Lo que Es y lo que (a)Parece XV – La Racionalidad Limitada

   Largo silencio. A veces echo tanto veneno que después me entran remordimientos. Aunque quizás remordimiento no sea la palabra, esa es una de las facticidades del lenguaje, por la ley del mínimo esfuerzo “preferimos” usar palabras que se “asemejen” o acerquen a lo que queremos decir, en vez de explayarnos en dar una idea más correcta u honesta. Lo que quiero decir en realidad, es que mis escritos son tan negativos que pueden “perjudicar” a ciertas personas de poca edad o menos acostumbradas al dolor, por lo cual siento algo de responsabilidad. Cierta vez una psicóloga me preguntó: “si te encuentras con un semáforo cerrado, y no pasan coches: ¿cruzas o esperas?”, mi conducta es cruzar, incluso cuando hay tráfico, trato de meterme entre algún hueco. Esa pregunta venía para tratar de determinar en qué medida me atengo a las normas o las ignoro: libertad, rebeldía, liminal, papel del macho alfa… Pero de igual forma cada vez que cruzo una calle sin tener en cuenta el semáforo, me doy cuenta que alguien que pueda estar distraído, quizás se ponga a cruzar porque por el rabillo del ojo ha visto a alguien cruzando, pensando que ya estaría el semáforo en verde. De ser así yo puedo haber medido mis pasos calculando la velocidad y cercanía de un coche, pero esa otra persona no lo hará, con lo cual mi mala acción no sólo me repercute a mí: pongo en peligro a otras personas. Mis escritos tienen la misma dimensión de la responsabilidad. A mí no me hacen “daño”, o ya estoy acostumbrado a este tipo de “perturbación” en mi vida, pero no estoy seguro el cómo influenciará a otras personas, si las pueden terminar por empujar a la dejadez, al caos mental, o incluso al suicidio.

   Ya sé, estoy racionalizando. No voy a caer en el error de creerme el único humano que razona en ver de racionalizar. La “verdad” puede ser otra, puede ser multidimensional. Seguramente lo sea. El cuerpo con su “lógica” homeostática -léase ADN, vía disposición de órdenes dadas al sistema endocrino según la estación del tiempo, o temperatura-, manda sobre el cerebro. En verano me vuelvo más maniaco, más obsesivo. En invierno “me calmo”. Un estado obsesivo no es sano, no es homeostático. Quema más calorías -en verano hay una mayor disponibilidad, ya que el cuerpo no las quema en mantener un temperatura cálida-, se duerme menos, tengo más tendencia a los sueños lúcidos, a que la conciencia permanezca. Por otro lado el cerebro se fatiga más rápidamente, ya que no es capaz, en ese constante estado de ebullición, de trabajar correctamente. Al igual que el estado óptimo de los circuitos de un ordenador dependen de que estos no se sobrecalienten, el sistema nervioso tiene la misma “debilidad”, más aún, pues su rango de temperatura interna es mucho más sensible. Son leyes físicas básicas de conductividad de la electricidad y el calor al que se ve sometido este “comportamiento” o proceso. El cerebro, de trabajar “bien”, ha de escapar de esos estados maniacos u obsesivos: pura regla homeostática. Así que al llegar al invierno el cerebro “coge” esa vía, esa forma de proceder, que en realidad es la “correcta”.

   Otro factor es la edad y la falta de necesidad de comunicarme. Cuando se llega al realismo depresivo uno se vuelve más pasivo, se atiene más a que la vida es caos, que no se tiene un control “real” sobre el mundo. Actuar es igual a no actuar, porque no se tiene un control total sobre los cambios al actuar, y sí algo más en al no actuar. Puede parecer una vida más “miserable”, más “pobre”, pero es una de las “conclusiones” a las que llega un cerebro “bañado” de realismos depresivo. No tengo que justificarlo, no tengo que racionalizarlo, simplemente es así.

   El último factor es mi estilo de escritura. Se ha vuelto demasiado científica, rígida. Me da la sensación de ser un simple divulgador de la ciencia, más que un pensador. Cierto que yo unifico ideas y conceptos de la ciencia que quizás nadie ha hecho, pero no me creo especial por ello, ya que depende del puro azar de cómo me llegan los datos, de cuando los leo y en qué orden. Si llego a dos datos dispares de forma azarosa al mismo tiempo, puede que les encuentre una relación a la que no llegaría si sólo llegase a uno de ellos. Al igual que yo unifico dos datos, que han llegado a mí de forma azarosa, lo puede hacer cualquier otro que haya “recogido” esos dos mismos datos. No hay genialidad, es pura facticidad, azarosidad de la vida.

