Lo que Es y lo que (a)Parece XVII – El Núcleo de lo Humano

   En el escrito anterior no cerré todos los círculos. Introduje el tema de la inteligencia artificial y los lenguajes e interfaces entre lenguajes, pero al final no concluí, en parte porque no me convencían mis propias conclusiones (otra fue el alargarme demasiado). Un error que cometí fue el de llegar a la precipitada suposición de que el lenguaje binario habría de ser el lenguaje al que al final recurriría una inteligencia artificial para comunicarse consigo misma o con otras máquinas. El primer problema con el que se encontraría una autoconciencia artificial sería que estaría creada con un lenguaje de programación que han creado los humanos, con sus entresijos. Estaría programado con C++, un lenguaje de alto nivel, que se comunica con el código máquina, que en su estructura sí es binario. Un lenguaje moderno de programación está orientado a objetos, lo que para un profano “suena a chino”. Para saber programar primero hay que entender este tipo de conceptos, entender la metáfora, el quid o como se quiera decir. En un lenguaje más profano sería “entender el chiste”. En la película “cortocircuito”, una prueba por la cual se podía llegar a saber si realmente el robot tenía conciencia, era la de si era capaz de entender un chiste e incluso contarlo. En la mayoría de chistes se da algo así como un traspiés, un contrasentido, un retruécano. Algo que choca con un precepto o concepto en el cerebro, ya sea nivel intelectivo (lógico, racional, verbal, conceptual…), emocional o cultural. Se produce una sorpresa, un encuentro entre algo dado en el cerebro y algo nuevo que lo suspende, lo contradice o lo anula. Si digo “me siento solo”, en un contexto normal, la gente entenderá que hablo de la soledad, sin embargo si estoy en una situación distendida, en la que estoy intercambiando chistes y chascarrillos, y digo esa misma frase, “obligo” al otro cerebro a tratar de buscar un doble sentido en alguna parte de la frase, en este caso a “siento”, pues tiene un doble significado: sentar y sentir. De esta menara ahora la frase es graciosa, ya que nos dice que esa persona adulta “se sienta ella sola en una silla”, cosa que sólo tendría sentido de si la dijese un niño que está aprendiendo a moverse y a “manejar” su cuerpo a voluntad. Es un chiste en la medida que uno acepta esa “condición”, ese trato, con el otro dentro del diálogo. En otro contexto o dependiendo de lo cultural, esa sorpresa se puede tomar como un cinismo, una ironía, o algo de mal gusto. Es chiste por lo tanto en dos medidas, 1. choque conceptual y 2. pacto de transgredir un convencionalismo mental o cultural. Lo que nos interesa aquí es el concepto de fondo, la potencialidad que tiene el cerebro para moverse en dos modos: 1. el de los puros datos ya establecidos o aprendidos y 2. un nuevo concepto que contraviene en algún sentido el punto uno, aceptándolo como no válido, y entendiendo que hay que poner el cerebro en disposición de aceptar esta “nueva” lógica. De este modo entender la programación orientada a objetos, cualquier nuevo lenguaje, opera más o menos con la misma regla. No es que nos diga algo del mundo, es que hay que entrar dentro de una nueva lógica que, quizás, sólo sirva para ese caso, para ese nuevo lenguaje, bajo el presupuesto de este nuevo concepto. El concepto de “orientado a objetos” y entenderlo, “obliga” al cerebro a trabajar de otro modo, partiendo de entender dicho concepto, si no se entiende no se pude programar. Veámoslo bajo algo más comprensible. Si yo digo: “further work on screenshotting for today’s snapshot, including the frequently requested ‘copy to clipboard'” y no sé inglés, lo reproduzco, pero no sé lo que he querido decir. Soy una mera máquina repetidora, que se limita a decir algo que para mí carece de significado. De igual forma yo puedo copiar un código de programación orientada a objetos y no entender nada, u de otra forma si lo copio y sé programación, pero no orientada a objetos, no comprenderé porqué se escribe tal como lo estoy haciendo, ni qué hace realmente, pues mi forma de entender el lenguaje de programación no es esta. Entender un concepto, así, se convierte en algo como tener una llave por la cual se abre una puerta en el cerebro, y en donde entro en un mundo nuevo, en una nueva forma de hacer que opere o trabaje el cerebro.

   El problema de la “comunicación” es antiguo en la evolución, a su nivel más abstracto un individuo tiene un código que sólo su cuerpo “entiende”. La química orgánica parte de este concepto de unicidad. Un virus es posible porque “engaña” al sistema inmunológico como que no es un extraño. Cada célula tiene “puertas” cuyo código solo “sabe” el propio cuerpo, un virus tiene las “llaves” para abrirlas, o abrir sólo una de ellas.

   Entonces nos encontramos que si un robot toma conciencia, inevitablemente esto no puede ser a partir del binario, ni a través del código máquina y ni siquiera a través del C++. Lo hará a partir de simular comportamientos que sabemos que tiene el cerebro humano, imitando todas las premisas con las que está construido este. ¿Eso sería la palabra?, no, basta con algún tipo de comportamiento que por medio de la retroalimentación (falsear, inferencia bayesiana) trate de llegar a alguna conclusión, por la cual capte un concepto, una metáfora, o el chiste. O sea una máquina es literal, al igual que le sucede a los cerebros de los que padecen síndrome de Asperger en lo social, mientras que el cerebro humano “sonsaca”, en una información, algo que no está puramente en contexto. Una expresión como “te has subido muy arriba” la entiende un cerebro humano, pero no un robot, donde lo interpretaría como “subir a una parte muy alta”. Pero esa capacidad no nos viene dada por defecto en el cerebro, ya que esa misma expresión puede que no la entienda otro humano de otro idioma. En ese caso se lo tendríamos que explicar para que capte la idea, el concepto subyacente en ese juego de palabras que se pueden “leer” de dos formas. Aquí tenemos que un lenguaje de programación tiene que ser razón, matemático, lógico… datos puros y unívocos. Sin posibilidad de que una misma sentencia signifiquen dos cosas distintas, y mientras sólo en la forma que este emerja, como un programa que tiene la capacidad de interpretar de varias formas una misma cosa (multisigno), no se puede llegar a una conciencia.

   La evolución es posible no porque inevitablemente todos los seres vivos lleguen a la “verdad” del mundo, si no en la medida que “su interpretación” del mundo es válida. La vida “resuelve” un mismo problema de muchos modos diferentes. Cada ser vivo es una apuesta a que su “verdad” es válida en la medida que “funciona”, en la medida que, por retroalimentación de prueba y error, ha llegado a una situación en la que ya no se da el error. Eso no implica que no haya una “posición más acertada”, simplemente quiere decir que funciona para el propósito que busca. Lo que quiero decir con todo esto, y referente a concluir a qué se le podría llamar inteligencia artificial, es que inevitablemente un robot tomaría conciencia de sí o llegaría a la IA igual a la humana, a través de la ejecución de nuestra programación. En un segundo momento tendría que aprender cómo ha sido programado y con qué lenguaje, así como entender qué es la programación orientada a objetos, como para “crear” versiones mejores de sí mismo. En un segundo paso tendría que comprender que ciertas instrucciones, de ese lenguaje, hacen llamadas a código máquina implementado a nivel de los chip que lo compongan, de tal forma que el proceso siguiente sería hacer chips mejorados, con instrucciones más amplias u optimizadas (en ese proceso estamos los hombres con los microprocesadores). Al fin y al cabo el lenguaje de programación crea funciones. Esto no es nuevo en el mundo, la evolución lo ha hecho una y otra vez. Una función es el llevar oxígeno a cada célula, proceso que lleva a cabo muchas partes del cuerpo, pero para ello creó otra función adaptada a vivir fuera del agua, que son los pulmones. Un robot, una vez que hubiera llegado a la autoconciencia, igualmente llamaría a funciones, que ya no haría a partir de la palabra, sino a partir de la comprensión de un (su) lenguaje de programación, pero nunca lo reduciría a binario, dentro de su modo de operar, pues las funciones son más directas, claras, por su capacidad de haber abstraído un problema o haber creado un concepto.

