), que no está constreñido al flujo maquinal y “programado” de las formas de trabajar del cerebro, y del tipo de memorias o de a corto o a largo plazo.

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