   ¡Spoiler! Otro inciso, antes de entrar en tema. En el escrito “Los trastornos mentales” apuntaba sobre la cercanía en la falta de empatía de las personas con síndrome de Asperger y los sociópatas. Se ha dado una recurrencia de ideas con otra persona, como he apuntado arriba, ya que el guionista del “El contable” se basa en una persona con tal síndrome (Ben Affleck), que educado por un padre militar, duro y riguroso, hace que se comporte como un sociópata, asesinando a todo aquel que le impida llegar hasta sus fines -propio de los que tienen este síndrome, los cuales no quieren que les rompan sus rutinas-, sin sentir nada por esas muertes. Se preocupa más de la limpieza del método de matar, que de cualquier otro aspecto más humano o “normal”.

   La vida no “busca” la verdad. Se adapta al medio que tiene unas reglas, esa adaptación parece un “descubrimiento” de una verdad sobre un aspecto de la naturaleza, pero la verdad “aparece” de forma accidental como medio, nunca como un fin en sí mismo. En esto aparece el hombre, la cultura occidental, la filosofía griega, y nos dice que la verdad es un fin en sí mismo. La ciencia en el hombre es el seguimiento de este concepto, de esta nueva regla. Pero ahí nos encontramos con que mientras que en la física nos hemos adentrado tanto en lo pequeño, que hemos llegado a descubrir la existencia del bosón de Higgs, en la psicología o en las ciencias humanas no tenemos ningún avance significativo. Dicen que les falta “su” Einstein, aquel que ponga las bases, por las cuales el resto vendrá por sí solo. Esta incertidumbre está unida a la posibilidad de llegar a una inteligencia artificial: no se puede crear o recrear algo que no se ha terminado por entender. En esa dirección la IA tiene avances, aislados, sobre ciertos factores (reconocimiento de la escritura, de caras, IA limitada en juegos), sin tener aún la pretensión de similar un cerebro humano en su totalidad. Pero, ¿querría? En el escrito “Emoción=X” decía que el ser humano basa su ser en cierto “acercamiento” de la verdad, teniendo como base las emociones, siendo así, nunca se llega a una verdad definitiva sobre el mundo, sino siempre evaluativa y relativa. En el cerebro la información, la memoria, es básicamente emotiva, sólo en la última mitad del anterior milenio se ha tratado de darle un uso para una información no emotiva, para datos en bruto. Aprendemos de la vida por evitar el dolor y por buscar el placer, la memoria crea enlaces neuronales a partir de esta regla básica, pero eh ahí que tenemos, por ejemplo, que un masoquista encuentra placer en cierto dolor, con lo cual no hay o puede crearse una regla universal basada en las emociones para todos los humanos. Las emociones no son un tipo de “inteligencia” por las cuales se pueda inferir unas verdades del mundo de forma absoluta, sino siempre de modo aproximativa. El prefrontal, con ciertas otras reglas, que supuestamente se basan en la lógica, tiene una reglas que pueden ser muy distintas a las de las emociones. De ahí la clásica división entre razón y corazón, que en realidad no es otra que la del prefrontal y el sistema límbico. La normalidad, Pan, es allí donde la estadística, en forma de campana de gauss, es más elevada (fijarse que por ejemplo el desgaste de una escalera sigue el mismo patrón de campana invertida, donde en el centro es donde más se desgasta, porque la media de los humanos la transitan por ahí). Donde más humanos coinciden en ciertas “conclusiones” emocionales-adaptativas.

   En el lenguaje de calle, en el lenguaje de Pan, que se manifiesta de forma clara en el reality “Gran hermano”, se supone que hay que dejarse llevar por las emociones…, que eso es lo espontaneo, lo natural, lo propio de ser “auténtico” y tendente al concepto de “vivir el momento”. Pero la historia y la cultura humana, en realidad, nos dice otra cosa. Lo que llamamos “educación”, guardar las formas, la actitud, o como se le quiera llamar, son reglas a las que ha llegado la humanidad a partir de la razón, del prefrontal. Démonos cuenta que de atenernos a los conceptos de “vivir el momento” y de ser autentico, siendo así, para el sicópata sería “natural” matar y tratar de mantener subyugados al resto de las personas con las que tiene contacto. Siempre hay que llevar al límite un pensamiento o verdad para ver si es sostenible o no. Somos humanos en la medida que somos un “punto medio” entre razón y emoción. Eso se supone. En la antigüedad, y aún hoy, se llama salvaje o incivilizado al que no siga esta regla. La cuestión y dificultad es saber dónde está ese punto medio. Tal punto no existe, cada cual tiene su propio criterio, de nuevo “movido” por lo emocional o la propia apuesta del tipo de ADN que se porte. Por norma general la gran mayoría de humanos está de acuerdo que el psicópata esta fuera de ese punto medio, muy de lejos. Así tenemos una barra típica de desplazamiento horizontal, en donde en un extremo está la razón y en el otro la emoción. Casi nadie tiene la posición del cursor en el centro, y cada cual lo mueve a su antojo dependiendo de las circunstancias, quién tiene enfrente, las conveniencias y las emociones.