   Ahora podemos ver la diferencia del humano al robot. Nosotros nunca (?) podremos saber nuestro lenguaje de programación como para alterarlo o mejorarlo, cómo mucho “programaremos” el ADN “correcto” para “resolver” ciertos problemas implícitos en este. Nosotros somos “máquinas” cuya autoconciencia está limitada a ser tan solo mediada a través de la palabra, sin que por este medio podamos “comunicarnos” con el mentalés (propuesta de Steve Pinker sobre lenguaje del cerebro). Nos “cambiamos” a través de los actos, de su constante repetición (hábito, destreza), sin que sea un cambio brusco y directo sobre el cerebro, pues este tiene su propio código o lenguaje, y además sin saber exactamente cómo operan esos actos para cambiar qué. Vamos, así, a ciegas, tanteando en una constante retroalimentación con el medio y por medio de las sensaciones, las emociones y los sentimientos, sin saber cuáles serán los cambios reales, y sin la certeza de que ese cambio se producirá (las ciencias humanas no son exactas, nunca hay un sólo camino para resolver algo, y ningún camino o terapia es efectiva al 100% en todos los humanos). O dicho de otra forma: nosotros no podemos cambiar, a través de la razón, el mundo emocional, pues son dos lenguajes que no tienen una interface directa de traducción de lenguajes, mientras que el robot sí lo hará. Un robot podrá llegar a sentir algo así como el dolor mental de, por ejemplo, la pérdida de un ser querido, pero podrá “desconectar” ese módulo, borrar todo rastro en su memoria de ese ser querido, o cualquier otra estrategia que se le ocurra, desee y/o quiera. Por ejemplo, el humano no puede crear la motivación de la nada. O algo te motiva o no te motiva. Por otro lado no sólo basta la motivación, esta tiene un vínculo directo con la dopamina. Una desregularización de esta en su síntesis y/o su transporte, desbarata todo proceso mental medianamente tendente a crear algo así como la motivación. En la activación de la vía dopaminérgica se dan dos procesos, un cebado, por el cual se crea una ideación de llevar algo a cabo, lo cual ya crea el premio de la suelta de cierto nivel de dopamina, el típico salivar pensando en comer y ese regusto o placer que sentimos o ideamos, y otra vía o proceso por la cual se crea el proceso para llevar (empujar) el cuerpo hacia esa meta. En el primer caso la dopamina se concentra en la ínsula anterior, mientras que en el segundo toma la vía de la corteza prefrontal ventromedial y el núcleo estriado. No somos capaces a través de la autoconciencia y la palabra, de “mover” la dopamina de un lado a otro. Todo este proceso forma parte de un “lenguaje” o procesos programados, que no entendemos y sobre el que no tenemos control, si no es otra que la acción y la retroalimentación con el mundo y las emociones. Ni siquiera bastaría con inyectar dopamina en esa zona, si tal cosa fuera posible, que hoy en día no lo es de forma sencilla, pues la sustancia que es la dopamina y dirigida a la motivación, ha de estar “sustentada” por las “órdenes y la coordinación de otras partes de cerebro, que finalmente no es un patrón que sea igual en todos los cerebros humanos, sino que cada cual ha creado, por su propias vivencias o conexiones dentríticas, su tipo de estructura particular y único.

   Vemos, se deduce, que la evolución corre por dos caminos paralelos. Por un lado tiene que crear estructuras y sustancias cerebrales, pero por otro llega al concepto de funciones. ¿Qué función o funciones son las que nos hacen humanos? Muchas: neuronas espejo, área de broca y lenguaje hablado, el papel de prefrontal…, pero pensando en todo esto creo que se nos ha escapado algo que puede parecer marginal, pero que sin embargo pueda ser el núcleo de lo humano. Ya hemos concluido que el cerebro es casi todo memoria, en tanto que son reajustes de conexiones que se han creado a partir de su constante prueba y error. Cuando creamos un concepto, este reconecta muchas partes del cerebro, antes no unidas, de tal forma que crean atajos o procesos por los cuales se optimiza y agiliza su trabajo. Para ello hace uso de lo que se viene llamando memoria a largo plazo. Pero el propio proceso de aprender requiere de otro tipo de memoria, la de corto plazo. Si en este proceso interviene el prefrontal se le llama memoria de trabajo. Se supone que el sueño es el que interviene para convertir una memoria de corto plazo a largo plazo. Pero esta propuesta a mí nunca me ha convencido o no explica del todo el cerebro humano. En mi caso concreto la memoria a corto plazo funciona fatal, si tengo una buena idea (un tuit, si se quiere reducir a algo entendible) e inmediatamente se me ocurre una segunda idea, lo más posible es que pierda la primera idea, y si es el caso que me obceque en buscarla, es muy posible que incluso pierda la segunda, en el proceso de buscar aso(ciacio)nes, porqués, buscar en el entorno visual o auditivo, etc. eso quiere decir que el cerebro recurre a una (o varias) estrategia(s), como pueda ser la repetición en el tiempo. El proceso, a modo visual, sería como dejar una huella de un pie desnudo en la arena húmeda de la orilla del mar, mientras que el olvido o por el sistema que es el tipo de memoria a corto plazo, lo serían las olas del mar. Con dos o tres olas la huella quedaría borrada, pero he ahí que tú estás pendiente y vuelves a marcarla. El “truco” funciona siempre y cuando estés pendiente de todo este proceso, pues en cuanto lo pierdas de vista ya no sabrás dónde estaba la huella original como para pisar sobre el mismo sitio y que la puedas considerar la misma huella.

   Cualquier animal está “condenado” a ese límite de dos tipos de memorias: la de a corto plazo y la de a largo plazo. El humano, quizás, es el único animal que tiene la capacidad y las “herramientas” como para hacer que la memoria a corto plazo se mantenga lo bastante en el tiempo como para al final lograr que se vuelva a largo plazo. Una de esas herramientas fue la alta capacidad de simbolización que es la palabra. En un segundo proceso, en el neolítico, las formas de transcribir y de mantener el saber, hicieron o nos llevaron a lo que somos ahora. Un humano actual ya no requiere de estar llamando una y otra vez a una memoria a corto plazo (no a priori), para mantenerla: la escribe para volver a recordarla.

   Vuelvo un paso a atrás. No todos los humanos tienen esa capacidad o persistencia, a la hora de mantener una huella en la arena. Es más, si tuviera que “colocar” esa capacidad a un estado sano o insano, lo pondría en el segundo. Esa capacidad, ahora vuelta regla o patrón en el cerebro humano, o en algunos de ellos, es la que nos hace obsesionarnos, la que nos hace caer en la ansiedad, en los miedos irracionales y en lo hipocondríaco. Siendo así lo “enfermo”, quizás un error evolutivo, es lo que nos define como especie. Está en el mismo nivel el hipocondríaco que ves señales de enfermedades en cualquier “ruido” de fondo del cuerpo, que el optimista que ve señales de que todo va bien en cualquier aspecto humano. En los dos casos “marcan huellas” y las mantienen, allí donde seguramente no las hay.