   Lo que quiero decir, en definitiva, es que somos seres puramente reactivos, no manda la razón y la lógica pura, y sí, sin embargo, somos puros entes emocionales que actuamos en el mundo y llegamos a unas premisas o verdades -siempre temporales-, a partir de reaccionar con otros seres que igualmente son puramente emocionales. Cada contacto con cualquier otro humano está basada en la pura reacción emocional. Si nos mostramos abiertos ante todos, y de repente nos topamos con alguien con actitud cínica, nos “protegemos”, nos mostraremos menos abiertos. En GH17 vemos todos estos tipos de panoramas de la pura reacción y empatía, dependiendo de la disposición de un tipo de carácter, a modo de ejemplo que se puede seguir, sin tener que recurrir a ejemplos abstractos. La tipología Adara/Bárbara, agresiva, contestataria, “espontánea”, sin filtros, no es muy común, no se atienen a las etiquetas de la educación y de la razón. Pero las defienden todos aquellos que tienen este tipo de tipología, como es el colaborador Miguel Frigenti. Darse cuenta que esta tipología es casi generalizada en la juventud, ya que el “desorden” hormonal por el que pasan, unido a que las neuronas del prefrontal aún no han sido mielinizadas, les lleva a tener ese tipo de carácter de forma temporal. Con todo se sienten identificados, sin tener en cuenta que no va a ser su carácter de forma permanente. La juventud tiende a romper o cuestionar lo dado, la actitud y la apuesta de la sociedad y de las personas maduras. Lo que cuenta para ellos es la verdad aproximativa en la que se encuentran a esa edad. Esa es la tara principal o base de este tipo de comportamiento que son las “verdades” emocionales. Por otro lado se crean otros tipos de simpatías, aparte de la del carácter; así toda persona que haya sido tildada de celosa, puede apoyar a Adara, y dado que pudo estar “justificado” el serlo con respecto a Miguel. El “estar justificado” pretendidamente en este caso, les exonera de que lo son con sentido, con razón. Bajo mi punto de vista no estaba justificado, es puramente posesiva, ya que los celos tiene que implicar el temor de la posible pérdida de la persona amada, y no la podía perder puesto que Pol no es homosexual. A no ser que dudase de su condición, cosa que no está clara.

   Creo que con estos pocos ejemplos se puede entender lo que quiero decir. No es que tengamos una verdad del mundo y esta obedezca a unas conclusiones a las que se haya llegado a través de la razón. Por el contrario “nuestra verdad” es única en la medida que somos entes únicos, dado un tipo único de ADN. En la medida que coincidimos en ciertos aspectos con unas u otras personas, creamos relaciones, simpatías y empatizamos con ciertas acciones de otras personas. Cada edad, cada momento de la vida, nos da una perspectiva única del mundo, y las vemos a partir de esas premisas. Nuestras verdades del mundo y una lógica subyacente, son a partir de estas verdades aproximativas dictadas sobre todo por las emociones. El mundo, así, la vida humana, es puro caos emocional, donde la reflexión y una lógica o razón pura no tienen cabidas. Uno puede creer tener control sobre una decisión y una acción en el mundo -sobre su libertad en el mundo-, pero en la medida que el “campo de batalla” es el del resto de perspectivas emocionales de cada uno de los individuos, se vuelve impredecible qué consecuencias van a ocurrir. Con la edad se pueden llegar a ciertas conclusiones sobre las reacciones directas -si insulto con una actitud de odio a un total desconocido con cara de “malas pulgas” posiblemente me arreará un sopapo-, pero lo que nunca ocurrirá es el poder llegar a saber y “controlar” qué ocurrirá en un segundo, tercer o pasos superiores a ese acto primero. Eso que se sigue en la vida individual, se sigue igualmente en la vida en sociedad, en lo económico y lo político o en cualquier otro ámbito. De esta forma el ser humano no tiene ningún control sobre su propia vida, ni sobre lo social. Pretender que no es así y creerlo, es una de las taras más importantes humanas.