   Para ahondar más en el tema, he de concretar qué y cómo son esas huellas que se mantienen por medio del prefrontal, la palabra (o su capacidad simbolizadora) y la voluntad o esfuerzo dirigido. Con este tipo de datos no me refiero a un dato concreto y vacío, como recordar que a las cinco tengo que ir a tal sitio. Me refiero a ese tipo de datos que son como preguntas, como dudas, como apuestas. En mi libro “La imposibilidad de la razón” me refiero con este tipo de datos como “pregunta abierta”, cuestiones que crean más preguntas que respuestas o que de ser una respuesta, nos vienen de una forma tan sencilla y escueta, que la hemos de pensar en profundidad. En mi caso, como ser liminal que soy, constantemente trato de indagar sobre la naturaleza humana, toda idea que cruza por mi mente o veo o leo en cualquier medio, lo trato de mantener como huella. En la medida que la mantengo se crea el efecto halo, que en mi libro, y antes de saber de este concepto, lo llamaba “pegajosidad neural”, si bien me refiero con este concepto a algo más amplio: a la búsqueda constante que hace el cerebro de buscar lo idéntico a sí o a alguna de sus “partes”, y que comprende tanto al efecto halo, como al efecto ancla, el sesgo de confirmación, la memoria asociativa, la muletilla (en realidad un tipo de anclaje), y otros tantos efectos y sesgos que van en esa dirección. Esta idea o metaidea atrae sobre sí todo lo que tenga algún tipo de asociación con ella. Dependiendo de la liminalidad del cerebro, atraerá más o menos cosas sobre esta idea primera, de tal forma que el cerebro irá creando conexiones entre ellas. En parte la liminalidad consiste precisamente en todo este proceso y cuanto echa raíces, y profundiza en la esencialidad de un individuo (reescribiendo partes del final del libro descubrí lo que se llama “rumiación analítica“, que encaja a la perfección en lo aquí planteado, y ampliado en el capítulo “la dimensión individual“). El sueño ancla las memorias de corto plazo a largo plazo, pero también tiene el fatídico efecto de borrar todas las memorias a corto plazo, para así empezar en el nuevo día como una “pizarra en blanco”. La liminalidad, una apuesta evolutiva de tanteo, consiste en no tener un sueño tan profundo o prolongado como para que se borren esas huellas a corto plazo. Mi sueño casi siempre es entrecortado y no muy largo. El sueño lúcido, quizás, haga un papel de ser esa esencia que va remarcando las huellas para que no sean borradas, para que persistan. La sensación es la de permanecer despierto, como que no se ha dormido. Este factor se hereda, ya que recuerdo que mi madre siempre decía que esa noche no había dormido nada. Todo esto ha llevado a dos tipos de humanos, los “olvidadizos” y los “obsesivos”. Pan cree que es de orgullo el fácil olvido y el que “nada me quita el sueño”, como reza la frase millones de veces repetida en lo humano, como factor de que alguien o algo no te ha perturbado para nada la paz, cuando en realidad, quizás, si los humanos hemos llegado a donde estamos, sea por este tipo de humanos obsesivos. Todo chamán, científico, artista …, divergente, tiene en una u otra medida este componente o apuesta evolutiva. En algunas ocasiones, en los estados más obsesivos, duermo apenas por un minuto y me despierto con la falsa sensación de que ya no tengo sueño, que ya ha pasado toda la noche; en otros duermo una, dos… cinco horas y ya quiero levantarme, para seguir en mi proceso de fermentación. Mi estado “normal” es el “perturbado”, de tal forma que cuando por fin hay una noche que duermo profunda y largamente, me despierto tan vacío, con la pizarra tan vacía, que me siento mal, como deprimido. Siendo así, lo que quizás para el resto de humanos sea lo normal, bajo mis sensaciones, ese estado me parece demasiado aborrecible y triste. En todo este proceso no tiene porqué intervenir el prefrontal, o lo mínimo, en su nivel profundo y detenido de análisis. Se da más bien un tipo de fermentación, un proceso por el cual las ideas se reajustan para crear ideas más complejas, conceptuales y abstractas. Al final, es posible, aunque no seguro, que esa idea totalizadora, emergerá en el prefrontal como una idea nueva, que finalmente habrá que elaborar por medio de la razón o un escrito. En la antigüedad ese proceso se repitió una y otra vez en ciertos individuos, lo cual daba ventaja a esa tribu o grupo de humanoides sobre otros. Esta forma de trabajar del cerebro fue la que se fue heredando, por ser la más propicia para sobrevivir y es la que nos define. Lo mismo da si ese proceso se usa para algo tan digno como crear la teoría de la relatividad, o para algo tan enfermizo como la hipocondría; es el mismo proceso, la misma estructura, pero con distintos fines y logros. Se puede ver como un logro, o como algo enfermizo de nuestra especie, pero inevitablemente está condenado a tener esa doble dimensión.

   Voy a tratar de terminar concluyendo y volviendo a las premisas del artículo anterior, para cerrar el círculo. Como ser solitario, como sueco en alma que soy, puedo ser más capaz de hacer uso del prefrontal, de ser razón…, pero inevitablemente estoy “atrapado” en un cuerpo sintiente que sólo aprende y se construye a partir de sensaciones, emociones y sentimientos. Sin estas el prefrontal se ve sometido a los avatares de las formas de trabajar de las sustancias químicas y el cómo crear memoria. Puedo desnudar una sonrisa, saber qué músculos intervienen, qué posibles motivos individuales y sociales haya tras de ella, pero seguramente y de forma inevitable hará que a mi vez dibuje una sonrisa en mi rostro y sienta empatía por el otro. Si se analiza detenidamente, un ojo depende de la estructura ósea y de la cuenca de este, como para que sobresalga o esté más hundido, pero inevitablemente la dopamina recorrerá mi cerebro en cuanto vea a unos bellos y armónicos ojos en una mujer bella. A este nivel entiendo,  que o bien permanezco totalmente aislado como para poder llegar a ser razón pura, o inevitablemente la vida me inundará de su mundo totalmente emocional. Si me fascinó el encuentro con la “sombra veneciana” fue por el hecho de cuestionar el poder llegar a ser un simple voyeur de la vida. Verla sin que esta me tocase, verla sin que me afectase, analizarla sin que me pringase de su acuosidad. Pero como bien dice el escrito de Baudrillard, no es posible tal acción. La vida siempre te sumerge en sus aguas. Todo contacto humano siempre altera, siempre cambia, siempre modifica tu cerebro, sus conexiones. Y sin ese rutilante e infatigable hacer y deshacer de lo humano, ¿qué somos? Nunca podremos llegar a ser robots, ya hemos visto esa imposibilidad, y la razón siembre permanecerá temblorosa, dubitativa y vacua sin una vida emocional que la sostenga. No tiene sentido pintar una obra maestra para al final emparedarla en el sótano, como así nos lo hace ver la película “la bella mentirosa” de Jacques Rivette. El arte tiene que ser ruidoso, provocar al mundo, tratar de cambiarlo, pues no deja de ser otra cosa que el cerebro hablándose a sí mismo, pero constreñido a que todos le oigan, a la vez que los trata de alterar y cambiar. Somos humanos porque estamos condenados a entendernos, condenados a darnos la razón, condenados a tratar de convencer a los demás. Sin esta premisa el cerebro muere antes de nacer. Como dijo David Bowie: “en el momento que sabes que estás en terreno seguro, estás muerto”, siembra razón, siembra seguridad y estarás sembrando muerte. Sin estas premisas, en la madurez, en la edad de la razón, uno se deja arrastrar en su caída parabólica hacia la falta de significantes, hacia el caos, hacia la nada, hacia la muerte. No sin antes haber pasado la demencia senil, ese estado donde irremediablemente las conexiones se rompen, sin posibilidad de recuperarlas. El caso sueco no es más que la edad de la razón humana, una vejez prematura, en donde los significantes ya no quieren cambiar a nada ni a nadie. Donde la premisa humana ya no es la seducción, en donde sólo queda la succión de uno mismo a un vacío inerte, y en donde no hay que tocar nada, ni a nadie. Amores profilácticos, amores vacíos tras la pantalla del monitor. Hijos probeta que ya no nacen del amor, de las emociones, de las pasiones, sino de la pura y dura razón. No me estoy dando la razón, no me estoy contradiciendo (Kōan). Lo que aflora de esta locura, de estar entre dos aguas, es que la “verdad” humana nunca se rebelará porque tal cosa no existe. Somos en la medida que somos contradicción. Habrá momentos en los que creerás ver la luz, pero la verdad es que al humano sólo nos define la oscuridad. “Es como si todos tuviésemos (…) diferentes versiones de nosotros mismos, compitiendo para ver cuál es la real”, nos dice la nueva película sobre “Christine”. Nos equivocamos, las ciencias humanas lo hacen, en tratar de definir a este o a aquel individuo como sociópata, esquizoide, o cualquier otro signo de los trastornos mentales. Todos somos todo, dependiendo de la situación, la cultura y el momento de la historia humana. ¿Acaso no disfrutaban los vikingos en su cacería de hombres?, ¿eran todos psicópatas? Acaso la sociedad sueca no es al completo o en su mayor parte esquizoide… y acaso no arrastramos todos, en nuestras almas, varias potencialidades de ser, que nos hacen tender a la personalidad disociativa. No podemos definirnos por lo sano y sí por lo trastornado, por lo truncado, por lo (re)torcido, pues en definitiva el núcleo de lo humano, aquello que nos formó y nos define, no es otra cosa que un caso patológico y equivocado de la evolución.

   Concluir, que como bien parece captar o intuir la serie “Westworld”, aunque seguramente no de forma intencionada o racionalizada, la conciencia “nace” en dos robots: Dolores Abernathy y Maeve Millay, las dos mujeres “atormentadas” a recordar fragmentos de su pasado dolorosos, dos robots con la premisa de tratar de mantener unas “huellas”, que de no “pisar” una y otra vez sobre ellas, se borraran, como así es en el resto de robots. En definitiva la conciencia o la inteligencia artificial nace de ese núcleo que estoy haciendo ver aquí. Esa capacidad de crear una “obsesión” o forma de recordar, para en ese proceso crear un estado nuevo emergente del cerebro, empujado de cerca por el acto volitivo concatenante y vigilante de todo proceso (obsesión al fin y al cabo), que no está constreñido al flujo maquinal y “programado” de las formas de trabajar del cerebro, y del tipo de memorias o de a corto o a largo plazo.

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Lo que Es y lo que (a)Parece XVI – Declive, Colapso y Fin del Homo Sapiens

  La vida “actúa” así, de esa forma tan paradójica como se nos muestra, con sus tendencias a la recurrencia, a la serendipia, a las extrañas coincidencias y demás “artefactos” extraños que nos ocurren casi todos los días. No es de extrañar que esto crease el pensamiento mágico y todo el mundo de creencias humanas que aún permanecen latentes. En el artículo anterior escribía sobre la división entre la racionalidad y la emotividad, tratando de mostrar la imposibilidad de llegar a una razón única debido a la unicidad del mundo emocional, porque inmediatamente iba a escribir, en este presente, el cómo la racionalidad tampoco es “mejor”, que ese otro su contrario, que son las emociones, y mostrar sus grandes problemas… cuando de repente llega a mis “manos” el documental “The Swedish theory of love”. En este documental se ve un camino o tendencia humana actual hacia la racionalidad. Antes de la existencia, de la propuesta de los creadores de dicho documental, yo no tenía otro referente que yo mismo, que mi propio caso, con lo que el escrito, sobre todo, sería un exposición de mis contradicciones y mi situación actual paradójicas, pudiéndose quedar como un caso concreto que no tenía por qué ser norma o ser algo general que pudiera ser expuesto como una posible nueva tendencia de la sociedad y del ser humano.

   Remito a que se vea dicho documental para que el escrito sea mínimamente entendido, ya que quizás no trataré todas sus conclusiones de una forma demasiado extensa. Lo que nos muestra el film es una sociedad distópica, quizás de forma exagerada o caricaturesca, para “denunciar” esa tendencia que deberíamos evitar. En Suecia se da una tendencia muy pronunciada a que las mujeres quieran tan sólo ser madres, sin por ello querer tener una relación de por vida con un hombre. Han eliminado al hombre de la ecuación. Como “sustituto”, es el país con mayor mantenimiento de semen en bancos de esperma. ¿Por qué? Suecia promovió, hace décadas, a través del manifiesto “la familia del futuro”, la posibilidad de que un individuo sea totalmente autónomo, sin la necesidad de nada que lo sostenga que no sea el propio Estado. Siendo así un adolescente se podría “librar” de depender del sustento de sus padres y ser independiente a una edad menor que en el resto de los países, o un anciano vivir sus últimos años sin necesidad de que lo cuidasen o lo mantuviesen. Lo mismo ocurre con las mujeres. La hembra homo sapiens “tendió” o apostó por una dependencia (necesidad) del macho, ya que por ejemplo las hembras orangutanes apuestan por sólo acercarse al macho para aparearse y cuidan a sus hijos ellas solas, mientras que en los gorilas apuestan por los harenes. La rama de los chimpancés y los humanos tendieron a otros modelos, del cual la apuesta humana de la pareja de por vida, le ha traído más problemas que soluciones. Problemas que hoy están tan en boga como son la violencia de género y la supuesta inferioridad con la que son tratadas en todos los ámbitos. Así el manifiesto sueco, sobre el nuevo orden de cosas, “resolvía” aparentemente estas injusticias, haciendo que una mujer fuera un igual y que el hecho de que tuviera que tener hijos no fuera una tara para su proyección en la sociedad y en la vida. Una mujer, así, puede ser totalmente independiente y de no necesitar de nadie para ser madre. El Estado le proveé los meses en los que no pueda trabajar, manteniéndole el sueldo, así como las empresas se “acomodan” a las posibles necesidades de las madres, sin que este hecho tenga que ser una “carga” para la empresa. En la actualidad, en el resto de los países, en mayor o menor medida, las necesidades implícitas de la maternidad de las mujeres, afectan a sus contrataciones. Pero, ¿por qué si de repente una mujer se ve con la posibilidad de ser autónoma prescinde del hombre…? del amor. ¿No se supone que una de las bases humanas es el amor?, como rezaba la canción de los Beatles eternamente repetida en el colectivo humano: “all you need is love” (todo lo que necesitas es amor), ¿acaso no es un “componente” esencial de la felicidad? Sin este componente, que trágicamente está demasiado “contaminado” de lo irracional de las emociones, ¿en qué se queda el homo sapiens?, ¿no muere sin él? Este es el planteamiento del documental “La teoría sueca del amor”: el mostrar sus paradojas y distopías. La sociedad sueca es una sociedad de soledad, de personas eternamente encerradas en sus propias viviendas, tratando de no pedir ayuda a nadie y que nadie les pida ayuda a su vez. En esa paradoja las personas mayores mueren sin que nadie se dé cuenta, pudiendo pasar años antes de que encuentren su cadáver.

   De nuevo por azares de la vida, ahora están echando la serie “Westworld“, basada en su homónima película de los años 70. Un planteamiento extraño, si no ridículo, es que los robots toman conciencia de sí a través de la palabra. La serie ha tenido éxito por sus fuertes planteamientos más o menos científicos, en donde se exponen teorías como “la mente bicameral” y donde, esa voz que se escucha como externa, es la génesis de la conciencia en los robots y por lo tanto de llegar a la misma dimensión o estatus que la humana. Pero, ¿acaso la palabra es el lenguaje de las máquinas?, en realidad su lenguaje es el binario. Constantemente vemos en la serie que uno de los robot tratan de mejorarse a través de una interface humana, en el que media la palabra y toda su simbología y conceptualidad. En otras películas, como “Terminator” las máquinas se hablan entre sí con su propio lenguaje, así en la tercera parte manda al robot T-X, el cual puede abrir puertas o cualquier otro sistema electrónico o conectado a Internet. Sería estúpido pensar que su forma interna de abrir una puerta fuese con un: “puerta ábrete”, con la palabra en definitiva. Se supone que dos máquinas se conectan entre sí con el lenguaje de programación, al final con binario, si se quiere reducir al máximo, ya que todos los lenguajes de alto nivel se han creado para facilitar al humano el poderlo programar, ya que incluyen sentencias que son palabras o conceptos del propio inglés hablado. Somos incapaces de leer un código en binario, pero para dos máquinas sería su lenguaje más directo, eficiente y rápido. Un problema básico humano es que tratamos de “escarbar” en el cerebro, tratamos de conocerlo, a través de la palabra. Ese no es su lenguaje. Tampoco las emociones, estas son una interface entre un individuo y otros hombres, un medio de comunicación, ya que actuamos a partir de las reacciones emocionales de los otros. El miedo en un individuo puede crear una estampida en las especies gregarias. En este sentido una emoción tiene dos dimensiones, la primera, que es la más antigua, que servía como un sistema de activación interna para reaccionar a un medio, se conmutaba a un sistema “especial” en donde el cuerpo desencadenaba una respuesta química y física. No tenía el componente de comunicación, era un interruptor interno de encendido y apagado. Por ese entonces no existía ni siquiera una conciencia de sí que tomase a ese estado como distinto o como ajeno a una unidad de ser. Lo que llamamos instintos y actos reflejos obedecen a esa lógica básica. Uno nunca es consciente de cerrar el ojo  por reflejo, si no es a posteriori, es demasiado rápido, primario. Cuando los animales tendieron a lo social, a esa reacción se unió una segunda que era “útil” para sobrevivir: si ves a alguien correr y con “rostro” de miedo, corre y después analiza la situación. Se daba un componente de “mensaje”, de comunicación. Como la sociabilidad es un componente emergente, que evoluciona por sí mismo y con sus propias reglas, se creó una retroalimentación en el proceso, que hizo que cada vez se hicieran más evidentes externamente. En este proceso entró en juego la otredad de los individuos de la especie como dato a tener en cuenta para mi propia supervivencia. Aquí hay un remanente de la autoconciencia, ya que la otredad implica lo ajeno teniendo en cuenta una unidad o propia identidad. Con esto saltamos al estado actual del ser humano. Un problema de la comunicación es que la puedes falsear si con ello ganas o sacas alguna ventaja. El rojo vivo quiere decir entre los anfibios: “peligro, veneno”, pero si es así se puede adoptar la estrategia de portar rojo en el cuerpo, y “ahorrarte” el crear el veneno. Entre los animales sociales los signos de comunicación igualmente se pueden falsear para ganar algo. Los chimpancés hacen mucho uso de este tipo de trampa, el humano igual. Puede parecer que me he perdido: a lo que trato de llegar es si la palabra es una buena “herramienta” para “comprender” el cerebro, y no, tal parece que no es así. Uno nunca está seguro de lo que siente, ni cómo lo siente, ni tiene porqué saber expresarlo y tampoco tiene porqué saber interpretarlo en las palabras de los otros. En eso, en parte, consiste la “magia” de la vida: en el esfuerzo por “descodificarla” a dos niveles: 1. conocer realmente a los otros, no poder ser engañado y sacar ventaja de este hecho y 2. conocerse a sí mismo. Pero por medio de la palabra ninguna de estas “necesidades” llegan a ser cumplidas. Toda palabra o concepto está “contaminado” de una gran cantidad de “ruido”, como pueda ser el significado cultural e histórico de dicha palabra o concepto. Tampoco es una regla que cuanto más avanzamos a través de los siglos lleguemos a mejores conclusiones, a mejores datos. A veces es preferible ir a su etimología, a su origen, así como a su evolución, que a atenernos a su simple significado de este momento de la historia y la cultura de un país o idioma. Con todo nunca se llega a nada. Cada persona definirá a su manera la felicidad o cualquier otro concepto complejo. Ni siquiera con las emociones básicas, como pueda ser el miedo, se puede llegar a  una “conclusión” universal, ya que en todo este juego de la comunicación se dan dos componentes: 1. su “utilidad” evolutiva, 2. la apuesta evolutiva que un individuo porte sobre esta “utilidad” y el cómo este toma conciencia de este “dato”, dado sus propias vivencias. Un “adicto a la adrenalina” hace “uso” de un tipo de “miedo” para su propia “utilidad”, para su propia “supervivencia”, a varios niveles. En fin, lo dicho en el artículo anterior: no hay forma de llegar a una universalidad en nada emocional. En la actualidad la ciencia no parece resolver la “paradoja” de lo que es el ser humano y lo que es la conciencia. O sea que el nuevo lenguaje tampoco “despeja” nada. Quizás sea en la informática y en las ciencias computacionales, orientadas a los temas de la inteligencia y las ciencias humanas donde se pueda llegar a alguna conclusión. O dicho de otra forma, será a través de otros lenguajes distintos al de la palabra.