   Al igual que una vez que un río crea un curso y va profundizando el terreno de ese cauce, el ser humano una vez que coge un camino es harto improbable que vuelva atrás y trate de corregir ese camino “equivocado” o poco adecuado. Cuando alguien nos cae mal, es muy complicado revertirlo, de ahí la frase de la importancia de la primera impresión. Sólo si se está “obligado” a verlo de constante, porque sea un compañero de trabajo o algo similar, se puede cambiar de parecer con el tiempo. Pero también al revés: podemos creer que una persona es estupenda y en cuanto se tiene unos cuantos contactos, te das cuenta que no vais a encajar juntos, que cada cual ha de seguir su camino. Esto que sucede a nivel individual igualmente ocurre en lo social. La izquierda sabe y tiene como premisa que una situación de desigualdades, de paro y de no potenciar la escolarización, llevan a un mayor índice de criminalidad. En EEUU la derecha, por años, se empecinó en perseguir la delincuencia haciendo leyes duras e incrementando el gasto en penitenciarías y departamentos de policías. Para que Bill Clinton fuera seleccionado en 1992, se metió en esta misma “lógica”, en vez de potenciar la escolarización y políticas de creación de empleo, que es lo propio de un partido de corte izquierdista, prometió una mayor dureza contra la delincuencia. Toda la historia está plagada de “meteduras de pata”, de este tipo u otros. Cuando el Reino Unido se retiró de Oriente Medio, creo fronteras sin tener en cuenta la diferencias entre sus culturas y religiones, lo que aún sigue repercutiendo en la estabilidad de esa zona. El auge y llegada al poder de Hitler se debió a lo injusto del tratado de Versalles, donde se puso una sanciones demasiado duras para Alemania como para que ningún ciudadano las aceptara y sí las sintieran como un insulto. Hoy en día se afirma que el cambio climático se va a dar y potenciar con seguridad, y las naciones no hacen grandes cambios o los postergan para dentro de una década o más. La ciencia tampoco se libra de “equivocarse”. ¿Por qué investigar el alargar la vida si se sabe que el gran problema humano es la superpoblación?, hasta investigadores tan optimistas y de total credibilidad como David Attenborough afirman que es así. Este es un ejemplo claro de nuestro modo de comportarnos. No se prevén las consecuencias. De ocurrir, si pongamos que nos mantenemos sanos hasta los 85 años y llegásemos a vivir por encima de los 100, sería un gasto excesivo para el mantenimiento de las pensiones. En ese caso habría que volver a ajustar la edad de jubilación a una bastante más alta. Repercutiría en la juventud, a que les costase aún más encontrar un primer empleo. Tantos años de trabajo repercutiría en la sanidad mental del individuo. Un solo cambio produce muchos en cadena. En vez de pararse a pensar todo detenidamente, actuamos y después creamos los cambios necesarios, no previstos en un primer momento. En unos casos y otros, la razón brilla por su ausencia, tanto en lo individual, como en lo social.

    Esta es más o menos la idea que quería escribir. Entre medias de todo este tiempo que llevo pensando sobre este tema y tratar de escribirlo, vi un documental de la serie “El cazador de cerebros”, cuyo título es “Cómo decide el inconsciente”, que venía decir de fondo eso mismo, y me desanimó el escribirlo, pues parecía harto evidente. De hecho en ese documental me enteré que la premisa aquí expuesta, ya tiene un nombre: “racionalidad limitada”, que fue expuesta y defendida por el Premio Nobel Herbert Alexander Simon. El hecho que se haya comprendido que somos básicamente entes emocionales se está “usando”, instrumentalizando, para hacernos comprar y ser más consumistas. De nuevo se cuela aquello que nos dice que descubrir una verdad no implica racionalidad, ni ninguna lógica última, que sea “útil” a un buen fin, sino más bien lo contrario: que todo “descubrimiento” siempre tiende a crear más problemas que soluciones. La racionalidad limitada es uno de esos típicos casos de verdad que se auto predice, ya que su descubrimiento no nos libra de esa racionalidad limitada y sí la cumple. Aunque uno sepa y tenga como dato esta premisa, no por ello deja de actuar como simple “molécula social” en un cultivo de emociones, que es el mundo social. Uno sigue siendo pura reacción emocional, sobre todo en un mundo que no quiere, no pretende, escapar de esta condición, como se ve expuesto en GH17 y sus debates, tanto en sus programas, como en el público a través de las redes sociales.

   Voy a tratar de unir conceptos. De unir este con todos los escritos que le preceden. Bajo mi punto de vista, en tanto que actuando o viviendo en sociedad, somos una interface camaleónica simuladora de inteligencia (¿ICSI?). En otro lugar decía que mientras que analizando persona por persona, se sacaba una buena puntuación como media de la inteligencia humana, en lo social se caía claramente en lo estúpido (véase por ejemplo el que haya salido Donald Trump como presidente en EEUU, o el caso de que el “descubrimiento” de la racionalidad limitada se esté usando contra el propio humano medio, para consumir más, propiciando por ello más el calentamiento del planeta), pero he pensado que tiene muchos “peros”. En realidad, de pensarlo más profundamente, lo que ocurre es que a nivel individual se “deduce” una inteligencia en el otro a través del habla. Lo que quiero decir es que donde sobretodo se da una simulación de inteligencia es en el habla. La palabra es aquel lugar por el cual cuando dos personas hablan se tiene la posibilidad de simular más fácilmente una inteligencia que quizás no haya de fondo. Ahí caigo en una de las primeras “batallas” de la filosofía, batalla que nunca ha terminado. Para el trio Sócrates, Platón y Aristóteles, la palabra era la mediación por la cual el hombre era capaz de llegar a la verdad. De ahí la posibilidad de la razón en el ser humano. Pero inmediatamente a esta premisa histórica se llegó a la escuela sofista. Hoy en día ya tiene una carga negativa que es indefendibles -sofisma-, no fue así en su tiempo. Su premisa se basaba, en parte, en la dialéctica de los Diálogos de Platón, en su forma negativa, en donde aquel que tuviera una mayor capacidad para la retórica, el arte de hablar, era aquel que se llevaba la razón. Se supone que las premisas clásicas de la retórica era aquellas de alumbrar o llegar a la verdad a través del logos, de la palabra, en donde su base era la razón. En el caso de la escuela sofista esta premisa se omite y lo que cuenta es llevarse la razón por medio de la palabra. De vuelta al momento actual, ¿cómo sabemos que alguien usa la razón a través de la palabra y no está usando los típicos “trucos” de los sofistas? De hecho Pan no sabe distinguir entre una posición y otra. Casi todas las grandes dictaduras del último siglo tenían detrás a un gran orador: Lenin (como iniciador y seductor que trajo la dictadura de Stalin), Mussolini, Hitler… De hecho la política se basa en convencer a través de la palabra. Hoy en día siempre se espera un “duelo” hablado entre los principales candidatos. ¿Por qué la palabra y no simplemente una razonamientos de las propuestas de ese partido, que sería lo más lógico? De nuevo caemos en la vieja trampa evolutiva de creer en el macho alfa y en deificarlo.

   De una forma u otra es en la palabra donde se crea el cultivo del hacer humano. Se supone que está el dicho y la verdad de “el amor son hechos y no palabras”, pero es sobre todo la palabra la que “seduce”. La psicología evolutiva afirma que la palabra o la conversación, es el sustituto del antiguo rito de desparasitar. Cuando mantenemos una conversación se desata más o menos el mismo cóctel químico que cuando éramos acicalados. El acicalamiento, en la prehistoria, era un signo de igualdad, era un toma y daca, donde de ser acicalado se pasaba a acicalar. Sólo el macho o la hembra alfa no acicalaban a su vez. Pero a su vez estos sólo se dejaban acicalar por sus más cercanos en la jerarquía. Así acicalar al alfa era un signo jerárquico. En ese sentido, todo aquel que te permita tener una conversación, te “acepta” como su igual. Tenemos una sensibilidad especial a detectar enseguida cuando alguien nos trata de forma paternalista, esto es: como de una alfa a otro que no es ni siquiera beta. Dado ese “toma y daca” que es una conversación entre iguales, en donde lo que prima esa ese regla última de la empatía, uno no tiene que ser demasiado “estricto” en detectar aquello que no es inteligente, o si lo nota en algún momento lo suele pasar por alto. Con esa premisa a tener en cuenta, mediados por este sesgo empático, uno no “mide” la inteligencia del otro, dejando o aceptando que de salirse en algún momento de lo que pueda considerarse inteligente, en tanto que no-lógico, tomando como rasgos característicos de su personalidad esas rarezas en ciertas opiniones. O sea que hacemos que aquello que se sale de lo inteligente en la otra persona sea tomado como simpático, en cuanto menos. La misoginia declarada de Oscar Wide tenía en parte algo de razón al decir que “la mujer no dice nada inteligente, pero lo dice de una forma encantadora”, en la medida que sea válido tanto para mujeres como para hombres. Al fin y al cabo si todos fuéramos puramente racionales no seríamos más que máquinas lógicas, y no, por el contrario somos máquinas emocionales. Esa falta de inteligencia en el habla se “deduce” cuando alguien no te cae bien. En ese contexto toda premisa del contrario es tomada como una posible estupidez que es susceptible de ser atacada (de nuevo GH17 es un buen ejemplo).