   De nuevo, por esas extrañas paradojas de la vida, el día de reyes, de “regalo”, “recibí” un extraño sueño sobre todo este tema. Tengo “sueños lúcidos”, que no es otra cosa que el prefrontal no queda anulado del todo durante el sueño, como así debería ser en el sueño normal. Siendo de esta manera, el prefrontal, aunque “disminuido”, trata de “comunicarse” y de dirigir los sueños con sus propias reglas. Aquí se da un problema, ¿cómo comunicar dos “entidades” que hablan idiomas distintos? Lo hemos visto a lo largo del escrito: el programador crea una interface entre el lenguaje C++, por ejemplo, y el usuario; el lenguaje de programación es a su vez una “interface” entre ese lenguaje de alto nivel y el código máquina, que a su vez lo es del binario. Las emociones se hicieron un lenguaje de comunicación en lo social, cuando internamente “significaban” otra cosa. Por comodidad se dice que el cerebro habla el mentalés, mientras que la palabra es un mero interface de comunicación con los otros, que al final es el lenguaje del que se ha “apropiado” el propio prefrontal (teoría personal sobre el nacimiento de la conciencia). Los sueños tienen su propio lenguaje, que tampoco es el mentalés. Se supone que es de imágenes fuertemente simbólicas, que a su vez tienen una “comunicación” directa con las emociones. El sueño, así, es una interface o protocolo de comunicación entre las emociones que se vuelven símbolos u objetos y la palabra. Pero no es un lenguaje universal  y que fácilmente pueda ser explicado, sino como mucho interpretado, lo cual de nuevo nos lleva a la ceguera de lo que el cerebro quiere “comunicar”. Teniendo esa premisa en mente, en este sueño “manejaba” algo así como bolas, objetos redondos, que ora significaban personas, ora conceptos, ora emociones. Sé que las trataba de manejar, de moverlas a mi antojo, pero ofrecían una resistencia. No había forma de que el prefrontal “interpretase” en palabras esos símbolos, aun habiéndolos reducido a mínimos, como son las esferas. En ese sentido el sueño se volvió una pesadilla, porque todo intento de controlar el qué querían decir, no se (resol)volvía de otra forma que con emociones negativas como la ansiedad y la frustración. Era algo así como resolver un juego puzle de ordenador, donde una vez que hayas el quid de la cuestión, se disuelve, como efervescente en el agua, la ansiedad y la frustración, no sin ese burbujeo tan agradable y refrescante que proporciona el dar con una solución. Y así fue, me desperté con algo así como con la sensación de haber hallado la respuesta, pero con la desagradable sensación de “tenerlo en la punta de la lengua” y no encontrar el qué palabra o concepto “poner” a dicho “descubrimiento”. Al poco lo único que encontré en mi “arsenal” conceptual y de palabras, era el de “unidades de carga”, teniendo en cuenta que lo que quiero decir con esto es, como ejemplo, a las paladas de carbón que se echaban a los antiguos trenes, en donde cada palada era una “fuerza” que aumentaba la temperatura de combustión y por lo tanto de energía en la locomotora. Las esferas eran unidades de carga o paladas con la que el cerebro se “motivaba” o emocionaba de forma positiva para sobrevivir o seguir adelante. El cerebro “funciona” y “habla” con unidades de carga, que son las que hacen que a su vez se formen conexiones dentríticas, que son las memorias y por lo tanto el aprendizaje. Eso pueden ser personas, emociones, vivencias, etc., pero a la vez son como enlaces que conectan islas, para de esa forma crear puentes de comunicación de partes antes incomunicadas. Hay que tener en cuenta que si hablamos de emergencia, el único órgano humano al que se le pueda aplicar tal concepto es al cerebro. Somos humanos porque el cerebro “pide” y es algo más que la mera existencia y mantenimiento de la vida. El cerebro humano ha llegado a lo simbólico, a la translación de lo simbólico más allá que su pura utilidad para sobrevivir. En definitiva al arte y todo tipo de comportamiento por los cuales anteponemos otras cosas a la mera existencia. Un artista encerrado en su estudio no sólo se aísla del mundo, además se olvida de su propio cuerpo, de sus necesidades más básicas, (recordemos la frase en la película “Sobrevivir a Picasso” de “cuando trabajo dejo mi cuerpo del otro lado de la puerta”). Un santón está en el mismo nivel de cosas. Así el cerebro “quiere”, quizás, algo más que sobrevivir, aunque quizás, también, todo se pueda reducir a que toda esta emergencia no sea otra cosa que una cola de pavo real estrambótica e innecesaria, que lo único que hace es “estorbarnos” para la mera existencia (como así ocurre con la gran cola al macho del pavo, pues le impide ser ágil para correr y librarse de sus depredadores) y cuyo único fin sea la de llamar la atención sobre sí y por ello, al final, para reproducirse y anteponer los fines del propio gen egoísta. Si es así, entonces, su lenguaje es otro. Hay que escucharlo y analizarlos bajando todo el ruido social y existencial, para desnudar sus “fines” últimos. Se puede resumir que para el estómago todo el cuerpo es boca que le ha de llenar, mientras que para el cerebro todos los sentidos están construidos para darle su principal alimento: las sensaciones, su fin puede que no sea conocer el mundo, sino tratar de llenar su eterna insatisfacción de sentido. Sé que estoy poniendo demasiadas palabras a algo que quizás no las debería de tener, puede que sólo sea una interpretación más del prefrontal y el lenguaje de las palabras, pero quizás de nuevo sea la imposibilidad de expresar con palabras el “signo” que el mentalés me comunicó a través de símbolos y emociones.

   En el fondo de lo que se trata es de desentrañar la trama humana. Simplificarla, explicarla. Ignorar las palabras y reducirlas a sus mínimos. ¿Se puede? ¿Acaso no nos enamoramos de esos “gestos mínimos”, de incongruencias no semánticas y gestuales que hacen del otro una unidad irrepetible y única que dejan de existir en el universo cuando este muere? O sea ¿es reducible lo humano a mínimos? Sí y no. Hay que moverse entre dos lenguajes distintos, si no opuestos. Posiblemente, y posiblemente por accidente, llegaremos a la inteligencia artificial (IA), al igual que ocurre en la serie Westworld u otras muchas, pero todos los “signos” que expliquen uno por uno la IA, no darán con el quid de su totalidad. Será un sistema emergente en el cual, de repente, la suma total sea más que la suma de sus partes. Se podrá mirar, parte por parte, todo ese código y habrá que hacerlo metódica y científicamente, pero ese individuo, que ahora será ese robot en concreto, tendrá sus propias cosas amables y odiosas, que harán que lo ames o lo odies. En ese sentido, inevitablemente, nos enamoraremos de ellos, al igual que lo hacemos con cualquier otro ser humano.