   El lenguaje -una misma palabra, una misma frase-, así se convierte en un arma o una flor dependiendo de si vienen de un amigo, de una persona neutra o de un enemigo. Es muy posible que se me tome como un cínico redomado, que por lo demás es muy pesimista. Al contrario, de fondo soy demasiado inocente y con demasiados sesgos “optimistas”, como se deduce de que en el otro artículo fuera tan magnánimo. La razón, de llegar al fondo, como lo estoy haciendo en el presente escrito, es más deprimente y llana. Inevitablemente la razón no puede ser de otra forma que depresiva; melancólica, como decían antes, en una palabra que ahora nos suena algo más dulce. Cuando alguien, de fondo inocente, usa la razón como escudo se le llama pesimismo defensivo.

   Así nos encontramos que las palabras no son tales, pues en realidad son a la vez actos, en la medida que conllevan muchas cosas internas (tienen una genealogía evolutiva como he expuesto arriba, por ejemplo), que implican una actuación con un otro y que se vuelven significativas dependiendo de quién sea ese otro. Interviene así la intención. Toda palabra -en la vida, en lo social, fuera de lo técnico-, suele tener una carga emocional que viene estructurada por cómo veamos o sintamos al otro. En última instancia por lo tanto son en la medida que contengan amor, neutralidad o algo de rechazo. En esa dimensión prevalece qué tienen de intención. Como tenemos al otro en nuestro mundo emocional. Si lo tememos como un igual, como alguien neutro o como un posible enemigo. De nuevo vuelvo arriba, la educación, la etiqueta, es esa máscara por la cual tratamos de tratar al otro como un igual, neutro y/o sin intenciones negativas. Fuera de esa máscara posiblemente todo fueran guerras y discusiones, como ha quedado demostrado el GH17.

   Lo que extraña de la palabra es su fluidez, sobre todo en los buenos oradores. Es tal su estado de fluidez que por este simple hecho se deduce (falsamente) una inteligencia. Ese hilar una frase con otra, ese estado fluido en donde una palabra se encadena en una frase, donde se hacen juegos de palabras de forma espontánea y rápida, no puede tomarse de otra forma que como un acto inteligente. Ese es el engaño en el que caemos todos, cual traje del emperador. De seguir la misma lógica, de buscar un sentido antropológico de bases evolutivas, se puede deducir que un buen orador es un portador de unos buenos genes, alguien en el que hay que fijarse. Quizás por eso la mujer se deja seducir por las palabras, en la medida que como he dicho arriba, es un tipo de acción. Si tuviera que buscar una genealogía de la palabra, del buen orador, podría decir que esta facultad proviene directamente del mismo circuito cerebral que hilaba las estrategias para trepar por los árboles. En los cerebros avanzados, como los son los de los primates, toda acción está previamente analizada o imaginada. No por el prefrontal, sino por alguna zona más primitiva y básica. De nada vale improvisar, subir para al final darse cuenta que una rama no va a aguantar tu peso, o que no tiene salida a un siguiente árbol. Ese proceso de trepar crea un tipo de memoria visual rápida y de mantenimiento de una gran cantidad de ítems como se muestra en el experimento de memorización de números en una pantalla. Toda ruta se calcula desde un principio, el cerebro ha creado una pre-impresión neuronal (cebado neuronal, los cuales ya están previamente semi-activados antes de la acción) en los circuitos implicados en todos los pasos. Sucede lo mismo con un buen tenistas hoy en día, calcula dónde mandar la pelota y cómo le va a venir devuelta; en donde un set se gana con unas cuantas pelotas de anticipación y en donde hay que “forzar” al otro a ser un mero defensor o contestador de las pelotas mandadas. En estos procesos, tanto del mono al trepar como en el tenista, los cerebros evolucionados funcionan con la inferencia bayesiana, aquella que prevé (acierto de verbo: ver con antelación) a partir de las probabilidades en las que se ha acertado en el pasado, y teniendo como premisas las propias leyes físicas que se deducen por este tipo de inferencia. El cerebro aprende a partir de acierto y error, del dolor de una caída o un golpe, y lograr la meta y su carga de dopamina. En las conversaciones vale las mismas premisas, si se dice algo y se detecta algún gesto o micro-gesto de desagrado en el otro, no se vuelve a usar esa palabra, frase o la forma de decirlas. El cerebro es un mecanismo que se retroalimenta de los gestos del otro, de cómo “mueve” o no y cuales no o sí, en los espectros emocionales de los otros. En un amigo, amante o posible amante trataremos de mover emociones positivas, para que nos sean devueltas, como en el juego del acicalamiento. En un enemigo queremos mover odio, miedo, rabia o cualquier otra emoción negativa.