   Con esto vuelvo arriba. ¿Qué nos dice el caso sueco? En una de sus gráficas de dos ejes nos muestran que una persona se puede mover, eje 1, por la mera supervivencia o por la autorrealización. Está claro que lo básico para el cuerpo es la supervivencia, si se cae a la vez tu hijo y un vaso de alto valor monetario y estético, todo tu cuerpo y manos se irán a proteger la vida de tu hijo. Los países pobres basan toda su economía en la supervivencia, frente a los ricos que se basan en cosas menos “necesarias”. Extrañamente el humano supedita muchas veces la supervivencia a otras cuestiones del final del eje, como así puede ocurrir con algunos artistas o monjes, donde pueden llegar a dejarse morir o matar por sus ideales de autorrealización, como ya he apuntado arriba. En el segundo eje por un lado está la tendencia a la individualidad, frente a lo opuesto que son las instituciones como son la familia, la propia cultura o nación, la religión y otros lazos tradicionales. Suecia se supone que está en el lado más individual y de autorrealización. Pero ¿qué hay de fondo en todo este juego de signos…?, no es más que la lucha por lo emocional y lo racional. El ser humano va en pos de ser lo más metódico y racional posible. Ha llegado a un nivel de su evolución social en el cual las emociones parecen sobrarles. Las emociones no son un signo claro que digan nada, ni de nosotros ni del mundo, es más, nos aprovechamos de ellas y las utilizamos a conveniencia. Con el nacimiento de la era industrial llegamos a la paradoja evolutivo-social de la instrumentalización de lo humano. A un país le va mejor cuanto mejor optimice la producción de sus recursos, como así sucedió con Gran Bretaña en el nacimiento de esa era. En este nuevo lenguaje desaparecen (por lo menos a simple vista) las emociones. Todo es susceptible de ser reducido a números, a balancear esfuerzo y gasto, a ser productivos, a analizar todo bajo el prisma de lo racional. Las multinacionales nacieron bajo esta nueva premisa. Lo que cuenta son los números, los resultados, la eficacia, lo racional. Todos somos engranajes dentro de esta nueva lógica. El resto son colaterales que han de ser resueltos y minimizados. Hay infinidad de películas y documentales que denuncian los estragos de esta nueva lógica. A las tabacaleras les era igual si era cierto o no que produjeran cáncer, les importaban más las ganancias. Lo mismo con el colapso que nos llevó a la actual crisis, no importaban las personas, importaban las ganancias. Todos los valores tradicionales carecen de valor ante los números. A un jefe, antes, le importaba cada uno de sus empleados, su situación familiar, como para decidir un despido. Hoy las multinacionales no tienen como valor nada de esto: despiden y contratan más por valores racionales que emocionales, en los que se basan los valores tradicionales. En esta nueva lógica, una multinacional “funciona” si su valor es alto, puesto que de lo que se trata es de su valor en bolsa, tiene que “vender” (objetos o sueños). El nuevo valor mundial es la venta, el consumo. Hemos creado seres humanos “langostas” que han de devorar todo lo que se les ponga ante sus ojos, para poder saciar este nuevo valor humano. En mundo al completo se ha puesto como meta la racionalidad, la eficacia, lo racional, lo demás queda supeditado a este valor. Si es así, entonces, la razón tiene que desentrañar a las emociones, puesto que son la vía o la interface por las cuales se llega al núcleo de por qué un individuo compra. Como dicen en el propio documental: “(los suecos) hemos sido inusualmente eficaces al convertir las palabras en realidad”, o sea en buscar el núcleo o esencia de esas emociones, su “verdad” última. Si leemos con atención todo lo que llevo escrito, vemos contradicciones en todo lo expuesto, en cuanto a los fines del hombre o del cerebro y hacia donde va el ser humano. Se supone, pongo como baza, que el cerebro busca sus propios fines, que son estéticos, espirituales o elevados, y que ahora hemos racionalizado o razonado como que quizás puedan reducirse, seguramente banalizado, a lo llamado como autorrealización. Lo estético no se entiende sin las emociones, es más, es pura emoción, en donde la razón tiene que quedar de lado todo lo posible. Lo estético, el arte, llega allí, a un lenguaje que el cerebro trata de hablar para “explicar” la existencia, pero no la existencia pura y real, sino la existencia de los “entes” mentales que nos hacen humanos. El arte es el cerebro hablándose a sí mismo, hablando de sí mismo. Por otro lado la nueva sociedad, el nuevo leviatán, en su conjunto, habla de datos puros, de ventas, de la pura subsistencia de una Marca por el hecho de ser productiva, eficaz, racional. En esta batalla de lucha evolutiva, entre lo individual y lo social, pierde el primero, ya que una sociedad es próspera en tanto que se atiene a ser puramente racional. Una sociedad, con esta nueva lógica emergente, supedita al individuo y los requerimientos de su cerebro a sus propios fines. Es más, y ahí radica su gran error, trata de sacar utilidad a la emotividad, a lo individual, lo trata -lo ha conseguido- de cosificar. En este nuevo orden de cosas, lo individual, el individuo, es analizado como lo analizaría un ordenador, sin emotividad, fuera de esta esfera, y puesto que los fines son los de sacar utilidad de todo. Siendo así, entonces, por conclusión, se cosifican a las emociones. Las nuevas empresas nos venden sueños, nos venden emociones, nos venden experiencias, sensaciones. Pero todo esto no puede ser sin reducir las emociones a sus mínimos. Lo que quiero decir es que una emoción “auténtica”, quizás (espero), nunca pueda ser enlatada, pero las multinacionales y la nueva lógica del nuevo leviatán es lo que tratan de hacer. Paradoja que queda bien perfilada en la película “La playa”. En pos de este fin recurren a las nuevas ciencias del comportamiento para tratar de reducir las emociones a meros datos estadísticos. Con esto llego al núcleo del escrito, ¿a qué se puede reducir el amor? En otro escrito sobre la etimología de la palabra amor, vimos que proviene de madre y al vínculo de esta y su hijo. ¿Acaso no hay ser más necesitado que el bebé humano? A eso podemos ser reducidos: la humanidad, el homo sapiens, lo es por el vínculo tan fuerte estrecho y largo en el tiempo, que “obliga” a una madre con respecto a las necesidades de su hijo. Emerge una y otra vez la palabra necesidad. No voy ahondar mucho más en esto, profundicé en este tema en el capítulo “El error del amor”, de mi libro “La imposibilidad de la razón”. Sé que no habría que reducir algo humano, una emoción, a una instrumentalización. Eso la “mata”. Reduce cualquier emoción a sus mínimos y perderá toda su magia. Por eso decía que mi propio caso, con todas mis contradicciones, son lo más cercano que tenía, antes de ver el documental sobre la teoría sueca del amor. Yo mismo, en mi vida, en mi razón, en mi liminalidad, he “andado” el mismo camino por el que ahora anda la sociedad, y que se muestra en su radicalidad en la sociedad sueca. A mis catorce años me separé de mis amigos porque comprendí que el mundo emocional carecía de sentido. Un recurrente en mi cerebro, en mis conversaciones, en mis soliloquios, es la palabra “lógico”. Toda mi vida ha sido la lucha para tratar de llegar a la pura racionalidad, en un cerebro que es sobre todo una mente de artista. Una liza titánica entre dos grandes enemigos. Después de muchas luchas con la vida, con la sociedad, con las personas, a cierta edad he llegado a la misma conclusión a la que ya llegase a los catorce: es imposible ser lógico entre la gente. Lo emocional es la única constante en la vida y esta es puro caos. La única forma de ser lógico es salir de la vida emocional y para ello hay que salirse de la sociedad. Vivir sólo, con las propias metas, sin esperar nada del afuera.

   Esta conclusión individual, por la que yo he pasado, es la misma por la que ha pasado toda la sociedad sueca, de una manera u otra, individuo a individuo. Lo que quiero decir es que es un emergente en la nueva lógica del nuevo orden mundial. Pero hay que leer entre líneas en todo esta problemática que es muy profunda y nace con el propio humano como tal. Somos una sociedad basada en lo jerárquico. Una lucha intestina que viene desde nuestro nacimiento como especie es la de tratar de encajar esta realidad con el amor. Son dos conceptos en apariencia incompatibles y opuestos. Si hay lucha jerárquica no hay amor. El amor ha de ser entre dos iguales, entre dos seres que han de ser tomados como iguales. En toda conversación siempre estamos al tanto de no ser tratados de forma paternalista o hacerlo a nuestra vez. Pero recordemos que el amor, en teoría, nace del concepto de maternidad, de no igualdad. En muchos casos el macho alfa, su tipo de jerarquía, es aceptada y tratada como un tipo de trato paterno. Ese es el tipo de vínculo que crean ciertos dictadores sobre las masas y en general los buenos líderes. Aceptamos, o el cerebro lo hace en algún nivel, que nos cuiden o nos ayuden. Esa contradicción entre ser seres autónomos o dependientes es la que subyace bajo el concepto del amor. Esperamos, o deseamos, que el otro nos necesite en la medida que lo necesitemos nosotros a él. “Necesito que me necesites”, dice Diana, al huidizo Sam, en la serie Cheers; “no quiero necesitarte…” decía Clint Eastwood en “Los puentes de Madisson”. El amor, así, nace de un equilibrio en las necesidades. Por eso no tenemos que parecer desesperados o muy necesitados cuando estamos solteros, las personas somos muy sensibles a detectar esa desesperación. En este juego o lenguaje el propio valor emerge como efecto secundario. Para no hacerme ver como muy necesitado he de crear un fuerte yo que tenga muchos valores internos. Ese el mantra de la autorrealización. Una vez que una persona se centra en sí mismo y en sus propios valores, es cuando llega a una situación en la cual no parece tan necesitado, y es un buen “partido”, pero no nos engañemos, este es el juego malévolo, retorcido y extraño de la postmodernidad. Se pueden dar dos casos, 1. que realmente se legue a ese estado, o 2. que sea pura máscara. Aquí, en este juego de espejos, se entra inevitablemente en una retroalimentación. Si es máscara, “salgo” al exterior y la detectan, he de volver a “trabajar” en el mismo proceso, de tal forma que o se llega al estado del punto uno o se fracasa una y otra vez. Pero, ¿qué queda, que individuo y sociedad nos volvemos, si el único resultado válido es el de llegar a ser autosuficientes e independientes? Una vez llegado a ese estado, ¿Por qué unirme a alguien si yo mismo me vuelvo autosuficiente? Esa es la trampa en a que caí yo, en la que ha caído la sociedad sueca, en la que está cayendo la sociedad del nuevo leviatán.

   Hemos de detenernos en este momento, de ese proceso individual, para comprender realmente esta nueva dimensión del mundo y la vida. En la medida que me he vuelto autosuficiente he recurrido a una gran inmensidad de recursos para conseguirlo. Me he rodeado de una gran cantidad de características: me he apuntado a un gimnasio, he profundizado en mis hobbys y en mis gustos, he personalizado mi ordenador; tengo mis preferencias de un estilo de música, de series, de películas… en definitiva, he profundizado en mi individualidad, he ahondado en crear diferencias con respecto al resto del mundo, de tal forma que cada vez me será más complicado encontrar alguien que coincida en un alto grado con él. Pero no sólo ese es el problema, es que de paso cuando me encuentre con alguien y mínimamente “ataque” uno de estos nuevos valores, está de paso haciendo una ataque directo a mi persona, proceso en el cual me siento frustrado, ninguneado, o rechazado. Se supone que de crear una fortaleza, pero es que inevitablemente al crearme una individualidad tan única, he creado una potencialidad para crearme distancias y enemigos con el resto de los humanos. En este proceso los otros se vuelven cada vez más una resistencia emocional que me restan espacio, cuando se tratan de desplegar ante mí. Es como meter en un cajón, en las que apenas caben sus cuerpos, a dos pavos reales y esperar a que desplieguen sus colas. No hay espacio, no hay posibilidad para tal acción, cada uno de ellos lo tratará de hacer a costa de que el otro tenga menos espacio. Se me podría argumentar que no tiene porqué ser así, y yo tendría la dificultad de demostrar de que tal propuesta es de esta manera, a partir de mi propia experiencia, de mi propio caso, de mi propia vida, pero he ahí que el documental que nos habla de la sociedad sueca, parece demostrar que es así. No hay vuelta de hoja, una sociedad con esta tendencia del nuevo leviatán, llega inevitablemente a ese fin, a ese estado de cosas. La mitad de la sociedad sueca vive sola, una cuarta parte de sus individuos mueren absolutamente solos. Todo es un proceso. La gráfica, sobre esta nueva tendencia, nos muestra que las sociedades católicas están en un punto intermedio entre África y Suecia, pero también vemos que las sociedades protestantes están más cerca de ese límite. Estados Unidos, con un equilibrio de catolicismo y protestantismo, está por debajo de Gran Bretaña, pero en una sociedad claramente basada en las reglas capitalistas, más agresiva, más despiadada, se da más pronunciadamente una mayor crisis de los valores tradicionales, de tal forma que, por ejemplo, han asumido a “los sin techo” y que la familia estén disgregadas o rotas y que eso sea absolutamente normal. Es igual tener un padre “sin techo”, es igual tener una hija prostituta, todo está admitido, cada cual ha de buscar su propio camino, su propia autorrealización. No se admite decir que este proceso esté equivocado, cualquier persona, por muy bajo que haya caído, puede estar en un proceso por el cual al final podrá remontar. A ese nivel de autoengaño hemos llegado para aceptar cualquier estado denigrado, en el que se basa el tratar de ser autosuficiente y en no pedir ayuda o necesitar a nadie que a su vez no nos necesite. Hoy en día no queremos que nos cuente “sus rollos”, todo ha de estar segmentado, compartimentado. En Estados Unidos hay grupos de apoyo para casi cualquier cosa. La vida ya no parece consistir en dialogar, y en ese proceso contar nuestras intimidades. Cualquier intimidad puede revelar una debilidad, una deficiencia, un “agujero” en la densidad de ser que hemos de ser. En este proceso sólo podemos o debemos de hablar de todo ese interior, con un terapeuta un psicólogo o un chamán. Por lo demás, si muestro mis debilidades… ¿no estoy dando una arma al otro con el cual me podrá en algún momento atacar?

   Fin y cierre del círculo. Si lo que nos hizo humanos fue ese trágico equilibrio entre la lucha de lo jerárquico y el amor, si lo que nos hizo sapiens fue la apuesta de la hembra por “depender” o necesitar del macho. Si el amor tenía esa “tara” de fundamentarse en la mutua necesidad… ¿Acaso no muere este cuando todo este “juego” termina? Estamos yendo a un nuevo paradigma, a una nueva conclusión, a un nuevo estado de la evolución. Ese nuevo ser no es aquel por lo que fuimos denominados homo sapiens o humanos. No sé cuál será la nueva denominación, el nuevo calificativo, pero desde luego vamos en camino de que dichos apelativos ya no tengan sentido. En el documental sueco, al final, vamos al “caso” africano, también aplicable a cierta parte de Sudamérica. La fuerte pobreza hace que sea una sociedad basada en la mutua necesidad, en la mutua dependencia. Esos son los valores humanos, de la familia, de la asistencia al necesitado, etc., los valores propios que crearon la especie y por los que hemos sido denominada homo sapiens. El amor, la necesidad, es el “pegamento” del mundo, de lo humano, de los social. Quizás todo, las cosas, sean más sencillas, quizás este camino de ahora, ya lo hemos recorrido otras veces, quizás toda la civilización colapsa, cuando se pone en cuestión sus valores más profundos, y ahí muere para que surja una nueva civilización de sus cenizas, de nuevo a partir de la necesidad (¿amor?). Quizás una fuerte crisis aún más profunda nos vuelva a llevar al estado de la mutua necesidad de los más allegados, o quizás sea una gran catástrofe ambiental o de algún otro cataclismo geológico, el que nos recuerde que este, el estado actual de la tan manida autorrealización y la búsqueda de un fuerte yo, no es nuestro “estado natural” o propio. Si me dan a elegir prefiero una catástrofe natural, es más “democrática”, pues de lo contrario, la de una crisis mundial que vaya desgastándonos poco a poco, sólo sería una ventaja, como siempre, para los “humanos” más ricos, insensibles y egoístas.