   El lenguaje “necesita” de esa propiedad de “calcular” previamente todo un “discurso pequeño”, que es un contar algo a alguien, en donde una vez que se inicia con la primera palabra se “resuelve” o se desenvuelve todo hasta llegar al final, como así ocurría cuando trepábamos por árboles y aún hacen los chimpancés. Curiosamente si nos interrumpen podemos “perder el hilo”, ya que el cerebro crea un “triple camino” o activación de rutas de neuronas: 1. la de la frase inacabada, 2. la frase que estamos escuchando del otro y 3. la posible respuesta a esta frase del otro. Eso satura al sistema, cada cual tendrá su forma de “salir del paso”, su estrategia: no escuchar realmente al otro, mantener la frase vocalizándola sin sonido, etc. Fijarse que esas estrategias crean un tipo de personalidad, que dependen a la vez del carácter de cada uno, las emociones de ese momento y de quien tenga enfrente.

   Otro factor a tener en cuenta de la conversación, del lenguaje, es que tiene y necesita de una retroalimentación inmediata, cosa que no sucede con otros procesos físicos. El lenguaje lo es porque lo hablamos y a la vez nos escuchamos. Si se interrumpe esta retroalimentación somos proclives a que nuestro habla se entorpezca. Les ocurre a los sordos, no hablan por esta falta de retroalimentación del sistema. A todos nos puede haber pasado alguna vez, ya sea por un ruido excesivo u otras causas. A veces al hablar por teléfono escuchamos un eco de nuestra voz con cierto retardo de hasta casi un segundo. El cerebro no es capaz de “escoger” uno de los sonidos y discriminar el otro, de tal manera que se hace incómodo, cuando no imposible el poder seguir hablando. Por esta propiedad de escucharnos hay una interacción muy directa con este tipo de acción en el mundo, ya que entra en juego el prefrontal a la hora de revisar lo que se va diciendo (recordemos que se “creó” como último sistema de supervisión o de análisis de la acción en el mundo), dándose el caso que esta parte del cerebro hace juicios de valor de si lo que se dice tiene o no lógica, o se cae en cualquier tipo de otro error de ser consecuentes, irreverentes o cualquier otra propiedad de adecuación tanto bajo los parámetros lógicos, como de las convenciones sociales. Esta es la propiedad por la cual el habla parece más lógica e inteligente que cualquier otro acto en el mundo y por el cual se deduce -con una alta tendencia al error-, que el otro es inteligente. Si se hila fino se puede fácilmente llegar a la conclusión que el diálogo interior, que es el razonar, es por eso que tiene esta propiedad por la que se puede llamar tal como se le llama: razón. También es fácil deducir que saber razonar, se muy lógico y sistemático, no implica “saber” vivir. La mayoría de los grandes filósofos, pensadores y científicos solían ser o son catastróficos a la hora de vivir. No hay ninguna vida sin grandes errores, sin grandes contradicciones, sin secretos. En el libro “Los filósofos y sus vidas”, Ben-Ami Scharfstein nos hace ver los grandes errores de los grandes filósofos, nadie se salva. La vida es allí donde las predicciones sobre el mundo fallan catastróficamente. Por todo esto somos buenos aconsejando y “malos” viviendo. A través del diálogo y la razón el cerebro trabaja con un tipo de estructura o armazón de lo que es el mundo, pero la vida lo es por ser emocional y por lo tanto por ser tendente al error de estas.

   Si nos damos cuenta, en todo este “juego” que es la vida, sale a relucir las intenciones de los otros: su libertad. La propias emociones son nuestra “verdad” del mundo. Es el ADN, ese que nos “marca” como individuales, el que nos “dice” qué es la verdad, a partir de cómo sentimos las cosas. Un niño no tiene ninguna “verdad” sobre el sexo, porque aún no se ha manifestado emocionalmente en su cuerpo, el ADN, el sistema endocrino aún no ha activado “esa verdad”, toda esa emotividad (uso emoción aquí de forma muy amplia, como activación del sistema nervioso). Cuando somos niños creemos que el otro tiene el mismo conocimiento que tengo yo, sólo con la edad se aprende que no es así. Pero ese tipo de comportamiento se queda como “residuo”, pues tendemos a pensar que si algo me agrada a mí le ha de agradar a los otros. Cuando entramos en contacto con alguien lo hacemos con la premisa que al tratarle de emocionar lo hemos de hacer tal como nos emocionan a nosotros. La literatura, el teatro y el cine siguen esa regla. Funciona en la mayoría de los casos, ya que recordemos que la media humana coincide en el centro de la campana de gauss, pero esa predicción es demasiado errática y falible. Los hombres tienden a preferir películas de cierto tipo y las mujeres otras, e igual que esa facticidad otras muchas. Las personas de color de EEUU preferirán, quizás, películas que les hablen de los inicios de su condición, los judíos de las suyas, etc. Puesto que tenemos ese “armazón” de tender a pensar que el otro es un “aparato emocional” igual que uno mismo, lo tratamos de prever, pero fallamos la mayoría de las veces. Siendo así, puesto que el mundo emocional del otro se nos escapa, su libertad, su ser, no puede nacer de otra cosa que de este conflicto: el de que mis emociones y las emociones del otro, y por ellos sus intenciones no coinciden y por ello el otro se escapa de mi predictibilidad. Es de este conflicto donde se “arma” la imposibilidad de actuar en el mundo con razón, pues “mi verdad” no es coincidente con el resto y siempre estoy errando sobre mi forma de proyectar ese verdad, y a la vez del conflicto que me crea el que esas “otras verdades”, que me son ajenas, restringen el movimiento de mis “propias verdades”. Cuando hablamos con alguien es el fracaso de intentar que el otro “razone” como yo, puesto que incluso la razón está “envenenada” de los patrones enquistados, en los que se basa la emoción. No existe algo así como razón o lógica para la vida. El prefrontal es bueno para la ciencia, pero falla estrepitosamente en la vida.

   Termino buscando ejemplos en GH17. Pol, bajo mi punto de vista de lo que es la lealtad, no estaba equivocado al principio y lo confirmó en su entrevista: “yo no tengo que defender de Adara algo con lo que no esté de acuerdo”. Pero la capacidad de Pan, de las conveniencias sociales, para llevar al traste esa lógica, le hizo cuestionarse sus principios, con lo cual a partir de que salió se “amoldó” a esa verdad establecida en la sociedad de lo que es la lealtad y por ello el amor. Sólo se debería de amar lo igual, de hecho tenemos ese factor en el ADN como lo demuestra: la “atracción sexual genética”. De hecho deberíamos de buscar algo muy igual a nosotros mismos. Se dice que el hombre busca el sustituto de la madre y la mujer del padre. Quizás por esa misma regla de buscar algo igual o falsificación de la “atracción sexual genética”. Pero el humano crea enlaces imposibles, con personas imposibles, que al final tan sólo generan conflictos. El enamoramiento, con su “carga” química, anula la razón y una gran cantidad de conveniencias, pues en la prehistoria podía tener un sentido de cruzar distintos sistemas inmunológicos, que es otro de los parámetros marcados en el ADN. Pero cuando se retira la química del enamoramiento, lo que queda son esos dos contrarios o “verdades emocionales” que coinciden en poco o nada. Por eso hay tantos divorcios, la gente no hace más que probar y errar una y otra vez en vez de tener la paciencia de buscar algo más similar a uno mismo, algo más coincidente. Si tengo que opinar y llegar a una conclusión sobre todo esto, la infidelidad sexual busca la regla de la compatibilidad de los sistemas inmunitarios, mejores genes y procrear la mayor cantidad de descendencia, y la pareja y el amor busca lo coincidente. Rara vez hay un encuentro de todo a la vez. El buscar lo igual se dio entre Adara y bárbara, las dos juntas han hecho que GH17 haya sido la que más cantidad de audiencia ha perdido a lo largo de las semanas. El conflicto de lo otro, si se me permite rebuscar, se manifiesta en Bea. Se siente insegura de su forma de ser y su físico. Hace ver las cosas feas y taras en los otros para ponerlas en su mismo nivel de inseguridad. Esa es una constante en el ser humano, hay que igualar al resto del mundo a nuestra percepción del mundo: si soy pesimista todo el mundo lo debería de ser, si soy alegre, insegura, de carácter fuerte… igual. Adara y Bárbara tienen que sacar de quicio a las personas puesto que ellas lo están. Siguiendo la misma lógica, ¿yo busco hacer que todo el mundo llegue al “realismo depresivo”? Bajo este punto de vista y tratando de ser racional, ¿no debería callarme y dejar de escribir?

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