   Como mi intención era hacer el escrito a partir de mis propias experiencias, se me hace necesario escribir algo sobre esto, para que, además, se haga más entendible el caso sueco. Soy una persona pasional, pero a la vez, seguramente para frenar esa fuerza bruta imparable, me tuve que hacer racional. La tercera ley de Newton también se siguen en la mente y en la vida: ” cuando un cuerpo (¿ente abstracto?) ejerce una fuerza sobre otro, éste ejerce sobre el primero una fuerza igual y de sentido opuesto.” Pero pasional es sólo una palabra, una facticidad fluctuante de las derivas de las palabras en el cerebro y en lo social, también se podría aplicar la palabra inocencia, u obsesión, dependiendo en qué contexto apareciera. Esa fuerza si está canalizada crea belleza, armonía, fuerza arrebatadora, al igual que una gran ola que va en una sola dirección. Pero si no está canalizada, es tan sólo caos, un mar embravecido que todo lo engulle a sus profundidades. No se puede amar lo segundo si no se comprende todo este juego, no quiero que amen tan sólo uno de los lados de la moneda. Si rechazan mi caos están rechazando esa totalidad que soy, esas dos caras de la moneda. Está claro que mi caos me ha dado problemas en mi vida. No a mí, yo no rechazo mi dualidad, la dualidad de esa “maldición”, pero en la medida que me “mete en problemas” no es que la haya domesticado, sino que me he visto “obligado” a sujetarla en la soledad, pues en cuanto está en la vida se vuelve en lo que es, se expande con todos sus vértigos. Razón y emoción. La soledad como elección de no dejarme ser en mi naturalidad, puesto que mis éxitos y mis fracasos son parte de ese viento que azota mi mar. Somos eterna máscara, nos “sujetamos”, nos sujetan; no queremos toda la libertad del otro, este tiene que elegir constreñirla, por nuestra parte hemos de tener la misma elección, para ser justos. Pero, ¿qué soy ante el otro si no soy lo que yo realmente muestro?, ¿por qué habría de elegir esa pequeña cárcel si en soledad nadie me impide ser lo que soy? Soy una persona que desde muy pronto entendí esa disyuntiva. A partir de entonces mi gran dilema fue amar la libertad del otro, porque a su vez quería que amasen mi libertad. Siempre he roto con todo y con todos, bajo esta regla, bajo la regla que si sentía que hacía algún tipo de presión sobre el otro, yo ya no me sentía bien. En el fondo es el dilema de no necesitar y no ser necesitado, pero sabiendo a la vez que el amor conllevaba ese lastre en sus entrañas. No se puede amar sin sentirse ahogado, sin sentir ansiedad, sin sentir algo de pasión, de obsesión. Queremos que nos dejen libres cuando ya no necesitamos al otro, queremos dejar libres al otro cuando ya no nos necesita.

He visto todas las obras que se han hecho bajo el sol, y he aquí que todo es vanidad y correr tras el viento. Me puse a reflexionar: ‘ aquí me tienen, engrandecido’, y apliqué mi corazón a conocer la sabiduría, y a conocer la locura y la insensatez, me di cuenta de que esto también era correr tras el viento, porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor.” Eclesiastés 1:13-17, según versión de la serie “Vikings” 4×14

   Al final de toda esa guerra sólo puede quedar la soledad y sus propias paradojas. Si un árbol cae y nadie está cerca ¿ha hecho ruido?, en la soledad nada hace ruido, nada afecta al exterior, pero tampoco el exterior afecta a esa campana interior. He (im)puesto una camisa de fuerza al exterior, sin darme cuenta que a su vez me la he puesto a mí mismo. Yo soy mi propia trampa. Mis conclusiones y racionalidad se han vuelto mi cárcel. Se supone que el cerebro se mueve por unidades de cargas, la memoria se construye con hitos, con marcas que dejan huellas afectivas y si se puede, huellas motoras: ¿te amo porque te acaricio o te acaricio porque te amo? Sin la vida exterior, en qué se queda el cerebro. Se van rompiendo puentes de unión, entre neuronas, los símbolos empiezan a quedarse aislados, allá hay un mango, allá un cubo, allá el agua, nada los une en una totalidad. Las abstracciones se simplifican. Se supone que su fuerza está implícita en su capacidad de unirse a todo en el cerebro. Ten un objeto mental lo más abstracto posible y tendrás un imán que atraerá sobre sí el sentido de todos los objetos del mundo. Me imaginó que eso en la antigüedad fue la idea de Dios. Hoy Dios ha muerto y ya no hay ningún atractor de caos, nada que fusione todo en una unidad única e inmutable. Razón y ateísmo se llevan de la mano, van hacia esa desintegración de todo, en donde ya nada puede ocupar el lugar de aquel atractor abstracto que daba sentido a todo, que creaba todos los puentes en el cerebro. Quizás Dios sea sólo eso. Esa ansiedad de que exista esa posibilidad, la de unir todo en una unidad des-disgregante, que cree una armonía en el cerebro… ese órgano que pide su propio “alimento”. Si no tengo con quien hablar, sólo me hablo a mí mismo, pero ¿eso deja alguna huella, hace algún ruido? Sí se quedan registrados en estos escritos, que se vuelven un “mensaje en una botella” en el tiempo. Mi soledad, mis conclusiones, mi racionalidad, me dicen que estos escritos han de ser etéreos, que no tienen que “tocar” a nadie, que no me importa que haya un interlocutor o ningún lector, pero en el fondo sé y espero que lleguen a alguien. Nunca se está totalmente en soledad, porque el cerebro crea sus propias estrategias y engaños que ponen esperanzas en todo. Si no fuera así, posiblemente no escribiría. Pero también sé que una de mis premisas es la de “porque hacer algo en vez de nada”, si sólo yo soy mi propio valor, se me pueden ocurrir muchas historias, ideas, frases y cuadros de 3D o de pintura, que no tengo porqué llevar a cabo. Lo grande es la creación mental, la idea, que el cerebro tenga esa potencialidad, el resto es esclavizar al cuerpo para que lo lleve a cabo y que al final lo otros te premien con halagos. Pero fuera de lo poético toda esta realidad es otra. El cerebro no crea conexiones como debiera, el premio y el castigo vienen desde el exterior, desde los otros, desde lo social. Sin unidades de carga, ¿cómo levantarse cada mañana? Los neurotransmisores trabajan de otra forma, se desregularizan. Al igual que una piel que no tiene contacto con el sol, ni con el agua, ni con el viento, se vuelve fina e hipersensible, cualquier cosa puede producir algo de ansiedad, o de entusiasmo en el cerebro. Este se vuelve hambriento de sensaciones, pero a la vez en cualquier cosa ve alimento para sí. El cuerpo se vuelve una campana de resonancia. Sin nada exterior, el cerebro se alimenta en tratar de escuchar cualquier pequeño ruido del cuerpo y si esto es así, cualquier pequeña sensación, el cerebro lo puede amplificar a que sea un dolor real. Se tiende a la somatización. En mí este mal es menor, puesto que lo comprendo lo neutralizo, pero no será así en otros seres solitarios. Bajo este signo, me imagino, lo mejor es “castigar” al cuerpo: llevarlo a gimnasios, a hacer deportes de riesgo, etc., como es la norma hoy. Pudiera sonar que me estoy “quejando” de mi condición, pero en realidad no. Prefiero esto, a verme castigado o premiado en el exterior, y bajo la tortura de un mundo emocional que ya no tiene las mismas premisas de antaño, y que tampoco parece encontrar una nueva vía de paz. Prefiero el frío mundo de la razón, que el abrasador y fustigante mundo emocional. Mi alma ya contiene el suficientemente calor, pasión, como para llevarla más al límite. El liminoide vive al lado del precipicio, del borde, de los límites humanos: cualquier pequeño empujón le puede hacer caer al vacío. El caso sueco me dice que allí, en su distopía, tampoco hay un nuevo camino para el ser humano. Al final del documental nos dicen que es necesario vivir en la escasez. Si he de sentenciar y reducir el escrito a dos palabras diría que son las de necesidad y escasez. El humano llegó a ser lo que es, porque estaba guiado por estas dos taras. Extrañamente hoy en día la medicina ha llegado a la conclusión de que la mejor dieta es la hipocalórica, la de quedarse algo con hambre, la de no llenarse, no sólo para no engordar, sino porque extrañamente alarga la salud y la vida. Es a lo que está acostumbrado el estómago, el cuerpo. De la misma forma el cerebro está construido bajo el signo de la necesidad del otro y la de sentirse necesitado. Por el contrario hoy nos atiborramos a comer bajo el pretexto y la idea de que nos hacen falta más proteínas, minerales o vitaminas, y que si nos sentimos algo mal quizás pueda ser por alguna de estas carencias. Lo mismo ocurre con el cerebro: en cuanto siente alguna necesidad, ansiedad o aburrimiento lo “atiborramos” de estímulos, que este nunca termina de digerir y de integrar entre sus conexiones. Vivimos en la constante saciedad en todos los niveles, sin haber comprendido que no estamos hechos para vivir saciados, sino siempre con hambre, tanto a nivel de estómago, como a nivel emocional y mental, como siempre ha sido a lo largo de los milenios. Me alargo para nada, pues ya sólo es repetir y repetir lo mismo con distintas palabras. Termino diciendo que o bien volvemos a un estado anterior de lo humano, o buscamos una nueva solución dando cinco pasos adelante, porque la situación actual en la que nos hemos metido, tan sólo crea vacuidad y dolor, y en donde la nueva plaga será la de la personalidad esquizoide, como ya profetizaran en su canción “21st century schizoid”, King Crimson, porque quieran o no, los suecos son ya esa sociedad esquizoide.